Capítulo 26

"… una vez perdido el derecho a pedir clemencia…"

Pensó que habían pasado como cuatro o cinco días desde que entrara en Erebor, pero no estaba tan segura. Un guardia entró con brusquedad en su lujosa celda. No había vuelto a probar bocado, pero había dormido más de lo que hubiera querido. No tenía un rostro amigable, aunque probablemente hubiera sido la desconfianza. Por la armadura negra supuso que era la misma guardia de la que eran miembros Gani y Orier. Elen se preguntó cuándo habría pasado todo eso, o cómo había convencido a Thrór de que lo nombre. Pero daba igual, fuera quien fuera le provocaba pavor. Le indicó que se vistiera mientras esperaba fuera. Escogió un vestido gris con ribetes dorados, no porque fuera bello, sino porque era el único lo suficientemente largo como para cubrirla. Las enanas eran más cortas de estatura, y aunque ellas deberían arrastrarlo, a la elfa sólo le llegaba hasta las rodillas. Con los zapatos tuvo menos suerte, tampoco tenía la ropa con la que había entrado; así que se decidió a ir descalza.

El guardia le indicó el camino a punta de lanza, como hacían los amables naugrim cada vez que le indicaban algún camino a algún lado. Se reunió con el resto de la guardia. Eran alrededor de veinte, los más importantes. Todos ataviados con la armadura negra y una capa carmesí. Distinguió a Gani y a Orier, le sonrieron y siguieron preocupados sólo por sus cosas. La elfa se preguntaba qué ocurriría. Notó que la armadura no protegía bien el cuello, la ingle, ni las axilas; pero nada dijo. Prestó atención a dónde llevaban las armas, hachas a la espalda, espadas en el cinturón. Algunos tenían una pequeña daga escondida bajo la armadura en el antebrazo, el mango asolaba apenas. Vio a Frerin con la armadura plateada y capaz azul, atada con un broche de mithril que recordaba a la joya que había visto sobre el trono de Thrór. Avanzaron en formación, con la elfa en medio de una estructura de acorazado. Buscó a Gani con la mirada y silbó para llamar su atención.

-¿A dónde vamos? –inquirió, con más insensatez que sentido común. El naugrim tuvo la decencia de contestarle.

-Al gran roble del bosque. Vamos a intercambiarte, decidieron pagarnos –Elen se sobresaltó. Iban demasiado armados como para pretender algo pacífico. Pero eran muy pocos, ¿qué tramaban? Asintió y volvió a observar a los guardias. Cuando se pusieron el yelmo todos parecían iguales, y ella en medio sobresalía por su altura. Un blanco fácil, maldita sea. Era una trampa, ¿pero quién se la ponía a quién? Suspiró, y extrañó su espada más que nada. Muerto, muy muerto, de una vez y para siempre. Lo repitió dentro de sí, y esperó no morirse.

El camino le pareció eterno, pero salir al aire libre era una bendición. Saludó a la flor de Laurelin alta en el cielo, sonriendo, mientras los cálidos rayos le acariciaban el rostro. Eso la animó. Los guardias se movían con simétrica disciplina, como una sola criatura hecha de hierro. El gran roble no estaba muy lejos. Una vez entrados en el bosque sólo era un kilómetro hasta el claro. A más adentrarse, más juntos se veían los árboles, menos dejaban pasar la luz. Pero para la elfa eso no era un problema. Podría oler ese suave aroma que conocía tan bien, podía escuchar cómo lo tensaba, cómo el viento acariciaba su cabello que iba atado, eso era obvio por el sonido que hacía contra las hojas. Todos los sentidos estaban en su máxima alerta. Gani iba a su lado, y su respiración era tan fuerte que casi impedía oír la de los demás. Escuchó los latidos de sus corazones al unísono, y se sintió en casa. Tragó saliva y buscó entre las hojas, entre las ramas, sobre el suelo y mucho más arriba, pero no podía ver nada.

El gran roble se erigía majestuoso ante ellos. No había nada allí, y los enanos comenzaron a preguntarse qué estaba ocurriendo. Nada más que los soldados del Lord Comandante apuntándoles justo entre los ojos. Gani le lanzó una mirada de pánico, era una súplica. Tomó su mano y entrelazó sus dedos. Ella se dejó hacer y le dedicó una mirada inundada de lástima.

-¿Duele morirse? –inquirió de pronto, en un susurro.

-Sí, pero más duele vivir –contestó con dureza. El naugrim apretó más su mano, y tembló. Esas palabras no podían significar nada bueno-. Escucha con los oídos –entonces lo hizo, y sólo pudo sentir el viento meciendo las hojas.

-No hay nada –susurró, casi sin voz. El resto de los guardias llevó las manos a las empuñaduras de las armas, esperando el momento para atacar, esperando que el enemigo apareciera de entre la espesura de un momento a otro. Era la calma previa a la tormenta, y eso era lo peor para todos los guerreros. Esperar. Pero Elen se veía tranquila.

-¿Has estado con Dís? –era lo último que Gani se esperaba, y esa invasión a su vida privada le sentó mal. Se preguntó si la elfa podría estar celosa, pero lo desechó enseguida, mientras negaba con la cabeza-. Mala cosa. Necesitabas darle herederos a la princesa –afirmó.

-Frerin –susurró, pero Elen negó.

-Muy muerto –afirmó, entrecerrando los ojos. La guardia miraba desconcertada hacia los árboles. Nada ocurría, pero la tensión y la intranquilidad eran crecientes.

-Están jugando. Quieren ponernos nerviosos –ella asintió.

-Así es. Deberías huir. Al fin y al cabo, no te deseo la muerte –Gani se mordió el labio y pensó por un momento en qué había hecho con su vida. Cuál había sido su día más feliz, y cuál el más triste. Los dos involucraban a la elfa.

-No. Me quedaré a cuidarte –afirmó, mientras ella esbozaba una media sonrisa.

-Yo puedo cuidarme sola –siguió, con más decisión de la que realmente tenía, pero no iba a demostrar debilidad.

Un guardia cayó muerto. Nadie había visto nada, sencillamente cayó al suelo y un fino reguero de sangre comenzó a abrirse camino debajo de su yelmo. Maldijeron entre dientes, era como si fuera magia. ¿Para dónde correr? ¿Dónde estaba el enemigo? Pasaron uno o dos minutos, pero parecieron eones. Gani observó a Elen, se veía tan tranquila; pero no lo estaba. Al naugrim le ardieron los cortes que ocultaba bajo la armadura, empapados en sudor frío, abiertos, y perfectos para infectarse con facilidad. Otro guardia lo siguió en su camino a la muerte, y los demás susurraron maldiciones. Frerin gritó algo en khazdûl que los hizo callar. Parecieron quedarse helados, evitando respirar. Como si la quietud fuera a ocultarlos de los soldados del Bosque. Ella se preguntó cómo diablos habían aceptado meterse allí. En el campo de batalla del enemigo, eran débiles. ¿Eran tan codiciosos como para no darse cuenta de la trampa? ¿Nadie les había advertido?

Una lluvia de flechas se llevó al resto. Era como si cayeran del cielo, tan rápidas que nadie llegaba a verla hasta que estaban clavadas en la carne del enemigo. Sólo cuatro figuras quedaban en pie. Gani, Elen, Frerin y Orier. Ella subió una ceja mirando al heredero, dándole una despedida silenciosa. Parecían no oír nada más que el repiqueteo de sus corazones inundados de pánico, el sudor corriendo por su frente. Dos figuras altas y esbeltas avanzaron de entre el follaje. Ni siquiera se preguntaron de dónde habrían salido, ágiles y silenciosos como todos los elfos. Eran gemelos de ojos azules y armaduras iguales, moviéndose en perfecta sincronía como si fueran una sola criatura. Orier pensó en atacar, pero lo pensó dos veces al notar cómo le estarían apuntando decenas de flechas igualmente rápidas, silenciosas e invisibles que las que habían asesinado al resto de la guardia. Pensó que eso era de cobardes, que los verdaderos enemigos miran a los ojos cuando combaten, sin vergüenza de lo que son. Asesinos. Fríos, despiadados, calculadores. Elfos miserables, pensó, y sintió miedo de que oyeran lo que pensaba.

Thalion y Galion se presentaron con cortesía, inclinándose. Ninguno de los enanos se atrevió a moverse. Daba igual, podrían caer muertos en cualquier instante. Caminaron hacia Orier, y agradeció que con la armadura no pudiera verse la humedad que escurría entre sus piernas. Le temblaron las rodillas. Gani y Frerin se quedaron helados, mientras el primero apretaba la mano de Elen. Ella observaba impasible. Sabía lo mortíferos que podían ser, ya no quería ver más torturas. ¿Les iban a pagar con la misma moneda? ¿Así de salvajes iban a ser los elfos? Pero enseguida recordó lo que el naugrim había estado a punto de hacerle y apartó su mano con asco. Era como si lo hubiera eliminado de su memoria. Él lo notó, y debió contener las lágrimas, avergonzado.

Cuando volvió a subir la mirada, uno de los dos elfos estaba empujando la espada. Orier tenía la cabeza inclinada hacia atrás, y el otro de ellos lo sostenía de ese modo. Literalmente le estaba haciendo tragar el arma. Mientras cortaba la tráquea, la sangre salía a borbotones, mezclada con vómito y bilis; y el enano ahogaba algunos gemidos. Empujó hasta que sólo pudo verse la punta del mango saliendo por su boca. Lo hizo con una lentitud y una delicadeza, que requerían tanto autocontrol como sólo una mortífera máquina de matar podía hacerlo. Sonrieron, mientras el naugrim miraba con los ojos opacos, pero mirando aun. Elen entrecerró los ojos y asintió débilmente. Thalion empuñaba la espada. Tomó el mango con fuerza y tiró hacia afuera, liberando una catarata de sangre que se acumulaba en la tráquea hecha jirones. El cuerpo que había sido Orier cayó pesadamente al suelo, temblando convulso. En perfecto estado en apariencia, pero destrozado por dentro.

-¿Ya es tarde? –balbuceó Gani.

-Muy muerto –susurró Elen, negando con la cabeza-. Te dije que huyas –los dos elfos esperaban que el cuerpo dejara de temblar, sólo para asegurarse. Parecían divertirse con esa visión.

-Te amo –repitió, por enésima vez en la vida.

-No. Amas a Dís, te lo juro –lanzó una mirada severa.

-No –repitió Gani.

-Te mostraré –era consciente de lo que estaba haciendo. Sabía que Aldaril no estaría nada complacido. Sabía que podría arruinarse la vida en vano. Pero intentó salvar la vida del desconocido que alguna vez habría sido su amigo. Frerin miraba presuroso a los gemelos, que sostenían la mirada amenazante, de pie y perfectamente limpios entre el campo de cadáveres sucios de sangre y tierra.

Elen se inclinó sobre el enano y lo besó. Él respondió, cerrando los ojos, aferrándose a ella porque era todo lo que siempre había querido en la vida. Oyó el suspiro sorprendido del sanador oculto en algún lado. Oyó el temblor de sus manos y su conocida desesperación, sintió su respiración entrecortada y el arco tensarse bajo sus dedos. Juró que escuchó su corazón romperse. Pero si supiera que también lo hacía por él, si le dejara explicarle, daría todo. Gani no tembló, no sintió calor, no hubo aleteo. Entonces se apartó.

-Se siente –se le quebró la voz, y buscó una palabra mejor-. Nada –ella asintió.

-Porque no significa nada. Porque no me amas –sentenció.

-Oh, por Aulë –balbuceó, y cayó de rodillas cuando volvió a mirar.

Vio a Thranduil en armadura. Se veía enorme, comparado con como se veía cuando lo obligó a arrodillarse ante él. La ira desbordaba sus ojos. Su rostro estaba salpicado de sangre, pero no era suya. Empuñaba una espada larga, casi tan alta como él mismo. Pensó que se veía tan diferente de la primera vez que había pisado Erebor. Se veía más flaco, sus facciones más angulosas, los ojos hundidos. Pero sobre todo, la ira que desprendía de cada célula de su cuerpo era intimidante. Elen le sostuvo la mirada. No supo si estaba complacida, o si quería llorar, o si había sido demasiado rápido para lo que se merecían. Se asombró de sí misma al pensar así. Tenía la cabeza de Frerin por el cabello, completamente separada del resto de su cuerpo.

Parecía mostrársela al único naugrim que quedaba en pie, con descarado desdén. Gani derramó lágrimas. Era el último, no quedaba nada. Muy muerto, se dijo para sus adentros, preguntándose qué esperaba el príncipe para matarlo. Soltó la cabeza, que cayó pesadamente al suelo y la pateó hacia donde estaba el enano. Elen se mordió el labio. Thranduil se giró sobre sus tobillos y se retiró caminando pacíficamente. Thalion y Galion lo siguieron tras una seña del monarca. Gani desenvainó su espada, pero ella negó con la cabeza. Había oído los arcos tensarse sobre su cabeza. El disparo fue, como siempre, súbito. Una flecha se enterró en el hombro de Gani, y casi hubiera deseado que cayera en su garganta. El elfo no tenía mala puntería, sencillamente quería matarlo de a poco. Elen observaba sin expresión mientras el enano lanzaba un grito de dolor, de pánico y angustia, tomando la flecha con sus manos pero sin atreverse a sacarla.

Una figura saltó frente a ellos, y el enano se sintió desfallecer. Era el mismo, pero demasiado diferente a la última vez que lo había visto, aquel día con la mitad del rostro destrozado. Apuntó mirándolo a los ojos y la flecha fue debajo de la rodilla; segundos después otra se clavó en su abdomen. Elen le dedicó a su amado la mirada más dulce que pudo, pidiendo perdón con la mirada, conteniendo las lágrimas; preocupada más por él que por ella misma. Hubiera querido preguntarle cómo estaba, se veía terrible y herido hasta lo más hondo, más aun que Thranduil. El enano se revolvía de dolor en el suelo, mientras la media elfa sentía compasión por él. El elfo avanzó un poco más y acarició su pómulo con las yemas de sus dedos, como si no lo creyera, como si necesitara tocarla para saber que no era una ilusión. Ella esbozó una media sonrisa triste. Podía ver el dolor en sus ojos, y le dolía saber que había sido su culpa. Gani gritó de dolor mientras la sangre salía a chorros, notó que él moría y ellos ni siquiera se percataban de su presencia. Nunca había pensado que tal dolor era concebible, en cuerpo y alma. Deseó morirse de una vez, maldijo no haber escuchado a Dís, ni a Elen cuando le pidió que huyera. Había tenido razón. Morir es doloroso, pero vivir lo es aun más.

-¡Oye tú! ¡Tienes tan mala puntería! –Aldaril se molestó aun más, y avanzó para propinarle una patada en las costillas al enano agonizante que se revolcaba en la tierra, alrededor de los cadáveres que habían sido sus amigos.

Ella observaba, etérea, perdida, sin creerlo realmente, como si fuera parte de un sueño. Tomó las flechas que había clavado en su carne y las arrancó con fuerza, una a una, desgarrando músculo y todo lo demás a su paso. Elen vio las fibrillas ensangrentadas, quebradas, y recordó algo. Si hubiera querido que sientas dolor, esto te parecería una caricia con plumas. Era eso, quería que sintiera dolor. Alguien que puede curarlo, también puede brindarlo; y quien puede salvar una vida, también sabe como terminarla. Era eso, el lado oscuro, el guerrero implacable, herido y cruel. Desesperado, sin responder por sí mismo. Sin embargo, eso no la atemorizó. El naugrim tosió sangre y volvió a hablar, con una sonrisa idiota.

-Me han gustado los pechos de tu elfa –balbuceó. Esas palabras le quitaron el poco autocontrol que le quedaba. Soltó las armas y lo golpeó directamente con los puños, como si quisiera sentir el placer táctil de arrancarle la vida. Una y otra vez, incapaz de detenerse, como un caballo desbocado.

Elen lo observó, y fue como caer de pronto a la realidad. No pudo contenerse, cayó de rodillas sobre el suelo, y lloró. Eso no lo haría frenar. Gritó, suplicándole que se detuviera. Supo que iba a matarlo, que no era capaz de parar. Era indudable que se lo merecía. Ella lo había visto temblar de dolor, ahogado por su propia sangre, aferrándose a la vida con un empujoncito de su padre. También a ella la había herido en formas que aun no podía describir. Eso no era amor, realmente la hubiera cuidado. Pero debajo de ese desconocido ensangrentado, al que ya le faltaban varios dientes y parecía reaccionar cada vez menos con cada golpe, estaba el pequeñito que había salvado en Moria. En algún momento había evaluado la posibilidad de que el naugrim fuera la figura del sueño, pero nada podría haber sido más errado. Y ahora estaban allí los dos. Quizá si lo hubiera dejado caer por la cascada aquel día, todo hubiera sido mejor. Pero había querido a su amigo, y no le deseaba la muerte. Volvió a suplicar por él.

Parecieron pasar años. En un momento, se detuvo. Aldaril contempló su obra con pavor, como si despertara de un extraño letargo. Gani tosió sangre y lo miró a los ojos. Se preguntó que tipo de extraña fuerza lo había poseído, qué había hecho. Pero no se arrepintió. En secreto, se alegró de haber tenido el valor para dejar salir su lado oculto. Le tendió a la elfa una mano ensangrentada para que se levantara, pero no supo que hacer. Él la abrazó, repitiéndole que todo estaba bien. No, no estaba nada bien.

Escucharon los pasos que se acercaban. Gani suplicó que lo encontraran antes de que muriera desangrado. Lo iba a dejar ahí, para que sintiera como sus venas de iban secando, para que sintiera la muerte acercarse palmo a palmo. Eso era cruel. Ahora sabía cómo se habría sentido el elfo que lo miraba con miedo y dolor, con esa cicatriz que él le había hecho. Elen logró articular palabra, dirigiéndose al naugrim en un balbuceo quebrado.

-Volveremos a vernos. Entonces tráeme mi espada –había pensado que iba a despedirse, o decir algo compasivo. Pero no. Se decepcionó de ella, y en ese momento solamente, la odió. No respondió. Vio que Aldaril posaba sus labios sobre los de ella, posiblemente lo hacía a propósito para mostrar quien mandaba. Sintió el gusto levemente salado del sudor y las lágrimas, y ella susurró contra sus labios.

-Perdóname –Gani no llegó a escuchar, pero no importaba.

-¿Me amas? –inquirió, dirigiendo una mirada furtiva al enano, sin completar la pregunta, sin expresar con palabras esas dudas que lo agobiaban.

-Sí. Hice lo necesario –él asintió.

-En parte fue mi culpa dejarte meterte ahí. Perdóname –balbuceó, con la voz quebrada. Los pasos se hicieron más fuertes. Los arqueros de las ramas no habían dejado de apuntar. Elen observó a Gani, seguía respirando con dificultad.

-Vámonos a casa –propuso ella, entre lágrimas. Pronto el enano los vio desaparecer entre el follaje. Suplicó por su vida, escuchó los pasos y deseó que alguien supiera curarlo en cuerpo y alma. Rezó en silencio, y se abandonó al dolor de sus propios errores, de haberlo perdido todo.


Buenas! Volví. Bueno, respiremos. Ya, ok, sigamos. Sigo pensando que fui muy suave con esta gente. Originalmente este iba a ser el anteúltimo capítulo, pero luego pasaron cosas como los personajes teniendo vida propia, y cerrar un poco mejor. Así que será un poco más. Realmente quería escribir algo sobre Legolas, y demás.

Gracias por leer, aunque me haya atrasado con la lectura jajaja. Pero volví a leer a y escribir, y ahora tengo haters además de fans. Me siento muy importante. Los amo a todos, besos gigantes!