Capítulo 24: Proxenos (Guardián)
Hace mucho tiempo, existió una reina llamada Cencreis. Ella era la esposa del rey de Chipre, Cíniras y con él tuvo una pequeña hija a la que llamaron Esmirna. La niña creció para convertirse en una hermosa mujer. Tan bella le resultaba a los ojos de su madre que un día declaró que Esmirna era aún más hermosa que la diosa Afrodita. Ésta, orgullosa como era, no pudo pasar por alto semejante insulto. Decidió castigar a Cencreis por medio de su hija, inflamando en su pecho un amor prohibido hacia su propio padre.
Esmirna, asqueada y avergonzada de semejante sentimiento, intentó ahorcarse pero su nodriza intervino justo a tiempo. La anciana mujer, aterrorizada ante la idea de perder a la muchacha, le aconsejó el satisfacer su pasión por medio de un truco. Protegida por la oscuridad, Esmirna se introdujo en el lecho de su padre, yaciendo con él durante 12 noches seguidas. Al terminar la duodécima, el padre se dio cuenta de la trampa y se enfureció al punto de desear la muerte de su hija. Se armó de un cuchillo y comenzó a perseguirla.
La persecución los llevó hasta el desierto, donde la joven ya no pudo más y suplicó ayuda a los dioses. Afrodita, conmovida por el dolor de su propia víctima, decidió terminar con su sufrimiento convirtiéndola en un árbol de mirra. Durante diez meses el árbol permaneció impasible, protegido de cualquier venganza, hasta que el primer día del decimoprimer mes, su corteza se partió en dos, dando a luz a un pequeño niño.
Afrodita, maravillada por la belleza de la criatura, decidió convertirse en su guardiana y le nombró Adonis. Le confirió el niño a Perséfone, quien cuidó de él durante muchos años. Cuando el joven creció, Afrodita decidió invocarlo a su lado pero Perséfone, encariñada con Adonis, se negó. Las deidades discutieron por largo rato hasta que Zeus tuvo que intervenir. Dictó entonces que Adonis pasaría un tercio del año con Perséfone, el segundo tercio con Afrodita y el tercero donde él quisiese. Adonis siempre optó pasar su tercera parte del año en Chipre, acompañado de Afrodita.
Muy lejos de aquella región, en las Cícladas, vivía un muchacho llamado Milo. Éste era muy atento y pronto se dio a conocer por su buen carácter. Afrodita decidió que él sería un buen amigo para Adonis, quien necesitaba a un compañero de caza diferente a las ninfas, y le instigó a cruzar el Egeo hasta el reino de Cíniras.
Milo y Adonis no tardaron en hacerse grandes amigos. El Rey Cíniras, quien había acepado a Adonis como su hijo, quedó tan complacido por la simpatía de Milo que decidió desposarlo con una de sus familiares llamada Pelia. De este matrimonio nació un varón, a quien decidieron llamar con el mismo nombre que el padre. Afrodita, encantada con el muchacho, lo tomó bajo su protección y lo educó en su templo.
Del mismo modo en el que la amistad entre Milo y Adonis creció, también lo hizo la pasión de Afrodita hacia Adonis. Su amor llegó a tal punto que no pasó desapercibido por Ares, el amante de la Diosa. Un día que Adonis y Milo salieron a cazar, se encontraron con el dios disfrazado de jabalí. El Dios arremetió contra Adonis y lo hirió. Su guardiana llegó a él en su lecho de muerte. Hizo lo posible por salvarlo pero era demasiado tarde. Se dice que Afrodita vertió tantas lágrimas como sangre Adonis y que por cada gota de sangre, floreció una anémona y que por cada lágrima, una rosa blanca.
Afrodita no fue la única que sufrió por la muerte de Adonis. Milo, desesperado, se ahorcó de un árbol. Pelia decidió que no podía seguir viviendo sin su esposo y se colgó del mismo lugar. Nuevamente conmovida, Afrodita convirtió a Milo en una manzana y a Pelia en una paloma, dando así origen a los manzanos y al ave sagrada de la Diosa.
Dándose cuenta Afrodita de que el último sobreviviente del linaje del rey Cíniras era el hijo de Milo, le ordenó que volviese a su ciudad natal. Una vez ahí, derrocó al gobernante y fundó una ciudad en la isla que ahora lleva su nombre.
La isla de los colores. Sus playas, sus campos y su gente serían para siempre velados por la Diosa de la Belleza. Dorios, atenienses, romanos, cristianos, republicanos, todos ellos pisaron sus canteras y se lavaron en sus aguas y durante todo ese tiempo permaneció Afrodita, vigilándola, silenciosa e inmóvil, detrás de un par de ojos blancos.
-"Estarás contento…"
Apenas Saga entró al Templo, lo intercepté. Suspiró pesadamente. Supongo que sabía muy bien a lo que me refería. Alzó los hombros y sujetó con fuerza la pila de hojas que descansaba entre sus dedos.
-"La Panatenea fue un éxito. No podría estar más conforme."
Pretendió seguir con su camino, atreviéndose a cambiar de trayectoria con tal de no escuchar más de mí.
-"Ya estás haciendo eso otra vez."- Agudicé mi tono y moví mi dedo índice de izquierda a derecha, reprochándole su mala conducta. Él detuvo sus pasos, preguntándome con la mirada a lo que me refería. –"Ignorándome. Sabes que no me gusta cuando haces eso."
Él optó por suspirar nuevamente, cerrando sus ojos y murmurando algo para sí. Probablemente esperaba que me rindiera ante su silencio pero no estaba dispuesto a dejarlo ir tan fácilmente. Cuando abrió los ojos, adiviné que espetaría alguna otra excusa para escaparse de mis manos.
-"¿Que no ves que estoy ocupado?"- Alzó las hojas que llevaba consigo. –"Son los registros de los eventos. Su Santidad los ha solicitado y no tengo tiempo qué perder."
-"Si algo le sobra a Shion es tiempo."- Caminé hacia él, intentando quitarle aquellos documentos para usarlos como rehenes pero Saga adivinó mis intenciones y cubrió las hojas con su cuerpo, refugiándolas en su pecho.
-"¿Cuál es tu problema?"
¿Cuál? Yo tenía muchos problemas pero definitivamente el mayor era él. Odiaba el cómo pretendía que todo era miel sobre hojuelas, revoloteando tranquilamente alrededor del Santuario con una máscara de empatía y amabilidad que sustituía frente a mí por la cara de amargado insoportable que en realidad le pertenecía. ¡Y su indiferencia! ¡Su bendita indiferencia! Si me arrancara un cabello por cada vez que Saga me lanzara una mirada de 'mi tiempo es demasiado valioso como para andarlo perdiendo contigo' ahora estaría calvo.
¡Vaya! ¿Pero qué tenía qué hacerle a este hombre para que me tomara en serio?
El proponerle matar a la Diosa obviamente no sirvió de mucho.
¿Qué no me decía que si cedió al mal fue por mi culpa? ¡Tonterías! Si ya sabía yo que eso no era cierto. Fue él por su propia cuenta quien cayó en el error. Tan solo decir que aticé el fuego sería exagerar.
Ni siquiera me tomó en serio cuando me encerró en Cabo Sunión. Ahora que lo pienso mejor, no lo hizo porque le estorbara. Lo sé porque en realidad no era una molestia para él. Muy al contrario, pude haberlo ayudado del mismo modo que lo hicieron Cáncer y Piscis. Pero alguien como Saga no se rebajaría a cooperar con alguien que consideraba tan poca cosa. Me lanzó a esa prisión porque le molestaba el saber que ambos teníamos la misma idea. Le pareció una aberración el tan solo pensar que éramos tan parecidos y solucionó su problema del mejor modo que se le ocurrió: deshaciéndose de mí.
Pero esta vez no le sería tan fácil quitarme de su camino. Sus mañas ya las conocía, además de que había un agujero muy grande detrás de la prisión de roca.
-"¿Por qué hallas diversión en arrebatarme todo lo que me pertenece?"
Se mantuvo impasible, esperando a que la discusión terminara y pudiera seguir con sus asuntos. ¿Esperando? En realidad no. En su cerebro no había semejante conversación. Era un hombre con tantas obligaciones que no podía darse el lujo de perder el tiempo. Casi podía escuchar la queda voz que salía de su mente: 'El Patriarca recibirá esto pronto. ¿Los habrá solicitado para que formen parte del archivo? Espero que no me pida a mí que haga las transcripciones. Tengo mejores cosas qué hacer. ¿Cómo estará Atena? ¿Tendrá algún otro trabajo para mí? Habrá qué ir a Rhodorio más tarde. Se terminó el queso.'
-"¿Acaso me puse una camisa tuya por error? No puedo diferenciarlas. Deberíamos de coserles etiquetas."
Ahí iba de nuevo, haciéndose el ignorante como si con ello pudiera engañarme. Pero tantos años de conocerlo íntimamente lo dejaron al descubierto. Ya fuera la atención en el burdel en el que nacimos, los dulces que nos regalaban los turistas, las alabanzas de nuestro maestro, el respeto de nuestros superiores e incluso el Trono de Atena, él parecía quererlo todo. Y ni una sola vez pensó en compartir. Ni siquiera cuando era lo más justo.
Al principio no me importaba. Cuando me decía que no merecía ni uno solo de los caramelos que llegaban a nuestras manos le creía porque yo no era como él. Yo no me contentaba con extender mis manos y mendigar. Querían que nosotros llegáramos a casa con los bolsillos llenos y yo no tenía la paciencia para esperar a que los dracmas cayeran del cielo por lo que opté por extender mis manos a monederos ajenos. Sabía que estaba mal pero también sabía que tenía qué hacerlo. Aún así, Saga me hacía sentir lo suficientemente culpable como para a aceptar renuentemente una juventud libre de azúcar. A final de cuentas, era un niño malo.
Pero aquel engaño no duró mucho tiempo. Muchos pensarán que fui estúpido por no abrir los ojos antes, pero es difícil que un niño tan joven pueda entender la injusticia del mundo cuando lleva una vida lo suficientemente decente. En mi mente había dos tipos de dinero: el de Saga, obtenido con esfuerzo y paciencia; y el mío, arrancado de gente inocente. Por ende, en mi mente había dos tipos de comida: la comprada por la honestidad y la comprada por dinero sucio. Yo no tenía problemas en aceptar la última y nunca deseé poseer parte de la primera.
Hasta que un día vi cómo los adultos mezclaban y contaban las monedas que recolectábamos y me di cuenta de que Saga se alimentaba de mis esfuerzos. Si él lo hacía, ¿por qué yo no tenía derecho a un trozo de turrón?
Después de eso observé con mejor atención a mi hermano y me di cuenta que él no era mejor que yo. Era sólo que él prefería ser hipócrita y mantener a todos de su lado, consecuentemente llevándose todo el crédito. Pero lo pasé por alto porque, a final de cuentas, cada quien hace lo que quiere con las armas que posee. Pero el manipularlos a todos no era suficiente para Saga. ¡También se manipulaba a sí mismo! Se convencía de que era un inocente angelito cuando la verdad era muy diferente.
Y eso sí me encabronó.
Y sigue haciéndolo.
-"¿Qué le dijiste a Milo?"
-"La verdad."- Lo dijo con tal tranquilidad como si siguiera hablando de camisetas. –"Que estabas jugando con él."
-"¡Yo no estaba haciendo tal cosa!"
-"Ah, disculpa, entonces. Estabas usándolo para jugar conmigo."
-"Ha dejado de hablarme. ¿Cómo pretendes que pase mi tiempo ahora? ¿Crees que me quedé en el Santuario para pasar tiempo contigo?"
-"Deberías de estar aquí para servir a Atena."
-"¡Ah, claro! ¡Ella! ¡Porque me encanta realizar tareas imprescindibles y sagradas como andar arreando animales de carga!"
El principal motivo por el que decidí quedarme en las 12 Casas fue porque no tenía nada mejor qué hacer. No tenía a dónde ir y la idea de comenzar de cero en algún pueblillo europeo no me entusiasmaba en exceso. El seguir sirviendo a Atena fue sólo una consecuencia. No era que me molestara ni mucho menos, pero no era por eso que seguía ahí.
Y la mera verdad era que la permanencia en Atenas me era prácticamente insufrible. Nunca me gustó eso de ser parte de una comunidad. La gente me asquea y las responsabilidades que surgen me atemorizan.
Si no me largaba de aquel lugar era por ese pequeño atisbo de conciencia incrustado en mi corazón y porque, de todos, sabía que al menos una persona era capaz de hacerme olvidarme de todo.
Y ahora que esa persona me rechazaba de tal manera, no veía la necesidad de seguir haciéndome el tonto.
-"¿Por qué estás enojado conmigo? Todo esto te lo provocaste tú mismo."- Ahí iba de nuevo: buscando hacerme sentir culpable. Como siempre. –"Son muy importantes para mí. No quiero ver el cómo se matan mutuamente."
¿Milo? ¿Importante para él? ¡Claro! Si por eso lo dejaba abandonado durante días, yéndose a pregonar su palabra divina con la esperanza de convencer a todos que él debía de ser elegido el nuevo Patriarca. De no haber sido por mí, ese muchacho no hubiera avanzado como lo hizo. Incluso cuando el relevo pasó a Ewan, ¿quién era el que le obligaba a entrenar cuando su maestro amanecía con una resaca tan terrible que no salía de su habitación sino hasta entrada la tarde? ¿Con quién repasó esos aburridos libros que nunca tocaría por su cuenta? ¿A quién acudió cuando todos los demás se fueron alejando de su vida?
Milo me buscó a pesar de las heridas y de los años. Él me eligió a mí sobre todos los demás; incluso sobre Saga. ¡Me eligió a mí sobre él!
Y Saga lo sabe.
Y le enfureció el ver que no pudo arrebatármelo todo.
-"¡No tienes derecho a joder con lo que es mío!"- Su mirada de asombro me cayó como un balde de agua fría. Sabía lo peligroso que era el terreno que pisaba pero mi orgullo me obligó a permanecer ahí.
-"¿Tuyo?"- Dejó escapar una risa grave y obviamente incrédula. –"¿Ya lo decidiste?"
Su risa me hizo rabiar nuevamente. Y los Dioses saben que no hago cosas muy inteligentes cuando me enojo.
-"¡Él fue mío desde antes que lo pusieras en manos de Ewan! ¡Y fue mío mucho más de lo que fue tuyo! ¿O crees que se hubiera convertido en lo que es hoy sin mi ayuda?"
Ahora sí que se había armado la buena.
-"Te dije que te alejaras de él."- Temí por mi vida al verlo apretar sus manos con tanta fuerza que dobló el bloque de hojas que llevaba. –"¿No te dije que te alejaras de él?"
-"Tranquilo, hombre."- Pensé en cómo salirme del aprieto. –"Todo salió bien, ¿no? Consiguió su Armadura y no quedó completamente desquiciado."
-"Me engañaste."- Bajó la mirada y la molesta espinita clavada en mi corazón se revolvió. –"Ambos lo hicieron, ¿verdad? Pensaba que era raro que confiara en ti tan rápidamente pero lo hizo porque ya te conocía."- Gruñó al encontrar una nueva pieza del rompecabezas. –"Él no iba a Cabo Sunión a buscarme a mí."
Aún molesto, me armé de valor para retomar el hilo de la conversación.
-"Ese no es el punto ahora."- Noté que mi tono se hizo más suave. –"No quiero que te vuelvas a entrometer así en mi vida. No me importa qué motivos tengas, nada te da derecho a hacerlo. Por tu bien, espero que todo esto se solucione."
Él apenas se percató de mis palabras. Parecía que aún no lograba recuperarse de la última sorpresa.
-"Eres un hijo de puta."
Frunció el ceño y siguió con su camino hacia el Templo de Atena.
Yo no me molesté en contestar. De todos los insultos, ese era el que menos me dolía.
Sobre todo porque era la verdad.
-"¿Qué haces?"
Aquella chillante voz de nuevo. Comenzaba a creer que ni siquiera escondiéndose debajo de las piedras podría eludir las insistentes preguntas del niñato. Apenas despuntaba la mañana cuando se cruzó con él, irritante e hiperactivo como siempre. ¿Y si lo lanzaba por una cañada?
No. Seguramente regresaría a molestarlo en forma de algún espíritu.
Ni toda la sangre del mundo podría saciar a un alma tan hambrienta de atención como la suya.
-"¿Qué parece? Estoy desayunando."- Estiró su brazo derecho, sujetando la manzana a medio terminar que comía.
Milo se emocionó tanto que Kanon pensó que había algún gusano revolviéndose en la fruta. Después de darle un par de vueltas entre sus manos y confirmar que era lo suficientemente comestible, le encajó una nueva mordida.
-"Te estás comiendo a un muerto."
-"Esa es nueva…"- Un par de mordidas más y tiró el corazón al suelo.
Ya se sabía él la historia de la manzanita, la palomita y las anémonas y, de hecho, le había parecido extraño que hasta ese momento la conversación no saliera a relucir.
-"El señor Ewan dice que las manzanas están hechas de muertos."
-"Si 'el señor Ewan' dice que el aire está hecho de polvo de hadas ¿le creerías?"
Un par de parpadeos y unos ojos bien abiertos no tardaron en hacer que se arrepintiera de sus palabras.
-"¿Hadas? ¿En serio?"
-"Si serás bruto. Ya sabía yo que nada bueno te saldría de escuchar a ese hombre."
-"No hay hadas en Grecia."- Suspiró para sí, percatándose de su error. –"Entonces, las manzanas están hechas de muertos. Por eso crujen cuando las muerdes. No importa, me gustan. ¿Te gustan a ti? ¿Eso nos hace caníbales?"
-"En cualquier caso el único caníbal serías tú."- El niño arqueó la ceja. ¿Dónde había visto esa expresión antes? –"Ya sabes… por llamarte como la isla."
Milo torció la boca y frunció el ceño.
-"¡Como mi abuelo!"
-"Como lo que quieras. Ahora…"- Se inclinó un poco hacia él. –"¿Qué tal si vas y me traes un poco de leche?"
El niño asintió, olvidando por completo la conversación anterior y salió disparado hacia el Octavo Templo.
Tal vez debería de traerle también un poco de pan.
Comentario de la Autora: ¿Ven? les dije que sí pasarían cosas en este capítulo. ¿Saben? Originalmente había el doble de groserías en este capie pero pude reducirlas bastante. Ungh! Es que Saga me hace enojar mucho! Maltrata mucho a su manito. Con lo bueno que es él... (ahá).
Bueno... la leyenda de al principio del capítulo es muy importante para mí porque fue como que la leyenda que me hizo decir "OH! ¡TENGO QUE USAR ESTO!". Básicamente, 'Milo' fue una excusa para ponerla pero nunca encontré un momento indicado para escribirla. Pero finalmente, después de mucho tiempo, pude hacerlo. Por supuesto que hay muchas versiones de la historia pero dejé lo básico. Si me lo preguntan, Milo padre y su esposa fueron muy egoistas para matarse dejando a su niño solito... menos mal que Afrodita lo adoptó. ¿Se imaginan qué hubiera pasado si Afro hubiera sido el maestro de Milongas? *escalofríos* Yo creo que nos hubiera salido otro Misty.
Los ojos blancos que mencioné los hice con la Venus de Milos en la cabeza. Favor de ignorar el hecho de que ahora esa estatua está en Francia. XD
Mmm... y... desde el principio tenía claro que quería que Saga y Kanon fueran hijos de una prostituta. En varios momentos pensé en hacerles un sidestory pero nunca me he inspirado lo suficiente. Tal vez algún día...
Y bueno... yo odio el día del amor y la amistad pero para todos aquellos que no, les mando un abrazo y una amplia felicitación. Ojalá reciban muchos chocolates!!!
Ojalá les haya gustado este capie!! Tata!
