Disclaimer: I do not own Jane Eyre, neither the films or the book.

Copyrithg: Por favor, no copiar sin consentimiento. Este fic ha llevado mucho cariño, tiempo y esfuerzo.

Último capitulo antes de la vuelta al cole :( Espero que lo disfruteis, ya nos acercamos al final.



Capitulo XXV

Por Despecho


La Sra. Fairfax aguardaba pacientemente en la cocina a que la nueva pareja apareciese por la puerta. No estaba especialmente contenta con la situación, no se sentía cómoda. Jane, la querida por todos y joven institutriz había muerto apenas un día y medio atrás, pero el Sr. Rochester ya había pasado página. O eso parecía. A la mujer seguía pareciéndole que era puro despecho, un dolor tan grande que no le dejaba pensar con claridad, amor tan inmenso que su perdida había supuesto que su amo y señor perdiese la poca cordura que salvaba. Se preguntó que hubiese pensado su padre, aquél hombre tan recto; seguramente al viejo le hubiese gustado la idea. ¿Y a su propio marido? No... él hubiera removido cielo y tierra para hacer que su primo entrase en razón. Pero ella no era capaz, ya no. Con tantos años a sus espaldas y aburrida de la vida no encontraba las fuerzas necesarias para imponerse ante el amo de Thornfield Hall.

Su mirada se posó sobre los jardines del castillo, concretamente sobre mi tumba bajo el roble. La llovizna conjunta a la distancia hacia la visión dificil, pero ella sabía que estaba allí.

La Sra. Farifax pudo divisar a través de la tormenta que llegaba mi mano atravesando la Tierra. Pudo ver mi cuerpo arrastrándose por el barro hasta el árbol, pudo ver mi vestido blanco totalmente manchado, mi boca en busca de aire. Pudo verme.

Y quiso gritar, pero los gritos no acudieron.

Aguardé bajo el árbol, tirada, o tumbada o como se diga, respirando el aire limpio y puro de Thornfield, que llenaba y dañaba mis pulmones con su impetuosidad, confundiéndome más de lo que ya lo estaba. Apoyé la cabeza sobre la dura corteza y miré el agujero que acababa de hacer en la tierra. Era espeluznante, parecía sacada de una pesadilla, pues junto a la tumba...

Sin embargo fui yo la que no vio a la vieja ama de llaves correr colina abajo, pasar el puente de largo y esprintar las últimas yardas hasta donde yo estaba.

"Jane..." susurró sin saliva en la boca y recibió mi mirada sin fuerzas como contestación. "¡Oh, Jane!" gritó al final, arrodillándose en el suelo sin vergüenza, ayudándome a incorporarme como era debido y estrujándome con todas sus fuerzas. "Jane, gracias a los cielos" sollozó. "Creíamos... creíamos... oh, Jane, ¡no está muerta! ¡No lo está!"

"No, no lo estoy" sonreí dejándome abrazar.

"No puedo imaginar lo asustada que habrá debido de estar ahí abajo" yo negué con la cabeza como respuesta, con los ojos cerrados, deseando poder abandonarme a aquél sentimiento de tranquilidad y paz que ella me estaba otorgando.

"¿Dónde está el Sr. Rochester?" conseguí murmurar. Pero justo cuando estaba a punto de dormirme ella me apartó y me miró muy seria.

"Es terrible, Jane. Terrible."

"¿Qué ocurre?"

"El Sr. Rochester está en la Iglesia, cometiendo una locura. ¡Tiene que ir y detenerle, Jane!" tuve la sensación de que repetía tanto mi nombre sólo para asimilar el hecho de que no me había muerto.

"¿Y por qué no...?"

"¡Tiene que ser usted! Si se lo digo no me creerá, pensará que sólo lo hago para evitar ese sinsentido. Jane, tiene que darse prisa. Corra a la Iglesia (ya sabe cuál es), ¡corra, por amor de Dios!" me levantó y me enderezó. "Y por favor, por favor, no culpe al Sr. Rochester" me suplicó antes de apartarse.

Su mirada era sincera y llena de tristeza, estaba claro que no iba a soltar prenda hasta que no me fuera. Y aún así me abrazó, me abrazó una vez más y me besó en la mejilla.

"Corra."

Asentí y eché a correr. Estuviera haciendo lo que Rochester estuviera haciendo, no era buena idea, nunca lo era cuando en temas del corazón se trataban. Recordé el espectáculo que dio para llamar mi atención en Manchester, las peleas con mi primo de Morton, los gritos antes del incendio de Thornfield Hall. No, el amor no era de sus puntos fuertes; para eso estaba yo.

Las fuerzas me iban abandonando poco a poco, pero usarlas dependía del futuro de alguien. Tenía que llegar, llegar y avisarle de que estaba bien, de que todo había sido un susto y de que podríamos estar juntos para siempre; luego ya me traerían en brazos si hacía falta.

La pequeña iglesia con el cementerio delante apareció ante mis ojos antes de que pudiera darme cuenta y tuve que esquivar una estatua. Las luces del templo estaban encendidas y fuera había carruajes. ¿Me habría equivocado de iglesia?

No me paré a pensarlo demasiado, era todo o nada y yo elegía todo. Abrí las puertas.

Blanche Ingram, la familia Ingram al completo y los sirvientes de mi señor se dieron la vuelta a recibirme, pero Edward no lo hizo. Estaba recto como una piedra, mirando al frente, justo cuando el pastor pronunciaba la frase 'hable ahora o calle para siempre'.

"Podemos continuar, ¿por favor?" pidió con una voz tan impersonal que no parecía suya.

Mi Edward... ¿qué te he hecho?

"Yo... objeto..." susurré en jadeos entrecortados.

"¿Perdón?" preguntó el padre al ver que había murmurado algo.

"¡YO OBJETO!" grité con todas mis fuerzas y mi voz resonó por la sagrada casa.

Edward se volvió, se volvió muy lentamente, con miedo, diría yo. Creo que en realidad no quería saber si estaba viva o no, él sólo quería seguir adelante y olvidarse de todo y de todos.

Y al verme, vi ese miedo en sus ojos. No quería enfrentar la realidad. De hecho, su primera reacción fue sacar la pistola ceremonial y pegarme un tiro para asegurarse de que estaba viva y que no era un fantasma pero claro; de haberlo hecho me hubiese matado y ese no era el resultado deseado, así que en vez de eso...

"¿Jane?" susurró.

"¿No dijiste que estaba muerta?" preguntó Blanche.

"¿Qué clase de engaño es este?" preguntó la madre Ingram, muy muy ofendida.

"¿No puede casarse como una persona normal, Sr. Rochester?" preguntó el párroco.

"Jane..." fue su única contestación, todavía sin moverse del sitio.

"No lo hagas..." supliqué sin rencor antes de que las fuerzas me abandonaran en el suelo.