XXV. Like a radio tune
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El tiempo algunas veces se vuelve algo imposible de calcular e imposible de medir, habían transcurrido dos años tal vez.
Y una noche le contó una historia al niño de la inocencia perpetua, a su niño:
Le dijo que desde los tiempos del mito existía un ejército que armado con su valía, su justicia y su poder, velaba por la Tierra y por la humanidad; ellos eran protegidos y comandados por Atenea, la que más ama a los humanos y su mundo. Esos hombres con el pasar del tiempo, de los años, de los siglos, continuaron su valiosa labor; le dijo que como en cualquier ejército estaban divididos por rangos: caballeros de bronce, de plata y de oro, siendo este último el rango mayor sobre el resto.
Zephyr estaba extrañado, él había vivido toda su vida en Grecia, había escuchado viejas historias, pero nunca una con una narración de detalles tan minuciosa como aquella.
Cuando le preguntó cuántos eran los más poderosos, Shura le dijo que eran doce, doce como los contenidos en la banda que circunda la esfera celeste.
—Los signos del zodiaco… —murmuró el griego que descansaba recargado en el vientre del español— ¿Y tienen tatuajes tan bellos de su signo como el tuyo?.
—Así es… —le dijo a secas, enredando los dedos en su cabello.
