EL HOMBRE

-Soy Shin, príncipe de Eternia, defensor de los secretos del castillo Grayskull. Éste es Rido, mi fiel amigo.- prosiguió el japonés, señalando a su compañero- Un fabuloso poder secreto se encuentra en mis manos cuando desenvaino mi espada mágica y grito ¡Por el poder de Grayskull! ¡Yo tengo el poder!- el castaño oficial sacudió la cabeza, incrédulo y divertido a partes iguales. Y eso que el nipón aún no había terminado- Rido se convierte en Battlecat y yo en He-Man, el hombre más poderoso del universo.- afirmación que Shin acompañó con un violento puñetazo en la cara del mayordomo, que cayó, derrumbado, frente a la puerta de la entrada.

-¿Y bien?- intervino entonces Rido

-¿Eh? ¡Ah!- se giró Shin, dándose por aludido- ¿Qué te ha parecido mi BanKai?-

-¿Eso era un BanKai?- le preguntó el shinigami, con las cejas en alto. Shin asintió. –Bah, es igual- se resignó Rido, dando el asalto por perdido.- De cualquier modo no nos ha servido para nada- murmuró, pasando la mano por la pared norte- la barrera sigue en pi...- iba a decir, aunque se detuvo. Shin, por su parte, sonreía.

-¿Y bien?- le repitió, con tono empalagoso

-¿Cómo?- se extrañó Rido, aunque tras un par de fugaces miradas al tipo que yacía a sus pies, inconsciente, empezó a atar cabos sueltos. –Vaya con el mayordomo- musitó, aún aturdido. –Así que era él quien mantenía el hechizo... en esta casa ni siquiera él era lo que parecía- Shin sonrió.

-Supongo que ahora ya puedes hablar con la bianca ragazza- le comentó

-Te refieres a Henkara ¿No?- le preguntó, pero Shin ya no le hacía caso. Estaba ocupado arrastrando el cuerpo del siervo de Kastar por los tobillos para llevarlo a otra habitación. –Bueno- habló entonces Rido para sí. -Será muchísimo más fácil enviar una señal a la capitana ahora que no hay nada que lo interfiera. Nido, nido- murmuró por una especie de auricular del tamaño de una manzana –Nido, aquí Águila uno, cambio.- prosiguió. –Nido,...-

-Águila uno, aquí Nido. ¿Estáis todos bien?- respondió, finalmente, la voz de Henkara. Rido sonrió, a pesar de todo había logrado hacer funcionar aquel enrevesado aparejo electrónico. "Jodido Eliaz" pensó "Mira que darle siempre por inventar todos estos cacharros inútiles... Por lo menos parece que el trasto no da problemas"

-Todo bien aquí, Nido- contestó el shinigami –Las cosas se han puesto algo feas pero ahora está controlado. Cambio-

-kkkkkkkkkkk ssssssss prssssssssss fffffffffff, crrrrrrrrrrrrr o-

-Oh tío, fantástico- se lamentó el shinigami. Definitivamente, aquel tipo de tecnología no estaba preparada para ser utilizada por individuos con una mentalidad tan feudal, pensó –Nido, nido, aquí Águila uno. Nido.- pero los incoherentes sonidos proseguían. –Nido...-

-ssssssss dddddd kkk... Corzo. Repito, reporte información sobre el Corzo. Cambio- Rido suspiró, la comunicación se había retomado, aunque aquella no era la voz de la capitana.

-Hombre... buenos días- lanzó Rido a través de las ondas- ¿Has dormido bien?-

-Tienes que decir cambio. Cambio.- habló la voz enfadada de Eliaz por el altavoz.

–¡Y cíñete a lo que importa, Ri...! Águila uno- se oyó de fondo a Henkara

–Sí- Prosiguió Eliaz- Águila uno, reporte información sobre el Corzo. Cambio.-

-El Corzo- repitió Rido, el Corzo, Kastar, ese era el nombre en clave que le habían asignado. –El Corzo ha salido del bosque. Cambio.- comunicó- Desconocemos el cuándo y el cómo. Cambio- añadió, algo decepcionado consigo mismo

-Eh, no puedes lanzar dos "Cambio" así porque sí- se quejó, nuevamente, Eliaz a través del auricular- tienes qué... kkkkkkkkkkk sssssssssss dzdzdzdzdzdzd-

-Oh, genial- se lamentó Rido, alzando la vista hacia el techo.- Otra vez fallando, joder-

-Águila uno, aquí Nido- habló entonces, muy seria, la clara voz de Henkara. Al parecer se había hartado de las intervenciones de Eliaz y había decidido relegarle al papel de mero observador técnico de la comunicación. –Águila uno, aquí Nido- repitió la capitana –¿El Corzo está bien de salud?-

-El Corzo no puede trotar- fue lo que, rápidamente, Rido respondió.

-¿Seguro?- cuestionó secamente Henkara. Aquélla era la señal que esperaba. El Corzo no puede trotar luego Kastar es el responsable. Habían hecho bien en sospechar de él aunque la capitana tenía que estar segura al cien por cien de ello antes de dar el siguiente paso.

-Ha intentado matarnos- murmuró el shinigami. -Él es el hombre- apuntó –Lo es.-

-De acuerdo Rido, no os mováis de aquí-

-Águila un...- se oyó apuntar a Eliaz por el altavoz

-No hace falta- le cortó la capitana- Nada de esto es clandestino ya, no tenemos necesidad de usar apodos de ningún tipo- sentenció. –Rido-

-¿Sí?- se interesó el castaño oficial

-Quedaos donde estáis. Shin y tú- especificó

-Pero...-

-Pero nada, obedeced y esperad el equipo de apoyo- Rido sacudió la cabeza, decepcionado, aunque al otro lado del aparato Henkara no le pudiera ver

-El corz... Kastar va a huir si no le damos caza- se sinceró –Capitana, no lo podemos permitir. Debemos...-

-Debéis obedecer- sentenció la albina capitana de la división. –Os han atacado, estáis en el cuartel general del enemigo, en el centro neurálgico de cuantas desapariciones llevan sucediendo en la sociedad de almas desde hace prácticamente un nueve siglos. Rido, puede que Kastar sí haya huido pero debéis entender que alguien tiene que poner a salvo toda esta información.-

-Alguien sensato...- murmuró Rido, decepcionado

-Eso mismo- aseveró Henkara -De cualquier modo no os inquietéis demasiado, el grupo de Nalya ha recibido órdenes de mantener una discreta vigilancia sobre la mansión de Kastar. Si ha habido algún movimiento no dudes que lo interceptarán. -

-¿Y no deberíamos reunirnos con ella?-

-Tú contén a Shin durante una media hora con lo que se te ocurra, no te pido nada más. Nalya jugará sus cartas, de eso puedes estar seguro. Si todo esto puede llevarse sin arrastrar más cadáveres a la tumba mejor- cortó, secamente, Henkara- Treinta minutos- anunció. Ya hay un equipo de diez shinigamis y dos oficiales de la uno esperando la orden para partir.-

-¿De la uno?- se preguntó en voz alta el shinigami –Ah, claro, Kaneda- resolvió a continuación

-Tú lo has dicho- le confirmó la capitana –Pawe·wa Kaneda ocupaba el tercer asiento de la primera división.- hizo una pausa –Evidentemente tuve que informar a su capitán de nuestras sospechas e intenciones y tengo que decir que, por ahora, tenemos su total colaboración en lo que a capturar a Kastar se refiera-

-¿El capitán de la uno?- inquirió Rido

-Ajá- asintió Henkara por el auricular- Está con nosotros desde el principio. De hecho, será él y no yo quien convoque el consejo de capitanes.-añadió- El peso de un capitán y el del comandante general serán más que suficientes para inclinar rápidamente la balanza, Rido. Kastar fue un miembro de la cámara de gobierno, no olvides que por claras que sean las pruebas hay un protocolo que se debe seguir.-

-Por eso mandas a Nalya...- protestó Rido, con cierta sorna, provocando que se escuchara la risa de Eliaz a través del auricular.

-Por eso debemos esperar a una decisión de todos los capitanes- contestó Henkara- Y Rido, puede que nuestra tercera oficial no sea la shinigami con la moralidad más estricta del Seireitei, pero no olvides que de todos nosotros es la única que no está emocionalmente implicada en el caso. –Rido suspiró.

-Sí, supongo que tienes razón- resopló, resignado- para variar... Aunque...- escupió de repente, cambiando de tema- hay una cosa, algo que querría pedir. Ese escuadrón de la uno...-

-Di- interpeló Henkara –Es una muestra patente de la implicación de la uno en el caso- aclaró –Son gente muy competente, Rido-

-Ya, ya- afirmó el shinigami algo incómodo- si no es eso... es que...- tragó saliva -¿No podría ser ese equipo de gente de nuestra división? Un grupo de cinco o seis shinigami capitaneados por Eliaz, por ejemplo- lanzó, con una mueca de tensión en el rostro que, afortunadamente, su capitana no alcanzaba a ver

-Eliaz...- murmuró ésta

-Sí-

-Akano Rido- sonrió la capitana -¿No hay nada que quieras decirme? No puedo leerte la mente desde aquí-

Rido se quedó en silencio un par de segundos, indeciso. Desde luego, no podía confesarle a su capitana que la razón por la que quería que fuera gente de la novena división y no otra la que viniera era porque pretendía saquear un precioso botín. De hecho, por eso había sacado el nombre de Eliaz, por eso y por el diario de Sadoq Asharet. El cuaderno personal de su padre, ¿Podía haber algo más valioso para Eleazar?

-Tiene que ser Eliaz quien venga, capitana Henkara- fue lo que, finalmente, contestó. –Por favor- Y esperó callado, a que llegara la contestación.

-Rido- respondió Henkara al fin

-¿Sí?- contestó Rido, con cierto aire preocupado

-Treinta minutos- le espetó –Actúa con la cabeza. Media hora y el equipo de Eliaz estará aquí. Corto.-

-Corto...- repitió Rido para sí, sintiendo con fuerza como su corazón latía con intensidad.

Ya habría tiempo para ello, pensó, tiempo de sobras para aclarar las cosas con Henkara, para excusar su comportamiento y su falta de explicaciones.

Le había costado una vida dar con aquellos ejemplares, una vida para encontrarlos en manos de un hombre como Kastar Grogios. De cualquier modo el shinigami sabía que no podía dejarlos allí. Estaba claro que si alguno de aquellos libros caía en manos de un subordinado del comandante general, del capitán de la uno, sería enterrado en algún inaccesible recodo de la biblioteca secreta de su división. O incluso quemado. Y entonces daría igual que cualquiera, por más oficial de una división que fuera, por más títulos de profesor que ostentara, tratara de acceder a los documentos. Se habrían perdido, como tantos otros. Y eso era algo que Rido no estaba dispuesto a permitir.

Lenta y pausadamente, el oficial de la nueve se incorporó, guardó el extravagante intercomunicador en la manga izquierda de su yukata y enfiló hacia una habitación que conocía muy bien. La de los pilares de madera en forma de shinigami, aquella cámara pequeña y austera donde esperaba hacerse con los preciados libros de Kastar para luego podérselos entregar a Eliaz con discreción.

Sin embargo, antes que pudiera cruzar el umbral de la puerta, un grito de rabia inundó el lugar.

-¡Maldita sea!- parecía decir -¡Da la cara! ¡Sal!- entre lo que parecían ser sollozos cargados de ira. –Da la cara...- alargó, con un hilo de voz –sal... sal...-

-No hay porque ponerse así- resonó, entonces, apacible, una voz.

Aturdida, la hermosa muchacha de ojos claros alzó la mirada hacia la puerta y vio a un shinigami de pelo castaño que la miraba. No portaba espada alguna, ni en la mano ni en el cinto, y sin embargo se sintió desarmada.

-Tú...- murmuró, sintiendo un amargo sabor en el fondo paladar –Wallace...- susurró. -¿Dónde está él? ¿Dónde está Akano Rido?- El shinigami sonrió

-La verdad es que el Akano Rido que buscas no soy yo- le respondió, con tranquilidad.- Pero te diré, ése sí es mi nombre: Rido.- apuntó- William Wallace solo era una tapadera para llegar hasta aquí-

-Entonces él...-

-Puedes llamarle Shin- le confesó Rido –Shinryu Shin. Y, créeme, no deberías sentirte mal porque te haya derrotado... Porque os haya derrotado a todos, de hecho- añadió, señalando con la barbilla al resto del servicio de la casa de Kastar, una decena de miembros que yacían con mayor o menor grado de conciencia en aquella pequeña habitación.

Las dos chicas, menudas, preciosas, las primeras que habían tratado de matarlos, ellas habían sido también las primeras en ser reducidas por Shin. "Reducidas, sí" Rido sacudió levemente la cabeza, pensativo "reducidas es la palabra". Ambas muchachas, a pesar de estar armadas con sendos cuchillos y contar con una sorprendente agilidad se habían visto ampliamente superadas por la habilidad del japonés.

En apenas un suspiro, tiempo que Rido hubiera necesitado para lanzar el hechizo de kidoh que estaba preparando, el nipón ya había derribado a una de las muchachas, con un giro de cadera, mientras que la otra yacía desmayada a los pies de su compañera. El castaño oficial sonrió para sí. Aún ahora se preguntaba como lo había hecho el japonés, pero antes que la muchacha de ojos claros hubiera dado con sus huesos en el suelo, la otra joven se había desvanecido en los brazos de Shin, como acometida por una oleada de enorme poder.

Ahora Rido podía verlas a ambas, a una aún desmayada, bañada de paz en su sueño, mientras que la otra tiritaba de odio y resentimiento hacia Shin. Al contrario que la última vez que recordaba haberla mirado, ahora sus ojos grises solo transmitían frialdad.

-Aaaie- se escuchó, entonces, el lamento de otro de los sirvientes.

Rido se lo miró, era un camarero, o un cocinero, no estaba muy seguro. Lo que sí que recordaba era que el tipo, que debía medir poco más de metro cuarenta, se había lanzado contra ellos con un cuchillo por lo menos tan grande como él. Afortunadamente, el castaño shinigami no era de los que se dejan coger desprevenidos, y Shin... bueno, Shin... él simplemente lo había derribado al grito de "Pistola de goma... ¡Goma!" Aún ahora, Rido estaba riendo por aquello. "¿De dónde coño sacará los nombres para sus ataques?" pensó.

"El cocinero" se dijo Rido a sí mismo, "las muchachas, el cocinero, los tres tipos de las escobas, el muchacho que hacía sonar ese gong, el mayordomo, ... Todos vencidos, todos derrotados, todos humillados por el mismo hombre, por Shin. Y sin embargo ningún muerto" se remarcó, sorprendido, "ninguno de ellos está siquiera herido, solo aturdido" Y su mente viajó a su conversación con Nalya, el día anterior, justo cuando ella había vuelto de las montañas "Tres shinigamis, todos muertos" recordó el oficial "Shin los mató".

-¿Cómo te llamas?- habló Rido por fin, clavando sus ojos en la muchacha

-Yu... Yue- respondió ésta, sorprendida por aquella cuestión

-Yue, tienes suerte de estar viva- le espetó, muy serio –Todos vosotros la tenéis- Murmuró, dando dos pasos hacia el interior de la habitación. –Si hubiera sido conmigo con quien hubieras combatido...- le advirtió- probablemente ahora estarías muerta.- intimidada, la muchacha se echó hacia atrás y bajó la mirada. Rido, por su parte, dio media vuelta y sonrió. –No tenías porque sentirte amenazada- le confesó, mientras se alejaba de la sala. –Shin ha puesto una barrera aquí, señaló, de espaldas, con el pulgar. –Ni siquiera yo la puedo atravesar.-

Y, así, vertiendo aquellas palabras en el ambiente, Rido se alejó de la habitación, sabiendo que con su breve pero meritoria intervención probablemente había logrado rescatar el orgullo de aquella muchacha, su orgullo de guerrero. "¿Y quién sabe" pensó "Quizás nos volvamos a ver" Y aquellos grisáceos y profundos ojos se clavaron nuevamente en su nuca, desafiantes, hasta que su silueta se perdió en otra habitación.

Nuevamente andaba Rido por aquel pasillo, nuevamente dedicado a rescatar aquellos valiosos ejemplares de las garras del olvido. Aún, si cabe, se sentía más dispuesto a ello que antes, más preparado para defender con uñas y dientes aquel pedazo de historia que el destino le había querido brindar.

Habían tomado el castillo, pero el señor había huido. Habían derrotado a sus hombres, pero habían resultado ser solo sirvientes. Habían combatido con gran valor, sí, pero, al fin y al cabo, el único que se había ensuciado las manos había sido Shin. De algun modo, Rido sentía como si su verdadero papel en esa historia fuera rescatar aquellos libros, devolver la voz de sus autores al mundo. Y, sin embargo, no había sino puesto un pie en aquella sala cuando un sonido sordo y violento le acometió.

Estupefacto, el shinigami abrió lentamente los ojos, llorosos por el mar de polvo que aquella súbita explosión había levantado. Lo que, finalmente, vio, le golpeó como un martillazo en la espina dorsal.

La pared norte se había derrumbado. De hecho, el suelo parecía haberse abierto a sus pies, y solo la buena fortuna había querido que ni él ni ninguno de los incunables se hubiera visto afectado por ello. Y, sin embargo, no era aquello lo que más le había sorprendido, no era aquello lo que le había cortado la respiración.

Como un viento fresco, como una brisa de mayo, una luz dorada lo había invadido todo desde aquel agujero abierto en el suelo. Una luz que brillaba frente a sus ojos, y en su recuerdo, como un faro, como una áurea tea en la oscuridad, el día en que había muerto.

No, el día en que había resucitado.