Querido Terry, No hay ningún lugar donde prefiera estar que no sean sus brazos…
Candy estaba mirando por la ventanilla del carruaje los prados y los setos que pasaban, consciente de que cada vuelta que daban las ruedas del vehículo la alejaban más de Londres. Y de Terrence.
Teniendo en cuenta que el último viaje a Middlesex lo había hecho en un coche público con un niño escupiéndole leche y un corpulento herrero pisándole el pie, debería haber agradecido los lujos extravagantes del carruaje de los O'Brien. Pero le importaban tan poco los cojines de terciopelo y los accesorios de bronce como la expresión preocupada de su amiga.
La exuberancia natural de Patty contrastaba con el velo de tristeza que la rodeaba. Mientras el carruaje pasaba por un puente de piedra parecía que las nubes bajas iban a comenzar a echar los primeros copos de nieve de la temporada.
—Sigo sin poder creer que te atrevieras a proponerle matrimonio —dijo Patty mirándola con admiración.
—No se lo propuse. Estaba aceptando su proposición, pero desgraciadamente se había retractado.
— ¿Y si hubiera accedido a fugarse a Gretna Green? ¿Cuándo pensabas decirle que eras su añorada Candice?
—No lo sé. Pero estoy segura de que algún día habría surgido el momento oportuno. Tras el nacimiento de nuestro tercer hijo, quizá, o al celebrar nuestro quincuagésimo aniversario como marido y mujer. —Candy cerró los ojos un instante, atormentada por las risas infantiles que nunca oiría y los días felices en brazos de su marido que nunca llegarían.
Patty movió la cabeza de un lado a otro.
—No puedo creer que vuelva al mar.
— ¿Por qué es tan difícil de creer? —preguntó Candy amargamente—. Quiere ser un héroe para su querida Candice. La última vez que embarcó estuvo a punto de costarle la vista. Me pregunto qué le costará esta vez. ¿Un ojo? ¿Un brazo? ¿La vida?
Apoyó la cara en la ventanilla mientras luchaba contra la desesperación. Había animado a Terrence a ser un héroe cuando ella era una auténtica cobarde. Al principio había huido de su amor por miedo a confiar en la firmeza de su corazón. Luego huyó del hospital porque no podía hacer frente a las consecuencias de su cobardía. Había huido de sus brazos en Fairchild Park y ahora estaba huyendo de nuevo. Sólo que esta vez tendría que seguir huyendo el resto de su vida, aunque eso significara no llegar nunca a ninguna parte.
—Ya basta —susurró Candy.
— ¿Disculpa?- Se sentó en el borde de su asiento.
—Tenemos que dar la vuelta.
— ¿Cómo? —preguntó Patty intentando seguirla.
— ¡Dile al cochero que dé la vuelta! ¡Ahora mismo! —Demasiado impaciente para esperar a que su amiga reaccionara, Candy cogió la vara de la esquina y empezó a golpear el panel forrado de seda en la parte delantera del coche. El vehículo se detuvo balanceándose. Cuando se abrió el panel apareció la cara desconcertada del cochero con la nariz roja de frío.
— ¿Qué ocurre, señorita?
—Tengo que regresar a Londres. ¡Dé la vuelta inmediatamente!
El cochero lanzó a Patty una mirada cautelosa, como si le preguntara si debería llevar a su amiga derecha a un manicomio.
—Haga lo que dice —ordenó con los ojos brillantes de emoción—. Diga lo que diga.- Él se dirigió a Candy de mala gana.
— ¿A dónde, señorita?
—A los muelles de Greenwich. ¡Y dese prisa! ¡La vida de un hombre puede depender de ello!
Cuando el carruaje se puso en marcha Candy se cayó hacia atrás en el asiento. Necesitando desesperadamente un hilo de esperanza para agarrarse, estrechó la mano de Patty con una trémula sonrisa en sus labios.
—Y también la vida de una mujer.
El teniente Terrence Grandchester estaba delante del espejo en el estudio de su casa de Londres con su uniforme. Mientras se ajustaba el lazo azul oscuro en el cuello el corte de su cicatriz inclinó hacia abajo la esquina de su boca, una boca que parecía que no había sonreído nunca.
No era una cara que a un enemigo le gustaría ver al otro lado de un fusil, una espada o un cañón. Era la cara de un hombre nacido para la guerra, no para el amor. Nadie habría imaginado que esos labios severos, esas manos poderosas, habían pasado la noche anterior haciendo que una mujer se estremeciera una y otra vez.
— ¿Señor?
Al oír unas ruedas de hierro rodando por la alfombra Terry se dio la vuelta. Nadie habría reconocido al hombre que estaba sentado en la silla de ruedas como el mendigo demacrado que había encontrado bajo la lluvia hacía casi un mes y medio. Sus labios habían perdido su tono azulado, y su pecho y sus mejillas habían engordado. Con una caligrafía excelente y cabeza para los números, Martin Worth había resultado ser el mejor secretario que Terry había tenido nunca. Confiaba plenamente en el antiguo guardia marina para que administrase su casa mientras él estaba en el mar.
Terrence se apresuró a rechazar la efusiva gratitud de Martin. Si no hubiera sido por un capricho del destino podía haber sido él quien estuviese allí sentado con la mitad de sus piernas, condenado a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.
Apartándose un brillante mechón de pelo de los ojos, Martin dijo:
—Aquí hay alguien que quiere verle, señor. —Antes de que a Terry le diera un vuelco el corazón añadió—: El señor Johnson y la señora Elroy.
Terrence frunció el ceño, incapaz de imaginar qué recado urgente podría haber sacado a los fieles criados de Fairchild Park. Después de recorrer los barrios bajos de la ciudad con él para buscar a Candice, Johnson juró que no volvería a pisar Londres.
—Gracias, Martin. Hágales pasar.
Un criado sacó a Martin mientras Johnson y la señora Elroy entraban corriendo en el estudio. Después de saludarle afectuosamente se sentaron en un sofá con brocados, haciendo un gran esfuerzo para mantener una distancia respetable entre ellos. Terry se quedó delante de la chimenea. La señora Elroy se quitó los guantes.
—No sabíamos si debíamos molestarle por este asunto…
—… pero usted nos dijo que le mantuviéramos informado si encontrábamos algo raro en la habitación de la señorita White —concluyó Johnson.
La señorita White.
Ese nombre se clavó como una aguja en el corazón de Terry. Juntó las manos detrás de su espalda sintiendo cómo se le tensaba la mandíbula.
—Iba a decirles que podían quemar sus cosas. Es evidente que no tiene ninguna intención de volver a buscarlas.
Johnson y la señora Elroy intercambiaron una mirada consternada.
—Si eso es lo que desea, señor —dijo Johnson con tono vacilante—, pero creo que antes debería echar un vistazo a esto. —Sacó un papel doblado del bolsillo de su chaleco—. Lo encontraron Hannah y Dorothy cuando estaban dando la vuelta al colchón en la habitación de la señorita White.
Terry intentó no recordar la noche que había compartido ese colchón tan estrecho con ella, que les había obligado a plegar sus cálidos cuerpos como dos cucharas en un cajón. Miró el papel que tenía Johnson en la mano sin ganas de examinarlo.
—No creo que me dejara otra nota. La primera era bastante elocuente. No necesitaba ningún adorno.
Johnson movió la cabeza de un lado a otro.
—Por eso nos pareció tan raro, señor. No es una carta para usted. Es una carta suya.
Frunciendo más el ceño, Terrence aceptó la carta doblada de manos de Johnson. En el papel de color marfil había aún trocitos de cera antigua. Estaba más desgastada aún que las cartas que él había llevado junto a su corazón. Parecía que había sido acariciada a menudo y con cariño por unos dedos suaves.
Terrence la desdobló y reconoció sobresaltado su propia letra, sus atrevidas palabras.
Querida Annie,
Ésta será la última misiva que recibirá durante mucho tiempo. Aunque no pueda enviarlas, debe saber que le escribiré palabras de amor en mi corazón todas las noches que estemos separados para poder leérselas cuando volvamos a reunimos.
Ahora que he seguido su consejo y he puesto mi vana e inútil vida al servicio de Su Majestad, espero que no se ría y me acuse de embarcarme sólo para demostrar a mi sastre lo elegante que puedo estar con uniforme.
Durante los largos meses en los que estaremos separados intentaré convertirme en un hombre digno de sus afectos. Nunca he ocultado mi afición al juego. Ahora estoy jugando para ganar el premio más preciado de todos: su corazón y su mano en matrimonio. Le ruego que me espere y sepa que volveré en cuanto pueda. Llevo sus cartas y todas mis esperanzas para nuestro futuro junto a mi corazón.
Siempre suyo
Terrence
Terry bajó despacio la carta, sorprendido al descubrir que le temblaban las manos.
— ¿De dónde han sacado esto? ¿Lo han encontrado en algún lugar de esta casa?
Ambos parpadearon como si hubiera perdido el juicio.
—No, señor —dijo la señora Elroy lanzando a Johnson una mirada preocupada—. Lo encontramos exactamente donde le hemos dicho. Debajo del colchón de la señorita White.
—Pero ¿cómo es posible que estuviera en su poder? No comprendo…
Pero de repente lo comprendió.
Todo.
Cerrando los ojos para contener una oleada de emociones, susurró:
—No hay mayor ciego que el que no quiere ver.
Cuando los abrió todo en su vida estaba claro de repente. Metiendo la carta dentro de su chaqueta, junto a su corazón, miró a Johnson furiosamente.
—Dime, ¿cuándo vas a convertir a la señora Elroy en una mujer honesta?
Aunque les daba miedo mirarse, los dos criados comenzaron a ruborizarse y tartamudear. Johnson sacó un pañuelo del bolsillo de su chaleco y se secó la frente.
— ¿Lo sabe?
— ¿Desde cuándo? —preguntó la señora Elroy haciendo una bola con sus guantes.
Terry puso los ojos en blanco.
—Desde que tenía unos doce años y les vi besándose entre los manzanos. Estuve a punto de caerme del árbol y romperme el cuello.
— ¿Podemos mantener nuestros puestos? —preguntó Johnson atreviéndose a coger la mano temblorosa de la señora Elroy.
Terrence sopesó un momento la pregunta.
—Sólo si se casan inmediatamente. No puedo tenerles viviendo en pecado bajo mi techo corrompiendo la moral de mis hijos.
—Pero señor… usted no tiene hijos —señaló la señora Elroy.
—Si me disculpan, voy a remediar eso. —Terry fue hacia la puerta decidido a no perder ni un minuto más.
— ¿Adónde va? —dijo el mayordomo detrás de él más desconcertado que de costumbre. Terry se dio la vuelta sonriéndoles.
—Tengo que coger un barco.
Candy estaba fuera del coche incluso antes de que dejara de moverse.
— ¡Corre, Candy! ¡Corre como el viento! —gritó Patty mientras se levantaba la falda y bajaba por la estrecha calle que conducía a los muelles. Estaba nevando con más fuerza, pero ella apenas sentía las punzadas de los copos. Había dejado la capa en el carruaje pensando que podría moverse mejor sin sus pliegues.
Mientras sus pies volaban sobre las tablas del muelle vio los mástiles de los barcos que estaban esperando para zarpar y rezó para que el Defiance estuviera entre ellos.
Pasó corriendo por delante de un grupo de hombres que estaban descargando la mercancía de un carguero. Al rodear un montón de cajas se chocó contra un marinero con un pecho enorme.
— ¡Ten cuidado, muchacha! —vociferó cogiéndole el codo para sujetarla. Sus ojos azules no eran desagradables.
Candy se agarró a su brazo casi a punto de llorar.
— ¡El Defiance, por favor! ¿Puede decirme dónde puedo encontrarlo?
—Naturalmente. —Al sonreír mostró una boca llena de dientes dorados y negros— Ahí está, llevando a la batalla los colores de Su Majestad.
Con el corazón acelerado ya, Candy se volvió despacio para mirar hacía donde estaba señalando. Un barco a toda vela se deslizaba hacia el horizonte con sus majestuosos mástiles casi ocultos por las ráfagas de nieve.
—Gracias, señor —murmuró mientras el marinero se quitaba la gorra en un gesto de cortesía, se echaba una caja grande al hombro y se iba. Ella se desplomó en un barril con los pies y el corazón entumecidos mientras veía cómo el Defiance —y todas sus esperanzas para su futuro— desaparecían en el horizonte.
— ¿Busca a alguien, señorita Britter?
Al darse la vuelta Candy vio a Terry en el muelle unos pasos detrás de ella con el pelo suelto movido por el viento. Su corazón dio un salto de alegría. Era lo único que podía hacer para no correr a sus brazos. Él arqueó una oscura ceja.
— ¿O prefiere que la llame señorita White?
Flor: Parece ser que Candy ya se dio cuenta y mira nada mas a donde llego, gracias por esperarlo ansiosa. ¡Besos!
Zafiro Azul Cielo 1313: Ni loca los dejaría lejos del otro, ya sé, me imagino que debió ser muy frustrante para él, pero todo tiene su recompensa.
Rosa Amanda: Pues osada y cobarde ¿Puede ser? Pero por fin se atrevió a ir por él, menos mal que no llego tarde.
Mayra Exitosa: Muchas gracias por dejar siempre tu comentario, lo aprecio mucho. Y si, de hecho es algo que una no se llegaría a imaginar así como así.
Edeny Grandchester: Pues al final decidió no irse, que suerte ¿no? Jajaj, a mi me dio hasta coraje cuando no la reconoció, pero bueno, debió ser aquello de no cerrar los ojos ¿crees?
Eva Grandchester: Pues parece ser que ya se dio cuenta!
Liz García: Muchas gracias a ti por leerme, aquí el final. ¡Besos!
Derryan: Parece ser que era su despedida, pero al final se arrepintió.
Zulayvcastillo: jajjajaja, seria una muy buena idea, no voy a negarlo.
