Durante el primer mes de su vida , Mamoru Kurosaki, crecía a un ritmo impresionante. La leche de su madre y el ilimitado amor que le prodigaban todos los adultos que conformaban su mundo le sentaban estupendamente. Cuando lloraba, todos en la casa, menos su madre, lo oían y acudían corriendo a su lado.
«Pequeño Mamoru», lo llamaba Ichigo. Este era un nombre que sufría cambios sutiles cuando el niño despertaba a Ichigo a las tres de la mañana. Mientras sacaba a su hijo de la cuna para andar con él de un lado para otro de la habitación, Ichigo le susurraba:
—Pequeño latoso. Ni siquiera estamos a mitad de la noche.
Mamoru, igual que su madre, no parecía tener noción del tiempo y era una criatura regida por los impulsos. Hacer vida social antes del amanecer nunca había sido una de las actividades favoritas de Ichigo. Pero, después de cuatro semanas, tenía que reconocer que esta costumbre estaba empezando a gustarle. Quizás demasiado para su tranquilidad de espíritu. Ya era 10 de febrero, y sólo faltaban tres semanas para el 1 de marzo.
Por distintas razones, Ichigo había esperado para decirle a Orihime que tenía la intención de mandarla a una escuela. En primer lugar, no quería que el poco tiempo que les quedaba para estar juntos se viera empañado por la tristeza y tenía la certeza de que, apenas se lo contara a Orihime, los dos iban a sentirse tristes. Por otra parte, sabía que Orihime no recibiría muy bien la noticia, y no veía de qué podía servir hacer que se disgustara semanas antes de que fuese necesario. Durante catorce años, la habían obligado a vivir aislada. Para ella no sería nada fácil que de repente la forzaran a salir al mundo, que ahora, súbitamente, esperasen que asistiera a clases e hiciera vida social.
Y, además, estaba el hecho innegable de que Ichigo había resultado ser más cobarde de lo que creía. En resumidas cuentas, no tenía ganas de hablarle a Orihime de su decisión porque sabía que ella iba a odiarlo por ello. Ir a una escuela en Albany era lo mejor para ella. Ichigo estaba convencido de esto y, con el tiempo, Orihime lo comprendería. Pero, igual que una medicina amarga, lo que era mejor para una persona no siempre resultaba muy apetecible.
Ichigo había pensado con mucha antelación en cientos de maneras distintas de darle la noticia; pero, cuando finalmente llegó el momento, las palabras que tantas veces había repetido se le escaparon como pelusas de la flor del diente de león llevadas por el viento. Estaban en el estudio, un tablero de ajedrez se encontraba desplegado sobre la mesa que los separaba, y el bebé dormía muy bien abrigado sobre el sofá de crin de caballo, cerca de ellos. Haciendo acopio de valor, Ichigo miró los preciosos ojos grises de su esposa.
—Tengo una sorpresa maravillosa para ti, Orihime. Es algo que quiero decirte desde hace ya varias semanas.
Bajo la parpadeante luz de la lumbre, su sonrisa le pareció aún más radiante que de costumbre. Al mirarla, Ichigo supo que nunca en su vida había visto a una mujer más hermosa que ella. Hacía dos días que la modista había terminado de hacerle el guardarropa para el periodo de posparto, y estaba despampanante con su falda de color rosa intenso y su blusa de algodón rosa pálido, con mangas de volantes. El vestido se ajustaba a su figura, enseñando, de nuevo, delgada cintura y sus caderas ligeramente voluptuosas.
—¿Una sorpresa? ¿Qué es? ¿Un perrito?
A Ichigo se le hizo un nudo en la garganta. No había olvidado que ella quería un perro. Antes de tomar la decisión de mandarla a Albany, había pensado comprarle uno para Navidad. Ahora esto tendría que esperar hasta que ella hubiera terminado la escuela.
—No, no es un perro, mi amor. —Se obligó a esbozar una sonrisa—. Es algo mejor. —Inclinándose sobre el tablero de ajedrez, la miró profundamente a los ojos—. He decidido mandarte a una escuela, Orihime. Una escuela para sordos.
Los ojos de Orihime se ensombrecieron, y una expresión de desconcierto se asomó a su pequeño rostro.
—¿A una escuela? —Sonrió vacilante—. ¿Cuándo?
—En tres semanas —dijo Ichigo con voz ronca—. Te va a encantar, Orihime. Los estudiantes ponen en escena sus propias obras de teatro. Estoy seguro de que tú lo harás muy bien. ¡Llevas muchos años disfrazándote y representando obras en el ático! Y también hacen bailes en ese lugar. Bailes de verdad. Podrás ponerte vestidos bonitos y bailar el vals hasta caer. Eso será muy divertido, ¿no te parece?
Las sombras abandonaron sus ojos para ser reemplazadas por un brillo de emoción.
—¿Bailes?
—¡Desde luego! Con música y todo. —Mientras la miraba, Ichigo rogó de todo corazón que las expresiones de su propio rostro no fueran tan reveladoras como las de ella; para que la pobre nunca adivinara que se le estaba partiendo el corazón con cada palabra que decía—. Harás muchos amigos, Orihime. Personas sordas como tú. Gente que sabe hablar por señas. Aprenderás a leer y a escribir sin ni siquiera darte cuenta de ello. ¿No te parece magnífico?
Ella apretó las manos contra su pecho.
—Sí, estupendo. ¿En tres semanas? ¿Cuánto tiempo son tres semanas?
—No es mucho tiempo. Unos veinte días. —Esto no era suficiente tiempo, al menos a su modo de ver—. Te marcharás el 28. De esta manera, tendrás tiempo para instalarte antes de que empiecen las clases.
La sonrisa de emoción se le heló en la cara. Le miró fijamente durante varios segundos.
—¿Marcharme?
Ichigo tragó saliva.
—Sí. La escuela está en Albany. Irás en tren. Rangiku te acompañará, así que no tendrás ningún problema. Mientras estés en la escuela, durante el día, ella cuidará a Mamoru.
Orihime no dejó de mirarlo fijamente.
—¿Cuánto tiempo?
Ichigo sabía perfectamente lo que ella le estaba preguntando, pero decidió fingir que no.
—¿Cuánto tiempo? ¿Te refieres al viaje en tren? Varias horas. Tendré que echarle un vistazo al horario. Albany se encuentra a unos trescientos kilómetros de aquí. —Sonrió de nuevo—. Es decir, tres veces cien, en caso de que te lo estés preguntando. Parece un largo viaje, pero en realidad no lo es, no en nuestros días y con los medios de transporte modernos.
La mirada de ella se hizo más angustiosa.
—No... Lo que quiero saber es cuánto tiempo estaré en la escuela.
—Sólo el tiempo que se requiera para que aprendas todo lo que necesitas saber. Cómo hablar, cómo leer y escribir, cómo hacer operaciones matemáticas.
—Mucho tiempo.
—No... Serán dos o tres años como máximo, Orihime. Dado que tú te quedaste sorda cuando ya tenías adquiridos el habla y el lenguaje, sobrepasarás rápidamente a los demás estudiantes. Te graduarás antes de que te des cuenta. Entretanto, nos visitaremos con frecuencia. No nos parecerá mucho tiempo.
Durante un terrible instante, Ichigo pensó que ella se echaría a llorar. Pero alzó la barbilla, se puso derecha y esbozó una sonrisa que no transformó la expresión de sus ojos.
—Qué emocionante. Me muero de ganas de ir a esa escuela.
Tras decir estas palabras, ella se levantó de la silla, evitando mirarlo a los ojos, pero siempre dirigiendo la cara hacia él para que pudiera leerle los labios.
—Creo que estoy demasiado emocionada y no puedo seguir jugando al ajedrez. Por favor, discúlpame.
—¡Orihime! —Gritó Ichigo—. Espera...
Cogiendo al bebé rápidamente, la joven se dirigió hacia la puerta. No se volvió en ningún momento, ni tampoco miró hacia atrás. Mientras ella salía del estudio, Ichigo se dejó caer en la silla de nuevo y cerró los ojos. Luego, con un amplio y brusco movimiento del brazo, tiró violentamente al suelo el tablero de ajedrez.
-o-
Orihime tenía a Mamoru amorosamente apretado contra su pecho, y su mirada estaba fija en el fuego. Las puntas de sus zapatillas tocaban el suelo con regularidad para mantener el movimiento de la mecedora. No miraba ni hacia la izquierda ni hacia la derecha, ni tampoco arriba o abajo; sólo al frente. El dolor que sentía en el pecho era tan intenso que tenía dificultades para respirar.
Asistir a una escuela... durante dos o tres años. En Albany, donde aprendería a hablar, leer, escribir y hacer operaciones matemáticas. En Albany, donde no formaría parte de la vida de Ichigo hasta que tuviera una formación lo suficientemente completa como para no hacerle pasar vergüenza.
Orihime, la idiota...
Cerró los ojos, resuelta a no llorar, a pesar de todo el dolor que sentía. No podía culparlo por la decisión que había tomado. De verdad que no podía hacerlo. Ella sabía desde el principio que no era la mujer adecuada para él, que su sordera le impedía ser una esposa idónea. Si iba a la escuela, podría aprender a hablar. En verdad eso sería de gran ayuda. Cuando Ichigo la llevara al pueblo, sería menos probable que la gente se quedara mirándolos fijamente y dijera cosas en voz baja si ella podía hablar. También sería mejor para Mamoru. No quería que se mofaran de él porque su madre era una idiota. Sabía cuánto dolía que se burlaran constantemente de uno.
Albany... una escuela para sordos. Donde podría hacer amigos. Un lugar especial, donde todos los demás también eran idiotas. Un lugar donde los idiotas ponían en escena obras de teatro, iban a bailes y fingían ser normales. Un lugar al que Ichigo podía mandarla para que la gente no lo viera con ella todo el tiempo y no se riera de él.
Mamoru empezó a retorcerse. Abriendo los ojos, Orihime se desabrochó el canesú del vestido y acercó la boca del bebé a su pecho. Mientras él se acomodaba para mamar, ella acariciaba su sedosa cabecita con las yemas de los dedos. Meciéndose, meciéndose constantemente. Dentro de su cabeza, la palabra Albany se convirtió en un sonsonete. En tres semanas viajaría a esa ciudad. En tres años, si aprendía rápido, podría volver a casa. Era tan sencillo y tan horrible como eso.
-o-
Cric crac, cric crac, cric crac. Este sonido era suficiente para volver loco a Ichigo. Se encontraba sentado en el borde de la cama, esperando pacientemente a que Orihime terminara de amamantar a Mamoru para poder hablarle acerca de la escuela. Por la mirada que había visto en sus ojos anteriormente, supo que ella creía que él no quería tenerla a su lado, que la estaba mandando lejos de allí para quitarla de en medio.
Y no era verdad en absoluto. La amaba más de lo que jamás había amado a nadie. La sola idea de pasar un día sin ella era un verdadero tormento, no digamos varios... Preferiría cortarse un brazo.
Desde la ventajosa posición en que se encontraba, podía verla con toda claridad. Hacía ya mucho tiempo que Mamoru se había aburrido de chupar leche y estaba simplemente actuando de forma rutinaria, nada más. Mamaba con desgana, mordisqueando la punta del pezón. Orihime permanecía allí sentada, dejándole hacer, empujando rítmicamente con sus piececitos para mantener la mecedora en movimiento. Cric crac, cric crac, cric crac. Ichigo estuvo tentado de coger la condenada silla y tirarla por la ventana. Pero, en lugar de hacer esto, se quedó allí sentado, como la personificación misma de la paciencia, deseando con todas sus fuerzas que su esposa al menos se dignara mirarlo.
Mamoru empezó a quedarse dormido al fin. Cogiendo su pezón entre los dedos índice y medio, Orihime intentó incitar a su boquita a seguir mamando. Era reacia a dejar de amamantar a su bebé y así quedarse sin una excusa para seguir ignorando a su esposo. Mientras la miraba, Ichigo se vio obligado a apretar los dientes con fuerza, no porque ella lo estuviese ignorando, sino porque el hecho de ver sus pechos desnudos lo estaba volviendo loco.
Se levantó de la cama y empezó a andar de un lado para otro. Cuatro semanas era demasiado tiempo para abstenerse de tocar a su esposa. Entre el ruido de la silla chirriando sin cesar, sonido que ella no percibía, y verla toquetearse, estaba a punto de estrangularla o de lanzarse sobre ella para hacerle el amor. Esta última opción parecía mucho más tentadora.
Ahora que la terrible experiencia de Orihime en el parto se había desvanecido un poco en su mente, a Ichigo ya no le horrorizaba tanto la idea de engendrar otro hijo. El doctor Urahara le había asegurado que el segundo alumbramiento no sería tan difícil para Orihime, y que ella estaba en perfectas condiciones para tener muchos hijos. Como si hubiera la más mínima posibilidad de que esto pasara... Si era verdad que él no era estéril, parecía mucha casualidad que nunca hubiera dejado un regalito en ninguna parte. No era posible que las esponjas empapadas en vinagre que las prostitutas utilizaban fuesen un método infalible para prevenir un embarazo.
Se dirigió a la ventana a grandes zancadas y corrió la cortina de color marfil para dejar que su mirada se perdiera en la oscuridad que reinaba allí fuera. Mirar fijamente hacia ninguna parte tenía que ser mejor que seguir atormentándose de aquella manera. Después de unos interminables instantes, miró hacia atrás, esperando y rogando que ella se hubiera abrochado el canesú. Pero, desde luego, no lo había hecho. Típico de Orihime. Sin embargo, ya había dejado de tentar a Mamoru para que siguiera mamando. Ichigo agradecía estas pequeñas bendiciones.
Se volvió para dirigirse hacia ella con paso resuelto. Al advertir que él se acercaba, ella alzó sus ojos grises. Una mirada de la mujer bastó para hacer que su irritación desapareciera. Su decisión de mandarla a una escuela lejos de allí la había herido profundamente. Tenía que hacerle entender de alguna manera que a él también le dolía el alejamiento.
Se inclinó sobre ella, levantó al niño en sus brazos y lo llevó a la cuna. Acto seguido, se agachó junto a la mecedora, observando con la boca seca cómo volvía a meterse los pechos en la camisa interior y hacía un lazo con los cordones.
—Orihime... —La cogió de la barbilla y la obligó a mirarlo—. Yo no quiero que te marches. Sé que eso es lo que estás pensando. No lo niegues. Te juro, mi amor, que estás completamente equivocada.
Con los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas y con un gran dolor en el alma, ella permaneció inmóvil, fulminándolo con la mirada.
Ichigo tenía un mal presentimiento.
—¡Yo te amo, maldita sea! No quiero mandarte a esa escuela para deshacerme de ti. —Cogiendo las manos de su mujer, enumeró todas las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Y terminó con una frase rotunda—. No quiero quitarte la posibilidad de vivir esas experiencias, mi amor. Si lo hiciera, sería el cabrón más egoísta que jamás haya existido.
—¿Se te ha ocurrido pensar en lo que yo quiero? —preguntó ella finalmente.
Ichigo dejó escapar un suspiro.
—Cariño, tú no sabes lo que quieres. ¿No te das cuenta? ¿Cómo puedes saber si preferirías quedarte aquí o ver una obra de teatro? Nunca en la vida has visto una. ¿Y qué me dices de los bailes? Es fácil pensar que ninguna de esas cosas te importa, pero esto se debe únicamente a que nunca las has hecho. Yo sí. —Se inclinó para mirarla a los ojos, dirigidos ligeramente hacia el suelo—. Sé lo que te has perdido, Orihime. Y quiero que experimentes la vida plenamente. Quiero que hagas amigos y te diviertas con ellos. Que puedas ir a una escuela, como hacen otras personas. Cuando estés allí, todo ese mundo te va a encantar. Te lo prometo.
Ella negó con la cabeza y señaló su entorno.
—Ésta es la vida que quiero. Estar aquí contigo. Ser tu esposa.
—Piensas eso porque nunca has experimentado otra cosa. —Ichigo respiró hondo. Necesitaba fuerzas. Era muy tentador, terriblemente tentador, permitir que Orihime se quedara con él—. Se me ocurre una idea. Hagamos un trato. Tú vas a la escuela y aguantas todo un año. Si después de ese tiempo, aún quieres venir a casa, yo...
Ella se levantó de la silla de un salto. Después de alejarse varios pasos, giró sobre sus talones para clavar en él los ojos llenos de lágrimas. Alzando las manos, gritó.
—Tú no me quieres aquí. Esa es la verdad. Y tampoco me amas. ¡No me amas como yo te amo a ti! Si me amases, no podrías hacer algo así.
Ichigo se puso en pie.
—Eso no es verdad. Te amo tanto que me duele. La sola idea de que te marches me provoca náuseas. Yo no...
Ella se llevó las manos a los ojos.
—¡Vete ya!
El salvó la distancia que los separaba y le hizo bajar las manos.
—Orihime, cariño, por favor, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
—¡Vete! No me quieres. Yo tampoco te quiero. Así que vete ya.
—Yo sí te quiero.
Ella torció la boca, y las lágrimas que le llenaban los ojos se desbordaron sobre sus negras pestañas y corrieron por sus mejillas.
—No, no me quieres. Ni siquiera has vuelto a besarme.
Ichigo sintió esta acusación como un puñetazo en el estómago. Era verdad: no había vuelto a besarla. Temía que si lo hacía perdería el control y acabaría haciéndole el amor. ¿Y qué pasaría si en realidad no era estéril? Cuando pensaba las cosas racionalmente, lo cual le resultaría imposible si la besaba, sabía que dejarla embarazada era un riesgo que no quería correr. Otro bebé... Ella no podría ir a la escuela si volvía a dejarla encinta. Si el doctor Urahara tenía razón, si había siquiera una mínima posibilidad...
Con la voz alterada por culpa del deseo que no podía saciar, habló casi en susurros.
—Nada me gustaría más que besarte, Orihime. Pero si lo hago seguramente querré hacer mucho más. Si hacemos el amor, podrías quedarte embarazada de nuevo.
Ella abrió los ojos como platos y se llevó una mano a la cintura.
—¿De un bebé?
—Por supuesto, de un bebé.
—¿Hacer el amor es lo que trae a los bebés al mundo?
Ichigo tragó saliva.
—Bueno, sí. ¿Qué pensabas tú? Con una terrible expresión de aflicción en el rostro, ella susurró algo que él no logró entender. ¿Qué?
—Las hadas —repitió la joven—. Mi madre me dijo que las hadas los traían.
Orihime creyó que le iba a estallar la cabeza.
—¿Las hadas? —Ichigo soltó una risa instintiva, pero sin alegría alguna—. Tú no habrás creído eso, Orihime. Es decir, seguramente al pensar en ello tú... —Se interrumpió, mirando fijamente su pálido rostro y dándose cuenta de que sí lo había creído—. Yo, esto... Supongo que tal vez, si nadie te explicó cómo eran las cosas, sea comprensible que tú no...
Se interrumpió, mirándola con desazón mientras ella dirigía una mirada de angustia hacia la cuna. Tras un rato de inquietante silencio, Orihime se puso tan tensa como si alguien le hubiera pegado y luego cerró los ojos. Un débil sonido agudo salió de su garganta. Ichigo alargó las manos para cogerla, pero ella lo rechazó. Cuando finalmente abrió los ojos de nuevo, le lanzó una mirada devastadora.
—Me mentiste.
Ichigo sintió un picor en la nuca.
—No, Orihime. No te mentí.
Ella había empezado a temblar de una manera terrible, aterradora.
—¡Shiro!
—Orihime...
La muchacha giró sobre sus talones y, antes de que Ichigo pudiera detenerla, salió corriendo. La puerta se cerró de un portazo tras de ella. El estrépito hizo que Mamoru se despertara sobresaltado y empezara a armar un formidable escándalo. Ichigo salió al pasillo. Sólo alcanzó a ver una mancha de color rosa en el otro extremo del corredor y supuso que Orihime se dirigía al ático, su escondite favorito. Corrió al rellano y llamó a Rangiku para que subiera a ocuparse del bebé.
-o-
El ático estaba tan oscuro como una cueva. Con las ideas agolpándosele en la cabeza, Ichigo alzó la lámpara mientras se dirigía hacia el saloncito de Orihime. Esperaba encontrarla llorando, acurrucada en un rincón. Finalmente llegó y la vio sentada en la vieja mecedora. Tras mover la lámpara para iluminarle el rostro, lo observó detenidamente, intentando pensar en algo que pudiera decirle para tranquilizarla. Pero no había nada que pudiera consolarla. Ni una sola condenada palabra podría apaciguar la tormenta interior que se había desatado en ella.
Tras poner la lámpara en la tambaleante mesa del salón, se sentó en una de las sillas. Durante un largo rato, se quedaron mirándose fijamente a los ojos. Los de Ichigo reflejaban arrepentimiento, y los de ella ardían con el fuego de las acusaciones no expresadas. Mirando las cosas desde su punto de vista, Ichigo pudo entender lo que Orihime estaba pensando: que él le había ocultado la verdad deliberadamente. Lo más lamentable de todo aquello era que nadie se había tomado siquiera la molestia de mentirle. Ni él, ni sus padres. No lo habían considerado necesario, pues todos ellos habían creído que estaban tratando con una idiota. Posteriormente, cuando Ichigo se enteró de la verdad, la identidad del padre biológico del niño le pareció irrelevante. Ichigo consideraba en su fuero interno que él era el padre, y esto era todo lo que parecía importarle.
Con voz vibrante, Ichigo le explicó todo eso. Orihime siguió mirándolo en medio de un acusador silencio. El marido suspiró, se frotó las manos, se apretó el entrecejo.
—Al principio, mi intención era permanecer casado contigo sólo hasta que el bebé naciera. Luego, pensaba divorciarme de ti y criar al niño como si fuese mío. Desde los primeros días, mucho antes de que empezara a amarte, Orihime, ya consideraba a ese bebé como mío. Cuando te dije eso, no estaba mintiendo, sólo te estaba diciendo las cosas como yo las veía. —En pocas palabras, le habló de las paperas que contrajo cuando tenía poco más de veinte años—. Desde entonces, he pensado que era estéril, que no podía tener hijos. Hace poco, el doctor Urahara me dijo que podría estar equivocado, pero esto no viene al caso. La noche en que tu padre vino a contarme que estabas esperando un hijo de mi hermano, yo pensaba de todo corazón que nunca podría tener un hijo propio. Vi a tu hijo como la respuesta a mis oraciones. Era un niño que estaba emparentado conmigo y que yo podría criar como si fuese mío.
—¿Me ibas a robar a mi bebé? —Orihime tenía ahora una expresión de horror en el rostro. Ichigo gruñó.
—Yo no lo veía como un robo por aquel entonces. Tú eras... yo pensaba que tú eras incapaz de criar al niño, que eras una discapacitada mental. Cuando empecé a darme cuenta de que podías sentir cariño, que podías querer al bebé e incluso echarlo de menos, decidí permitir que te quedaras a vivir en Kurosaki Hall.
—¿Y por eso me dejaste quedarme aquí? ¿Para poder compartir al bebé?
—¡No! —Ichigo se frotó la cara con una mano—. No... Eso fue al principio, Orihime. Sólo al principio. Luego, empecé a enamorarme de ti. Todo cambió después... Todo... —Soltó una carcajada nerviosa e hizo señas con una mano—. Hasta el punto de que ahora estoy dejando que Mamoru se marche contigo lejos de aquí. Si él fuese todo lo que me importara, ¿crees realmente que lo permitiría?
Ella se mordió el labio inferior y dirigió la mirada hacia las vigas del techo.
—Yo creo que me estás mandando a esa escuela porque te avergüenzas de mí, porque no quieres que siga a tu lado mientras no deje de comportarme como una idiota.
—No, Orihime. —Ichigo se levantó enseguida de la silla y atravesó la habitación para acercarse a ella. Se agachó, apoyándose en una rodilla, la cogió de los hombros. Los ojos de ella le parecieron de terciopelo—. No te estoy mandando a la escuela porque me avergüence de ti. Te amo con todo mi corazón, y estaría orgulloso de ir a todas partes contigo aferrada a mi brazo. ¡Tal y como eres! ¿Avergonzarme yo? —Negó con la cabeza—. Nunca, ni en un millón de años. Lo que pasa es que te has perdido muchas cosas en la vida. Cosas divertidas. Cosas maravillosas. Porque te amo tanto, quiero que tengas una oportunidad de hacerlas, y eso no es posible aquí. Eso es todo.
—¿Estás seguro? —preguntó ella con los labios trémulos.
—Cariño, sí, desde luego que estoy seguro.
Sin que Ichigo se diera cuenta siquiera de lo que estaba haciendo, la besó apasionadamente. Un instante después, ella se derritió en sus brazos. Dentro de la cabeza de Ichigo su pulso sonaba como un redoble de tambor. No lo hagas. No lo hagas, parecía decirle. Pero Ichigo ya no oía advertencias. Ya no le importaba ser cauto. Con tantas otras emociones asediándolo, la remota posibilidad de un embarazo ni siquiera se le pasaba por la cabeza.
Orihime... tirando de ella, hizo que se levantara. El sentía como si tuviera el mismísimo cielo entre los brazos. Recorrió el cuerpo de Orihime con sus manos, familiarizándose con su forma, que había cambiado desde el parto. Una cintura delgada. Caderas ligeramente acampanadas. Dios santo, quería abrazarla hasta dejarla sin aliento. Llevó las manos a sus pechos, amasándolos, deleitándose con su calor. Al sentir estas caricias, ella gimió dentro de su boca. Este sonido, lleno de deseo, lo alejó de todo pensamiento racional.
Ichigo le desabrochó torpemente los botones del canesú. Mientras la tela caía, él se abalanzó sobre los cordones de su camisa interior. Piel suave y cálida. Pezones erguidos, buscando ansiosamente las caricias de sus dedos. La boca del hombre se trasladó al cuello, y luego bajó aún más. Ella arqueó la espalda ofreciéndose a él. Ichigo no necesitó invitación alguna.
Mientras se llevaba un pezón a la boca, la dulzura de su leche se le derramó sobre la lengua. Rodeando su cintura con las manos, la levantó ligeramente, chupando con vehemencia un pezón, y luego el otro, excitándolos con sus dientes y su lengua. Ella dejó escapar un aullido largo y grave que se fue apagando hasta convertirse en un gemido.
Ichigo le quitó la ropa como quien pela una fruta exquisita. Los labios seguían la estela que dejaban las manos para saborear cada centímetro de su cuerpo en el instante mismo en que lo destapaba. Cuando la desnudó por completo, se quedó adorándola con la mirada durante un momento. Cuando estaba embarazada, a él le pareció hermosa de una manera que no podría describir con palabras. Pero ahora... Era el sueño de todo hombre, con sus pechos turgentes con puntas de color rosa, su delgada cintura, sus generosas caderas y sus piernas largas y torneadas. Hasta el último centímetro de su cuerpo era perfecto. Era tan bella que casi tenía miedo de tocarla y a la vez tan tentadora que no podía resistirse. La deseaba, tenía que poseerla, y... al diablo con todos los motivos que tenía para no hacerlo.
Ichigo le hizo apoyar la espalda en la mecedora, se abrió la bragueta de un tirón y enterró el miembro en la ardiente humedad de su sexo. Orihime rodeó su cintura con las piernas, yendo a su encuentro con cada embestida. El movimiento de la mecedora aceleró su ritmo. Cric crac, cric crac, cric crac. Ichigo era vagamente consciente de este sonido, pero, por alguna razón, ya no le crispaba los nervios.
Un tiempo después, recobró la razón y se dio cuenta de que estaba tendido en el suelo del ático, con su preciosa esposa desnuda tumbada sobre él y la cara apretada contra su cuello. Cuando salió de la somnolencia y se aclaró la vista, se encontró mirando fijamente un par de ojitos redondos y brillantes. Un ratón estaba sentado en el delgado hombro de Orihime. Ichigo parpadeó, pero enseguida sonrió y acarició a la diminuta criatura con la yema de un dedo.
Qué locura. ¡Habían hecho el amor en un ático infestado de ratones! Cerró los ojos. No le importaba enloquecer mientras la mujer que estrechaba entre sus brazos estuviese con él.
Tres semanas. Podría estrecharla y amarla durante tres semanas más. Tenía la intención de sacar el mejor provecho posible de cada segundo junto a ella. Había hablado con el doctor Urahara acerca de las maneras de evitar que Orihime se quedara embarazada, y tomaría todas las precauciones necesarias. Pero no dejaría de amarla. Tanto como pudiera, todo el tiempo que fuese posible.
Tres semanas más... Después, su esposa y su hijo se marcharían, y sus brazos quedarían vacíos.
Como su vida.
