'hola ke tal? espero ke tod suuper jeje aki les dejo el new cap sorry x la tarrdanza

recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 25

Una vez que el cuerpo se les enfrió no tardaron mucho ene sentir el ambiente glacial de la habitación. Emmett fue el primero en recuperar las mantas que habían empujado a un costado. Rosalie se dejó cubrir sin decir nada.

Estaba totalmente desconcertada por lo que acababa de hacer. Fue peor aún cuando cayó en la cuenta de que no había pensado en Royce ni una sola vez. Ni una sola vez se le había ocurrido que le estaba siendo infiel, dominada por esas malditas sensaciones que no le permitían ocuparse de nada, salvo de satisfacerlas.

Nunca había sospechado que las pasiones pudieran ser tan poderosas, tan abrasadoras, y habría preferido seguir ignorándolo. También habría querido culpar de algún modo a Emmett, pero no podía. Él se dedicaba a seducir mujeres. Al parecer era su única ocupación y ella lo sabía. En cuanto a su irresistible encanto, no era algo que él hubiera buscado personalmente, sino un don de Dios.

La culpa era de ella, sólo de ella. Se había resistido a la seducción por tanto tiempo como pudo, pero acabó por ceder y lo disfrutó. Ese goce... No pensaría en eso. Las sensaciones agradables no tenían nada que hacer junto al asco que se daba. Pero, ¡oh, Dios, qué grato había sido eso! Más que grato, demasiado.

Considerando que era su primera experiencia en ese sentido, Rosalie debía reconocer que había tenido la mejor, mucho más de lo que hubiera imaginado. Pero si no hubiera sido tan estupendo, en ese momento no se habría sentido tan mal.

Emmett no podía dejar de pensar en lo mismo, y con razón, porque nunca había experimentado nada similar. Además de haber roto todos los récords por la celeridad de sus primer orgasmo, el segundo no permitía ninguna comparación. Pero esa primera vez... ¿Cuándo le había ocurrido terminar con una sola estocada? Más aún, ¿cuándo había sentido algo tan potente?

Lo que aún le parecía increíble era que las cosas no acabaron ahí. Mientras yacía sobre ella, tratando de recobrarse y de entender lo que acababa de ocurrir, había sucedido otra vez, sin esfuerzo alguno de su parte, sin previo aviso, meramente porque aún estaba sepultado en aquella vaina apretada y caliente. No, no podía ser meramente por eso, algo demasiado vulgar para guardar alguna relación con lo ocurrido. Debía de ser por esa barrera vaginal que tanto lo había estimulado. En su vasta experiencia sexual, era lo único que siempre se había denegado.

Y allí había otra rareza. ¿Cómo no pudo darse cuenta? Era muy fácil reconocer a las vírgenes. Tenían características muy propias. Rosalie era demasiado audaz, demasiado franca, demasiado apasionada en sus emociones. Y en su modo de besar no había nada siquiera remotamente virginal. No presentaba ninguna de las señales típicas. Emmett se sentía... engañado, burlado, tan crédulo como un muchachito de dieciséis años.

Al mismo tiempo experimentaba otra sensación tan primitiva que no podía siquiera analizarla. Y no tenía sentido, desde luego. ¡Como si pudiera importarle que ningún otro hombre hubiera estado antes allí! Nunca había dado importancia a eso. Lo que valía era el placer.

Con pensamientos tan turbulentos a ambos lados de la cama, la tensión imperante en el cuarto iba en rápido aumento. Emmett sentía la necesidad de quejarse por el regalo recibido y que habría rechazado si se le hubiera ofrecido la posibilidad; al menos, eso quería creer. Y Rosalie estaba segura de no poder conciliar el sueño mientras no hubiera asegurado a Emmett que, pese a haber hecho el amor, nada cambiaba entre ellos; al menos, eso quería creer.

Para ella, la manera más fácil fue decírselo:

–Lo que te dije una vez, que esto sellaba tu destino... olvídalo.

Por la rapidez con que él se incorporó fue obvio que había estado a punto de hacer alguna declaración provocativa. Para Rosalie fue un alivio saber que le había ganado de mano. Para él no.

–¿También debo olvidar que eras virgen?–Acusó él.

–Sí.

Los más imposible que él hubiera escuchado en su vida.

–¿Por qué diablos no me lo dijiste, Rosalie? Pese a lo que puedas pensar de mí, no tengo por costumbre acostarme con vírgenes. En realidad, nunca lo he hecho y no me gusta que hayas sido la primera.

Esa declaración sonó tan indignada que ella estuvo a punto de echarse a reír. Como cualidad redentora le parecía minúscula, aunque habría preferido que él no la tuviera. ¿Por qué demonios tenía que preocuparse?

–¿Qué por qué no te lo dije? ¿Era necesario?–Contraatacó–. ¿Qué te hizo suponer lo contrario, si soy soltera idiota?

–Pero eres rusa–objetó él, sin pensar. De inmediato comprendió su error: eso era un insulto por el que merecía que lo mataran a balazos, y se apresuró a corregir sus palabras–. Es decir... Conozco la corte rusa y he podido ver, personalmente, lo promiscuas que sois las damas, incluidas las solteras. Si allí había alguna virgen, la mantenían bien encubierta.

–O te la escondían por motivos más que obvios–replicó ella, seca.

Rosalie habría querido sentirse más ofendida, pero en realidad había estado en esa misma corte y conocía el licencioso hastío de algunos aristócratas. Eran gente como él. Emmett debía de haberse sentido allí como en su casa. Con la misma sequedad, agregó:

–Naturalmente, siendo yo tan parecida a esas cortesanas que conociste, ¿qué otra cosa podías pensar?

Pese a lo escaso de la luz, vio que a él se le encendían las mejillas al comprender su error. Era tan obvio que hasta el más idiota lo habría detectado. Aunque ella tuviera un título nobiliario, ¿cuándo se había comportado como un aristócrata? ¿En qué se parecía a ellas?

Pero él no se disculpó. Eso la hubiera asombrado.

–Creo recordar que tuviste oportunidad de corregir esa impresión–dijo.

Ella recordó esa oportunidad: Emmett le había preguntado qué podía importarle un amante más, puesto que ya tenía tantos. Y recordó también por qué no lo había corregido. Impresiones. Quería causarle malas impresiones y esa era una más para agregar a la lista. Pero que se lo echara en cara... Desde luego, no debía permitirle pensar que, si en eso se había equivocado, todas sus otras ideas podían ser erróneas. Por lo tanto dijo, con indiferencia:

–¿A qué tomarse la molestia de corregirte? Poco me importa lo que pienses de mí.–Y para mayor seguridad, mintió para devolver la culpa al bando opuesto–. Además, supuse que no hablabas en serio; eso de que yo tuviera amantes sonaba muy tonto.

Era como decir que nadie podía ser tan estúpido. Y así se sentía Emmett, exactamente. La había etiquetado antes de conocerla y después olvidó cambiar esa opinión. Claro que ahora la etiqueta concordaba, gracias a él. Y eso seguía sin gustarle.

Rosalie, sin darle mucha oportunidad de expresar su disgusto, continuó con el ataque:

–A propósito, McCarty, quería preguntarte... ¿A qué te dedicas, además de seducir mujeres?

¿Por qué no lo complacía haber logrado inspirarle tan mala impresión? ¿Por qué sentía el impulso de defenderse? No lo haría. Utilizaría la lógica de la propia Rosalie. Al fin y al cabo, poco le importaba lo que pensara de él.

–A compartir el lecho de las que me invitan sin que yo lo solicite. ¿Te molestaría explicar por qué me invitaste tú?

–No fue por lo que piensas, presumido–le espetó ella.

El hecho de que recurriera a epítetos parecía una buena señal, aunque eso de 'presumido' lo resintió como el 'pavo real' de Alice. Pero si ella no tenía respuestas que quisiera dar, él tenía las suyas y no dejaría de expresarlas.

–¿Y bien?–Insistió.

–Sabes perfectamente por qué, así que no busques motivos ulteriores. No hubo ninguno.

–¿Ah, no?

Alexandra le echó una mirada fulminante, pero de inmediato se encogió de hombros con un suspiro.

–Trataba de ahorrarte el motivo, pero ya que lo quieres, te lo diré con mucho placer. Un frío como este no es algo que se pueda tomar a la ligera. Hay gente que ha muerto por exposición a temperaturas como las de hoy. Y lo siento, pero no me pareces un individuo curtido. Tu cuerpo parece bastante fuerte, pero los elegantes de la corte estáis demasiado acostumbrados a los lujos y las atenciones de los sirvientes. Quiero deshacerme de ti, pero no al precio de tu muerte.

No era eso lo que él esperaba oír. Lo enfureció esa excusa, porque sonaba demasiado legítima como para no ser verdad. ¿Un elegante acostumbrado a lujos y atenciones? Rosalie lo había dicho ya más veces de las que él podía soportar.

–Debí dejar que se apoderaran de ti–gruñó, levantándose para acercarse al horno, donde había puesto su ropa a secar–. No sé por qué no lo hice.

Rosalie se incorporó. Al ver aquellas piernas largas, aquellas firmes nalgas que desaparecían bajo los pantalones, perdió el aliento por un instante. Y el verse afectada de ese modo después de lo que había sucedido la irritó como nunca. Por eso el disgusto de su voz era muy real, aunque dirigido contra sí misma, cuando dijo:

–No te preocupes, McCarty. Si quieres que te vea como a un héroe, no basta que te dejes atrapar por una banda de ladrones. En lo que a mí concierne, sigues siendo un libertino despreciable.

Él se volvió para dedicarle una burlona reverencia.

–Qué amable eres al decirlo.

Ella se erizó, sin poder encontrar una réplica insultante adecuada. Pero cuando él acabó de ponerse el abrigo y alargó la mano hacia las botas, Rosalie sentía ya una pizca de indeseable preocupación. Si aquel hombre seguía empeñado en dormir en el suelo...

–¿Qué estás haciendo, McCarty? Esa ropa aún no debe de estar seca.

–No importa–replicó él, calzándose trabajosamente una bota–porque me voy.

Las cejas de la mujer formaron un ángulo hacia arriba.

–¿Ah, sí? ¿Acaso sabes atravesar los muros?

–En cierto modo, sí.

Ya completamente vestido, Emmett marchó hacia la puerta a grandes pasos y, sin detenerse, la golpeó con el hombro. No ocurrió nada, por supuesto. Venía bien para bajarle los humos. Rosalie sonrió para sus adentros, muy satisfecha. Cuando estaba a punto de hacer algún comentario hiriente, él volvió a golpear la puerta con el hombro. Para disgusto de la mujer, esa vez la tabla que habían clavado por fuera cedió y la puerta quedó desvencijada. Obviamente, la madera era vieja.

–¿Por qué no lo pensaste antes?–dijo, mordaz.

–Lo siento, pero antes no estaba tan furioso.

Emmett apretó los dientes para resistir el embate del frío y salió a echar un vistazo. El salón de Latzko estaba iluminado, pero las otras edificaciones permanecían a oscuras. Al parecer, todo el mundo seguía de fiesta. Se acercó al vano de la puerta.

–¿Vienes?

–No pienso quedarme aquí con la puerta rota–aseguró ella. Iba a arrojar las mantas a un lado, pero descubrió que él la estaba mirando–. Sino te molesta...

–En realidad, me molesta. –Emmett se apoyó contra el marco de la puerta, cruzado de brazos, con una gran sonrisa–. Digamos que esta es mi recompensa por sacarte de aquí... de esta manera tan poco heroica.

Conque esa puya había dado en el blanco. Bueno, ¿qué importaba que él estuviera mirando, si ya había hecho cosas muchos peores?

–Como quieras–dijo Rosalie, con despreocupado descaro. Y fue en busca de su ropa, sin cubrirse siquiera con una manta para proteger parcialmente su pudor.

Antes de que pudiera ponerse las calzas, Emmett ya le había vuelto la espalda. Estaría agregando un nuevo punto a su lista de malas opiniones sobre ella: 'Desvergonzada por completo'. Ella se veía obligada a agregar otra cualidad redentora a su propia lista; con un poco de suerte, sería la última.

Poco tiempo después ambos avanzaban trabajosamente por la nieve. Fue fácil localizar el establo, pero se trataba de un edificio viejo, cuyos muros desvencijados no hacían nada para proteger del frío. Allí estaba el ruano de Emmett. También el caballo que Rosalie había tomado en préstamo y casi todos los ponis montañeses de la aldea. Pero no vieron allí a ninguno de los blancos.

–¿Adónde los habrán llevado?–Se preguntó ella.

Emmety aún estaba irritado por la facilidad con que su virilidad había vuelto a despertar ante el espectáculo de su cuerpo desnudo. Por eso respondió tan secamente:

–¡Qué me importa!

–No me iré sin mis caballos, McCarty–advirtió Rosalie.

–Como quieras.

–Hablo en serio–le espetó ella, sacando su cabalgadura del establo.

Emmett la siguió, apretando los dientes.

–¡Esos festejos podrían terminar en cualquier momento, maldita sea! No tenemos tiempo de buscar.

–Nadie te ha pedido ayuda.

Tenía ganas de sacudirla, pero comprendió que no serviría de nada. Y por lo terca que era, se tardaría menos en hallar los caballos que en discutir con ella.

–Está bien–cedió–. En algún sitio debe de haber un establo nuevo. Dudo de que sigan utilizando el viejo, salvo para emergencias como esta. Busquemos en los alrededores...

Pero ella ya lo había descubierto:

–Por allí, en el extremo de la aldea más alejado del punto por donde entramos.

–Era de esperar–gruñó él, mirando en esa dirección–. Bueno, démonos prisa, siquiera.

La sugerencia era innecesaria: Rosalie ya iba hacia allí sin esperarlo.

El establo nuevo estaba bien cerrado. Al hacer fuerza en las puertas descubrieron que, además, estaba cerrado por dentro, lo cual significaba que lo animales estaban bajo custodia. Adiós, esperanzas de partir sin llamar la atención. Por esa vez Emmett no se molestó en señalar a aquella tozuda que sería necesario herir a alguien para recuperar a sus caballos. Ya la conocía lo suficiente como para saber que ella sólo le diría: 'Adelante'. Golpeó con fuerza la puerta, ordenando en un tono que no se oyera sino en el sector más inmediato: –Abre.

Hubo una pausa antes de que una voz respondiera, al otro lado: –¿Quién es?

Emmett arriesgó un nombre muy común en la zona. Al parecer fue aceptado, pero no dio los resultados que ellos querían.

–¿No te has enterado?–Gritó el guardia–. Pavel me dijo que sólo le abriera a él. Y tú no eres él. Si quieres echar un vistazo a estas bellezas, tendrás que esperar a la mañana, como todo el mundo.

–Te ha tomado por uno de los aldeanos–susurró Rosalie–. Aprovecha.

Emmett pensaba que sería perder el tiempo, pero hizo un esfuerzo más.

–Te estás perdiendo los festejos–anunció–. He venido a relevarte.

Se oyó una risa sofocada.

–Buena treta, pero tengo una jarra de cerveza y órdenes que obedecer.

Esas últimas palabras fueron apenas audibles, pues el guardia se estaba alejando hacia el interior del establo.

–Haz algo–ordenó Rosalie.

–¿Qué sugerirías?

–Podrías derribar la puerta, como hiciste con la otra.

Emmett resopló.

–Ni pensarlo. Esta es madera nueva, no como la otra, y no voy a lesionarme el hombro por tus malditos caballos. Ya lo hemos intentado: ahora nos vamos. Si insistes, puedo sacarte a rastras.

–Pero...

–Tus caballos no saldrán de aquí. Además, están mucho más abrigados que nosotros. Aquí estarán por la mañana, Rosw. Ahora podemos volver al cobertizo en que nos encerraron y seguir en desventaja, o aparecer mañana con una escolta armada para recuperar tus caballos... de un modo u otro. Tú decides.

Ella se tomó su tiempo para decidir, pero finalmente dijo:

–No me gusta dejar a mis bebés con desconocidos, siquiera por una noche, pero supongo que no vendrá mal iniciar mañana las negociaciones con alguna ventaja a nuestro favor. Muy bien, vamos a reunirnos con los nuestros.

Emmett suspiró. Como el frío volvía a afectarlo, casi habría preferido que ella quisiera volver inmediatamente al cobertizo.


ke tal?

espero reviews jejeje