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Sniff sniff solo me queda decirles que el final pronto llegara y que el otro capi a mi me hizo llorar mucho bueno espero que a ustedes tambien les guste y les emocione como a mi

Capítulo 25

El paisaje que se veía por la ventana del carruaje se volvía cada vez más familiar a medida que se acercaban a casa. Se habían pasado todo el viaje sentados el uno al lado de otro, con los hombros pegados y las manos cogidas, sin decir prácticamente nada.

—¿Sólo quedan unos pocos kilómetros? —preguntó él.

—Sí.

Durante un instante le apretó la mano con más fuerza.

—Tienes que dirigirte a quien se encargue de los asuntos de Brockehurst —le propuso el duque—. Puede que al menos consigas una parte de tu dinero antes de cumplir los veinticinco años. Así podrás vivir con cierta comodidad.

—Sí.

—Y haré que Nott investigue también al respecto.

—Gracias.

Volvió a haber un silencio.

—No puedo volver otra vez aquí, Gin. Ni siquiera escribiré.

—No. Lo sé. Yo tampoco.

—¿Me prometes que si alguna vez necesitaras algo o tuvieras algún problema escribirás a Nott? ¿Me lo prometes?

—Sólo en las circunstancias más extremas —respondió ella—. No, Draco. Probablemente no.

Él le acarició los dedos.

—Gin, si estás embarazada…

—No lo estoy.

—Si lo estás —dijo él, llevándose su mano a los labios—. Si lo estás, tienes que hacérmelo saber. Sé que tu instinto hará que me lo ocultes. Pero tienes que hacérmelo saber. También sería mi hijo. El único hijo de mi propio cuerpo que tendría jamás. Te enviaría a una de mis casas y me ocuparía de ambos.

—No estoy embarazada.

—¿Pero me lo harías saber?

—Sí.

Él bajó las manos y las apoyó en su muslo.

Estaban a poco más de tres kilómetros del pueblo, y a seis de Heron House. Gin se concentraba en respirar tranquila y regularmente, reprimiendo el pánico que se agitaba en su interior.

—¿Te trasladarás enseguida a la casita? —preguntó él.

—Sí. —Gin centró su mente en los planes de futuro—. Dormiré en Heron House esta noche por última vez y mañana me trasladaré al pueblo. Empezaré en la escuela al día siguiente, si Luna está lista. Voy a disfrutarlo muchísimo.

—¿Así será? ¿Vas a enseñar música a los niños, Gin?

—Canto, sí. No hay instrumentos, pero no importa.

Él le sonrió.

—Me alegro de que tengas cerca a una buena amiga.

—¿Lo dices por Luna? Tengo otros amigos en el pueblo, Draco. O conocidos que serán amigos tan pronto como viva entre ellos y ya no viva en la casa. No te preocupes por mí. Seré feliz.

—¿Lo serás? —Él la miraba de refilón a la cara, que quedaba a escasos centímetros de la suya.

—Sí. El dolor será intenso durante un tiempo. Lo sé y espero que así sea. Pero se desvanecerá. No tengo intención de sufrir, sino de vivir. He atisbado el paraíso, y eso es más de lo que mucha gente ha conocido en su vida. Ahora voy a volver a vivir.

—Adele se disgustó cuando me fui —comentó el duque—. No siempre he sido generoso en lo referente a ella. La he abandonado demasiado a menudo. Estoy deseando volver a estar con ella.

—Sí, y eso es lo que deberías hacer. Merece la pena vivir por ella, Draco.

El carruaje pasó retumbando por el puente de madera que los conduciría hasta el pueblo. Gin cerró los ojos y apoyó la mejilla contra su hombro, y Draco volvió a cerrar la mano alrededor de la de la chica.

—Ay, Dios —suspiró ella.

—Valor. —Él apoyó la mejilla contra su frente—. Si tuviese que elegir entre sentir este dolor y no sentirlo, Gin, elegiría el dolor porque sin él tú nunca habrías existido.

—Quiero demasiado. —Gin respiró profunda y sonoramente—. Quiero que desaparezca el dolor y te quiero a ti, Draco. No sé si soy lo bastante fuerte para hacer esto.

Él le sujetaba la mano con fuerza.

—¿Entonces quieres que te lleve a algún sitio donde podamos vernos de vez en cuando? —preguntó.

—¿Una vez al año? ¿Dos veces al año? —Ella continuaba con los ojos cerrados— ¿Esperar el cielo dos veces al año?

—Podría ser más a menudo si estuvieras cerca.

—¿Una cómoda casita cerca de Willoughby? —Ella sonreía—. Y esperar que vengas a menudo. Y no tener que decir nunca adiós. Y niños quizás. Tuyos y míos. ¿Serían rubios o pelirrojos, qué crees? —acabó diciendo con un hilo de voz.

—Si es lo que quieres, te daré esa vida.

—No. Sólo hablamos de sueños, Draco. Con un poco de tentación incluida. Ninguno de los dos sería capaz de aceptarlo como una realidad.

El carruaje se estaba saliendo de la carretera principal para coger el largo camino a Heron House.

—Cuando lleguemos allí no entres en la casa conmigo, Draco. Vete sin más.

No dijeron nada más, pero continuaron sentados sin moverse. Ella deseaba que él la cogiera entre sus brazos y esperaba que no lo hiciera. No sería capaz de soportarlo si lo hiciese. Empezaría a pensar que los sueños podían hacerse realidad.

Una curva más y habrían atravesado la verja y se encontrarían en el camino que llegaba recto hasta la casa. Quedaban dos minutos como mucho.

—No seré capaz de decir nada —susurró ella—. Márchate sin más.

—Te quiero —dijo él—. Durante toda mi vida y para siempre y para toda la eternidad. Te quiero, Gin.

Ella asintió y volvió la cabeza para apoyar la cara un instante contra su hombro.

—Sí —murmuró ella—. Sí…

Dos personas bajaron los escalones de la casa cuando el carruaje se detuvo ante ella. Gin vio que eran Luna y Harry.

—¡Ginevra! —gritó Luna cuando Neville Longbottom abrió la puerta del carruaje y colocó la escalera para bajar—. Acabamos de llegar para ver si ya habías vuelto a casa. Te esperábamos ayer. ¡Ah, buenas tardes, Su Excelencia! —Luna hizo una reverencia rápida.

El reverendo Potter extendió una mano para ayudar a Gin a bajar.

—Ginevra —empezó, observando al duque que salía detrás de ella—. ¿No te has llevado una doncella? ¿Por qué no lo has hecho?

—¿Has encontrado la tumba de Hobson? —preguntó Miriam—. ¿Y tu mente está en paz ahora, Ginevra? Ayer se rumoreaba por el pueblo que ya no había cargos en tu contra, que la muerte fue un accidente y que el supuesto robo fue un malentendido. Todo ha terminado, todo este asunto espantoso. ¿No es así, Harry?

—Señorita Wood —se oyó una voz baja detrás de Gin—. Voy a marcharme.

—¿No va a entrar en casa, Su Excelencia? —preguntó Miriam.

Gin se volvió. Sus amigos sólo estaban un par de de pasos detrás de ella. Levantó las manos y él se las cogió. Draco la miró intensamente a los ojos al llevarse una de las manos a los labios.

—Adiós —dijo.

«Draco.» Los labios de ella formaron su nombre, aunque no emitió ningún sonido.

Y se marchó. Se sentó en el extremo más alejado del carruaje mientras Neville cerraba la puerta, se volvía para sonreír, inclinaba la cabeza hacia ella y de un salto se subía al lado del cochero.

Y se marchó. Recorrió el camino de la entrada, atravesó las puertas y giró en la primera curva.

Se había marchado.

—Bueno, parece que tenía prisa por marcharse —comentó Luna alegremente—. Ginevra, menuda mujer loca e independiente estás hecha. ¿Por qué no viniste a verme para pedirme que fuera contigo? Sabes que habría cerrado la escuela unos cuantos días. Pero cuando Harry me contó que se había negado a acompañarte, ya te habías ido. E imagina nuestra consternación al descubrir que te habías ido con el duque de Ridgeway.

—Ya está hecho, Luna —la cortó el reverendo Potter—. No tiene sentido regañarle más. Entraremos contigo, si te parece, Ginevra. Seguro que te aliviará contarnos lo que ha ocurrido.

—Debes de estar agotada —comentó Luna, dando un paso adelante para agarrarla del brazo. Le sonrió y a continuación se volvió bruscamente hacia su hermano—. Lleva el equipaje de Ginevra adentro, ¿quieres, Harry? Quiero hablar un momento con ella antes de reunimos contigo.

Esperó hasta que Harry desapareció en el interior de la casa.

—Oh, Ginevra —susurró, tocando el brazo de su amiga y dándole palmaditas—. Oh, pobrecita, pobrecita mía…

Gin se puso a mirar el camino como si se hubiese vuelto de piedra.

Al menos había muchas cosas con las que entretenerse. Gin lo agradeció más que cualquier otra cosa en los días y semanas siguientes. Al menos había mucho que hacer.

Trasladó todas sus posesiones a la casita que había sido de la señorita Galen y colocó y cambió todas las cosas de lugar de modo que la satisficieran. Al principio lo hacía todo sola, incluida la cocina, ya que no podía permitirse contratar a una criada. Pasaba muchas horas en el jardín pequeño, arreglando los setos y rosales abandonados para que recobraran su pulcritud y esplendor originales.

Y enseñaba a los veintidós estudiantes de Luna junto con su amiga y descubrió el desafío de enseñar a más de un niño por vez.

Y estaba pendiente de una pareja mayor que vivía junto a su casa. Les llevaba pasteles que ella misma hacía y se sentaba a escuchar sus interminables historias del pasado, incluyendo muchas historias de su madre y su padre.

Y tenía amigos a los que visitar y que la visitaban. Y siempre estaba Luna, que pasaba gran parte de su tiempo libre con ella y que era una amiga alegre sin ser entrometida. Porque sin duda lo sabía. Había tenido el tacto de enviar a Harry al interior de la casa después de que se hubo marchado Draco, y le había dedicado palabras sencillas de apoyo y comprensión. Pero si tenía curiosidad, lo cierto es que nunca lo demostraba. Nunca hacía preguntas. Era una auténtica amiga.

Y también estaba Harry. No la rehuía pese a la confesión que le había hecho y pese al comportamiento inadecuado que había exhibido posteriormente al irse a Wroxford con Draco. Y había otros habitantes del pueblo y una parte de la aristocracia vecina que se habían mostrado reacios a socializar cuando vivía en Heron House con sus familiares pero que ahora estaban encantados de ser amigos de ella.

Oliver no volvió a casa. Ni tampoco la prima Marie ni Anne, ni siquiera cuando terminó la temporada de Londres. En el pueblo se comentaba que las damas se habían ido al norte con amigos. Se rumoreaba que Oliver se había marchado a la Europa continental para evitar una situación delicada que no se sabía muy bien cuál era. Gin no sabía si alguno de esos rumores era cierto. Y no le importaba dónde estuviera ninguno de ellos, siempre y cuando se mantuvieran alejados de ella. No podía soportar la idea de que la prima Marie volviese, y temía el retorno de Oliver.

Habló con el administrador de Heron House, y él prometió comunicarse con el hombre que llevaba los asuntos de Lord Brockehurst en Londres en relación a los de ella.

Gin recibió su respuesta de un modo inesperado. Una tarde estaba sentada en su saloncito bebiendo una taza de té después de un día agotador en la escuela y preguntándose si le quedaba energía para salir más tarde a recortar un seto que había crecido demasiado. Se puso en pie suspirando cuando llamaron a la puerta. Y unos instantes más tarde estaba mirando con la boca abierta a Theodore Nott. Sintió como si el estómago le estuviera dando una voltereta completa.

—Señorita Wood —la saludó, haciendo una educada reverencia.

—¿Señor Nott? —Ella se apartó, invitándolo a entrar.

—Me han enviado a Londres para encargarme de algunos asuntos para usted, señorita. Me ha parecido mejor visitarla de vuelta a Willoughby Hall en vez de escribirle una carta.

—Ah, sí. Gracias. —No le habría gustado nada recibir una carta de Willoughby y descubrir que era del secretario—. ¿No quiere tomar una taza de té?

Gin se sentó en el borde de la silla a escucharlo, empapándose del hecho de verlo y oírlo, ya que el secretario constituía un débil vínculo con Willoughby y con Draco. Y recordó la primera vez que lo vio en la agencia de la señorita Fleming.

Lo cierto era que Oliver había huido del país. Alguien debía de haberle avisado de que su engaño había quedado al descubierto y de que estaban a punto de hacerle preguntas delicadas y comprometedoras. Al parecer el señor Nott había hablado con el hombre que se encargaba de los asuntos de Oliver, había movido algunos hilos entre los altos cargos y había conseguido que su tutor actual fuera un primo lejano, el heredero de Oliver, al que sólo había visto una vez. Y aquel hombre, a quien el señor Nott también había ido a visitar, se había mostrado muy poco interesado en encargarse de la persona o de la fortuna de una pariente de veintitrés años a la que ni siquiera conocía.

Le entregarían una asignación muy generosa durante el próximo año y medio, después del cual recibiría su dote y su fortuna tanto si estaba casada como soltera. El señor Nott tosió.

—Creo que sus palabras exactas fueron que por lo que a él respecta se podría casar con un joven deshollinador —comentó. Los ojos le brillaron un instante.

Sonriendo, Gin pensó que nunca se había percatado de que el señor Nott tenía sentido del humor.

El hombre no quiso quedarse para cenar ni para tomar una segunda taza de té. Le dijo que quería recorrer unos cuantos kilómetros más antes que se hiciera de noche.

Gin permaneció de pie y juntó las manos por delante. Se marcharía dentro de unos pocos minutos. Gin resistiría hasta entonces. No le haría ni una sola pregunta sobre él. Ni una.

Theodore Nott volvió a toser, y se detuvo junto a la puerta exterior antes de abrirla.

—Su Excelencia no pudo ir a Londres. Me envió en su lugar.

—Sí. Se lo agradezco, señor. Y a él también.

—Está haciendo planes para llevar a la duquesa y a Lady Adele a Italia en invierno.

—¿Ah sí? —Las heridas que apenas habían empezado a taparse y cerrarse se abrieron otra vez.

—Por la salud de Su Excelencia —explicó Nott—. Y creo que también por la suya propia. Desde que volvió no es el mismo.

Un cuchillo afilado rascaba la herida.

—El clima de Italia debería ayudarles a los dos.

Nott alargó la mano hasta el pomo y le dio la vuelta.

—Me encargaron que hiciera una compra en Londres, señorita, y de que me asegurara de que le llegara hasta aquí. Debería llegar dentro una semana. Mi deber era informarle de que se trata más de una contribución a la escuela que de un regalo personal.

—¿Y qué es?

—Debería llegar dentro de una semana —repitió él.

Y volvió a hacerle una reverencia, le deseó que tuviera un buen día y se marchó.

Gin se quedó con la dolorosa sensación de saber que el único y mínimo vínculo que tenía con Draco todavía estaba saliendo del pueblo. Y de saber de que la amaba lo bastante como para enviar a su secretario a Londres en su nombre. Y que le enviaba un regalo, supuestamente para la escuela.

Pero en realidad era para ella.

Y de saber que pronto, dentro de unos pocos meses, se habría ido de Inglaterra. No es que importara. De todas formas nunca volvería a verlo. ¡Pero Italia! Italia estaba muy lejos.

A veces el dolor resultaba casi insoportable.

Había muchas cosas que hacer para mantenerla ocupada, pero deseaba poder tener la mente tan ocupada como las manos y el cuerpo.

No podía controlar sus pensamientos acerca de él. Y resultaban terriblemente dolorosos. Nunca volvería a verlo, y nunca volvería a oír hablar de él. Pero tenía que saber y creer que la amaría durante el resto de su vida. Veinte años después, si continuase viva para entonces y supiese que él continuaba vivo, tendría que creer que la amaba. Pero no podría comprobar si efectivamente era así. Se preguntaría, al igual que ya se preguntaba: «¿Todavía me quieres? ¿Me recuerdas?»

Sentía que en cierto sentido resultaría casi más fácil saber que no la quería, que era feliz en otro lugar con otra persona. Al menos así podría emprender la tarea de vivir su propia vida con un poco más de determinación.

Quizá. Pero cuando yacía en la cama por las noches reviviendo esas noches de viaje con él, cuando hablaron con total facilidad y llegaron a hacerse amigos y a veces se quedaban sin decir nada en perfecta paz y armonía, con las manos agarradas, no estaba segura de poder vivir sabiendo que era feliz en otro lugar, que la había olvidado. Y al revivir aquella noche, cuando se dijeron que se querían una y otra vez con sus cuerpos, no se creía capaz de soportar el saber que podría haber otra mujer en su vida.

Pero aun así le dolía saber que era infeliz, que estaba atrapado en un matrimonio que no tenía nada de matrimonio, obligado por una niñita que ni siquiera era suya.

Le dolía saber que la barrera que los mantenía separados, y que continuaría haciéndolo durante el resto de su vida, eran tan fina y tan poco resistente como una telaraña.

La culminación de su dolor se produjo con dos sucesos que se dieron el mismo día, un mes después de que se mudara a su casita.

A primera hora de la tarde la avisaron de la escuela para que fuera a recibir un pianoforte que habían traído de Londres. Había unos cuantos curiosos en la calle, y todos los niños se las habían arreglado para estar fuera también, apiñados junto al carro grande que transportaba el instrumento.

—¡Un pianoforte! —Luna ahogó un gritito, y juntó las manos sobre el pecho—. ¿Es para ti, Ginevra? ¿Tú lo has pedido?

—Es para la escuela —explicó Gin—. Un regalo.

—¿Un regalo? ¿Para la escuela? —Luna la miró muy sorprendida—. ¿Pero de quién?

—Debemos hacer que lo lleven adentro —propuso Gin.

No sabía de dónde venía Harry, pero también estaba allí.

—Es un objeto demasiado valioso para el aula —comentó él—. Debemos meterlo en tu casa, Ginevra.

—Pero es para los niños —protestó ella—, para que pueda enseñarles música.

—Entonces tienes que llevar a uno o dos por vez a tu casa para que reciban lecciones.

—¡Oh sí! —Luna estaba de acuerdo—. Eso será lo mejor. ¡Qué regalo más maravilloso! —Apretó el brazo de su amiga pero no volvió a preguntarle quién se lo había dado.

Y así Gin se encontró con un pianoforte en su salón y una caja entera de partituras. Cuando por fin se quedó sola, después de que Luna le asegurara que ya no la necesitaba aunque faltaba muy poco para que terminaran las clases, se sentó en el taburete y palpó las teclas con dedos temblorosos.

Pero no tocó. Bajó la tapa brillante sobre las teclas, hundió la cabeza entre los brazos y lloró sin parar hasta que le dolió. Eran las primeras lágrimas que había vertido desde que él se había marchado.

Lo recordaba temprano por las mañanas abriendo la puerta que conectaba la biblioteca y la sala de música, quedándose allí hasta que ella lo veía para que no pensara que pretendía escucharla sin que ella lo supiera. Gin se escuchaba a sí misma tocar, ensimismada en la música, pero sintiéndolo en la habitación de al lado mientras escuchaba en silencio.

Se había creído que lo odiaba durante tanto tiempo, que lo temía y le repugnaba. Y había sentido miedo, un miedo mortal, a la extraña e inesperada atracción que había sentido hacia él.

Draco le había enviado un regalo muy valioso, ya que sabía lo mucho que significaba la música para ella. Pero nunca la oiría tocarlo. Nunca podría tocar para él.

Todas sus lágrimas se habían agotado cuando, aquel mismo día por la noche, descubrió un flujo de sangre que le avisaba de que tampoco tendría un hijo suyo. Llevaba más de una semana de retraso.

Sabía que había sido una idea muy muy estúpida esperar que fuera verdad. Debería haberse pasado esa semana aterrada. Habría resultado catastrófico si hubiese sido verdad.

Pero estaba descubriendo que el corazón no puede dirigir siempre a la cabeza. Echada en la cama después de limpiarse y ponerse el paño donde correspondía, se sentía tan triste y vacía como el día en el que él se había marchado.

Se dijo a sí misma que no le habría importado. No le habría importado todo lo incómodo y escandaloso que pudiera resultar. Se puede acumular mucha esperanza en ocho días, y ella había empezado a creer en su esperanza.

—Draco —susurró en la oscuridad—. Draco, hay demasiado silencio. No puedo soportar el silencio. No puedo oírte.

Las palabras sonaron ridículas cuando se oyó decirlas. Gin se puso de lado y escondió la cara en la almohada.

Poco después de la visita de Nott, Gin le preguntó a Mollie, la doncella de Heron House, si quería trasladarse a su casita para cuidarla. Mollie se mostró encantada ante la posibilidad de ser ama de llaves y cocinera además de doncella. Pero insinuó que Ted Jackson se pondría triste al tenerla tan lejos. Antes de que pasara un mes, el señor y la señora Jackson estaban viviendo en la casita, y Gin tenía un encargado de los arreglos de la casa y jardinero además de un ama de llaves.

Cuando dejó de estar sola en casa, el reverendo Potter empezó a visitarla a veces sin su hermana. Diría que la presencia de Gin le resultaba relajante, al observarla mientras bordaba. Y le gustaba escucharla tocar el pianoforte.

Gin disfrutaba de sus visitas y contemplaba con cierta nostalgia la época en la que había creído que estaba enamorada de él. A menudo pensaba que, si no hubiese ocurrido todo aquello —si la prima Marie y Anne no se hubieran marchado a Londres, si Oliver no hubiera evitado que se fuera de la casa, si Hobson no se hubiera caído y ella no hubiese huido, pensando que le había matado—, su vida podría ser muy distinta ahora. Se habría trasladado a la rectoría tal y como tenía planeado y habría vivido allí con Luna hasta que Harry hubiese conseguido una licencia especial.

Ahora ya llevarían varios meses casados. Se habrían pasado todas las noches sentados tal y como estaban ahora. Quizás ella estaría esperando un hijo.

Y habría sido feliz. Ya que sin las experiencias de los meses anteriores, puede que nunca hubiera detectado la estrechez de miras de Harry. Quizás ella misma habría continuado considerando la moral en términos estrictos de blanco y negro. Y nunca habría conocido a Draco. Nunca habría conocido el amor apasionado y devorador que sentía por él.

Habría sido feliz con el amor tierno que Harry le había ofrecido. A veces deseaba poder borrar los meses pasados, volver al modo en que habían sido las cosas. Pero se percató de que uno nunca podía retroceder, ni desearlo verdaderamente, porque una vez que ampliaba la experiencia personal uno ya no podía darse por satisfecho con la experiencia más limitada.

Además, pese al dolor, pese a la desesperación, no habría querido vivir su vida sin conocer a Draco. Sin amarlo.

—¿Eres feliz, Ginevra? —le preguntó el reverendo Potter una noche.

—Sí. —La chica sonrió—. Soy muy afortunada, Harry. Tengo un hogar y la escuela y amigos. Y me siento muy segura, lo cual es maravilloso después de la ansiedad que pasé con lo de Oliver.

—Eres muy respetada y querida. Pensé que quizá te costaría establecerte aquí después de todo lo que habías pasado.

Ella le sonrió y bajó la cabeza para concentrarse otra vez en el bordado.

—A veces desearía poder volver al modo en que eran las cosas antes de aquella noche espantosa —comentó él, haciéndose eco de los pensamientos de Gin—. Pero no podemos, ¿verdad? No podemos retroceder nunca más.

—No.

—Yo pensaba —empezó él— que sólo sería posible amar a alguien merecedor de mi amor. Pensaba que podría amar a otras personas de un modo cristiano y perdonarles sus defectos si se arrepentían de ellos. Pero no podía imaginarme que pudiera amar o casarme con alguien que hubiera cometido un error grave. Estaba equivocado.

Ella sonrió en dirección a su bordado.

—Soy culpable de haber mostrado un orgullo terrible —se lamentó el cura—. Fue como si pensara que una mujer tuviera que ser digna de mí. Pero yo soy el mortal más débil que existe, Ginevra. Te miro y me maravilla que tu experiencia no te haya amargado ni endurecido. Eres mucho más fuerte e independiente de lo que lo eras antes, ¿verdad?

—Me gusta pensar que sí. Creo que soy más consciente que antes de que mi vida está en mis propias manos, de que no puedo culpar a otras personas de algo que vaya mal en ella.

—¿Me harías el honor el casarte conmigo? —le preguntó Harry.

Pese a las palabras que habían conducido a la proposición, Gin se sorprendió. Levantó la vista hacia él y la aguja quedó suspendida por encima del bordado.

—Ay, Harry. No. Lo siento, pero no.

—¿Aunque sepa lo de tu pasado? ¿Aunque te diga que no cambia nada respecto a mis sentimientos por ti?

Ella cerró los ojos.

—Harry, No puedo. Ay, no puedo.

—Entonces es lo que yo pensaba —dijo él, poniéndose en pie y tocándole el hombro—. Pero has cortado toda relación con él, ¿no es así? No esperaría menos de ti. Es un hombre casado. Lo siento, Ginevra. Lo siento mucho. Querría que fueras feliz. Rezaré por ti.

Harry salió de la casa sin hacer ruido mientras ella miraba fijamente hacia su bordado.

No volvió a presentarse solo durante varias semanas, aunque a veces iba con su hermana. E iba a menudo a la escuela.

Volvió a presentarse solo una tarde de un día sin clase, y le trajo una carta.

—Si fuera tú la devolvería sin abrirla —le sugirió adoptando un tono grave al entregársela—. Como pastor tuyo te recomendaría que lo hicieras, Ginevra. Has luchado tanto contra tu debilidad y estás tan cerca de ganar la batalla… Déjame devolverla por ti. O destruirla sin leerla.

Ella cogió la carta de sus manos y miró el sello del duque de Ridgeway y la caligrafía que no era la del señor Nott. Ya habían pasado más de cuatro meses, o quizás cuatro años o cuatro décadas o cuatro siglos.

—Gracias Harry.

—Sé fuerte —insistió él—. No cedas a la tentación.

Ella no dijo nada, sino que continuó mirando la carta. Él se volvió y se marchó sin decir nada más.

Lo odiaba. No esperaba volver a sentir odio hacia él otra vez, pero lo odiaba. Le había dicho que nunca volvería a verla, que nunca volvería a escribirle. Y ella lo había creído.

Había sufrido por él, aunque no podía continuar viviendo sin volver a verlo ni volver a oír una palabra suya.

Y había escrito. Para abrir una vez más la herida a duras penas cicatrizada. Para obligarla a empezar de nuevo. Y en el futuro no podría volver a confiar en que mantendría la tentación apartada de su vida.

Harry tenía razón. Debería devolver la carta sin abrirla para que supiera que era más fuerte que él. O debería destruirla sin leerla. Debería dársela a Harry para que la devolviera o la destruyera.

Entró en el salón y la puso, sin abrir, apoyada en un jarrón que había encima del pianoforte. Y se sentó lentamente en su butaca favorita, con las manos en el regazo, mirándola.