Antes que nada quiero pedir disculpas por tardar tanto en actualizar. Dicho esto, los personajes no son míos. Y espero que disfrutéis leyendo el siguiente capítulo.

Capítulo 25

Bajo tierra los sonidos llegan amortiguados y distantes. En cambio, los gritos llegaban a sus sensibles oídos de manera casi diáfana a través del eco de los corredores que comunicaban las diferentes galerías entre sí. La tranquilidad y el silencio de ese lugar se había visto alterado por los gritos de dolor del anciano que yacía, desde hacía días, en la cama de la sala de investigación de su señor Orochimaru. Tan sólo cesaban cuando su maestro iba a inspeccionar los avances que realizaba en el sujeto de pruebas.

La situación empezaba a cansarle e incomodarle. Admiraba la dedicación de su maestro y aún más la entrega del anciano. Mientras tanto él se había dedicado a conseguir los cuerpos que le había ordenado su maestro. La tarea de conseguir dos voluntarios de entre los prisioneros que allí se encontraban había sido fácil, con la promesa de permitirles salir de ahí casi se los había tenido que quitar de encima. En cambio, el cometido de encontrar los cuerpos en concreto que quería usar Orochimaru para el jutsu fue lo más complicado de todo eso.

Había tenido que ser extremadamente discreto para no ser descubierto, lo que casi le sucede por no prestar atención a un guardia demasiado curioso, lo que le llevó a tener que eliminarlo y deshacerse del cadáver en un río cercano. No lo lamentaba por el pobre diablo. Había cubierto sus huellas por completo y, difícilmente, se darían cuenta de que faltaban unos cuantos huesos de los cuerpos de sus respectivos mausoleos.

Se dirigió hacia el origen de los gritos, ahora tan sólo parecían un quejido lastimero. Orochimaru debía de haber parado la tortura de infundir esa sustancia en el organismo del viejo.

Cuando abrió la puerta, se sorprendió de lo que vio. Como si de un jutsu ilusorio se tratara, en la cama donde se encontraba el viejo la última vez que estuvo allí, ahora se encontraba un hombre mucho más joven, su rostro apenas mostraba las arrugas de los estragos del tiempo. El pelo estaba casi negro por completo, el tórax antes huesudo y casi hundido estaba fuerte, musculado y definido, al igual que los brazos, aunque éstos mostraban verdugones violáceos a todo lo largo provocados por la infusión de la sustancia en sus venas.

-Parece que la fórmula va dando sus resultados, os felicito, mi señor Orochimaru, -elogió Kabuto cuando entró y se acercó al lecho. –No parece el mismo que llegó aquí hace unos días.

El que fuera anciano abrió los ojos y alzó ligeramente una de sus manos atadas, tanto como le permitió la sujeción, y comprobó que lo que decía era verdad. Sus manos ya no eran huesudas y ajadas ahora eran fuertes y las sentía capaces de blandir un arma pesada.

-Estoy de acuerdo, Kabuto, -contestó Orochimaru con una sonrisa burlona, los buenos resultados lo tenían de muy buen humor desde hacía días. –Sería mejor ir buscando un nombre para llamarle, el de Anciano o Vejestorio ya no le hacen justicia.

La mirada desafiante que le lanzó desde el lecho hizo que se pensara dos veces el hacer bromas con su sujeto, lástima que no compartiera su buen humor gracias al tratamiento recibido, aunque imaginaba que tras días de sufrimiento el carácter puede agriarse.

-¿Qué te parece Eien? –Preguntó satisfecho de la sugerencia. El hombre yaciente lo meditó unos segundos, sonrió de medio lado y agregó:

-¿Eterno? –Una carcajada se formó en su garganta, aunque no la dejó salir. Asintió indicando que el nombre le era de su agrado. -¿Cuándo acabará el proceso?

-Muy pronto, Eien, te lo prometo, casi has completado el ciclo, tan sólo hay que infundir unas cuantas sesiones más para fijar los resultados y hacerlos permanentes, de lo contrario, con el uso del chakra podría consumirse muy pronto y volverías al estado anterior. Tus células implantadas ayudan bastante al proceso de fijación, -explicó Orochimaru. Mientras daba su explicación colocaba la siguiente bolsa y el líquido comenzaba a fluir hacia su interior. –Antes de sumirte de nuevo en el infierno del dolor, deberías saber que mi ayudante ha encontrado los cuerpos, y ya tenemos todo lo necesario. Estoy seguro de que se alegrarán de verte.

Una carcajada irónica salió de la boca llena de colmillos afilados de Orochimaru e, inmediatamente, los gritos contenidos de Eien empezaron a tratar de escapar de entre los suyos.

En otro lugar alejado, en completa soledad, el enmascarado se paseaba por el lugar donde una vez había vuelto a ser feliz. Si se concentraba, en medio de todo ese silencio, podía escuchar a Deidara gritando amenazas sobre hacerla explotar en mil pedazos y a ella gritándole aún más amenazas de vuelta sin amedrentarse ni siquiera un poco. Podía recordar el tintineo de las monedas de Kakuzu recontando sus ganancias del día y a ella tratando de birlar alguna moneda en un descuido, le gustaba arriesgar. El recuerdo de los gruñidos de Kisame asustándola con su aspecto cuando era una cría le hizo sonreír bajo la máscara. Borró la sonrisa cuando recordó la afinidad entre ella e Itachi, forjada durante los entrenamientos de ninjutsu y genjutsu, nunca supo del infierno por el que la hizo pasar, pero ella nunca se quejó ni le guardó rencor, sino más bien una cierta admiración que rozaba la devoción. Por no hablar de la cercanía que sentía con Nagato y su mutuo interés en todos esos aparatos tecnológicos que ambos parecían manejar a la perfección, el hecho de que ese saco de huesos tuviera el rinnegan en su mirada no parecía importarle ni amedrentarla a la hora de pasar horas y horas con él. El recuerdo de Nagato e Itachi con ella era lo más parecido a los celos que no había sentido desde hacía mucho tiempo. El resto de los que allí se encontraban la toleraban, cada uno a su manera, aunque no se implicaban con ella de la misma manera que ellos.

Por último, pensó en sí mismo, ¿en qué punto se encontraba él? Nunca le gritó como a Deidara. Nunca trató de robarle como a Kakuzu. Nunca la asustó como Kisame, a pesar de su inquietante máscara naranja de un solo ojo. Nunca la entrenó como Itachi. Nunca se sentó a mirar esas pantallas como lo hizo Nagato.

Él tan sólo fue quien hundió, sin saber cómo o por qué, el kunai en su vientre, aunque trató de desviarlo en el último momento de cordura, el cuchillo siguió hacia su cuerpo y se enterró en él casi sin esfuerzo. Se miró la mano enguantada con la que había cometido aquella atrocidad. La cerró con fuerza en un puño y golpeó una pared cercana para liberar la frustración que le habían traído esos recuerdos.

Sus pasos le habían llevado hasta su habitación, aún decorada con algunos toques infantiles, y el golpe había provocado que un tablón con fotografías colgadas se agitase como protesta. Cada centímetro de su superficie estaba ocupado por una imagen, tenía que reconocer que ese Deidara sabía plasmar los mejores momentos cuando no estaba intentando hacerlos explotar, pero jamás reconocería abiertamente su arte. Comenzó a repasar las imágenes una a una.

En una de ellas se podía ver a una niña de pelo negro enmarañado con las manos y la cara llenas de salsa de tomate mirando entre risueña y sorprendida hacia un lado, no esperaba que la encontrasen así.

En otra se la podía ver de pie, muy sonriente, junto a Kakuzu y mostrando un fajo enorme de billetes en la mano, fue el cobro por el primer trabajo que hizo. Más tarde recordaba que esa sonrisa desapareció y apareció una campaña de guerra despiadada por recuperar lo que era suyo, en la que incluso Nagato tuvo que mediar, al descubrir que Kakuzu se quedaría con más de la mitad de esos ingresos. Sonrió, no le hubiese gustado estar en la piel de Kakuzu aquel día.

La siguiente mostraba a la niña con unos quince años sonriendo abrazada por detrás al cuello de Itachi, que estaba sentado, mirando y sonriendo levemente a la cámara por la sorpresa del abrazo. En la fotografía podía verse sus ojos con el mangekyō sharingan rojo al igual que los ojos de ella pero por efecto del flash. Tuvo que ser la última imagen de Itachi antes de que muriera, seguramente, por ello, esa foto estaba ahí colgada en uno de los lugares privilegiados del tablón.

En el extremo del tablón se observaba otra imagen sacada a sí mismos de Deidara y la chica sacando la lengua, tintadas de azul por algo que habrían comido, en señal de burla y complicidad con el objetivo. Entre ellos, la línea que separaba la paz de la guerra era muy delgada y fácil de cruzar hacia uno u otro extremo, tan pronto discutían encarnizadamente como decidían posar juntos y sonrientes. ¿Quién entendía a esos dos?

El centro lo copaban dos imágenes algo más grandes que el resto, la de la izquierda era ella junto a su padre de cuerpo entero, ambos con el mismo atuendo de entrenamiento, ropa negra y protectores rojos en el pecho y los brazos, y la misma pose: cruzados de brazos sobre el pecho, la cadera algo girada, un mechón de pelo cubriendo uno de sus ojos, una media sonrisa de suficiencia y ese aire orgulloso, podría ser una imagen especular si no fuera por la diferencia en el color de pelo, el de ella negro azabache y el de su padre de un blanco níveo, y que cada uno portaba un arma diferente, el anciano un gombai a la espalda y ella una kama de grandes proporciones. Probablemente, Deidara les tomara esa foto antes de irse a una de las extenuantes sesiones de entrenamiento a solas que le daba ese viejo sádico a su hija, aunque, al igual que con las de Itachi, ella nunca se quejó de la intensidad a pesar de que luego volvía adolorida, magullada y agotada.

Finalmente, no estaba preparado para asimilar el impacto de la última fotografía, ¿cuándo la habían tomado? Debía ser reciente, por el aspecto de ella, de apenas unos meses atrás. La descolgó del tablón y retiró su máscara para observarla mejor. En la imagen se reconocía a sí mismo, su máscara naranja era llamativa e inconfundible. Había pasado un brazo sobre sus hombros y ella le rodeaba la cintura con ambos brazos y le daba un beso sobre la mejilla de la máscara. Precisamente, en la zona de la máscara se veía el brillo del papel algo borrado como si frotándolo pudiese borrar la máscara y ver lo que se esconde debajo de ésta.

Dobló varias veces por la mitad la fotografía y la guardó en el interior de la parte superior de su atuendo. Él también, en su niñez, casi había borrado un rostro de una fotografía imaginando que acariciaba a la persona retratada, algo que nunca pasó en la realidad. Había pasado tanto tiempo desde entonces. Había descendido a los infiernos y ardido por ella cada día de su vacía existencia y, cuando ese infierno pareció helarse y las llamas dejaron de calcinar su piel, un fuego mayor y más abrasivo le había atrapado de nuevo, el infierno de su juventud no era nada comparado con el tormento que sufría en el de ahora, como si se encontrase en medio de un poderoso Amaterasu, que le calcinaba por completo hasta los huesos y no cesaba ni disminuía su intensidad. Y en medio de todas esas llamas negras: ella, incombustible.

Volvió a colocar la máscara en su sitio y se dirigió a la enorme cama que ocupaba casi toda la estancia y se sentó en el borde, colocó los codos sobre las rodillas y apoyó la barbilla sobre sus manos en gesto pensativo. Junto a la cama había un pequeño taburete donde reposaban varios rollos a medio desenvolver, eran órdenes de trabajos pendientes que nunca se llevarían a cabo. Cogió uno de ellos dispuesto a colocarlos bien y vio debajo un pequeño libro que sobresalía con una portada algo subida de tono. ¿Qué hacía eso allí? Esas novelas eran más propias del pervertido de Hidan, no de su inocente niña, pensó.

-¿Mi inocente niña? –Se reprendió a sí mismo en voz alta por el pensamiento. Hacía tiempo que había dejado de ser una niña, nunca había sido suya, ni lo sería, por eso estaba allí con su soledad consolándose con recuerdos y, a veces, autocomplacencia.

Alejó los funestos pensamientos que empezaban a agolparse en su cabeza. Decidió abrir el librito por el marcapáginas, que no era otra cosa que el protector metálico de Itachi con el símbolo de la Hoja rayado de medio a medio, y ojearlo, gruñó al reconocerlo. Tan sólo era curiosidad, no es que le gustaran esas cosas. Tenía cosas más importantes en las que pensar que en dos amantes de una obra de ficción escrita por algún pervertido.

"recorrió su cuerpo con sus manos quitando a su paso cada prenda de ropa que parecía estorbarles. Ambos se contemplaron el uno al otro, tan sólo portando las máscaras de sus disfraces de aquella fiesta. La de ella simulaba el abanico de la cola de un pavo real, tan sólo dejaba ver sus ojos azules, sus labios y su mandíbula inferior. La de él imitaba el rostro perfecto de un dios de la Antigüedad labrado en el mármol de una escultura.

Entrelazaron sus manos por encima de la cabeza de ella, que yacía tumbada bocarriba y con la mirada viajando de los ojos a los labios de él y viceversa, a la espera de que realizara la primera aproximación de lo que prometía ser un magnífico final de fiesta.

El atrevido enmascarado se situó entre sus piernas preparado para brindarse ambos el mayor de los placeres. Volvió a mirarla y empezó a aproximarse a sus labios a la vez que se unían sus sexos. Aprovechó el suspiro que ella lanzó para introducir también su lengua en su boca…".

Cerró el libro con fuerza, y lo dejó en el mismo lugar donde lo había encontrado. Mientras leía no había imaginado unos ojos azules, ni una máscara de un dios de la Antigüedad, sino unos ojos negros y una media máscara naranja en espiral.

Inmerso en la lectura y mortificándose por su desbocada imaginación, no se había percatado de que una figura negra estaba de pie en el umbral de la puerta y mostraba esa sonrisa sardónica.

-¿Inspirándote para tu próximo sueño? –Preguntó al ver el libro que había tenido entre las manos.

-¡Lárgate, Zetsu!

-¿Y perderme el ver cómo te atormentas? –Respondió observando las mismas fotografías que él había visto. –Vaya, cuánta felicidad junta, me preguntó por qué no tendrá una mía.

La risa que precedió a esa pregunta velada quedó interrumpida cuando se vio acorralado entre la pared y el enmascarado que le sostenía por la garganta.

-Ni se te ocurra acercarte a ella, -siseó mirándole fijamente con su mangekyō sharingan activado.

-Puedes estar tranquilo, no me acercaría a una muerta, -dijo palmeándole el brazo que le sostenía sin quitar esa sonrisa. –Un auténtico desperdicio, nos habría venido bien poseer lo que tenía, pero, -hizo una pausa en su discurso y asió con fuerza el brazo que le sostenía del cuello haciendo que le soltara a base de fuerza bruta. –Tuviste que pensar en esos estúpidos sentimientos, desviaste el kunai y lo fastidiaste todo.

Ahora las tornas habían cambiado era el enmascarado el que estaba siendo sujetado con fuerza por el cuello y siendo acorralado contra la pared por la única mano de Zetsu.

-De no haberlo desviado, habría muerto en pocos minutos, pero no, ¡tú! –Dijo con énfasis. –La condenaste a una muerte lenta y a una dolorosa agonía, ese vejestorio no habría podido hacer nada para salvarla, nosotros tendríamos un as en la manga y podríamos llevar antes a cabo el plan, ¿ya no recuerdas el plan? –Preguntó acercando su cara a la máscara. Con un movimiento rápido la apartó y volvió a sujetarle por el cuello. –¿No recuerdas el dolor? ¿El odio que te llevó a desear hacer esto? ¿No recuerdas la ira que te consumía? ¿No querías poder para doblegar a aquellos que te hicieron eso?

-Ya no, -dijo escueto por la falta de aire.

-¿Ya no? ¡Haberlo pensado antes! –Gritó Zetsu contrariado mientras su mano comenzaba a fundirse con la piel del desenmascarado. –Ahora ya es tarde y no puedes echarte atrás. Ahora vamos a cumplir el plan Ojos de la Luna y tú, vas a ser un buen chico y vas a ayudarme, quieras o no.

Poco a poco notaba cómo su voluntad se desvanecía, sus músculos no respondían a sus órdenes y la conciencia de Zetsu se apoderaba de la suya propia por completo.

Al cabo de unos segundos, Zetsu se había pegado a la mitad del cuerpo que había decidido usar de huésped. Movió los hombros y el cuello para comprobar la unión y acomodarse a su nuevo cuerpo. Abrió los ojos y miró el resultado frente a un pequeño espejo que colgaba de la pared. No estaba mal, un mangekyō sharingan en su ojo derecho y un rinnegan en su ojo izquierdo, nada mal.

-Te sienta bien, -dijo otra voz más cantarina desde la misma puerta que él había cruzado unos minutos atrás. –Pero deberías mantener la máscara, te da personalidad.

-Cállate, Zetsu, -dijo a la versión blanca de sí mismo.

-Ten, pruébate esta, la he hecho especialmente para ti, -respondió tendiéndole una máscara completamente blanca, a excepción de unas líneas circulares que imitaban las propias del rinnegan y un dibujo de un tomoe en la frente que, junto con los orificios para los ojos, imitaban el del sharingan.

-Muy apropiada, -dijo el Zetsu negro volviendo a ser el enmascarado.

-Hay algo más que quiero mostrarte, acompáñame, -pidió el Zetsu blanco.

Ambos salieron de la habitación con pasos silenciosos. Se encaminaron hacia una de las escaleras que descendían hacia las entrañas del edificio. El paseo les llevaría un buen rato, tiempo que aprovecharía para acostumbrarse a moverse con ese nuevo cuerpo.