CAPÍTULO 25
Estaba de pie junto a su coche aparcado en doble fila a la puerta de la embajada norteamericana, fumando el primer cigarrillo en semanas, mientras esperaba que Donovan saliera con el informe de los rusos que les prometió el embajador Haschek. Habían tardado más de lo que les dijeron, pero lo tenían al fin y al cabo. Retuvo el humo en su boca y lo expulsó lentamente mientras observaba a los empleados entrar y salir, charlando en grupos de los problemas burocráticos con a saber qué país, quejándose de los pocos productos de limpieza que quedaban para el resto de la semana… En fin, lo normal de cualquier embajada. Un hombre abrió la puerta para entrar, pero se apartó un momento para dejar salir a Donovan, quien fue directamente hacia él con una carpeta bajo el brazo. Esa mañana había tenido una fuerte discusión con Anderson en su propio despacho, lo que implicaba que estuviera de mal humor todo el día, pero la cara que tenía en ese momento le indicaba que Anderson no tenía nada que ver.
Greg tiró el cigarrillo a medio terminar sobre el asfalto y soltó el poco humo que le quedaba en la boca.
— ¿Problemas?—le preguntó a Donovan mientras la abría la puerta del copiloto. Era bastante arriesgado dejar el coche en segunda fila sin acreditación y los guardias de seguridad llevaban mirándole raro todo ese tiempo, así que mejor hablar en el coche.
—Malísimas, señor—Donovan se calló cuando Greg cerró la puerta y esperó hasta que rodeara el coche para subirse al asiento del conductor—. Al parecer el gobierno ruso no ha visto con buenos ojos que los estadounidenses intercedieran por nosotros y van a tomar represalias contra ellos.
—Eso no me importa, es problema de los yankees. Me refiero al informe.
—Lo he visto por encima pero no veo que haya ninguna irregularidad.
—No, si la hay la habrán ocultado muy bien. Quiero a todo el equipo trabajando en esto, Donovan. Sin excepciones.
—Pero también tenemos que seguir con el asesinato del vagabundo, señor.
Solomon, cómo no. Casi se había olvidado de él.
—Si no hemos encontrado nada a estas alturas, no habrá nada más—no podía decirle a Donovan que sabía quién había sido, y mucho menos que no podrían arrestarle—. Es un pobre vagabundo sin identificación, nadie ha reclamado su cuerpo. Estaba sólo en este mundo, y sabes que en casos como estos la policía no puede hacer nada. Fue una riña más entre vagabundos.
Pilló el primer desvío hacia la autopista para ahorrase el atasco de media mañana, pero estaba tan despistado que casi se chocaba con el coche de delante. No quería que Donovan investigara el asesinato y se encontrara con Diventare, quería protegerla. Y que no entorpeciera sus planes. Si la convencía de que era un simple vagabundo más, estaría salvado. Si no, tendría un problema más del que ocuparse.
—Eso no me parece lógico. Si hubiera sido otro vagabundo habríamos obtenido una rápida confesión, como en otras ocasiones. Y no me creo que invirtiera una energía que no tuviera para colgar a un hombre del techo, es demasiado sospechoso. Además es nuestra obligación acabar con todas las vías de investigación, señor. Déjeme seguir investigando el asesinato mientras los demás se centran en el informe.
Aunque esa vena de curiosidad insaciable de Donovan les había ido bien en más de un caso tenía que cortarla en ese momento pero no se le ocurría ninguna excusa para alejarla de la investigación. La miraba de reojo, estaba esperando impaciente su respuesta. Apretó impotente el volante, sabiendo que no tenía más opción si no quería que empezara a sospechar de él.
—Está bien, de acuerdo. Pero en cuanto necesitemos más manos para el informe, nos ayudarás.
—Sí, señor—dijo muy satisfecha de sí misma.
Llegaron rápidamente a Scotland Yard y Greg reunió a su equipo para darles las directrices de la investigación del informe y del caso en general.
—Dos personas aparecen asesinadas en un almacén vacío—mostró en el proyector la imagen de la escena del crimen sin los cuerpos para mostrar las estanterías vacías—. Es el único de la empresa constructora Abe's Factory, y a pesar de una factura de compra de 250 mil libras no hay nada. La factura no especifica qué materiales se compraron a esta empresa rusa, pero New Scotland Yard tiene una teoría—Greg se sentía como pez en el agua, estaba dando esa charla con pasión y lo vio reflejado en las caras de su equipo—. La empresa se estaba hundiendo, necesitaban algo que les diferenciase de la competencia, así que decidieron implantar diamantes verdaderos en sus materiales de construcción. Sin embargo eran demasiado caros para su presupuesto, y dos accionistas minoritarios—Greg mostró la fotografía en la morgue de los dos asesinados—decidieron comprarlos mediante el tráfico ilegal. Entraron en contacto con esta empresa, cuyo país es uno de los mayores productores de diamantes del mundo, y obtuvieron los diamantes. Tuvieron que falsificar facturas y documentación para que pareciera legal, por supuesto para destruirlos casi todos después, sólo sobrevivió nuestra factura. Sin embargo hubo algún problema: alguien robó los diamantes y asesinó a los dos accionistas minoritarios. Abe's Factory no pudo denunciar el robo por ser diamantes ilegales, y desde luego no nos van a ayudar a encontrarlos—Greg miró a todos los de su equipo, uno a uno, callado, aumentando la tensión—. Tenemos que encontrar al asesino y al ladrón, y todas nuestras posibilidades están en la información que hemos conseguido de la empresa rusa. Demostremos que están metidos en el tráfico ilegal de diamantes y el criminal será nuestro. Os recomiendo que recordéis lo que podáis saber de ruso, el traductor estará bastante ocupado. ¿Alguna pregunta?
Nadie dijo nada, así que Greg les dio a todos una copia del informe de la empresa para que empezaran cuanto antes. Obviamente no podía decirles que Russ estaba infiltrado en Abe's Factory durante el robo, ni que seguramente era una de las razones del robo. De eso se encargaría él, por el momento sólo necesitaba que la investigación siguiera adelante.
Salió de la sala de reuniones para encerrarse en su despacho, pero Donovan le paró en el camino:
—Señor, quiero salir para investigar el asesinato.
Greg frunció el ceño, no le gustaba que no la pudiera tener bajo supervisión pero no podía hacer nada al respecto. No por el momento.
—De acuerdo, Donovan. Con la más mínima sospecha, llámame.
Donovan asintió con la cabeza y entró en el ascensor bajo la atenta mirada de Greg. Intentó calmarse mientas cerraba la puerta de su despacho: si a él le había costado tantísimo saber la verdad (o prácticamente toda) Donovan no tendría ninguna oportunidad, pero más le valía estar preparado por si ella acababa descubriéndolo todo por casualidad.
Se frotó la cara con las manos en un intento de despejarse y miró por encima el informe de la empresa rusa: eran páginas y páginas llenas de números y documentos oficiales aburridísimos traducidos al inglés que tardarían en leer varios días. Después, con suerte, podrían investigarlos a fondo, aunque de mala manera estando en otro país. Era una tarea difícil, pero tenían que hacerla así que Greg respiró hondo y empezó a leer atentamente el informe por la primera página.
Pasaron las horas entre aquellas páginas llenas de números, sin interrupciones aparte del cartero y de dos policías buscando su firma para unos documentos. Aparentemente parecía que esa empresa lo tenía todo al día y de forma legal, pero tenía algo que Greg estaba harto de ver: culpabilidad. Cada página le gritaba que todo era mentira, pero no sabía si se lo decía su instinto policial o si era su sed de venganza quien le hacía ver cosas que no eran verdad.
Intentó leer una hora más, pero su cuerpo no podía aguantar más. Había pasado casi dos noches sin dormir del tirón, algo normal teniendo a Mycroft en la misma cama, y la comida tampoco había sido la más sana. El resultado era hambre y sueño a partes iguales poco antes de terminar su turno. Se estiró en el sillón mientras bostezaba y pensó si Mycroft tendría esa noche libre. Le apetecía mucho recuperar su vieja costumbre de ir a cenar juntos al restaurante que tanto le gustaba a Mycroft, así que marcó su número en el móvil y esperó a que contestara:
—Hola, Gregory.
—Hola, Mycroft. ¿Te pillo en un mal momento?
—En absoluto, de hecho iba a llamarte en un momento para invitarte a cenar. Hace mucho que no lo hacemos.
Greg soltó una leve sonrisa por el teléfono.
—Me has leído la mente. Necesito desconectar urgentemente.
— ¿Tan duro ha sido tu día?
—Me estoy aprendiendo de memoria el informe de los rusos—por la noche, durante varios de sus descansos, Greg le había puesto al corriente de todos sus problemas, y aunque Mycroft los sabía le había dejado hablar toda la noche—. Estoy harto de tantos números.
—Te recojo en 15 minutos y me lo cuentas con detalles. Hasta ahora.
—Hasta ahora.
O-O-O-O-O
Estaban abrazados en su cama después de una cena copiosa y una ronda de sexo desenfrenado en la que Greg casi se atrevió a probar el lubricante, pero en el último momento se había echado para atrás. Mycroft no se lo reprochaba, no paraba de decirle que fuera a su ritmo, pero en el fondo se sentía mal. Quería sentir a Mycroft dentro de él, pero para él era un paso tan grande e importante en su relación que se sentía un poco inseguro. Una pequeña parte de él seguía sin creerse que hubiera aceptado tan fácilmente estar en una relación con otro hombre, aún más con todos los problemas por los que habían pasado. Pero con Mycroft abrazado a él, como en ese momento, todo lo malo desaparecía. Le besó suavemente en la frente y le empezó a acariciar por la espalda.
—No sé cómo lo haces, pero cada vez contigo el sexo es mejor.
—Porque quiero liberarte de la tensión de tu trabajo, Gregory.
Greg dejó su mirada fija en el mural de su habitación y frunció el ceño, algo de lo que Mycroft se dio cuenta.
— ¿Sabes cómo se llama el ucraniano, Mycroft? —guardó silencio, así que Greg insistió—. Mycroft…
—Sigo sin querer que te pase nada, Gregory.
—Dímelo—se lo dijo con dulzura, notando el dolor en la voz de Mycroft.
—No le he visto en persona, pero sí en muchos documentos. Artem Koval. Poseía varias de las empresas más fructíferas del país que cayeron en la bancarrota.
— ¿Nunca has conseguido una imagen suya?
—No, por lo que dudo que ese sea su verdadero nombre. Y según su expediente nunca ha salido de su país.
—Russ le tuvo que conocer en Londres por lo que me dijo, así que podría ser inglés.
—Es lo primero que investigué, pero es un hombre muy escurridizo—murmuró Mycroft. Le costaba admitir que no obtuviera los resultados deseados cuando hacía algo, así que Greg le consoló con otro beso en la frente, y Mycroft giró su cara hacia él—. No hablemos de trabajo ahora, por favor.
Le besó en los labios bastante rato, hasta que las tripas de Mycroft empezaron a sonar.
—Lo siento—dijo un poco avergonzado—, tengo que ir al baño.
Mycroft cerró la puerta del baño y Greg se estiró en la cama. Siempre pasaba algo parecido, y es que al parecer era normal ir al baño por el sexo anal. Movimiento de intestinos o algo así le había explicado Mycroft, algo desagradable que tampoco ayudaba a que quisiera probar el lubricante. Esa vez iba para largo, así que salió al salón y encendió la televisión mientras repetía mentalmente el nombre del ucraniano: Artem Koval. Poco a poco iba sabiendo más, aunque seguía sin ser suficiente.
Cambió el canal de la televisión hasta que una imagen le obligó a parar en un canal de prensa amarilla: la presentadora estaba hablando de Christoffer Lindström, el embajador sueco secuestrado y novio de Ana Schmidt. La última noticia que tuvo Greg de Christoffer Lindström era que había dimitido de su puesto de embajador, y en ese momento le veía a través de la televisión bajando de un avión privado. Subió el volumen y escuchó a la presentadora, quien preguntaba a cámara por qué el embajador, después de las malas experiencias que había pasado en esta ciudad querría volver, cosa que también se preguntaba Greg. Desde luego él no volvería a la ciudad donde asesinaron a su novia y donde le secuestraron, algo importante debía haberle obligado a ir. Al parecer no había difundido el motivo de su visita para pasar inadvertido; después de la aparente resolución del caso Schmidt se había vuelto un personaje famoso en la prensa amarilla, y seguía siéndolo, aunque no lo suficiente ya que a los pocos minutos cambiaron de noticia.
El universo no dejaba nada al azar. Hacía mucho que no pensaba en esa frase, pero en ese momento le iba perfecto. No creía que fuera casualidad la visita del exembajador sueco en ese momento de su investigación, y sobre todo cuando el ucraniano Artem Koval le había dicho que no seguiría contándole nada sobre Russ. Como de otras muchas cosas, Greg no se dio cuenta al principio del todo que Christoffer Lindström debía saber mucho más de lo que contaba a la policía. Era el novio de Schmidt, debía tener muchos detalles sobre la relación de su difunta novia con su supuesto asesino, detalles que le podrían ayudar.
Escuchó la cadena del baño y Mycroft se asomó por la puerta de la habitación:
— ¿Gregory?
— ¿Sí? ¿Qué? —preguntó Greg un poco sobresaltado.
— ¿Estás bien?
—Sí, sólo…—señaló la televisión, sin saber cómo explicarle—. ¿Te acuerdas del embajador sueco?
—Lindström, le recuerdo. ¿Qué pasa con él?
—Ha vuelto a Londres—Mycroft permaneció impasible. Sospechosamente impasible—. ¿Mycroft?
—Dime, querido.
— ¿Tú sabes algo? —Greg apagó el televisor, se levantó del sofá y fue acercándose lentamente.
—No sé por qué debería saberlo.
—Mycroft—le llamó con tono amenazador hasta quedar a pocos centímetros de él, quien levantó la ceja—, cuéntame todo lo que sabes sobre Lindström.
—Deberíamos dejar de hablar sobre trabajo cuando estamos juntos, ¿no te parece?
Mycroft no cedía, ni en la conversación ni físicamente. Greg estaba a pocos centímetros, encarándole, retándole mientras se miraban a los ojos.
—Está bien, si no quieres hablar voluntariamente te obligaré a hacerlo.
Tiró de Mycroft hasta el baño, pero se resistió.
—Gregory, ¿qué piensas hacer?
—A la ducha.
— ¿Perdón?
—Ya me has oído, a la ducha.
—No va a funcionar, Gregory.
—Eso ya lo veremos.
Greg volvió a tirar de Mycroft, quien cedió esa vez y se metió en la bañera con él. Ya era hora de poner en práctica algunas escenas que estaban metidas en su cabeza.
O-O-O-O-O
La imagen de Mycroft desnudo bajo la ducha y sus gemidos ahogados seguían en su cabeza cuando Donovan paró el coche a la entrada del hotel de cuatro estrellas.
—Señor, ¿seguro que no quiere que entre también?
Greg abrió los ojos y miró a través de la ventanilla: varios periodistas esperaban frente a la puerta giratoria del hotel, pasando el tiempo muerto hasta que Lindström se atreviera a salir.
—No, tú tienes que seguir con lo de Solomon—aunque deseaba que no llegar a ningún sitio.
— ¿Está bien, señor? No ha pronunciado palabra, está muy serio.
Por supuesto que lo estaba, pero no podía involucrarla.
—No te preocupes, Donovan.
No esperó la respuesta de su colega y salió del coche. Pasó rápidamente entre los periodistas para que no le reconocieran y entró en el hotel. La información que había obtenido desde Scotland Yard decía que estaba en la habitación 1005, pero prefirió hablar antes con el recepcionista. Nada más preguntar por el exembajador fue a llamar a los guardias de seguridad, le había confundido por un periodista más, pero al enseñarle la placa de policía su actitud cambió completamente. Le dijo que efectivamente el señor Lindström estaba en su habitación y que avisaría a la seguridad del hotel que tenían asignada en su puerta para que le dejaran pasar. Greg subió por el ascensor, se bajó en la planta 10 y se dirigió a la única puerta con guardias de seguridad. Nada más verle le saludaron con un movimiento de cabeza y uno de ellos llamó con los nudillos a la habitación 1005.
La puerta se abrió y al otro lado apareció Lindström, igual a como estaba la última vez que le vio hacía tantos meses: rubio platino con el pelo corto, ojos azules, gafas de montura ancha… físicamente era igual que cualquier otro sueco. Sólo que Lindström, en vez de llevar un traje como en la televisión, llevaba un polo marrón y pantalón caqui.
—Detective Lestrade, me ha sorprendido mucho que viniera. Pase, por favor.
—Muchas gracias.
Greg pasó sin pensárselo dos veces.
—Perdone que eche el cerrojo, pero con tantos periodistas prefiero ser precavido.
—Claro, no se preocupe.
— ¿Qué le trae por aquí, Detective? No se lo tome a mal, pero dadas las circunstancias en las que nos conocimos entenderá que no me resulta muy agradable volverle a ver. Siéntese, por favor.
La habitación, más que habitación era una suite, y de las más caras que debía tener el hotel. A primera vista Greg había podido ver la sala de estar en la que estaban, una cocina mediana, un comedor para bastantes personas y una puerta doble con cristal traslúcido que debía dar a la habitación y al baño principal. Greg le hizo caso y se sentó en uno de los sofás verdes que rodeaban la mesa de centro de madera maciza, y Lindström se sentó frente a él.
—Lo entiendo perfectamente, no se preocupe. Para mí tampoco es una visita agradable.
Un brillo apareció en los ojos de Lindström, algo entre suspicacia y curiosidad.
— ¿Ha ocurrido algo que me concierna? ¿Algo relacionado con Ana?
—No exactamente.
—Ah, perdone mis modales—dijo Lindström un poco más aliviado, se levantó y fue hasta un armario con copas y bebidas—. ¿Quiere algo para beber?—de espaldas a Greg abrió una puerta del armario—¿Agua, un refresco, vino? Si algo bueno tiene este hotel, aparte de las habitaciones, es la reserva de vinos. Exquisitos.
—Gracias pero no quiero tomar nada, señor Lindström.
—Por favor, llámeme Christoffer.
—Creo que mejor le llamaré Artem. ¿O prefiere el nombre completo, Artem Koval?
El exembajador se quedó petrificado un momento en el sitio, sujetando una copa de vino, pero volvió a la normalidad al segundo. Dejó la copa donde estaba y, aún de espaldas, abrió un cajón.
—Veo que se ha reconciliado con su amigo Mycroft. No sé si alegrarme o sentir pena por usted—su actitud había cambiado por completo, y Greg reconoció el mismo tono guasón de su amigo anónimo.
El exembajador sacó una pistola del cajón y tranquilamente se volvió a sentar con las piernas cruzadas donde estaba antes, frente a Greg, pero esa vez con los brazos apoyados en el respaldo y apuntándole con la pistola. Una 9 mm., había que ir con cuidado.
—Yo también tengo un arma de fuego bajo la chaqueta, y sé todo lo que tengo que saber sobre usted—quería aparentar calma, aunque tenía ganas de salir corriendo fuera del alcance de la 9 mm—. Creo que debería compadecerse por usted antes que por los demás, dada su situación actual.
—Puede que tenga razón, Lestrade, pero poco me importa ya. ¿Recuerda? Tic-tac—hizo el movimiento de las agujas del reloj con el dedo índice de su mano libre—. El tiempo se acaba. Cuando salga de esta habitación, lo haré en una bolsa de plástico. Y haré todo lo posible para que usted venga conmigo.
¡Y hasta aquí el capi de hoy! ¿Qué pasará, qué pasará...? Lo dije en el capítulo anterior, era un capítulo de calma que anunciaba la tormenta... El que avisa, no es traidor xD. Ya sabéis que soy bastante mala, no os debería extrañar que termine el capítulo así. ¡Quiero saber vuestras opiniones! ¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Y qué esperáis para los siguientes?
Muchas gracias por leer, seguir, favoritear y comentar los capítulos, como siempre ^.^
¡Un beso y hasta el siguiente capi!
