Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.

Leer bajo tu responsabilidad

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Capítulo No. 24

Se había metido en el jacuzzi por casi dos horas luego de llegar del Central Park, había sido capaz de admitir que el beso le había movido algo más que el piso, y que sus ganas de acostarse con Alice no habían hecho más que incrementarse, pero también sabía que todo aquello le requería un esfuerzo extra. La chica era virgen y probablemente querría regordetes cupidos encargándose de todo el asunto, él no quería enredarse y terminar enlodado en pegajosos dramas rosas, pero había llegado a la conclusión que ellos podrían lograr un buen acuerdo. Sí bien no le daría una primera vez romántica, sí podría darle una de lujo, podía llevarla a donde quisiera y hacer lo que ella quisiera, pondría el Kama Sutra mismo a su disposición. A cambio, él se aliviaría el dolor palpitante entre sus piernas.

No había rastro de Edward y la verdad no le interesaba que apareciera, el cabrón era realmente bueno en lo que hacía, y no le tomaría más que unos cuantos minutos saber que escondía algo, y otros tantos en deducir de qué se trataba. El estómago le gruñó y se decidió por salir a buscar algo que comer, salió del apartamento buscando algún restaurante cerca, y resultó que nada se le antojaba, ¿qué diablos le pasaba?

Se detuvo en algunos de los puestos ambulantes y frente a varios restaurantes, pero no se decidió por ninguno. Más de cuarenta minutos después caminaba por la avenida Madison, y su estómago le gritaba a su incoherente cerebro que se detuviera de una maldita vez a comer lo que fuera. Torció la boca en una mueca y se detuvo en la esquina de la calle 96, frente al él, un discreto toldo rojo mate llamó su atención. Era un restaurante pequeño, y al salir uno de los clientes, la puerta entreabierta lo llenó de los olores más pecaminosos. Justo lo que estaba buscando.

El lugar era muy acogedor, repleto de booths marrones a la usanza de los años cincuenta y pequeñas mesas esmaltadas como salidas de alguna película de gánsters. Al parecer no había un maître ni nadie que le diera una mesa, se encogió de hombros y caminó hasta llegar a la barra. Tuvo que reprimir la risa cuando una chica mascando chicle se le acercó a atenderlo, le preguntó si podía ordenar comida en la barra, y ella le dijo que no habría ningún problema, esta vez se permitió sonreír y la chica se sonrojó hasta las orejas.

Decidió tomar una ensalada Corfu, un wrap de pavo, una generosa orden de papas a la francesa y un vino blanco helado con hierbabuena y menta. La comida había estado perfecta, y por primera vez en horas, alejó su mente de la maraña de planes absurdos que intentaba diseñar para llevarse con la menor cantidad de inconvenientes a Alice a la cama.

La deliciosa y refrescante copa de vino estaba a la mitad cuando el celular vibró en el bolsillo de su jean, tomó un sorbo más y lo revisó.

Acabo de recordar cuanto me gusta tu boca.

Alice V.

Y ahí estaba de nuevo la razón de su obsesión, con aquel mensaje tan inofensivo, calentándolo hasta niveles indecibles. Definitivamente debía revisar sus fijaciones con aquello que estaba fuera de su alcance.

Tenemos que hacer algo al respecto.

Jasper C.

¿Qué propones Sr. C?

¿Señor?

LOL Jasper…

¿Qué estás haciendo?

Tareas "#$%&*

Las niñas buenas no usan malas palabras!

No quiero ser una niña buena… "#$%&*

Eso suena prometedor…

Eso espero…

Qué tal un tour por el CP? Para que ya no seas una vergüenza para NY.

¿Quién dijo que era una vergüenza para mi amada ciudad?

PD: Me encanta la idea del tour!

Dame una dirección y voy por ti.

Estoy en Upper East Side sobre la 79, cerca de la Segunda avenida, en la biblioteca Yorkville.

Estoy cerca, voy para allá.

Te espero

Al taxi le tomó menos de cinco minutos estar frente a la biblioteca.

—Espéreme por favor —le pidió Jasper al taxista.

Estoy en el recibidor.

Voy bajando.

De pronto la vio aparecer entre los estantes y mesas, el lugar estaba en silencio y nadie, excepto él, parecía advertir lo bonita que lucía. Alice llevaba un vestido de tirantes amarillo pastel que resaltaba deliciosamente el color de su pelo, y le daba a Jasper un buen vistazo de sus piernas, tenía unas Converse marrón, un pequeño bolso del mismo color atravesado en el torso que le colgaba sobre la cadera derecha, y el cabello dividido en dos coletas. Lucía absolutamente adorable, encantadora como una Lolita, una perfecta fantasía que le daba miles de ideas calientes que no hacían más que aumentar su tormento.

Ella levantó y ondeó la mano saludándolo, y él le sonrió, pero antes que pudiera corresponder el saludo, una morena alta y curvilínea se levantó de una de las mesas y le obstruyó la vista.

—Es él —susurró Alice distraída a una de sus amigas.

—Dios, Alice, es muy guapo… y mayor… deberías tener cuidado, ya sabes cuales son las intenciones de los chicos mayores.

—Ok —dijo Alice sin dejar de mirarlo, sí las intenciones de Jasper eran las que su amiga había dejado implícitas en sus palabras, sería todo lo que ella había querido, no era como si estuviera esperando que Jasper se enamorara de ella, lo que en verdad quería era ser deseada por un hombre como él, así fuera una sola vez en la vida.

La mujer morena pasó por su lado y atravesó uno de sus pies en el camino, haciéndola trastabillar un par de saltos. En cuanto recuperó el equilibrio, volvió la mirada furiosa hacía la odiosa chica, guardó silencio temiendo una escena y decidió retomar su camino ignorándola.

—Oops —chilló la morena—, casi se cae la bulímica suicida.

—Cállate —siseó Alice apretando los dientes.

— ¡Cállame, si te atreves lunática patética!

— ¿No te basta con un cállate? Parece que las ordinarias trogloditas como tú necesitan más que eso.

—Viniendo de un bicho raro como tú, date por bien servida con que escuche lo que dices, ¿por qué iba a hacerte caso?

—Por simple sentido común… —gruñó Alice con la frustración quemándole la garganta.

María, la mujer que le había hecho zancadilla, era una matona que la había atormentado casi desde su primer año en la universidad, no sólo la maltrataba verbalmente, sino que en ocasiones la había agredido físicamente también.

En sus fantasías, Alice le daba un puñetazo tan fuerte que la chica salía corriendo, prometiéndole que nunca más la molestaría, pero la realidad era otra muy diferente.

María era alta y atlética, tenía una presencia intimidante y no dudaba en usarla, y lo peor de todo, la odiaba y despreciaba lo suficiente como para no vacilar en hacerle daño. Alice jamás había comprendido por qué, a veces la encontraba mirándola fijamente, y no dejaba de hacerlo hasta incomodarla y obligarla a abandonar el lugar en el que se encontrara.

—El sentido común me dice que te dé la lección que te mereces por faltarle al respeto a tus superiores —replicó María con una risita fastidiosa.

—Déjame en paz —le pidió Alice intentando serenarse, se empinó y miró a través del hombro de María buscando a Jasper que estaba aún en el recibidor observando la escena.

— ¿Qué miras? —preguntó la morena con mal disimulado enojo en la voz, siguió la mirada de Alice y se encontró el ceño fruncido de Jasper—. ¿Ahora resulta que tienes quien te coja? ¡El mundo va a acabarse!

— ¡Cállate la maldita boca! —le exigió Alice con la frustración empujando lágrimas en sus ojos.

—Pues no me callo imbécil —siseó María entre dientes—. Por el contrario, ahora mismo voy a hacerle un favor al pobre idiota y a advertirle que no eres más que un problema, una loca peligrosa que le tiene miedo a la comida.

— ¡No! —gritó furiosa—. Desaparécete de mí vista y déjame en paz, o te juro que esta vez me las vas a pagar.

María se rio con estrepito.

— ¿Y qué se supone que vas a hacer? ¿Vas a vomitarme encima?

Las lágrimas de ira empujaron en las comisuras de sus ojos hasta rodar por sus mejillas, pero ni siquiera fue consciente de eso, en un parpadeo se había lanzado sobre María empujándola y haciéndola tambalear un par de pasos.

Salido de la nada, Jasper la sujetó por la cintura alejando sus manos, que abiertas habían deseado rasgar la piel de la odiosa morena con sus uñas. En cuanto se recuperó, María llena de furia intentó golpearla, pero su intención se quedó detenida en cuanto vio a Jasper.

—Tranquila —le susurró él a Alice acercándola a su pecho y tomándole el rostro entre las manos.

—Como siempre, eres tan patética que necesitas a otros para que solucionen tus problemas. —la provocó María de nuevo.

—Cierra la boca —masculló Jasper con rabia al borde de perder la compostura.

María se calló por unos segundos, pero sus ojos gritaban mil improperios dirigidos a él.

—Espero que también consigas callar a Vulturi, porque te aseguró que hará algo más que gritarte cuando se entere de lo que le haces a su hija. —la mirada de Jasper refulgía con furia, pero ella lo ignoró, esta vez se dirigió a Alice—. ¿Ya le dijiste a tu papi a qué te dedicas últimamente?

Alice desvió la mirada, Jasper le acarició el rostro y la tomó de la mano guiándola hasta la salida del edificio. El taxi aún estaba estacionado cerca de la entrada de la biblioteca, Jasper abrió la puerta para ella y bordeó el auto hasta su propia entrada.

—Al central Park por favor —le pidió al taxista—. Sobre la Quinta avenida, cerca de la calle 64.

El hombre asintió en silencio y el auto inició el recorrido. Alice estaba en el extremo izquierdo, casi pegada a la puerta, y con el rostro vuelto hacia la ventana miraba a la calle sin ver nada en realidad. Jasper no sabía que decir, no tenía idea qué hacer, ella lucía realmente atormentada, y a él no se le ocurría una sola palabra de consuelo, o cualquier cosa que pudiera hacerla sentir mejor.

—Siento mucho que hayas tenido que presenciar… lo que pasó en la biblioteca —habló Alice varios minutos después, aún sin retirar su mirada de la ventana.

—No tienes por qué disculparte Alice, son tus asuntos, ella te provocó.

Ella asintió clavando por un momento la mirada sobre sus piernas pero no dijo nada.

—Tienes derecho a defenderte. —volvió Jasper a intervenir con preocupación en su voz—. Pero los dos sabemos que ella pareciera tener ventaja sobre ti… ¿esto suele pasar muy seguido?

—No… no quiero hablar de ello —le dijo ella cortante.

—Por supuesto… —aceptó él con un tono de disculpa—. No hablaremos ahora de ello si no quieres.

—No tengo ganas de caminar ahora, quiero irme a mi casa.

— ¿Estás segura? —murmuró Jasper acercándosele muy despacio.

Alice apartó el rostro de la ventana y lo miró a los ojos por primera vez desde que hubiera intentado saludarlo minutos atrás.

—No lo sé.

— ¿Sabes cuál es la solución para todo?

— ¿Cuál?

—El mar, Alice, el mar siempre es la solución. —Jasper le dio una significativa mirada al taxista, quién desde el retrovisor lo miro vacilante.

—Con este tráfico… —especuló el hombre con un fuerte acento de algún lugar de Europa Oriental—. Tal vez Coney Island en Brooklyn…

—Pues Coney Island será —sentenció Jasper.

El taxista se detuvo en un semáforo y se giró hacia ellos.

—Le costará un buen dinero.

—Le pagaré un buen dinero entonces.

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Más de una hora después estaban recorriendo la West 8th, había gente caminando por las calles vestidos con poca ropa, niños con globos y helados, y mujeres con sombreros de ala ancha y sandalias de verano. El taxista se detuvo y aparcó junto a un grupo de árboles luego de cruzar la avenida Surf.

—La playa está a cinco minutos de aquí caminando.

—Perfecto —dijo Jasper—. ¿Cuánto le debo?

El hombre observó el taxímetro con una sonrisa.

—Doscientos seis dólares.

Jasper sonrió también, arqueó las caderas y sacó la billetera de uno de sus bolsillos traseros. Era una delgada cartera de cuero azul, bajo un prense de metal habían varios billetes de distintas denominaciones, sacó tres billetes de cien y se los entregó al taxista que se había quedado mirándolos con los ojos muy abiertos.

—Muchas gracias por su paciencia —le dijo y salió del taxi, lo rodeó y abrió la puerta de Alice.

—Gracias —dijo el taxista con una sonrisa aun mayor antes de arrancar de nuevo.

La salada brisa del mar los acarició a los dos, había bullicio y hacía calor. Alice se protegió los ojos del sol llevándose la mano hacia la frente, se giró y al final de la calle, con destellos de luz bajo el brillante sol, el maravilloso Atlántico besaba la playa.

Jasper tenía razón, el mar definitivamente era la solución, su corazón había brincado dichoso porque había sentido el impulso infantil de salir corriendo y arrojarse al agua.

Sí, el mar era la solución.

— ¿Te gusta? —murmuró Jasper repentinamente tímido.

—Me encanta.

Él estiró uno de los brazos, y se enroscó entre los dedos una de las suaves ondas que se habían escapado de sus coletas. Estaba por completo absorto en su sonrisa, satisfecho con verla feliz después del lamentable episodio en la biblioteca.

De repente quiso besarla, no para seducirla ni para impresionarla, ni tampoco para obtener la dichosa satisfacción del toque de sus labios, quería besarla porque su sonrisa lo invitaba, quería besarla porque se veía tan feliz, quería besarla sin ninguna razón.

Pero se contuvo, aquellos impulsos no eran propios de él, ni siquiera sabía cómo conseguir un beso cuando se quería sólo porque sí.

—A mí también me encanta —acordó devolviéndole la sonrisa.

Alice se mordió los labios y apretó la falda de su vestido entre sus puños queriendo saltar de alegría como una niña tonta.

Se giró siguiendo un grupo de niños que reían a carcajadas mientras montaban en una bicicleta de cuatro puestos, los chicos se cayeron y las carcajadas se hicieron más escandalosas, ella también se rio, y entonces sus ojos se encontraron con un mural enorme, un paisaje marino dominado por una foca sonriente, exponía un reglamento enmarcado por el título "New York Aquarium"

— ¡Ah! —gritó Alice emocionada dando saltitos y sacudiendo el bolso en todas direcciones—. ¡Vamos al acuario!

Jasper abrió muchísimo los ojos.

—Ok —dijo en tono burlón—. Iremos al acuario.

Alice volvió a saltar mientras aplaudía, lo tomó de la mano y casi lo llevó a rastras a su lado. Una preciosa escultura plana hecha de hierro, con una morsa gigante, algas y peces, enmarcaba la entrada. Caminaron un par de metros y se detuvieron en la taquilla, ella abrió el bolso y Jasper la detuvo.

—Yo invito —le dijo con una sonrisa de engañosa cordialidad que no admitía discusiones.

Compraron los boletos y recibieron un colorido mapa con cada una de las atracciones del parque.

— ¿Empezamos por el Conservation Hall? —le propuso Jasper.

—¡Sí! —respondió Alice sin perder un ápice de su emoción.

Las luces se fueron atenuando a medida que se acercaban, hasta oscurecerse por completo una vez ingresaron al Conservation Hall. A los costados del pasillo se alzaban enormes muros de cristal y tras ellos, el mar y cientos de peces de cientos de especies distintas. Alice estaba maravillada, al lado de los demás niños, se acercaba cuanto podía a los cristales, sonriendo con la colorida belleza de los pececitos del Caribe e impresionada con los elegantes movimientos de las anguilas al desplazarse entre los corales.

Ella volvió a tomarlo de la mano, y los dos se sumergieron en un túnel de algún material cristalino, súbitamente fue como estar bajo el mar, Jasper sonrió impresionado, mirando a todos lados, fascinado con los cardúmenes de pececillos amarillos que parecían danzar a su lado. Alice le apretó la mano cuando, majestuoso, un enorme tiburón toro nadó sobre sus cabezas, Jasper le devolvió el apretón y la atrajo hacía su cuerpo, la levantó entre sus brazos y la besó. Porque sí.

Al salir, visitaron los pingüinos, Alice le entregó su móvil y le pidió que la fotografiara. Y ahí no paró, le tomó decenas de fotos con prácticamente todos los animales con los que se encontraron.

—No sabía que te gustaba tanto el acuario.

—Bueno —explicó Alice—. Me gustan mucho los animales en general.

—No me lo había imaginado.

Ella se rio con timidez.

—Quería ser médica veterinaria, pero mi papá creyó que no valía la pena, así que él decidió por mí y me inscribió en la escuela de Marketing de la NYU.

—Lo siento —le dijo Jasper sintiéndose un completo inútil por desconocer siempre las palabras adecuadas.

—No importa —manifestó Alice con amabilidad, lo tomó de la mano y lo hizo correr hasta el área de exhibición de los delfines, una vez allí, Alice simplemente brilló de felicidad, y Jasper jamás había visto nada más hermoso en su vida.

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La oficina de Aro Vulturi tenía un fondo blanco y detalles minimalistas que complementaban la poderosa presencia de los clásicos muebles de roble y pino. El ambiente tenía un leve olor a canela que por una razón inexplicable la incomodaba, Aro estaba sentado a su lado en un amplio sofá de cuero color vino cerca del minibar, la miraba fijamente sin decir nada.

Las finas hebras plateadas ya adornaban su cabello oscuro cerca de las sienes y casi llenaban sus patillas, los intimidantes ojos grises parecían matizar la luz tornándose verdosos en la medida que los irises se alejaban de las pupilas, hasta volverse casi amarillentos en el borde más externo.

Bella se permitió reflexionar acerca del improvisado plan que había emprendido al intentar seducir al presidente de Elitte. Estaba dispuesta a admitir que había tomado la decisión porque lo había encontrado increíblemente atractivo, aun cuando jamás había despertado el deseo en su cuerpo. Pero en pocas semanas todo había cambiado radicalmente, ahora mismo encontraba insoportable la idea de acostarse con él, realmente no lograba imaginar a nadie diferente de Edward en su cama.

—Todo esto es innecesario Bella, el papeleo, los trámites con un abogado y el asunto del pago —habló finalmente Aro con voz áspera y frustración en el rostro.

—A mí me parece todo lo contrario, señor Vulturi —repuso Bella de inmediato.

—No necesito de ningún pago, se supone que somos amigos, tu compañía y tu amistad son mi mayor gratificación.

—Y las sigue teniendo señor Vulturi, pero aun así quiero pagar por los servicios de Elitte, está de acuerdo conmigo en que son los mejores, lo mínimo que puedo hacer es pagar por la fabulosa campaña que han hecho para mi firma.

—Terceros no son necesarios —sentenció Aro con rotundidad.

—Tal vez en eso tenga razón —concedió Bella—, pero es mejor garantizar la seguridad de los dos, a la larga esto nos representará un beneficio.

Aro tensó la mandíbula, obtuso y enojado, quería levantarse del maldito sillón y arrojar algo contra la pared, romperlo e intentar a costa de lo que fuera volver a tener el favor de Bella. Ella había sido bastante clara al principio, había estado seguro que acostarse con ella sería sólo cuestión de impresionarla con algunos de los preliminares de la campaña. Ahora ella, bajo la falsa máscara de la amabilidad, estaba prevenida y se iba con cuidado, iba a tener que poner en pleno la campaña y cada vez estaba más seguro que ella no accedería de buena gana a meterse en su cama.

Le frustraba no tenerla bajo su control, y aún más, le carcomía admitir que nunca había sido así, ella había estado jugando su juego y lo había hecho bien.

Lo sacaba de quicio con su reticencia y sus diálogos hipócritas. Pero no importaba qué hiciera, seguía deseándola desesperadamente, extrañas necesidades se removían en su estómago, recordándole las viejas emociones que había experimentado con una única mujer muchos años atrás.

—Nosotros nos encargaremos sólo de nuestra amistad. —le sonrió Bella—. Dejemos los negocios y los demás temas aburridos a nuestros representantes, mi abogado y mi asistente se encargarán de mi parte. Es más cómodo de esa manera, y más conveniente para nuestra amistad.

Aro tomó aire y agarró en sus manos la carta de la hipocresía, tal como lo hacía ella.

—Me siento un poco burlado… traicionado, tal vez. —él sonrió y Bella sintió un escalofrío recorrerle la espalda—. Mi intención era ayudarte, hacerte un favor, tu talento es innegable, quería darte el apoyo que necesitas.

—Y lo sigue haciendo señor Vulturi, sé perfectamente que conseguir la atención de Elitte no es cosa sencilla —objetó Bella—. Y me sentiría tremendamente decepcionada sí en verdad cree que lo he traicionado… o burlado.

—Me has tomado por sorpresa —repuso Aro levantándose y caminando hasta el minibar—. No lo esperaba, eso es todo, pero estoy seguro que podremos superar este inconveniente, mañana mismo te haré llegar el papeleo y la cuenta de cobro.

—Gracias, no sabe cuánto valoro su comprensión.

—Me imagino —agregó él con su voz profunda—. ¿Qué te parece sí celebramos esta nueva etapa?

— ¿A qué se refiere?

—Bueno —habló Aro con la voz baja y suave—, ahora hacemos negocios… oficialmente.

Bella se removió nerviosa.

—Siempre lo hemos hecho.

—Antes era sólo amistad, ahora todo lo pondremos por escrito.

—Así es —acordó ella con vacilación, sin saber por qué aquellas palabras las sentía tan parecidas a una amenaza.

—Cenemos juntos, para celebrar, ¿qué me dices?

—Discúlpeme, aceptaría encantada señor Vulturi, pero estaré ocupada todo el día —mintió y fingió revisar la agenda en su celular—. Pero bien podríamos almorzar mañana, ¿qué le parece?

—Perfecto —contestó Aro sin dejar que las emociones se filtraran en su rostro.

—Bien. —sonrió Bella al ponerse en pie—. Muchas gracias por su tiempo, debo irme ahora.

—Te acompañaré hasta el estacionamiento.

—No es necesario, señor Vulturi.

—Insisto —dijo él con simpleza, Bella no dijo nada más.

Esperaron el ascensor en silencio, en cuanto las puertas se abrieron, Aro plantó la mano abierta sobre su espalda a sólo un par de centímetros de su trasero, Bella dio dos pasos veloces y casi se pegó a la pared opuesta del elevador, él sonrió y se volvió a oprimir el botón del estacionamiento.

El ambiente entre los dos se llenó de tensión, ninguno de los dos decía nada, y mientras ella intentaba idear planes para deshacerse de él, no conseguía adivinar ni uno solo de los pensamientos de Aro. De repente se había vuelto un hombre completamente ilegible para ella.

Súbitamente, Matthew Bellamy lo había inundado todo con su voz: You won't get much closer, till you sacrifice it all…

Sacó el celular de su bolso y atendió la llamada, sabía perfectamente de quién se trataba.

—Hola.

Hola —respondió Edward con su rico acento—. ¿Todo bien?

—Claro que sí.

¿Aún estás en Elitte? ¿Con Vulturi?

—Efectivamente —contestó incomodándolos a los dos con una inusual actitud distante—. Pero prácticamente me he deshecho de ese proveedor, después de todo nunca me gustaron sus telas, y definitivamente no me gustaba que intentara controlar tantas decisiones en el proyecto, detesto que intenten controlarme y monitorear mis decisiones creativas.

Estoy confundido —bromeó Edward—. Pero adivino que prácticamente has terminado tu reunión con Vulturi, y que te encabrona qué te esté llamando a preguntártelo.

—Que talentoso eres, no has podido decirlo mejor.

La risa de Edward resonó al otro lado de la línea, y ella no pudo reprimir su propia sonrisa, pero la mirada extrañada de Aro le recordó en donde se encontraba.

—Debo dejarte, tengo mucho por hacer hoy, pero te llamaré en un rato.

Está bien, espero tu llamada —le dijo Edward—. Yo también tengo mucho trabajo, ya quiero un poco de alivio, y dado que tus caricias obran milagros en mí, deberías pasar la noche conmigo, nos aliviaremos el uno al otro.

—Eso suena perfecto, lo pondré en mi agenda en cuanto llegue a la tienda.

Eso espero… hasta esta noche.

Colgó la llamada y guardó de nuevo el celular, y las puertas del ascensor se abrieron al frío sótano.

—Señor Vulturi, muchísimas gracias por su ayuda —le dijo extendiéndole la mano.

—De nada —habló Vulturi al tomarle la mano, más con una caricia que con un apretón—. Mañana paso por ti a tu tienda, ¿once y media te parece bien?

En realidad no, pero parecía que nada podía hacer.

—Once y media está muy bien.


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