Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.
Capítulo 25
Revisamos la dirección que encontramos en la transferencia bancaria un día después, en víspera de Año Nuevo. La plaza completa se hallaba repleta de autos. Me bajé la gorra de béisbol y luego salí. Había dejado de nevar , pero se mantuvo una fina capa de hielo y nieve.
El número en la dirección resultó ser la oficina de un abogado, de acuerdo a la placa en el exterior. Por encima de la entrada y de las ventanas grandes se encontraban las mismas malditas piedras de color rojo con negro que Bella y yo vimos en el almacén. Anotación. Abriendo la puerta de cristal, entré al vestíbulo. Manteniendo la cabeza gacha, evité el elevador y me dirigí hacia las escaleras. Pasé las ventanas, observando pequeñas cajas apiladas en la parte superior. Mi mirada fue al techo, y vi un sensor de rotura de cristales. El edificio obviamente se encontraba protegido con alarmas.
En el tercer piso, encontré la oficina en el fondo del pasillo. A diferencia del resto que se ubicaba en ese piso, esta tenía la piedra sobre la puerta y la ventana pequeña. Era capaz de ver que había gente dentro de la sala de espera. La puerta tenía un letrero de "Cerrado por Año Nuevo".
Perfecto.
Corrí de vuelta a donde aparqué la todoterreno. Entrando, le di a Bella una sonrisa rápida y nos saqué del aparcamiento.
—Parece ser una oficina de abogados. Tiene al menos dos pisos sobre el principal. Cerraron por el año nuevo y obviamente por el domingo. La mala noticia es que están equipados con un sistema de alarma.
—Mierda. ¿Sabes cómo evitarla?
—Quemando su sistema. Si lo hago lo suficientemente rápido, no debería activar ninguna alarma. Pero eso no es todo. Sobre las entradas y ventanas está la misma maldita piedra roja negruzca. —Sonreí—. Sin embargo, esto es bueno. Sin importar lo que sean esas piedras, tienen que significar algo.
—¿Qué pasa si está custodiado? —preguntó.
No contesté, porque pensaba que ella ya sabía la respuesta. La oficina parecía legítima, pero era obvio la conexión que tenía con todo lo que ocurría. Tenía que entrar ahí.
Bella dejó salir un suspiro bajo.
—¿Cuándo vas a volver?
Planeé hacerlo mañana, pero ahora, no sabía con seguridad si quería arrastrar a Bella al interior, sobre todo después de lo que sucedió en el parque industrial. Si las cosas se fueran al diablo, no la quería en peligro, y además no quería que viera lo que hacía… lo que debía hacer si las situaciones iban mal.
—Así que, ¿vas a ir a la fiesta de Irina? —pregunté, cambiando de tema. Sabía que Alice la invitó a la fiesta de esta noche.
—No lo sé. —Jugueteó con el botón de su suéter—. No puedo imaginarla esperándome ahí, pero de vuelta…
—Te quiero allí.
Se dio la vuelta para mirarme, sus mejillas ruborizadas.
—¿gatita?
—De acuerdo. Iré.
Las comisuras de mis labios se elevaron.
—Alice dijo que ella me lleva —añadió, dejando caer la mano en su regazo.
Le guiñé.
—Te llevaré a casa.
Extendiendo mi mano, encontré la suya y entrelacé nuestros dedos.
Los apreté, y respondió haciendo lo mismo. Hubo un montón de cosas sin decir entre nosotros y todo se hallaba en el aire, pero luego habría tiempo.
Tendríamos esta noche.
Después de dejar a Bella, tomé una ducha rápida y me dirigí con los Denali. Llevé mi auto ya que después lo necesitaría para llevar a Bella a casa.
La casa de los Denali era mucho más grande, cercana a la de Anthony y adentrada al bosque, mucho más aislada. Encontré a Alice ayudándole a Irina a cortar rodajas de naranja en la cocina. Ya había un enorme tazón sobre el mostrador de granito gris.
—¿Qué pasa con las naranjas? —pregunté. No entendía por qué Irina ponía tanto esfuerzo en la fiesta, ya que no invitó a nadie de la escuela, pero ¿quién era yo para juzgar?
Alice miró sobre su hombro.
—Para el ponche.
—Entonces eso es muchísimo ponche. —Miré el tazón.
—Me gusta mi ponche —contestó Irina, partiendo una naranja en dos con un rápido movimiento mientras me sonreía dulcemente—. ¿Quieres ayudar? Puedes sostener las naranjas por mí.
De acuerdo.
—Sí. Pasaré. —Frunciendo los labios, me di la vuelta y entré en la sala de estar en otro nivel. Los chicos se encontraban allí, sentados lado a lado en una sección, sus dedos volando sobre sus controles. En la gran pantalla, uno de los juegos de Call of Duty.
Me dejé caer en el sillón y estiré las piernas.
—Se ven realmente ocupados, chicos.
Eathan sonrió sin siquiera mirarme.
—Quien pierda tiene que correr a la tienda y conseguir…
—¡Salchichas y panes medialuna! —gritó Alice desde la cocina.
Eathan hizo una mueca. —Eso.
—Esas cosas son las mejores —añadió Alec, con los ojos entrecerrados por la concentración—. Puedo comerme una entera... ¡maldita sea!
Eché un vistazo a la pantalla al tiempo que Eathan arrojaba su control al sofá. Poniéndose de pie, levantó los brazos.
—Oh, sí, nos vemos después, imbécil.
Alec maldijo entre dientes.
—Esto es una mierda.
Me reí.
Parándose, le mostró el dedo medio a su hermano y luego se giró hacia mí.
—¿Es cierto?
Arqueando una ceja, le devolví la mirada.
—¿Qué es cierto?
—¿Bella vendrá?
Mi sonrisa se tensó y se encontraba alrededor de mil kilómetros en la dirección opuesta de la amabilidad.
—¿Tienes algún problema con eso?
En lo que caminaba pasándome, puso tierra de por medio.
—¿Quieres una respuesta sincera?
—En realidad, no —contesté, reclinando la cabeza y observándolo—. Sobre todo porque no me importa.
Alec se veía como si quisiera decir más, pero sabiamente mantuvo la boca cerrada mientras sacaba las llaves del auto de su bolsillo y se dirigía a la cocina.
—Uno de estos días, él estará de acuerdo con esto. —Eathan apagó la televisión—. ¿Quieres salir?
—Por supuesto.
Seguí a Eathan a la terraza en tanto escuchaba a Alec dirigirse a la puerta principal, cerrándola detrás de él.
—En serio debe mejorar esa actitud antes de que llegue Bella. No quiero que sienta que no es bienvenida aquí.
—¿Crees que ella piensa que es bienvenida? —preguntó mientras se alzaba sobre la barandilla.
Cruzando los brazos, me recargué contra un lado de la casa.
—No. Sabe que Irina y Alec preferirían verla siendo propulsada a una galaxia diferente que tenerla en su casa.
Me mostró una sonrisa rápida.
—Entonces, ¿por qué vendría?
—Porque Alice se lo pidió. —Hice una pausa—. Y porque también yo se lo pedí.
Eathan me miró por un momento.
—Genial. Entonces, ¿alguna otra noticia? ¿Sobre Rosalie o Emmett? —Su mirada brillante parpadeó hacia las puertas corredizas—. No le he dicho una palabra a Alice, pero tengo que decírtelo, no es fácil.
—Lo sé, y aprecio que lo hagas —le dije, reclinando la cabeza. Las nubes rodaban. Iba a nevar otra vez. No había mucho que sintiera que le pudiera contar. Teniendo en cuenta que asesiné a dos oficiales del DOD, cuanto menos supiera Eathan, mejor. Negación razonable—. No hemos encontrado mucho, pero estoy esperando que...
—Mientes —me interrumpió, arqueando una ceja.
Una sonrisa reacia tiró de mis labios.
—Si mintiera, sería por buenas razones.
—Eso espero.
La puerta corrediza de cristal se abrió y Alice asomó la cabeza.
—Voy a recoger a Bella.
—Iré contigo. —Eathan saltó de la barandilla.
—¿Qué pasa si yo quería ir? —pregunté.
Alice rodó los ojos.
—Preferiría un tiempo a solas con ella. Bueno, en realidad un tiempo "sin Edward". No he tenido mucho de él.
Razón por la cual no insistí.
—Como sea. No tardes.
Me hizo una mueca y se hizo a un lado, dejando pasar a Eathan.
—Tardaré todo el tiempo que quiera.
—Oye, Irina, ya vuelvo —le gritó Eathan a su hermana—. Asegúrate que Alec saque su cabeza de su trasero para entonces.
—¡No hay problema! —gritó en respuesta, todavía estando en la cocina, asumí.
A medida que Eathan caminaba por la casa, dobló un brazo a lo largo de los hombros de Alice. Sonreí volviendo a mirar el cielo. Eathan... sí, era bueno para Alice. Él era bueno en todo. Al igual que Alec e Irina, pero eran un poco ásperos en los bordes.
Ásperos como vidrio roto.
A pesar de que no era, particularmente, cálido afuera, me quedé en la terraza. Era tranquilo aquí. No es que la casa no lo fuera. Era diferente.
Demasiadas cosas me pasaban por la cabeza, de manera que casi había pasado una hora antes de que me dirigiera al interior. Alec no había vuelto, podía escuchar a Irina tarareando desde la cocina.
Agité la mano. El control remoto voló del brazo del sofá. Prendí el televisor y me apoyé en el respaldo del sofá. Parecía muy extraño estar haciendo esta fiesta en la víspera de Año Nuevo, cuando podría encontrarme a horas de...
Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Sacándolo de un tirón, vi que era Alice. Contesté.
—¿Qué pasa?
—Algo ocurre con Bella —dijo en un apuro—. Se encuentra dentro de la casa, pero no nos deja entrar ni sale.
Sentí que el miedo rizó a través de mi columna vertebral.
—¿Qué?
—Ella me dijo cosas... cosas terribles, Edward. Cosas que nunca diría. —La emoción se notaba en la nublaba voz de Alice—. Algo está mal.
—Mierda. Bueno. Iré enseguida, pero quiero que tú y Eathan se mantengan lejos de la casa hasta que llegue. ¿De acuerdo? —Cuando no contestó, mis dedos se tensaron en el teléfono—. ¿Me escuchaste, Alice? No quiero que se acerquen a la casa. Conduzcan a la carretera y quédense ahí hasta que llegue. Prométemelo.
Hubo una pausa.
—Lo prometo.
Alice colgó, y yo... no le creí ni por un segundo.
