Capítulo Veinticinco

Miró con resentimiento el periódico frente a él. Nunca entendería cómo los de El Profeta se enteraban tan rápido de todo, si hacía apenas unas horas que había firmado su divorcio.

"EXCLUSIVA: La pareja más codiciada de Londres se separa. ¿Se les ha acabado el amor?"

Se vio a sí mismo en la portada del diario, en una fotografía de esa mañana en la que se le veía a él y a Ginny saliendo de las oficinas del Registro Civil de Magos y Brujas del Ministerio. Ni si quiera se había tomado la molestia de leer el articulo, porque sabía que no le iba a gustar. Había tenido suficiente con la primera carta que había recibido ese día, preguntándole si era verdad que Ginny le engañaba con otro, y si quería dar una entrevista para contrastar su versión de los hechos. Desde ese momento, se había visto obligado a bloquear todo su correo, por no decir que tenía a su secretaria batallando contra todos los periodistas que querían colarse en su despacho.

El ruido de la puerta abriéndose llamó su atención, y por un momento casi se puso en guardia, dispuesto a hechizar a algún reportero. Por suerte solo era Ron.

— Menuda cara —fue su saludo, mientras se sentaba en una silla frente a él—. ¿Malas noticias?

Harry le regaló una mirada afilada.

— Han sacado una edición de El Profeta Vesperino solo para anunciar mi divorcio —se quejó. Ron se encogió de hombros, con cara de circunstancia.

— Ya sabes cómo son. Deberías estar acostumbrado.

— Ni si quiera me apetece saber qué barbaridades están soltando.

— Yo lo he leído, puedo hacerte un resumen.

— No, porque como lo sepa iré al Callejón Diagon a quemarles la oficina.

— Yo te ayudo —ofreció su amigo. Harry sonrió a pesar de todo—. ¿Qué opina tu novio de todo esto? —arqueó una ceja, mirando inquisitivamente al pelirrojo—. Merlín, es tan raro decir la palabra "novio" refiriéndome a ti.

— Pues... No lo sé —respondió, ignorando el ultimo comentario de su amigo—. ¿Por qué?

Realmente no había hablado con Draco sobre ese tema, pero él ya había asumido que iba a estar en boca de todos una vez que su divorcio fuese público, y sabía que el rubio lo entendería, porque había aguantado los artículos de El Profeta tanto como él.

— Por nada —contestó, con una ademán desinteresado—. El que sí parece contento es Klein, que por poco enmarca la noticia y la cuelga en la pared de su oficina.

Harry soltó un suspiro irritado.

— Ron, por decimoctava vez: no estoy saliendo con Klein.

— Ya lo sé —replicó el otro casi a la defensiva—, pero tampoco quieres decirme con quién estás saliendo y eso es ciertamente sospechoso.

— Te lo diré, pero espera a algún día que no tenga ganas de matar a alguien, por favor.

— Vale —accedió Ron—, solo no tardes mucho, sabes que no se me da bien esconderle secretos a Hermione.

Si hubiera estado del suficiente humor, seguramente se habría burlado de su amigo.

— ¿Cómo están tus padres? —preguntó.

— Bien. Mamá por fin ha entendido que Ginny y tú sólo os vais a separar, no a morir. Además, están contentos de tener a mi hermana en La Madriguera otra vez.

El moreno sonrió, algo más tranquilo. Convocó un rápido tempus y luego exhaló con pesadez.

— Debería irme ya. Tengo que llevar a Lily a comprar sus cosas para Hogwarts.

— ¿Con la prensa tan alborotada? —cuestionó el pelirrojo mirándole como si estuviera loco.

— No creo que sea capaz de retenerla un día más sin su varita —explicó, resignado.

Ron soltó una risa burlona.

— Buena suerte, entonces.

Harry soltó un último suspiro, antes de aparecerse en su casa.

— ¡Por fin! —exclamó Lily, en cuanto vio a su padre en el salón—. ¿Vamos a ir a por mi varita?

No pudo evitar sonreír con paciencia mientras asentía.

Nunca había visto a su hija correr tan rápido hacia la chimenea.

En el momento en el que pisó el Callejón Diagon se dio cuenta de que su amigo tenía razón, y debería haber aplazado las comprar para otro día. No le había dado tiempo a dar más de dos pasos cuando una decena de reporteros se amontonaron a su alrededor, sofocándole a preguntas disparatadas. Harry no nunca había tenido demasiada paciencia en esas situaciones, y no iba a empezar a tenerla ese día.

Cogió su varita con los dientes apretados y volatilizó el primer pergamino que se le pasó por delante.

Los reporteros se callaron en el acto. Incluso los vuela-plumas se detuvieron en el aire.

— Como podréis ver, he venido a comprar con mis hijos —comentó, señalando a los niños, que en ese momento estaban pegados a su cuerpo, luciendo casi asustados por la cantidad de gente a su alrededor, las preguntas y las fotografías que les estaban sacando, lo que hacia que la poca paciencia de Harry se evaporase con más rapidez todavía—, así que les agradecería que nos dejasen nuestro espacio, ya que no pienso responder a ninguna pregunta, ni ahora, ni nunca.

— Señor Potter, ¿es cierto que su esposa está embarazada de su amante?

Ladeó la cabeza hacia la voz que había hecho tal cuestión, encontrándose con los ojos verdes y sagaces de Rita Skeeter. Su vuela-pluma era la única que estaba escribiendo algo, y eso que Harry no había abierto la boca para responder.

¿Es que esa mujer no se iba a morir nunca?

— Al próximo periodista que me haga una pregunta sobre ese tema, lo detendré por acoso y intromisión a la privacidad. Y créanme cuando les digo que esa medida es la más benevolente que me ocurre ahora mismo. La otra que tengo en mente es mucho más dolorosa —dictaminó, con voz tensa.

— ¿Recurriendo a las amenazas? —provocó la rubia, con una sonrisa que no le gustó nada—. Qué interesante.

Skeeter se dio la vuelta para marcharse después de eso, y para su fortuna el resto de reporteros siguió el mismo ejemplo.

Respiró hondo, sintiéndose más tranquilo, y miró a sus hijos, que parecían mucho más calmados sin tanta gente cerca. Habían transeúntes que aún los miraban con curiosidad, pero afortunadamente estaban acostumbrados a eso.

— Vamos a Ollivanders, ¿no? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.

— ¡Sí! —exclamó Lily, con una alegría renovada.

La tienda de varitas de Ollivanders no había cambiado a pesar de los años. Harry casi pudo sentir la misma sensación de magia acumulada en ese lugar. Se acercaron hasta el escritorio, admirando las enormes columnas de cajas de varitas que habían colocadas con extrema pulcritud desde el suelo hasta el techo.

— Albus, no toques eso —reprendió, al ver que su hijo iba a tocar una varita de gran tamaño que levitaba sobre el escritorio.

— ¿Puedo trabajar aquí cuando sea mayor? —preguntó Lily, mirando a su alrededor con admiración.

Harry soltó una risa en voz baja.

Una puerta a su lado se abrió, dejando ver a Garrick Ollivander.

— Señor Potter —saludó con afabilidad—. ¿Su varita se ha vuelto a romper?

Se removió en su sitio, con una sonrisa algo incómoda.

— No, venimos a comprar una nueva —explicó, señalando a su hija, la cual sonrió brillantemente.

— Oh, la pequeña de los Potter —admiró—. ¿Desean pasar al depósito de varitas?. Lo acabamos de expandir.

— Sí —respondió Lily, antes que nadie.

El deposito de varitas era una sala francamente enorme, llena de estanterías con un millar de cajas en ellas. Observándolo con cuidado, se dio cuenta de que las varitas estaban ordenadas por núcleo, siendo las estanterías con los núcleos de pelo de unicornio y fibra de corazón de dragón las más abarrotadas, y más vacías las que poseían un núcleo menos frecuente.

— ¿Alguna preferencia señorita? —preguntó el dueño de la tienda, una vez que se posicionaron frente a otro escritorio.

— Quiero una varita con núcleo de pelo de unicornio —afirmó decidida. Ollivander ladeó la cabeza, mirándola con curiosidad—. Son las que tienen la magia mas consistente, ¿verdad?

— Lo son —coincidió el hombre, con una expresión complacida—. Pelo de unicornio será, entonces.

Ollivander desapareció por un interminable pasillo. Harry casi tuvo la necesidad de sujetar a Lily por el hombro para evitar que saltase sobre sus pies de la emoción.

— ¿Cuantas varitas crees que probará? —le preguntó James a su hermano.

— Al menos tres —contestó Albus.

— Yo creo que serán seis, siendo como es Lily...

— ¿Qué quieres decir con eso? —cuestionó la aludida, entrecerrando los ojos.

— Nada de peleas aquí dentro —les advirtió a sus hijos.

— Eso es un número desorbitado —respondió Albus, ignorando los comentarios.

— ¿Quieres apostarte algo?

— ¿Cien sickles?

— ¿Crees que soy millonario o qué? —replicó James.

— Veinte knuts, entonces.

— Hecho.

Harry puso los ojos en blanco cuando vio que ambos chicos se estrecharon la mano con seriedad, como si estuviesen cerrando una gran acuerdo.

— Seguro que lo consigo a la primera —protestó Lily.

Ollivander volvió poco después, dejando cinco cajas de diferentes colores sobre el escritorio.

— ¿Preparada? —le preguntó a la pelirroja, quien asintió con énfasis. El hombre cogió una de las cajas de color rojo brillante, abriéndola con cuidado. De ella saco una varita larga y fina, de un color marrón calor, que casi parecía beige—. Madera de haya, núcleo de pelo de unicornio, 30 centímetro, rígida —explicó, mientras se la tendía.

Vio como la mano de Lily osciló al tomarla, y una vez que la tuvo entre su mano, la miró como si fuera el objeto más maravilloso que había visto en su vida. Harry sonrió conmovido.

— Agítala —la animó.

La niña obedeció, agitando delicadamente la varita. No ocurrió nada.

— Tal vez es una squib —pinchó Albus. James rió a su lado.

Harry les envió una mirada de advertencia, conteniéndose de pegarle a sus hijos en la cabeza. Ahora entendía a Severus Snape.

— Oh, no te preocupes —dijo el dueño, recuperando la varita—. La madera de haya suele mostrar una falta de poder si no encuentra a su compañero ideal. Probemos con esta —añadió, abriendo esta vez una caja de color amarillo citrino. Esta vez la varita era de un tono rojizo, con unas delicadas vetas oscuras. Era preciosa—. Madera de roble rojo, 26 centímetros, semi-rígida. Perfecta para duelos, e ideal para mentes rápidas y adaptables.

Lily la sostuvo con más firmeza esta vez, y la probó sin que nadie se lo pidiese. Acto seguido, un centenar de cajas salieron disparadas para todos lados.

— ¡Lo siento mucho! —exclamó la pequeña, dejando la varita sobre el escritorio con rapidez.

— Descuida —murmuró el tendero, con una ademan sin importancia. Las cajas volvieron a ordenarse mágicamente. Ollivander por su parte, abrió una caja azul oscuro, dejando ver una varita de un dorado brillante, gruesa y con grabados de espirales en ella—. Madera de peral, 28 centímetros y medio, rígida. Magnífica para los corazones cálidos, generosos y sensatos.

La niña suspiró, agarrando la varita. La agitó haciendo explotar un tintero que había sobre el escritorio, sobresaltando a los demás.

— Tal vez deberíamos convocar un protego. Digo... por salir ilesos de aquí —aconsejó James, con los dedos llenos de tinta.

Lily le tendió la varita al dueño, con aire desanimado.

— No te preocupes —le dijo a su hija, apoyando una mano en su hombro—. A mi también me costó.

— ¡Oh, por supuesto! Debería haberlo pensado antes —clamó Ollivander, llamando la atención de los otros—. Creo que tengo a tu compañera ideal.

El hombre se adentró en uno de los pasillos, y volvió con una caja gris claro en sus manos.

— Madera de nogal, 27 centímetros, flexible. Son perfectas en 9 de cada 10 casos de magos o brujas con una inteligencia superior. Estoy seguro de que esta es la tuya.

La varita era de un marrón amarillento pulcro, parecía bastante lisa al tacto y en su empuñadura había unos relieves circulares. Cuando Lily la cogió, sus ojos se iluminaron en un segundo, y Harry supo que Ollivander tenía razón, y que esa iba a ser su varita. Lo confirmó cuando su hija produjo unas pequeñas chispas rojas que la hicieron sonreír encantada.

— ¡Es esta! —exclamó, emocionada.

— Serán siete galeones, entonces —respondió Ollivander con una sonrisa suave.

— Me debes veinte knuts —canturreó Albus en cuanto salieron de la tienda. Su hermano bufó disgustado.

— ¿Quieres que vayamos a la tienda de animales mágicos? —le preguntó a Lily, quién miraba la caja de su varita con felicidad.

Para su sorpresa, ella negó con la cabeza.

— Vamos a la tienda del señor Malfoy. Quiero enseñarle mi varita.

Bueno, ciertamente no iba a negarse a esa petición.

La botica de Draco apenas estaba a cuatro tiendas de distancia, así que estuvieron allí a los pocos minutos. Al llegar, Harry se dio cuenta de que en la puerta acristalada colgaba un cartel de "Cerrado", aunque dentro había luz, así que supuso que el rubio estaba preparando alguna poción y no podía atender a clientes.

Abrió la puerta, haciendo tintinear la campanilla de bienvenida, mientras avanzaba por el pasillo, vio a Draco asomarse por la puerta de la trastienda.

— ¡Señor Malfoy! —chilló Lily, antes de que él pudiese abrir la boca.

— ¿A qué se debe tanto entusiasmo? —preguntó este, levantando a la niña en brazos cuando esta le abrazó, haciéndose a un lado para dejar pasar a los demás.

Dentro de la trastienda, estaba Scorpius sentado en una mesa, muy concentrado mientras preparaba una poción. Albus se sentó al lado del rubio, mientras él y James tomaron asiento frente a él. El niño ni si quiera se inmutó.

— Ya tengo mi varita —informó sonriendo, elevando la caja, mientras Draco la dejaba sobre una de las sillas vacías.

— ¿En serio? —el mayor pareció asombrado, aunque Harry ya le había dicho que ese día iban a salir de compras—. ¿De qué es?

Lily sacó varita, para enseñársela al mayor.

— De nogal, con núcleo de pelo de unicornio. El señor Ollivander dicen que son para personas de inteligencia superior. Seguro que iré a Ravenclaw —afirmó, muy segura.

— No tiene porqué —habló Scorpius, levantando la vista de su caldero por primera vez—. La varita de Albus es de madera de alerce, hecha para inspirar valor y confianza, y no está en Gryffindor.

Harry alzó las cejas, vagamente sorprendido.

— Scorpius hizo toda una investigación sobre varitas cuando obtuvo la suya —explicó Draco.

— ¿De qué es la suya? —cuestionó la menor, sin hacer ni el mínimo caso a lo que acababa de decir Scorpius.

— Espino y pelo de unicornio —respondió Malfoy.

— La mía es de cedro y fibra de corazón de dragón —añadió James con voz orgullosa. Harry estudió a su hijo durante un instante, pero el chico parecía cómodo a pesar de que sabía que Harry y Draco tenía una relación.

No pudo evitar suspirar con algo de alivio.

— Para caracteres fuertes y leales —informó Scorp—. ¿Y la suya señor Potter?

— Acebo y pluma de fénix.

Scorpius volvió a alzar la vista, con una sonrisa socarrona que hizo que a Harry se le erizasen los nervios.

— El acebo sirve para aplacar la ira y el ímpetu —comentó con burla.

— Me lo creo —apoyó su padre. Harry puso los ojos en blanco.

— La tuya es de color blanco ¿no? —le preguntó Lily al chico.

Scorpius asintió, sacando su varita con cuidado, sin dejar de revolver la poción.

Harry ya se había fijado otras veces, pero no pudo evitar pensar que la varita de Scorpius era de un bonito y brillante color blanco, fina y elegante. Propia de un Malfoy, obviamente.

— Es de álamo —contestó, sonriendo ampliamente—. Una varita hecha para duelistas.

— No dejes de remover la poción —advirtió su padre. El chico soltó un resoplido, guardando su varita.

— Es que se me cansa el brazo.

— ¿Qué estás haciendo? —pregunto Al.

— La poción para la alergia de mi padre —respondió en un tono disgustado.

— ¡Draco! —exclamó Harry, sin poder creérselo.

— Él fue quien quiso tener un perro, ahora que asuma las consecuencias. No voy a ser yo el único que sufra aquí —se defendió el rubio—. Además, si quiere ser medimago necesitará un Extraordinario en pociones.

— Ya tengo un Extraordinario en pociones —objetó el menor.

— ¿En serio?, porque no te he visto añadir la raíz de valeriana.

Scorpius entrecerró los ojos, echándole una mirada mortífera a su padre.

— En cuanto cumpla los diecisiete me iré de casa —amenazó.

— Que Merlín te oiga —murmuró Draco.

— Señor Potter, ¿puedo denunciar a mi padre por explotación infantil?

— Testificaré a tu favor —respondió el moreno, solemne.

— Muchas gracias —replicó Draco con disgusto.

— Si no he añadido las raíces no hace falta que continúe con la poción ¿no?. De todas formas ya está mal hecha.

Su padre le miró durante un largo momento, arqueando una ceja inquisitivamente.

— Lo has hecho a propósito, ¿verdad?

— No sé de qué estás hablando, padre —el niño sonrió inocentemente, mientras desvanecía la poción del caldero.

Harry soltó una carcajada, agradeciendo la diversión en medio de esos días de locos que había tenido.

— Podrían venir con nosotros a la tienda de animales mágicos, ¿no, papá? —ofreció James.

El moreno cortó su risa, solo para mirar a su hijo con algo de asombro. No pudo reprimirse en sonreírle con calidez mientras alborotaba su cabello.

— Si quieren...

Scorpius saltó de su silla.

— ¡Sí! —exclamó el rubio—. Llevo como una hora aquí metido.

— Pobre de ti —se compadeció falsamente su padre.

— ¡Es verdad! —dijo Lily—. Todavía no he decidido qué animal quiero.

— Pues nada, vamos a ver sapos —concluyó Draco.

Harry sabía que la tarea de encontrar una varita no siempre era fácil. James había tardado una eternidad, mientras que Albus lo había conseguido al probar su segunda varita.

Lo que no esperaba es que su hija no fuese capaz de elegir un dichoso animal para llevarse a Hogwarts.

— ¿Que tiene de malo ese gato? —estaba cansado ya de ver gatos, sapos y lechuzas.

— Que no me gusta —respondió la niña inmediatamente. Era lo mismo que había dicho las veinte veces anteriores—. ¿Por qué no puedo elegir otro animal?

— Porque son las reglas, Lily. Gato, sapo o lechuza.

— Pero tío Ron llevó una rata.

— No me lo recuerdes —murmuró, hastiado—. Ademas, eran otros tiempos. Ahora las ratas están prohibidas

Y con razón, pensó.

Escuchó a James resoplar a su lado, seguramente tan agotado de ver animales como él. Se había recorrido la tienda entera unas diez veces al menos. Albus y Scorpius estaban entretenidos con un pequeño escarbato que tenían, mientras Draco estaba en el otro extremo del pasillo, paseando holgadamente.

— Vamos a mirar las lechuzas.

— ¿Otra vez? —se quejó James, lloriqueando. Harry se sentía igual.

— ¿Qué te parece este?

El moreno se giró al escuchar la voz de Draco a su espalda. En su mano derecha llevaba un pequeño gato blanco, de pelo corto, y con la punta de las patas, la cola y el hocico negro.

— ¡Qué bonito!

— Pero si me había dicho que no querías un gato —replicó su padre, sabiendo que si la niña quería ese gato era solo porque lo había traído Draco. Se sentía casi ofendido.

— Dije que no quería ese gato. Este me gusta.

— Esta. Es una gata —corrigió el rubio.

Harry resopló, viendo como la niña cogía el gato que le tendía el rubio y lo abrazaba con cariño.

— ¿La matas tú o la mato yo? —farfulló James por lo bajo.

— ¿Qué nombre le pondrás?

— Cassiopeia, como la constelación. Así la podré llamar Cassy.

¿Cuándo elegirán un nombre normal?, se preguntó mentalmente

— ¿Podemos ir a Florean Fortescue? —preguntó Albus, mientras Harry pagaba el dichoso gato.

— Sí, vamos a celebrar que ya podemos salir de esta tienda —apoyó su hermano.

— Bien, pero nada con mucho azúcar para ti —le advirtió a Albus.

Al final se encontró a sí mismo en la heladería, sentado en una de las mesas junto a Draco, mientras los niños miraban la vidriera con los diferentes sabores de helado, intentando decidir cual querían.

— ¿Ya estás mejor? —escuchó que le preguntaba el rubio.

— ¿Mejor? —repitió extrañado.

— Bueno, hoy has sido noticia. Y llevas unos días moviditos.

Asintió, soltando una larga exhalación. Casi se había olvidado de eso.

— No es nada que la prensa no haya hecho antes —contestó, encogiéndose de hombros—. Y supongo que lo demás se tranquilizará con el tiempo, aunque aún tengo que decirles lo nuestro a los niños y a los Weasley.

Draco sonrió con burla, apoyando su barbilla sobre la palma de su mano.

— En estos momentos es cuando me alegro de tener solo un hijo y que mi madre esté a kilómetros de mi.

Harry rodó los ojos.

— Muchas gracias por tu compasión —replicó con sarcasmo.

El rubio sonrió más ampliamente, entrelazando su otra mano con la suya por debajo de la mesa para apretarla con cariño.

— Todo saldrá bien, ya verás.

Solo esperaba que Draco tuviera razón.


¡Por amor a Merlín y su túnica sagrada!

Creí que nunca iba a acabar este capitulo, y eso que no es especialmente largo, pero si supierais el tiempo que he estado investigando (léase, mirar wikia), todo sobre varitas mágicas. Qué locura, joder.

Peeeeeeero aquí tenéis otro capítulo, que prometí actualizar tres veces esta semana, y esta ya es la segunda, intentaré subir otro capítulo el viernes.

La verdad es que, a pesar del trabajo que me ha llevado, he sido feliz escribiendo a Lily comprando su varita, ha sido como ver a mi propia hija, y eso que no tengo xD. También parece que Harry ha recuperado un poco de su humor con los Malfoy, pero, ¿y quién no?. Solo falta saber si Draco tiene razón y todo saldrá bien o no. Os prometo que lo sabréis pronto.

¡Nos leemos el viernes, si Merlín quiere!