Capítulo 24: Corazones rotos
Se incorporó sobre la cama extraña con sigilo. Su pelo caía como una cascada rojiza sobre sus hombros, escondiendo en parte su mirada cerúlea y el rubor que cubría sus mejillas. El contacto de la fresca brisa matutina con su piel desnuda, la hizo estremecer. Casi inconscientemente, se envolvió un poquito más en las sabanas arrugadas.
Los recuerdos de aquella larga e inolvidable noche, eran tan vívidos, que aún podía sentir las suaves y hambrientas caricias. Su piel se erizó solo con pensarlo, y su rostro, grave y ligeramente avergonzado se adornó con una tímida sonrisa. Miró de soslayo al príncipe que dormitaba a su lado en completa paz y amplió su gesto levemente. Los rizos desordenados caían por su frente, enredándose con las largas pestañas que ocultaban aquellos maravillosos ojos color cielo.
Niamh tomó una gran bocanada de aire, llenando sus pulmones, y lo dejó escapar con lentitud. Ella, precisamente ella, había sucumbido a los encantos de un príncipe al que apenas conocía. Siempre se había considerado fría, desconfiada, difícil de conquistar. ¡Y ahora solo había que verla!
Tomó las agujas de la mesilla, y se acaldó el moño nuevamente.
¡Maldito Aioros! ¡Una orgullosa guerrera! ¡Una orgullosa superviviente! Eso era ella antes de conocerle. Se había dejado engatusar por su sonrisa alegre, por su gesto amable y su mirada tranquila., por el calor de un hogar y una familia. Su voz dulce y grave la había engatusado sin palabras bonitas siquiera… simplemente siendo él. ¡Y sus manos! Sus malditas manos la habían enloquecido, la habían llevado a las estrellas en aquel mismo lecho hacía unas horas. Cada beso, regalado o robado, había sido entregado como si fuera el último. Se había entregado a él con gusto, con avidez y casi necesidad. Había regalado lo último que restaba de su inocencia… y no se arrepentía.
No le importaba lo que supuestamente era correcto o no. Cualquier ama de cría, cualquier dama o doncella… hubiera insistido en que debía preservarse hasta que fuera entregada a un noble marido. Era lo correcto, lo que estaba bien visto. Lo que debía hacer. Pero ella nunca se había dejado llevar por los deberes… ella hacía lo que sentía. ¡Ni siquiera sabía si viviría hasta encontrar un marido!
Solamente sabía, que en aquel preciso instante, Aioros era la única persona del mundo con la que deseaba estar. No había un por qué. Simplemente, su corazón se lo decía.
Negó lentamente con el rostro, intentando apartar aquellos pensamientos de su cabeza y recordándose que debía vivir cada día intensamente. Apartó las sabanas y las mantas de piel, abandonando el lecho con cuidado de no hacer un solo ruido: con cuidado de no despertarlo. Se puso en pie, enterrando sus pies descalzos en la mullida alfombra de lana, y caminó de puntillas hasta que pudo alcanzar su ropa. Se vistió a toda prisa, sin desviar la mirada vigilante de la silueta bronceada de Aioros. Terminó de abrocharse el cinturón con la daga corta, y su preciada espada. Tomó las botas entre sus manos y se acercó a toda prisa a la puerta de salida.
-¿Huyes, fugitiva? –al escuchar la voz soñolienta, se quedó totalmente quieta. Volteó el rostro, mirando sobre su hombro, hasta que su mirada se cruzó con la de Aioros.
-Aún es pronto, debo salir mientras pueda. –atinó a pronunciar, no sin cierto nerviosismo. El castaño pareció pensar acerca de aquellas palabras un momento, pero terminó por asentir, dándola la razón. Esbozó una sonrisa, cargada de sueño.
-¿Estarás en el campo de entrenamiento después? –Niamh asintió.- Te veré entonces...
Con un gracioso gesto de su cabeza, la pelirroja se despidió. Deseaba quedarse, no abandonar aquella cama en lo que restaba de día… y a su vez, creía morirse de vergüenza bajo su mirada, que nunca antes le había resultado tan intensa.
Cerró la puerta a sus espaldas, y desapareció por el pasillo aún en penumbra. Necesitaba un baño que enfriase sus ideas y calmara sus sentimientos.
-X-
Aspros paseó su mirada esmeralda por el angosto corredor que se extendía frente a él. Con sus poderes hubiera podido ahorrarse aquel trayecto, hubiera podido llegar exactamente al punto al que deseaba sin siquiera perder un segundo. Pero, por una vez en mucho tiempo, quería sentir el aire helado de las alturas acariciando su rostro y agitando su melena.
El camino desde la Torre había sido largo, aburrido en algunos momentos. Sin embargo, había podido disfrutar de la libertad que suponía para él el anonimato. Se había mezclado con los mortales, alterando su aspecto regio con sus propios poderes. Se había llevado fresca cerveza tostada al calor de la chimenea de alguna vieja posada, y había observado con interés el comportamiento de aquellos que para él no eran más que peones en su propio tablero de juego.
Pero en aquel momento, nada de aquello tenía la más mínima importancia. Se bajó la capucha cuando el espeso aire caliente golpeó su rostro y amenazó con abrasar sus pulmones. Un par de gotas de sudor resbalaron por su frente, mientras el camino por el corredor llegaba a su fin. El olor a azufre inundó sus fosas nasales, y el súbito resplandor de la caverna lo forzó a entrecerrar los ojos. Siempre le había fascinado la lava. Había algo en ella que la hacía sumamente hipnotizante. Quizá simplemente le recordaba a su hermano, o quizá era su belleza incandescente, capaz de arrasar cualquier rastro de vida…
Cualquiera… salvo aquel.
La burbujeante calma de la lava, se vio interrumpida. Primero fueron un par de diminutas olas agitando su superficie, pero después, el candente magma se abrió y de su luminosa profundidad surgieron las escamas: tan brillantes y doradas como el mismo oro fundido, tan duras como ningún otro metal. Naur surgió de la superficie derretida en todo su esplendor. Sus ojos, igual de esplendorosos que el resto de su presencia, refulgieron en la sala. Y sus alas, enormes y magníficas se abrieron, bañando de brillos tan hermosos como el mismo ocaso todo lo que su mirada podía abarcar.
Se alzó unos metros en el aire, y cuando finalmente se posó, la roca bajo sus garras se resquebrajó como barro seco y se quemó bajo la caricia de las gotas de lava que resbalaban por sus escamas. Estaba tan cerca de él, que si Aspros hubiera estirado la mano, hubiera podido tocarle el imponente hocico. Pero tal y como y si hubiera leído su pensamiento, el más antiguo de los dragones abrió sus fauces, y dejó escapar un rugido de tal potencia que los mismos cimientos del volcán temblaron, mientras sus afilados colmillos de marfil se bañaban en el fuego de su aliento.
Aspros ladeó el rostro y esbozó una sonrisa retorcida.
-Soberbio. –Dijo. Pero apenas cerró los labios, el viejo dragón acercó su enorme hocico hasta él, intimidante. El mago no se amedrentó.- ¿Te incomoda mi visita? –Naur enseñó los dientes, afilados como cuchillos, y dejó escapar un suave gorgoteo invitándolo a hablar.- Continúas siendo un regalo para la vista. –Y lo cierto era, que hubiera jurado que cuanto más viejo era… más hermoso se veía.
-¿A qué has venido, niño? –Aspros frunció el ceño con fastidio. Sabía de sobra que aquello era exactamente lo que era a los ojos de un dragón como Naur, y aún así, no dejaba de molestarle.
-Traigo noticias que pueden interesarte… -El dragón parpadeó, y sin dejar de mirarlo, ladeó la cabeza sutilmente.
-¿Qué ha podido acontecer como para sacarte de tu guarida, hechicero?
El peliazul oteó la estancia en busca de un lugar para sentarse. Cuando lo encontró, se acercó hasta allí con cierta parsimonia y se dejó caer. Naur lo siguió con interés, recostándose en toda su inmensidad frente a él, como un cachorro frente a las llamas de una chimenea. Observaba a Aspros con curiosidad. Su visita no le incomodaba, no, pero si lo ponía en alerta. Recordaba a la perfección cada una de las visitas que el chico le había hecho desde que era niño, a hurtadillas primero… sin importar las consecuencias después. Sabía que Aspros no le tenía miedo, sino que sentía una enorme fascinación por él, al igual que por su adorada magia. Esa magia que le había arrebatado la corona y le había llevado al oscuro punto encierro de la Torre de la Hechicería.
-Una vez dijiste que llegaría el día en que los hombres asolarían la tierra. –Naur guardó silencio.- Hace demasiado tiempo que no abandonas esta caverna, mi señor. Apuesto la vida a que ni siquiera reconoceríais nada de lo que vean vuestros ojos.
-Hades. –Su voz sonó con desprecio, igual que un rugido, en su mente.
-Sus huestes se mueven. Cada vez se acercan más al norte y la ceniza cubre cada vez más terreno al sur. Me temo que el momento del que tanto hablasteis, ha llegado.
-¿El norte resistirá? –Aspros esbozó una sonrisa traviesa.
-No puedo preverlo. –Dijo encogiéndose de hombros.- Pero el norte irá a la guerra. –los ojos de la bestia dorada se abrieron desmesuradamente, a sabiendas del significado de aquellas palabras. Solamente un acontecimiento podía haberles obligado a tomar tal decisión.- La identidad de los herederos ha sido revelada; y su ubicación, estoy seguro, es de sobra conocida por el Emperador. Los críos pelearan.
-Han sobrevivido. –añadió casi fascinado, reafirmándose en sus sospechas.
-¿Dudaste de la tenacidad de un elfo, viejo dragón? Podrían ofenderse por eso… –replicó alzando una ceja divertido. Naur gruñó suavemente.- Es cuestión de tiempo que los tambores y cuernos de guerra resuenen en las llanuras. Los campesinos dejarán los arados y empuñaran las espadas. Los mercenarios y jinetes libres cabalgaran del lado del vencedor… Y la magia de la que tanto recela el mundo se extenderá por todas partes sumiendo todo en una mortecina oscuridad contra la que nadie podrá luchar.
-¿A qué has venido, Aspros? –Preguntó con sospecha.
-Creí que debías saberlo.
-No vas a tomar partido… -No lo preguntaba. Desde hacía mucho tiempo preveía una reacción como aquella, pero no podía evitar que la decepción manchara sus palabras.
-Yo solamente soy un hechicero desterrado, mi señor. –Naur lo miró fijamente por un momento, y agitó la majestuosa cola nervioso. Sabía de sobra que Aspros no era solo un mago chiflado.
-El norte no podrá plantarle cara a Hades mientras la magia no este de su lado. –La enigmática sonrisa que iluminó el rostro del gemelo, hablaba por si sola.- Ninguna espada puede hacerle frente al poder negro y descontrolado de Hades…
-Lo se. –dijo asintiendo.- Hay algo más que debéis saber. –El apenas perceptible movimiento en el rostro del dragón, fue suficiente para que continuara. Tenia toda su atención.- Hades vino a mi, ofreciéndome el cetro que controlará a toda vuestra raza. –Naur rugió espantado.- Tiene cautiva a vuestra señora plateada. –el rugido se hizo más fuerte y desesperado, sus alas se agitaron, levantando un remolino de aire caliente.- Y os buscará, os buscará con todas sus fuerzas, e intentará capturar hasta el último de los dragones que se esconden en las montañas y doblegaros.
-Te necesita. –Aspros asintió y se puso en pie.
-Quizá no es más que el consejo de un viejo mago, mi señor… Pero ha llegado el momento de que despleguéis vuestras alas bajo la luz del sol y reunáis a los vuestros, bajo vuestra sombra majestuosa.
-¡Aún no existe un jinete que pueda controlarme! –No era que menospreciase o renegase de los hombres. Era que firmemente creía en que nadie estaba preparado para ello: no era ningún juego de niños.
-Lo habrá.
-¿Acudirás al llamado de los cuernos? –La convicción en la voz del hombre, lo calmó por un instante. Aspros siempre sabía más de lo que decía, y en aquellos casos… ni su sabiduría milenaria podía arrojar luz sobre sus misteriosos silencios.
-Iré.
-¿Pero con que bando, Nigromante?
Aspros nunca contestó. Amplió su sonrisa envuelta en locura, y sus ojos relampaguearon con un destello rojizo. Estiró la mano y, sin ningún miedo, acarició el hocico del animal. Sabía que sus escamas no quemarían a pesar de estar bañadas en lava, sabía que Naur aceptaría el gesto.
Por un segundo, sus miradas se encontraron. Dragón y Mago. Eso eran… dos razas condenadas a la extinción: una encadenada a la otra. Lo sabían. Su tiempo se acababa.
Naur rugió en el preciso instante en que Aspros desapareció en una nube de estrellas. Rugió alzando la vista, perdiéndola en la lejana claridad que entraba a través del cráter sobre su cabeza. El chico tenía razón.
Había llegado la hora.
-X-
Cuando llegó al comedor, sintió todas las miradas fijas sobre él. Aioros carraspeó, y se acercó hasta su silla vacía.
-Buenos días. –murmuró dándole un bocado a una rebanada de pan, recién horneada, untada en miel.
-Pensé que no vendrías. –replicó Dohko con una sonrisa.- Es tarde.
-Si, me dormí… lo siento. –Se disculpó.- Arien tampoco esta…
Tomó un sorbo de leche caliente y miró a sus hermanos. Había esperado que saltaran sobre él como lobos, con comentarios acusadores y bromas pesadas. Aquello era lo que siempre hacían cuando uno de ellos, independientemente de quien fuera, mostraba un comportamiento sospechoso por las mañanas, que delatara otro aún más sospechoso durante la noche. Pero nadie dijo nada. Es más, para ser exactos… lucían extrañamente serios.
-Han venido de todos los rincones de los reinos libres. –dijo Shion, continuando con la conversación que mantenía con el rey desde antes de su llegada.- Las posadas están repletas y las tiendas se levantan al otro lado de la muralla como si fueran un ejército.
-Duplicaremos la guardia. La princesa llegara hoy, y lo que menos necesitamos es a un montón de caballeros demasiado borrachos, armados, y deambulando por la ciudad hasta el inicio del torneo.
-Se lo haré saber a Albafica. –respondió asintiendo el peliverde.- ¿Pensáis participar? –Su mirada rosácea viajó inmediatamente a los chicos.
-¿Podemos? –preguntó Milo, incrédulo.- ¿En serio?
-Ya veremos. –murmuró el lemuriano, a sabiendas de que su subconsciente le había traicionado. Lo que menos deseaba era exponerles de un modo tan absurdo como aquel.- Sabéis que la participación de los príncipes nunca es anunciada hasta el momento final.
-¡Al menos hablareis de algo en la mesa! Estáis demasiado callados. –añadió Dohko, mirando de uno a otro con sospecha.
-¿Nos dejarás participar en las justas a cambio de un poco de conversación? –Saga alzó una ceja con curiosidad: lo que fuera por desviar la atención de los asuntos que mantenían ocupadas sus mentes y atenazadas a sus lenguas.
-No es la primera vez que lo hacéis…
-¡Dohko! –lo reprendió Shion.
-Ya, ya. ¡Tranquilo! –su amigo comenzaba a ser un viejo paranoico cuando se refería a la seguridad de los chicos.- Tengo entendido que Camus participara.
-Aja.
-Recibí un mensaje de Atlantis. –Kanon y Saga intercambiaron una mirada apenas perceptible, y desde donde estaba, Saga casi pudo escuchar el acelerado pulso de su hermano.- Julian enviará a alguien al torneo, aunque aún no se a quién. Imagino que a uno de sus generales. Os lo haré saber cuando tenga más noticias. –Se levantó de la mesa y se encaminó a la ventana.- ¡Por los dioses! No se si soportare este ajetreo demasiado tiempo.
-Resiste padre, caballeros contentos y borrachos, son caballeros felices. –Dijo Aioria con una sonrisa.- Les necesitaremos más adelante.
Dohko sonrió, su hijo tenía razón. En su situación, ninguna espada estaba de más, sin importar su origen. Pero lo cierto era que la ciudad se había convertido en un hervidero de gente desde que se había anunciado la llegada de la comitiva de Lemuria. Los sirvientes entraban y salían del castillo, cargados de comida y barriles de vino, cerveza e hidromiel. Las calles estaban sumidas en la más completa algarabía con la cantidad de visitantes que estaban recibiendo: caballeros, mercenarios, escuderos y sus sequitos… Dohko sabía que Alcanor y sus príncipes necesitaban una celebración, sabía que necesitaban algo alegre, algo divertido que alejara de su horizonte la amenazadora presencia de la guerra. Pero también era consciente, al igual que Shion… del peligro que suponía para todos tener a tantos desconocidos vagando por la ciudad.
-¡Cómo sea! Llegamos tarde al consejo. –puntualizó el peliverde. Dohko abrió los ojos espantado.
-Me marcho. –Se acercó a la puerta a toda prisa seguido de Shion.- Aioros, encárgate de reorganizar la guardia real con Albafica. Quiero ojos en todos los rincones de la ciudadela y las murallas.
El chico asintió mientras veía a su padre marchar. Se sopló el flequillo cuando Aioria y Milo los siguieron, concentrados como estaban en su propia conversación. Así que, inevitablemente, centró su atención en los gemelos. Lucían serios, más de lo normal, como venía siendo habitual en los últimos días. Kanon había vuelto de Atlantis y apenas había mencionado un par de palabras. ¡Ni siquiera había bromeado con la historia de Niamh! Sin embargo, en aquel momento sus preocupaciones eran otras.
-¿Vas a quedarte ahí todo el día? –la voz de Saga le trajo a la realidad. Ni siquiera se había dado cuenta del momento en que los hermanos se habían puesto en pie.
-No, no. –negó sin mucho convencimiento.- ¿Podemos hablar un momento?
Saga ladeó el rostro con curiosidad, y una sonrisa traviesa adornó sus labios. Miró a Kanon de soslayo, y el menor de los dos se despidió con un gesto apenas perceptible de su cabeza. Saga no le prestó la menor atención hasta que Kanon hubo desaparecido del comedor.
-Todo el mundo esta emocionado con la visita de tu futura reina, salvo tú. –dijo el peliazul casi burlón. Pero Aioros no rió. Frunció el ceño en un gesto que sirvió de advertencia para el mayor. Saga se dejó caer despreocupadamente en la butaca del rey, dispuesto a escuchar.- ¿Y bien?
-Tengo un problema.
-Diría que tienes varios, amigo. –Aioros ignoró sus palabras y continuó.
-Yuzuriha llegara hoy. Niamh no sabe que ella…
-¿Tiene importancia?
-¡Mucha! –replicó casi molesto.
-Pregunto si tiene verdadera importancia. Ya hablamos de esto…
-¡Ya lo se! Pero la situación ha cambiado. –Saga se mantuvo en silencio, a la espera de una explicación mejor.- Pasamos la noche juntos, ella nunca… -Se revolvió el pelo con nerviosismo.- Fue fantástico, en serio. Pero ahora tengo que decirla que Yuzuriha es mi prometida. ¡Mi prometida! ¿Cómo voy a hacerlo? Conociéndola, no volverá a mirarme en su vida.
-No se si te has dado cuenta que va a saberlo de todos modos, se lo digas tú o no. ¡Es una verdadera suerte que no haya escuchado nada en toda la ciudad! Aún estas a tiempo…
-Ni siquiera se por qué te escucho. –Saga frunció el ceño, notaba demasiada hostilidad en el ambiente.- Pero tienes esa capacidad de hacer que todo lo que sale de tus labios sea absolutamente convincente.
-Alto. –se enderezó en la silla.- Piénsate bien lo que vas a decir. –dijo casi amenazante.- Si vas a echarme la culpa por haberte llevado a la cama a quien no debías, ni siquiera te molestes en abrir la boca. Cuando me preguntaste qué debías hacer, ya lo habías hecho. Solamente buscabas que alguien te diera la razón y te convenciera de que estabas haciendo lo correcto.
-¡Necesitaba que alguien me dijera la verdad!
-Y lo hice. –Se apartó un mechón de la larga melena de la cara.- Te dije que no te enamoraras, te dije que te divirtieras, porque vas a pasar el resto de tus días con una mujer a la que no amas. Eso no me hace culpable de tus problemas.
-¡Por los dioses, Saga! –Sin darse cuenta había levantado la voz.- Eso es lo que tú quieres. ¡Pero no somos iguales! No pienso convertir a Niamh en mi… –Se contuvo, buscó la palabra menos ofensiva, lo pensó bien. Pero Saga lo notó. Inmediatamente, el peliazul apretó la mandíbula, a la espera de lo que tuviera que decir.- … en mi cortesana personal solo porque yo tenga que compartir mi vida con otra persona.
-¿Qué? –fue lo único que dijo tras unos segundos de silencio, y su voz sonó tan tranquila y suave, que en cualquier otra ocasión Aioros se hubiera dado cuenta de lo lejos que había llegado.
-No te hagas el idiota. –masculló.- Lo último que deseo es convertir a Niamh en alguien como Arien. La prestas atención cuando quieres, cuando la necesitas. Robas un poco de su cariño, y la muy boba siempre está ahí. No quiero que Niamh se convierta en un alma en pena como ella, y desde luego no quiero utilizarla de la misma manera en que tú lo haces. –Por un segundo, solamente hubo silencio.- Es doloroso ver lo mucho que te quiere y lo poco que das a cambio. No quiero ser así, no quiero hacer lo mismo, no quiero que una hermosa flor se marchite por mi culpa.
Saga no dijo nada. Clavó sus ojos verdes en los de Aioros durante unos largos segundos, en que su rostro se mantuvo como una máscara de impasible frialdad. Pasaban muchas cosas por su cabeza, demasiadas. En el fondo, era consciente de que Aioros estaba terriblemente frustrado. Esperaba, deseaba… que en realidad nada de lo que hubiera dicho fuera cierto. Porque la sola idea de que de verdad sintiera todo aquello, dolía: más aún la posibilidad de que efectivamente estuviera en lo cierto.
Sin embargo, tras un rato, se levantó. Ignoró la mirada azul de Aioros y, sin mirarlo si quiera, se dirigió a la puerta y abandonó el comedor.
-X-
Pandora inclinó la cabeza cuando entró al salón donde esperaba su padre. Caminó hasta él, sin que sus pasos resonaran sobre la piedra ennegrecida y espero a que el emperador se deshiciese a hablar. Pasaron un rato en silencio, hasta que Hades pareció reparar en su presencia.
-Padre. –murmuró ella.
-Partiréis al anochecer. –dijo, sin más preámbulos, mientras la tendía una anillo de oro.- Deberás llevarlo, día y noche. –Pandora se lo acomodó en el dedo y lo observó. Era un sello hermoso, con el escudo de armas de la casa de Papillon grabado en oro blanco. Pero si uno se fijaba bien, descubría que era un anillo hueco y el sello… una tapa que abría un compartimento diminuto. Sabía de sobra lo que había ahí dentro.- Seréis Arya y Ciara, de la casa de Papillon. De ningún modo vuestros verdaderos nombres deben salir a la luz. Nadie conoce vuestros rostros en el norte, y debe seguir siendo así por un tiempo más. Ya tendrán tiempo de veros en sus pesadillas.
-Si, padre.
-Myu, y Alraune participaran en las justas de Alcanor. Dohko nos lo ha puesto más fácil de lo que pensábamos. Chesire será su escudero, mientras vosotras os mostráis como bellas damas de una casa olvidada y decadente. Sed cuidadosos… Alcanor abrió sus puertas al mundo, pero estoy seguro de que habrá duplicado la guardia real y los ojos de los montaraces vigilaran todo. –La dama oscura asintió.
-Haced lo que sea necesario, no importa qué, ni cuánto tiempo os lleve. Pero acercaos lo suficiente a los príncipes como para conseguir lo que quiero. Ganáosles.
-Será fácil con Violate. –Nada se podía resistir a su gracia, lo sabían.
-Quiero todos los secretos que se escondan en la ciudadela, Pandora. Todos.
La joven sabía que su padre no aceptaba los errores, menos aún en una misión tan importante: la misión de su vida. Era consciente de que se encaminaban a la misma boca del lobo, y aún así, sentía una emoción difícil de controlar. Casi podía relamerse los labios con el sabor del triunfo y las intrigas. Aquella misión sería un éxito, un golpe en el corazón del enemigo sin que lo vieran venir.
-Cuando volváis, la guerra habrá empezado. –Pandora alzó el rostro, casi sorprendida.
-¿Pensáis sacar al ejército de nuestras murallas?
-Es la hora de que nos vean. Los Jueces y Kagaho cabalgaran al frente del ejercito. Se terminó ser una amenaza en el sur. Seremos una mortal realidad.
-X-
Cuando escuchó el suspiro a su lado, Niamh volvió a la realidad. Negó rápidamente con el rostro, intentando por todos los medios de acomodar su cerebro. Estaba demasiado despistada y ni siquiera había escuchado una sola palabra de lo que Arien había dicho desde que se habían encontrado aquella mañana.
-¿Qué? –alcanzó a preguntar.
-Nada. –La morena negó con el rostro. Estaban asomadas en la galería, justo sobre el campo de entrenamiento, mientras que si ladeaban el rostro a la izquierda, podían ver sin problema alguno la galería de tiro. Saga estaba al frente de su grupo, como siempre. Pero su expresión no alentaba nada bueno. Alguien había amanecido de mal humor… Se sopló el flequillo, y volteó a ver a Niamh.- ¿Qué pasa contigo de todos modos?
La pelirroja abrió los ojos más de lo que hubiera querido, delatando su nerviosismo y acentuándolo con el incontrolable rubor de sus mejillas. Arien no tardó en notarlo, alzó una ceja con curiosidad.
-¡Nada! –se apresuró a decir.
-¿Nada? –La sonrisa comenzó a dibujar en los labios de la princesa.- ¿Cómo que nada?
-Nada. –Insistió, negando con el rostro y carraspeando, en un intento inútil por lucir más serena y convincente.
-Ya. –Arien no la creía. No tenía la menor idea de que sucedía con ella aquella mañana en que parecía tener el cerebro lleno de pájaros, pero lo cierto era que algo había sucedido con su amiga.
Decidió volver la vista al frente, sin darle más importancia al asunto. Fuera lo que fuera, terminaría sabiéndolo. En aquel corto periodo de tiempo desde que la conociera, había descubierto dos cosas: Niamh era como una tumba, no había secreto que la confiases que abandonaras sus labios… Salvo cuando tenía que ver con su intimidad. Arien tuvo que esforzarse por ocultar la sonrisa que pugnaba por adornar sus labios. Tenía la impresión de que sabía por donde iba el asunto.
-¿Participará en las justas? –preguntó la naurilor, viendo a Saga, e intentando alejar la atención de ella.
-Probablemente. –la vio de soslayo y continuó.- Han participado otras veces, pero es norma del rey que no se anuncie su presencia hasta el momento del sorteo. De esa manera los príncipes están más seguros.
-Oh.
-De todos modos, es probable que si participan… tampoco lo sepamos hasta el momento en que se quiten el yelmo. –Niamh ladeó el rostro con curiosidad.
-¿Participan a escondidas?
-Más de una vez. –Arien dejó escapar una suave carcajada.- Cuando los contendientes huelen a realeza, atacar con todo es un riesgo que nadie quiere afrontar. Todos lo saben. En alguna ocasión nos buscamos un nombre falso, un lugar mejor en el que estar que en el palco de honor y… -hizo un gesto que a Niamh le resultó de lo más gracioso.
-Un momento… ¿Buscamos? –Arien asintió.- ¡Tú también has participado! –El rostro de la morena se cubrió de orgullo.
-Lo hice, y pateé unos cuantos traseros. Fue divertido.
-No es de extrañar que el rey te vigile de cerca. ¡No puedo imaginar su cara al descubrirlo! –su risa surcó el aire.
-No, no puedes. –Arien negó divertida.- Desde entonces, tengo un sitio reservado a su izquierda. Si hay un torneo en la ciudad, no hay modo posible en que yo puedo escaquearme y pasar desapercibida. Y debo ir engalanada cual reina…
Se detuvo. Alzó las cejas, y llevó su mirada de Niahm al campo de prácticas. Se dio cuenta de que había dejado de escucharla tan pronto como Aioros apareció en su campo de visión. Ni siquiera se sorprendió cuando el príncipe miró fugazmente en su dirección, esbozando una diminuta y tímida sonrisa.
-Así que, su alteza el príncipe y tú…
-¡¿Qué? –exclamó cogida por sorpresa.
-¡Oh, venga ya!
-Es que…
Niamh supo que no había nada que decir en su defensa. Estaba segura de que Arien no había utilizado su gracia, probablemente estaba en lo cierto y sus sentimientos eran claros como el agua. Se maldijo internamente por ello.
-¿Qué? –quiso animarla a continuar.
-Pues… -Pero Niamh no tenía la menor idea de cómo encarar aquel asunto sin morirse de vergüenza.- Aioros… No se si…
-Escúchame. –dijo Arien, a sabiendas de que Niamh sería incapaz de hilar un par de palabras con sentido acerca de aquel asunto. Tomó su brazo y la obligó a mirarla.- Estas con él, ¿cierto? –La pelirroja agachó el rostro por instinto.- Lleváis días juntos, pero este comportamiento tuyo…
-¡No estoy acostumbrada a estas cosas!
-¡Lo se! –Claro que lo sabía, comprendía de sobra lo confundida que alguien como Niamh debía sentirse ante la cercanía de un hombre, y ante los sentimientos que despertaba en ella.- No pasa nada. –Replicó con una sonrisa, mientras su amiga suspiraba. Incluso ella se sentía extraña manteniendo aquella conversación con una mujer: siempre había estado rodeada de chicos.- Habéis pasado la noche juntos, ¿verdad?
La pelirroja no respondió. Se mordió los labios con nerviosismo, y aquello fue suficiente. Arien amplió la sonrisa, aunque internamente, no se sintiera tan feliz. Por supuesto que le gustaba la idea de que Aioros y su amiga estuvieran juntos… los quería a ambos y eran buenos chicos. Sin embargo, conocía bien como eran las cosas. En aquel momento, no pudo sino sentir lástima por Niamh.
-¿Tan terrible fue? –dijo en un intento por quitarle hierro al asunto.
-¡No! No… A decir verdad fue… maravilloso. –Sus mejillas se sonrojaron, y sus ojos brillaron con un atisbo de felicidad que Arien no había visto antes en ella.- ¡Sueno terriblemente cursi!
Sonrió. Aunque Arien no acertó a decir nada más. Aquello no podía haber sucedido en un momento más inoportuno, y maldijo a Aioros por no haberse sabido controlar. ¡Por los dioses! ¡Yuzuriha estaba a punto de llegar a la ciudad! Aquella ilusión que adornaba el rostro siempre a la defensiva de Niamh, se esfumaría de un plumazo cuando supiera que la princesa élfica era…
-Escucha, es una situación difícil, pero… -quiso decírselo. Quiso advertirla de la situación, porque la comprendía y sabía lo dolorosa que era. Porque se merecía saber la verdad, simple y llanamente. Luego estaría en su derecho de tomar una decisión.
Sin embargo, antes de que pudiera despegar los labios, el alboroto en el campo llamó la atención de ambas. Frunció el ceño y se aferró con fuerza a la baranda. ¿Qué demonios estaba pasando?
-X-
Ignoró las voces de Shura y la mirada sorprendida de Máscara Mortal. No tenía la menor idea de que estúpido impulso le había llevado a aquel lugar, en aquel preciso momento. Pero Aioros se encontró, antes de que su cerebro le gritara que se detuviera, deteniendo una estocada firme de la espada de Saga. Había sido asestada con tanta fuerza, que el choque de acero contra acero le había provocado una punzada de dolor que se extendió por todo su brazo sin piedad.
Estaba enfadado, furioso. Horas antes le había espetado un montón de cosas con o sin derecho, pero lo había hecho. Le molestaba el hecho de que Saga no se hubiera percatado de la gravedad de las cosas mucho antes: le irritaba que se lo tomara tan a la ligera. Aioros solamente había querido que alguien le dijera que parase, que estaba siendo estúpido. Recriminarle a Saga que no lo hubiera hecho, no era más que un modo de dejar escapar la molestia que sentía consigo mismo.
Asestó un tajo con tanta rapidez como le fue posible, procurando no resbalar en el suelo embarrado.
-¡Deteneos! –gritó Shura una vez más, solo para ser ignorado.
Aioros pensaba cada palabra que había dicho acerca de Arien, aunque sabía que había sido una temeridad pronunciarlas en voz alta de un modo tan poco sutil. Lo que ellos tuvieran, era asunto de ellos… no era nadie para meterse, por muy doloroso que resultase para la princesa guerrera. Lo más difícil de aceptar era que él había hecho exactamente lo mismo que Saga. Alguien debió meter algo de sentido común en su cabeza cuando Hilda apareció con tanta firmeza en sus vidas. Y no lo hizo.
-¡Os habéis vuelto locos ambos! –La voz de Ángelo se unió a la del moreno.
Sin embargo, pensándolo bien, Aioros sabía que Saga y Arien habían compartido su vida desde hacía más tiempo del que podía recordar. La princesa de las nieves acababa de llegar a su vida… Cuando él se entrometió con Niamh, hacía ya años que Yuzuriha era su prometida. Sabía de sobra lo que estaba haciendo.
¡Había sido un idiota! Se había dejado llevar. No solamente aquella mañana en el comedor… sino también en aquel preciso instante en que intentaba esquivar con todas sus fuerzas la afilada espada del que consideraba su hermano. ¡¿En qué momento pensó que era inteligente retarlo durante su entrenamiento? Conocía el carácter de Saga. Aquello era una temeridad.
-No se si eres valiente o estúpido. –murmuró el mayor, mientras giraba sobre sus talones y evitaba ágilmente un nuevo golpe de Aioros. El castaño estaba seguro de la respuesta. Si Saga lo hubiera retado en el campo de tiro, lo tomaría por loco.
-Quizá no dije las cosas del mejor modo, pero… -Hubiera jurado que el filo brillante de la espada rozó su brazo peligrosamente. No era ningún inútil con la espada, al contrario. Pero debía conceder al peliazul el crédito que merecía.- Sigo pensando que…
No le dio tiempo a reaccionar. Era absurdo pretender ganarle en aquel momento: el escenario y las armas estaban a su favor, y la fiereza que chisporroteaba en sus ojos verdes lo alentaba a limites insospechados. Se acercó rápidamente, sin amedrentarse por la cercanía de la espada de Aioros, y asestó un golpe que empujó al arquero, haciéndolo trastabillar.
En aquel instante, una voz resonó en la galería.
-¡La princesa Yuzuriha ha llegado!
Aioros entreabrió los labios, contrariado. Yuzuriha era una buena amiga, pero nada más. No podía llegar en peor momento. Vio fugazmente en dirección a Niamh, y antes de que pudiera darse cuenta de cómo, cayó al suelo con un golpe sordo en su mejilla. Se llevó la mano al pómulo dolorido, y abrió los ojos, solamente para encontrarse con la espada de Saga apuntando peligrosamente a su cuello.
-Tu reina te distrae, arquero.
Intercambiaron una mirada tensa, y en menos de un segundo, el peliazul envainó su arma y se dio la vuelta, emprendiendo el camino fuera del campo, bajo la atónita mirada de todos los presentes. Pudo escuchar la maldición del castaño a sus espaldas, y sentir todas los ojos clavados en su espalda.
Arien lo tomó por el brazo cuando se cruzaron.
-¿Qué demonios ha sido eso? –preguntó, pero Saga se deshizo de su agarre.
-Ahora no.
-X-
Niamh, que se había quedado en medio de dos aguas, no supo que debía hacer. Arien siguió a Saga con el ceño fruncido, mientras ella podía escuchar las maldiciones de Aioros desde donde estaba. Quiso ir, tenderle la mano y ayudarle a recuperar su dignidad, pero la normalmente amigable expresión del arquero distaba mucho de serlo en aquel momento. No se movió hasta que Aioros se acercó a ella.
-¿Qué le pasó? –preguntó con interés. El castaño se colocó de nuevo la cinta roja en su frente y suspiró.
-Nada. –Mentía, era obvio, y toda esperanza de que aquel desencuentro no fuera más que una tontería sin importancia se disolvió.
-Para no ser nada, parecía enfadado. –Aioros resopló una vez más, y con cierto nerviosismo que a la naurilor no le pasó inadvertido, se llevo una mano a la mejilla adolorida.
-Esta mañana tuvimos una pequeña… discusión. –Lo cierto era que él había discutido. Saga no había pronunciado una sola palabra que no fuera cierta. La pelirroja ladeó el rostro llena de curiosidad.- No te preocupes, estas cosas suelen suceder cuando tenemos visitas.
Las palabras surgieron en apenas un hilo de voz, y su mirada encontró sorprendentemente fascinantes las palmas de sus manos. Niamh asintió, más por inercia que otra cosa. Lo cierto era que les había visto pelear cuando Hilda estaba allí. Suponía que tener una familia numerosa era un verdadero problema cuando situaciones como aquella se presentaban: no siempre era fácil encajar las bromas con asuntos delicados.
-Tenía entendido que sois buenos amigos de la princesa. ¿Por qué iba a…?
-Creo que… -Aioros suspiró una vez más, mientras sus ojos rehuían la interrogante mirada de la joven.- Tenemos que hablar.
Niamh asintió sin entender nada. Algo dentro de si la puso en alerta, aquellas palabras y la actitud del príncipe no auguraban nada bueno. Lo siguió silenciosa, hasta llegar a la sombra de la galería. Se humedeció los labios con inquietud, y esperó a que Aioros la mirase.
-Todo esto es bien raro. –murmuró ella. El príncipe asintió con la mandíbula apretada.
-Hay algo que debes saber. –Poco a poco, el ceño de la mujer se fue arrugando.- Debí habértelo dicho antes, pero no encontré el modo, ni el momento y ahora…
-¿Qué? –sentía su corazón a toda velocidad en su pecho, sometido a la terrible agonía de la espera.
-No quiero que pienses lo que no es. Todo lo que ha pasado hasta ahora ha sido maravilloso, pero… -Infinidad de posibles continuaciones a aquella frase, danzaban en la cabeza aturdida de Niamh. Como si él fuera capaz de identificar su creciente miedo, se apresuró a aclarar su confuso discurso.- Es decir, es maravilloso. Eres…
-Solo dilo. –espetó con voz lastimera. Aioros calló de golpe. Asintió lentamente y tras tomar una bocanada de aire, finalmente habló.
-Yuzuriha es mi prometida.
Continuó mirándola a los ojos, esperando una respuesta, una reacción que nunca llegó. La mirada celeste de Niamh permanecía tan fija en él que parecía capaz de traspasarlo. Pero ni un solo sonido abandonó sus labios. Su rostro pálido lucía serio y totalmente inexpresivo, tanto… que el arquero hubiera preferido que le gritara, que le abofeteara… Que hiciera algo, lo que fuera.
-¿Desde cuándo? –preguntó.
El dolor que sentía era más de lo que pudiera soportar en aquel momento. Pero no iba a permitir que las lágrimas la delataran frente a él. Aquel día que en que había amanecido surcando el cielo en una nube, había terminado siendo una tortura cruel que no creía merecer. Su corazón, que había latido incontrolable con la emoción de recibir aunque fuera una sonrisa del príncipe, yacía ahora en su pecho, roto en mil pedazos.
-Mucho… -Niamh tensó la mandíbula.- Desde que éramos apenas unos críos.
La naurilor frunció el ceño y apretó los labios. Las lágrimas que tan bien había controlado hasta aquel momento, acudieron repentinamente a sus ojos, nublando su vista. Lo miró una vez más, dolida, enfadada: decepcionada, apenas distinguiéndole a través de la cortina cristalina. Y antes de que tuviera tiempo de decir nada más, se dio la vuelta y corrió escaleras arriba.
No quería saber nada más de él.
-¡Niamh! –gritó Aioros desconsolado, pero no hubo respuesta.
Sabía de sobra lo que aquello significaba, sabía que la había perdido y que había sido un estúpido con la primera mujer que le había importado de verdad. La única a la que quería de esa manera. Hubiera querido correr tras ella, detenerla y estrecharla en un abrazo hasta que se calmara y pudiera escuchar cuánto la quería, cuánto le importaba… Pero ya era tarde. Debía haberlo hecho mucho antes.
-X-
Cerró la puerta a sus espaldas, y volteó con lentitud. Buscando inmediatamente la mirada de su primo. Aioros, con el pelo empapado por el baño reciente, lucía cabizbajo mientras se abotonaba la camisa de lino. Debía darse prisa, Yuzuriha esperaba.
-Escúpelo. –dijo sin mirarla.
-¿El qué?
-El "debiste verlo venir", "es culpa tuya"… –Su voz sonaba amarga, y Arien guardó silencio.- Lo que sea.
-¿Serviría de algo? –Aioros negó con el rostro, y por primera vez la miró. Ella esbozó una sonrisa que pretendía serle de consuelo, aunque no lo consiguiera, y se acercó, sentándose en la cama.
-¿La has visto? ¿Habéis hablado? –quiso saber.
-Si. –respondió simplemente. Aioros soltó un bufido y tomó asiento junto a ella.
-¿Cómo esta?
-¿Cómo crees? –él no dijo nada.- Esta enfadada, dolida. Se siente utilizada… -Por un momento, recordó la ilusión y alegría que iluminó el rostro de su amiga aquella misma mañana, y no pudo sino sentirse mal ella misma. Quizá si la hubiera dicho la verdad...
-Debí decírselo antes, lo se, pero no encontré el modo. No pensé que iba a ser así.
-Debiste hacerlo, si. Sabías de sobra que antes o después Yuzuriha saldría a la luz. ¿Qué creías que iba a pasar?
-¿Sinceramente? –era probable que se ganara otro buen golpe por lo que iba a decir.- Arien asintió, animándolo a continuar.- Creí que podía ser como tú.
-¿Y qué soy yo, Aioros? Explícamelo, porque estoy ligeramente confundida y no se a que atenerme.
-¿Saga no te ha…?
-No ha dicho una palabra, no. –Aioros asintió con pesar, tampoco le sorprendía.- ¡Así que ten la gentileza de explicarme que esta pasando con nuestras vidas!
-Pensé, ingenuamente, que Niamh comprendería la situación como lo haces tú. –Arien frunció el ceño ante aquellas palabras que estaban tomando un camino que no la gustaba.- Hilda es tu Yuzuriha y… ahí estas.
-¡Por los dioses, Aioros!
-¡Lo se! ¡Lo se! Se que es distinto. Se que me engañé con todo eso, y…
-¡¿Qué le dijiste a Saga? –El tono demandante de su voz, fue suficiente para saber lo mucho que se había entrometido. No tenía otra salida. Pero lo cierto era que Arien sabía lo delicado que era aquel asunto con el gemelo.
-Aunque tenía la esperanza de que Niamh lo comprendiera como hiciste tú, no quería convertirla en ti, Arien. –Se revolvió el pelo nerviosamente y continuó.- Mírate. Eres como una reina y te has encadenado a alguien que no es para ti. No quería convertirla en la otra, en la que siempre espere por mi, en la que de verdad me añore... Por mucho que desee tenerla a mi lado, no podía… No quiero saber que sufre por algo que no tiene vuelta de hoja. No quiero que sea una reina triste como tú, no quiero que este en tu lugar.
La miró. Arien mantenía la mirada fija en el suelo, con su pelo oscuro enmarcando el rostro de porcelana… hasta que finalmente alzó el rostro para enfrentarlo. Solamente entonces comprendió el dolor que había infligido.
-Quizá me vea como una estúpida, una idiota desesperada capaz de lo que fuera por unas migajas de atención… Pero no lo soy. A diferencia de ti, de Niamh… yo elegí mi camino mucho antes que vosotros y ¿qué más da lo difícil que sea? ¿Qué me importa lo que tú opines? La decisión es mía. No tuya, no tenías derecho a entrometerte. Ninguno lo teneis. –terminó murmurando.- Se lo suficientemente hombre como para aceptar que tú has hecho las cosas mal, y a los demás… déjanos en paz.
-X-
Dejó los vestidos que estaba doblando cuidadosamente, cuando escuchó la llamada en la puerta. Violate se colocó la melena a la espalda, y se acercó esquivando el desorden de su dormitorio. Hacía largo rato que había sacado de allí a las doncellas, que más que ayudar… estorbaban.
-Hola. –cuando abrió, el rostro inusualmente serio de Aiacos se dibujó ante ella.- ¿Puedo pasar?
Se hizo a un lado, dejándole hueco, y cerró la puerta. Volteó para ver a su preciado visitante y ladeó el rostro al reparar en su mirada sombría. Se acercó hasta él, que se había detenido en el centro de la habitación, y se mordió el labio inferior con travesura cuando lo tuvo lo suficientemente cerca.
-¿Qué ocurre, mi señor? –murmuró con fingida inocencia, mientras se ponía de puntillas y rodeaba su cuello con los brazos. Su mirada añil la esquivó.
-Te vas esta noche.
-Aja. –Acarició sus labios con los suyos en un fugaz roce. No le importaba lo distante que Aiacos luciera, sabía de sobra que si estaba allí, era por que deseaba lo mismo que ella. El joven espectro buscó sus ojos color púrpura, y al encontrarlos, sus miradas permanecieron enlazadas.- ¿Os preocupa?
-No. –replicó él, acercándose hasta que apenas les separaban unos pocos milímetros. Sus manos, que hasta entonces no la habían tocado, se acomodaron posesivamente en sus caderas.
-¿Entonces? –El cálido aliento del moreno resultaba de lo más tentador. Sus labios brillaban humedecidos, entreabiertos e incitantes.- ¿No me digas que te vas a poner sentimental?
-No. –Al escucharla, atrapó sus labios con avidez y la apretó con fuerza hacia si. Sus manos recorrieron su espalda y sus caderas, sin que un solo centímetro de ella quedara fuera de su alcance.- Así tendrás algo con lo que fantasear cuando estés allí sola en el norte.
Su voz sonó tan grave, tan masculina y llena de deseo, que la joven no pudo hacer más que relamerse los labios en anticipación a lo que se venía. Devoró su boca, como segundos antes hiciera él, y sonrió traviesa cuando Aiacos la alzó en vilo, llevándola a la cama.
Suspiró al sentir su peso sobre el de ella y lo miró a los ojos con lujuria incontrolable. Sus lenguas se enredaron mientras las hábiles manos la despojaban de sus ropas, para después recorrer cada rincón de su cuerpo con un ansia difícil de contener; hasta que sus gemidos rompieron el silencio de la habitación, sumida en la penumbra, cuando su boca hambrienta devoró su cuello.
-Aiacos…
-Mi Violate…
-Continuará…-
NdA: *Dama corre y se esconde tras una piedra*.
¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡PERDÓN! No tengo vergüenza. Se que me he retrasado más de lo decente desde la publicación del último capítulo de este fic, y lo siento enormemente. Antes de que salten las alarmas, aclaro que pienso acabarlo si o si: sin importar el tiempo que me lleve. He pasado unos meses totalmente desconectada de esta historia, porque había llegado un punto en que me había des-enamorado de mi pequeño mundo fantástico… Ahora, tras este descanso, creo que volvió a surgir el flechazo.
No tengo mucho que decir al respecto de este capítulo, salvo que el pequeño demonio de mi cabeza quería explotar un poquito el lado hot de Aiacos. Breve, pero menos es nada… Tengo intención de que para el próximo cap, el horizonte de esta historia vaya aclarándose. Prometo intriga, misterio, planes retorcidos y un poquito de Beverly Hills 90210.
¡Ojala lo hayáis disfrutado! Me siento un poco oxidada… ;) A los lectores que seguís ahí, MIL GRACIAS! Y a los que os habéis ido… ¡VOLVED! ¡Damis os quiere! T_T Replies anónimos en el profile!
Dedicado especialmente a AngelElisha, mil gracias por todo, eres un verdadero angel ^^ y a mi inseparable Sunrise Spirit, ¡arriba ese animo, preciosa!
La Dama de las Estrellas
