Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.


CÁRCEL DE ÓPALO

XXIII. Un pequeño problema

—¿Que tú qué? —repitió Alexander, sonando peligrosamente tranquilo.

Hermione, maldiciéndose por haber abierto la boca, no contestó.

«Joder, joder, joder, ¿por qué habré dicho nada?», pensó, histérica.

—Contéstame —ordenó él, claramente furioso pero sin dejar de contenerse.

—Eeeh… —empezó ella lentamente, con voz temblorosa—. Yo… Yo, eh, bueno… Descubrí una carta en la que alguien te llamaba Jonathan —terminó muy deprisa, juntando unas palabras con otras.

—¿Y dónde —preguntó él de nuevo, recalcando especialmente esa palabra— descubriste esa carta?

—En una habitación abandonada en el otro edificio.

—¿Y qué derecho tenías de leer mi correspondencia privada?

—¡Estaba por ahí! —se defendió Hermione, indignada—. No es como si hubiera abierto una caja fuerte, simplemente me la encontré y la leí.

El hombre negó con la cabeza muy despacio, con gesto incrédulo.

—No me lo puedo creer —dijo, rabioso—. Te he dado lujos, te he concedido caprichos y me he desvivido por hacer que vivieras lo más cómoda y feliz posible, y me lo pagas con esto.

Antes de que ella pudiera añadir nada en su defensa –de todas formas, ¿qué iba a decir? ¿Que lo sentía?–, Alexander pulsó un botón de su escritorio y al instante aparecieron dos guardias.

—Lleváosla y encerradla en su habitación. La quiero sin relacionarse con nadie —ordenó, bajando la mirada a sus papeles y negándose a mirarla, con aire ofendido.

Uno de los guardias extendió la mano en dirección a Hermione sin dejar de observar a su jefe.

—Señorita, acompáñenos.

Como ella no se movió, el otro guardia se acercó rápidamente, la apresó y la levantó de la silla. Hermione pataleó patéticamente y se revolvió, pero el hombre la agarraba con fuerza y ni se inmutó con sus movimientos. De hecho, le tapó la boca con una de sus manos, ignorando el mordisco que le plantó ella.

—Ahora mismo nos la llevamos, señor —sentenció el otro guardia, agachándose para agarrarla de las piernas y esquivando la patada que Hermione le lanzó.

Entre los dos, combatiendo los movimientos cada vez más desesperados de Hermione, la llevaron hasta su cuarto, donde la lanzaron a su cama y cerraron la puerta antes de que ella pudiera procesar lo que acababa de suceder.

—Joder, joder, joder—murmuró Hemione, levantándose rápidamente e intentando girar el picaporte de la puerta, sin resultado.

Continuó intentándolo, cada vez con más fuerza, hasta que al final se quedó con el picaporte en la mano, desconsolada.

—No, no, no, no, no… No puede ser —gimoteó, intentando colocar de nuevo el picaporte en su sitio—. Esto no puede estar pasando.

Tiró el picaporte al suelo y se apoyó en la puerta, resbalando hasta el suelo con un sollozo y apoyando la cabeza sobre las rodillas.

—Esto va de mal en peor —murmuró con un suspiro—. No me lo puedo creer. Soy una bocazas, ¿quién me mandaba decir nada? —lloriqueó, sintiéndose absolutamente tonta e inútil.

Se auto-compadeció unos minutos más antes de decidir que ya era suficiente. Tomó una gran bocanada de aire con un suspiro, se levantó y puso los brazos en jarras.

—Ánimo, Hermione —se dijo, obligándose a buscar una solución.

No podía recolocar el picaporte en la puerta y estaba claro que la puerta no iba a abrirse sola, así que lo descartó. Intentó un Alohomora pero, tal como esperaba, no hubo resultado. Si no podía salir por la puerta y la magia no le funcionaba, ¿qué podía hacer?

Resolvió no amilanarse –situaciones peores había vivido durante la guerra– y salir por donde hiciera falta, aun por el techo.

Aun por el techo.

—¡Claro, el techo! —exclamó, tapándose la boca con las manos rápidamente—. El techo —repitió en un murmullo.

Ni corta ni perezosa, empezó a buscar por la habitación algo lo suficientemente largo como para tocar el techo con él y encontró, escondido dentro de un armario, un palo viejo que parecía de escoba.

Sonriente, se descalzó, se subió a la cama y, estirando el brazo todo lo que pudo, tocó el techo lentamente hasta que dio con una parte que se movía, pero no tenía la suficiente fuerza para terminar de mover.

Se subió a una silla y, precariamente de pie e inclinada hacia la derecha porque la trampilla estaba sobre su cama, logró abrir la trampilla que conducía hasta el pasillito de encima de las habitaciones.

—Lo sabía —murmuró, sonriendo satisfecha. Si estaba en un edificio, estaría también en el otro.

—¿Señorita? —preguntó la voz de un guardia desde el otro lado de la puerta—. ¿Qué hace? Hemos oído ruidos.

Hermione se quedó blanca y a punto estuvo de caerse de la silla, pero logró mantenerse como pudo, sujetándose al respaldo con una mano.

—Na… Nada —respondió, con voz temblorosa mientras se bajaba de la silla y se subía a su cama—. Es que se me ha caído un libro.

—¿Está segura? ¿Se encuentra bien?

—Sí —contestó, dejando caer el palo suavemente sobre la cama y preparándose para saltar hacia arriba.

—Le traemos la cena, abra la puerta.

—No tengo hambre —respondió automáticamente, demasiado extrañada por la orden del guardia como para contestar otra cosa.

«¿Que abra la puerta? ¡Eso me gustaría hacer a mí, pero me han encerrado dentro! ¿Qué le pasa a este que no se ha enterado?», pensó, poniendo los ojos en blanco y respirando hondo.

—Abra la puerta, el señor ha insistido en que debe comer.

Hermione dio un salto hacia arriba, impulsándose todo lo que pudo, pero solo logró caer estrepitosamente encima de la cama.

Maldijo y volvió a ponerse otra vez de pie.

—¿Qué hace? —preguntó el guardia, sonando claramente impaciente—. ¡Abra la puerta!

—¡Un minuto! —respondió ella tomando aire y preparándose para saltar.

Saltó, con los brazos estirados y las piernas encogidas, y quedó colgada del borde de la trampilla. Se impulsó todo lo que pudo hacia dentro, poco a poco y con esfuerzo.

—¡Señorita, abra puerta! —ordenó el guardia, al mismo tiempo que Hermione metió las piernas, rodando hacia dentro y cerrando la trampilla rápidamente.

Tumbada boca arriba, respiró profundamente, oyendo los gritos del guardia de abajo.

Lo había conseguido.


Lo había conseguido, pero estaba completamente perdida.

Llevaba ya un rato dando vueltas y, entre la oscuridad que había en el corredor y su nulo sentido de la orientación, además de su desconocimiento del edificio, no tenía ni idea de dónde podía estar.

«Ojalá tuviera mi varita ahora», se lamentó Hermione mientras se frotaba las manos, doloridas tras tanto gatear y arrastrarse.

Por eso, en cuanto vio una trampilla abierta dentro del inmenso entramado de giros y recodos, se asomó inmediatamente.

Daba a una habitación ampliamente iluminada, donde no solo no había nadie, sino que además no se veían las luces parpadeantes y rojas de las cámaras de seguridad.

Se asomó más, intentando ver dónde y cómo caer.

«Como me tire de aquí, me rompo cincuenta huesos», pensó, compungida y preocupada.

Afortunadamente, divisó una especie de armario de metal sobre el que podría caer sin demasiados problemas. Se sentó en la trampilla con las piernas colgando y se dejó caer poco a poco hasta que sus brazos no la pudieron sostener más y aterrizó como pudo encima del armario, dándose un considerable golpe en las piernas.

—Auch —se quejó en voz baja. Desde su posición, oteó dónde caer: si en la silla de cuero o en la mesita baja, más cercana al armario. Se decidió por la mesita y, aunque intentó por todos los medios caer con delicadeza, no pudo evitar el golpe que se dio al aterrizar—. Joder.

Desde la mesita le fue muy fácil llegar al suelo y, poniéndose en pie, oteó alrededor. No había nada más que ver, toda el mobiliario de la habitación estaba concentrado en el centro.

Lo que sí le llamó la atención sobre la habitación fue la puerta: era una puerta metálica y con aspecto de ser muy pesada, cerrada con varios cerrojos interiores. Sumado eso a las paredes oscuras, parecía que se encontraba en el interior de una enorme caja fuerte.

—¿Qué guardarán aquí? —se preguntó en voz baja, curiosa. Forcejeó con el picaporte del armario, pero no consiguió abrir las puertas ni un poquito, por lo que se rindió e intentó el cajón. Milagrosamente, este se abrió con apenas un poco de fuerza, descubriendo un papel cuidadosamente doblado.

Lo sacó y lo examinó, abriéndolo y extendiéndolo bien. Era un plano del edificio, completo y detallado; Hermione, con lágrimas de emoción en los ojos, pensó que Merlín, Morgana y los cuatro Fundadores por fin se habían apiadado de ella y la ayudaban.

O eso, o tenía una suerte increíble.

Volvió a doblar el plano y, tras un rápido momento de duda, se lo metió en el lugar donde probablemente a nadie se le ocurriría mirar: dentro del sujetador.

Acto seguido, se puso las manos en las caderas y miró hacia la trampilla, intentando trazar la ruta más segura por la que volver a subir. Su deliberación fue interrumpida cuando la puerta se abrió súbitamente y media docena de guardias entraron de golpe en la habitación, amontonándose en el dintel sin orden ni concierto.

—Señorita —ordenó uno, apuntándola con su ametralladora—, le ruego que por favor vuelva con nosotros a su cuarto sin oponer resistencia.

—Hombre, si me lo pides así… —comentó ella irónicamente, intentando no parecer asustada y acercándose a los guardias con paso tranquilo. Mark, uno de los guardias que la esperaban, sonrió sin disimulo al oírla.

—¡Marchen! —ordenó, de nuevo, el primer guardia y todos obedecieron, formando filas de tal manera que la dejaron a ella en el centro.

Así, llegaron hasta su cuarto, donde la encerraron. Antes de irse, el que parecía el jefe de los guardias tuvo a bien de lanzarle una orden final:

—Esta vez, si no le importa, haga el favor de quedarse donde se le ordena.

«Qué remedio», pensó, rabiosa.


Alexander cumplió su palabra y Hermione pasó los tres días siguientes encerrada en su cuarto y con la única compañía de sus pensamientos.

No se relacionaba ni con guardias ni doncellas: la comida se la daban abriendo la puerta y depositando la bandeja sobre su escritorio en completo silencio, ignorando las preguntas y comentarios de Hermione como si ella no estuviera allí, y lo mismo hacían para limpiar y ordenar su cuarto. Incluso se habían llevado a Oreo para que estuviera completamente sola.

Para matar el tiempo, practicó con su daga, que había encontrado en el fondo de una de las maletas, hasta que fue incapaz de mirarla sin un poco de resentimiento. Qué lentas pasaban las horas y qué poco avanzaba practicando sola.

A fin de distraerse y ejercitar la mente, estudió el mapa y sus recovecos. Descubrió las distintas rutas que había desde su cuarto hasta la puerta de salida, de su cuarto a las mazmorras de los gladiadores, de las mazmorras a la salida, y llegó a la conclusión de que el escape no era tan imposible como Alexander lo hacía parecer.

H abía muchos vacíos de cámaras de seguridad que podían aprovechar, y el corredor oculto que había encima de las habitaciones conectaba todas las partes del edificio.

Inconscientemente al principio y con lápiz y papel después, empezó a idear un plan de escape que tal vez, solo tal vez, podría resultar. Necesitarían mucha buena suerte, cierta complicidad por parte del personal de seguridad –Hermione rogaba a todos los grandes magos por que su intuición de Mark fuera correcta y él los ayudara en lugar de traicionarlos–, mucha paciencia, armas y un buen conocimiento del edificio. No podía ser tan difícil.

O sí, concluyó cuando, tras pensarlo por enésima vez, no logró dar con una manera sensata de terminar de perfeccionar el plan. Tenía ideas, claro que las tenía, pero se acercaban más a «Conviértete en Bellatrix, métete en Gringotts e improvisa después» que a «Planifica paso a paso todo lo que puede suceder, y crea plan B y plan C por si acaso», que era lo que ella personalmente prefería. Aunque nunca hubiera tenido oportunidad de probarlo antes.

Tras pensarlo intensamente, decidió no preocuparse demasiado por eso. Tenía el principio del plan y sabía más o menos cómo seguirlo; ya se preocuparía por perfeccionarlo en otro momento.

Total, hasta que no se reuniera con los gladiadores y les explicara su idea, de nada le iba a servir tanta planificación.

Seguro que a ellos se les ocurría cómo terminarlo, pensó antes de irse a dormir.

Al menos, eso era lo que esperaba.


Bueeeeno, parece que la cosa no va tan mal como podría ir. O sí, porque no sabéis lo que sé yo *ríe malévolamente* Ha sido un capítulo cortito, pero igualmente, ¿qué pensáis? Yo creo que no ha estado mal, ¿no?

Quedan solamente diez capítulos del fic, entre los que se incluyen dos interludios más (¿de quiénes creéis que serán?) y un epílogo. Ya estamos entrando en la recta final, ya queda poquito de este fic :'(

El próximo capítulo va a ser bastante importante en la historia y quiero perfeccionarlo bien antes de publicarlo, pero justo el domingo que viene es mi cumple. Aunque intentaré por todos los medios tener el capítulo, no puedo prometer que estará, lo siento. Pero que nadie se preocupe: el capítulo llegará. Puede que llegue tarde, pero llegará.

Y por último, quiero agradecer los trece reviews que recibí en el último capítulo. ¡Ya hay 270 reviews! Es completamente increíble, de verdad.

¡Nos vemos en el próximo capítulo!

LadyChocolateLover

PD: Déjame un review para que la semana anterior a mi cumple sea muy dulce ;)