Capítulo 25

La voz de Asami se elevaba una y otra vez en el Concierto Benéfico de la Fundación Winter, demostrando que la hija más famosa de East Quay era una de las mejores mezzosopranos del mundo.

Cuando apareció en el centro del escenario, con el cabello recogido en un elaborado moño que dejaba caer unos cuantos tirabuzones sobre la espalda, el aplauso resonó durante varios minutos, hasta que por fin el director alzó la batuta para imponer silencio. La orquesta estaba iluminada por una tenue luz, a los pies de la hermosa mujer del vestido de terciopelo rojizo que arrastraba una cola de casi un metro.

Korra estaba sentada junto a Elsa y Anna, absorbiendo cada instante de aquel triunfo personal de Asami. Dudaba que pudiese existir alguien entre el público que cayese en la cuenta de que Asami no podía verlos. Allí estaba ella, irradiando fuerza y belleza vocal, a casi un metro de distancia del micrófono y cantando de una forma que hacía que Korra entrase en trance.

Después de la tercera y última aria la sala volvió a estallar en aplausos, que esta vez duraron más de cinco minutos. Korra pudo ver que las mejillas de Asami se coloreaban, y comprendió hasta qué punto aquella era una victoria personal para su pareja, quien además estaba intentando aliviar la culpa que sentía por haberlo cancelado todo para acudir a East Quay.

Korra aplaudió hasta que los brazos le dolieron y las lágrimas corrieron por sus mejillas, al igual que hacían Anna y Elsa. Los parientes de Anna estaban sentados en la misma fila, y era obvio que el señor y la señora Summer estaban también arrebatados por aquella interpretación.

—¡Da capo! —gritó una voz masculina desde detrás—. ¡Da capo, bellissima!

Para sorpresa de Korra, Asami alzó las manos con las palmas hacia afuera, hasta que cesaron los aplausos.

—Gracias —dijo Asami, y su poderosa voz llegó a toda la sala—. Son ustedes muy amables. Quiero dedicar esta canción de cuna a una joven que tiene mi corazón en sus manos.

A continuación se volvió hacia el director de orquesta y le dijo:

—Summertime, maestro, por favor.

Cuando el director asintió e hizo sonar la batuta sobre su atril, el público entero contuvo el aliento, volviendo a respirar tan sólo cuando Asami comenzó a cantar el famoso tema de la ópera Porgy and Bess.

Korra sacó un pañuelo de papel. Ya había supuesto que se emocionaría, pero lo de escuchar a Asami cantando aquella canción, aquella famosa nana, para ella, era casi más de lo que podía soportar. Además, como si supiese milagrosamente dónde estaba ella sentada entre el público, Asami miró exactamente en su dirección. Korra no pudo apartar los ojos de ella ni un solo segundo.

¡Asami Sato, famosa en el mundo entero y adorada por millones de personas, amaba a Korra Stone, una desconocida de la que nadie había oído hablar, residente en East Quay! Por un momento se sintió dominada por los nervios, pero la dulce interpretación de Asami mitigó sus temores.

Cuando la canción acabó, Korra creyó que el aplauso acabaría por resquebrajar el techo de la antigua sala de conciertos. Pudo ver cómo Asami se inclinaba varias veces para saludar, haciendo gala de un perfecto equilibrio, antes de volverse hacia la derecha del escenario y tender la mano hacia allí. Un atractivo joven vestido con un esmoquin color blanco le ofreció el brazo. Ella lo tomó y permitió que la guiase fuera del escenario.

El aplauso continuaba, atronador. Asami hubo de salir tres veces más a agradecerlo, acompañada cada vez del mismo joven. Korra comprendió que aquel detalle, junto con la increíble interpretación que acababa de ofrecer, crearía un océano de rumores dentro del mundo operístico.

Le dolían las palmas de tanto aplaudir, pero aquella muestra de que a Asami no le importaba que se notase su minusvalía la hizo aplaudir aún con más fuerza.

El concierto, cuyas entradas se habían agotado, recaudó setecientos mil dólares para la nueva ala del hospital, y los billetes para el cóctel que tuvo lugar más tarde, en el hotel, añadieron otros setenta y cinco mil dólares más.

Elsa se sentía completamente feliz, aunque eso se debía sobre todo a la presencia de Anna. Esta llevaba el abundante cabello recogido con dos grandes alfileres de ébano, excepto unos cuantos rizos que le enmarcaban el rostro. Elsa recordó aquellos rizos esparcidos en abanico sobre la almohada en las numerosas ocasiones en que ambas se buscaron durante aquella primera y sensual noche que estuvieron juntas. «Anna es toda belleza y sinceridad. No existen secretos en ella, ni planes ocultos», pensó, mientras admiraba su largo vestido sin mangas, que destacaba sus curvas, al tiempo que el suave tejido, verde bosque, susurraba al menor movimiento.

Cuando los padres de Anna se acercaron a ellas, apretó furtivamente la mano de esta para darle fuerzas. Elsa había charlado con Iduna y Agnarr Summer apenas un momento, en la sala de conciertos. Ahora venían hacia ellas con una precavida sonrisa en el rostro.

—Señora Winter, me han dicho que he de agradecerle a usted esta maravillosa velada —dijo Iduna.

—Eso no es del todo cierto —replicó ella—. La difunta señora Dodd Endicott también tuvo parte en ello. Me alegro mucho de que hayan podido asistir. Y por favor, llámenme Elsa. ¿Han podido hablar con Asami?

—Pues sí —intervino Agnarr—, y ha estado muy amable. Nos firmó un CD para subastarlo en la iglesia, y otro más que insistió en regalarnos.

Elsa sonrió.

—Me alegro de que la velada haya sido un éxito.

—Y sobre todo ha sido un placer conocerla a usted —dijo Iduna —. Nunca había visto a Anna tan feliz.

Elsa hizo un gesto de sorpresa, pero aquella no era más que una de las muchas pruebas que tendría que afrontar mientras aprendía a manejar su relación.

—Es un sentimiento mutuo —consiguió improvisar, recibiendo como recompensa una mirada feliz y sorprendida de Anna.

Cuando ambos esposos se hubieron despedido, Anna se volvió hacia ella con gesto escrutador.

—Vaya, Winter —dijo arrastrando las palabras—, cualquiera diría que te tengo loquita por mis huesos o algo así.

Elsa soltó una carcajada.

—O algo así… —repitió—. Ah, aquí vienen Korra y Asami. Por fin ha podido librarse de sus admiradores. Parece que Korra ha sido una buena guardaespaldas.

—¡Caray, Korra está sensacional con esos pantalones negros de cuero! —suspiró Anna.

—¡Eh, eh, recuerda con quién estás hablando! —la regañó Elsa con una sonrisa.

—Sí, lo sé. Mi intención es limitarme a admirar a las rubias de traje de noche color azul oscuro que deja muy poco a la imaginación.

Cuando Korra y Asami se acercaron a ellas, Elsa pudo ver signos de fatiga en los ojos de Asami, pero, aparte de eso, estaba radiante tras su actuación y la entusiasta reacción del público. «¿Cómo no estarlo, si adoran el suelo que pisa?»

Sin embargo, Korra parecía casi enferma.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Anna.

—Sí, perfectamente, gracias. ¿Listas para marchar? Asami está un poco cansada.

Asami hizo un gesto de excusa con la mano.

—Si queréis quedaros más rato, tal vez Kai pueda hacer dos viajes…

—No, no, por mí está bien —dijo Elsa, y se volvió a continuación hacia Anna—. ¿Y tú?

—Yo voy adonde me digas, preciosa —dijo Anna, aunque al momento se cubrió la boca con la mano.

Elsa no pudo evitar sonreír al ver el gesto azorado de su Anna.

—No te pongas histérica, Anna, estamos entre amigas. Y además, parece que somos de las últimas en salir —añadió, haciendo un gesto hacia la puerta.

Se sintió aliviada al entrar en la limusina. Tendiéndose sobre el respaldo, cerró un momento los ojos, mientras Kai se incorporaba al tráfico de aquellas avanzadas horas del sábado. Al relajarse por fin se dio cuenta de lo agotada que estaba.

La voz de Korra la sacó de su letargo.

—Elsa…

—Sí, ¿qué ocurre? ¿Te encuentras mal? —preguntó esta tomándola de la mano; Asami le sujetaba la otra.

Era obvio que Korra estaba a punto de llorar.

—Tengo algo que decirte, sobre todo ahora que ya he estado varias veces bajo los focos, aunque fuese accidentalmente, por estar junto a Asami.

Sin saber a qué se refería, Elsa se limitó a sujetar la helada mano.

—No hay ninguna forma sencilla de decirlo, de modo que te lo contaré directamente —dijo Korra, mirando brevemente a su pareja antes de girarse de nuevo hacia Elsa—. Stone es el apellido de soltera de mi madre. Mi anterior apellido era Collins.

—¿Y? Ya lo sabía —replicó Elsa, cambiándose al asiento de enfrente para sentarse junto a Korra—. ¿De qué va todo esto?

—¿No lo comprendes… no ves la relación? —susurró Korra—. Soy la hija de Tonraq Collins.

Estaba claro que se preparaba para lo peor, pues no pestañeó ni una sola vez mientras clavaba los ojos en Elsa.

—Eso también lo sé —respondió ella; notó que se le encogía el corazón, pero la ternura que sentía por Korra creció aún más.

—Ah, ¿sí? —tartamudeó—. ¿Cómo… cuándo y durante cuánto tiempo…?

De pronto dejó de intentarlo y se quedó mirándola fijamente.

—Oh, Korra —murmuró Anna desde su esquina—. Nunca dijiste nada…

—Lo supe cuando solicitaste la primera ayuda, en cuanto leí tu ficha. La Fundación Winter investiga a fondo a las personas a las que decidimos ayudar, y yo siempre doy la aprobación final a subvenciones de esa importancia entregadas a una sola persona.

—Y aun así las aprobaste, ¡las dos veces! —exclamó Korra apretándole la mano con fuerza—. Tú…

—Nunca, nunca te culpé por lo que había hecho tu padre —dijo Elsa, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas—. Ni por un segundo. Tú perdiste a tu padre y acabaste en un eterno círculo de hogares de acogida. Yo perdí a mi hermano… y todo porque alguien bebió sin medida y sobrevaloró sus capacidades. Ambas hemos pagado un alto precio por la irresponsabilidad de tu padre.

Korra le echó los brazos al cuello, emocionada.

—Lo siento —dijo—. Solía esconderle todas las botellas que podía, pero…

—Eras una niña, al igual que Jack. Ambos fueron sus víctimas. No tuviste ninguna responsabilidad sobre aquello.

—Mi mente me dice que eso es cierto, pero puede que me lleve bastante tiempo hacérselo comprender a mi corazón. Tenía tanto miedo de que no lo entendieses… —añadió, abrazando a Elsa con fuerza—. Debería haberlo sabido. Asami me dijo que confiase en ti. Lo siento.

Elsa se frotó los ojos en un fútil intento de detener las lágrimas que empapaban la camisa negra de satén de Korra. Al mirar a Anna pudo ver que ella también se enjugaba los ojos.

—¡Menudo espectáculo! —exclamó Anna, riendo en medio de sus lágrimas—. ¿Qué tal si le decimos a Kai que nos lleve al Café y ayudamos a Korra a preparar unos cafés bien cargados? Estamos todas demasiado sensibles para volver a casa.

—Gran idea, Anna —dijo Asami.

Korra se apartó lentamente de Elsa, buscando al momento la mano de Asami.

—Estaré encantada de prepararos cuatro cafés con leche. Además, cerramos dentro de unos minutos, de modo que tendremos toda la cafetería para nosotras.

Elsa suspiró, disfrutando por anticipado de la inyección de energía que siempre le proporcionaban los cafés de Korra. Volvió a sentarse junto a Anna y entrelazó los dedos con los de su amada.

—Excelente. Se lo diré a Kai. En mi opinión nunca es tarde para un café.

—No sé si no debería preocuparme, dado que sé el efecto que te produce la cafeína —bromeó Anna.

—No tengo la menor idea de lo que estás diciendo, Summer — sonrió Elsa—. El café es energizante, y una nunca sabe cuándo puede necesitar sus energías.

Anna la abrazó, sorprendida.

—Mi madre tenía razón. Nunca me había sentido tan feliz.

Elsa se sumergió en los chispeantes ojos de la mujer que amaba. «¡Mon amour!»

—Yo tampoco.

Se hizo el silencio entre ellas mientras Kai maniobraba para conducir el vehículo hacia la carretera que llevaba al embarcadero. Elsa observó los serenos rostros que la rodeaban. ¡Estaba tan orgullosa de Asami, de la forma en que había conseguido dominar sus miedos y perseverar…! Korra era tal vez la que había llegado más lejos de las cuatro, desde el lugar al que la vida la había arrojado de niña. Y Anna… Elsa suspiró, limitándose a contemplar a su amada. «Lo adoro todo de ti. Para mí eres única.»

La limusina se detuvo y Kai abrió la puerta.

—Hemos llegado al Sea Stone Café, señoras. Se ve que alguien ha trabajado mucho para sacarle brillo al lugar.

—Vaya, gracias, Kai —dijo Korra mirándolo con gesto enigmático—. ¿Qué tal uno con leche? ¿O lo prefieres solo?

—¿El café? Sí, señora. Solo, fuerte y con el azúcar suficiente para que flote la cucharilla.

Sonó una carcajada general, y el grupo entró en el café al tiempo que salían los últimos clientes habituales. Elsa se sentó en un taburete de la barra, mientras que Anna se quedó junto a ella, con el brazo sobre sus hombros.

—Es como un segundo hogar, ¿verdad? —dijo Anna.

—Estando tú aquí, no puedo estar más de acuerdo —convino Elsa.

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Cuídense mucho y nos veremos pronto.

Que La Fuerza Los Acompañe...