25.- Yo soy lo único que te queda, y tú eres lo único que tengo.
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La miraba revolver entre sus cosas, buscando una túnica que no estuviera desgarrada y su varita, totalmente desquiciada, asustada como un conejillo en manos de un lobo feroz, a punto de ser devorada sin piedad. Sus manos temblaban y de sus ojos emanaban gruesas lágrimas sin cesar. Por más que se las quitaba con la palma de la mano, seguían obstaculizando claramente su visión, pues hace rato que la varita estaba al frente y no la había visto.
Theodore Nott se acercó hasta ella y la quitó gentilmente a un lado, tomándo las cosas que necesitaba y entregándoselas en sus manos. La mirada de su compañera estaba ausente, desenfocada, y sólo atinó a realizar un casi inaudible sonido a modo de agredecimiento.
–Pansy, tiemblas como una pequeña –esbozó él en voz baja–. ¿Tan segura estás de lo que viste?
Ella elevó sus ojos hasta mirarlo directamente y se limitó a asentir con lentitud, reprimiendo un hipido.
–Es real, Theo, muy real –murmuró, estrujando inconscientemente las cosas contra su regazo–. Tan real como que si ahora no nos movemos, a ambos se nos habrán acabado los motivos para vivir.
El mortífago retrocedió y se pasó una mano por los cabellos, tratando de comprender la situación. La verdad sea dicha, no veía cómo podría suceder todo lo que la pelinegra le había augurado, sobretodo porque Luna se encontraba a salvo en el cuartel de la Orden del Fénix, y por ningún motivo saldría de ahí a menos que fuera estrictamente necesario. Sin embargo, no pudo evitar tener algo de miedo. La sola idea de perder a lo que más quería en todo el mundo, y con ella, a su primer hijo, sería motivo suficiente para enloquecerlo.
–¿Pero cómo Zabini sabría que ya recordé a Luna? –preguntó, acariciándose el puente de la nariz con los dedos–. Y aunque lo hiciera, ¿cómo podría localizarla? ¿saber donde se encuentra?
–No lo sé, eso no pude verlo –contestó contrariada, pero poco a poco su expresión comenzó a cambiar–. Espera. Ahora que lo pienso...
Los ojos de Pansy se abrieron de par en par, horrorizados. Se quitó su pijama con rapidez y sin pudor, por lo que el joven tuvo que desviar la vista azorado. Luego, se colocó la túnica negra que tenía en las manos, guardando la varita en el bolsillo interno de la misma, mientras mascullaba cosas ininteligibles. Salió hecha un rayo de su habitación, seguida de cerca por un confundido Theodore Nott, que tuvo que comenzar a trotar para poder alcanzarla.
–¡Cómo se nos pasó esto! –exclamó frustrada, mientras caminaba a la salida de la mansión–. ¡Cómo fui tan estúpida! ¡Todo es mi culpa! ¡Cómo no lo recordé!
Él no entendía absolutamente nada, por lo que dio pasos más largos y la atrapó por el antebrazo, girándola para poder verla frente a frente
–Pansy, ¡¿de qué demonios hablas?! ¡Explícame!
La mujer lo tomó de la túnica y lo arrastró a la puerta más cercana, entrando por ella para tener más privacidad. Una vez que estuvieron adentro, con la varita insonorizó el lugar, asegurándose que nadie estuviera allí de antes. Si uno la miraba atentamente, podría asegurar que estaban tratando con una paranoica, pero encontrándose dentro de la Mansión Malfoy, todo podía suceder, ya que hasta las paredes tenían oídos, y ninguno de los dos podían arriesgarse a ser escuchados por otro mortífago.
–Nunca lo supiste, pero antes de borrar tu memoria, tus recuerdos fueron extraídos y guardados en caso de emergencia, de algo podían servir. Eso sí, nadie se dio la molestia de verlos de antemano en un pensadero, después de todo, te quitamos un año entero de vida de tu cabeza, ¡quien tiene tiempo para revisarlos! Además, los únicos que lo sabíamos eramos Draco, Blaise y yo –exclamó, elevando las manos, enfática–. ¿De verdad crees que Zabini se tragó el cuento de anoche? De seguro el muy maldito sospechó algo y para tratar de entenderlo, recurrió a tus antiguos recuerdos. Como no es estúpido, de seguro fue de atrás para adelante, ya que él mismo me comentó que cuando fue a atraparte con Weasley, estabas cenando con Lovegood en una especie de celebración, ¿te suena eso? ¿por qué ambos podrían estar celebrando?
Theodore se puso tan pálido como la nieve, tanto así, que sus venas resaltaban escandalosamente en su piel. Su cerebro comenzó a doler en el intento de recordar ese momento, y cuando lo hizo, cuando logró localizar esa cena en su memoria, sintió que su mundo se derrumbaba pieza por pieza, hasta formar un gran vacío bajo sus pies.
–Esa tarde, Luna me dijo del embarazo –susurró, llevándose ambas manos a la cara–. Por eso celebrábamos.
Pansy lo miró con tristeza. No le sorprendía en lo absoluto. Suspiró hondamente y cerró los ojos, tratando de tranquilizarse antes de proseguir con sus sospechas. Su cerebro estaba funcionando a mil por hora, y la verdad aparecía frente a ella con toda intensidad. Aunque fuera a base de suposiciones, todo calzaba.
–Conozco a Blaise como la palma de mi mano –continuó en un tono más grave–. Aunque no tenga pruebas para comprobar que los hemos traicionado, tal como chillaba anoche, él está seguro de ello. Lo vi en sus ojos, y para él es una gran oportunidad. Hará cualquier cosa por entregarnos a cambio de mayores beneficios ante el señor Oscuro, pues tiene serios delirios de grandeza y jamás ha podido obtener algún favoritismo de él... es extraño, busca su aprobación desesperadamente, y dejó de ser el Blaise poco serio y calentón con el que nos solíamos relacionar. De ese Blaise sólo queda la máscara, es un personaje que sigue jugando porque le conviene, nada más.
Ella levantó una de sus manos y la posó en el hombro de su compañero, apretándolo suavemente para que le pusiera toda su atención.
–El saber del embarazo de Luna de seguro le dio una muy mala idea –soltó, seria y convencida de ello–. La utilizará de carnada, pero tú y yo lo conocemos bien, es arrebatado y perderá los estribos con facilidad. Y es ahí cuando lo que vi en mi premonición se hará realidad. Se le pasará la mano, y en vez de raptarla, la matará.
Theodore la miró y supo que tenía la razón. Había tanta determinación en los ojos de Pansy, en su voz, y sus conjeturas habían sido tan lógicas –y propias de Blaise– que si era efectivo que ocurriría tal desgracia, no podría suceder de otra forma. El que alguna vez había sido su amigo, ahora no era más que un fantasma de lo que solía ser, pues ahora mataba por placer, se regocijaba en la sangre, y en más de una ocasión, había asesinado a objetivos cuya única misión era atrapar. Había perdido la razón.
–¿Qué haremos? –preguntó consternado.
Ella se mordió el labio y desvió la mirada al suelo, negando lentamente con la cabeza.
–Lo siento, Theo, quisiera acompañarte a evitarlo, pero no puedo. Si lo hago, abandonaré a Alex a su suerte, y no puedo dejar que Greyback lo asesine. Me moriría de dolor. Discúlpame. Discúlpame, por favor, pero no puedo dejar que eso ocurra. Tengo que averiguar pronto dónde queda ese bosque que vi en mi sueño y salvarlo, antes de que sea demasiado tarde.
Él se acercó y le levantó la mirada por la barbilla, con tanta suavidad que a penas pareciera que la habría tocado. Guardó unos instantes silencio y luego le depositó un cálido beso en la frente, antes de hablar con un tono conciliador.
–No me pidas perdón, Pansy, que no te culpo de nada. Es natural que prefieras salvarlo a él, así como yo no puedo acompañarte porque necesito salvarla a ella. Ahora cada uno vela por sus intereses. No hay de otra.
Pansy asintió y esbozó una triste sonrisa. Se puso de puntillas y le devolvió el gesto con un beso en la frente también.
–Suerte. Espero que ambos tengamos éxito –le susurró, antes de girarse y guiñarle el ojo.
La pelinegra abrió la puerta y salió corriendo por ella, seguida por el encapuchado. Ambos, una vez afuera, desaparecieron con distintos rumbos, con la esperanza de que llegarían a tiempo...
...o al menos, morirían en el intento. Era la única opción.
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Se miraban con tanto odio que hasta podría pensarse que pretendían asesinarse a través de los ojos. Esmeralda contra mercurio, auror contra mortífago, blanco contra negro, bien contra el mal, la épica e inmemorial batalla entre las fuerzas que equilibraban el mundo, y que se remitía hasta el mismísimo génesis de la tierra, traspasando culturas, tomando víctimas y erigiendo vencedores, que luego tendrían que defender su trono frente a las nuevas amenazas, porque la misma naturaleza humana lo provocaba.
Siempre existiría alguien que trataría de velar por sus propios intereses a costa del bien común, y siempre existiría alguien opuesto, que trataría de defenderlo a como fuera lugar. Siempre existiría un abusador de los más débiles, así como siempre existiría alguien dispuesto a sacrificarse para protegerlos. Y eso, era algo que no podían negar, como si el destino hubiera elegido a los componentes de ambos bandos, sin derecho a voz ni a voto, sólo para divertir a los dioses.
Pero en esta lucha de miradas, señoras y señores, habían más matices que pocos podían dilucidar. Los extremos no estaban completamente determinados, y a medida que transcurrían los segundos, la situación se volvía más y más confusa. El blanco iba perdiendo su blancura, mientras que el negro se estaba convirtiendo en un gris oscuro. En ambos corazones existían sentimientos tan disimiles como el amor y el odio, y aunque se tratasen de distintas clases de amor para una misma persona, ambos se profesaban el mismo odio el uno al otro. Un odio intenso, brutal y oscuro, capaz de aniquilar como el peor de los asesinos. Un odio mortal.
–¿Y cómo se supone que harás eso de matarme lenta y dolorosamente? –indagó Harry después de unos segundos, con una expresión excesivamente burlona–. No eres más que palabras, Malfoy. Tanto tú como yo sabemos que eres un maldito cobarde, y eres incapaz de ganarme en un duelo a menos que hagas trampa. No eres más que una sucia y rastrera serpiente, cuyo mayor poder es el veneno que destilas al hablar, pero, ¿habilidad mágica? No eres más que del promedio, un mediocre.
Draco estrujó la varita entre los dedos de rabia, mas se contuvo de caer en sus vanos insultos, no le daría el placer de verlo molesto. Esforzó una sonrisa irónica y siguió acercándose a su némesis a paso lento, observando por el rabillo del ojo a la mujer que estaba atada al árbol, removiéndose entre las cuerdas como una verdadera fiera.
El rubio podía sentir todo el odio que emanaba de ella, podía sentirlo con tanta fuerza que no pudo más que sorprenderse. De verdad el viejo Cupidine tenía razón, y estaban llegando al punto en que las alegrías, dolores, tristezas y rabias de uno se trasmitían al otro como si fueran propias. Y aunque debía admitir que la mayoría de las veces era ella quien percibía sus estados anímicos, ahora la situación había cambiado en ciento ochenta grados. Lo odiaba, y todo era culpa de él.
"Maldito Potter"
Tenía tantas ganas de enrostrarle a ese mártir de pacotilla que la sangre sucia era de él, que le había entregado su cuerpo en más de una ocasión, y que conocía cada porción de su piel pues la había recorrido hasta la saciedad, tanto que la lengua le dolía. Pero no lo hizo, o al menos, no lo haría por ahora. No hasta que el bastardo estuviera a punto de morir a sus manos, como el bicho detestable que era.
–¡Sectumsempra! –gritó el auror de pronto, tomándolo desprevenido.
El mortífago alcanzó a evitar la maldición a penas por escasos centímetros, y se recriminó para sus adentros por estúpido. No podía desconcentrarse en un duelo pensando idioteces, y menos aún cuando tenía al frente al niño-hijo-de-puta-que-vivió.
–¡Bombarda! –vociferó Malfoy de vuelta, haciendo estallar una roca que estaba justo al lado de su enemigo, y cuyos trozos le dieron al costado.
–Maldición –se quejó, con las costillas izquierdas adoloridas–. ¡Deprimo!
Bajo los pies del rubio se formó un gran hoyo que casi lo hace caer estrepitosamente, sin embargo, al saltar para esquivarlo, se torció el pie, arrancándole un quejido y una maldición.
–¡Depulso! –volvió al ataque Harry, logrando estamparlo como calcomanía contra un árbol– ¡Diffindo!
–¡Protego! –alcanzó a conjurar, evitando ser rebanado en pedacitos–. ¡Everte Statum!
Sin poder evitarlo, el cuerpo del pelinegro salió volando por los aires en un movimiento giratorio, hasta caer al piso en un sonido estruendoso.
–¡Incárcero! –escuchó a lo lejos, y rodó hacia un lado para evitar verse atrapado por la cuerda que emanó de la varita de Malfoy.
–¡Flipendio!
–¡Protego!
Hermione los veía como un partido de tenis, sintiendo el corazón asfixiado y la garganta apretada. Su cuerpo temblaba de nerviosismo cada vez que uno de los contendores salía machacado, y la verdad sea dicha, a esas alturas del duelo, ambos ya estaban sangrando y cualquiera de los dos podía morir. Malfoy cojeaba y había perdido la velocidad que poseía, mientras Harry aún estaba con el costado adolorido por los trozos de roca que lo impactaron, manteniendo la mano constantemente en el tronco.
Por más que trataba de liberarse, las cuerdas se ceñían con mayor firmeza a su cuerpo. Estaba perdida, y en esos momentos, era capaz de vender su alma al demonio con tal de que ninguno de los dos saliera mal herido. Sí, ninguno de los dos, porque al ver a su peor enemigo en latente peligro, se había dado cuenta que por ningún motivo lo quería ver muerto, por muy extraño que eso sonara hasta en su propia cabeza.
–¡Expelliarmus! –gritaron los dos a la vez sorpresivamente, desarmándose el uno al otro.
Harry trató de recuperar la varita de inmediato, pero antes de que pudiera hacerlo, un puñetazo le llegó en la boca del estómago, logrando que se doblara con las manos en el lugar. A pesar de que perdió el aire unos segundos, no tardó en recuperarse y encestarle su puño en la cara a Malfoy, dejándole de inmediato un oscuro moretón en una de sus mejillas, para luego acompañarlo con una fuerte patada en la pierna. El mortífago cayó y el auror se le abalanzó encima, haciéndolos rodar por el piso unos metros, rasgándose con las ramas, pequeñas rocas y demases cosas que habían ahí.
Malfoy, para quitárselo de encima, le pegó un fuerte cabezazo que lo hizo retroceder, y una vez que pudo incorporarse, se abalanzó para pegarle un rodillazo en las costillas, que sonaron en un desagradable "crack". El rubio sonrió, pero su victoria no fue demasiado larga para poder disfrutarla, pues el auror rompió velozmente una rama que colgaba sobre su cabeza y se la incrustó en el mismo costado que él tenía herido como si fuera una daga.
–¡Mierda! –gritó Malfoy, retrocediendo lo suficiente para salir de su alcance, tomando aquel pedazo de madera entre los dedos, quitándolo de un solo movimiento, dejando que la sangre fluyera libremente–. ¡Mierda, Potter!
El mortífago dio tres zancadas enfurecido y le pegó justo en el medio de la cara, logrando trizar sus gafas y que estas quedaran injertadas alrededor de los ojos.
–¡Por la puta, maldito bastardo! –vociferó Harry, que no tardó en recuperarse y darle repetidas patadas en la herida sangrante.
"Basta... basta..." gemía para sus adentros Hermione, sollozando como si cada golpe se lo estuvieran dando a ella misma. "Deténganse, por favor" repetía, pero nadie escuchaba sus plegarias, y aunque poseyera voz, ambos estaban tan enceguecidos por la ira y el descontrol, que probablemente ninguno de los dos la escucharía, y de hacerlo, no le harían caso. No parecían humanos, parecían animales luchando por marcar su territorio.
Draco recuperó las fuerzas y atrapó una de las patadas en el aire, tirando del pie de Harry para botarlo al piso, donde le pisó el costado izquierdo con rabia, haciéndolo gritar de dolor. Era sucio, lo sabía, pero en esos momentos, le daría donde más le dolía, tanto como lo había hecho él. Comenzó a patear repetidas veces el lado cuyas costillas estaban quebradas, logrando que los ojos de su enemigo comenzaran a llenarse de agua. Luego, desbordando maldad, casi al borde de la locura, se fue cojeando hasta donde yacía su varita y una vez que se hizo de ella, volvió.
Al verlo ahí, tirado en el suelo, tocándose las costillas con expresión adolorida, supo que estaba bajo su poder. En un acto de alevosía, volvió a patearlo, antes de empuñar la varita en su contra y mascullar.
–Te dije que lo mío no se toca, ahora aprenderás a respetarme, ¡crucio! –gritó el mortífago, logrando que esa luz roja le impactara justo en su lado herido.
El auror comenzó a retorcerse en el piso, mordiéndose la lengua para no gritar y darle en el gusto. Era un dolor que no había experimentado antes, un dolor tan inimaginable que no existían palabras suficientes para describirlo. Un dolor que le hacía desear la muerte, pues al menos, muerto no podría sentir lo que estaba sintiendo. No pudo evitarlo. De su garganta emanó el grito más angustiante y ensordecedor que había escuchado Hermione en toda su vida, quien al ver que en cualquier momento su mejor amigo -y novio- podía perder la vida, comenzó a gritar también, a pesar de que de sus cuerdas vocales no emanara sonido.
Miedo. Angustia. Terror. Dolor.
Todas esas emociones embargaban el pecho de la mujer, que sufría al ver como el cuerpo de Harry se colocaba en posiciones ya casi físicamente imposibles, al ver como sus ojos verdes se abrían tanto que parecían escapar de sus cuencas... al ver su rostro deformado, su mandíbula desencajada, su piel lacerada.
Por su cabeza comenzaron a pasar imágenes rápidamente, imágenes de distintos momentos que compartió con el que ahora estaba siendo brutalmente torturado. Cuando lo conoció en el tren en primer año, cuando la salvó del Troll, cuando logró despetrificarla del basilisco, cuando viajaron por el tiempo para salvar a Sirius, cuando la entrenaba en el ejército de Dumbledore, cuando la consolaba en el funeral de Ron.
Rememoró cuántas veces la había abrazado, salvado y besado. Recordó su tibieza, su cariño y su valentía. Y de pronto, se imaginó un mundo sin Harry y todo perdió el sentido para ella.
Estaba claro. No existía el mundo sin Harry.
–¡Harry, resiste! –gimió, recuperando súbitamente la voz–. ¡Malfoy! ¡No sigas, por favor! ¡No sigas! ¡Malfoy, basta! ¡Detente, maldita sea! ¡Lo matarás! ¡Harry! ¡No! ¡Malfoy, ya para!
Pero la luz roja seguía emanando de la varita del mortífago, que no dejó de apuntarlo con tanta rabia que sus manos se veían venosas apretándola.
De pronto, Draco notó como Harry Potter dejaba de quejarse, había perdido el conocimiento el muy bastardo y así, ya no tenía gracia seguir con la maldición. Furioso, se giró y caminó cojeando hasta la mujer que ahora lo miraba con un rencor que ya quisiera tener el Señor Tenebroso, acusándolo con los labios fruncidos y el ceño arrugado. La tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo. Ambos temblaban de furia contenida.
–Asesino –le escupió ella–. Eres un maldito asesino.
–Te odio –le respondió él, apretando con fiereza su mandíbula con los dedos–. Tu maldito sufrimiento se me está traspasando. No puedo aniquilarlo tranquilo si sigues chillando como si te estuviera torturando a ti, porque ¿sabes? A pesar de que no pudiera escucharte por mis oídos, en mi cabeza retumbabas con eco todo el tiempo. Tu dolor se me está enterrando como una daga directo en los pulmones, y me cortas la inspiración cuando iba en la mejor parte. ¡Maldita seas, Granger! ¡Me estás torturando!
–¡Pues te lo mereces! - replicó con sus ojos cubiertos de lágrimas–. ¡Sufre, maldito bastardo! ¡sufre como lo hago yo! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Si Harry no despierta, te mataré! ¡Lo juro! ¿Me escuchaste? ¡No te lo perdonaré nunca! ¡Ojalá hubiera dejado que te desangraras, maldita cucaracha!
Draco Malfoy sintió una desagradable punzada en el pecho, que pronto identificó como celos. Hace bastante, por no decir, durante toda la pelea con Potter, había podido percibir los sentimientos de ella. Cariño, mucho cariño al cara rajada, y eso le daba ganas de vomitar, aumentando sus deseos de eliminarlo de la faz de la tierra, para no tener que compartir con nadie lo que le pertenecía por derecho propio.
–¿Tanto te importa? –preguntó entre dientes–. ¡¿Tanto te importa ese maldito huérfano?!
–Por lo que se sabe en el cuartel, tú también eres un maldito huérfano, Malfoy, ¿o no? Hace tiempo que murió tu madre, y el cuerpo del bastardo de tu padre fue encontrado en un pozo séptico hace una semana –masculló, destilando veneno en cada sílaba–. Me pregunto si cuando mueras, cuando ya no le sirvas a tu amo, te tiraran a un pozo también, ¿tú qué crees? yo opino que es demasiado para alguien como tú. Espacio perdido.
Era más de lo que podía soportar, nadie se metía con su familia, ni siquiera ella. Llevó una de sus manos al delicado cuello de la aurora y comenzó a apretarlo, enterrándole los dedos, pero no lo suficiente para que aún pudiera hablar. No tenía intenciones de matarla, sólo quería verla sufrir. Por Salazar, quería verla sufrir.
–Retira lo dicho –ordenó secamente.
–Jamás –respondió ella a duras penas.
Aplicó más fuerza y Hermione pronto comenzó a abrir la boca para tratar de coger más aire. La aplastó contra el árbol con su cuerpo, sin dejar de apretarle el cuello, tratando de someter su voluntad con eso. Sus ojos habían adquirido un leve tono rojizo, y una vena palpitaba con violencia en su sien. Se veía más peligroso de lo acostumbrado, pero aún así, ella no dejaría que la dominaran, y le mantuvo la mirada desafiante, con la mayor dignidad que le permitía la escasez de aire.
–¡Que retires lo dicho! –vociferó, aplastándola aún más con su cuerpo–. ¡Te lo exijo!
–Pudrete Malfoy.
El rostro de Hermione ya había adquirido un tono violeta, así que él liberó su cuello, lentamente, dedo por dedo. La aurora agachó la cabeza y comenzó a toser sin control, no obstante, cuando terminó, él se la levantó nuevamente con un agresivo tirón de cabellos.
Hermione vio como él acercaba su rostro hasta que sus respiraciones chocaran, y sintió como el animo del mortífago iba mutando hasta transformarse en una mezcla de melancolía y de dolor.
–Retíralo... –musitó contra su boca, cerrando los ojos–. Retira lo dicho, Hermione.
Escuchar su nombre de sus labios fue una explosión de sentimientos encontrados. Su corazón se aceleró tanto que creyó que estaba con un ataque de taquicardia, y su respiración se hizo más densa y dificultosa. Nunca pensó que a Malfoy sus palabras podían hacerle más daño que cualquier crucio en el mundo, y que con ellas podía herirlo a tal profundidad que por un instante, volvía a ser un simple humano como el resto.
Le era tan fácil percibir su dañada alma que era como conocer y leer un libro que sólo ella ostentaba y nadie más. Era demasiado extraño. Por muy increíble que sonara, ella tenía ese poder sobre él, y todo se deíia a que era su alma gemela a pesar de lo incoherente que eso sonara incluso al pensarlo.
–No lo haré –respondió después de unos instantes–. Sé que te he dañado, pero te lo merecías. No me disculparé, ni retiraré lo dicho. Tú me has desgarrado el corazón dejando a Harry tirado como un estropajo, y no soy capaz de perdonártelo. Te dije que no lo hicieras, te lo dije e hiciste caso omiso a mis palabras. Te importaron un rábano.
–¿Y qué esperabas que hiciera? ¿Que lo invitara a tomar Whiskey de fuego mientras jugamos una partida snap explosivo? –espetó, separándose bruscamente de ella–. ¡Es mi enemigo, maldita sea! ¡Se supone que tengo que matarlo! ¡Sobretodo después de lo que te hizo!
–¿Hasta cuándo tengo que repetirte que fue un accidente? –chilló exasperada–. ¿Hasta cuándo tengo que repetirte que no te incumbe? ¿Que tú me haces mil veces más daño? ¡Deja de meterte en mi vida, Malfoy!, y si es por eso, ¡Yo también soy tu enemigo! Matame entonces.
El mortífago iba a replicar pero se mordió los labios y desvió la mirada apretando los puños. Ella podía ver como en sus ojos grises se reflejaban un millar de emociones no identificadas y pensamientos ocultos, e incluso, podía percibir como su estado anímico era inestable, oscilando entre la rabia y la tristeza.
–¿Por qué? ¿Por qué lo defiendes?
Su tono no era recriminatorio, más bien, sonaba confundido, y algo dolido. Su personalidad a veces era tan bipolar que lograba descolocarla, así que respiró hondamente antes de responder.
–Es lo único que me queda, Malfoy... Harry es lo único que me queda.
–No –cortó Draco, volviendo a acortar las distancias entre ambos–. Yo soy lo único que te queda, Granger... y tú eres lo único que tengo.
Tembló al sentir su aliento tan cercano y más aún, tembló al percibir de nuevo a ese ser que estaba oculto bajo todo ese manto de oscuridad. Al percibir ese rastro de humanidad que se escondía en aquel asesino, y que luchaba por sobrevivir dentro de la tormenta que significaba ser él mismo, ser Draco Malfoy.
Tembló al reconocer a aquel hombre que temía a las demostraciones de afecto, pero que en el fondo, su terror se debía al desconocimiento, pues jamás lo había experimentado. A aquel hombre que prefería que lo hicieran añicos antes de escuchar un "te quiero", porque al menos, sabría como reaccionar respecto de la primera situación.
Tembló al comprender a aquel hombre, que sólo podía conocer porque un lazo inmaterial los unía, y al cual, desconocería por completo en cualquier otra situación.
–No soy tu salvación, Malfoy, no me uses de excusa –dijo ella, tratando de reprimir los temblores de su cuerpo–. Lo que tenemos, sea lo que sea, y llámese como se llame, es un error. Tú y yo no podemos estar juntos. Yo no estoy dispuesta a estar con un sujeto que desprecia a los míos y pretende erradicarlos del mundo, ni tú estás dispuesto a cambiarte de bando, a pesar de que de un tiempo a esta parte, lo único que haces es salvarme el pellejo. ¿Por qué lo haces? No sigas haciéndolo, me confundes ¿Por qué insistes en buscarme? No sigas con eso tampoco. Lo único que sabemos hacer tú y yo es dañarnos. No es lógico. No es lo correcto, y no quiero seguir así.
Él negó, rozando su nariz suavemente contra la de ella, mientras emitía un chasquido con la lengua.
–No estoy dispuesto a separarme de ti, por mucho que te odie y a veces tenga las ganas irrefrenables de asesinarte. Este lazo me hace necesitarte cada vez más, y a pesar de que suene extraño, es agradable tenerlo. He pasado mucho tiempo siendo una caja vacía, un envase sin contenido, y esto de estar continuamente deseando verte, tocarte, hablarte, me hace sentir extrañamente vivo. No quiero perderlo aún, no hasta que sea inevitable.
–Malfoy, yo no...
–Cállate, que no he terminado –interrumpió, colocándole una de sus manos en los labios–. Por esta vez te dejaré ir, a ti y a tu querido cara rajada, pero no puedo asegurarte que la próxima vez que lo vea no lo haga añicos. Para mi es imposible reprimir este instinto homicida hacia todo lo que te rodea, especialmente a Potter. Muy especialmente él. No me gusta imaginar que te toca o te habla cuando se le da la regalada gana cuando yo no puedo tener ese beneficio, ni mucho menos saber que te desea. Me repugna sólo pensar que un día podrías caer en sus sucios brazos y obligarme a matarte, porque eso haré si llegas a traicionarme, Granger, te lo juro por la marca que adorna mi brazo. Si llego a sentir que me has traicionado, te encontraré y te mataré, pero antes, lo mataré a él frente a tus ojos. Lo torturaré hasta que expida su último aliento de vida, y luego me encargaré de ti para que no me vuelvas a hacer sufrir nunca más a causa de una traición. Porque si no puedo obtener nada más que odio, repulsión y rencor de tu parte, al menos haré los esfuerzos para merecerlos de pies a cabeza. ¿Comprendido?
Hermione trató de replicar, pero su respuesta fue ahogada por los labios de su enemigo, que se fundieron con los propios en un beso ansioso, cargado de sentimientos encontrados y aflicciones. Draco Malfoy siempre la aturdía y confundía con palabras y acciones, y ahora en ese estado, machacado, con la mejilla morada y un hilillo de sangre escapándose por el borde de su boca, parecía un hombre desquiciado, que acababa de hacer la confesión de amor más extraña, obsesiva y retorcida del planeta. Pero poco le importó.
Ella podía sentir la verdad de sus palabras cada vez que su lengua venenosa recorría sus labios con ímpetu, mientras sus manos la afirmaban con firmeza en sus caderas, acercándola hasta su propio cuerpo de manera que no hubiera centímetro de separación entre ambos. Sentía su alma confundirse con la de él. Luz y sombra. En una comunión que pocos podrían efectuar. Algo más allá de lo físico, e incluso de lo espiritual.
Cada vez se le hacía más difícil resistirse a caer en la tentación de dejarse llevar por el lazo inmaterial que los unía, y que le permitía conocerlo como ninguna otra persona ha conocido a Draco Malfoy, ni siquiera su propia madre. Y él tenía razón. Él era el único que conocía a la verdadera Hermione Granger, pues ella desde hace meses que había dejado de ser la niña sabelotodo de espíritu luchador, que sólo guardaba en su pecho buenos sentimientos.
No. Esa niña había muerto, y ahora sólo se erigía en su cuerpo una mujer cargada de energías negativas, desconfiada por naturaleza, y con una capacidad de herir que hasta a ella misma le asustaba. Una mujer que había perdido hace tiempo la voz de la conciencia, y que se dejaba llevar por las más bajas pasiones cuando estaba con él, negando su debilidad de carne con palabras, pero contradiciéndose con su cuerpo, que sólo ansiaba tenerlo a su lado, haciéndole cosas que no se atrevería a pronunciar en voz alta.
Sabía que eso estaba pésimo, más que pésimo, era una catástrofe, pero no podía evitar sentirlo. Quizás por eso mismo se aferraba a la idea de que su corazón le pertenecía a Harry, a pesar de que todo el resto de su cuerpo clamara por Malfoy. Harry seguía siendo el pilar de su vida, el que la mantenía cuerda, y no se podía permitir perderlo. Perderlo era igual a perderse, y eso le daba un miedo irracional. Ya había perdido a Ron, y con él, gran parte de su humanidad. Si Harry también le daba la espalda, era capaz de convertirse en una banshee, o peor aún, en una estatua de sal por la eternidad.
Fue por esos motivos que desde sus ojos emanaron grandes lágrimas mientras se entregaba con todo al beso del mortífago. Porque sabía que irremediablemente ella compartía, con lazo o no, ese amor enfermizo. Y por lo mismo, debía acabarlo de raíz, antes de que fuera demasiado tarde. Tendría que buscar la forma de erradicar la unión de sus almas, y cuando esto sucediera, olvidar todo lo que había ocurrido entre ambos, enterrarlo en lo más profundo de su corazón y renovarlo para poder entregárselo a Harry, puro y pulcro, tal como él se lo merecía.
Y aunque una parte de su ser, quizás esbozos de la compasiva Hermione Granger escolar e idealista, quería salvar al hombre que ahora le absorbía el espíritu por los labios, era realista y sabía que era tiempo perdido. Estaba demasiado podrida, él también, y entre los dos, no hacían un verdadero ser humano.
No podía salvar a nadie si ella misma no podía salvarse...
...y la única persona que podía salvarla era Harry.
El mortífago fue lentamente soltando sus labios, no sin antes, atrapar el inferior entre los dientes. La aurora lo sintió apoyar su frente contra la de ella y notó que, a pesar de que tenía los ojos cerrados, con un movimiento de varita retiró las cuerdas que la afirmaban, dejándola en libertad.
Llevó instintivamente una de sus manos a acariciar el moretón que tenía él en la mejilla. Lo escuchó quejarse a penas perceptiblemente, pero nada hizo para quitarle de ahí. Luego, hundió los dedos en sus cabellos rubios, atrayendolo para darle un corto y casto beso. Algo demasiado impropio para ambos.
La respiración de ambos estaba lenta y profunda, y las piernas de ella comenzaron a temblar.
–Recuperará el conocimiento en media hora –esbozó él, aún sin abrir los ojos–. Quizás más. La potencia que le apliqué al crucio lo dejó aturdido, pero estará bien. No quedará con secuelas graves.
Hermione se removió incómoda.
–¿Cómo estás seguro? –indagó en un murmullo.
Lo vio sonreír con cansancio, y poco a poco, fue testigo como sus ojos grises de abrieron lentamente y se clavaban en los propios.
–He recibido demasiados crucios en mi vida, y también he lanzado demasiados. Sé diferenciarlos según tiempo de recuperación, minutos de inconsciencia y también distinguir los que dejan secuelas de los que no. Aunque no podría decir lo mismo de los golpes, pero supongo que no puedes recriminarme por esos, después de todo, yo también quedé maltrecho.
La soltó y ella sintió algo parecido a la decepción cuando lo hizo. Sobretodo porque al retirar las manos de sus caderas, un frío desagradable se instaló donde antes yacía el calor de sus palmas.
–Además, no lo ataqué con todo lo que tenía, aunque ganas no me faltaron –comentó como si tuviera poca relevancia–. Mientras lo tenía ahí, retorciéndose como el gusano que es, no dejaba de recordar tu amenaza, y por eso no podía herirlo más de la cuenta.
–¿Mi amenaza? –inquirió confundida.
–Que no podrías perdonármelo.
Hermione tragó espeso. Después de todo, sus palabras sí habían salvado a Harry.
Sus ojos volaron hasta el cuerpo del pelinegro que aún seguía inconsciente en el suelo, y se le oprimió el corazón nuevamente al verlo en ese estado. Sintió como la mirada de Malfoy se endurecía al ver su expresión preocupada, y el lazo de ambos le anunció que el mortífago estaba experimentando una mezcla de rencor y celos. Algo peligroso en él.
–Llévatelo antes de que me arrepienta –siseó, y desvió la mirada a un punto fijo al otro lado del bosque–. No abuses de mi buena disposición –agregó, cruzándose de brazos.
No supo porqué, pero Hermione sintió la necesidad de sonreír. Por unos instantes, Malfoy le pareció un chiquillo mañoso.
–Nunca pensé que diría esto, pero... Gracias, Malfoy –soltó, y le estampó un breve beso en la mejilla herida.
Él se quejó y ella se regocijó. No podía evitar herirlo, incluso cuando lo acariciaba, buscaba algún punto donde pudiera molestarlo y dañarlo. Definitivamente estaba loca de remate y necesitaba un psicólogo con urgencia, no podía ser tan perversa.
Descendió la distancia que lo separaba del cuerpo de Harry y se agachó para comprobar cuál era su estado, colocando sus dedos en su cuello para ver el pulso. Podía sentir como los ojos de su enemigo estaban fijos en ella, e incluso, podía percibir como éste se contenía de abalanzarse sobre el inconsciente y terminar su trabajo.
–No te acostumbres –le gritó Malfoy desde su sitio, antes de verlo desaparecer de ahí. Al parecer, no quería tentarse demasiado y prefirió marcharse.
"No te preocupes, no lo haré" pensó para si mientras se pasaba el brazo de Harry por encima del hombro para tratar de realizar una aparición conjunta. "No lo haré... Draco".
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Habían seguido al pie de la letra las instrucciones del mortífago, y no se habían equivocado. En el suelo se veían huellas frescas de los cuadrúpedos y todas ellas llevaban a la misma dirección. Alexander tragó espeso. No sabía el motivo, pero tenía muy malos presentimientos sobre la misión, sin contar que le preocupaba Luna en demasía. Había algo en el ambiente que le auguraba que era uno de esos días en que era mejor quedarse en la cama, pero ¿cómo hacerlo? Después de todo, a pesar de que no fuera tan íntimo de Remus Lupin, él no dejaba de ser un aliado valioso que había arriesgado más que todos ellos juntos al infiltrarse en una manada de licántropos asesinos.
Suspiró. A su lado, Nymphadora temblaba como una hoja de nerviosismo, y podía sentir como el resto del equipo se sentía inseguro transitando por aquel bosque. Ahora todos dependían de él, Potter lo había dejado a cargo, y no podía dejar que las cosas salieran mal. Tenía que comportarse a la altura de la situación.
–Si no me equivoco, estamos a punto de llegar –informó, sacando la varita para estar preparado–. Atentos, en cualquier momento pueden aparecer. Lo ideal es que nosotros los pillemos desprevenidos. Tratemos de reducirlos rápidamente con hechizos aturdidores o usen el encantamiento incarcero para atraparlos ¿De acuerdo? No queremos muertes innecesarias.
Todos asintieron y extrajeron sus varitas a la vez, avanzando entre árboles y matarroles, pero jamás esperaron que de pronto se encontrarían cara a cara con una manada de licántropos que estaban formados en una perfecta línea dispuestos para atacar. Parecían soldados y los estaban esperando.
Detrás de ellos había un cuerpo magullado y casi irreconocible, atado con una gruesa cuerda y con sangre seca adornándole las prendas vestir. Todos supieron de inmediato de quien se trataba, y Tonks ahogó un sollozo. Alguien tuvo que retenerla por los brazos, pues se prestaba a correr hacia él sin razonar que, para ello, primero tendría que sortear un gran obstáculo compuesto por varios colmillos.
–Oh, pero ¿qué tenemos aquí?, un festín de carne fresca –soltó burlonamente Greyback–. ¿Cómo supieron que estábamos hambrientos? pudimos olerlos a kilómetros.
–Entréganos a Lupin, maldita escoria –ordenó Alexander, adelantándose al resto del grupo, empuñando la varita contra él.
–Por lo que puedo deducir, tú eres quien comanda a esta tropa de imbéciles, ¿no? –rió divertido el licano–. Pues bien, dejemos que nuestros subordinados ajusten cuentas entre ellos mientras entre los líderes nos masacramos. ¿Te parece? El primero que caiga, pierde, y el que pierde, condena a su "manada". Si es que queda alguien vivo para cuando terminemos de luchar, ¿aceptas el reto?
Alexander lo miró extrañado, y luego, comenzó a contar mentalmente cuántos enemigos tenían al frente. Uno, dos, tres, cuatro... doce. Doce licántropos, y ellos eran seis aurores, justo la mitad. No. Eso no podía estar bien, la desventaja era muy grande.
–Tomaré tu silencio como un sí –gruñó Greyback, que sin esperar respuesta, ordenó que todos atacaran, mientras el mismo comenzaba su carrera hasta el que lo miraba sorprendido, abriendo su hocico para tratar de morderle un costado.
Pues si todo salía bien, hoy almorzaría carne fresca de auror.
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Sudor, mucho sudor emanaba de su frente, y las contracciones iban de mal en peor, arrancándole gritos involuntarios. Se levantó a duras penas, afirmándose en paredes y barandas, tratando de buscar algo de ayuda, pero al parecer, no tendría suerte esta vez. El cuartel estaba completamente vacío, y ni siquiera la loca de Susan Bones estaba donde debía estar.
¿Dónde se había metido todo el mundo? ¿Cómo podría traer a su hijo al mundo sola? Ella sabía a la perfección lo que vendría, no por nada, había estudiado medimagia. Las contracciones serían cada vez más fuertes, hasta el punto de enloquecerla. Luego, rompería fuentes, se mojaría las piernas y el trabajo de parto daría comienzo junto con la dilatación para permitir que el bebé saliera.
No podía permitirse el lujo de tener a su hijo sola, en condiciones como las que estaba, y menos aún considerando que probablemente moriría ya que aún le faltaban meses para poder ver el mundo. Tenía que buscar ayuda, y de alguna forma, y aunque fuera arrastrándose, llegaría a lo que quedaba de San Mungo.
–Tranquilo, bebé, tranquilo –musitó, acariciándose el vientre–. Mamá está aquí, sólo aguanta un poco más, que aún no puedo recibirte. Aguanta, cariño, aguanta.
No sin dificultad, Luna Lovegood logró llegar hasta la salida de Grimmauld Place, y emitiendo un gran suspiro de cansancio cuando lo hizo, abrió la puerta para comenzar el largo trayecto que le esperaba hasta el hospital.
Su frágil cuerpo temblaba producto del dolor, más su semblante era tranquilo y apacible. Estaba decidida a que su hijo o hija llegara a salvo al mundo, y aunque tuviera que clausurar sus piernas para que no naciera antes de lo debido, lo haría.
–No te preocupes, encontraremos ayuda en el camino –susurró, más para ella que para el bebé–. Todo va a estar bien.
–Permiteme discrepar sobre el punto, lunática –escuchó decir a una voz que le erizó todos los pelos, haciéndole olvidar momentáneamente sus contracciones–. Dudo que algo vaya a estar bien, al menos, en lo que a ti respecta.
Luna se giró lentamente para enfrentar a quien le hablaba, más sólo pudo ver a un encapuchado con una máscara platinada.
Un mortífago la estaba apuntando con su varita..
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Continuará.
