Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.
Capítulo dedicado a mi querida amiga, La Rozeta. ¡Que lo disfrutes!
Capítulo veintitrés
—Aun estas a tiempo para imponer una demanda.
—No.
—La agredió, deberías aprovechar ahora qué está al borde del precipicio —insistió el abogado.
—La decisión ya fue tomada.
—¡La agredió! —Repitió—. Pudo pasar a mayores, Sesshōmaru.
Centró su atención en Kōga, quien mostraba aquella extraña seriedad, que distaba mucho de la actitud cotidiana.
Había pasado una semana desde el altercado y, aunque la idea de meter una demanda por agresión estuvo rondando en su cabeza, había tomado la decisión de no hacerlo. Ya que, si se daba a conocer dicha información, todo podría complicarse y hacer que la gente empezara a hablar e inventar un sinfín de historias de como su esposa le era infiel con su antiguo novio.
A pesar de ello, también había tomado en consideración la opinión de Rin, que le pidió el que no procediera, exactamente por las mismas razones. Ya que no quería lidiar con especulación y comentarios malintencionados. En especial, si se trataba de una persona como Naomi Asano.
—Me aburres.
—Eres increíble, Sesshōmaru —suspiró frustrado—. Sí le hubieran hecho eso a mi mujer, lo haría sufrir hasta el último día de su miserable vida.
—Mi matrimonio no es como el tuyo —le recordó—. Debemos meditar antes de dar un paso hacia adelante, y creo que eso lo tienes presente.
—Se me olvidaba que eran un matrimonio de mentiras —habló con sarcasmo—. Háganse a la idea y actúen como los esposos que son.
—Hmm…
Kōga se cruzó de brazos y le dedicó esa meticulosa mirada, cómo un lobo que analizaba a su contrincante antes de atacar.
—Te conozco desde que éramos unos críos —empezó con su monologo—, y se cuándo algo anda mal.
La sonrisa que le regaló el pelinegro, le desagradó. Sabía muy bien que iba a empezar a ondear en temas específicamente íntimos.
—Se que tu sobriedad y la expresión de odiar a todo el mundo, es algo normal en ti. Pero últimamente siento que has sobrepasado los límites —se echó hacia atrás, tomando una pose chula—. Te veo enojado y estresado, el trabajo te consume y eso de tener a tu hermanito como tu secretario —comentó eso último peyorativamente—, no es un aliciente, sino una carga más. Ni olvidar que viven en el mismo techo.
»Sesshōmaru, amigo mío —suspiró—. ¿Cuánto tiempo llevas sin tener sexo? ¿Y cuánto tiempo crees que puedas soportar tal situación?
Rodó los ojos y volvió su atención hacia el monitor, en donde checaba algunas cifras, era mejor eso que estar escuchando la charlatanería terapéutica de ese chismoso e insufrible abogado.
—Algo me dice que, no has navegado entre los muslos de una mujer desde que el teatrito se montó —aseguró sin miramientos—. ¿Cuál fue la última mujer que te hizo liberar tanta tensión? ¿Kagura?
—Si no tienes nada más interesante que decir, lárgate —sentenció.
—Tienes a una esposa falsa, pero esposa al final de cuentas. Aparentan ser la pareja perfecta, viven juntos, se ven todos los días, se tocan, se besan e incluso duermen juntos —siguió su relato—. ¿Qué es lo que te detiene? Si el plan es que el contrato sea de por vida.
—Ese no es asunto tuyo —dijo con voz amenazante.
—Es verdad —sonrió cínicamente—. Pero como tu abogado, tengo el deber de guiarte legalmente. Y este caso lo amerita —hizo una pequeña pausa—. Por su bien mental y físico, lo mejor es que ambos cedan y se vean como lo que son. De seguir la situación de esta manera, puede llevarlos a cometer deslices que les puede costar caro.
»El descargar su estrés y necesidades físicas en un amante, es sumamente peligroso y lo sabes —habló con mucha más seriedad—. Ustedes serán el punto de mira, una que puede durar largos años, sino es que toda la vida —rió burlón—. Claro, si esta sociedad no se termina.
»No importa el país, ni la sociedad de éste, los chismes siempre están al orden del día, y el dañar al prójimo es una tarea natural del ser humano —mencionó muy seguro de sus palabras—. No arruinen lo que han conseguido, por una necesidad tan básica y que pueden complacerse entre ustedes.
Por lo general, no hubiera permitido que el abogado diera su sermón, al sacarlo de su oficina por las malas. Pero algo se lo impidió, aunque no sabía si se trataba de tomar en consideración la opinión de su representante legal o por simple curiosidad.
—Simplemente ponte a pensar en ello, amigo —sonrió lobunamente—. Es obvio que existe una atracción entre ustedes. Puede ser meramente superficial, pero es suficiente para mantener control y estabilidad de sus locas hormonas.
»Tener de amante a tu propia esposa, no es una idea loca —alzó ambas manos, como si de una balanza se tratara—. Amante, esposa, esposa, amante… Es lo mismo y con resultados gratificantes.
—¿Desde cuándo te convertiste en terapeuta matrimonial? —Enarcó la ceja izquierda altivamente—. El que seas mi abogado ya es un martirio, ahora tenerte de consejero…
—Me adoras, aunque lo niegues —rió—. Cómo ya te lo dije, sólo es un consejo como abogado… y como amigo.
Abrió la boca para refutar tales palabras, pero se quedó con la intención, al escuchar que la puerta fue abierta sin aviso alguno, algo que le hizo suponer de quien se trataba.
Rin entró como si nada a la oficina, con aquel largo cabello achocolatado totalmente lacio, con ese peculiar y marcado maquillaje que volvían a esos ojos marrones más felinos y seductores, y más antójales a esos labios en color rojo mate.
Vestida con esa blusa blanca ligeramente holgada y con un discreto escote frontal, que terminaba fajada bajo esos vaqueros a la cintura, que delineaban perfectamente la cintura, cadera y las torneadas piernas de la mujer, terminando con esos altos zapatos de plataforma negros.
Innegablemente seductora.
—¡Oh! —Los miró a ambos—. Lo siento, no sabía que estabas ocupado.
—No se preocupe, señora Tukusama. Yo ya estaba por retirarme.
Kōga ya estaba al costado de la redactora, regalándole esa petulante sonrisa y con ese aire de galán que tenía totalmente prohibido, por las amenazas de Ayame.
—Aprovechando esta hermosa casualidad —siguió hablando el abogado—. Mi esposa ha tenido en la mente el que vengan a nuestra casa a comer, ella tiene mucho interés en tratarla más, mi señora.
—Sería un placer, que ella ponga la fecha y nosotros estaremos ahí —sonrió ampliamente.
—Me agrada —sonrió descaradamente—. La palabra de ley siempre debe ser de las damas.
—¡Oh! —Viró a verlo—. Dudo mucho que me niegue el amistarme con la esposa de su mejor amigo… —volvió su vista a Kōga—. Sesshōmaru me consiente en demasía, así que…
—Ya veo —Le miró de reojo, de esa manera burlona y tan única de Kōga—. Me alegra que ambos se entiendan.
—No tengo quejas, Sesshōmaru es todo un caballero —aseguró.
—Tendrá que demostrármelo con pruebas, porque lo dudo —ambos rieron—. Es mejor que me retire, fue un placer verla señora Tukusama.
—El placer es mío, señor Miyamoto.
—Nos vemos, Sesshōmaru.
—Hmm…
Kōga salió de la oficina, dejándolo a solas con la mujer que ya le regalaba esa curiosa y provocadora mirada.
—Realmente espero no haber interrumpido algo importante.
—¿Qué hace aquí? —Prefirió desviar el tema.
Rin dejó su bolso sobre una de las sillas y caminó hacia él, recargándose en el escritorio como era su costumbre.
—Ahorrarle el trabajo —sonrió ampliamente—. Tuve que hacer unas diligencias por esta área, y preferí venir hacia usted y evitarle la pena de gastar gasolina para ir a buscarme al trabajo.
—¿Diligencias?
—Trabajo —torció la boca—. Y veo que usted también lo tiene.
—Nada que impida la dichosa comida.
—¡Huy! —Rió—. ¿Tanto desea ver a su madre? —Cuestionó irónica.
—Supongo que usted si desea ver a su padre.
—Sí, tengo semanas sin verlo —suspiró melancólica.
—Hmm…
—¿Qué pasa? —Se inclinó hacia él.
—No entiendo a qué viene esa pregunta.
—Se ve molesto… —Alzó la ceja—… no, más bien fastidiado.
—Imaginación suya.
—Lo dudo —le regaló una sonrisa traviesa—. He aprendido a conocer sus estados.
—No creo.
—Sesshōmaru, no sabe lo observadora que puedo llegar a ser —alzó los hombros—. Pero entiendo si no quiere decirlo, no voy a presionarlo. No quiero que su ira caiga sobre de mí.
—Hmm…
—Pero si le soy sincera —los ojos marrones se volvieron a posar en él—, yo si admito estar a mi limite.
—Tuvo un mes de vacaciones, así que no entiendo su queja.
—¿En serio? —Rió—. ¿Ingenuidad o negación?
Cerró todos los programas que tenía abiertos y se dispuso en apagar el ordenador, sin apartar su atención de la castaña.
—¿A qué viene esa información? —Preguntó cauteloso—. ¿Desde cuándo me convirtió en el confidente de su vida sexual?
—No lo sé —rió—, supongo que es por empatía. Con eso que se encuentra en la misma situación que yo.
—¿Qué le hace creer tal cosa?
—Su mal genio —dijo sin tapujos—, y su negación a buscar alguna amante o prostituta que le saque de su mala racha. Cuida tan bien su vida, que cualquier error podría costarle caro.
—¿Y qué hay de usted?
No era alguien que gustase saber de la vida sexual de nadie, pero la redactora tenía algo que lograba que esa charla se disfrutara.
Tenía claro que no era la primera, ni la última mujer que gustase hablar de sexo con tanta libertad y alegría. Pero por alguna extraña razón, ella lograba llamar su atención sobre el tema.
—No suelo cuidarme muy bien esos aspectos, sería muy fácil que descubrieran mi infidelidad —suspiró—. Es frustrante, y mis «amigos» ya no me complacen como antes…
—Hmm…
Rin se soltó a reír repentinamente, de una manera tan suave y agradable, como cuando estaba con sus amigos o André.
Esa era la primera vez que se la regalaba a él.
—¿Qué? —Le miró ceñudo.
—Debe pensar que soy una ninfómana.
—Yo no he pensado nada —se levantó de su asiento y cogió su saco, colocándoselo rápidamente—. No soy quien para juzgarla.
—¡Vaya, que comprensivo! —Dijo con tono burlón.
Tomó camino hacia la salida y al llegar a la puerta se detuvo para mirar a su compañera, que no había apartado su atención de él.
—Es hora de irnos.
Rin sólo asintió al coger su bolso y llegar hasta él, dando paso hacia la salida del despacho.
~O~
La noche ya estaba presente en la ciudad y ellos ya se encontraban en casa, aunque faltaba Rin, algo que le parecía sumamente extraño.
—Es raro que tarde tanto —habló Inuyasha—. Siempre llega primero que nosotros.
—Hmm… —Miró la hora en el celular y torció la boca.
—Se nota que te preocupa tu mujer —comentó sarcástico—. Recuerda que ella no tiene auto.
—Cierra la boca, y no te metas en asuntos que no te acontecen, bestia.
—¡Keh! —Gruñó entre dientes, mientras se disponía a beber un vaso con agua.
En eso las puertas se abrieron, dejando ver a la última persona que faltaba.
—¡Ya estoy en casa! —Se anunció con una gran sonrisa dibujada en su rostro.
—Vaya, esa vejez te hace cada vez más lenta —despotricó el menor.
—¿Qué manera es esa de recibir a tu hermana mayor? —Preguntó con el ceño fruncido.
—¡Qué no eres mi hermana! —Gritó molesto.
—Eres un niño —suspiró—. Ese temperamento tuyo te va a meter en muchos problemas, Inuyasha.
—¡Keh! —Inuyasha se giró hacia el lado contrario.
—Hola —le saludó al acercarse a él y darle un corto beso.
—Debió llamarme, ya es tarde.
—Me trajo Kohaku —le informó.
—Hmm…
—Veo que sigue con el trabajo —viró hacia Inuyasha—. ¿No debería su asistente ayudarle con ello?
—¡Hey! —Se volvió hacia ellos, nuevamente enojado—. Yo ya cumplí con mis horas de trabajo.
—Ya lo veo —sonrió—. Pero te veo muy arreglado, ¿a dónde vas?
—Saldré con mis amigos.
—Oh… —sonrió maliciosamente—. ¿Y ya le pediste permiso a tu hermano?
—¡Keh! —Gruñó y su rostro se puso rojo.
—¿En serió le pediste permiso? —Rin trataba de no reír.
—Tengo reglas que acatar… —le recordó.
—Qué lindo eres Inuyasha —sonrió dulcemente—. Y que buen hermano eres, Sesshōmaru.
—Hmm…
—Mejor ya cállate, y coge esto.
Rin avanzó hasta la barra en dónde estaba Inuyasha, para recibir lo que el chico sostenía en las manos.
—Ten.
—¡Oh! —cogió un pequeño frasco con un listón plateado como adorno—. ¡Son cerezas en almíbar! —Exclamó contenta—. ¿A qué se debe el regalo?
—Pues las vi en una tienda y sé que te gustas las cerezas…
—¡Eres un amor! —Lo abrazó y le dio un fuerte beso en la mejilla.
—¡Oye! —Gritó avergonzado—. ¿Qué demonios haces? ¡Suéltame!
Vio de reojo la escena, percatándose de la actitud infantil y avergonzada de su hermano, y lo empalagosa que podía llegar ser la mujer cuando se lo proponía.
—Eres un fastidio —dijo el menor, al zafarse del agarre de la mujer—. Ya me voy.
—¡Qué te diviertas! —Expresó Rin.
—Sí, sí… —masculló entre dientes.
Tan rápido como las puertas del ascensor se abrieron, fue como desapareció el menor de su vista, quedando solamente ellos en el departamento. Esa era la primera vez, desde que Inuyasha empezó a vivir con ellos.
—No pensé que Inu fuera tan detallista —comentó contenta, mientras observaba tontamente el frasco—. Ni mucho menos que supiera que amo las cerezas.
Prefirió ignorar las palabras de la mujer y concentrarse en lo suyo. Aunque la sola idea de que su hermano tuviera ese «detalle» con su esposa, no le había agradado en absoluto.
—¿Hay alguna fruta que le fascine? —Preguntó, al momento en que se recargó en el escritorio y abría el frasco—. ¿O alguna otra comida que le de placer a su paladar?
—Vaya abrir eso a otra parte —advirtió.
Rin viró su atención hacia los papeles que tenía en el escritorio, los cuales eran importantes y que no podían mancharse o arrugarse de ninguna manera.
—¿Me cree tan torpe?
—Prefiero prevenir.
—A veces es tan cruel —masculló molesta.
—Lo escucho a menudo.
—No lo dudo ni un poco.
Quitó la tapa y sacó la primera viscosa y rojiza cereza, la cual la mujer miró como si fuera la cosa más maravillosa del mundo.
Su vista no pudo apartarse de su esposa, al ver como llevaba la pequeña frutilla a la boca, de una manera tan sugerente, que logró que su cuerpo se tensara ante la sublime visión que le estaba regalando.
—¡Dios! —Exclamó excitada—. ¡Están deliciosas!
Siguió cada movimiento que la mujer le ofrecía, desde los gestos de su cara, de ese pecho que se alzaba y descendía al compás de la suave respiración, y de esos dedos que habían pescado una nueva cereza, con toda la intención de llevarla a su paladar.
Degustó de la fruta con tanto detalle que le hizo tragar en seco, en especial al ver como limpiaba la comisura de sus labios con el dedo, para luego lamer el espeso líquido sin desperdiciar ni un sólo gramo.
Rin clavó su afilada mirada sorbe de él, mostrándole aquel brillo que detonaba esa particular actitud juguetona y sensual.
—Pero que descortés soy —mencionó «angustiada»—. Ni siquiera le he ofrecido una probada —sonrió provocativamente—. ¿Gusta? Le aseguro que están para morirse del placer.
—Trabajo —esa fue su respuesta.
La castaña volvió a ver todos los papeles sobre el escritorio, al igual el bolígrafo que estaba posado sobre unas cuantas hojas, que demostraban que estaba ocupando sus manos, y llenarse del pegajoso líquido no era precisamente una buena idea.
—Ya veo —los ojos marrones volvieron a posarse en él—. Entonces hay que ayudarle con ello.
La mujer posó el frasco en una de las esquinas del escritorio, alejándolo de cualquier contacto con los documentos que estaban sobre la tabla. En seguida se incorporó y cogió una de las cerezas con su pulgar e índice, llevándolo hacia su propia boca.
Y sin ningún tipo de vergüenza o miedo, tomó asiento sobre su regazo, lo suficientemente cerca para que sus torsos se rozaran completamente.
Lo cogió del rostro con su mano, orillándolo a enfrentarla y ver aquella gloriosa imagen que le regalaba con tanta sugerencia.
Ahí estaba su esposa, mirándolo de esa manera felina, mientras la cereza que sostenía suavemente con los labios empezaba a derramar el almíbar, descendiendo lentamente hasta llegar a la barbilla.
La cogió firmemente de la cadera, atrayéndola aún más —si es que eso era posible— y terminando con la poca distancia entre sus rostros.
Acercó sus labios a la pequeña gota que estaba a punto de caer, cogiéndola con la punta de su lengua, sintiendo rápidamente el sabor de la cereza y el azúcar.
No gustaba de las cosas dulces, pero ese momento sabía que valía la pena el degustar de ese manjar que le regalaba esa pequeña fruta, y eso eran los labios de la mujer que estaba encima de él.
Lamió lentamente el líquido desde la barbilla hasta la comisura de los labios bañados de rojo mate, mientras la castaña se mantenía relajada y observándolo detenidamente, hasta que sus labios entraron en contacto, y con ello también sus miradas.
Sintió la textura de la cereza con su lengua, pero la realidad es que la fruta que había empezado todo, poco le importaba. Simplemente se dispuso a poseer esos carnosos labios, acción que aceptó gustosamente su esposa.
La pequeña y redonda fruta había pasado rápidamente a la historia, al momento en que la dividieron en dos, dejando el libre acceso a sus bocas, entregándose besos llenos de ansiedad, necesidad y deseo.
A tal grado de olvidarlo todo, la gente, los problemas, las rencillas, su sociedad, la farsa. Lo único que existía en ese momento, era el contacto voraz de sus bocas y la libido que ambos habían reprimido durante meses.
Sintió las delgadas y finas manos recorrer su pecho sobre el chaleco, subiendo hasta su cuello y perderse entre las hebras de su cabello; mientras él se deleitó en recorrer el contorno de la figura femenina. Desde las nalgas y cadera, subiendo hacia la estrecha cintura y terminando en la larga melena achocolatada que cubría la espalda de Rin.
Entre cada beso la respiración fue acelerándose y el consumo del aire se volvía cada vez más escaso.
Sintió el ardor de sus manos al no poder tocar más allá que las estorbosas ropas, haciendo la experiencia más frustrante ante la necesidad.
Ese embriagante sabor de sus salivas al mezclarse, ante el constante contacto de sus lenguas. Le recordó lo mucho que deseaba a esa mujer, más que a ninguna otra que haya tenido bajo su posesión.
Posesión.
Esa sensación tan conocida y extrañamente tan ajena a él, porque era una persona que recelaba absolutamente todo lo que tenía y ni hablar de su vida privada. Sin embargo, jamás había sido posesivo con una persona, ya que nunca había encontrado a alguien que activara ese sentimiento tan complicado, pero a la vez tan primitivo.
Rin se apartó lentamente de él, viendo como un ligero hilo de saliva era lo que los mantuvo unidos por unos segundos hasta que se extinguió.
—Nunca me decepciona, Sesshōmaru —dijo con un tono aterciopelado, mientras le terminaba de quitar la corbata—. Pero me pregunto si es tan complaciente en la cama, como los besos que da.
La miró detenidamente, desde los llameantes ojos marrones, la pequeña nariz que aleteaba con cada respiración dada y esos labios que se veía mucho más carnosos y seductores.
—Eso depende de usted, Rin.
—¿A sí? —Sonrió coquetamente—. Es decir que…
—No estoy para juegos —la interrumpió de golpe—, así que sea directa. Ya no vale la pena esconder lo que es evidente.
No sabía si había sido algún efecto de luz, o quizás su embriagada imaginación la que se percató de ese peculiar brillo en los vivaces ojos de la mujer, después de haber sido sincero ante algo que ya no podían estar escondiendo, ni mucho menos posponiendo.
En esos instantes, podía sentir que su sangre ardía y como su pene comenzaba a ponerse cada vez más duro, en especial al tener a la castaña sentada de esa manera sobre de él.
—Tiene razón —enredó la corbata en la mano—, ya no tiene caso el seguir posponiendo lo inevitable. La curiosidad y la necesidad me ha sobrepasado —sonrió ladinamente—. Pero no seré yo la que decida esto.
Rin se levantó de su regazo y se apartó de él tan rápido como pudo, para volver a coger el frasco de cerezas, que fue cerrado en cuestión de segundos.
—Cinco minutos son suficientes —sentenció—. No me molestaré si decide declinar al último minuto. No soy una mujer resentida —rió.
Sin más que decir, la redactora caminó hacia la parte superior del penthouse, dejándolo ahí, con la última palabra que definiría esa insoportable sensación que, habían pospuesto por uno motivo u otro.
Siempre se había caracterizado por controlar cada aspecto de su vida, incluso el sexual, pero en esos momentos, le estaba importando un comino. A pesar de que prácticamente era cederle el control absoluto a esa manipuladora mujer que tenía como esposa.
Se levantó de la silla y sin darle importancia a su trabajo, se dirigió por el camino que la castaña había trazado para él.
Marchó hacia su destino con calma, no tenía ninguna necesidad de mostrarse ansioso o necesitado, jamás había sido su estilo, y esa noche no sería la excepción a la regla.
Al ingresar a la habitación, se encontró con las luces principales encendidas, con la amplia vista que le ofrecía la gran ventana y ese exquisito aroma agridulce tan particular de Rin, pero no había rastro de ella al menos ante su vista frontal.
Rin lo abrazó desde atrás y, gracias a los altos tacones que la mujer llevaba puestos, fue capaz de acomodar perfectamente la barbilla sobre su hombro, para regalarle una visión de soslayo, mientras los delgados brazos ya lo tenían aprisionado en un abrazo y como las finas manos empezaban a jugar con los botones del chaleco negro.
—Debo admitir que me siento halagada —musitó—, realmente sentía un poco de angustia ante un posible rechazo.
—Dijo que no se molestaría ante esa decisión.
—Sí —afirmó con una sonrisa—. Pero eso no quita el que hiera mi orgullo.
Las agiles manos le quitaron definitivamente el chaleco, el cual fue despedido en un lugar incierto, ya que su atención estaba en la mujer que seguía detrás de él.
En esos instantes podía sentir como chocaba en su cuello el cálido aliento de la mujer, al igual que esos senos que se presionaban contra su espalda, haciéndolo consciente de la calmada respiración y a las curiosas manos que recorrían su torso sobre la camisa que aún le cubría, y la cual estaba seguro estaba a nada de ser desabrochada.
—Sabe…
Uno…dos botones.
—Su seguridad es apabullante —musitó sobre su oreja.
Tres…cuatro…cinco botones.
—Tengo entendido que es un hombre dominante —los delgados y finos dedos empezaron a recorrer su abdomen paulatinamente—. Pero está muy tranquilo, ¿por qué?
—Dudo que se deje someter, Rin.
—Más que sexo, es un juego de poderío.
—Lo tengo presente.
—Pero no le veo con intenciones de pelear.
—El orden no afectara el resultado…
Terminó con la camisa, al instante en que desabrocho los botones de los puños, dejándolo expuesto a los ojos marrones y las traviesas manos.
—Espero que sus palabras sean ciertas, Sesshōmaru…
Rin se apartó de él, para enseguida cogerlo de la mano y hacerlo avanzar hacia la dirección de la cama, en donde se detuvieron.
Las femeninas manos se posaron sobre sus hombros y lo orillaron a tomar asiento en la cama, permitiéndole observar a la mujer en todo su esplendor. Desde las finas líneas, hasta las que marcaban sus áreas sexualmente atractivas.
—También puede tomarlo como un «pago» de mi parte —musitó sobre su oído, mientras los delgados dedos empezaban a descender de su cuello, clavícula y pectorales—. Creo que es una buena manera de saldar una cuenta, ¿no lo cree?
—¿Por cuál de todos los favores que me debe? —Cuestionó intrigado.
—Hmm…por el que mejor le plazca —ronroneó divertida.
Él pretendía el insistir para sacarse la duda de encima, pero esa idea se borró tan rápido como ella atrapó con los dientes el lóbulo de su oreja.
Rin empezó a descender lentamente, dejando un recorrido de besos, lamidas y uno que otro mordisco, mientras él sólo se limitaba en apreciar las atenciones lascivas de la mujer.
En cualquier otro caso, hubiera dominado la situación desde el principio, sometiéndola a recibir por completo sus atenciones y el placer que le provocaría con cada acción que realizara. Pero en esos momentos su curiosidad era más grande, tenía esa molesta ansiedad de verla actuar a su ritmo y manera.
No pretendía dejarle el control por mucho tiempo, pero si lo necesario para ver lo veras y atrevida que podía ser.
Quería comprobar que esa cara de inocencia sólo era eso, una simple careta. Una virtud que la vida le dio, para que la utilizarla a su antojo y conveniencia.
Deseaba con fervor ver lo corrompida que estaba, y qué no sólo era una niña que jugaba a ser peligrosa.
Un repentino golpe eléctrico cruzó por su espina dorsal, al instante en que ella atrapó con los dientes uno de sus pezones, mientras el otro era rozado con la yema del dedo pulgar.
—¿Lo lastime? —Susurró sobre su pezón.
—No.
—No suelen jugar con usted, ¿verdad? —Cuestionó, mientras los grandes ojos le miraban fijamente.
—Soy un controlador —dijo sin tapujos.
—Lo sé —aseguró con una encantadora risa—. Pero a mí me gusta dar cariño —comentó con tono sórdido, para enseguida lamer su pezón de una manera tan suave y erótica—. No soy una mujer egoísta.
Guardó sus comentarios, dejando que la mujer hiciera lo que le viniera en gana, al menos por el momento.
Vio como una de las manos descendió sutilmente hacia su pantalón, para después ser seguida por la otra, mientras los labios de la castaña se perdían en su abdomen.
Su miembro se tensó al sentir la suave presión que provoco una de las manos, que si pudor alguno comenzó a acariciarlo aún sobre las capas de tela que le cubrían. No sabía cómo tomar aquella reacción, si era por el tiempo que paso sin que una mujer lo tocara o era precisamente porque quien se tomaba esa libertad era Rin.
—Me siento halagada.
Su atención se centró nuevamente al rostro de la mujer, que estaba al nivel de su entrepierna, al momento en que se arrodillo ante él.
—Parece que este «amiguito» desea conocerme —comentó con un tono dulzón.
—¿Planea hablar por cada acción que realice? —Espetó con tono arisco, a pesar de que su respiración empezaba a tomar un ritmo acelerado.
—No sea tan amargado y déjeme jugar un rato —dijo entre una amplia sonrisa—. Soy una niña inquieta y muy curiosa, Sesshōmaru.
En ese instante la mujer desabrochó el cinturón, para enseguida pasar con el botón y el cierre del pantalón.
Rin se mordió el labio inferior de manera sugerente, mientras sus ojos achocolatados estaban perdidos en su creciente pene, que permanecía debajo del bóxer. Pero eso no fue impedimento para que su compañera siguiera con su juego.
Ella acarició su miembro de manera suave y tortuosa, y aunque el contacto no era completo, no podía negar que era sumamente agradable. En especial, al sentir la seguridad de esos dedos al tocar su falo, demostrándole que en verdad no era ninguna principiante, ni mucho menos una mojigata.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que podía gozar de una vista como esa?
La verdad es que la respuesta no tenía sentido ahora, teniendo aquellos labios besando su sexo sobre la elástica tela negra, logrando que su pulso se acelerara y se calentara aún más.
Aunque su actitud dominante deseaba el terminar con todo esas preliminares realizadas por la mujer, trataba de controlarse lo más posible. No quería imponerse, al menos no aún.
Cuando menos acordó, Rin ya había retirado sus zapatos y calcetines, y ahora estaba con toda la intención de quitarle por completo el pantalón y el bóxer en una sola acción. A la cual él no se opuso y coopero ante las intenciones de la mujer.
Ahora estaba ahí, casi desnudo —si no fuera por la camisa que aun llevaba puesta— y al servició de su esposa, que ahora poseía esa gran sonrisa en sus labios.
Pretendía decir algo, pero ella se lo impidió tan rápido como sujetó su pene con ambas manos, con tanta seguridad y firmeza, que provoco que éste se tornara mucho más duro.
—Es más grande de lo que me imagine —murmuró para sí misma y enseguida lamerse los labios.
Él prefirió guardar silencio y dejarla ser. Sin embargo, no estaba seguro cuanto más podría soportar ese juego innecesario por parte de la mujer.
Rin comenzó a masturbarlo lánguidamente con una de sus manos, mientras con el dedo índice empezó a acariciar su glande, logrando que un pesado suspiro escapara de su boca. De esa manera ella levantó la mirada y clavó sus ojos en él, mostrándose interesada por las reacciones que estaba provocándole.
Lo estaba torturando.
—¿Le gusto, Sesshōmaru? —Le preguntó, al momento en que apretó su miembro.
Frunció el ceño y prensó con fuerza su mandíbula, tratando de calmar la electrizante sensación que recorrió desde su pene hacia todo su cuerpo.
—Es una pregunta estúpida —respondió tranquilamente, aunque le pareciera imposible.
—Supongo que tiene razón —sonrió—. Aunque me encantaría que lo admitiera.
—Hmm…
—A pesar de que tengo su palpitante «corazón» entre mis manos, no cede —acercó sus labios a la punta de su pene—. Sabe, las ciruelas también me fascinan —musitó sensualmente—. Y ésta se ve apetecible.
La caliente y húmeda lengua comenzó a saborearle la glande. Al principio fue como un animal lamiendo su pelaje, para enseguida hacerlo de manera circular, que fue mucho más gratificante, a tal grado que provocó que apretara las colchas con sus manos.
En seguida metió la punta de su miembro en la boca, sin decir nada antes de ello —algo que agradeció—, mientras una de sus manos seguía subiendo y bajando ahora con más rapidez, en cuanto la otra mano se apoyó con fuerza sobre su muslo.
No podía, ni quería apartar su mirada de la escena que estaba presenciando, era tan sublime y erótica. Nunca había gustado ver cuando una mujer le hacia una felación, pero con ella todo eso se iba al carajo.
Rin era digna de admirar, sobre todo cuando empezó a meter unos cuantos centímetros más de su sexo en la caliente y húmeda cavidad. No tenía idea si ella podría tragarla por completo, pero tampoco le importaba. Lo que lograba provocarle en esos instantes, era suficientemente bueno como para exigir algo más que eso.
Alzó una de sus manos y la llevó hacia el largo cabello que impedía tener una mejor visión de lo que la mujer hacía con él.
Así que retiró una de las espesas cortinas achocolatadas, posando todo el cabello hacia un costado. De esa manera se ganó la atención de esos grandes ojos, mientras seguía mamándole sin prisa alguna.
Su cuerpo se volvía cada vez más tenso, conforme la felación tomaba un ritmo más rápido y constante, al igual de que cada vez metía unos centímetros más de su palpitante carne dentro de la boca.
Gruñó entre dientes al momento en que ella tragó lo más que pudo, durando así por unos segundos, para enseguida retirarse y toser un poco.
La castaña se relamió los labios y trató de controlar su respiración, antes de comenzar a hablar.
—Es mucho más grande de lo que parece —sonrió—. Supongo que es cuestión de que lo practique un par de veces más.
—Pero no será esta noche.
—¡¿Eh?!
No le dio tiempo de decir algo más o reaccionar, la jaló del brazo y la atrajo hacia él, para apoderarse de esos labios tan rápido como pudo.
Se fundieron en un fogoso y desesperado beso, mientras la orilló a sentarse en su regazo. Así dándole la oportunidad de igualar la situación.
Sus manos comenzaron a ascender firmemente desde las nalgas, cadera, cintura, hasta llegar aquellos senos que seguían prisioneros por aquellas opresoras ropas. Así que, sin perder tiempo, se dio a la tarea de desfajar la blusa y quitarla de un sólo tirón, dejando a la vista aquella suave y blanquecina piel a su merced, al igual que esos generosos pechos que aún seguían atrapados por el sujetador beige con encaje negro.
Tomó a los carnosos montes entre sus manos y los estrujo suavemente, sintiendo lo grandes y tersos que eran. Y aunque no era partidario de algún tamaño en específico, la verdad es que los de Rin, era atractivos ante su vista y tacto.
Rompieron el beso, dándole la oportunidad a la mujer de recuperar un poco de aliento, en cuanto él, se dispuso a besar su mejilla, mandíbula, cuello y clavícula, mientras con una de sus manos desabrochaba el molesto brasier, dejando en libertad los tentadores senos.
—No hay necesidad de ir tan rápido —dijo Rin.
—No, no la hay… —susurró sobre la pálida piel.
Posó su mano en la espalda baja y atrajo el cuerpo de la mujer, haciendo que se alzara un poco más y que los pechos quedara frente a él.
Rin se estremeció tan rápido como su mano atrapó uno de sus senos y su aliento chocó en el pezón que estaba completamente erecto.
Su esposa posó las manos sobre sus hombros, así dándole completa libertad de jugar tanto como gustara.
Apretó sutilmente el seno que tenía entre su mano, mientras su dedo índice se dispuso a acariciar y torturar a el pezón. En cuanto el otro empezó a ser víctima de su lengua, de su toque caliente y húmedo gracias a su saliva. Así fue hasta que empezó a succionarlo en lapsos cortos y contantes, para enseguida pasar a succiones prolongadas, que lograron sacar repetidos gemidos por parte de la fémina que estaba montada sobre de él.
Así siguió divirtiéndose, engolosinándose con el manjar que le ofrecían esos sensibles senos, hasta que su mano libre bajó hasta el pantalón, el cual desabrochó para darle acceso a la intimidad de su amante.
Tocó sobre la braga y se percató de la humedad que ya se había generado, sin necesidad de provocarla por sí mismo.
Hizo aún lado a la tela y hundió uno de sus dedos, encontrándose con la caliente y pequeña protuberancia, la cual latía al unísono de la acelerada respiración de la castaña.
Empezó a masajear el clítoris de manera suave y un poco torpe, por la poca libertad que le daba el ajustado pantalón. Sin embargo, había sido suficiente para que ella se estremeciera y gimiera, al momento en que apretó ese punto entre sus dedos.
Rin se encorvó y con ello dejó de jugar con el pezón, que había tomado una fuerte tonalidad rojiza ante sus insistentes caricias.
—Ya no la veo tan platicadora —comentó con tono sórdido.
—Pensé que me quería callada —dijo con una sonrisa en sus labios, mientras trataba de controlar los suspiros que le provocaba al tocarla—. Y no puedo se elocuente, si sigue tocándome de esa manera.
—No pensé que fuera tan sensible.
—Es culpa de la abstinencia… —calló abruptamente, al momento que su dedo comenzó a acariciarle el clítoris con insistencia.
—¿Desconfía de mis habilidades, Rin? —Espetó sobre los labios de la mujer.
—No… —suspiró—. Aunque no son sus dedos lo que quiero sentir —confesó.
—Levántese —le pidió, aunque había sonado más como una orden.
A pesar de su tono, ella no se opuso y se puso de pie, para enseguida quitarse los tacones y quedar a su disposición.
La acercó a él y empezó bajar los vaqueros junto con la braga, de la misma manera en que ella lo había hecho con él. Pero mucho más lento y ventajista, al besar y lamer el pequeño ombligo, en cuanto sus manos acariciaban las largas piernas de su compañera, al momento en que bajaba las últimas dos prendas que le cubrían.
Rin posó las manos en su cabeza, perdiendo sus dedos entre su cabello, mientras degustaba de sus atenciones.
Al quedar completamente desnuda ante él, perdió su mano entre los muslos para volver a estimular a la mujer, pero ahora con más liberad.
La castaña apretó sus cabellos con las manos, al momento en que introdujo uno de sus dedos en la vagina. No había sido brusco, ni abusivo, la misma excitación de la mujer le había dado una entrada limpia.
Las paredes carnosas, húmedas y el calor mismo, trataban de aprisionar su dedo, el cual la estimulaba, a pesar de que estaba lista para recibirlo. Sin embargo, aún quería torturarla un poco más.
Introdujo un segundo dedo y aceleró las penetraciones, logrando que los gemidos comenzaran a resonar uno tras otro, y ver los pequeños espasmos que recorrían el elegante y seductor cuerpo de Rin.
—Sessh…
Alzó la mirada, para encontrarse con la hermosa expresión que estaba dibujada en el rostro de la castaña.
Con su cabello cayendo gloriosamente sobre los senos y espalda, los ojos entrecerrados, un sutil sonrojo en las mejillas y los labios entreabiertos. Una imagen simplemente perfecta ante su vista, el conjunto perfecto de «inocencia» y perversión.
—Se…se…se siente tan… —enterró las uñas en sus hombros, al momento de tomarlo como apoyo—. ¡Maldición! —Se mordió el labio inferior con fuerza—. No pares… —Suplicó en un murmullo.
Sin decir nada al respecto, introdujo un tercer dedo y empezó a moverlos en el interior con frenesí, a pesar de sentir como la vagina trataba de estrangularlos con cada movimiento dado.
Así continuaron por unos instantes más, entre una estimulación mucho más acelerada y palabras entrecortadas, exigentes y sucias. Y no es que le sorprendiera, sabía que su mujercita tenía un amplio vocabulario, pero jamás pensó que llegaría a gustarle escucharla decirlas con ese tono tan fuerte y sugerente.
—Yo… —Se estremeció con fuerza.
—¿Qué? —Cuestionó, sin dejar de golpear en el interior de su amante.
—¡Dios! —Gritó a la par que un fuerte espasmo recorrió su cuerpo.
Rin se aferró a él, usándolo con un estabilizador, aunque era el causante de que las piernas empezaran a temblarle.
—¡Sessh…!
En ese instante sintió como las paredes vaginales se contrajeron, aprisionando sus dedos al mismo tiempo en que se corría sobre su mano.
La sostuvo por la cintura para evitar que se cayera, sintiendo los temblores que recorrían la grácil figura y al pesado y caliente aliento chocar sobre su oreja.
—¿Tiene…?
—En el cajón —respondió al intuir la pregunta.
Rin se incorporó torpemente y dio unos cuantos pasos para llegar al pequeño buro que estaba a la orilla de la cabecera de la cama. Sacó de ahí una pequeña caja de condones.
Él se dispuso a quitarse la molesta camisa, para enseguida tener a la castaña de frente y de cuclillas, mientras los delgados dedos abrían el empaque del preservativo.
—Puedo hacerlo yo mismo —aclaró, al ver las intenciones de la mujer.
La redactora no tardó en ponerse aquellos entristecidos ojos y esa boca formando un pueril puchero, con tal de persuadirlo y salirse con la suya.
Gruñó entre dientes, al no querer entablar una discusión en ese momento, cuándo lo único que quería era cogerse a la mujer que se había convertido en su karma personalizado.
La castaña rió al salir victoriosa y sin perder tiempo, se dispuso a colocar el condón en su pene, con una maestría que reafirmaba que, en cuestiones de sexo, la mujer era alguien ilustrada.
Lo peor de todo, es que incluso poniendo un preservativo se veía jodidamente exquisita y sensual.
Al terminar, ella volvió a erguirse tan alta como era, acercándose a él, colocando las cálidas manos sobre sus hombros, en cuanto apoyó primero una de sus rodillas a su costado, para enseguida hacer la misma acción con la otra.
Rin estaba encima de él y una de sus manos viajo hasta la parte inferior, encontrándose con su erecto pene.
—No más juegos —musitó dulcemente.
La cadera descendió, hasta lograr que los labios externos rozaran con la punta de su miembro. Una sensación sutil, pero bastante agradable para ambos. Y de esa manera, fue bajando lentamente, tragándolo sin prisa alguna.
Su mirada estaba perdida en la unión que se estaba dando entre sus sexos, hasta que su falo fue engullido completamente por ella.
Sus ojos se perdieron nuevamente en la sensual expresión de Rin, mientras él trataba de controlar las sensaciones que le provocaba aquella carne que lo aprisiono sin problema. No sabía si atribuirlo a la experiencia de su amante o porque realmente era así de estrecha.
—Nunca me había… —Rin respiró profundamente—…sentido tan llena en mi vida.
Posó su mano sobre la nuca de la mujer y de esa manera atrajo esos rojizos labios a los suyos, poseyéndolos con fuerza, esperanzado de que esa fuera la manera de mantenerla callada.
Rin accedió entre risas al profundo beso, y así se tomó la libertad de empezar a moverse, de manera suave y tranquila. De esa manera se daba el deseado contacto entre los dos, más allá de una simple y banal penetración.
Comenzó a bailar encima de él, moviendo la cadera de manera circular y paulatinamente, logrando que los frondosos senos chocaran con sus pectorales, mientras sus bocas estaban tratando de dominarse mutuamente.
Fue su esposa quien rompió el beso, al momento en que mordió y estiro por unos segundos su labio inferior. En seguida le sonrió abiertamente, con esa actitud descarada y petulante, que en vez de hacerle enojar lo excitaba mucho más.
—Es hora de que disfrute de la función —la mujer le informó con voz entrecortada.
Le dio un corto beso y apoyó las manos sobre su pecho, haciendo que se echara hacia atrás, para terminar tendido sobre la cama, viendo como la seductora dama lo montaba sin pena alguna.
Rin recorrió suavemente con las uñas su pecho, hasta llegar a su abdomen, el cual tomó como su punto de impulso. De esa manera, se movió de arría hacia abajo, haciendo las penetraciones más vividas y gratificantes.
En un principio fueron parsimoniosas, haciendo que el contacto se percibiera con cada entrada y salida de su pene de la estreches de su esposa. Pero conforme fue la ansiedad y el hambre de algo más fuerte, orillaron a la mujer de ir más rápido.
La castaña comenzó a dar vertiginosos sentones encima de él, regalándole no sólo una grata sensación a su miembro al ser atrapado y liberado constantemente de esa caliente carne, sino del rebotar de esos hermosos senos, ante el efusivo movimiento de la su propietaria.
No pudo evitar el enterrar sus dedos en las piernas de la mujer, dejando marcas rojizas en la blanca piel. Así sus agarres fueron ascendiendo hasta llegar a la cadera, a la cual se aferró con ahínco, sin impedir los movimientos de su amante.
Pero él necesitaba algo más que eso, ya había dado demasiadas libertades a la castaña, era hora de que tomara las riendas de una vez por todas.
Rin lo miró extrañada al momento en que la detuvo, al sujetarla de la cadera con firmeza. Y sin darle tiempo de que dijera algo al respecto, levantó su cadera y así empezó a penetrarla con mucha más fuerza y profundidad, acción que se ganó un fuerte gemido por parte de fina mujer.
—¡Sessh…! —Dio un fuerte grito, impidiéndole seguir hablando.
—¿Qué? —Cuestionó entre dientes, al sentir como las largas uñas se clavaron en sus muñecas.
—Más… —dijo con voz ahogada.
—No le escuche —habló con malicia.
Sus manos habían viajado hacia los glúteos, aferrándose a ellos y haciendo que se alzaran aún más, dándole más libertad de golpear con más imponencia a la caliente y húmeda vagina.
—¡Mier…! —Se mordió el labio inferior, ahogando algunos de sus gemidos—. ¡Maldición, quiero…quiero más! —Suplicó de manera sofocada, caliente y necesitada.
Ante esa petición, no puedo evitar el embestirla con brusquedad, haciendo que la mujer perdiera todas las fuerzas de sus brazos y cayera encima de él, así cediendo por completo y darle todo el mando a él.
El contacto de sus torsos fue completo, mezclando el sudor, el aroma y el calor de sus cuerpos, mientras seguía entrando y saliendo de las entrañas de su amante.
Siguieron así por unos minutos más, hasta que su propia ansiedad rompió con él, así dando una aguerrida y profunda penetración.
Rin gimió con fuerza, en cuanto él gruño entre dientes, para enseguida aflojar por completo sus cuerpos por un corto lapso.
La habitación se volvió casi silenciosa, sino fuera por la respiración de ambos, que curiosamente llevaban un ritmo sincronizado. Ninguno quería romper con ese momento, pero aún era demasiado rápido, faltaba un poco más antes de llegar al clímax. Tanto para ella, como para él.
Sin decir ni una sola palabra, salió del abrigador interior de su esposa y sin perder tiempo la acostó en la cama.
Él se incorporó quedando de rodillas, entre las piernas de su amante, la cual le miraba de esa manera pueril y dulce, volviéndola condenadamente más apetecible que nunca.
—Sesshōmaru —ronroneó su nombre, al momento en que cruzó sus piernas frente a él—. Cójame duro —trató de sonar segura, pero rompió a reír.
Alzó la ceja ante tal comentario y verla reír como una niña pequeña después de haber hecho una travesura.
—Lo siento —dijo entre risas—. Siempre quise decir ese diálogo cliché.
La miró por unos instantes, para enseguida darle una maliciosa sonrisa que desconcertó a Rin.
La cogió de las piernas sin romper el hermoso cruce entre estas, apoyándolas sobre su torso, mientras con su mano agarró a su miembro, rozándolo contra los mojados pliegues de carne de su esposa. Y sin decir ni una sola palabra, la penetró de un sólo golpe, ganándose un sonoro gemido y como arqueó la espalda ante la brusca intromisión.
Se mantuvo quieto por unos segundos, permitiendo que la conmoción pasara y, sentir como su carne era atrapada por las paredes de internas. Era una sensación tan extraña, como si en cualquier momento ambos terminarían fundiéndose.
—Que…que… —Respiró profundo—…que manera de tomárselo tan literal.
Prefirió no decir nada al respecto, así que sólo se tomó la libertad de mantener el hermoso cruce de las largas piernas al sujetarlas con una de sus manos, mientras comenzaba a mover su pelvis de atrás hacia adelante, deleitándose de la estreches que esa posición le regalaba.
Su ritmo fue pausado y suave, viendo así cada una de las suaves expresiones que ese rostro le regalaba. Aunque se había percatado como Rin, hacia lo imposible por no hablar.
Se mordía el labio inferior constantemente o cerraba la boca tan rápido como sentía que iba a expresar algo. Era como si el guardando silencio lo estuviera complaciendo, a pesar de que en realidad no le molestaba escucharla hablar.
Sin embargo, era divertido verla en esa disyuntiva, mientras daba suaves suspiros, respiraba erráticamente y como el vientre se le contraía con cada penetración dada.
Siguió con esa lenta danza por un par de minutos, hasta que la desesperación de conseguir algo más rítmico y agresivo se hizo presente.
Rompió el contacto de ambas piernas, colocándolas a los costados y ligeramente hacia adelante, tomando los gruesos muslos de apoyo. De esa manera tuvo mayor libertad en sus movimientos, ganando con ello algo que no se esperaba.
Rin llevó su propia mano hacia dónde sus sexos estaban unidos, en dónde se dispuso a estimularse el clítoris con los dedos, siguiendo el mismo ritmo de sus embestidas.
Y ahí la tenía, con el cabello chocolate esparcido y desaliñado sobre la cama, con esos grandes ojos brillosos y cautivadores, los hinchados y rojizos labios entreabiertos, el cuerpo bañado con esa suave capa de sudor, esos senos que se movían sugerentemente con cada movimiento dado, la respiración alterada y esos finos dedos torturándose a sí misma, mientras él seguía bailando en su interior.
Sublime y erótica.
No había palabras más perfectas para describir a la mujer que tenía ante su vista, que había rotó todos sus paradigmas referentes a las mujeres. Convirtiéndose en el molde perfecto, uno que jamás había imaginado o deseado en crear.
Rin se había materializado con sus deseos más obscuros, aquellos que incluso el mismo desconocía, y que ahora le estaban golpeando fuertemente y estaban rompiendo su cordura por completo.
Esa mujer lo estaba desquiciando.
Aceleró sus penetraciones, forzando a que la redactora hiciera lo mismo con los dedos, de tal manera en que trató seguirle el ritmo, pero la mano comenzó a titubear ante la excitación que la estaba poseyendo en esos instantes, hasta que simplemente se aferró a las colchas y la espalda baja se encorvaba con cada estimulante impulso que le recorría por todo el cuerpo.
—¡Sessh…estoy…estoy…! —Calló por unos segundos—. ¡No resisto más! —Gimió con brusquedad.
Apretó sus dientes con fuerza, al momento en que su pene fue aprisionado por la carne de Rin, en el mismo instante en que el orgasmo se había liberado.
La vio tan alterada, perdida e indefensa, que no pudo contenerse ni un poco más, estaba a punto de llegar, así que no le importó ser egoísta.
La sujetó de la cadera con ambas manos y volvió a embestir con fiereza hasta lo más profundo, logrando que otro sonoro grito retumbara en la habitación.
—Espe…espera Sessh —trató de hablar, pero su voz volvió a perderse entre suspiros.
¡Maldición se sentía tan bien!
Siguió así por unos instantes más, hasta que no pudo resistirse y llegó a su límite, hundiendo con fuerza su pene en el interior de su amante, enterrando sus dedos en la suave carne y gruñendo entre dientes tan rápido como el éxtasis recorrió todo su cuerpo.
Se mantuvieron así durante un par de segundos, tratando de estabilizarse, pero el volvió a la realidad cuando una gota de sudor se desprendió de su barbilla, para chocar con el vientre de Rin.
Levantó la mirada para encontrarse con esa brillante mirada, esa respingada nariz aleteando torpemente para obtener suficiente oxígeno y esos tersos labios regalándole una sonrisa.
Era una imagen que le gustaba, pero también le irritaba, y no entendía el motivo de tal conflicto mental.
Salió de ella y se sentó al borde de la cama, quitándose de una vez el condón y amarrándolo para evitar que su esperma se derramara en el pequeño bote de basura en dónde lo echó.
Se mantuvieron en silenció por unos largos minutos, sólo eran consiente uno del otro por sus respiraciones. Algo que pudiera verse y sentirse bastante frío, pero tampoco era algo que ameritara más, después de todo había sido sólo sexo. Ninguno de los estaba buscando más allá de ello.
Lo sabía él.
Lo sabía ella.
Abrió sus ojos al momento en que sintió como Rin, retiró mechones de cabello de su rostro y apoyó la barbilla sobre su hombro. De esa manera se ganó su atención, mirándola de reojo, expectante a lo que dijera o hiciera.
—Esas recomendaciones eran más que verdaderas —musitó sobre su cuello, el cual ella empezó a besar—. Pero soy demasiado exigente, Sesshōmaru —Le mordió juguetonamente la oreja—. Y estoy segura qué piensa igual que yo.
En eso levantó la mano y entre los dedos índice y medio sostenía el empaque de un nuevo condón.
Le arrebató el anticonceptivo de la mano y se giró hacia ella, acostándola nuevamente en la cama, algo que provocó que se echara a reír divertida, para enseguida callarla con sus labios envolviéndola en un demandante beso.
Rin lo había retado y él había aceptado con gusto, dándole entrada a un larga y extenuante noche.
~O~
Tan rápido como bajó las escaleras, se encontró con una interesante imagen y que era protagonizada por Inuyasha.
Se acercó a la sala para ver con mejor gusto esa escena, en dónde su hermano estaba durmiendo en la alfombra. No sabía si se había caído del sofá o fue hasta dónde la borrachera le dejo llegar. Aunque se sentía tranquilo al ver que no había cometido la estupidez de vomitar en la sala y en ninguna otra parte de la planta baja.
Lo contempló por unos segundos más, sabiendo que podría alzarlo y acostarlo en el sillón, pero la verdad es que no le apetecía en absoluto. Así que pasó de largo dejando al menor en el suelo, mientras él se dirigió a la cocina por un poco de ese elixir obscuro que tanto degustaba por las mañanas.
Prendió la cafetera y se dispuso a checar algunos mensajes que recibió durante la noche, y muchos de ellos no eran nada interesantes, ni mucho menos ameritaba el contestarles. En especial, porque se trata de sus padres.
Tan rápido como el café estaba listo, lo vertió en la primera taza que cogió y se dispuso a darle el primer trago, a pesar de estar bastante caliente. Sin embargo, ya estaba acostumbrado a beberlo de esa manera.
—¡Buenos días! —Exclamó una alegre Rin.
Él sólo se limitó a verla de soslayo, mientras bajaba las escaleras y se topaba con un borracho Inuyasha.
—Parece que estuvo buena la fiesta —se sentó de cuclillas y se animó a retirar el cabello que cubría el rostro del joven hombre—. Hmm…apesta a vodka —dijo tan rápido como se retiró de Inuyasha.
—¿Lo va a dejar ahí tirado? —Le preguntó angustiada.
—¿Me ve con intenciones de ayudarlo? —Preguntó sarcástico.
—Qué malo es —hizo un puchero ante su negación.
—Hmm…
Rin se encaminó hasta llegar a su costado, mirándole con ese ceño fruncido, esa nariz respingona y los brazos cruzados, que lograron que sus senos se alzaran aun más sobre la floja blusa.
—Ni el sexo le cambia ese humor amargoso, Sesshōmaru.
—¿Qué hará hoy? —Prefirió cambiar de tema.
—¿Por qué? ¿Planea invitarme a alguna parte? —Cuestionó curiosa.
—Sí así lo quiere.
La castaña se coló entre sus piernas y apoyó las manos sobre sus muslos, mientras le encaraba con una engreída mueca.
—Debí haber hecho algo muy bueno anoche.
—Tal vez.
—¿Por qué no lo admite?
—¿Qué cosa? —Espetó y enseguida bebió de su café.
—De que le gusto —ronroneó suavemente.
—No hay necesidad de decir nada, Rin —miró directamente a los ojos marrones—. Las palabras iban implícitas en las acciones.
—Supongo que sí —suspiró—. Sólo que a una mujer le gusta ser apreciada tanto con acciones como con palabras.
—Sandeces.
—Tal vez —rió—. Pero soy mujer, que le puedo hacer. Me gusta sentirme deseada en todos los aspectos.
—Hmm…
—Da igual —se apartó de él—. Tomaré su palabra, vayamos al centro comercial. Necesito comprar algunas cosas, y de ahí vemos en dónde comer, ¿le parece?
—Como guste.
—Bien —le sonrió—. Iré por mi bolso y nos vamos.
—Mi cartera esta en el buro —le mencionó.
—Ok.
Rin tomó rumbo hacia la parte superior, mientras él terminaba su café y su mente recreaba lo que había pasado durante la noche.
No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir a partir de ahora, pero tampoco tenía ganas de evitar el que se repitiera tales encuentros, aunque algo no terminaba de agradarle.
Su conciencia a veces era desquiciante.
Terminó de mala gana su café y lavó la taza. Al terminar de secarse las manos, se acercó a Rin, que ya lo esperaba a las puertas del elevador.
—¿Listo? —Preguntó con una radiante sonrisa.
—Sí.
Rin lo cogió de la mano y de esa manera ambos entraron al ascensor para iniciar ese día de «esposos».
Han pasado más de 84 años… Ok no, no tanto así pero ya han sido unos cuantos meses desde la última vez que estuve por acá.
Podría pedir una disculpa ante mi hiatus, pero no quiero ser hipócrita al decir tal cosa. Simplemente no había la inspiración, ni las ganas y mis intereses estaban corriendo por otras vertientes que me estaban entreteniendo y dando momentos más agradables que el fic. Y creo que no soy ni la primera, ni a la última que le pase algo así, aparte de que como ya lo sabrán, yo tengo mucho conflicto con seguir con esta obra.
Pero bueno, hay que darle un final a esta historia. Así que habrá más capítulos de aquí hasta su cierre, ya que no quiero quedar mal con las personas que la han seguido y apoyado desde sus inicios, porque les prometí que no lo dejaría a la deriva.
No sé que vayan a pensar del capítulo, realmente estuvo en pausa todo este tiempo y le avanzaba en momentos. No me sentía muy animada el hacer la "esperada" escena sexual entre estos dos, porque soy muy quisquillosa a la hora de escribir algo erótico, y no porque no pueda, sino porque tengo mi manera de escribirlas y no se si sea de su agrado.
Soy de esas personas que le gusta dedicarle casi un capítulo entero a una escena sexual, cosa que muchas autoras podrían dedicarle unos cuantos párrafos y ya. Pero tal estilo me gusta, lo tomé desde que me encontré con mi crush literario de romance erótico. Así que lo siento si es muy extenso.
También quiero pedir una disculpa por los horrores ortográficos, de redacción y narrativos, no tuve mucho tiempo para corregir con mejor cuidado. Estoy muy apresurada con darle continuidad a los demás capítulos, para poder terminarlo antes de que se acabe el año. Lo siento por lo amantes de una lectura mucho más limpia, no merezco su perdón. (T_T)
Como habrán leído, este capítulo se lo dedico a La Rozeta, que no sólo ha hecho el arte del fic, sino que también es una amiga muy querida por mí. A parte, gracias a ella se dio la escena de la cereza en una de tantas conversaciones que hemos tenido. Y hasta apenas hizo aparición, a pesar de que se habló de ello desde los inicios del fic.
¡Espero te haya gustado Rozeta!
Bueno, también hay muchas novedades por acá, ya me doy cuenta qué la historia ya es seguida por 101 personitas y esta en favoritos de 92 de ustedes. Me alegra saber que tanta gente guste de mi trabajo.
¡Muchas gracias!
Pero lo mejor de todo, es ver el apoyo de muchísima gente, al dejar sus reviews en dónde leí que fue de su agrado el capítulo anterior, como las chicas que se tomaron la molestia de estar al tanto de si había nueva actualización. Sus mensajes fueron recibidos y leídos con mucho cariño. Ellas son:
RinSesslover, floresamaabc, DreamFicGril, Mina Rose, decamve1, Alambrita, BABY SONY, Guest1, Mayuzz, La rozeta, Gogo Yubhari, Star fiire -Lupita Reyes, gina101528, Milly Taisho, Cleoru Misumi, GabyInuTaisho, KatherinaGuzman, Daniela Taisho, maril, clara, Karito, Katy-Ber, Conchita D, Guest2, Nohe y Nally.
A cada una de ustedes… ¡Muchísimas Gracias! ¡Me hacen muy feliz!
Para ya darle cierre a tanta palabrería, recuerden que les invito a formar parte del grupo Elixir Plateado y que sigan los trabajos de La Rozeta, toda esta información la podrán encontrar en mi perfil, ahí estarán los links para que tenga un mayor acceso tanto al grupo, como al hermoso arte de mi amiga Rozeta.
Ahora si me voy, y nos leemos dentro del otro mes… Nah, trataré de que sea semanalmente, sino al menos quincenal, veré como me acoplo de nuevo a esto. Pero ya no más hiatus, lo prometo.
¡Bye!
