Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.
Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
Notas de la autora: Ahora sí que llegamos al final de esta historia. A partir de aquí, ya no volveré a abordarla. Son libres de decidir cual mundo alternativo prefieren.
Siento pena (y a la vez alegría) por terminar esta etapa. Aquí plasmé muchos sentimientos (buenos y malos) y siempre traté de poder hacerlo lo más real posible. Agradezco cada muestra de cariño que me han regalado, que a final de cuentas es lo que más me ha motivado a continuar en este loco mundo.
No es un adiós, es un
¡Hasta luego!
Epílogo II:
«Unión hecha en el cielo»
—¿Hace cuánto te tatuaste? —preguntó Ichigo lleno de curiosidad, moviéndose sobre la cama. Estaba recargándose de lado, observándola sin despegar la mirada ni un solo segundo. Rukia era hipnotizante.
Sus ojos resplandecían.
—¡Vaya! —exclamó, envolviendo su desnudez con una sábana— Fue hace tanto, que ya ni lo recuerdo —respondió a lo lejos, acompañada del sonido de un grifo abriéndose— Tendría unos quince o dieciséis.
—¿Por qué una mariposa negra? —inquirió confundido— Conociéndote, te pegaría más uno de esos conejos de mierda.
—¡Cabrón! —le riñó Rukia, apareciendo de nuevo en la habitación— No sé, me parecían fascinantes por aquella época —se encogió de hombros. Después, se sentó en el borde de la cama— Muchas personas las asocian con la muerte... Yo morí por Kaien —explicó absorta en otra época— Sabía que iba a morir por él, incluso desde antes. Mi vida jamás volvería a ser igual. La tinta sólo era la manifestación física de la marca que él había dejado dentro de mí.
¿Se podía morir por amor?
La respuesta es no.
Quizás pierdes el apetito (o en su defecto, aumenta en proporciones colosales), no puedes dormir (o sólo puedes afrontar la dura realidad durmiendo todo el tiempo) y se pierden las razones para seguir vivo, pero en ninguna autopsia suele aparecer como causa de defunción.
Byakuya falleció ese invierno.
Lo último que le quedaba a Rukia en esta vida desapareció.
La lectura del testamento se llevó a cabo en el decimoséptimo piso de un edificio en el centro de Tokio. Ataviados de negro, todos esperaban impacientemente en la sala de conferencias, alrededor de una gran mesa ovalada. A la pelinegra le parecía una habitación enorme y se sentía enferma de aflicción. De no haber sido obligada a presentarse, no estaría en ese lugar. Llegado el momento, el abogado (padre de Ashido, por cierto) repartió a cada uno de los presentes una copia del testamento y comenzó con la lectura. Rukia por más que intentaba seguir el curso de los acontecimientos, todo le resultaba una maraña incongruente.
«Lego y dono a ella toda mi propiedad, cualquiera que ésta sea y donde quiera que se encuentre…»
Rukia no fue consciente de la magnitud de estas palabras, hasta que sintió las miradas duras de los demás. Valores, acciones, fincas, edificios industriales… Todo para ella. El resto del clan sólo era una jauría enloquecida en búsqueda de una rebanada del pastel de la desgracia de Byakuya. Y ella lo tenía completo… Lo sabía por sus ojos. Los demás creían que su regreso había sido demasiado oportuno… Sólo asentía a todo. No le importaba. Si le quitaban toda la herencia o la dejaban sin un duro, le daba igual.
El dinero no podría regresarle la vida a su hermano.
Antes de marcharse, recibió un misterioso sobre. Lo observó con parsimonia. A simple vista parecía muy viejo. Sin embargo, su nombre estaba escrito con esmerada caligrafía. Desconocía quién podría ser el autor, pues era un estilo muy diferente al de su hermano. El padre de Ashido posó afectuosamente su mano encima de su hombro y le dejó a solas en la sala de conferencias para que pudiera leerlo. Dejó escapar un suspiro. Se sentía muy cansada. En los últimos tres días apenas y había comido o dormido. Más que algo físico, se sentía extenuada espiritualmente. Jamás podría haberse sentido lista para lo que le esperaba en ese insignificante pedazo de papel. Aunque siempre estemos en busca de la verdad, en algunas ocasiones preferiríamos cerrar los ojos y continuar en la dulce ignorancia. La verdad puede ser devastadora. Todas las respuestas se reducían a estar encerradas en una vieja hoja de papel, con hermosa caligrafía.
La vida de Ichigo Kurosaki pasaba aplaciblemente entre Nueva York, Japón y ocasionalmente, Estados Unidos (para algún tipo de conferencia o congreso). Naturalmente, lo suyo con Senna no funcionó. Tras un insípido matrimonio de dos años, ambos decidieron dejarlo por la paz e irse cada quién por su lado. Ni siquiera podía considerar ese periodo de su vida infeliz, porque Senna jamás despertó en él algún sentimiento malo o bueno. Con el tiempo, descubrió que lo único que sentía era un sumo respeto por la Senna profesional. Por su parte, ella se sentía frustrada al no lograr que Ichigo la amara. Aunque fue un proceso muy civilizado, cortaron toda comunicación y jamás volvieron a coincidir.
A sus casi cuarenta años, Ichigo era un hombre divorciado y con una hija. No se sentía como si hubiera fracasado en la vida. Solo creía que su destino era así; gris y lineal. Por más que intentara salir de ahí, el curso natural de la vida lo devolvería a su sitio.
¿Qué caso tenía ir contra la corriente de nuevo?
Ahora regresaba a Japón, solo. El proyecto tuvo buenos resultados, pero comprendió que la investigación no le llenaba completamente. Prefería ejercer con el trato directo a las personas. Mientras encontrara alguna vacante en un hospital, trabajaría en la Clínica de su viejo en Karakura. Además de que debía buscar donde vivir. Curiosamente, sería la primera vez en su vida que viviría totalmente solo.
Akari se encontraba con su madre. Sorprendentemente, parecía feliz. En el horizonte se vislumbraba su futuro en el ballet. A su corta edad, era instruida en uno de los mejores estudios de la ciudad y la mayoría de las veces representaba los papeles con mayor protagonismo. Solían encontrarse en Nueva York al menos tres veces al año: su cumpleaños, navidad y en sus recitales más importantes. Por ella, incluso se llevaba bien con el novio, amante, esposo o lo que sea de Nell. Aquel hombre con el que alguna vez se lío a golpes por defenderla… Era sumamente curioso, ¿no? Pero él era cariñoso con su hija y fungía como un buen padre sustituto.
Pasar de ser una Don nadie a una de las mujeres más importantes de Japón era un cambio bastante drástico.
Económicamente hablando, su vida estaba resuelta. No debía preocuparse por llegar a fin de mes o pagar el alquiler, como solía hacer en su juventud. Tenía eso que todos los seres humanos deseamos: estabilidad. La entera certeza de que podremos seguir con un techo sobre nuestra cabeza y un plato de comida. Pero si veía retrospectivamente, jamás se había sentido tan llena de carencias. Viajó una época. Era un consuelo temporal. Evitaba los lugares que pudieran asociarle alguien o a un recuerdo doloroso.
Podría haber continuado de esa forma el resto de su vida, pero sintió la necesidad de cumplir un objetivo.
Compró el terreno que alguna vez fuera propiedad del Sr. Tanaka. Los trámites legales fueron complicados, pero lo logró. Se esmeró muchísimo en el proyecto que se formó espontáneamente en su cabeza. Además de dinero, invirtió su energía, alma y cuerpo en cada metro cuadrado. No escatimó en recursos (que era más que obvio que los tenía). El resultado final: el edificio más deslumbrante y bonito de la zona.
Por las noches solía fantasear con la vida que le hubiera gustado tener al lado de Ichigo.
Ella misma lo notaba. Cada año, la soledad le calaba más hondo. Solía vivir en el pasado o torturándose con un futuro que jamás llegó. Reconstruyendo los hechos y sustituyendo las palabras ya dichas, tratando de emendar errores.
«Si yo hubiera…»
Imaginaba una casa hermosa, donde hubieran vivido el resto de sus vidas. Los detalles de cada habitación y la manera en que le habría gustado decorarlas. Cuántos hijos hubieran querido tener y mascotas, entre las cuales se encontraría un conejo al que nombraría Chappy. Un jardín lleno de árboles y flores por el cual se hubiera desvivido por cuidar, para que pudieran jugar tranquilamente en él. Eso y mucho más. Pero las fantasías sólo eran fantasías y se quedaban encerradas amargamente en cabeza. Era demasiado ingenuo pensar que estarían juntos. Que en determinado punto, el curso de sus vidas (que con tanto rigor los había separado), por capricho los hiciera reencontrarse. El tiempo no podría reinvertirse. Los mejores años de sus vidas se habían terminado y ahora comenzaban el sobrio otoño. Era triste ponerse a pensar que su vida se había ido en todo y en nada a la vez. ¿Por qué Dios se había negado a darle una existencia feliz? ¿Por qué había sido todo tan difícil?
Se volvió fumadora compulsiva. Vivía (casi) de planta en Taiwán. Pasaba horas sentada en un sillón imitación Luis XVI, mirando hacia el puerto que tenía frente de sí y llenando su habitación de humo. En las noches tenía gran dificultad para conciliar el sueño, a pesar de tomar gran cantidad de píldoras para dormir.
oOo
Tras cumplirse el primer aniversario luctuoso de su hermano, se estableció durante (lo que ella pensó) una temporada en Japón para ocuparse en su edificio. Como lo predijo, además del enorme valor sentimental que representaba para sí misma, era una propiedad muy lucrativa. Casi de inmediato, la mayoría de los departamentos fueron vendidos y los que quedaban eran muy cotizados. No había punto de comparación entre la modesta edificación en la que vivió muchos años atrás, con el imponente complejo que ahora lo reemplazaba. Ella ocupaba todo el piso superior.
Realizaba continuamente visitas a Isshin Kurosaki en Karakura. A pesar de todo, ese sitio le brindaba paz y la compañía de Isshin le hacía bien. Y que quede claro que jamás hablaban de Ichigo. Por respeto a su tercera hija, Isshin prefería omitirlo. Sin embargo, era inevitable que ella se percatara de ciertas cosas. A través de las fotografías del salón, se enteró de se había casado de nuevo… No olvidemos que Rukia creía que él estaba casado con Nell.
Sin muchos detalles, Isshin le informó que su hijo volvería a casa por algún tiempo. Rukia le agradeció por todas las amabilidades que él le había brindado en los últimos años. Implícitamente, esa era la despedida. El hombre, con insipientes canas, la abrazó efusivamente y antes de retirarse, le entregó un antiguo DVD.
—Quizás deberías verla, Rukia-chan —le instó con dulzura.
Tras el largo viaje de regreso en tren, lo primero que hizo al llegar a casa fue echarse sobre el sofá más largo de su estancia. ¿Qué diablos le había dado Isshin? Examinó cuidadosamente el disco. En el exterior, no contaba con alguna leyenda que pudiera darle una clave de su contenido. Su estómago vacío le hizo perder el interés. Con pesadez, se levantó a cocinar una frugal cena. Luego tomó una ducha caliente y cuando estuvo más cómoda, retomó el asunto. Preparó todo para resolver el misterio. Antes de dar play, encendió un cigarrillo. La ansiedad le estaba consumiendo.
Bastaron unas cuantas escenas para comprender qué estaba viendo: la boda de Yuzu.
—¡Hey tú, puta! —gritó un Ichigo más joven.
Su atuendo, impecable al principio de la velada, ahora lucía totalmente desgarbado. No se necesitaba ser muy listo para comprender que estaba más que borracho. Estaba haciéndole señales para que regresara, pero le ignoró. No recordaba esa parte de la noche. Al igual que Ichigo, ella también había bebido demasiado.
—Y como todos saben —continuó, enfocándose ahora a la cámara— ella es mi testaruda y entrometida compañera de piso —tomó una breve pausa para eructar sin pudor ante los futuros espectadores— Las mujeres son complicadas… por eso, ten mucha paciencia con Yuzu y ámala sobre todo cuando peleen —expresó solemne— Rukia y yo tenemos casi tres meses viviendo juntos y créeme, peleas sobran, hasta por el mínimo detalle. No sé gran cosa acerca de la vida entre parejas, pero sí un poco acerca de la convivencia con una mujer… La única diferencia entre ustedes y nosotros, es que ustedes pueden arreglar sus problemas con un beso o caricia y nosotros no. Antes no comprendía porque las personas se echaban ellos mismos la soga al cuello casándose, si al final terminarían odiándose o divorciados, pero cuando veo a esa jodida chica —señaló hacia donde Rukia se encontraba—, lo sé. Ella cambió mi mundo… y dentro de nueve meses, es probable que todo lo que nos une ahora se pierda —guardó silencio— Tú fuiste inteligente y no dejaste que Yuzu se fuera de tu vida. Por eso, tienes mi respeto… Cuñado. Mierda, esto es extraño.
—¡Esto es por decirme puta! —gritó su contraparte, pateándolo por detrás.
Fin de la grabación.
Sin apenas darse cuenta, gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
¿Cómo pudo ser tan tonta?
Ichigo leía tranquilamente el diario, mientras esperaba a abordar su vuelo. Se hallaba en el JFK (1), tras el último recital de su hija. Como siempre, había estado espectacular, aunque él no entendiera mucho de esas cosas. Era impresionante el flujo de personas que se movían constantemente de aquí a allá en la terminal.
Tras pensarlo deliberadamente, decidió que ya era hora comprar de nuevo algún sitio al que pudiera llamar casa. Profesionalmente hablando, se encontraba en una buena racha y podía solventar ese tipo de gastos. No debía olvidar que ya no era tan joven y no tenía la misma energía que antes. Con su excelente historial académico y gracias a los buenos contactos que había ganado a lo largo de su carrera, logró ocupar un alto puesto en un reconocido hospital.
Mientras seguía en sus propias cavilaciones, sintió que una mano le tocaba suavemente por el hombro.
—¡Ichigo! —le nombró una voz femenina. Desde su sitio, era incapaz de ver a la emisora— ¡Por dios! —Exclamó con júbilo— ¡Continúas igual!
El aludido se puso de pie inmediatamente para encarar a la mujer misteriosa.
Tras unos segundos, logró reconocerla.
—Tatsuki —expresó calmado, pero era inminente su alegría. En su rostro bailoteaba una pequeña sonrisa— Ha pasado tiempo.
—Ya no somos unos críos de quince años, ¿eh? —inquirió juguetona, dándole un amistoso codazo.
En ese momento, llegó una tercera persona.
—Tatsuki, ya he dejado las maletas y nuestra puerta de embarque es… ¡Puta madre! —Gritó como si hubiera visto a un fantasma— ¡¿Ichigo Kurosaki?! —dejó la pregunta abierta.
—Renji Abarai —murmuró el peli-naranja, igualmente con gusto— ¿De dónde conoces a Tatsuki?
—Es mi esposa —reveló con orgullo.
Fue así como Ichigo supo qué pasó con la vida del pelirrojo luego de su desaparición.
Tras emigrar a Estados Unidos, vivió en una casa compartida. Ahí conoció a Tatsuki. Empezaron una relación y de ahí el resto era historia. Ahora tenían dos hermosos hijos, que se encontraban con los padres de Tatsuki. Ellos habían tomado unas pequeñas vacaciones, hacia alguna paradisiaca isla en el Pacífico. Se veía a kilómetros que realmente se querían. De veras, se alegraba por ambos. Que a él no le hubieran resultado las cosas, no significaba que los demás no pudieran tener vidas felices.
—¿Y cómo está Rukia? —preguntó con confianza Renji.
No había secretos entre Tatsuki y él.
Ichigo se encogió de hombros.
—Está casada con un abogado y vive en Taiwán.
Tanto el pelirrojo, como la propia Tatsuki, pudieron percibir la enorme tristeza que emanaba de sus palabras.
oOo
Algo en la sección de sociales llamó la atención de Ichigo. Rukia creía que era estúpido, pero en aquella época él estaba muy bien informado sobre su prometido —que ahora resultaba ser su jodido esposo—. Sabía su nombre, en qué trabajaba e incluso su historial clínico. Gracias a esto, fue una enorme sorpresa encontrarlo con otra mujer, en la inauguración de un famoso restaurante japonés. En la fotografía, se le veía con una enorme sonrisa, rodeando por la cintura a una chica más joven que él y con rasgos occidentales. Menuda joyita que resultaba ser el tío.
¿Cómo podía ser tan descarado como para exhibir a su amante por los círculos sociales?
La descripción en el margen inferior no cuadraba. Decía que esa mujer era su esposa… ¿Era posible que tuviera otra esposa en América? No podía quedarse con la duda. Entonces sacó su portátil en búsqueda de respuestas.
Lo que descubrió lo dejó helado.
Rukia no se casó con Ashido.
De haberlo sabido antes…
¿Qué cojones había hecho?
Sólo quedaba disponible un departamento, el número quince. Un potencial comprador pasaría a verlo a las cuatro de la tarde. Por regla general, ella no se inmiscuía en cuestiones de ventas, pero como tenía tanto tiempo libre, decidió supervisar el recorrido. El encargado era un hombre muy hábil y eficiente. Rukia no tenía quejas sobre él. Si se metía esporádicamente en sus terrenos, era por mero hastío.
Se vistió con un sencillo, pero elegante vestido negro. Era corto y no tenía mangas. A juego, llevaba un delicado collar de perlas. A pesar de los malos hábitos de la pelinegra, estos aún no hacían mella en su aspecto físico. El comprador ya había ingresado al departamento. La puerta de entrada estaba entrecerrada. Tras ingresar, su maltrecho corazón se paralizó en el acto.
Como una visión del pasado, se encontró con una vibrante cabellera naranja.
—…y tenemos aproximadamente un área de… —explicaba con ánimo el hombre. El peli-naranja no parecía tomar atención a sus palabras, porque se hallaba concentrado en examinar cada rincón. No había reparado en la persona que acababa de entrar, pero cuando lo hizo, palideció— Buenas tardes, srita. Kuchiki —saludó respetuosamente, pero tanto ella como el comprador estaban muy inquietos— ¿Se conocen? —preguntó confundido.
—No —negó Ichigo— Es la primera vez que nos vemos.
Luego de unos cuantos segundos que parecieron una eternidad, la ojiazul abrió la boca.
—¿Podría dejarnos solos un momento, Jiro-san?
—C-claro.
Con tan sólo una mirada, Rukia fue capaz de entender a Ichigo y viceversa.
Se estaban perdonando... Por todo.
—¿Quieres… ir por un café? —atinó a decir, aún conmocionado.
—¿No es demasiado tarde? —inquirió Rukia temerosa.
—Para nosotros no.
Ahora lo veían claro. No habían desperdiciado su vida. Cada segundo, minuto y hora fueron bien invertidos, sólo para llegar a ese instante. Hay caminos más largos y sinuosos que otros.
Pasaron lo que tenían que pasar.
El miedo, el orgullo y el dolor no son sencillos de dominar. Todo lo malo que podía suceder en una relación había pasado ya... eso significa que sólo podían venir cosas buenas para los dos.
Ya estaban listos para amarse.
En realidad, solo fue una pesadilla de trece años.
Fin
Notas:
(1) Aeropuerto Internacional John F. Kennedy: aeropuerto internacional localizado en Queens al sureste de la Ciudad de Nueva York, Estados Unidos, a unos 20 km de Manhattan.
