Capítulo 25
Milo habiendo jugado su último as fue trasportado sin tener idea de a dónde iba a parar. Tras el destello había aparecido en otro lugar dejando muy atrás el desierto, no sabía cómo pero ahora estaba delante de un formidable bastión, buscaba como fuera la estrella que le debía guiar pero todo parecía indicar que estaba siendo ocultada por la mega construcción que tenía delante.
Una acorazada fortaleza de altos e imponentes muros de al menos medio kilometro de alto, que estaba ubicada justo en un paso entre dos grandes cordilleras eso se interponía en su camino y a sus pasos unas llanuras con miles de árboles cortados desde la base. La colosal entrada de aquel castillo estaba abierta y parecía que en otro tiempo recibió el impacto devastador que la destruyó por completo, al atravesarla aquella muralla tenía un grosos de unos cincuenta metros.
Al atravesar el largo pasillos de solo la entrada de aquel bastión divisó que una formidable ciudadela estaba salvaguardada por aquellos muros, aunque de esta solo quedara escombros, algunos casas a medio destruir pero las más importantes, las edificaciones más importantes estaban aun en pie, como un palacio en el que hondeaban las banderas del emblema de la casa de uno de los quince Reyes. Muy en la distancia en el otro saliente del paso se alzaba otra muralla idéntica a la primera, la ciudad era prácticamente impenetrable.
Aunque otra muralla se interpusiera en su camino la estrella que le guiaba estaba tras ella y a toda prisa corrió en su dirección pero comenzó a escuchar el sonido de tropas luchando dentro de aquella fortaleza y se detuvo en seco. De repente todo aquel reino cobró vida de una forma espectral, parecía un grandioso ejército preparado para afrontar un asedio. Ver aquel lugar de esa forma le pareció impresionante y sentía que los espectros le atravesaban como si no se dieran cuenta de que estuviera ahí.
Toda la multitud de soldados se separaba abriendo paso al que les iba a comandar, caminando hacia la gran muralla Grafías, El Señor de los Bastiones era el monarca de aquel reino. Ese imponente personaje a pesar de tener ya algunos milenios de vida aparentaba el de un hombre de unos treintaicinco años, midiendo un metro ochenta era alto, fuerte de pelo negro corto con barba. Portaba una coraza completa de estilo vikingo y su arma principal era un poderoso martillo de guerra a dos manos cuya empuñadura llevaba sujeta a su espalda.
Aquellos ejércitos fantasmales parecían esperar un ataque y curioso trató de averiguar que les iba a atacar. Buscando la manera de llegar a lo alto de las murallas comenzó a subir por el interior de la muralla sin saber a dónde iba, aprovechaba que una facción de arqueros subía a toda prisa hacia lo alto y les seguía.
Una vez estuvo en lo más alto Milo sintió empequeñecerse pues aquellos valerosos guerreros tenían una fuerza demoniaca a sus puertas, su número no se podía calcular pero abarcaban desde unos cientos de metros desde la entrada de la fortaleza, la distancia suficiente para evitar las flechas, hacia el horizonte donde el humo de otras batallas previas se elevaba en la distancia, en aquella distancia en otro tiempo se encontraba un frondoso bosque pero los seres de las tinieblas lo habían talado por completo.
Los otros castillos previos del reino de Grafías habían sido arrasados y ahora las fuerzas invasoras estaban justo a la entrada de su capital. Se podía entender que la contienda no solo afectaba a la tierra pues el cielo también estaba en llamas aunque no se pudiera ver que ocurría allá arriba.
Milo como espectador del futuro era atravesado por los fantasmas del pasado que se preparaban también para su última lucha y fue entonces cuando volvió a ver al monarca de aquel reino que aparecía para capitanear su última batalla. Sus fuerzas humanas también eran muy numerosas pero no las suficientes como para soportar la de sus enemigos.
- Mi Señor, la guerra se extiende en todas direcciones, nos han llegado noticias de que están atacando en muchos y distantes puntos. - un asistente del rey aparecía para darle un informe. – Alguien nos ha traicionado, Las tropas de la de los Gemelos Al Niyat ni han sido avisadas de nuestro estado… nadie acudirá a detener a esta nueva forma de vida.
- Traición… quien sería tan idiota como para aliarse con esta clase de fuerza que arrasa con lo que pisa. – la voz de este era fuerte y poderosa. – ¿El salvoconducto hacia el reino de mi hermano Wei sigue funcionando? – ante su pregunta el soldado afirmó. – Seguid poniendo a salvo a todos cuantos podáis, nosotros con o sin ayuda nos enfrentaremos a este enemigo, no podemos permitirle pasar. Si esta es nuestra última batalla hagamos que sea memorable.
Milo miraba como el coraje del rey se contagiaba a sus ejércitos que comenzaron a gritar de euforia, pero la intervención de otro asistente que llegaba a toda prisa contuvo la euforia del rey.
- Gran Rey, las Tropas del rey Aldebarán se acercan desde el otro lado de la muralla. – aquel soldado estaba nervioso. - ¿Qué debemos hacer?
- Aldebarán, mi ancestral rival. – descendiendo se dirigía hacia la otra entrada del castillo, la que estaba en el saliente del paso entre cordilleras Milo no queriendo perderse ningún detalle les seguía. – Abrir las puertas del bastión. – ordenaba con determinación.
- Mi señor, se han presentado aquí con toda sus tropas, no es momento para luchar contra otros humanos cuando tenemos a los demonios tan cerca de nuestras puertas.
- Hoy no creo que vengan a buscar contiendas contra nosotros.
El rey admiraba como las puertas traseras del bastión se abría y las innumerables tropas de ese otro rey vecino llegaban para unirse a las suyas, entre los soldados de ambos bandos se notaba una desconfianza parecía que eran rivales desde hacía mucho, pero su majestad recibió con los brazos abiertos a ese otro imponente monarca.
De un aspecto físico de un hombre de unos cincuenta años medía dos metros y medio de complexión muy fuerte, de pelo blanco poco poblado y a fas curtida por las batallas, venía equipado con una coraza de oro puro en sus manos portaba otro gran martillo, a cada paso que daba su pies destrozaba las baldosas que pisaba.
- Seas bienvenido a la capital de mi reino. – Grafías saludaba a su homologo con un abrazo. – Supongo que has venido a ver como sufro mi primera derrota.
- Sigue soñando, te he derrotado en multitud de ocasiones. – los dos reyes parecían haber sido rivales en el pasado pero ahora se dirigían a lo alto de las murallas juntos.
- No cuentan como derrotas, solo nos enfrentamos y algunas veces te retiras tu y otras yo.
- Tu eres mi mortal enemigo y no dejaré que sean otras fuerzas que no sean las mías las que te derroten y conquisten tu reino. El único digno de vencerte en un combate soy yo y es por eso que hoy juntos dejaremos de lado nuestras diferencias y lucharemos hasta lograr repeler las fuerzas que te atacan. – escoltado por el señor del castillo llegaron hasta lo alto y vieron a lo que se enfrentaban. – Bueno… creo que no vamos a poder contenerlos pero al menos moriré a tu lado como tu amigo y no lejos de aquí como tu eterno rival.
- Fuimos enemigos del pasado y la verdad es que tanto tiempo ha pasado desde entonces que ni me acuerdo del porque de nuestras rencillas.
- Te ofrecí a mi hija Elnath en matrimonio y la rechazaste, la insultaste llamándola gorda.
- No la llamé gorda, eso te lo supusiste tú, yo no tengo nada contra las mujeres que me sacan veinte centímetros de altura, tampoco tenía nada en contra las que me doblan la circunferencia, por supuesto que hubieran heredado la "belleza" de su madre. Pero tú eres tan bruto que no te has dado cuenta de nada.
- La niña de mis ojos… mi princesita. – el padre parecía recordar a su "pequeña". – Puede que no fuera agraciada pero tiene un gran corazón y ahora es una poderosa guerrera.
- No dudo que lo tenga pero… Alebrarán no te has preguntado nunca ¿Por qué no me he casado? ¿Cuál fue la verdadera razón por la que rechace a tu hija?
- Ni idea, solo sé que desde entonces somos enemigos.
- No siempre, mi hermano Acrab nos ha pacificado en muchas ocasiones incluso casó a uno de sus hijos con tu tesoro más preciado con tal de buscar la paz entre nuestros reinos.
- Pero tú seguiste buscando bronca, te lancé todas mis tropas nuevamente cuando me enviaste a un mensajero con un presente y una nota llamándome viejo moribundo.
- Es que eres muy irritable, no te llamé viejo, solo que en vistas de que te veía tan apático te mande una bonita corona de flores para ser el primero en felicitarte por si te morías pronto. Al final de aquella nueva batalla en el que nuestro enfrentamiento cuerpo a cuerpo acabó en tablas me demostraste que no estabas tan a las puertas de la muerte como me pensaba.
- Hasta tu hermano nos dio por enemigos crónicos y dejó de mediar en nuestra paz, y desde entonces no hemos dejado de enfrentarnos.
- Debes de admitir que ha sido divertido, sin enfrentarme a ti no concibo mi vida, me gustaba provocarte pues así llamaba tu atención. – Grafías miraba con admiración a Aldebarán tanto que Milo se percató que tras esa mirada había algo más, un sentimiento oculto.
- ¿Y qué sentido tenía eso?
- Ahora no merece la pena que lo sepas, un mal mayor nos asola y me resultaría un gran honor morir al lado del rey que tantas veces me ha plantado cara.
- Devolvamos al infierno a esas criaturas.
La guerra final se desató, las fuerzas invasoras se lanzaron a por el castillo y se dieron de lleno contras las impenetrables murallas de aquella fortaleza. El tiempo comenzó a pasar muy deprisa, durante días y semanas los repelieron con honor; el espectador del futuro estaba alucinado al ver a aquellos dos monarcas luchando, a pesar de su gran tamaño se movían a toda velocidad y mataron a tantos seres oscuros que perdió la cuenta de cuantos llevaban.
Cuando llegaron a pensar que podrían repelerlos tras las murallas de perpetuidad, la aparición del general de aquellas fuerzas demoniacas con su poderosa espada cambió las tornas de la batalla. Samael lanzado con su arma una nueva honda de destrucción destruyó la entrada del castillo y los demonios se adentraron en el interior masacrando a todo lo que se les cruzaba.
En lo alto de las murallas el padre de Grafías llegaba volando y se posaba para luchar contra los dos reyes. Su lucha fue épica, tanto su hijo como el rey acompañante parecían conocerse a la perfección y se compenetraban en formación pero el hecho de solo cortarse mínimamente con el filo de aquella espada los envenenó y poco a poco perdieron la fuerza y acabaron falleciendo a manos del ángel. Tras la batalla los ejércitos invasores prosiguieron su camino hacia el siguiente reino a conquistar dejando muerte a su paso.
Milo que había presenciado aquel acontecimiento del pasado no podía estar más orgulloso de que el rey Grafías estuviera en su interior y ardía en deseos de contarle al grandullón de Aldebarán que el rey que llevaba su nombre fue un personaje de vital importancia para la guerra final, gracias a su ayuda detuvieron a sus enemigos semanas y luchó junto a uno de su constelación en su última batalla.
Pensando en que había perdido demasiado tiempo divisando aquella batalla del pasado corrió hacia la salida de la fortaleza a continuar su camino hacia los dominios de Antares pero antes de salir se detuvo pues sintió que algo se aproximaba hasta allí muy rápido, al igual que Sargas podía detectarle, el también podía prever su llegada y estaba muy cerca de alcanzarle, así que en vistas de que salir a campo abierto no era recomendable optó por esconderse en el interior de la fortaleza sin saber porque fue a parar al gran palacio donde aun hondeaban las banderas estandartes del rey.
Muy lejos de allí, en otra realidad, en el salón del Patriarca se encontraba el que había ocupado el cuerpo de Milo. Los dos Santos que salían de los agujeros creados por su estampida en la pared de ponían a sus flancos y el regente que también había salido y se preparaba para una posible lucha.
- Tres insectos que vuelven a por más. – Samael que seguía mirando el brillo de su mano se percató de que lo estaban rodeando. – ¿No habéis tenido bastante?
- ¿Qué y quien eres? – sin querer parecer prepotente el Patriarca le preguntaba.
- Soy un bendito vengador de la verdadera justicia. – unas alas de luz aparecieron a su espalda tan grandes como su propio cuerpo. – Yo sé qué y quién soy y también se quién eres tú: Saga de Géminis el usurpador. – con una nueva pulsión psíquica de menor intensidad los volvió a alejar a los tres de un soplo pero esta vez lo soportaron y no fueron arrastrados. – Debería darte las gracias por ser aquel que me ha liberado, no has hecho caso a lo que Milo te ha dicho y acabas de desatar un apocalipsis de proporciones que en tu pequeño cerebro no cabría imaginar.
- No soy Saga de Géminis, soy Arles, el regente de este Santuario y mediador de la diosa Atenea.
- Sigue creyéndotelo si así eres más feliz… total para el poco tiempo que os queda, si quieres vivir en tu mentira no seré yo el que te lo estropee. – seguía mirándose el brazo como brillaba y se dirigía ahora a aquel miembro de su cuerpo. – Si Lilith, he vuelto y ven a buscarme, juntos una vez más nada podrá pararnos.
En una milésima de segundo tenía encima a sus tres rivales que a la velocidad de la luz le atacaban a la vez, pero el ángel se movía a una velocidad muy superior y golpeando uno tras otro los fue lanzando contra diferentes partes del gran salón.
Máscara Mortal convocaba la niebla grisácea donde solía volverse invisible pero aleteando las alas de luz toda esa espesura se disipó por completo, el italiano no queriendo rendirse ahora materializó la más mortífera, la cual bajo ella aparecía manos y cuerpos de espectros que trataban de inmovilizar a su enemigo, pero esos seres convocados se quemaban tan solo a tocarle.
Afrodita llenando toda la sala de agua pasó al lado donde solo se le veía como reflejo y de dispuso a atacarle con todas sus fuerzas más mucho no pudo hacer pues el ser de luz en un vertiginoso movimiento metía su mano en las aguas y lo sacaba de allí violentamente lanzándolo por los aires. El sueco trató luego inmovilizarle con su propia fuerza pero antes de poder tocarle en un giro del terrible enemigo que se enfrentaba le hizo un potente corte en su mejilla y lo lanzó en la distancia, aquel derramamiento de sangre oscureció las alas del enemigo un poco pero enseguida recuperó su brillo celestial.
El sueco acariciándose aquella herida dejó de mirar el cuerpo del rubio con lujuria y su expresión se enfureció materializando una rosa blanca y se la lanzó con la intención de matarle pero la flor antes de tocar su cuerpo se quemó como los espectros invocados por MM.
El Patriarca trataba de provocar la "Otra Dimensión" pero antes de eso se le puso a la espalda y de una patada lo catapultó hasta las grandes puertas del salón, pero con el efecto rebote y cogiendo impulso el enmascarado personaje volvía en su contra provocando la "Explosión de Las Galaxias." Aquella técnica a medida que se iba acercando al cuerpo del enemigo se hacía más violenta pero las detonaciones eran desviadas hacia los laterales del salón con las alas de energía. Cuando por fin estaba a tiro desencadenó la última más desapareciendo el ángel en un destello le dio tantos golpes en un solo segundo que el patriarca salió otra vez directo hacia los portones de entrada del salón.
El avatar de Samael se reía a carcajadas al ver los patéticos intentos por parte de aquellos humanos por derrotarle. Pero enseguida se puso expectante al ver como aquellos tres se habían colocado en una posición de trinidad.
- Te vamos a borrar del mapa seas quien seas. – desde la entrada de la sala el patriarca en la parte central de aquella posición convocaba su energía.
- Hasta ahora no había pensado jamás la posibilidad de desear tu muerte, pero el haber dañado mi hermoso rostro lo ha cambiado todo y ahora eres alguien totalmente despreciable para mí. – Afrodita le hablaba desde un lateral de aquella formación.
- Lanzadme lo más poderoso que conozcáis, entre antes admitáis que no tenéis salvación antes podréis poneros en paz con vosotros mismos. – Samael se sentaba en el trono del patriarca esperando tranquilamente.
"¡Exclamación de Atenea!" gritaron los tres Santos al unísono provocando que una descomunal esfera de energía se proyectara contra su oponente que esperaba sentado en aquel trono, la fuerza lanzada era devastadora pero se quedó paralizara justo a los pies de la escalinata que estaba frente al trono, un solo dedo del enemigo al que se enfrentaban había paralizado aquella bola de fuerza y la disipó como si estuviera compuesta de aire.
- Por los dioses. – fue lo único que pudo expresar el regente del Santuario al ver que lo más poderoso que se conocía no había valido para nada.
- ¿Os convencéis ahora de que no hay esperanza? – regocijándose de ver la derrota en reflejada en sus enemigos de repente las puertas del salón se abrieron y Aldebarán llegó en su estampida. - ¿Más insectos? – preguntó aun sentado en el trono.
Cuando el grandullón llegó a aquella sala al mirar la cara de su amigo no lo reconoció, sabía perfectamente que ese no era él. La medalla correspondiente al signo de tauro aun estaba en el suelo, esta brilló ante su legítimo dueño para que supiera donde recogerla y de un salto girando sobre sí mismo esquivó una pulsión de energía invisible lanzada por su enemigo para evitar que la recogiera. Con la inercia del saltó la sujetó en su camino brillando en su puño; mientras daba vueltas por el suelo la armadura de Tauro se le iba equipando y al final cuando cogiendo impulso se catapultaba contra el que había poseído el cuerpo de Milo su casco fue lo último en ser equipado. Aunque su intención era la de aferrarlo sus dos manos fueron sujetadas por el rubio y lo contenía con fuerza.
- He venido a ayudarte Milo. – aplicando toda su fuerza intentaba lograr liberarse para sujetarlo. – No permitas que Sargas te domine, no te dejaré solo.
- Milo ya no está en este mundo imbécil, ahora solo quedó yo y te aseguro que no soy Sargas. – soportando toda la fuerza del grandullón de una patada se lo quitó de encima lanzándolo con el resto.
- Matadle. – el Patriarca ordenó a los tres santos que se lanzaran en su contra a la vez.
- No debemos matarle. – parando al resto Alde trató de hacer entrar en razón a los otros. – Si acabamos con el cuerpo la estrella de Sargas provocará una erupción solar tan potente que nada podrá salvarnos.
- Estas tratando de darnos miedo para que no matemos a tu amigo. – con una rosa blanca en la mano Afrodita ardía en deseos de ejecutar a ese elemento.
- Afrodita eres un gilipollas integral, si lo matamos será nuestro fin y mientras llegue la llamarada que acabe con nosotros te aseguro que voy a estar dándote de hostias que vas a bendecir el momento en que llegue el fuego.
- Haced caso al más feo de los aquí presentes. – Samael aun estaba tranquilo en el trono. – Entended que no habrá quien os salve. – de repente un aire frío soplaba congelando la sala. – Esto se va a poner interesante en breve.
La todopoderosa luz del aura de Camus hacía entrada en el lugar, el gran salón se congeló a su paso, su cosmos brillaba con una luz nunca antes vista cosa que impresionó al regente. El rubio se levantaba del trono y se preparaba para enfrentar al nuevo invitado caminaba hacia él desafiante. El pelirrojo se puso al lado del moreno y adoptaron posición defensiva, las que habían entrenado en las últimas semanas.
- Camus de Acuario, el alma heredera de los Reyes del Cristal, veo que estas en buena forma. Supongo que los astros que te guardan han de estar muy enfadado conmigo dado que mi espada fue la que mató al menos a dos de los tres hermanos y tampoco me tembló el pulso al matar a toda la descendencia de Antares y Sadalsuud.
- ¿Quién eres y que has hecho con Milo?
- Está bien confesaré. – trataba de actuar que estaba aterrado ante la fuerza del nuevo invitado pero ninguno allí se fiaba. – Soy Samael, arcángel y general de un poderoso ejército que hace mucho tiempo estuvo al mando de una revuelta que acabó con la materia y ahora que he vuelto pienso hacer lo mismo. Por cierto mi hijo Sargas está dando caza al alma de Milo ahora mismo, desde que muera te lo haré saber para que no pienses que soy un maleducado que se guardaría tal funesta noticia. – tras dejar su fachada de estar aterrado comenzó a sonreír con frialdad.
- ¿Piensas acabar con todo? – el patriarca detrás de sus cuatro Santos. – Debemos eliminarlo de inmediato, los cuatro ordeno que me traigáis su cabeza.
- No has escuchado lo que he dicho antes.
- Aldebarán tiene razón, matarlo solo provocará nuestra perdición.
- ¿Qué pretendes que hagamos entonces? – MM no sabía si atacar o no, se movía ansioso para que alguien atacara con él pues solo no se atrevía.
- Patriarca ¿creéis a estos dos? – preguntaba Afrodita mirando con deseos homicidas al que había poseído el cuerpo de Milo. – Acaban de confesar que conocían la existencia de este temible enemigo y eso los convierte en un par de traidores al Santuario, y creo que lo único que pretenden es que no acabemos con su adorado compañero.
- Afrodita cállate. – el Patriarca sentenciaba mandando a callar al sueco. – Dejadle inconsciente, debemos atraparlo hasta sepamos qué hacer.
- Esa es una orden inteligente. – Samael les desafiaba a que lo intentaran. – Cinco… perdón que ya ni se contar, cuatro Santos contra un Ángel. – miraba a Saga picándole el ojo. – Venid a por mí.
A la velocidad de la luz los cuatro compañeros dorados se lanzaron contra él, pero su velocidad fue tan superior que primero de una patada estrelló a Afrodita contra el techo, de un puñetazo a MM contra una sucesión de columnas, a Aldebarán de un cabezazo creaba un surco a su paso hacia la salida del templo y Camus increíblemente le aguantaba su velocidad y esquivaba sus golpes uno tras otro, pero no pudo soportarlo mucho tiempo y desesperado lanzó un golpe contra el rubio que fue parado en seco.
- ¡Impresionante! tienes el apoyo de todos los astros de tu constelación. – Samael estaba asombrado ante la velocidad y el poder del francés. – Interesante, ahora mismo eres más que un dios, si en lugar de enfrentarte a mi estuviera el mismísimo Zeus ante ti con tu fuerza no te hubiera podido ni decir nada, lo hubieras matado de golpe. – sonreía malévolamente mientras mantenía su puño aferrado entre su mano. – Desgraciadamente de nada te valdrá, soy un Arcángel que cuenta con toda la poderosa fuerza del creador original, se necesitarían más como tú para poder hacerme algo. – la mano que tenía libre la tenía apuntando a la garganta de Camus, si hubiera continuado le hubiera cortado el cuello pero en lugar de eso se detuvo.
- Vamos Samael, ¿Qué te retiene para matarme? ¿Por qué siendo tan poderoso no has matado a ninguno de nosotros?
- Me divierte machacaros. – dubitativo respondió. – Estoy esperando la llegada de algo y aunque el mismísimo Zeus se presentara aquí mismo con todas sus deidades con la intención de detenerme nada podrían hacer. – sínicamente miraba al regente. – Atenea, querida, tu no salgas de tu templo no fueras a acabar malherida. – gritaba en voz alta refiriéndose a la deidad que supuestamente tenía que estar en el Santuario y así provocar al usurpador.
- Por alguna razón no puedes matarnos de momento. – el Patriarca concentró su cosmos llamando a todos los dorados a que se presentaran allí. – A por él. - uniéndose a la batalla los cinco lo rodearon y volvieron al ataque tratando de reducirle.
En el plano donde se encontraba Milo sentía que Sargas había llegado hasta la fortaleza y lo estaba buscando. Corriendo se había refugiado en una sala que pareciera ser la más importante de todo el lugar, el salón del Rey. Allí estaba el cuerpo de Grafías sentado en su trono aparentemente congelado. Milo se acercó hasta él admirando como tenía la armadura con la que murió puesta y la misma en la que se presentó durante el momento de su prueba.
Delante de aquel imponente personaje petrificado Sargas llegó hasta él y sonreía por haberle cazado. Girando sus dagas se aproximaba con cara de pocos amigos con la intención de terminar con su escapada pero el griego retrocediendo unos pasos chocó con el cuerpo del antiguo Rey provocando que resplandeciera y el recubrimiento de cristal que tenía por encima se desquebrajara.
- ¡No! – el primogénito de aquella familia exclamó indignado al ver como su hermano se ponía en pie. – Maldita sea. – se lanzaba a por Milo a toda velocidad pero su hermano con su martillo le soltó tal golpe que lo sacó de la sala catapultado.
- Rey Grafías. – ignorando las formalidades y ante lo desesperado del asunto preguntó. – ¿Puedes enfrentarte a Sargas?
- No puedo Milo, Sargas es mucho más poderoso que yo, el golpe que le he atinado ha sido pura suerte.
- Tengo que llegar a Antares.
- Por aquí. - el señor de la fortaleza tocando la pared abrió un conducto secreto y le pidió que entrara. – Este corredor completamente recto, darás a un salvoconducto tiene un montacargas te guiará a toda velocidad cordillera a través, el trecho es muy largo y con muchas desviaciones no puedo indicarte el patrón correcto pero básicamente es no desviarte hasta la parte final en el que si tendrás que tomar decisiones. Con mucha fortuna saldrás en los llanos donde se produjo la batalla final para muchos de mis hermanos pero muy cerca de la Fortaleza Roja.
- Gracias. – se introducía en el conducto pero tenía que resolver una duda que tenía. – Me podrías responder una cosa: ¿amabas al rey Aldebarán? ¿Esa era la razón por la que estabais siempre en guerra?
- La guerra es como el amor, mientras estéis en conflicto para tu enemigo eres su centro de atención… yo morí al lado de la persona que amaba en secreto, muchos no podrían decir lo mismo.
- Es una pena… ¿No puedes venir conmigo?
- Yo me quedaré y le frenaré hasta mi último aliento. – pareciendo que se quedaba para morir Milo pensó en quedarse con él y luchar. – Quiero pedirte perdón Milo, perdón por suplicar desde nuestro sueño petrificado a Enoc de Orión que te matara, no podíamos permitir que nuestro progenitor se adentrara en la realidad y vuelva a destruir todo aquello que se ha creado.
- Lo entiendo perfectamente, yo también hubiera dado mi vida con gusto de haberlo sabido. Pero no debemos preocuparnos por el pasado, lo importante es que estoy aquí tratando de poner remedio a esta crisis.
- Siempre has sido un espíritu valiente.- sonriéndole por su comentario positivo le volvía a indicar con sus manos que se marchara. – Vete pero… ten en cuenta una cosa que no se si has llegado a pensar, entre más hermanos liberes de tu espíritu menos será tu fuerza.
- Como si me tengo que quedar sin ninguno, creo que en eso consiste ser un Santo sacrificarte por la mayoría en el momento que sea necesario, lo único que lamentaría es fracasar sin antes pedir perdón a una persona.
- Sargas ya se ha recuperado y vuelve hacia aquí. – tanto el rey como Milo lo detectaban. – No te preocupes por mí, mi hermano no se atreverá a matarme pero si podrá derrotarme y seguir tu estela.
- ¿Seguro? – ante su pregunta el rey afirmó con la cabeza. – No te puedes imaginar lo orgulloso que me siento al saber que eres uno de los reyes de mi constelación. – con la misma desapareció a toda prisa por el corredor secreto.
Quedándose a solas en la sala el traidor a los hermanos volvía furioso, el golpe lo había dejado noqueado pero ahora estaba habido de revancha pero al entrar y no ver a Milo pensó en darse la vuelta y seguirle a donde quisiera que fuera pero el martillo proyectado de su hermano casi le impacta de lleno pero se estrellaba contra la pared a su lado. Como si fuera atraído por su lanzador volvió a las manos del rey.
- ¿Desde cuándo evitas una pelea? traidor. – moviendo su arma provocante se preparaba para luchar. – Te desafío a que me derrotes.
- No sabes cómo lo voy a disfrutar. – girando sus dagas nuevamente se lanzó a toda velocidad contra su hermano.
Los dos reyes lucharon a toda potencia la presteza del encuentro no se podría calibrar pero la velocidad de la luz se quedaba corta para medir la forma en la que se movían. El combate salió de la sala y se extendía hacia el patio de la fortaleza donde siguieron luchando sin parar.
Milo por su parte corría como alma que llevaba el diablo esperando dar con el salvoconducto que le guiara hasta las llanuras previas a la capital del reino de Antares.
Casi al mismo tiempo en que el griego había entrado en la sala del rey antes de liberarlo, en el salón del Santuario los cinco combatientes estaban tirados por los suelos, y el que se lo estaba pasando en grande machacándolos estaba sentado en el trono esperando a que se pusieran en pie por si querían más.
De repente todo su cuerpo se estremeció y cayó arrodillado mostrando debilidad por primera vez. "No es posible." Aunque los otros no lo supieran había notado como uno de sus quince hijos había sido liberado y su poder por un momento se desestabilizó.
- Milo te lo está poniendo difícil. – Camus se volvía a poner en pie ante la debilidad del ángel.
- Cierra tu pútrida boca maldito mortal. – de una pulsión de energía proyecto al francés nuevamente contra la pared pero un nuevo suceso hizo desviar su atención a otro de sus rivales y solo pudo expresar. - ¡¿Tu también?!
De repente el cosmos del Santo de Tauro ardió con tanta fuerza como la de Acuario, su luz fue muy intensa y se ponía en pie destruyendo las baldosas del suelo. El grandullón miraba sus manos como rebozaban fuerza y sintiéndose pletórico se lanzó contra el oponente. Su velocidad igualó la de Samael por un instante aunque este no dejó que durara mucho tiempo y con un giro en si mismo creó una honda de fuerza invisible que aun con la nueva fuerza de Aldebarán no la pudo aguantar y quedó derrotado nuevamente contra la pared.
- No es conveniente quedarme aquí. – dijo mirando los cuerpos inconscientes de sus oponentes. – Ahora mismo preferiría estar en lo alto del Olimpo antes de seguir a vuestro lado.
Antes de que llegara el resto de tropas doradas con sus alas desplegadas salía hacia el exterior aunque por un momento se detuvo justo al lado de Afrodita que estaba totalmente inconsciente en el suelo. Quitándole el casco le acarició el cabello quedándose con un rastro de fino polvo negro en las yemas de sus dedos, aquella fina arena aunque muy escasa reaccionaba al contacto con el enemigo y se agrupaba formando un tejido orgánico, se llevo la mano a la nariz olfateando y después con cinismo miró al patriarca y se acercó a su oído para susurrarle algo.
- ¿Los has reunido a todos en un mismo lugar? De verdad te doy las gracias por proporcionarme un ejército, nunca nadie ha hecho tanto daño a su propia especie como tú, deberías sentirte orgulloso.
Al presentir que llegaban Shaka, Aioria y Shura para unirse a la lucha no los dejó entrar en el salón y agitando sus alas una nueva pulsión hacia delante creó un surco de destrucción a su paso destruyendo las paredes y columnas desde el salón del trono hasta la entrada del templo. Los tres Santos que habían acudido a la llamada fueron lanzados muy lejos sin remedio.
– Puede que aun yo no pueda mataros. – ignorándolos agitaba sus alas manteniéndose en el aire. – Pero mientras espero, creo que se dé un lugar donde están reunidos unos amigos que desde luego si lo van a hacer. – en la salida del templo elevó el vuelo y salió disparado de allí.
