Beteo: Azkaban
24. It's a beautiful morning
La plataforma nueve y tres cuartos estaba tan concurrida como cada primer día de septiembre. Los padres y los hijos se hacían camino a lo largo de la plataforma, tratando de encontrar a sus amigos.
—¡Eh, Sirius, por aquí!
Sirius levantó la vista al escuchar su nombre, y vio a James saludándolo desde la puerta del último vagón.
—¡Hola, James! —gritó.
—¡Sirius! Baja la voz —susurró su madre molesta—. Gritando como un vendedor cualquiera. Tus modales se han vuelto terribles estos últimos años. Ojalá Durmstrang te hubiera aceptado.
Sirius ignoró las quejas de su madre —las había oído ya— y arrastró su baúl hasta el vagón. James lo ayudó a subir sus pertenencias al tren. Cuando Sirius se volvió hacia la plataforma, pudo ver que su madre ya había desaparecido entre la multitud, y sin duda caminaba hacia la barrera.
—Ni siquiera se despidió —comentó James, sorprendido.
—Aún está molesta porque no pude entrar en Durmstrang —explicó Sirius—. El único momento en que dejo de quejarse fue cuando me arrollaba hacia una chica una y otra vez.
—No me imagino a tu madre haciendo de casamentera.
—De verdad, no quieres saberlo —murmuró Sirius—. Una de ellas me apuñaló con un tenedor, y otra tuvo el descaro de pedir "comprobar la mercancía".
—¿Mercancía?
—Yo —aclaró Sirius—. Quería que me desnudara durante la cena para que poder ver lo que iba a recibir.
—¿Lo hiciste?
—Afortunadamente, mi tío Alphard comentó que había niños presentes y no tuve que hacerlo.
James se rio en voz alta.
—Ojalá hubiera estado allí para verlo. Deberías haberlo hecho, tienes un buen cuerpo.
—No sabía que me has estado mirando de esa forma —respondió Sirius, con la cara roja por el comentario. James se limitó a reírse de nuevo, y lo llevó por el pasillo hasta el compartimiento que había conseguido.
—Y mira a quien me encontré deambulando por el tren —anunció con una sonrisa mientras abría la puerta.
—¡Remus! —exclamó Sirius—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Ir a Hogwarts —respondió Remus con una sonrisa—. ¿Qué estás haciendo tú aquí?
Sirius abrazó a Remus y alborotó su pelo.
—Quiero decir, ¿por qué estás aquí en lugar de estar en la escuela? Has estado viviendo allí durante todo el verano.
—Quería ir en el tren —sonrió Remus—. Dumbledore me dejo tomar la red flu hasta la oficina de la plataforma y viajar con vosotros.
—¿La plataforma tiene una oficina? —preguntó James.
—Por supuesto que sí —respondió Remus poniendo los ojos en blanco—. No es como si pudieras comprar los billetes para el tren en la parte muggle de la estación.
—Si sólo viniste para el viaje, ¿qué hay en la mochila? —preguntó Sirius con curiosidad.
—Algo de comida y la túnica de la escuela.
—Hay un carrito de comida que viene de vez en cuando —señaló James
—Lo sé, pero la profesora McGonagall parece tener la impresión de que está lleno de dulces y pasteles e insistió en que trajera unos sandwiches para nosotros. En realidad se ven bastante bien, aunque no será tan bueno como la cena de esta noche.
—Tu primer banquete en Hogwarts —declaró Sirius—. Va a ser genial. Serás capaz de sentarte con nosotros en el Gran Comedor de ahora en adelante. No más comida a escondidas en el dormitorio, a menos que queramos hacer una fiesta a medianoche o algo así.
—Te olvidas de algo —señaló Remus en voz baja. Como los otros dos no parecían entender, suspiró y continuó—.Tienen que seleccionarme antes de que pueda sentarme con vosotros.
—No estarás preocupado por eso, ¿verdad? —preguntó James con una sonrisa—. Vas a estar en Gryffindor con nosotros. Tienes que estarlo.
—Eso no lo sabes.
—Supongo que tendremos que esperar y ver —admitió Sirius—. Pero si no estás en Gryffindor estaré tan sorprendido que yo... yo... Bueno, no sé lo que haré, pero será algo muy sorprendente.
Remus sonrió débilmente.
—Ya veremos. Al menos esta noche sabré a ciencia cierta en qué casa me encuentro.
—¿Dónde está Peter? —preguntó Sirius, dándose cuenta de su ausencia y preguntándose donde se habría metido.
—Preparando la broma —respondió James, después de dar una mirada a ambos lados de la puerta para asegurarse de que nadie estuviera cerca.
—¿Qué broma?
—¿Qué broma? —repitió James—. ¡Pedazo de idiota! La broma. Aquella que teníamos preparada para el tren el año pasado.
—Me había olvidado —admitió Sirius.
—Que bueno que nosotros no —respondió James—. Va a ser genial.
Sirius miró a Remus con una sonrisa.
—¡Será perfecta! —corrigió.
Más tarde, los cuatro muchachos estaban disfrutando de la gloria que venía después de haber hecho la broma en todo el tren. Para gran alivio de Peter, Sirius y Remus, habían convencido a James de que la ventanilla del conductor se debía quedar sin nada, pero todos los demás recibieron un agradable viaje por todo el mundo.
El último grupo de admiradores acababa de dejar el compartimiento cuando llegó el carrito de golosinas.
—¿Helados? —preguntó James esperanzado. La ventana ya no reflejaba el campo de Northamptonshire, en cambio, se veían las pirámides de Egipto; y aunque la temperatura era normal para los últimos días de verano, ver eso les había dado a todos antojos de algo más frío que unos dulces.
La señora del carrito se rio y negó con la cabeza.
—Veré lo que puedo hacer —respondió antes de seguir por el pasillo.
James se acomodó en su asiento, satisfecho con el resultado de la broma. Fuera de la ventana, el paisaje cambió y mostró el Monte Rushmore.
—¿Quién tiene el Monte Rushmore? —gritó uno de los estudiantes de sexto año que estaban haciendo apuestas sobre qué se vería después en las ventanas del expreso. Se escuchó un gritó de alegría, contento por haber ganado la apuesta, mientras tomaba su dinero e iba al carrito de dulces.
—La mejor broma de la historia —comentó Peter.
—Por el momento —respondió James—. Vamos a tener que trabajar duro para superarnos a nosotros mismos.
Sirius asintió y se puso a pensar en algo espectacular para superar lo que era, hasta el momento, su mejor broma.
Llegaron a la estación de Hogsmeade justo a tiempo. Era un poco desconcertante ver un oscuro océano por la ventana en vez de la sólida puerta, aunque a nadie parecía importarle demasiado.
—Los de primer año, por aquí —llamó Hagrid—. Tú también, Remus.
—¿Qué? —preguntó Remus mientras se alejaba de sus amigos que se dirigían hacia los carruajes.
—Todavía tienes que ser seleccionado —le recordó Sirius—. Supongo que tendrás que ir con el resto de primer año. Te guardaré un asiento.
Remus asintió y vio como sus amigos se iban. Los de primer año se veían tan pequeños y diminutos; que destacaría mucho cuando entrara con ellos en el Gran Comedor. Todo el mundo sabría inmediatamente que era... el hombre lobo.
Los que no habían visto el artículo del Profeta al comienzo del verano, seguramente se preguntarían quién era; y los que lo habían leído, sin duda serían capaces de adivinar su identidad y decírselo a los demás. Que todos supieran que había un hombre lobo en la escuela era una cosa, pero que supieran que él era el hombre lobo, era algo totalmente diferente. Claro, sabía que los demás notarían al estudiante extra, pero se había imaginado que podría mezclarse entre ellos sin problemas. No podía creer que en realidad tendría que ir con los demás alumnos de primer año en frente de todos. Quizás no era una buena idea.
—¿Subirás? —le preguntó un chico de primer año al ver que Remus se quedaba en el muelle. Él asintió con la cabeza y se metió en la barca.
—Soy hijo de muggles —susurró el niño confidencialmente—. Todo esto parece muy extraño y un poco irreal. ¿Y tú?
—De magos (1), pero estoy nervioso —respondió, apretando su nueva varita en el bolsillo. No se había sorprendido el saber que la varita tenía el núcleo de nervios de dragón, y sonrió para sus adentros al recordar el día que lo había comprado. A diferencia de la varita de Sirius, la suya no era de fresno, sino de sauce; y al practicar magia durante el verano, bajo la mirada de varios profesores que mantenían un ojo en él, se había encontrado que su capacidad de realizar hechizos había mejorado más de lo esperado.
Miró el castillo mientras se acercaban. El niño a su lado jadeó de asombro, al igual que varias personas en otros botes. Realmente era la mejor vista de la escuela, y no se arrepentía de estar ahí para verla.
Llegaron a la entrada sin incidentes y fueron recibidos por la profesora McGonagall, cuyo deber era guiarlos al Gran Comedor. Remus se agachó un poco, tratando sin éxito de parecer menos alto de lo que era. La profesora McGonagall le llamó la atención, pareciendo haber adivinado lo que estaba haciendo. Se movió nervioso, pero se enderezó bajo su mirada. Ella le sonrió con aprobación y procedió a explicar a todos sobre las casas y los puntos que podrían ganar o perder para su "familia". Luego la siguieron hacía el Gran Comedor.
Por supuesto, Remus había visto el interior del Gran Comedor, pero nunca lo había visto tan lleno de estudiantes como en ese momento. Caminó con los de primer año entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw. En su derecha podía ver a Sirius, James y Peter en la mesa de Gryffindor. Fiel a su palabra, Sirius había guardado un sitio junto a él, esperando que estuviera con ellos. Les dio un pequeño saludo y James levando sus pulgares para animarle.
Cuando quiso darse cuenta, ya había llegado al frente de la sala. El resto de los profesores estaban sentados en su mesa. Solo había uno que Remus no reconocía, y supuso que sería la nueva profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras. Había sido un gran alivio saber que el profesor Spion no regresaría a la escuela, y se preguntó que pensaría la nueva profesora sobre los hombres lobo.
Pero no tuvo mucho tiempo para pensar porque todos se habían callado para que el Sombrero Seleccionador cantara su nueva canción anual.
Los fundadores de nuestra noble escuela
fueron famosos en su día,
pero a no todos los magos de ese momento
les gustó lo que tenían que decir.
-o-
Ravenclaw y Hufflepuff
eran brujas, como sabrán,
y muchos pensaron que no debían enseñar,
debiendo guardar sus cosas y abandonar.
-o-
No tuvieron una vida fácil
los primeros años en Hogwarts,
pero lucharon a pesar
de los juicios y prejuicios.
-o-
Finalmente sucedió
que las mujeres fueron aceptadas,
y alumnas se unieron a la escuela,
sin miedo a ser rechazadas.
-o-
Los prejuicios que sufrieron entonces
eran de lo más normal,
y tristemente permanecen,
pero de una forma diferente.
-o-
Ahora la escuela de Hogwarts está abierta
para todos aquellos que deseen estudiar,
pero no todos pueden venir,
algunos no son tan afortunados.
-o-
Algunos no tienen dinero,
otros viven demasiado lejos,
pero los prejuicios de nuestra escuela,
alejan a muchos más.
-o-
Yo no estoy para decirte
lo que está bien y lo que está mal.
sólo trato de guiarte
a través de mi canción.
-o-
Los Gryffindors nada tienen que temer,
la valentía les atesora,
y los Ravenclaws son lo suficientemente inteligentes,
para juzgar por sus propios ojos.
-o-
Para los trabajadores Hufflepuffs,
su lealtad (2) es lo más importante,
reciben a todos los de su casa,
donde cualquiera es bienvenido.
-o-
La hambrienta ambición de los Slytherins,
conocen los prejuicios y temores,
ellos lo han enfrentado y recuperado,
durante largos oscuros años.
-o-
Todos y cada uno de ustedes,
es diferente del resto,
y Hogwarts recibe a todos
lo que nos hace mejores.
Remus siguió escuchando al Sombrero Seleccionador hasta que terminó su canción. Supuso que había estado escuchando cosas en la oficina de Dumbledore, cosas sobre él y los que estaban en una situación similar, pero no lo suficientemente afortunados como para ir a la escuela. Una ligera punzada de culpa le envolvió por un momento, pero luego comenzó la ceremonia.
—Adams, Melanie —llamó McGonagall, y una niña nerviosa caminó tropezando hacia el taburete. No pasó mucho tiempo cuando el sombrero la puso en Ravenclaw.
Lentamente continuaron con la lista de los estudiantes, demorándose un rato en las D cuando fueron llamados los trillizos Davies, dos en Hufflepuff y uno en Ravenclaw.
Finalmente, llegaron las L.
—Lupin, Remus —llamó la profesora McGonagall, mirando directamente hacia él y haciéndole señas para que se acercara.
Pudo escuchar algunos susurros provenientes de las mesas de los estudiantes y supo que al menos algunos habían oído hablar de él. Al pasar junto a McGonagall notó que le mandaba una mirada a los culpables, pero cuando ella se volvió hacia él, sonreía igual que siempre.
Se sentó en el pequeño taburete, sintiéndose como una especie de gigante al ser tan pequeño.
El hermano más joven de Lupin, ¿eh?
No le sorprendió de que el Sombrero supiera quién era, pero lo que dijo después hizo que se le encogiera el corazón.
La casa de Hufflepuff estará encantada de darte la bienvenida, de la misma forma que lo recibió a él.
—No —se susurró a sí mismo. No quería ser un Hufflepuff, quería unirse a sus amigos en Gryffindor.
¿Estás seguro de eso? ¿Quizás prefieras estar en Ravenclaw? Tienes cerebro para esa casa, ¿sabes?
Supuso que no era lo suficientemente valiente para Gryffindor, pero en el momento en que lo pensó, el Sombrero empezó a hablar.
¿Qué no eres lo suficiente valiente? No, tienes suficiente valor. No va a ser fácil para ti, sin importar en dónde te ponga. Necesitarás ese coraje que tienes, y es mucha.
Entonces, el sombrero dijo "Gryffindor" y los estudiantes de esa mesa aplaudieron y vitorearon. Se levantó y le devolvió el Sombrero a la profesora McGonagall, quien parecía estar emocionada y hacía un gesto hacia la mesa de Gryffindor.
Lanzó una última mirada por encima del hombro a la mesa de los profesores y vio que la profesora Sprout le sonreía, aunque pensó que parecía un poco decepcionada, a pesar de que estaba aplaudiendo con el resto de profesores.
Llegó a la mesa de Gryffindor y se sentó en el sitio que Sirius tenía guardado para él.
—¡Sabía que estarías con nosotros! —declaró mientras dejaba que Remus se sentara a su lado.
—Ojalá hubiera estado tan seguro —susurró Remus a su vez mientras los aplausos se calmaban y continuaba la selección.
Estaba en Hogwarts y en Gryffindor, en ese momento no había nada más que pudiera pedir.
La sala común estaba llena de gente y ruidosa por la noche. Remus estaba acurrucado en uno de los sillones, disfrutando del ambiente festivo del inicio de un nuevo año. Sirius estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sillón, y de vez en cuando sonriéndole mientras bromeaba con James sobre sus últimos intentos desastrosos de cortejar a la afilada lengua de Lily Evans.
—Me volvió a decir idiota matón —se quejó James.
Remus levantó una ceja, pero se mordió la lengua para no decir que lo que había dicho Lily era bastante cierto.
Sirius comentó que ella probablemente cambiaría de opinión con el tiempo.
—Me doy cuenta de que no estás en contra de lo que me llamó —señaló James.
—¿Qué esperas? —preguntó Sirius, mientras le daba al otro chico una mirada, haciendo que se pusiera colorado.
—¿No habíamos dejado todo esto atrás? —preguntó Peter.
—Lo hacemos —prometió Sirius—. Pero creo que Lily es del tipo de personas que guarda rencor durante más tiempo que Remus y yo.
—Supongo —murmuró James, mientras observaba a Lily riendo de algo que uno de sus amigos estaba diciendo. Él se echó hacia atrás para verla mejor, cuando alguien le tapó la vista y le hizo caerse de la silla.
—Perdona (3) —comento Charlene mientras se agachaba para ayudarle a levantarse.
—¿Quieres algo? —preguntó James impaciente—. He estado practicando durante todo el verano, así que será mejor que tengas cuidado.
—Me alegra oír eso —respondió Charlene, apartando una silla—. Sólo vine a saludar al chico nuevo. Que bueno ponerle un nombre a la cara, Remus.
—Hola —respondió Remus en voz baja—. Supongo que te debo dar las gracias por no decir que me estaba escondiendo en la escuela el año pasado.
—Bueno, no sabía que te estabas escondiendo aquí —le dijo—. No hasta que saliste en el Profeta este verano, al menos. Pensé que ibas y venías con esa capa tan brillante que tienes.
James tosió y miró fulminantemente a Remus.
—¿Qué? —preguntó Charlene.
—Pasa que la capa es mía, no suya —resopló James—. Se supone que era un secreto.
—¿En serio?
—Sí. Es una reliquia de la familia Potter.
—¿Para qué lo trajiste a la escuela, entonces?
—Es útil, le resultó muy práctico a Remus el año pasado, ¿no?
—Pero ¿para qué lo usas? —le insistió Charlene—. ¡Oh, no me digas! Te cuelas en los vestuarios de las chicas, ¿no?
—Sólo un par de veces —dijo James, demasiado nervioso para darse cuenta de que se estaba incriminando con cada palabra que pronunciaba. Peter tosió mientras trataba de aguantar la risa. Sirius y Remus ni siquiera se molestaron en tratar de ocultarla.
Charlene se volvió hacia Remus y sonrió tímidamente.
—¿Puedo preguntarte algo? —susurró, mirando alrededor para ver si alguien los estaba escuchando.
—Supongo —respondió Remus vacilante.
—¿De verdad eres un... ya sabes... un hombre lobo? ¿O El Profeta ha vuelto a inventarse cosas?
A pesar de que lo había dicho susurrando, parecía que un buen número de estudiantes la había escuchado, ya que parecían estar esperando su respuesta.
Vio que Sirius tocaba su varita, y le puso una mano tranquilizadora en el hombro para detenerlo.
Sabía que tenía que tomar una decisión acerca de cómo iba a manejar las miradas y preguntas. Sabía que no todo el mundo lo aceptaría, y que las cosas podrían ponerse muy difícil para él si tomaba la decisión equivocada.
No podía salir corriendo al dormitorio y esconderse de las preguntas, por mucho que le hubiera gustado hacerlo. Por un momento, consideró mentir y decir que el Profeta estaba publicando falsos artículos; no sería la primera vez. Pero sabía que tarde o temprano la mentira saldría a la luz y todo el mundo sabría que no solo era un hombre lobo, sino también un mentiroso; justo como el profesor Spion les había enseñado.
—Sí —respondió simple y tranquilamente.
Algunos de los estudiantes que estaban a su alrededor, se apartaron ligeramente; grupos de amigos se estaban juntando protectoramente entre ellos. Sintió su corazón encogerse al notar que lo miraban de forma diferente a como lo habían hecho antes. Supuso que muchos no habían leído el diario El Profeta durante las vacaciones o, simplemente, se habían olvidado de los detalles del artículo.
El nacido de muggle de primer curso que había compartido bote con él a través del lago, lo miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Tienes algún problema con eso? —preguntó Sirius mientras se ponía en pie y miraba alrededor de la habitación—. ¡Y eso también va para vosotros!
Entonces, James y Peter hicieron lo mismo, apuntando amenazadoramente a los que creían que los estaba mirando con una extraña expresión.
Charlene levantó las manos hacia arriba en señal de rendición.
—Sólo pregunté si era cierto —dijo.
—Es cierto —repitió Remus mientras se ponía en pie—. Caray, chicos, guardad las varitas. No nos está atacando nadie.
Pasó alrededor de los chicos y le tendió la mano a Charlene.
—Remus Lupin —dijo.
—Charlene Grahams —respondió Charlene—. Charlie para mis amigos. —Sonrió dudosamente.
—Charlie. —Remus probó como sonaba el nombre en su boca, y le devolvió la sonrisa.
—Bienvenido a Hogwarts —dijo ella—. Ten cuidado con los amigos que eliges —le advirtió, echando una mirada a James y Peter.
—Siempre lo tengo —respondió Remus—. Y estos tres ya han demostrado ser los mejores amigos que podría querer.
Charlene pareció dudar, pero no dijo nada más y se fue al otro lado de la habitación.
Poco a poco, el resto de los estudiantes se volvieron hacia sus amigos y actividades, dejando a Remus y sus amigos disfrutar el resto de la noche.
—Bueno, no fue tan malo, ¿verdad? —comentó Remus mientras entraban en el dormitorio—. Nadie me comenzó a lanzar sickles de plata o algo tonto como eso.
—¿Te quema la plata? —le preguntó Peter curioso, ahora que habían sacado el tema.
Remus se rio y negó con la cabeza.
—No. Y si hubiera alguien lo suficientemente estúpido como para tirarme sickles, los hubiera recogido y lo hubiera gastando en Hogsmeade en cuanto pudiera.
Peter se echó a reír y se volvió hacia su baúl.
—Supongo que debemos sacar las cosas —dijo Sirius dando un gran bostezo.
—Yo no —sonrió Remus—. Una de las ventajas de vivir en Hogwarts durante el verano es que ya estoy acomodado y me puedo ir directamente a la cama. Menos mal que no me seleccionaron en otra casa.
—El próximo verano puedes pensar algunas bromas mientras estás en el castillo —dijo James—. Es obvio que has estado muy vago estas últimas semanas.
Remus rio y sacó el pijama de la cómoda.
—Veré lo que puedo hacer —prometió.
Peter, después de haber encontrado lo que buscaba, se dirigió hacia la puerta del baño. James lo siguió con un bostezo.
—¿Vienes? —preguntó Remus, juntando su ropa sucia. Él asintió, pero se dio cuenta de que había algo más que le preocupaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Estoy preocupado por ti —respondió Sirius—. No todos los estudiantes parecían contentos cuando respondiste a Charlie.
—Lo sé.
—¿Crees que causaran algún problema?
—Los Slytherins probablemente lo harán —murmuró Remus—. No estoy seguro de los Gryffindors. Parecían tener un poco de miedo, pero pasó lo mismo cuando te enteraste por primera vez.
—Ya no lo tengo —dijo Sirius—. Ni siquiera un poco.
—No me has visto durante la luna llena desde hace meses —señaló Remus—. Lunático ha crecido, y es mucho más peligroso.
—No tendrás que volver al bosque, ¿verdad?
—No. Volví al sótano de casa en la última, y puedo volver allí el resto del año. El profesor Dumbledore ha hablado con su hermano para que me deje utilizar el túnel de Cabeza de Puerco.
—Me pregunto si me dejaran ir contigo. Necesitas a alguien que te cuide por las mañanas, ya sabes, por si es una mala noche.
—Romulus estará allí —señaló Remus.
—¿Dónde está ahora? —preguntó, mirando alrededor de la habitación como si esperase verlo flotando en la esquina.
—No lo sé. No lo he visto desde hace un par de días, pero me ha prometido que estará aquí en cada luna llena.
—Sigo pensando que debería ir contigo.
—Voy a hablar con la profesora McGonagall y veré si es posible.
—Estoy seguro de que no les importará. Todavía estoy haciendo las clases extra para los hechizos de sanación, es estúpido no darle un buen uso.
Remus rio.
—¿Podrías tratar de no sonar tan emocionado ante la idea de probar tus dudosas habilidades en mí?
—Bueno, no es como si fueses mucho mejor —señaló Sirius dándole un codazo en las costillas.
Remus se rio de nuevo y se salió por la puerta.
—Vamos, idiota —llamó de nuevo a Sirius—. No habrá agua caliente si tardamos tanto.
Sirius cogió sus cosas y siguió a Remus.
La próxima luna llena sería en casi dos semanas, y le daría tiempo suficiente para tratar de convencer a los profesores para que le dejaran ir con Remus. Sólo tenía que usar el viejo encanto Black.
Remus hizo tiempo cuando entró en el cuarto de baño, tratando de evitar desnudarse en frente de otros estudiantes. Esto fue más fácil decirlo que hacerlo, porque al parecer había varios estudiantes que estaban allí para curiosear y saber si tenía cicatrices visibles y, obviamente, estaban perdiendo el tiempo también porque se veía que estaban listos para ir a dormir.
Mientras que se preocupada de la cantidad de atención que estaba recibiendo de los demás, se tomó un tiempo para decidir dónde iba a dormir. Como estudiante oficial de Gryffindor, ahora tenía su propia cama junto con su propia mesita de noche, armario, estanterías y baúl. Pero también tenía a un mejor amigo con quien realmente le gustaba acurrucarse a su lado en las noches más frías del año.
Esos pensamientos le trajeron de regreso algo que Remus no había pensado mucho durante el verano. Los últimos momentos antes de que el profesor Spion entrara en el dormitorio.
Sirius no había mencionado ninguna vez el incidente, a pesar de que Remus había esperado que lo hiciera varias veces.
En realidad, no estaba seguro que hubiera ocurrido si el profesor Spion no le hubiera alejado de Sirius con su varita. En ese momento había creído que Sirius iba a besarlo, pero esos pensamientos se convirtieron cada vez más dudosos al ver que pasaba el verano y seguía sin tener noticia acerca de las intenciones de Sirius.
Sabía que, gracias a Rita Skeeter, algunos de los estudiantes estaban convencidos de que a Sirius le gustaban los chicos en vez de las chicas. Había oído varias conversaciones mientras que estaba oculto en la capa de invisibilidad y que no le había dicho a su amigo. Sabía que Sirius seguía sensible con el tema, y lo último que quería era molestarle. Ese mismo temor era lo que le había hecho evitar mencionar el incidente en la habitación.
No estaba seguro de si Sirius había estado a punto de darle un beso; podría haber tenido algo en sus ojos, o podría haberse sido sentido un poco mareado por falta de comida, después de todo, habían desayunado poco esa mañana. Incluso si no se le ocurría ninguna en ese momento, había un montón de razones por las que podría haber estado de pie tan cerca y se acercase a él con lentitud, y la mayoría no implicaba tocarle los labios.
La única cosa que convenció a Remus de que Sirius no había estado a punto de besarlo, era que su amigo no le había confiado que realmente le gustaban otros chicos de esa forma. Eran amigos, y aunque Remus nunca había tenido muchos, estaba seguro de que los amigos se decían esas cosas. Sirius era su mejor amigo, y si le gustaban otros chicos, entonces debería saber que podía decírselo. Había confiado en él sobre sus otras preocupaciones, así que ¿por qué no iba a sería lo mismo?
Claramente estaba pensando demasiado. Sirius no había estado a punto de besarlo y él no tendría necesidad de preocuparse por rechazar cuidadosamente a su mejor amigo. Tampoco podía ver otra razón para poner una distancia entre ellos. Al fin y al cabo, le gustaba dormir en la misma cama que Sirius, y eso era todo lo que le importaba.
—Extrañaba esto —murmuró Remus mientras se acurrucaba junto a Sirius después esa noche.
—¿Qué cosa? ¿Los gruñidos de Peter y los ronquidos de James?
—No —susurró Remus—, a ti. Bueno, realmente a todos vosotros. Pero sobre todo a ti.
—Pensé que te gustaría estar en tu propia cama ahora el Ministerio no está detrás de ti.
—¿Quieres que me vaya?
—¿Ahora quién está siendo idiota? —bromeó Sirius—. Entonces, ¿cómo te fue en tu primer día en Hogwarts como estudiante oficial?
—Perfecto —respondió Remus—. Simplemente perfecto.
Sirius fue despertado a primera mañana por un fuerte codazo en las costillas. Gruñó y se dio la vuelta, reacio a abandonar el calor de la cama.
—Sirius, levántate —susurró Remus en su oído.
—¿Qué hora es? —murmuró, con los ojos todavía cerrados.
—Son casi las seis —respondió Remus alegremente—. Vamos, es una hermosa mañana y tenemos clases en unas horas.
Frunció el ceño ante lo que dijo el otro chico, y abrió un solo ojo.
—Un par de horas son palabras importantes aquí, Remus. Unas horas significa que todavía hay por lo menos dos horas y media para dormir.
—Pero ahora estás despierto —señaló Remus—. Vamos, la sala común está vacía.
—Eso es porque cualquier persona con sentido común sigue durmiendo.
—Ven a darles de comer a los thestrals conmigo —pidió Remus con una voz que estaba al borde de ser un quejido.
Sirius gimió y miró a su amigo.
—No vas a dejar de molestarme hasta que me levante, ¿verdad?
—Nop, vamos.
Sabía que era inútil discutir, y de todas formas, ahora estaba despierto.
—Sólo por esta vez —le advirtió—. Si me levantas otra mañana a esta estúpida hora, puedes ir a alimentar a las mascotas de Hagrid solo.
Remus asintió y saltó de la cama.
—Te veo en la sala común —le dijo mientras salía por la puerta.
Sirius salió tambaleándose de la cama, sacó la ropa de su baúl, buscó uno de sus zapatos de debajo de su cama, y se dio un golpe en el dedo del pie con la mesita de noche. Maldijo en voz baja, pero al parecer lo suficientemente alto para despertar a James, quien se sentó en la cama y lo miró.
—¿Qué demonios estás haciendo? —dijo entre dientes—. Es el puto amanecer.
—Vuelve a dormir —le dijo Sirius. Observó con envidia como James le tomó la palabra y en pocos segundos volvía a estar dormido.
Remus se paseaba por la sala común cuando Sirius se unió a él.
—¿Qué hay de bueno en los thestrals? —preguntó mientras pasaron por el agujero del retrato—. No puedo ni verlos. ¿Tú puedes?
—No, pero siguen siendo fascinantes —dijo Remus mientras se abrían camino por las escaleras—. Aunque no tenemos que estudiarlos hasta el próximo año.
—¿Cómo sabes eso?
—Hagrid me lo dijo. Me ha estado dando clases extra durante todo el verano, ayudándome a ponerme al día para alcanzaros.
—Qué suerte —sonrió Sirius.
—Ha sido genial —sostuvo con un movimiento de cabeza—. Como tener mis propios profesores particulares. Es una pena que Hagrid no sea profesor, porque sus clases son muy divertidas.
—No estabas tan feliz cuando era tu hermano quien te enseñaba —señaló Sirius—. O cuando te enteraste de que harías los exámenes con nosotros el año pasado.
—Esto es diferente —respondió Remus con un encogimiento de hombros—. Ahora puedo estar con el resto de vosotros, ¿no es genial?
Los dos muchachos siguieron charlando sobre las clases hasta llegar a los jardines de la cabaña de Hagrid. La mañana era fría, con una ligera niebla en los jardines, pero Sirius se dio cuenta de que Remus tenía razón... que iba a ser un día hermoso.
Eran más de las ocho para cuando los otros chicos salieron del dormitorio y aparecieron en el Gran Comedor.
—¿Sirius? —preguntó James mientras se sentaba frente a él—. ¿Fue mi imaginación, o me despertaste esta mañana?
—Debes de haberlo soñado —respondió Sirius—. Yo salí tan silencioso como un ratón.
James bufó mientras se servía un plato de huevos y tocino.
Peter estaba devorando su desayuno como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Luego salió corriendo a la lechucería, explicando que se había dejado uno de sus libros en casa y tenía que pedir a sus padres que se lo enviaran.
—Cada año, el primer día de clase, se acuerda de que se olvidó algo —rio James.
—¿No nos pasa todos? —Sirius se rio entre dientes—. Por lo menos sus padres se lo enviarán. Cuando me olvidé mis deberes de Transformaciones el año pasado, mi madre me escribió para decirme que lo había quemado y que esperaba que me enseñase a guardar mis cosas con más cuidado.
—Por lo menos Remus no tendrá que preocuparse por ese tipo de cosas —comentó James.
—Sí, si me olvidé algo, es probable que todavía esté en el Callejón Diagon. No recibo correo.
Casi como si el destino quisiera demostrar que estaba equivocado, una gran lechuza común eligió ese momento para precipitarse en la sala y aterrizar a un lado de su plato.
—¿Qué decías? —dijo Sirius mientras la lechuza extendió la pata y esperó pacientemente a que Remus tomara el pergamino.
—Pero nunca recibo correo —dijo Remus—. No conozco a nadie que no esté en Hogwarts. Tú no me enviaste esto, ¿verdad? —Se volvió hacia Sirius con una mirada acusadora.
—No, ¿por qué habría de hacerlo? No es Damon, ¿verdad?
—No, no me ha picado todavía.
—Ahora se porta mejor —murmuró Sirius—. Todos los viajes hacia donde está Regulus lo cansan demasiado para hacerlo.
—Así que, ¿de quién es? —preguntó James, inclinándose hacia adelante con entusiasmo.
—No sé.
—Podrías abrir y descubrirlo —señaló con impaciencia. Remus se encogió de hombros y examinó el sello del pergamino.
—C.C.P Cheshire —leyó en voz alta.
—¿Qué es C.C.P?
Remus negó con la cabeza y rompió el sello para ver qué era lo que había recibido.
—¿Qué es? —preguntó Sirius.
—C.C.P significa Campamento de Criaturas Peligrosas —susurró Remus—. Es de Fenrir Greyback.
—¿Quién es ese? —preguntó James.
—Ahora es mi tutor —explicó—. Es el hombre lobo que me mordió.
—¿No has leído el artículo del Profeta? —preguntó Sirius.
—¿Para qué? Sabía lo que iba a poner, y me escribirías para contarme lo que había pasado tan pronto como lo supieras, y nunca mencionaste su nombre.
—¿Qué es lo que quiere de ti? —preguntó Sirius cuando el chico se metió la carta en el bolsillo de su túnica.
—Sólo me desea buena suerte en mi primer día y me dice que si necesito dinero, que le escriba. También me adjunta una carta dándome permiso para ir a Hogsmeade.
—No parece un hombre lobo común —comentó James, un poco desconsideradamente, si se tenía en cuenta quién era—. ¿Planeas quitarle el dinero?
—Por supuesto que no, tengo la intención de devolverle los gastos de la escuela tan pronto como pueda. No quiero estar en deuda con él más de lo que ya estoy.
—¿Vas a volver a escribirle? —preguntó Sirius.
—Supongo. Le escribí en verano para darle las gracias por lo que hizo por mí.
—¿Escribiste para agradecerle que te mordiera? —balbuceó James con la boca llena de huevo.
Remus miró hacia arriba, como si buscara paciencia en los cielos.
—Le escribí para agradecerle por ofrecerse a ser mi tutor. No tenía por qué hacerlo. Podía haber dejado que me ejecutaran.
Sirius asintió pensativo, sintiendo un raro momento de agradecimiento por Fenrir Greyback.
—Pero va a tener que esperar —le dijo Remus—. Tenemos Herbología en diez minutos en el invernadero cinco.
—Nos queda bastante tiempo —respondió James mientras se metía lo que quedaba el último tocino en la boca y cogía zumo de calabaza.
—No quiero llegar tarde en mi primer día.
Sirius negó con la cabeza mientras Remus se levantaba y trataba que fuera con ellos.
—¡Vamos! —les instó, tirando del brazo de Sirius.
—Supongo que ya terminé —murmuró Sirius, cogiendo un último pedazo de tostada para comerlo por el camino.
—Me uniré a vosotros en unos minutos —dijo James estirando la mano para coger lo que quedaba del trozo de tocino de Sirius.
El invernadero cinco estaba caliente y cargado, pero Remus no se quejaba. Estaba disfrutando su primera clase como estudiante oficial de Hogwarts.
—Diez puntos para Gryffindor —dijo la profesora Sprout con una amplia sonrisa, después de Remus hubiera respondido a su segunda pregunta correctamente.
—Pelota —tosió James en su mano tapando sonrisa.
Sirius esperó hasta que la profesora le dio la espalda para tirarle las hojas podadas de la mesa con la varita.
—Tus primeros diez puntos para tu casa —le susurró a Remus—. ¿Cómo te sientes?
—¡Genial! —le devolvió Remus la sonrisa.
El resto del día progresó de una manera parecida. Remus fue el primero en levantar la mano y ganar puntos para su casa en casi todas las clases.
La sonrisa que había aparecido desde el momento en que se había despertado esa mañana, se mantuvo en su cara durante el resto del día. Ni siquiera la tarea de los veinte centímetros de pergamino sobre transfigurar criaturas marinas en barcos de la profesora McGonagall pudo apagar su espíritu.
—Veinte centímetros de McGonagall, doce de Slughorn, media docena de traducciones para Runas Antiguas, y también tenemos Astronomía esta noche. —James dio un largo suspiro y se dejó caer en uno de los sillones de la sala común.
Sirius se tumbó en el sofá y Remus se sentó en el suelo junto a él.
—¿Todavía crees que es genial? —preguntó, empujándolo con el pie.
—¡Es perfecto! —dijo Remus por lo que parecía ser la centésima vez en el día.
Sirius se rio y negó con la cabeza.
—Ya aprenderá —le confió Peter en un susurro—. Varias T en sus tareas, una semana o dos de las detenciones y será tan miserable como el resto de nosotros.
—Eso no va a suceder —afirmó Remus en voz alta—. Me encanta estar aquí, y también me encanta hacer las tareas.
Peter y los demás se rieron ruidosamente.
—¡Monstruo! —bromeó Sirius, y esta vez Remus rio junto a ellos.
(1) En el original sería "Soy un mago", pero resultaría una respuesta un poco rara, ya que todos lo son, por lo que lo he cambiado así para que suene mejor.
(2) Originalmente se traduciría la palabra por "credo". No le veo mucho sentido. Hablando de Hufflepuff, creo que lo más acertado sería "lealtad".
(3) En inglés pone "smooth". No estaba muy segura de esto, ya que los significados que he encontrado no concordaban. Lo he puesto así para que quede mejor de acuerdo con el texto.
