Hak ya tiene la maleta hecha. Realmente no hay mucho que quiera llevarse consigo. Su mejor traje, unos buenos zapatos, una lista de contactos y aquellos dos pañuelos de hilo que ella usó una vez. Con un suspiro, se pregunta por cuánto tiempo ella le recordará antes de olvidarlo o si acaso guardará su recuerdo de la misma manera que él atesorará el suyo. Porque Hak, pobre iluso, en ocasiones cree ver en sus ojos lo mismo que hay en los suyos, pero sabe bien que solo se engaña. No son más que espejismos del corazón.

La casa duerme y Hak baja en silencio las escaleras, renuente a prestar su último servicio como mayordomo de la casa. La luz de una lámpara asoma por la puerta abierta del despacho y Hak inspira para cobrar valor, presentar sus respetos y decirle adiós para siempre a la mujer que ama.

Ella está de pie, el semblante pálido y desencajado, y sus manos se apoyan en precario sobre el escritorio. Hak corre en su auxilio, ignorando esa punzada de pánico, pero ella da un respingo cuando él la toca, alejándose de él. Hak finge que no le importa.

Ella lo mira, como si solo ahora se diera cuenta de que es él, y con los ojos llenos de miedo y algo más que Hak no alcanza a definir, le tiende el papel que sostiene con mano temblorosa.

La carta informa de la desaparición de Lord Jae-Ha durante unos violentos disturbios en una ciudad africana de nombre impronunciable. A pesar de los esfuerzos de la legación británica en la zona, es dado por oficialmente desaparecido y presumiblemente muerto.

Hak la lee, y la vuelve a leer, con el corazón acelerado, sintiéndose una persona horrible y despreciable porque él ya no está…

Él ya no está y Yona es libre…

Yona tiene miedo. Un miedo atroz, que le recorre la columna, y el vértigo le atenaza la garganta. Porque ahora Jae-Ha ya no puede ocultarla de Hak. Ya no hay nada donde ella pueda esconderse. Y Hak lo sabrá.

Pero Hak la besa.

Y Yona le entrega el alma y el corazón.