Notas: Porque no he escrito nada del período pre-Mimato (que es canon en mi cabeza y traten de venir a negármelo, sólo traten).
El pizzicato (italiano para "pellizcado", es una técnica utilizada al tocar instrumentos de cuerda que consiste en picar o pellizcar dichas cuerdas con las yemas de los dedos. En algunos casos, se utiliza para ambientar el sonido de la lluvia.
Imagen 60: Interior de un paraguas. Shadowlights
Plat, plat, plat.
La lluvia tatuaba cada gota que golpeaba el techo. El edificio escolar estaba vacío — o casi vacío, considerando que no había nadie que ella conociera. Mirando la hora en su reloj de muñeca, suspiró. No había sido su intención quedarse hasta tan tarde pero por una vez en su vida, había querido estudiar. Sabía que en casa era imposible, que si iba con Sora terminaría cocinando algo con ella e ignorando sus responsabilidades y que si iba con Koushiro, él terminaría haciendo su tarea. No le molestaría usualmente, pero realmente tenía que ir aprendiendo sus kanjis o reprobaría su clase. Hizo una mueca, suprimiendo un escalofrío. Estudiando para recuperación no era una buena manera de pasar el verano, y Mimi no estaba dispuesta a arriesgarse.
Plat, plat, plat.
Miró hacia arriba de nuevo, frunciendo el ceño.
—Ya para, ¿quieres?
Él, que venía acercándose distraído, volteó a ver hacia el frente.
—No estoy haciendo nada.
Mimi se sobresaltó por un momento, luego su sorpresa subsidió al ver quién venía.
—No era a ti —suspiró, sin darle importancia—. Es la lluvia.
Yamato arcó una ceja y parpadeó. Sabía que era en serio; conocía a Tachikawa Mimi lo suficiente para saber que a su parecer, esas explicaciones eran completamente lógicas y sensibles.
—Es tarde. ¿No deberías estar ya en casa?
Pensó por momento en decirle una grosería pero su mirada la detuvo. Es que, si bien Ishida Yamato no era muy mayor que ella, tiraba una vibra de que sus caprichos no iban tan bien con él. Eligió resoplar.
—No traje mi paraguas y no se me antoja resfriarme hoy.
Para su sorpresa, el chico rió suavemente. Mimi lo miró con las cejas en alto, una expresión divertida en el rostro. A Yamato le sentaban bien las sonrisas, aunque él mismo no lo aceptara. Y como si supiera lo que estaba pensando, escondió su risa tras una pequeña tos y se aclaró la garganta.
—Vamos —le dijo—. Te acompaño a casa.
—¿Eh? ¿Estás seguro?
Él se encogió de hombros.
—No vivimos tan lejos. Quedas prácticamente de pasada.
No estaba en posición de discutir, y se puso de pie de una vez. Yamato comenzó a caminar frente a ella, sacando el paraguas que traía y abriéndolo con un rápido sonido, swoosh. Era amplio, lo suficientemente cómodo para que dos personas caminaran juntas, pero cerca. Yamato lo sostuvo y Mimi tuvo que aligerar el paso porque con sus largas piernas, sus pasos eran más grandes. Cuando él notó esto, redujo considerablemente su zancada y Mimi le agradeció con una sonrisa.
Nunca había sido muy buena haciendo plática con él, y hoy no sería la excepción. Se contentó con ir a su lado, más cómoda con su cercanía de lo que creía prudente, incapaz de esconder la sonrisilla que se le dibujaba en el rostro cuando rozaban hombros o codos o cuando lo atrapaba viéndole el rostro. Las calles olían a tierra mojada, a lluvia, a botones abriéndose al paso de la primavera.
Plat, plat, plat.
—Me gusta tu paraguas —Mimi dijo de repente, su rostro inclinado hacia arriba—. Puedes ver las gotas deslizarse, es hermoso.
Yamato, que no sabía cómo contestar esa clase de cumplidos, tomó un pequeño respiro y presionó sus labios en una pequeña mueca de sorpresa. Casi dudando, volteó hacia arriba. Tenía razón; se miraba muy bonito. No había pensado nada cuando lo compró — era barato, amplio (él a veces cargaba su bajo y los paraguas personales eran muy pequeños para cubrirla), y eso era lo único que necesitaba. Pero viendo el rostro de Mimi, en ese momento agradeció haberlo comprado.
Llegaron a su casa más pronto de lo que esperaba, entre diálogo corto pero agradable. La dejó en el portal, ajustando su mochila mientras Mimi hacía lo mismo. Hubo un momento incómodo en el que no supo qué hacer pero Mimi, siendo ella, lo trajo en un breve, brevísimo abrazo y se despidió con la mano.
—Gracias por acompañarme, Yamato-kun.
El joven asintió, deslizando su mirada hacia las plantas que adornaban la entrada a su edificio para que no viera el rubor de sus mejillas. Haciendo un gesto con su barbilla, ladeo su cabeza.
—Nos vemos, Mimi-chan.
Plat, plat, plat.
El sonido de la lluvia sobre su paraguas, junto con el recuerdo del suave perfume de Mimi lo acompañaron en el camino a casa.
