¡¡Pues aquí estoy de nuevo!! Siento haber tardado tanto en actualizar, pero menuda semanita...

Los personajes no son míos

La caída de los Malfoy

Draco cerró suavemente la puerta y ésta desapareció al instante. Durante unos segundos se apoyó de espaldas en el liso muro de piedra donde antes estaba la Sala de los Menesteres, tratando de poner orden en su cabeza, mientras respiraba profundamente. Pero vio que le era imposible pensar con claridad, así que trató de ser práctico: lo primero era lo primero.

Mientras iba en busca de la directora McGonagall, pensaba en cómo pedirle permiso para utilizar la red Flu para hablar con su madre (seguramente su padre ya estaría en las dependencias de Azkaban). Incluso se planteó la posibilidad de acudir a su casa el fin de semana y hacerle compañía. Caminando por los desiertos pasillos, iba pensando en el futuro que les esperaba a él y a su madre, si es que aun tenían alguno. Sabía que la reacción que había tenido durante la charla del orientador no era para nada propia de él, pero no lo había podido evitar. Después de una semana de extremo nerviosismo, las palabras de ese cabrón de Hanlon habían hecho mella en él. En el fondo no estaba demasiado sorprendido por la sentencia: sabía que su padre era culpable y posiblemente merecedor de la pena que le habían impuesto. Pero que se lo comunicaran de esa forma, ante todos sus compañeros...había que ser un auténtico hijo de puta.

Cuando abandonó el aula, corrió sin rumbo durante unos metros mientras las lagrimas le cegaban, pensando únicamente en escapar y estar solo. De pronto se le ocurrió que en la Sala de los Menesteres nadie le encontraría. Pero no había contado con Potter.

A pesar de su bajo estado de ánimo sonrió. Potter. El metomentodo de Potter, que no había dudado en salir en su busca. Potter, en cuya presencia se había sentido más calmado, que incluso le había creído cuando le había dicho que todo se iba a arreglar. Y que le había dado uno de los besos más tiernos que había recibido en su vida. Sabía que tenía que pensar en eso con más calma, pero ese no era el momento. Ahora debía pensar en su madre, la única familia que le quedaba.

Cuando llegó al pasillo del tercer piso se topó con la directora que le miró algo sorprendida, aunque se recompuso enseguida:

- ¿Me puede decir que hace usted aquí, señor Malfoy? ¿No tendría que estar con resto de sus compañeros asistiendo a la charla del señor Hanlon?

Al oír el nombre del orientador Draco no pudo evitar que una desagradable sonrisa se dibujase en su rostro.

- El señor Hanlon me ha comunicado la sentencia de mi padre, señora directora –esta vez McGonagall no pudo disimular su sorpresa -. Cadena perpetua. Estaba buscándola para ver si sería posible que hablase con mi madre por la red flu.

La directora tardó unos segundos en reaccionar. Le estudió brevemente, como si buscase alguna señal de que todo fuera un engaño y cuando Draco estaba a punto de dar media vuelta y largase, Minerva McGonagall asintió rápidamente mientras decía:

- Por supuesto señor Malfoy. Creo que por una vez podemos saltarnos las normas. Por favor, sígame.

Ambos comenzaron a caminar uno al lado del otro y Draco vio que le lanzaba furtivas miradas. Sin poder contenerse, la miró sin dejar de caminar y dijo:

- Supongo que ahora estará contenta, señora directora.

McGonagall tensó sus finos labios y le miró inquisitivamente.

- En efecto, lo estoy. Pero no por las razones que usted imagina señor Malfoy. No estoy contenta de que el padre de un alumno al que conozco desde hace siete años haya ido a la cárcel: estoy contenta de que se haya hecho justicia y que un mortífago pague su condena.

- Sí, bueno...es un punto de vista.

Durante el resto del camino ninguno dijo nada más. Por fin llegaron a una puerta de madera en el primer piso. La directora abrió la puerta y con un además le invito a entrar en lo que parecía ser la famosa sala de profesores. Draco nunca había estado allí y se tomó su tiempo para contemplarla con curiosidad.

Era un sala rectangular de techos altos y a diferencia del resto del castillo, las paredes parecían estar forradas con tablas de madera muy pulidas, dándoles un aspecto brillante. Las paredes estaban cubiertas de algunos retratos de antiguos profesores, armarios que debían contener expedientes académicos de alumnos y un par de mesas bajas que contenían un servicio de café y otro de te respectivamente. En el medio de la sala había una gran mesa redonda rodeada por sillas y sofás de aspecto cómodo, donde suponía que se celebrarían los claustros de profesores. La luz provenía de un amplio ventanal situado al fondo de la sala, desde donde se veía el bosque prohibido y de una gran lámpara suspendida en el centro de la mesa, así como de numerosas velas que flotaban en el aire. Mientras pensaba que era una de las salas más acogedoras que había visto en Hogwarts, alguien carraspeó y se dio cuenta de que no estaban solos.

Mirándoles con curiosidad estaba la profesora Polignac, jefa de su casa, y el profesor de Pociones, Straker, ambos rodeados de pergaminos que solo podían ser trabajos de alumnos. Minerva se acercó rápidamente a ellos y tras decirles unas palabras al oído, ambos salieron de allí, aunque Isobelle Polignac le dirigió un significativa mirada que venía a decir "tu y yo hablaremos más tarde".

- Bien, señor Malfoy, ahí tiene la chimenea –señaló a su derecha y Draco pudo ver una amplia chimenea en donde ardía un gran fuego -. Por favor, tómese su tiempo. Yo estaré fuera esperando.

A pesar de que le incomodó un poco que la directora permaneciese en el pasillo esperando, dio una seca cabezada y sin esperar a que saliese se dirigió a la chimenea, en donde se quedó un rato mirando las brasas como hipnotizado. Cuando escuchó como se cerraba la puerta, cogió un puñado de polvos flu de la maceta que había encima de la cornisa de la chimenea, pero cuando lo fue a lanzar se dio cuenta de que no era capaz.

Había pensado que lo correcto, lo que tenía que hacer, era hablar con su madre, ofrecerle su apoyo y juntos pensar en como saldrían adelante. El tema económico estaba cubierto, eso por descontado: aunque habían intervenido sus cuentas, en casa tenían acumulado suficiente oro como para vivir con decoro (con eso se refería a varios millones de galeones, así como joyas y obras de arte) Pero ahora la familia Malfoy había caído en desgracia, y el apellido de su madre, Black, tampoco era de los mejor vistos gracias a su tía Bellatrix. Tendrían que planear con sumo cuidado como salir de este atolladero, así como asegurarse que las condiciones de Lucius en Azkaban fuesen, si no cómodas, por lo menos lo más decentes posible.

En ese momento se dio cuenta de que no podía hablar de eso ahora, no se atrevía en enfrentar su mirada con la de la nueva Narcissa, esa mujer que había cargado sobre sus espaldas todo el peso de la familia, que intentaba bromear sobre el futuro que les deparaba unos meses antes. Bien, ya sabían qué deparaba el futuro a Lucius. Ahora tenían que encarar el suyo propio. Y eso era lo que más miedo le daba: la incertidumbre, el no saber que iba a ser de sus vidas a partir del instante en que Lucius pusiese un pie en Azkaban.

Pero como llevaba repitiéndose un buen rato, aquella era ahora su obligación, ser el cabeza de familia. No podía permitir que Narcissa llevase esa carga, al menos no sola. Al final, lanzó un puñado de polvos flu a la chimenea y dijo con tono frío:

Mansión Malfoy

En cuanto las llamas cambiaron de color anaranjado a color verde esmeralda, Draco se agachó y metió la cabeza entre las llamas, cerrando fuertemente los ojos y la boca para que no le entrasen cenizas en su boca, o incluso alguna ascua. Un par de minutos después entreabrió un poco los ojos y a través de las llamas reconoció el salón de su casa. Paseó la mirada por él durante unos instantes, pero no vio a nadie. Justo cuando iba a llamar a Tipsy, su elfina doméstica, escuchó unos sollozos ahogados que provenían del pasillo, haciéndose cada vez más audibles, y al poco Narcissa entraba en el salón.

Draco decidió no revelar su presencia de inmediato para poder observar libremente a su madre. Narcissa, vestida con sobria túnica negra y con la varita en la mano, iba apagando todas las luces del salón, algo que solo hacia cuando se iba a dormir. Se fijó en su despeinado cabello y su rostro congestionado por el llanto y advirtió, que aunque parecía más serena, silenciosas lagrimas resbalaban por su mejillas. Entonces una gran desazón le invadió y pensó que no iba a ser capaz de hablar con ella. Durante un momento estuvo tentado de abandonar la chimenea, pero no: era un Malfoy y debía comportarse como tal.

- Madre –la llamó quedamente -. Aquí, en la chimenea.

Narcissa se dio la vuelta violentamente y le miró con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

- Quién ha sido –dijo Narcissa con la voz teñida por la pena y la rabia -. Dime quién se ha dado tanta prisa en irte con el cuento.

- Eso no tiene importancia ahora. El caso es que me he enterado. Pero puedes estar tranquila, no ha sido nadie de Hogwarts si es lo que te preocupa, ha sido un empleado del ministerio.

Mientras se iba acercando a la chimenea la oyó murmurar:

- Malditos...

Cuando llegó y se puso a su altura, Draco notó que parecía envejecida, como si en los escasos dos meses que llevasen sin verse su madre hubiese perdido su juventud. Ahora parecía una señora de mediana edad a la que la vida la había tratado cruelmente. Durante unos instantes se miraron fijamente, y al punto Narcissa comenzó a hablar.

- ¿Cómo estas, dragón? Y dime la verdad. Ya ha habido bastantes mentiras en esta casa.

- Yo...- no sabía como seguir -. Estoy bien, creo. Ya sabía que iban a intentar condenarle a la pena máxima, pero enterarme ha sido un mazazo.

- Lo mismo podría decir yo.

A continuación Narcissa le relató el breve juicio al que había sido sometido Lucius. Debido a sus cargos, éste parecía que había sido un mero formalismo más que un juicio auténtico. Incluso el abogado que le habían asignado, un joven que acababa de terminar sus estudios de Derecho Mágico, parecía ansioso por que terminase y no dio muestras de pena cuando perdió, o cuando sus alegatos eran firmemente rebatidos por los miembros del Wizengamot. Además, según Narcissa, Lucius no había hablado en todo el juicio, si no que se limitó a esperar a que dictaran sentencia. Una vez que ésta fue pronunciada Narcissa comenzó a llorar en silencio, pero Lucius se mantuvo firme en todo momento, aguardando a que se personasen dos miembros del cuerpo de seguridad mágica. Uno de ellos, Clearwater, no pudo evitar sonreír cuando rompió en dos su varita (que permanecía custodiada desde el pasado mes de junio) y después le lanzó un hechizo inmovilizador mientras era conducido a las dependencias administrativas del Wizengamot, en donde Lucius tuvo que firmar su sentencia y de allí se lo llevaron directamente a Azkaban. Aunque Draco no dejaba de repetirse que era lo justo, que su padre había recibido el castigo merecido por todos los crímenes cometidos, no pudo dejar de sentir ira hacia todos los miembros del ministerio, desde el ministro Shacklebolt hasta el último de los administrativos.

- Lo que más me duele es que no me dejasen despedirme de él –continuó Narcissa -. Se lo llevaron inmediatamente. Tenemos que ver si le dejan recibir visitas.

Aquello fue demasiado para Draco, ¿qué pensaban?, ¿tenerlo incomunicado el resto de su vida, oculto en una sucia celda? Miró espantado a su madre y esta pareció leerle el pensamiento.

- Es posible Draco. Con tu tía Bella y Rodolphus lo hicieron.

Draco, luchando por contener las lagrimas, hizo la pregunta que pugnaba por salir de su labios. Aquella pregunta que parecía que llevaba haciendo sin cesar desde el fin de la guerra.

- ¿Qué vamos a hacer ahora madre?

- Seguir adelante, hijo, ¿qué si no? Mañana, a pesar de ser sábado, he quedado con los abogados privados de tu padre, para ver el estado de nuestra economía. Y yo aun me puedo mover libremente, así que a lo mejor me voy unos días fuera, para intentar pensar con claridad –miró hacía la ventana que estaba al lado de la chimenea, oculta para Draco -. Tú no lo puedes ver, pero desde que ha trascendido la noticia, no paran de merodear reporteros de "El profeta" por los alrededores. Necesito descansar, estar sola.

- Yo había pensado en pedir un permiso especial para estar contigo estos días madre.

- Ni se te ocurra, no te lo permito –habló con firmeza -. Tu debes seguir con tu vida Draco. No voy a permitir que tú caigas con tu padre.

- Pero...

- Nada de "peros" Draco –le interrumpió -. Tu sitio está en el colegio, no en esta casa en la que solo hay malos recuerdos.

Muy a su pesar, Draco se sintió aliviado por las palabras de su madre. De repente su madre cambió por completo de actitud. Parecía que se había olvidado momentáneamente de la pena por el encarcelamiento de su esposo y habló a Draco con determinación.

- Ahora quiero que me escuches atentamente.

"Se que durante estos últimos meses has cambiado. Y no solo me he dado cuenta yo, si no que hace unos días recibí una carta de Cecily Parkinson en la que me hablaba de ti, seguro que informada por su hija. Bien, me parece correcto. Tanto da sí el cambio es sincero o simplemente una estratagema de las tuyas. Lo importante es que el resto ha empezado a verte con otros ojos"

Draco se sintió ligeramente decepcionado: al parecer ni siquiera su madre creía que podía llegar a cambiar.

"Pero es posible que cuando el resto del colegio se entere de la condena de tu padre, te vuelvan a mirar con malos ojos, y salgan a relucir antiguas historias. No quiero por nada del mundo que cometas ninguna tontería. Creo que ya me entiendes"

Durante un momento se sintió tentado a explicarle que el cambio en él era sincero, que ya no creía en los viejos preceptos sobre la pureza de sangre. Pero eso implicaría hablarle de Potter, así que permaneció en silencio y asintió con un leve movimiento de cabeza.

- Ahora creo que es mejor que te vayas. Me siento muy cansada y mañana me espera un día muy largo. Prometo que te mantendré informado.

- Adiós –musitó Draco, mientras se incorporaba y volvía a estar en la sala de profesores.

Salió cabizbajo y en el pasillo, a unos metros de distancia, vio a la directora McGonagall hablando con Glickman y Barlow, seguramente poniéndoles al corriente de las nuevas noticias. Tiempo atrás habría sentido rencor al ver la facilidad con la que su vida y la de su familia eran aireadas sin recato. Pero ya no. Y entendía lo que le había querido decir su madre. Durante mucho tiempo, años incluso, iban a estar en el punto de mira de todos, sus más pequeños gestos iban a ser analizados con detalle, y muchos magos y brujas esperarían el más mínimo error por su parte para atacarles. Y no sabía si lo iba a poder aguantar sin explotar, si ponerse a lanzar maldiciones a diestro y siniestro en cuanto tuviese la más mínima sospecha de que esto estaba sucediendo.

Cuando llegó a su sala común la encontró vacía salvo unos cuantos alumnos de primero y tercero. Los de séptimo debían estar aun con el orientador y el resto aun estarían en clase. Los chiquillos le saludaron con respeto y él les dirigió una breve sonrisa. Al pasar por el tablón de anuncios algo llamó su atención. Al día siguiente estaba programada la primera visita a Homgsmeade del año. Eso significaría que tendría el castillo para él solo. Realmente, no le apetecía ver a nadie durante un largo espacio de tiempo.

Subió al dormitorio y sin desvestirse se tumbó en la cama, intentando no pensar en nada, queriendo dejar su mente en blanco. Y a los pocos minutos, debido más a las intensas emociones del día que al cansancio, se quedó profundamente dormido.

Él y Harry iban caminando de la mano por los terrenos de Hogwarts charlando, riendo, haciendo planes para el futuro. En un momento dado Harry se paró y le miró de frente con esos intensos ojos de color verde que parecían leer en cada célula de su cuerpo y cuando habló, lo hizo con un cariño que traspasó su corazón.

- Lo más difícil ya está hecho Draco.

- Pues no sé por qué tengo la impresión de que lo complicado comienza ahora –bromeó -. No sé que hacer Harry.

Harry se acercó y le dio un suave beso, haciendo que se estremeciese, mientras su mano izquierda le acariciaba la nuca.

- Yo se que harás lo correcto Draco –dijo con seguridad.

Draco le miró intrigado y preguntó:

- ¿Cómo puedes estar tan seguro?

Harry le miró con gravedad y Draco creyó ahogarse en su mirada.

- Por qué creo en ti –le dio otro beso en el cuello, debajo de la oreja y susurró -. Y por qué te quiero Draco

Aquella noche, cuando Nott subió a dormir, tratando de no hacer ruido por si Draco estaba ya en la cama, se fijó en que su compañero dormía plácidamente mientras una enorme sonrisa de felicidad iluminaba su pálido rostro.


Como siempre, espero que os haya gustado y me dejeis montones de reviews dandole al GO de abajo

Acutalizo y se me olvida lo más importante...muchas gracias a todos los que habeis dejado review. Siento no haber podido contestar a todos esta semana, pero no me ha dado tiempo.

En general, me alegra que os gusten los secundarios...que para mi ninguna historia está completa sin ellos. Y se que lo que voy a hacer nos está permitido, pero por tomarme una licencia no pasa nada, así que ahí voy...

Kytiyana: me alegro de que te hayas animado a ponerme algo despues de tantos capitulos (reconozco que a veces da pereza) Por cierto, me parece que sí, que este año os llevais la liga, pero como es el Barça no me importa (m´agrada viure a Barcelona)

Kips: escribeme todos los que quieras!! Te digo que te entiendo a la perfección, incluso me has sacado los colores

Nympha: no mueras, que aquí tienes el capítulo...

Y Madie...tus reviews al igual que tus historias me dejan sin palabras: vamos, que me tiraría comentando contigo hasta el infinito y más allá. Pero trabajo obliga....arggggg

Y al resto, que me encantan vuestros comentarios y vuestro piropos (a pesar de que creo no ser merecedor de ellos). Pero si con esta historia consigo entreteneros y haceros olvidar el día a día...me doy por satisfecho. Y ya lo dejo, que me estoy poniendo tonto (esta vez me han emocionado muchisimo)

Nos vemos en Hogsmeade ;)