Disclaimer: Los personajes y lugares que reconozcan son propiedad de Jane Austen y sus descendientes.

Aquí les traigo el capítulo veinticinco, ¡que lo disfruten!

Juego y sentimiento

Capítulo 25

Adelaide no había hecho preguntas al encontrarse a su amiga llorando en la salita del primer piso. Se había limitado a llevarla a su dormitorio, ir a buscar una taza de té y esperar a que se calmara un poco. Después de eso, le había indicado que se recostara y había cerrado las cortinas de la habitación.

—Duerme un poco, Emily.

Su madre siempre había dicho que una noche de sueño era el mejor de los remedios. Que tras dormir unas largas horas, uno podía ver el mundo de manera diferente. Adelaide esperaba que eso sirviera de algo a su amiga.

Pero ya estaba empezando a alterarse. Durante todo el día, Emily había estado con una actitud triste, como si sintiera lástima por sí misma. Había intentado esconderlo, Adelaide lo sabía. Pero ella conocía muy bien a su mejor amiga para dejarse engañar por una actuación tan mala. Adelaide sabía que su amiga se estaba cayendo en pedazos por dentro.

Y había llegado el momento de hacer algo de una vez por todas.

Sabía que su amiga estaba en su habitación, porque después de almorzar se había disculpado diciendo que le dolía la cabeza. Adelaide sabía que eso era una mentira como una catedral y se había dado cuenta de que la señora Darcy también había advertido eso en su hija. Sin embargo, intuía que la señora Darcy no insistiría en que su hija le dijera lo que había pasado. La señora Darcy esperaría a que su hija se decidiera a hablarle.

Adelaide no estaba dispuesta a ser tan paciente.

—¿Hasta cuándo pretendes quedarte aquí, sintiendo pena por ti misma? —preguntó, mientras entraba de sopetón en el cuarto de su amiga.

Emily estaba sentada frente a su escritorio, como si estuviera escribiendo una carta. Aunque era evidente que ella no estaba haciendo eso: no había ni papel ni pluma frente a ella. Al escuchar la violenta entrada de su amiga, se levantó de su silla.

—¿De qué estás hablando? —dijo, intentando juntar todo el orgullo que aún le quedaba. Su madre siempre decía que los Darcy tenían reservas extra de orgullo, en caso de que las cantidades normales no fueran suficientes. En esos momentos, Emily estaba juntando toda su reserva.

—A mí no me engañas, querida —declaró Adelaide, sentándose en la banqueta del tocador con los brazos cruzados ante el pecho —. Estos últimos días has actuado como un patético fantasma. Desde el baile de los Sheffield has estado condenadamente rara —Emily no pudo evitar levantar las cejas al escuchar semejante palabra de los labios de su amiga —. Así que, señorita, ahora mismo me contarás qué te pasa.

Adelaide estiró su mano y señaló un pisito tapizado que estaba junto a la cama. Emily, sin saber muy bien qué estaba pasando ahí, se sentó. Su amiga hizo un nuevo gesto, indicándole que empezara a hablar.

—Adelaide, de verdad no quiero hablar de esto —Emily parecía casi un ratoncito asustado, defendiéndose del gato que le acorralaba.

—¿Acaso te di otra opción? Vamos, cuenta que es lo que te pasó. Se supone que soy tu mejor amiga, ¿no? Deberías confiar en mí.

Emily suspiró. A decir verdad, se moría de ganas de contar lo que sentía, lo que le había hecho Allesbury. Pero no sabía a quién. No quería preocupar innecesariamente a su madre, Susan era la persona menos capaz de disimular en el mundo y Charles… era Charles.

No había pensado en confiarle todo eso a su mejor amiga. Ciertamente, todo lo sucedido le había nublado el cerebro. Emily suspiró y miró a su amiga.

—Está bien —el brillo de triunfo en los ojos de su amiga no pasó desapercibido —. ¿Por dónde quieres que comience?

—Por el principio, como corresponde —la voz de Adelaide era seca, era evidente que no admitiría réplicas por parte de su amiga.

Emily suspiró. Como había sucedido unas noches atrás, ahora tampoco tenía escapatoria.

-o-

—A ti te pasa algo, Edward —declaró la señora Allesbury después de la cena de esa noche. Su hijo estaba sentado junto a la chimenea (que estaba apagada) y no hizo ningún gesto que delatara que la había escuchado —. ¡Edward! ¿Me estás escuchando?

—Disculpa, ¿decías algo, mamá?

La señora Allesbury frunció el entrecejo. Sabía muy bien cuando su hijo estaba intentando esconderle algo y, a decir verdad, ni siquiera era muy bueno disimulando. Desde el día siguiente al baile de los Sheffield, su hijo había estado muy melancólico y triste. Eso definitivamente no era normal.

—Decía que a ti te pasa algo, hijo —repitió la mujer. Edward asintió, pero no dijo nada—. ¿Tiene algo que ver con la señorita Darcy?

Al oír ese nombre, Edward pegó un respingo en su asiento. ¿Cómo lo había sabido su madre? ¿Tan obvio era? Sintió que toda la sangre se le iba a las orejas, como cuando aún era un adolescente y su madre lo pillaba mirando fijamente a las chicas de su edad.

—Sí —admitió suspirando—. Sí, tiene que ver con ella. La verdad, le hice algo terrible, mamá. No creo que ella me perdone —su madre lo miró escandalizada —. No, mamá; no atenté contra su honor, si es lo que te preocupa.

La mujer exhaló profundamente, mirando a su hijo a los ojos.

—Puedes contarme hijo, te prometo que no te juzgaré.

Edward suspiró. A decir verdad, le aliviaba que su madre hubiera insistido en preguntarle. Por su propia voluntad, él no le habría dicho nada en absoluto. Pero ya que ella insistía, no tenía problema en contestarle. Y así empezó a contarle lo que había sucedido desde la noche en la que había apostado que lograría enamorar a Emily Darcy.

-o-

Cuando Allesbury terminó de contar su historia, su madre le acarició el dorso de la mano con suavidad.

—¿Nunca te dije que no jugaras con fuego, querido? —murmuró —. Puedes salir lastimado.

Allesbury asintió débilmente con la cabeza, sin atreverse a mirar a su madre una vez confesada su estupidez y arrogancia.

—¿Qué puedo hacer ahora, mamá? Emily me odia, de eso estoy seguro y el problema es que no creo que pueda olvidarla así como así. Ella es única, ni aunque buscara por el resto de mi vida encontraría a alguien como ella.

Sólo se atrevía a decir esas cosas porque se trataba de su madre. No le habría confesado a cualquiera esos sentimientos, de hecho. Él mismo sentía que lo que acababa de decir era una cursilería sentimental y barata. Seguro que su madre pensaba lo mismo.

Sin embargo, ella no comentó nada acerca de esas palabras. Sabía muy bien que lo que su hijo sentía en ese momento era algo verdadero. Ese algo que es imposible expresar en palabras sin que suene tonto, repetido o tremendamente cursi.

—De verdad la quieres —dijo la mujer. No era una pregunta, era una afirmación.

Su hijo asintió con la cabeza. Claro que quería a Emily; haría lo que fuera con tal de poder decirle un par de cosas más. ¿Cambiaría su opinión si le decía que no había ganado esa apuesta?

—¿Y qué hago ahora? —logró decir tras unos momentos. Le parecía que todas las palabras que tenía para decir se habían quedado atoradas en su garganta y esas fueron las únicas que lograron salir.

—No lo sé —la señora Allesbury dudó por unos momentos —. ¿Por qué no le escribes una carta? Seguramente será lo suficientemente curiosa como para leerla.

—No lo sé, ¿crees que será una buena idea? —a Edward siempre le había gustado enfrentar las cosas cara a cara. Esconderse detrás de un papel le parecía una debilidad impresionante y poco digna de un caballero de su alcurnia.

Pero por otra parte, Emily le había dejado muy claro que no quería verlo. Y quizás su madre estuviera en lo correcto y la curiosidad la llevaría a abrir la carta y leerla.

No era un plan perfecto, pero era un plan.

Se levantó del sillón donde estaba y se inclinó sobre su madre para besarla en la frente. Ella siempre había estado ahí para él cuando estaba en problemas y esa no había sido la excepción. Su madre era decididamente una gran mujer.

—Gracias por la idea, mamá. Iré ahora mismo a escribirle.

-o-

Antes de la cena, Emily había bajado a la salita. Para su sorpresa, ahí no había nadie. Normalmente, la familia Darcy en pleno se reunía para hablar un poco antes de cenar. Pero esa noche ella estaba sola. Con el ceño fruncido, se dirigió a una de las paredes, donde colgaban unas acuarelas que su padre había comprado hacía poco. Eran bonitas y luminosas; a Emily le recordaban la laguna de Pemberley.

No pudo evitar el recuerdo de lo sucedido esa tarde en la laguna. Recordó lo enfadada que se había sentido, lo irritada que había estado y que parte del incidente había sido su culpa. Vaya tontería la que había hecho esa vez. Había actuado como una nena caprichosa y había pagado por ello a base de bien. Se había merecido ese chapuzón.

Y tal vez él también lo había merecido.

Emily no pudo evitar una sonrisa ante esa memoria. Seguramente ambos se habían visto de lo más divertidos mojados hasta el alma y tratando de mantenerse a flote como pudieran. Pero no pasó mucho rato antes de que una punzada de dolor le tocara el corazón.

Allesbury. La herida era reciente, obviamente pensar en él le dolía un mundo. De hecho, en ese preciso momento sentía que el aire había dejado de llegar a sus pulmones, como si el intenso dolor en su pecho hubiera bloqueado sus vías respiratorias.

Pero Emily no quería llorar. No quería que su familia se encontrara con ella destrozada y sufriendo. Tenía que ser fuerte y seguir adelante, como Adelaide le había dicho esa mañana. Emily sabía que su amiga tenía razón en todo lo que había dicho. Aunque le doliera, era cierto que ya no podía hacer nada para solucionar.

Pues… cabeza adelante, hombros atrás y expresión de dignidad —le había indicado esa mañana, cuando Emily le había preguntado cómo podía enfrentarse al mundo.

Y eso haría. Ella no estaba dispuesta a dejarse pisotear por nadie; mucho menos por un traidor egoísta que sólo era capaz de pensar en él mismo.

En ese momento, Emily sintió como la puerta de la salita se abría. Ella se volteó, esperando ver a alguno de sus primos o a su hermano. Pero quien estaba parado en el umbral de la puerta era el mayordomo de la casa, el señor Smith.

—Señorita Darcy, qué bueno que la encuentro.

Emily enarcó las cejas. Era extremadamente raro que el mayordomo de su padre la buscara a ella. ¿Había pasado algo?

—¿Qué pasa, señor Smith?

—Un joven caballero pasó hace un rato y pidió que le entregáramos esta carta —el hombre le mostró un sobre blanco que resaltaba poderosamente en la bandeja plateada que portaba. Emily miró la carta como si estuviera a punto de estallar en llamas —. ¿Pasa algo?

Emily negó con la cabeza mientras tomaba la carta que el mayordomo le estaba ofreciendo. Intentaba con todas sus fuerzas no demostrar lo que en esos momentos pasaba por su mente, pero al parecer no estaba haciendo un muy buen esfuerzo. El mayordomo la miraba con una ceja levantada, como si no sospechara algo.

Sabía muy bien quién era el autor de la misiva, incluso antes de ver la caligrafía alargada con la que su nombre estaba escrito al dorso del sobre. Le parecía que su corazón estaba intentando salirse de su pecho. ¿Cómo era posible que sólo pensar en él le provocara tantas emociones? Debería sentir vergüenza de sí misma.

—¿No pidió una respuesta? —Emily estaba recurriendo a lo primero que se le ocurría para retrasar la apertura de la carta.

—No, señorita. Solamente dejó la carta y se fue —el hombre hizo una reverencia y salió de la habitación, dejándola sola.

La señorita Darcy se acercó a la chimenea. Respetando su tradición de cambiar bruscamente, el clima londinense se había enfriado ese día y los señores Darcy habían ordenado que se prendieran las chimeneas de la casa. Emily estaba luchando con todas sus fuerzas para resistir la tentación de abrir la carta; no quería saber lo que él tenía para decirle. Sabía muy bien que sí la leía, se arrepentiría de haberle dicho que no quería verlo.

Entonces, su mirada se encontró con el fuego.

Sin saber cómo ni por qué, sus manos comenzaron a despedazar el sobre y su contenido. Era casi como si sus manos estuvieran actuando antes que su cerebro. Con decisión, lanzó los minúsculos pedacitos al fuego. Contempló por un momento como las llamas los consumían, dejando solamente un montoncito de cenizas como única prueba de su existencia.

Emily esbozó una sonrisa satisfecha; había logrado resistir a la tentación. Había sido fuerte.

¿Por qué se sentía tan vacía entonces?


Pobre Emily, está empezando a darse cuenta de que el orgullo no es lo más importante. Una lección que suele ser dura para quienes (como yo) somos orgullosos por naturaleza. Al negarnos a aceptar una disculpa, nos hacemos daño a nosotros mismos. Pero uno siempre puede mejorar esos detalles y crecer como persona. Creo que tanto Emily como Edward han crecido mucho en estos últimos capítulos.

Prometo que en el próximo tendremos algo más de Adelaide/Charles, que en este capítulo casi brillan por su ausencia. Aparte de la aparición de Adelaide al comienzo, no los vimos ni un poco. Pero ya los verán, lo juro.

Como siempre, quiero agradecer a todos los que leen y dejan reviews, agregan la historia a sus favoritos/alertas o simplemente aparecen entre los lectores anónimos del fic. ¡Me dan mucho ánimo para seguir con la historia!

Ahora me voy, que tengo que prepararme para una función de mi obra de teatro mañana. Shakespeare. ¡Estoy emocionada!

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina