CAPITULO 24

9 de Enero de 1993

Dieciséis años de edad.

—Bella —escucho que Edward susurra. Debo estar soñando, pero en este momento no me importa. Estoy envuelta en una cálida sabana y rodeada del aroma de Edward. Sus dedos están recorriendo mi cabello y puedo jurar que lo escuché hablar—. Bella, nena, despierta.

Mis ojos se abren e inmediatamente me doy cuenta que estoy en la habitación de Edward, en su cama. Cuando me doy la vuelta, lo encuentro sentado a mi lado y estoy tan feliz de verlo que me siento, instantáneamente despierto y olvido por completo el motivo por el cual estoy aquí.

Está sonriendo, pero al ver mi rostro su sonrisa rápidamente desaparece.

—¿Qué mierda? —dice, levanta sus manos para tomar mi rostro hasta que se da cuenta que no puede—. ¿Qué demonios te pasó, nena?

Agacho la cabeza, un poco avergonzada pese a que no tengo razón para estarlo. Sé que esto no debió haber ocurrido y sé que no lo merezco, pero eso no hace más fácil el lidiar con ello. También sé que Edward sabrá exactamente lo que ha sucedido y por qué me encuentro acostada en su cama con la cara golpeada.

Siento su mano deslizarse gentilmente por mi otra mejilla, lentamente levantando mi cabeza para que tenga que verlo.

—Háblame, Bella, por favor —ruega y puedo escuchar el dolor en su voz. Está escrito en todo su rostro. No tengo idea que está haciendo aquí; se supone que estaría en la casa de sus abuelos.

Trato de sonreírle, aunque duele.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto—. No se supone que vuelvas hasta dentro de unos días. —Edward niega, como si la razón por la que volvió antes no importara.

—¿Quién de ellos hizo esto? —pregunta, su tono más severo mientras continúa sosteniendo mi rostro y mira fijamente el feo moretón que se ha formado en mi mejilla—. ¿Bella? —dice, cuando no contesto.

Parpadeo, tragando con dificultad.

—Ella lo hizo —susurro.

La mano de Edward se desliza atrás de mi cabeza para jalarme cerca y envolver su otro brazo sobre mi hombro. Me derrito en su cuerpo, descansando la mejilla que ella no golpeó en su pecho mientras él me sostiene. Se siente tan cálido y seguro y pese a nunca querer ser dependiente de algo, no puedo evitar sentirme en casa cuando Edward me sostiene de esta manera.

—¿Estás bien, nena? —susurra, su barbilla descansa sobre mi cabeza.

Asiento, aunque no estoy completamente segura de que así sea. No sé si puedo aguantar otros dos años y medio con esas personas. No estoy segura de si de verdad lo lograré.

—No puedo creer que esto ha sucedido —dice, sus dedos acariciándome la espalda. Cierro los ojos, enrosco mis dedos en su chaqueta y lo acerco a mí. Puedo sentir su corazón palpitando contra mi mejilla, como si hubiese corrido a casa. No tengo idea de que está pensando en este momento.

—Espera aquí —dice repentinamente, alejándose para poder verme—. Sólo quédate aquí y espera hasta que vuelva, ¿de acuerdo?

—¿Qué vas a hacer? —pregunto, elevando el tono de mi voz por el miedo.

—No importa, Bella. Sólo necesito que me esperes aquí, de acuerdo. Espera. Aquí —dice, enfatizando las palabras—. No tardaré.

Estoy negando y pateando la sabana mientras intento salir de su cama.

—No, Edward, por favor. No quiero que hagas nada, no vayas ahí, no lo hagas, por favor, no. —Agarro el frente de su chaqueta con ambas manos, rehusándome a dejarlo ir.

Edward coloca sus manos sobre las mías y gentilmente las quita de su pecho, levantando mis nudillos hasta sus labios donde coloca un beso en cada mano.

—Bella, tengo que hacerlo, bien. Ya no puedo quedarme viendo, nena, realmente no puedo.

—Pero, Edward —grito, con el corazón golpeando mi pecho—. ¿Qué hay de ti? —pregunto, con lágrimas a punto de caer—. Estoy asustada por lo que puedan hacerte. —Mis últimas palabras son un susurro, el miedo las detiene en mi garganta.

Edward se inclina y besa mis labios.

—No lo estés, sé cuidar de mí mismo.

—Por favor, por favor, sólo deja que vaya contigo —ruego, sabiendo que necesito estar ahí para intervenir cuando todo se vaya a la mierda.

—No —dice Edward, negando mientras se pone de pie. —Necesito que estés a salvo, Bella. Por favor.

—Edward… —susurro, mi estómago hecho un nudo al saber que él irá allí.

Edward se agacha y me da un rápido beso en los labios y después sale y yo me quedo enredada en la sabana, preguntándome si él realmente apareció y me sostuvo o si sólo fue un sueño.

Pero en ese momento escucho cerrarse la puerta de golpe y sé que no fue un sueño. Mientras mis dedos comprueban gentilmente el moretón en mi rostro, la sensación de los dedos de Edward aún permanece. No puedo simplemente quedarme aquí sin hacer nada. Así que, salgo de la cama, me pongo los zapatos y bajo corriendo las escaleras, cerrando la puerta tras de mí y salgo tras él.

Aunque para el momento en que llego a mi casa, me pregunto si ya es demasiado tarde. Puedo escuchar los gritos desde la calle. Son tres voces, todas gritando en un intento por ser escuchadas y la voz de Edward, es la más fuerte de todas.

—¿Qué demonios está pensando? —grita, tan fuerte que me pregunto si los vecinos saldrán a ver—. Es tu hija, ¡imbécil!

Entonces mi padre dice:

—Sal de aquí, pequeña mierda.

Y mi madre.

—Metete en tus asuntos. —Sus palabras son lentas y sé que ahora está ebria.

Acaban de dar las doce de la noche, pero probablemente sigan tomando todavía por varias horas más. Mi papá se tardará un poco más en llegar a su nivel, su tamaño le permite beber todo el día antes de que realmente le afecte. Lo cual es peor, porque paso todo el día esperando a ver qué es lo que va a hacerme. Al menos con ella, sé que toma, me pega y después se desmaya, finalmente dejándome sola. Con papá es como ver esa película de miedo de nuevo, sólo que esta vez, frente a mis ojos. Y sé que realmente nunca hay oportunidad de escapar.

Escucho el sonido de algo estrellándose contra las paredes y estoy a punto de entrar corriendo cuando Edward grita:

—Son una maldita desgracia. Ambos deberían estar en la cárcel.

Y entonces la puerta frontal se abre y Edward camina hacia mí, dirigiéndose a donde me encuentro frente a mi casa. Aún no me ha visto y no tengo idea de qué es lo que me va a decir cuando lo haga, su rostro es asesino en este momento. Doy un paso a la derecha, para quedar parada bajo la lámpara de la calle y tan pronto lo hago, se detiene.

—¿Estás bien? —susurro, mis manos retorciéndose juntas frente a mí.

Edward niega una vez y sigue caminando, directo a mí. No me muevo y cuando está frente a mí, se detiene, levanta sus manos, las posa a cada lado de mi cuello mientras se inclina para besarme. Esperaba que su beso fuese duro y urgente y así fue. También está lleno de ira y miedo, pero al mismo tiempo de amor y algo más. Sé que está tratando de contenerse y sé que no quiere asustarme, pero está enojado. Está enojado con ellos y con lo que tengo que vivir cada día. Pero más que nada, está enojado porque no puede protegerme de nada de ello.

Edward finalmente retrocede, manteniendo sus manos en mi cuello. Su rostro ya está más calmado, pero es como una máscara, como si la extendiera desesperadamente intentando esconder lo que realmente está sintiendo para no asustarme.

—Creí haberte dicho que me esperaras en casa —susurra.

Le doy una pequeña sonrisa.

—¿Cuándo hago lo que me dices? —pregunto, mordiéndome el labio mientras me pongo de puntillas para besarlo.

Escucho a Edward exhalar casi con alivio, mientras murmura:

—Nunca. —Justo cuando mis labios tocan los suyos. Nuestro beso es mucho más suave esta vez, más gentil, pero aun así apasionado. Los labios de Edward apenas están tocando los míos mientras me besa y mis dedos finalmente se sueltan y agarran el frente de su chaqueta, sosteniéndolo contra mí.

Un distante sonido de trueno finalmente nos separa.

—Vámonos de aquí —susurra Edward, su mano toma la mía cuando se da la vuelta y comienza a caminar de regreso a su casa. Voy con él. De ninguna manera me quedaré aquí ahora, no después de lo que ocurrió entre él y mis padres. Aunque no vi nada, el escucharlo fue lo suficientemente malo.

Edward está concentrado y silencioso todo el camino de regreso a su casa. Para cualquiera que se cruzara en nuestro camino, les parecería determinado y muy encabronado. Pero para mí, luce increíble. Luce como el hombre que haría cualquier cosa para protegerme sin dudar y que me rescataría si lo necesitase algún día. Nunca creí que lo haría, pero Edward tiene su manera de sorprenderme cuando menos lo espero.

No es sino hasta que llegamos a su casa que se detiene nuevamente. Volteando a verme, no dice nada, sólo me jala a sus brazos, envolviéndolos fuertemente a mí alrededor, pero teniendo cuidado de mi rostro, por mi parte envuelvo mis brazos alrededor de su cintura, acercándolo a mí mientras entierro mí rosto en su pecho y aspiro su olor. Sé que aún está molesto, pero está intentando dejarlo de lado y sé que lo hace por mi bien.

—¿Seguro que estás bien? —pregunta, besando mi cabeza.

—¿Yo? —pregunto sorprendida, alejándome para poder verlo—. ¿Qué hay de ti, Edward, estás bien?

Observo como su quijada se aprieta y pienso que está muy lejos de estar bien en este momento. Sé que probablemente quería decirles más y estoy bastante segura que quería golpearlos, pero no lo hizo porque eso sólo nos habría metido en problemas.

—¿Edward? —pregunto.

Quita los brazos y desliza sus manos a los lados de mi cuello. Sonriendo, se inclina y gentilmente me besa los labios y después mi lastimada mejilla, la cual aún pulsa de dolor.

—Deberíamos ponerle algo de hielo —dice, besando mis labios nuevamente antes de jalarme a un lado de su casa.

—Edward —digo nuevamente—. ¿Estás seguro que estás bien?

Se gira y me mira cuando le damos la vuelta a uno de los lados de la casa para terminar en el patio trasero.

—Estoy bien, Bella, de verdad. Quédate aquí un segundo y sólo iré por algo de hielo. —Gentilmente me empuja en una de las sillas de la plataforma del patio antes de abrir calladamente la puerta de la cocina de la casa. Me siento y me recuesto, con los ojos hacia el cielo donde puedo ver las estrellas luchando por salir a través de las nubes. Tengo el presentimiento de que va a llover pronto.

Mis ojos se cierran y pienso en lo que sucedió esta noche. Probablemente tenemos suerte por ahora, pero no tengo idea de lo que traerá el mañana, no tengo idea de la mierda que tendré que enfrentar cuando finalmente vuelva a casa.

La puerta se abre y lo siguiente que sé, es que Edward se encuentra arrodillado entre mis piernas, sosteniendo gentilmente contra mi rostro algo de hielo envuelto en una toallita. Coloco mi mano sobre la suya y nos quedamos en esta posición por unos minutos, sólo viéndonos el uno al otro. Levanto mi mano libre y acaricio la mejilla de Edward, me sonríe y ve como me inclino y lo beso.

—Estoy bien —susurro—. En serio.

Edward vuelve a besarme ante de ponerse de pie y toma asiento en la silla al lado de la mía. Sólo ahora me doy cuenta de las dos cervezas que sostiene, y sonrió cuando me da un par de Advil con la mía, sonrío, tragándome las pastillas con un sorbo del frio líquido. Cuando me reclino en la silla, Edward toma mi muñeca, envolviendo sus dedos gentilmente a su alrededor, aún están fríos por las cervezas que ha estado cargando.

Ambos nos sentamos en silencio mientras tomamos las cervezas y miramos al cielo. Está haciendo frio aquí afuera, pero tengo el presentimiento de que ambos lo necesitamos en este momento.

Eventualmente, la mitad de mi rostro se siente completamente entumecida y dejo de sostener el hielo contra ella, moviendo la cerveza a esa mano. Los dedos de Edward se deslizan por mi brazo hasta la ahora vacía mano y entrelaza nuestros dedos, para levantar nuestras manos unidas hasta sus labios. Me doy la vuelta para verlo en la oscuridad.

—Gracias, Edward —susurro.

La cabeza de Edward se mueve sobre el espaldar de la silla para poder verme de frente.

—Nunca necesitas agradecerme, Isabella —dice, su voz es un susurro en la oscuridad—. Prometí que siempre te cuidaría y pretendo cumplir esa promesa.

Le sonrío, mi rostro ya no me duele gracias al hielo, las drogas y la cerveza.

—Sé que lo prometiste. Recuerdo la primera vez que me hiciste esa promesa.

Edward sonríe.

—¿En serio?

—Sí. —Río un poco—. Tenía cinco años, ¿recuerdas? Querías llevarme a la escuela.

—Sí —dice Edward riéndose mientras toma otro sorbo de su cerveza.

—Fue adorable, creo que me enamoré de ti ese día —digo, aun sonriendo—. Creo que mi madre en esa vida también lo hizo.

Los ojos de Edward se cierran como si estuviese recordando ese día, hace casi trece años.

—Me enamoré de ti el año anterior —dice, su sonrisa ha desaparecido—. Cuando nos conocimos la primera vez.

Mi corazón se detiene por sus palabras y cuando mis ojos se abren nuevamente, soy atrapada por su penetrante mirada azul, incapaz de mirar a otro lado. Al mismo tiempo, me estoy enamorando sólo un poquito más.

—¿De verdad? —susurro.

Edward asiente.

—Lo hice. Llevarte hasta la escuela fue como nuestra primera cita, ¿no es cierto? —dice, sonriendo.

Río.

—Sí, supongo que lo fue. —Llevo su mano hasta mis labios.

—No he dejado de amarte desde ese día, Bella —susurra—. Y no importa lo que suceda o a donde vayas, nunca dejaré de hacerlo.

Estoy mirando como Edward sostiene mi mano, mis labios descansando contra sus nudillos.

—No —susurro—. Yo tampoco.

Y sé que nunca lo haré. Sin importar lo que suceda, sin importar donde acabe, siempre lo amaré.

Hay un repentino rayo que cruza el cielo iluminando todo el jardín seguido inmediatamente por el rugido de un trueno tan fuerte que casi me ensordece. La tormenta que pensé que pronto llegaría está más cerca ahora. Cuando miro al cielo de nuevo, este es iluminado por otro rayo de luz.

—Mierda —dice Edward, sus dedos aprietan los míos justo en el momento que el cielo se abre y una lluvia fría comienza a caer sobre nosotros.

Es todo un bombardeo, una lluvia de invierno, uno de esos grandes aguaceros que comienza virtualmente sin ninguna advertencia y se detendrá igual de rápido. Está frio y no puedo evitar el chillido cuando salto de mi silla, mi ropa ya se encuentra medio mojada. Edward se está riendo mientras me jala hacia la puerta trasera, encontrándola abierta y metiéndonos a ambos adentro. Riéndose la cierra detrás de sí, moviendo la cabeza para que las gotas de agua salgan volando por todos lados, haciéndome chillar nuevamente.

—Bella —dice Edward en un susurro bajo que suena increíblemente fuerte en el silencio de la casa.

—¿Qué? —pregunto, aun riéndome.

—Shhh —dice apretando mi mano.

—Tú shh —digo, devolviéndole el apretón.

Repentinamente me tira contra su duro cuerpo, sacándome todo el aire cuando mi pecho da fuertemente contra el suyo.

—Bella Wakefield, ¿acabas de callarme? —pregunta Edward, su brazo envolviéndose alrededor de mi cintura y sosteniéndome apretada contra él, mientras que su otra mano me quita el cabello mojado del rostro.

—Tal vez —le digo sonriéndole—. ¿Qué vas a hacer al respecto? —le pregunto. Edward ladea la cabeza, una sonrisa descarada ilumina todo su rostro y hace que mi corazón de vueltas.

—¿Y bien? —susurro, mordiéndome el labio inferior en un intento por hacerme la inocente.

—Tienes suerte de que te ame, Bella Wakefield —dice Edward, su mano deslizándose por mi cuello—. Mucha suerte. —Y entonces su boca está sobre la mía y no hay ni siquiera un pedazo de espacio entre nosotros.

Edward me besa como si fuera la primera vez que me ha besado. Su boca firme, sus labios cubren completamente los míos mientras gentilmente me urge a que los separe. Siento la calidez de su lengua cuando encuentra la mía, y antes de saber lo que está sucediendo, mis brazos se han envuelto en su cintura, los dedos de mi mano izquierda se deslizan debajo de la cintura de sus jeans y rozan su piel desnuda.

El gemido que sale de Edward no es algo que haya escuchado antes y me hace sentir increíble. Me levanto sobre los dedos de los pies, presionando más fuertemente mi boca contra la suya, mientras intento que lo haga de nuevo. Puedo sentirle presionándose contra mí. Puedo sentir justamente lo mucho que esto lo está calentando. También me está calentando a mí y quiero que Edward sea capaz de sentir eso. Quiero que Edward sepa lo que me está haciendo.

Esta noche hay algo diferente entre nosotros. No sé si es la separación forzada que no tenía que suceder, la sorpresa de que Edward haya vuelto antes, o la ira de lo que sucedió mientras no estaba, pero hay una carga de energía entre nosotros esta noche. Es más fuerte de lo usual y nos rodea, atrayéndonos más y más cerca, como magnetos.

—Dios, Bella —dice eventualmente Edward, retirándose un poco mientras intenta respirar. Su frente está descansando sobre la mía y su cálido aliento golpea mi rostro. Su sabor, es dulce e intoxicante mientras llena mis sentidos.

—¿Qué? —pregunto, apretando mis dedos en su espalda.

La mano de Edward se desliza por mi cuello hasta mi cabello y siento como lo agarra con firmeza, inclinando mi cabeza hacia atrás, para que lo vea directamente. Es demandante y no me deja moverme. Pero no me lastima, Edward nunca me lastimaría. Es más bien un movimiento de no quiero dejarte ir, porque tengo algo importante que necesito decirte.

Tampoco quiero dejarle ir.

—Me vuelves loco —dice, su voz ronca por el deseo mientras me mira directamente a los ojos—. Real y malditamente loco, ¿lo sabías, nena?

Sonrío, amando esta reacción.

—También me vuelves loca, Edward —le digo, tratando de levantarme sobre los dedos de mis pies para besarlo de nuevo.

—Bella, mierda —murmura Edward, cayendo contra la puerta de la cocina y llevándome con él. Prácticamente estoy sobre él y puedo sentirlo todo. Cada dura línea de su cuerpo, cada apretón firme de sus dedos y absolutamente todo lo que esto le está haciendo—. Tenemos que detenernos —dice, sin aliento—. Necesito detenerme.

Lo vuelvo a besar mientras digo lo que los dos estamos pensando.

—No quiero, Edward, ¿por qué necesitamos detenernos?

Edward está completamente quieto, como congelado en su lugar y conmigo envuelta en sus brazos. Ya no me está devolviendo los besos. Creo que está conmocionado por las palabras que acabo de decir. Tal vez no esperaba esto después de regresar a casa y encontrarme como lo hizo, pero si algo ha sucedido, es que lo que ocurrió reforzó todo lo que siento por él.

Lo mucho que lo amo.

Y esta noche, en este momento, lo que sea que hay entre nosotros, nos está acercando de una manera que nunca antes ha ocurrido. En el pasado, cuando hemos sido interrumpidos y Edward se detiene. Su respiración es dificultosa y su corazón golpea su pecho mientras se aparta de mí. Pero siempre he podido ver en sus ojos lo mucho que me desea.

Y justo ahora, al devolverle la mirada, aún puedo ver todo ese deseo y mucho más, mirándome. Amo a Edward y confió en él, con mi vida. Y esta noche, quiero que conozca cada parte de mí y realmente, quiero conocer cada parte de él.

—¿Qué? —pregunto, alejándome un poco cuando Edward no responde nada.

Los brazos de Edward se aprietan, mientras sigue mirándome atentamente.

—¿Estás segura? —pregunta finalmente, su voz profunda en el silencio de la casa—. ¿Estás segura que quieres hacer esto esta noche? —Sus dedos gentilmente acarician mi mejilla lastimada, como si quisiera recordarme que estaría bien si me niego.

Pero para mí esta no es una razón para detenerse. Le sonrío, mi cuerpo estremeciéndose ante el prospecto de lo que está a punto de ocurrir.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida, Edward.

Y no lo he estado. He deseado a Edward desde la primera vez que lo vi, y también la segunda y así mismo la tercera. Todas las versiones de mi han deseado a Edward. Y todas nosotras lo hemos amado. Aún lo amamos.

Edward me sonríe, bajando su cabeza para que sus labios gentilmente rocen contra los míos, ahora habla más suave mientras me besa.

—Te amo, Bella —susurra, usando sólo mi primer nombre esta vez. Mi nombre constante, como si hubiese leído mi mente.

—Te amo, Edward.

Me besa una vez más antes de alejarse de la puerta de la cocina. Me toma de la mano nuevamente antes de llevarme arriba hasta su habitación.

—¿Tu mamá y papá regresaron? —le pregunto en un acallado susurro.

Edward se da la vuelta para mirarme.

—Aún están donde mis abuelos —dice, sonriéndome mientras me jala para subir las escaleras, sin molestarse en escondernos cuando ya no tenemos por qué hacerlo. Él también está apurado y eso hace que me ponga a reír. Me gusta que quiera esto tanto como yo.

—¿Y Alice? —susurro mientras abre la puerta, sabiendo que ella ha sido la causa principal de todas nuestras anteriores interrupciones.

—Alice tampoco está en casa —dice, metiéndome en su habitación—. Tenemos toda la casa para nosotros, Bella —añade y puedo escuchar la anticipación en su voz. Eso hace que tiemble de deseo.

Cierro la puerta detrás de mí con mi pie e instantáneamente soy envuelta en los brazos de Edward. El camina hacia atrás dirigiéndonos hasta su cama y todo se siente correcto, perfecto, exactamente como debería ser. Las piernas de Edward golpean la cama y se sienta. Jalándome de modo que quedo entre sus piernas. Sus manos están en mi cintura y me mira. El único sonido en la habitación es el incesante golpeteo de la lluvia en el techo. Incluso nuestro aliento ha sido tragado.

—Eres tan hermosa, Bella —susurra Edward, aun cuando mi rostro está lastimado y la habitación está completamente oscura y dudo que pueda ver mucho con la poca luz de luna que entra por las rendijas de la ventana.

Le sonrío cuando quito el cabello de su frente y me inclino para besarlo. Las manos de Edward se deslizan debajo de mi suéter, siguiendo mi espina mientras lo levanta sobre mi cabeza, sólo estoy utilizando un sujetador debajo. Pero no estoy a punto de esconder nada, Edward ya me ha visto así antes. Puedo sentir sus dedos, abriendo los broches en mi espalda, para que pueda finalmente verme sin el sujetador. También quiero verlo así es que me inclino y tomo la orilla de su chaqueta mojada y la levanto. Junto con su camiseta, quitándosela rápidamente. Edward ríe y dice:

—¿Estás apurada, nena? —Asiento, sonriéndole, mientras me inclino y lo beso de nuevo—. Bueno, quiero hacer esto lentamente, ¿de acuerdo? —dice gentilmente, empujándome hacia atrás para que pueda verme—. Quiero disfrutar esta primera vez contigo.

Me muerdo el labio inferior y trago con dificultad ante las palabras que me dice. Aun en la oscuridad puedo ver lo increíble que luce. Cada vez se hace más grande, sus brazos y sus hombros se ensanchan con el musculo que está ganando por todo el entrenamiento que ha estado haciendo. Corre y levanta pesas casi todos los días y realmente empieza a notarse. Sus hombros y pecho están duros y esculpidos, todo el camino hasta sus planos y suaves pectorales, los cuales forman una D perfecta en su cintura, es delicioso y no puedo evitar lamerme los labios al verlo.

Edward me sonríe, para nada tímido, mientras me observa chequearlo descaradamente. Realmente ninguno ha sido tímido con el otro, más que todo porque últimamente el estar juntos siempre se ha sentido como la cosa más natural en el mundo. Me siento más que nada hermosa cuando estoy con Edward, porque me mira como si fuera la cosa más bella que ha visto en su vida.

Observo cuando se inclina y presiona un beso entre mis pechos. Sus labios son suaves, su aliento cálido, y un suave gemido escapa de mi garganta. Mis dedos se deslizan dentro de su húmedo cabello, apretando su agarre mientras lo jalo contra mí. Los brazos de Edward se envuelven en mi cintura y cae hacia atrás sobre su cama, llevándome con él para que así quede encima suyo. Nuestros pechos desnudos se presionan uno contra el otro. Mi corazón martilla en mi pecho y también el de él. Puedo sentirlo golpeando contra el mío, igualando la necesidad, el deseo y la lujuria que siento por este hombre.

Pero es mucho más que eso. Es todo lo que ha hecho por mí, no sólo esta noche, sino cada noche desde que lo conozco. Es todo el amor que me ha dado, pero especialmente el amor que me dio esta noche cuando hizo lo que hizo. Y también son las veces que ha esperado por mí, las veces que espero siga esperando por mí. Ya sea que lo sepa o no, Edward me ha salvado la vida más veces de las que puedo recordar y no puedo imaginar mi vida sin él. Ni siquiera quiero pensar sobre el tiempo en el que pueda no estar aquí para que lo encuentre.

—Bella, mierda, eres hermosa, nena —susurra Edward contra mi piel, sus labios presionando suaves besos bajo mi cuello.

Nos hace rodar para terminar medio acostado sobre mí, aprovecho la oportunidad para abrirle los botones y la cremallera del pantalón. Estamos llegando al punto donde usualmente somos interrumpidos, sólo que esta vez ambos sabemos que no va a suceder. En vez de eso, Edward desabrocha también mis jeans y los empuja por mis caderas. Me arqueo para que pueda quitarlos y cuando ya lo ha hecho, se baja sus propios jeans por las piernas y los escucho caer al suelo. Ambos estamos casi desnudos, sólo falta una pieza más de ropa.

Abro los ojos y encuentro a Edward mirándome, una media sonrisa en su rostro cuando pregunta una vez más.

—¿Estás realmente segura?

Mis dedos peinan su cabello hacia atrás y sé que, si digo que no, Edward se detendrá sin dudarlo, sin quejarse. Pero no quiero decir no, así que deslizo mi mano hacia la parte trasera de su cuello y traigo devuelta su boca hacia la mía.

—Definitivamente estoy segura, Edward.

Y entonces sus dedos están deslizando mis bragas por mis caderas y bajándolas por mis piernas. Mis manos están en su bóxer haciendo lo mismo sólo que con mucha más urgencia y mucha menos fineza. Mientras yacemos ahí con nuestra piel mojada por la lluvia y presionados el uno contra el otro, Edward continúa besándome, con un brazo debajo de mi cuello y el otro alrededor de mi cabeza. Estoy completamente protegida por el cuerpo de Edward, su aroma y su calor me rodean. No hay otro lugar en el que preferiría estar.

Deslizo mi pie por su pierna y lo engancho sobre su cadera mientras lo sostengo fuerte contra mí, Edward gime nuevamente y mi cuerpo se arquea contra el suyo como si no tuviese control.

—Bella —susurra entre besos, sus dedos apretándose en mi cabello.

—Mmmm. —Es todo lo que logro sacar en este momento.

Mi corazón está martillando en mi pecho y todo mi cuerpo se siente como si estuviera flotando, como si fuera a irse flotando si no estuviera sosteniéndome. Y así es como siempre ha sido, Edward, sosteniéndome. Sin importar cuantas veces cambie o desaparezca, siempre está aquí, esperando a que lo encuentre nuevamente, esperando aferrarse de mí una vez más y ambos esperamos que la próxima vez, no vaya a ningún lado.

Es mi ancla, mi roca y ahora, más que nada lo deseo.

Deseo a Edward como nunca antes lo he deseado.

—¿Estás bien? —me pregunta repentinamente, su frente descansa contra la mía.

Abro mis ojos por sólo un segundo y nos miramos el uno al otro, sin sonreír, ni decir nada.

—Perfecta, Edward —susurro.

—Sí, Bella —dice sonriéndome—. Vaya que lo eres —añade antes de besarme otra vez.

Ahora nuestros besos son mucho más intensos, fuertes y llenos de deseo, anhelo y una sensación de urgencia. Sensación creada por nuestra separación y por lo que ocurrió esta noche, pero también por lo que sabemos que sucederá en el futuro. No quiero perder más de mi tiempo con Edward.

Mi cuerpo comienza a vibrar cuando los besos de Edward se intensifican, está empujando duramente contra mí y puedo sentir lo caliente que está. Me siento como si fuera a incendiarme y clavo mis dedos en su espalda, dentro de su acalorada piel, en una silenciosa suplica porque lleve esto más lejos.

Lo entiende y sonrío cuando Edward levanta su cabeza y alarga la mano para tomar un condón de la gaveta superior de la cómoda al lado de su cama. Ni siquiera quiero pensar por qué lo tiene y si ya ha hecho esto antes, justo ahora se trata sólo de Edward y yo, y de mi primera vez con Edward. Y mientras sostiene el paquete entre sus dientes y lo abre, nunca quita sus ojos de mí.

Tampoco puedo quitar los míos de él, observando cada movimiento mientras saca el condón de su envoltura, se quita de encima de mí y se lo coloca. Me mira nuevamente y sonrío, no teniendo segundos pensamientos o dudas respecto a esto. Edward me devuelve la sonrisa y se mueve a mi lado nuevamente, bajando su mirada hacia mí pero sin decir nada.

—¿Qué? —le pregunto cuando no se mueve.

Sus dedos acarician gentilmente mi mejilla, por sobre el ultimo moretón que me ha provocado mi madre. Se inclina para presionar un increíblemente suave beso sobre el morado antes de susurrar:

—Te amo tanto, Bella. Lo sabes, ¿cierto?

Tomo su mejilla en mi mano, obligándolo a verme a los ojos.

—Sí, Edward, lo sé.

Sonríe nuevamente antes de bajar gentilmente su cuerpo sobre el mío, cubriéndome con su peso y su calidez. Mis piernas se abren sin dudarlo y el cabe perfectamente entre ellas, aún no está dentro, pero si descansa contra mí.

—Te amo, nena —susurra de nuevo mientras se desliza con cuidado y lentamente entra en mí, un suave gemido sale de mis labios cuando lo hace.

Mi aliento queda atrapado cuando siento un repentino dolor agudo, pero después desaparece y todo lo que puedo sentir es la cercanía de Edward y como llena mi interior. No se mueve y siento todo mi cuerpo comprimirse, probando cómo se siente el tenerlo dentro, como nos sentimos al estar juntos de esta manera.

—¿Estás bien? —susurra al besarme gentilmente.

—Sí —le digo, con mis brazos envueltos sobre sus hombros mientras lentamente se desliza fuera y adentro nuevamente. Esta vez ambos gemimos y la sensación es exquisita. Nunca me he sentido tan cerca de Edward antes, ni había sentido esta intimidad, esta conexión que tengo con él. Nunca creí que podría ser así.

—Te sientes increíble, Bella —susurra Edward, aun moviéndose lentamente dentro de mí mientras sus dedos se mueven de mi cabello, bajando por mi cuerpo en el espacio entre nosotros. Comienza a tocarme como sólo lo ha hecho una vez antes. Cuando sus dedos empujaban mis jeans mientras yacíamos acostados en su cama, medio desnudos y llevando las cosas más lejos de lo que nunca antes lo habíamos hecho.

Pero esta vez nos encontramos completamente desnudos, completamente expuestos ante el otro y puedo sentir como mi cuerpo se tensa en anticipación. De alguna manera sabe cómo tocarme, con lo que ahora, con él dentro de mí, la sensación es miles de veces más intensa y un millón de veces mejor.

—Edward —grito, mi voz es un fuerte susurro comparado con la lluvia, un susurro que él sofoca con su boca. Me besa duramente como si estuviese sintiendo todo lo que siento en este momento. Cuando comienza a moverse más rápido y sus dedos me tocan con un poco más de fuerza, siento que empiezo a perder el control.

Todo mi cuerpo se siente caliente y una fina capa de sudor lo cubre al igual que al de Edward. El único sonido en la habitación son nuestras respiraciones, algún ocasional gemido y el sonido de nuestros cuerpos moviéndose el uno contra el otro. Y todo está envuelto en la pesada lluvia que sigue cayendo.

—Bella, voy a correrme —susurra Edward contra mi boca y sé que con esas palabras, también lo haré. Y es como si Edward sintiera lo cerca que estoy porque empieza a moverse aún más rápido, sus dedos, su cuerpo y sus dedos. Lo siguiente que sé es que todo mi cuerpo se rompe a mí alrededor mientras Edward empuja profundamente dentro de mí, más profundo que nunca antes y gime audiblemente.

Mis brazos se aprietan alrededor de su espalda cuando Edward colapsa sobre mí, su rostro presionado contra mi cuello. Puedo sentir su aliento, sus labios besándome y mordisqueando mi piel, el gentil roce de los vellos de su barba cuando toca mi piel. Ya no se afeita mucho ahora que salió del colegio y ama frotar su barba contra mí, haciéndome chillar y reír. Aunque ahora no me río. En este momento me siento flotar y al apretar mis brazos y piernas alrededor del cuerpo de Edward, me doy cuenta de que nunca quiero dejar ir a este hombre.

—Estoy feliz de que hayas vuelto antes —susurro en su oído, mi aliento pesado y mi corazón aun martillando en mi pecho mientras presiono un beso en su mejilla.

Edward levanta su cabeza y me mira de una manera que nunca antes he visto. Sus ojos son piscinas de oscuridad, casi todo el azul ha desaparecido mientras me mira con tanto amor que hace que mi corazón de vueltas.

—Yo también, nena —susurra antes de inclinarse para besar suavemente mis labios.

Eventualmente, Edward rueda a un lado e inmediatamente extraño la cercanía. Mientras se desase del condón, tiemblo por lo frio del aire sobre mi piel acalorada. La lluvia finalmente se ha detenido, pero el cielo aún está oscurecido por las nubes. Edward envuelve el edredón a nuestro alrededor; jalándome dentro de sus brazos y contra su duro y cálido cuerpo.

—¿Dolió? —pregunta, sus dedos acariciando gentilmente todo mi cuerpo desde la cabeza hasta la cintura mientras me jala contra él.

Mi mejilla derecha descansa contra su pecho y mis dedos siguen las líneas de los músculos sobre sus costillas, provocando que se le erice la piel. Coloco un beso sobre su pezón y le escucho gruñir.

—No, no realmente —le digo—. Sólo cuando comenzamos, pero después se sintió increíble.

La mano de Edward toma mi barbilla y levanta mi rostro para que lo mire.

—También fue increíble para mí —dice, inclinándose para besarme la punta de la nariz.

Trago, abro la boca y escucho salir las palabras antes de poder detenerlas.

—¿Has hecho eso antes?

La cabeza de Edward se aleja, una mirada de sorpresa cruza su rostro.

—No, claro que no, Bella. ¿Por qué, tú sí?

Niego, deslizando mi cuerpo sobre el suyo, para que mi mano quede sosteniendo mi cabeza y me pueda inclinar sobre él, mirándolo a los ojos.

—Esta fue mi primera vez, Edward —le digo—. Siempre he querido que mi primera vez fuera contigo.

Sonríe, sus dedos colocan mechones de mi cabello tras mi oreja.

—Yo también, Bella, yo también. Sólo he querido estar contigo y sólo quiero estar únicamente contigo. Lo sabes.

—Sí —digo, sabiendo que es verdad.

—¿Por qué pensaste que lo he hecho antes? —pregunta alargando una mano sobre su cabeza, la otra aún sigue envuelta en mi cintura—. Digo, sé que fue increíble, pero realmente, ¿por qué pensaste eso? —Me le quedo mirando, amo esa enorme y descarada sonrisa que repentinamente está usando mientras me mira con una expresión de soy el hombre en su rostro. No puedo evitar reírme a carcajadas, pellizcando su lado mientras aprieta su brazo a mí alrededor y me jala para quedar encima de él, haciéndome cosquillas aun cuando estoy tratando de alejarme—. ¿Por qué, Bella? —pregunta repentinamente serio mientras sus dos manos se detienen en mi cintura y me retienen contra su cuerpo—. Sabes que soy todo tuyo, nena, te lo he dicho.

Aún le estoy sonriendo, sabiendo que Edward no habría estado con alguien más. Encogiendo los hombros, le digo:

—No lo sé, creo que por los condones.

Edward sonríe mientras desliza su mano en mi cabello y empuja mi boca contra la suya.

—Los he tenido por años, Bella.

—¿En serio? —pregunto contra sus labios.

—Sí.

—¿Por qué?

Edward se ríe contra mi boca.

—Porque, nena, no eres la única frustrada con cada interrupción que hemos tenido, sabes. —Y entonces me besa y ya no hay más palabras que tengamos que decir.