Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.

Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.

Nota: Hay un cartelito para señalizar el paso de tiempo... ¡No me demanden por él! Pero no supe de qué otro modo hacerlo sin que se leyera extraño...


Capítulo 25: Lo que pasa en Seychelles, se queda en Seychelles.

¿Qué ocurrió anoche? Buena pregunta. Porque mientras todos creían estar durmiendo plácida, profunda y completamente EBRIOS, algo similar a un huracán debió de haber pasado por TODAS las cabañas. Las cortinas estaban en el suelo, los muebles volteados o desarmados, el suelo no podía verse bajo la montaña de ropa y demás artículos que lo cubrían, los baños eran una jungla de toallas, espuma de jabón, shampoo, una resbaladiza trampa de cremas, agua y botellas de perfume quebradas. Las habitaciones no estaban en condiciones muy diferentes: impenetrables, hechas un frondoso bosque de ropas, sábanas, cortinas: un homenaje al inaccesible amazonas brasilero.

No había hasta ahora NINGUNA respuesta que no incluyera dubitativas suposiciones, inseguras declaraciones, vacíos, inquietantes muletillas y tal vez uno que otro enfurecimiento, producto de la migraña y la eventual pérdida de memoria debido a la borrachera de la noche anterior. Y tampoco había indicios que entregaran suficiente información acerca de lo que aconteció mientras todos se hallaban bajo la influencia del alcohol.

En una de las cabañas, comenzaba la actividad. Diego, el argentino, el primero en despertarse, trató de incorporarse inútilmente del tablón de la mesa, que era donde se había quedado dormido.

— Dios… mi cabeza…

— Todo me da vueltas…— se lamentó el venezolano.

— Quiero vomitar…— avisó el chileno con voz queda, mientras se daba vueltas en el sofá-cama.

— ¿Alguien ha visto mis pantalones?— preguntó Joaquín, el colombiano. Tanteó sus alrededores, y tomó algo que a su tacto se sintió extraño — ¿Qué hace éste sostén aquí?

— Manuel… estás poniéndote verde… ¡Anda al baño, rápido!— indicó el peruano, el único sobrio en la casa. El chileno se incorporó de un salto, y con una mano cubriendo la boca corrió al habitáculo, abriendo rápidamente la puerta, haciendo que el madero impactara de lleno en la cabeza del mexicano, quien al parecer había pasado la noche allí.

— ¡Carajo…!

— ¡Déjame pasar!— demandó Manuel, antes de empezar a hacer arcadas. Francisco se movió lento, y dado el mareo que sentía, prefirió gatear fuera del baño. En seguida, el chileno se encerró.

— Oigan… todos ustedes se ven muy mal— gimió el peruano.

— ¿Y qué de ti? ¿Por qué no estás agonizando en el suelo?

— Yo no bebo.

— ¿Ah no?

— Anoche tomé jugo. Y los traje a todos y cada uno de ustedes hasta acá ¿Sabes cuántos viajes tuve que hacer de ida y vuelta desde el local?

— ¡Gracias, José…! Por cierto… como tú nos trajiste ¿No viste de casualidad dónde dejé mis pantalones?

— En el bar.

— ¡Iré a buscarlos de inmediato…! Y… ¿De quién es el sostén? Ese de encajes que está en el sillón.

— Eso no lo sé.


Mientras tanto, en la cabaña contigua, los eslavos y bálticos habían despertado y comenzaron a moverse perezosamente en sus colchas.

— Feliks…

— ¿Sí, Eduard?

— ¿Qué hora es…?

— Te digo de inmediato… eh…— el polaco se dio vuelta, y quitó el calcetín que tapaba la pantalla del reloj digital — ¡Más de la una de la tarde!

— Hay que levantarse… ¡Auch…!— el estonio, al tratar de incorporarse, sintió un punzante dolor en la cabeza, que le obligó a dejarse caer nuevamente en la cama — No recuerdo haber venido desde el local anoche… ¿Cómo llegamos aquí?

— Yo te traje a ti y a Liet, o sea, como que estoy acostumbrado al Vodka, y no fue problema para mí el ayudarlos a ustedes… e Iván me ayudó.

— ¿Dónde está Toris?

— En la habitación del fondo, la que era para uno.

— ¿Y Raivis?

— En el sofá-cama.

— ¿Y las señoritas Natasha y Yekaterina?

— Se supone que Iván las traería…

— Iré a ver cómo está Toris— dijo Eduard, haciendo una vez más el intento de ponerse de pie. Ésta vez tomó la precaución de moverme más lento, sujetarse de los maderos de la cama, las paredes, e intentar no tropezar con las cosas que estaban tiradas en el suelo. Abrió la puerta de la habitación, y miró en dirección al lugar donde Raivis supuestamente estaría. La imagen era borrosa, y tenía al menos cuatro réplicas hacia su vista ¿Por qué…?

— (¡Mis gafas! ¡Están rotas!)— pensó el báltico, tocando el cristal de sus anteojos. Dio un paso fue de la pieza, y se soltó de la pared. Permaneció de pie un momento, mirando a todos lados, y en eso, distinguió al fondo del corto pasillo al letón, en cuclillas frente a la puerta del fondo — ¿Raivis?

— ¡Ah…!— el aludido dio un respingo — Hola, Eduard…

— ¿Qué haces?

— ¡Mira, mira! Ven a ver…— llamó, haciendo gestos con una de sus manos. Su sonrisita se ensanchó picarona y tiernamente, cuando acercó nuevamente el rostro al madero de la puerta.

— ¿Espías a Toris por la cerradura?

— No solo a Toris…

— ¿A qué te refieres…? No me digas que…

— Pasó la noche con nuestra jefa. Ya sabes…— soltó una risita nerviosa, y luego, susurró: — Durmieron juntos.

— ¿En serio?

— Compruébalo tú mismo.

— No miraré por la cerradura— dijo, girando el pomo con cuidadosa lentitud, y empujando suavemente el madero. Una rendija quedó a disposición de sus intenciones. Se acercó, y corroboró los dichos del menor.

Efectivamente, el lituano dormía con "la" rusa, estrechándola entre sus brazos mientras "ella" reposaba sobre él, con la cabeza en su pecho, y las manos aferradas a la camisa desabotonada del mayor de los bálticos. Parecían tan impávidos, serenos, tan a gusto, acurrucados y abrazados en el lecho. Eduard suspiró.

— Parece que Toris ha pasado una buena noche.

— Tiene marcas de besos en la cara y el cuello— señaló Raivis en una risita.

— Dejémoslos descansar otro poco más…— el estonio volvió a cerrar la puerta, con el mismo cuidado y delicadeza con la cual la había abierto.

— ¿Crees que Feliks vaya a enojarse?

— No lo hará si no le decimos, y si no lo descubre él mismo tampoco — dijo Eduard en voz baja — A todo esto… ¿Y las hermanas de la jefa?

— Cuando la jefa comenzó a traernos hasta aquí, primero cargó a Toris, y luego, fue a buscar a la señorita Natasha… pero tuvo problemas con ella en el camino, y la dejó caminar sola como ella demandó, más o menos llegando a la playa… pero la señorita Natasha no llegó aquí…

— ¿Y la señorita Yekaterina?

— Cuando la jefa fue a buscarla al bar, ya habían cerrado. El dueño dijo que no se preocupara: que estaba acompañada, y él mismo les daría algunas sábanas y almohadas a las personas que se quedaron allí, si no me equivoco… fueron cuatro o cinco…

— Entonces… ya sabemos dónde está ella, pero… ¿Y la Señorita Natasha? ¿Dónde se habrá ido?


Para responder a la pregunta de Eduard bastaría nada más echar un vistazo a la cabaña más próxima al camino que conducía al local nocturno donde los brindis habían protagonizado el evento. Allí, totalmente silenciosa, y en condiciones de orden y limpieza muchísimo mejores que todas las otras, cinco personas dormían en incómodas posiciones: dos de ellas en una habitación, y las otras tres en el comedor.

El primero en despertarse, y dada la dureza de su lecho, fue Govert. El holandés había dormido en el suelo, estirado cuan largo era, boca-abajo, abrazado a un cojín mediano perteneciente al sillón más grande. Se incorporó adolorido, mareado, con un grueso hilo de saliva descendiendo de su boca.

— Ah… ¿Dónde estoy…?— murmuró, tratando de fijar la vista en algún punto de la cabaña. Todo era doble, borroso, confuso… ¿Y qué era ese olor…? ¿Perfume? Efectivamente. La botella de perfume de Emma había caído, y al impactar contra el suelo se hizo pedazos. El cojín estaba empapado de él.

Y ahora que recordaba a Emma… ¿Dónde estaba…?

— ¡Emma…! ¡Emma…!

— ¡… Oye…! ¡No hagas alboroto…! ¡… Quiero dormir…!— protestó el suizo desde el sillón más grande, en el cual había pasado la noche.

— ¿… Vash?— el holandés subió la vista. Entonces, Vash notó que el semblante de su compañero se tornaba poco a poco en uno sorprendido, con los ojos bien abiertos, y luego, comenzaban a entrecerrarse bajo el entrecejo fruncido, encendidos en furia — ¡Maldito bastardo…!

— ¿Qué? ¿Cómo me llamas…?— el suizo intentó levantarse, pero en seguida el peso del cuerpo de la belga sobre el suyo detuvo sus impulsos. Estrechamente abrazada a él, estaba Emma. Quizás no es las mejores condiciones ni el aspecto más angelical y bello, aunque sí era de destacar que con un hermano mayor tan temperamental y sobreprotector como Govert, el hecho de que su protegida se hallara en tan comprometedora situación con él, era motivo para alarmarse…

— ¡Suelta a mi hermana!

— ¡E… ella es quien me está abrazando…!

— ¡Emma, despierta! ¡Y bájate de encima de Vash! ¡Oye, Emma…!— Govert se sentó en el suelo, y comenzó a remecer a la europea bruscamente. Dio indicios de recuperar la consciencia, entreabriendo los ojos, y luego, dando un largo bostezo.

— Hola… hermano…

— Señorita Emma— llamó Vash, tocando el hombro de la belga. Ella alzó la vista y se sonrió amplia y gatunamente.

— Hola, Vash…— saludó, incorporándose hasta quedar sentada sobre las piernas del suizo. Se desperezó, y arregló la falda que se había arremangado hasta casi la mitad de los muslos, de seguro con la posición que había adoptado para dormir. Peinó su cabello con los dedos, y luego, miró a sus compañeros — ¿Cómo han pasado la noche?

— Eh… y-yo…— Vash comenzó a sonrojarse — ¡Señorita Emma…!

— ¡Oh! Lo siento— rió inocentemente, elevándose sobre sus propias rodillas aún sin abandonar del todo su sugerente postura sobre Vash. Govert enrojeció casi tanto como el alpino, siendo en él la causa la creciente vergüenza y enojo. El holandés se puso de pie, con cierta dificultad, y tomó a la belga en sus brazos. Luego, la depositó de pie en el suelo.

— Mucho mejor.

— Creo que sí… ¡Ah, Vash! ¿En qué cuarto está Lily?

— En el de las dos camas ¿Por qué?

— Necesito devolverle su broche— explicó la europea, señalando el prendedor de mariposa en el centro de su pecho — Se lo pedí porque el primer botón de mi blusa se desprendió minutos antes de ir al local ayer en la noche, y no quiero que se me olvide…— en eso, interrumpieron dos gritos de diferentes voces, provenientes desde el cuarto donde se supone estaba la liechtensteiniana.

— ¡Lily!— el suizo se incorporó de un salto, y trató de correr en dirección al cuarto de donde provenían los alaridos. Por poco tropezó con los zapatos que estaban regados por doquier, las patas de las sillas, y algunos frascos de cremas que estaban a su paso. Y entre tantos traspiés, por fin llegó a la puerta, colgándose del pomo para no caer. Lo giró presuroso, y empujó el madero hasta que impactó con la pared interior del cuarto.

— ¡¿Qué se supone hago aquí?— dijo Natasha, cubriéndose hasta el pecho con la sábana de la cama que había compartido con Lily, a la vez que la menor, del otro extremo del lecho, imitaba su gesto con el cobertor.

— ¡S… s-señorita Natasha…!— gimió Lily — ¡L-lo que pasa… es que usted llegó aquí por la noche…!

— ¡¿Qué?

— ¡Llegó aquí y…! ¡D-debe haberse confundido de cabaña…!

— ¿Quieres decir… que me metí en tu cama por la noche?

— S-sí.

— ¡¿Y por qué no me avisaste?

—N-no quise hacerla enfadar… y tampoco quise despertarla una vez que se había dormido…

— ¡¿Tú qué haces aquí?— Vociferó el suizo, señalando acusadoramente a la bielorrusa — ¡¿Y qué estabas haciéndole a Lily?

— ¡No sé cómo demonios llegué aquí, y no le he hecho nada a tu hermana!— se defendió ella, apretando aún más la sábana contra su cuerpo — ¡Salga del cuarto! ¡¿No ve que estoy sin vestido?

— He-hermano… descuida, sólo… ha sido un malentendido y una sorpresa…— dijo la liechtensteiniana — ¿Po… podrías por favor darnos un momento…? T-también… necesito vestirme…

— (¿Qué hacen ellas dos… desvestidas…?)— nuevamente, Vash comenzó a enrojecer. Cerró de un portazo, dejando a ambas jovencitas a solas nuevamente.

— ¿Qué ocurre, Zwingli?— preguntó el holandés.

— N-nada…

— ¿Qué pasaba con Lily? ¿Por qué gritaba? ¿Y quién estaba con ella?— añadió Emma, ladeando la cabeza.

— ¡Les digo que no sucede nada…! ¡Es todo un malentendido…! Lily está bien, no es nada grave, sólo… que tuvo visitas durante la noche…

— ¿Visitas?

— Alguien se equivocó de cabaña, y pasó la noche con nosotros— explicó él — La hermana de Braginsky, p-pero… ya se va.


A metros del lugar, cruzando la calle, cuatro de los "turistas" comenzaban a recibir los primeros estímulos sonoros, señal de que el dueño del local comenzaría una nueva jornada de trabajo, y él y sus ayudantes se empeñaban en ordenar y limpiar el lugar, procurando estorbar lo menos posible a sus durmientes clientes.

Una de ellas, Hahn, se removió en la colcha que los del bar habían dispuesto en el suelo para ella y su compañero, en conjunto a un buen número de sábanas y frazadas amontonadas a los pies, inútiles y arrugadas. A cambio, una chaqueta de vestir de talla grande le estaba sirviendo de abrigo, al menos para la parte superior de su cuerpo, y su espalda de hallaba en un cómodo ángulo apartado del suelo. La vietnamita abrió los ojos, sintiendo el escozor de la luz dando de lleno en ellos. Se removió, notando que estaba apoyada contra el cubano, quien sentado junto a ella, se hallaba ya despierto en espera de que su compañera recobrara sus cinco sentidos.

— Buenos días, señorita.

— Buenos días, Hugo…— saludó somnolienta, volviendo a cerrar los ojos.

— ¿Pasó mucho frío en la noche?

— Un poco…

— Hubo un rato, como a eso de las cuatro, que se despertó tiritando. Como durmió apoyada en mí, no me iba a poner a buscar las sábanas para incomodarla, así que la tapé con mi chaqueta.

— Sabía que de alguna parte conocía éste aroma— dijo en una risa, atrayendo la prenda hacia su rostro — Tabaco y loción… ¿Es nueva?

— Hum… casi. La uso sólo en ocasiones especiales.

— Me gusta.

— Ahora debe estar también con su perfume— rió el centroamericano — Así que me niego a lavarla.

— Parece que no estuvimos solos— señaló la asiática, mirando en la dirección donde el canadiense y la ucraniana, también en una colcha, se hallaban profundamente dormidos, tapados con las sábanas y frazadas.

— Fuimos cinco los que nos quedamos, pero… uno hace poco se fue. No me acuerdo quién.

— El local ya va a abrir… ¿Los despertamos?

— Hum… No ¿Para qué molestarlos? Que descansen…— el cubano se acomodó, de modo que logró pasar su brazo por la espalda de la vietnamita para no dejarla caer en la colcha. Cuando el otro la asió por las piernas, ella mostró extrañeza.

— ¿Qué haces?

— La llevaré con su familia, chica. Le dije a su hermano que iba a cuidarla mucho, y tengo que cumplirle. Ahora le toca ir a ver a sus hermanos para que sepan que está bien.

— ¿Y vas a cargarme?

— Por supuesto ¿O le molesta?

— No. Como gustes— apremió, sonriéndose. El americano la levantó de la colcha, y la acomodó sobre sus brazos. Uno de los encargados del local se adelantó a abrir la puerta para facilitarles la salida del recinto. Se alejaron en dirección a la playa, donde para su sorpresa, encontraron algunos de sus compañeros tendidos en la arena durmiendo.

— Lo que hace una noche de copas— indicó divertido Hugo, a lo que su compañera correspondió con una risa.

La cabaña ocupada por los asiáticos estaba un poco más alejada del bar en comparación a las otras. El cubano llevó hasta allá a su compañera aún tapada con su chaqueta, somnolienta y silenciosa. Cuando llegaron, y Hugo dio el primer paso para subir los tres peldaños que separaban la construcción del suelo, el tailandés abrió la puerta. De seguro, habría estado mirando por la ventana a la espera de que su hermana estuviera de vuelta.

— ¡Gracias! ¡Muchas gracias por traerla! — dijo Phaibun en cuanto salió a recibir al centroamericano — ¡No sé cómo agradecerle que haya cuidado de ella toda la noche! ¿Ha tenido algún problema?

— Ninguno. Es toda una angelita.

— Le juro que cuando el dueño del local me cerró la puerta y dijo que no podía entrar a buscarla, sentí que moriría… Menos mal que usted se ha tomado la molestia de cuidar a Hahn… ¿Cómo puedo pagarle?

— No se preocupe, chico. Para mí ha sido todo un placer y no tiene por qué pagarme nada— carcajeó Hugo. Ingresaron a la cabaña, donde el latino tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tropezar con las cosas que estaban tiradas en el suelo. Llegó por fin al lugar donde el sofá-cama estaba extendido, y depositó a la vietnamita sobre las desordenadas sábanas. MeiMei se acercó desde el fondo del pasillo, ya vestida y arreglándose el cabello.

— Gracias por cuidar de nuestra hermana y traerla hasta aquí, Señor.

— No ha sido nada, jovencita.

— Phaibun no ha podido dormir en toda la noche. Caminaba de un lado a otro y miraba por la ventana a cada instante— dijo la taiwanesa. Phaibun se encogió de hombros, a la vez que Hahn y Hugo compartían una mirada divertida — En serio le estamos muy agradecidos por el favor.

— Bueno. Ahora me toca dejarlos. Descansen y relájense. Puede que los vea durante la tarde— el cubano hizo un gesto de despedida, y abandonó la cabaña.

— Phai… ¿En serio no dormiste? — preguntó la vietnamita.

— Ni un segundo…

— Pero no ha sido el único. Lee tampoco ha podido dormir nada.

— ¿Y eso por qué?

— ¿Quieres que te responda por qué? — dijo el hongkonés desde el umbral de la puerta, luciendo mucho más pálido que nunca, con un par de enormes ojeras bajo los ojos — ¡Es muy, MUY mala idea dejar a dos personas ebrias en una misma habitación, para colmo, durmiendo juntas!

— ¿Eh?

— ¡Pudiendo haberse dormido de inmediato, quedarse calladitos y no molestar a nadie, eligieron hacer el alboroto más grande que se pudiera…!

— ¿A qué te refieres? ¿Y a quiénes…?

— Mei, no me digas que no los escuchaste— exclamó sorprendido el joven. A sus espaldas, y recién despertado, el norcoreano se quedó de pie, extrañado y confundido. Lee no dio cuenta de su presencia — En un principio no sabía si estaban peleando, si se arrojaron cosas, o qué. Pero Yong ayudó a Yao a caminar hasta su cuarto…

— Hace mucho que Yao no bebía tanto, es entendible…

— Y Yong no parecía tan mareado.

— Eso ya lo sabía. La cosa es que mientras yo ayudaba a Hyung para que pudiese llegar hasta acá, Yong se encargó de Yao, y MeiMei de Phaibun y Kiku. Logré recostar a Hyung en su cama y hacerlo dormir. No fue tarea fácil. En eso, comienzo a escuchar ruidos desde la pieza contigua. Me levanté, traté de abrir la puerta, pero la tenían asegurada por dentro. Al poco rato, escuché la cabecera de la cama golpeando muy fuerte la pared, gritos, cosas ininteligibles, así que ya sabrán qué…

— ¡MATARÉ A ESE PERVERTIDO! — vociferó el norcoreano a espaldas del hongkonés, al momento que lo empujaba, salía a toda velocidad de la habitación, y trataba de echar abajo la puerta de la habitación que su hermano y "la" china habían compartido.

— ¡Hyung, no!

— ¡Mei, sujétalo! — dijo Lee, aventándose contra el de la trenza — ¡Contrólate…!

— A- Ana~… esto no tiene buen aspecto…

Los gritos y forcejeos al exterior de la habitación lograron hacer que el surcoreano y "la" china despertaran. Yong Soo se incorporó en el lecho hasta quedar sentado, y luego recostó la espalda en la cabecera de la cama. Masajeó sus sienes con los dedos. Sentía que desde el interior, algo daba tumbos en su frente y nuca.

A su lado, Yao se acomodó en la colcha, enredándose aún más con las sábanas. Estaba cubierto hasta casi la nariz, con el cabello suelto y despeinado, extendido como una sedosa cortina castaña sobre la almohada. "La" china parpadeó un par de veces hasta poder aclarar su vista, bostezó por debajo de los lienzos y se volteó a mirar a su compañero de lecho.

— ¿Yong Soo?

— Buenos días.

— ¿Qué sucede…?

— Alguien estaba gritando afuera… — el surcoreano cerró los ojos — Me duele la cabeza.

— El botiquín está en tu mesilla de noche. Busca pastillas allí-aru…

— De acuerdo— el joven volteó, encontrándose con un cúmulo de desorden, vasos quebrados, ropa empapada en ungüentos y cremas — Eh… ¿No está de tu lado?

— Buscaré-aru— Yao trató de levantarse. No sólo descubrió con extrañeza su torso apenas cubierto por una muy arrugada camisa china, sino que al momento de elevar el tronco, se vio en la urgente obligación de volver a acostarse. Los ojos se nublaron y ardieron en lágrimas que no alcanzaron a descender hasta que su espalda hubo nuevamente estado apegada a la colcha. Bajaron por el rabillo, surcaron las palpitantes sienes entibiándolas a su paso, para luego, enfriarse. La dolorosa y ardiente corriente de dolor siguió martillándole internamente los huesos, preferentemente las piernas, los brazos, pero por sobretodo la parte baja de la espalda.

— ¿Yao?

— A… ay… me duele todo-aru~…— gimió "la" china. En su vida, el único dolor comparable a aquello era haber sido pisoteado o aplastado por un panda, o algún otro cuerpo de grandes dimensiones, y que luego, se moviera sobre él para machacar su osamenta. A eso, añádanle un golpe en la cabeza… ¡No! Al menos tres o cuatro, con fuerza bruta, o tal vez guantes de hierro…

— ¿Dormiste torcido?

— N… no… ¡A-auch…!— se quejó nuevamente, tras intentar en vano ladearse sobre el colchón — ¡No puedo moverme…!

— Qué raro… yo estoy en perfectas condiciones, así que la cama no ha sido…— el surcoreano hizo el intento de incorporarse, pero una nefasta sensación de dolor lo asaltó al momento que intentaba girarse… ¿Era un augurio de senectud, o algo andaba mal con su espalda y cadera?

— ¿Qué te pasa-aru?

—A-auch… tampoco puedo moverme… mucho…

— ¿Qué será…? Ah…— "la" china comenzó a enrojecer, al sentir el contacto de sus piernas al desnudo con la parte más fría de las sábanas… ¿No estaba con pantalones la noche anterior? ¿Y no era la susodicha y extraviada prenda la que figuraba del otro lado del cuarto junto con… la ropa interior…?

¡Algo estaba muy mal ahí!

— Uh oh…

— ¿Qué pasa, Yong…?

— ¿Cuánto sale reparar una pared de éste material?— preguntó el menor, señalando en dirección a la cabecera de la cama.

— ¿Por qué?

— Mira…— enseñó extendiendo dificultosamente el brazo una profunda zanja de madera destruida y sin pintura, a la altura del canto de los maderos que conformaban el respaldo del catre. De seguro, los insistentes golpes de la estructura durante la madrugada habrían cavado aquel alargado agujero, desprendiendo la pintura y sacando a cada embate pedazos de la madera.

— ¿C-cómo pasó eso…? Yong… ¿Qué ocurrió…?

— N-no lo sé…

— ¡No me vengas con eso-aru…! ¡A… ay!— Yao hizo su mayor esfuerzo por sentarse en la colcha. Se apoyó en el brazo que consideró menos afectado, elevó el tronco, aguantó la respiración, se impulsó hacia arriba, y finalmente se dejó caer hacia el lado, apoyándose en el brazo del surcoreano — Mi cuerpo~…

— Relájate. Yao… deberías recostarte y descansar ¿Traigo un médico?

— No seas ridículo-aru.

— ¿O le pido a Phaibun que venga a verte? Él sabe de masajes, y puede que lo que necesites…

— ¡Lo que necesito es una explicación…! ¿Cómo llegó mi ropa hasta el otro lado, por qué me duele todo el cuerpo, y por qué no recuerdo nada…?

— Saquemos conclusiones…— sugirió Yong Soo, adoptando una pose pensativa — A ver… llegamos aquí pasadas las tres y cuarto de la mañana… Lee y MeiMei no bebieron, y estaban ayudando a Phai, a Kiku y Hyung… yo no estaba tan mareado, así que te traje en brazos…

— ¿Ah sí?

— Sí. Cuando entramos, Lee tuvo que calmar a Hyung y tratar de hacerlo dormir.

— ¿Por qué?

— Algo que siempre le sucede cuando bebe de más, pero es controlable con algunos calmantes. Luego… si no me equivoco, MeiMei llegó aquí sólo con Kiku, pero…

— ¿Y Phaibun?

— Regresó al local. No sé por qué.

— ¿Y Hahn…?

— ¡Phai fue a buscar a Hahn…!— dedujo Yong Soo — Luego nos encerramos aquí, y… eh…

— ¿Y?

— Venías casi dormido cuando llegamos. Te recosté y de inmediato te arropaste. Yo me acosté a tu lado y… ah… eh…

— ¿Qué más?

— Vas a querer matarme…

— ¿Por qué?

— Fue todo tan confuso…— suspiró el menor, bajando la vista — Algo raro te dio, pero bastó con que apagara la lámpara que… ahora no sé dónde está— señaló la mesilla de noche — Bueno. La apagué y de inmediato sentí tus brazos en mi cintura. Estaba dándote la espalda, así que… no sé en qué minuto te me acercaste tanto… e-entonces…

— ¿Entonces…?

— ¿Has escuchado un famoso dicho que dice "La carne es débil"?

— Un minuto… ¿Estabas consciente de todo lo que estaba pasando, Yong? ¿Y aún así…?

— ¡N-no me pude resistir…! ¡Yao, por favor, no me odies!— imploró el surcoreano, abrazando a su "hermana" — ¡Nunca antes me había pasado algo así…! ¡Y más allá de tocarte y reclamarte como mío, de golpear a todos los que se te acercan y tratar de verte sin ropa, jamás había pensado en acostarme contigo! ¡No sin tu consentimiento…!

— ¡¿Que qué…? ¡Aprovechaste que no estaba en mis cinco sentidos-aru!

— ¡Lo lamento…!— gimió contra su hombro — P-pero… en serio iba a negarme. Sólo que me insististe tanto que me hiciste reconsiderarlo… me volteé a verte, y cuando sentí que… comenzabas a tocarme… ¡No me pude contener…!

— Y-Yong… matas mi espalda…— se quejó "la" china, haciendo el sobrehumano esfuerzo de apartar a su hermano, empujándolo con suavidad — ¿Estás inventándolo, o… en serio hice eso-aru?

Obligó al menor a subir la vista. Notó sus mejillas enrojecidas, los ojos vidriosos, a punto de comenzar a lagrimear, la ausencia de su habitual sonrisa. Sabía cuando Yong Soo mentía, cuando estaba feliz, triste, cuando hacía cosas malas y cuando se arrepentía de ellas. Lo conocía demasiado, y aunque su furia hubiese llegado al tope de lo humanamente soportable, jamás le negaría a Yong la posibilidad de ser perdonado. Lo quería mucho como para llegar a odiarlo de un segundo a otro por haber cometido un error, quizás uno de los más grandes de su vida, pero un error a fin de cuentas.

Era tan humano como él, tenía sus instintos, sus límites, sus penas, y Yao sabía que desde niño, el menor había desarrollado un afecto por él que iba más allá de lo fraternal, rayando un poco en lo incestuosamente enfermizo. Gustaba de sentarse en sus piernas; de desviar la cara cuando pedía el beso de las buenas noches, a fin de sellar su tan ansiado "primer beso"; de abrazarse estrechamente a Yao, escuchando los latidos de su corazón con la esperanza de que algún día compartiera el acelerado ritmo del suyo. Esos sentimientos que creyó desaparecerían en conjunto su infancia fuera dejada atrás, se tradujeron en un amor obsesivo, algo inmaduro, pero ante todo bien intencionado, aunque para su tristeza, nunca correspondido.

No darle la oportunidad de amarlo como siempre soñó ya era bastante cruel. Aunque no carecía de justificaciones, de más está decirlo. Pero no darle la oportunidad de ser disculpado, más aún cuando estaba verdaderamente arrepentido, sería aún peor. Yao ya se sentía lo suficientemente culpable de tener a su "adorable pequeño" sufriendo por él (aunque a menudo negara lo mucho que le dolían sus rechazos). Por tanto ¿Necesitaba Im Yong Soo sufrir más de su habituada cuota de dolor?

— Yong…

— Perdóname…

— No llores…— pidió "la" china, tocando la mejilla del surcoreano — No llores…

— No sabes cuánto lo siento…— gimió él, tocando la mano de la "mujer", apartándola, pero manteniéndola estrechada entre sus dedos. Tenía las intenciones de llevarla a su pecho, o a sus labios para besarla… pero después de haber hecho el amor con Yao en tales condiciones, se sentía lo suficientemente bajo y despreciable como para apreciar cómo aquella mano, la que así como tantas veces le despeinó cariñosamente golpeó su mejilla otras tantas, ardía entre sus dígitos. Dolía. No era digno de tocarla, no después de haberla hecho "suya" de esa forma.

"Ella" insistió en palpar su rostro. La otra mano se levantó para secar una lágrima que apenas y se había dado a la fuga cuando él pestañeó. Yong se mordió el labio. Al principio suave. La esencia y dulzor de los besos de "la" china aún descansaba en ellos. Era tortuoso. Quiso castigarse. Clavó el colmillo en la carne blanda y rojiza, haciendo brotar sangre de la nueva herida. Sintió la mano que había limpiado gentilmente su lágrima, ahora golpeaba su mejilla.

— ¡No te hagas eso, tonto!— reprendió "ella" — Te lastimas…

—… me siento muy mal…

— Entiendo por qué, pero… Yong, tranquilo…

— Tienes motivos para odiarme ahora más que nunca…

— Nunca te odiaría-aru— afirmó severo, entrecerrando amenazadoramente los ojos bajo el entrecejo fruncido — Por nada lo haría…

— Pero yo te…

— ¡Ya sé lo que hiciste!— interrumpió, subiendo la voz — De todas las veces que te has equivocado… de todas las veces que me has hecho enfadar…

— Dilo… me lo merezco…

— Ésta ameritaría ser la más grave de todas-aru…— Yao suspiró — Pero no puedo permitirme ser más cruel de lo que ya he sido contigo desde siempre…

— ¿De qué hablas?

— Sé bien lo que pasa dentro de ti. Lo que sientes y lo que piensas… y es porque también lo he vivido-aru. Y no es nada que no pueda perdonarte. Después de todo… tú tampoco eras plenamente consciente de lo que hacías. Y si he sido yo quien te sedujo, quien debería estarse disculpando: soy yo.

— Pero…

— Déjame terminar— pidió, abandonando su duro semblante, para mirarle con esa ternura y comprensión que desde muy niño hicieron que el corazón del menor latiera más rápido, y revolotearan mariposas en su estómago — Ante todo… quiero que sepas que tarde o temprano deberás superarlo. Y madurar. Seguro que no será la última vez que te lo diga-aru…ya he hablado de esto contigo muchas veces…

— Sí, lo sé… eres mi hermano y…

—… los hermanos se respetan como tal. Pese a todo, no he logrado modificar tu conducta-aru. Y no creo que sea porque no lo entiendas, sino… sino…— Yao bajó la vista. La mano que Yong Soo aún sujetaba se libró, y se posó sobre el pecho del surcoreano. Los golpecitos del corazón apremiaron su mimo, y comenzó a bombear con apresurado compás — Porque lo que llevas aquí dentro es más fuerte que todas las otras cosas que intento inculcarte. A veces para mal, debo decir…

— Lo sé…

— Pero de todo corazón agradezco tus buenas intenciones-aru. Valoro mucho tu entrega, tus cariños… no eres una mala persona, y hagas lo que hagas, fundado en el cariño que me tienes, jamás va a cambiar eso. Aunque sean locuras que me hagan enfadar— se sonrió, y tratando de luchar contra los calambres de su cuerpo, llevó su mejilla a ocupar el lugar de la mano en el pecho del muchacho. Al principio, Yong Soo se quedó sin reaccionar; luego, y lagrimeando nuevamente, un arrebato de emociones le llevó a abrazar a "la" china con cuidado, palpando su cabellera y su espalda, acariciándola con cariño, atrayéndola hacia él.

Quiso repetirle una vez más lo mucho que "la" amaba. De no ser porque antes que las primeras palabras pudiesen tomar tono y forma, fueron interrumpidas en su paso hacia los labios, una vez que estos por su cuenta le ordenaron al surcoreano presionarse contra la mejilla de "la" mayor. Chasquearon característicamente con el ruido de los besos felices e infantiles, dejando una huella roja de sangre sobre la piel de "la" china. Sollozó contra su hombro, apenas convulsionando ante los embates de sus lamentos golpeándole el pecho. Entonces, lo sintió. Ahí, justo sobre él.

El pecho de Yao se comprimía contra el suyo, subiendo y bajando con su respiración. La caricia del torso semidesnudo resultó ser el suficiente estímulo como para que su bomba de vida, aquella encerrada entre las costillas, la que en su más tierna infancia se enloquecía cada vez que pensaba en su "hermana", se acelerara una vez más. Lo más emocionante, fue sentir como los latidos de Yao marcaban el mismo tiempo e intensidad que los suyos.

Por unos segundos, los sintió. Cerró los ojos, y sonrió.

— No puedo culparte de lo que sucedió. Tampoco odiarte, y mucho menos dejarte sin disculpar… Yong Soo… gracias por quererme-aru.

Las palabras pesaron en su consciencia lo mismo que sus culpas y sus penas. Algo dentro de él estalló sin causarle dolor, irrigando una tibieza que exacerbó las cosquillas de los aleteos de las mariposas en su estómago. Se sentía bien. Tan liviano y cálido, tan dulce… ¿Era así como debía sentirse el amor?

No hubo tiempo de asimilarlo o responderse. No con aquél compás de palpitaciones compartidas volviéndole loco, las manos de "la" china aferrándose a la mal puesta camisa, su sonrisa cautivándolo como siempre lo hizo...

Y los endulzados labios adueñándose inesperadamente de los suyos.


Otras cabañas ocupadas con más gente, ahora casi lúcida, iniciaron su actividad entrada la media tarde. Tal fue el caso de la compartida por el disfuncional grupo de germanos, latinos y angloparlantes.

Francis, Arthur y Alfred dormían en la cama matrimonial, imitando las cuadrículas del Tétris* con posiciones extrañas, y las sábanas apenas cubriéndolos. Alfred no se había desvestido para dormir, Arthur estaba a sin los pantalones y la blusa desabrochada, y Francis con suerte traía ropa interior.

En el cuarto contiguo (el de dos camas), dormían plácidamente en una de ellas Antonio y Lovino. El italiano estaba en la pose que, estando consciente y despierto, se le habría hecho la más indeseada y vergonzosa de todas, mientras que el español, posicionado sobre el romano, se había hecho lugar entre sus piernas para poner la cadera. Cómo no, Lovino era todo un osito de peluche al tacto, digno de ser abrazado por su compañero. La otra cama estaba vacía, aunque desordenada.

El cuarto del fondo, preparado para albergar a una persona, se hallaba con las sábanas y frazadas sin haber sido apartadas. A cambio, sobre el cobertor, Roderich y Elizaveta estaban espalda contra espalda; él mirando hacia la pared, ella a punto de caer de la colcha.

El sofá-cama era ocupado por Ludwig y Gilbert. El prusiano era el ensueño de las damas hecho realidad: camisa desabrochada, torso blancuzco y desnudo, la Cruz de Hierro al centro del pecho, los pantalones en su lugar aunque el cinturón sin abrochar. Imperturbable, sereno y durmiente, era acompañado por su "hermana", quien tendida sobre su costado derecho, se había llevado la mayor parte de las sábanas consigo, y permanecía correctamente vestida bajo los lienzos.

En eso, la presencia del más pequeño de los italianos, muy cerca de "ella", la obligaron a dejar de soñar. Abrió los ojos, sorprendiendo al representante de Seborga a una distancia ínfima, cubriendo los rayos de luz que pudiesen haber llegado a su rostro. El niño sonreía, "la" miraba con sus grandes ojos castaños, parecía no querer parpadear. Ludwig arqueó una ceja.

— ¿Se te ofrece algo?

— No— respondió él con ternura.

— ¿Por qué… me miras así?

— Mi hermano tiene una novia muy bonita~— canturreó con dulzura el seborghini.

— ¿Novia?

— Las chicas de ojos claros me gustan— dijo él — ¿No conoce alguna niña alemana de mi edad que pueda presentarme?

— Eh…

— ¿Sí~?

— Pues… creo que lo hablaré con tus hermanos primero… ¿Qué haces levantado tan temprano?

— No tenía mucho sueño… y como ayer tomé tanto jugo, tenía ganas de ir al baño. Además que Feliciano estaba muy inquieto, y como yo dormí con él… "ella"…— soltó una risita — Me desperté muchas veces en la noche.

— Ya veo…

— Y estuve ordenando un poco. Casi todas las sillas estaban volteadas y habían muchas cosas tiradas por ahí. Casi tropiezo, y Feliciano tuvo muy mala suerte: se cayó…

— ¿Ah sí? ¿Feliciano también se levantó?

— Primero que yo. Salió de casa.

— ¡¿Qué?— Ludwig se incorporó de un salto en la cama — ¡¿Salió? ¡¿Dónde?

— A correr. Pero aún estaba muy torpe…

— ¿Salió a correr ebrio?

— Siempre lo hace cuando bebe mucho ¡Pero no se preocupe! Aunque sale a correr sin saber a dónde, siempre vuelve.

— Por… Cristo… Eso es peligroso — Ludwig se asomó a la ventana, tratando de buscar alguna pista acerca de dónde podía encontrarse "la" italiana. Se dirigió hacia la puerta.

— ¿Saldrá a buscarlo?

— No quiero que vaya a lastimarse ni perderse. Si alguien pregunta, les dices a lo que fui. Espero volver pronto.

— ¡Suerte, cuñadita~!

— Ah… gracias, pequeño.

"La" alemana abandonó la morada, y comenzó a vociferar el nombre de "la" extraviada. El representante de Seborga se sentó en el lugar donde había estado Ludwig, y comenzó a mirar a todos lados con curiosidad. En tanto, recordaba todas las cosas graciosas que habían pasado cuando los adultos se embriagaron: hubo caídas épicas, un delegado latino se quitó los pantalones para empezar a agitarlos en el aire como una bandera, y todos decían cosas muy graciosas. A muchos no se les entendía absolutamente nada de lo que hablaban, otros se quedaron dormidos ahí mismo.

Crecer le significaría entrar en ese divertido y peligroso mundo de vicios, accidentes chistosos y mujeres bonitas. Quizás hablaría al respecto con sus amigos cuando los viera en lo que quedaba del día.

— ¡Ay…!— escuchó desde una de las habitaciones. Era la voz de una mujer…

— ¡Elizaveta! ¡¿Te encuentras bien?

— ¡Sí! Sólo fue un golpe… suavecito…

— (¡Es la chica bonita de los ojos verdes!)— Pensó el seborghini, sonriéndose — (Parece que cayó de la cama)

— Déjeme ayudarla a levantarse.

— Descuida, Roderich… estoy bien.

— ¿No te golpeaste muy fuerte?

— Alcancé a caer bien, tranquilo— escuchó que la puerta de la habitación se abría. La húngara salió sobándose la frente, y poco después, salió el austriaco tras ella.

— ¿Estás segura? A ver, quita tu mano. Puede que te hayas lastimado…

— Sólo me golpeé contra la mesilla de noche, no es nada…

— ¡Hola!— saludó el pequeño italiano, llamando la atención del ex matrimonio. Ambos voltearon.

— Hola, pequeño… ¿Despertaste hace mucho?— preguntó la mujer.

— Sí… ¿Durmieron bien?

— Eh… se podría decir que sí— respondió el austriaco, ajustándose las gafas — Con algo de frío.

— Es porque estábamos destapados…

— ¿Durmieron juntos?— preguntó el italiano, mirándolos con curiosidad. Los aludidos se miraron por unos segundos.

— Sí ¿Por qué?

— ¿Se gustan?

— No exactamente… eh…— el austriaco enrojeció — Es que…

— Es la confianza. Hemos compartido mucho durante tanto tiempo que… es normal y cómodo para nosotros dormir juntos— explicó la húngara, enrojeciendo también, pero en menor medida.

— ¿Y se abrazan cuando duermen?

— A veces— dijo Elizaveta. Roderich dio un respingo.

— ¿Se hacen cariños?

— También a veces.

— ¿Se dan besitos?

— Eh… bueno…— titubeó la europea, enrojeciendo otro poco más. El rostro del austriaco, por su parte, era ya todo un poema — También… a veces…

— Entonces sí se gustan…

— ¡Pecadora!— el prusiano se levantó de un salto, y señaló acusadoramente a la húngara — ¡Dormir con tu ex esposo en son de amantes es pecado!

— ¡¿De dónde sacas esas cosas, tonto?— retó el austriaco.

— Déjalo, Roderich. No sabe lo que dice… ¡Además! ¿Quién mencionó algo de amantes aquí? Es él quien se hace de esas raras ideas…

— Los únicos raros son ustedes, supuestos "ex esposos".

— ¡CHIGI~~!

— ¿Qué fue eso?— exclamó Roderich, asustándose con el grito.

— ¡Lovino despertó!— el representante de Seborga se puso de pie. Caminó hasta la habitación donde estaban el mayor y el español, y se detuvo en el umbral para saludarlos — ¡Buenos días, hermano!

— ¡Sí, buenos días, Lovino…!

— ¡Antonio…! ¡¿Qué crees que estabas haciendo?

— Durmiendo. Hasta que tu grito me despertó.

— ¡S-s-salte de encima…!

— Un segundo…— la húngara se asomó al cuarto, y en seguida, lanzó un chillido de fanática — ¡Dios Santísimo! ¡Roderich, apresura y trae mi cámara!

— ¿Qué…?

— ¡No, no…! ¡Fotos no…! ¡Rápido, Antonio, muévete!

— De acuerdo— el español abandonó su lugar sobre el romano, y se sentó sobre la cama. Se desperezó estirando los brazos, y bostezó — ¡Ah~! Qué bien dormí… ¿Y tú Lovi…?

— Soñé con la canción que estabas cantando ayer… ¡Me la dejaste pegada!

— ¡Pero es que esa canción es lo mejor! ¡Alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, alcohol~! ¡Hemos venido a emborracharnos! ¡El resultado nos da igual~*!

— ¡Es buena, pero cuando sueñas con esa canción no es normal!

— ¿Ya se despertaron las bellezas de ésta casa?

— Tres de ellas sí— dijo el seborghini — Y dos han salido de casa.

— ¿E-en serio?

— Mi hermano salió a correr y su novia fue a buscarlo.

— Ah, lo de siempre… espera… ¿Feliciano tiene novia?— preguntó sorprendido Lovino — ¿De cuándo tanta suerte…?

— ¡Es linda! ¿No la conoces Lovino? Es rubia, ojos azules, blanca, muy alta... ¡Durmió con nosotros!

— ¿Te refieres a West?— intervino el prusiano, sonriéndose.

— No juegues, niño. Casi me das un infarto… — dijo Lovino, soltando luego un pesado suspiro — Esa "mujer" no es su novia, es…

— ¿Su "amiga con ventaja"?

— Por desgracia.

En la otra habitación, el ruido de los diálogos había logrado traspasar, bastante atenuados, la pared que separaba a sus ocupantes del resto de la casa. Arthur pestañeó un par de veces, y luego, se sentó en la cama. Estaba en medio de sus otras dos "compañeras", y todo el resto de la pieza era un soberano desastre. De inmediato, las hadas que siempre le acompañaban salieron de sus escondites bajo las montañas de ropa y cosas rotas que habían en el suelo, y sobrevolaron sobre la cabeza del recién despertado Arthur.

— ¡Chicas, vengan! ¡Hay que hacer el saludo matutino!

— ¡Buenos días, su majestad!— saludaron algunas de las criaturas, dando vueltas en torno a su "reina".

— Buenos días, pequeñas… ¿Han dormido a gusto?

— Casi, su majestad— dijo Red Fairy — La lámpara donde había instalado mi lecho colapsó durante la noche. Su amiga le ha dado un manotazo sin querer.

— Ah… ya veo— "la" inglesa refregó sus ojos — ¿Dónde están las gafas…?

— ¡Aquí, su majestad!— chilló Red Fairy desde el otro lado del cuarto, llevando junto a Yellow Fairy los anteojos, por suerte, sanos y salvos.

— ¿Quiere que le ayudemos con su peinado?

— Tranquilas, podré solo.

— ¡Su majestad! ¡Está usted sin pantalones!— señaló Blue Fairy, cubriéndose los ojos.

— Ah, debo de habérmelos sacado para dormir…

— Y parece que también ha intentado sacarse la blusa, pero se ha dormido a mitad del proceso— acotó White Fairy.

— ¡Oh! Tal parece que sí…— la "mujer" abotonó los cuatro botones superiores de la prenda, y luego, gateó hacia los pies de la cama. Recibió las gafas que traían las hadas más pequeñas, y tras acomodarlas en su rostro, buscó entre el cúmulo de sábanas, cobertores y frazadas, algo que pudiese pertenecerle. Halló sus zapatos, un calcetín, los zapatos que usó Francis, la chaquetilla que se había puesto… — (¿Dónde estarán…?)— hasta que por fin, sus manos hallaron casi debajo de la cama lo que buscaba. Levantó sus pantalones del suelo, y se los colocó de inmediato. Junto con ellos, metido en una de las perneras, estaba el otro calcetín.

— ¿Irán a despertar pronto sus amigas?

— Espero.

— Ayer hicieron mucho alboroto aquí. Se arrojaron cosas, cantaron, bailaron sobre la cama y las mesillas de noche, y luego se desvistieron…

— ¿En serio…?— Arthur se levantó de la cama, y se calzó, tambaleándose — No… recuerdo nada de eso.

— ¡Fue la ebriedad, su majestad! Pero pese a que usted parecía muy afectado ayer por la noche, hoy está en casi perfectas condiciones…

— Cuando bebo de más, siempre logro reponerme durmiendo. Es milagroso.

— ¡Impresionante!

— Pero no recuerdo nada. Es imposible para mí…— un ruido a sus espaldas llamó la atención. Francis había despertado, y luego de desperezarse, se había sentado en la cama. Sobaba su cabeza.

Sacré Bleu

— ¿Francis?

— Dios Santo… mi pobre cabeza…— se quejó "la" francesa.

— ¿Mareado todavía?

— Resaca.

— Al menos estás lúcido.

— No hables tan fuerte. Tú ayer no estabas para nada bien. Tuve que traerte a la rastra.

— ¿En serio?

— Iba a tirarte al mar, pero me diste pena. Así que estando tú borracho y hablando incoherencias, te traje hasta aquí.

— Al menos hablo cosas incoherentes sólo cuando bebo.

— ¿Es alguna indirecta para mí?

— No es una indirecta. Es un insulto explícito. Se ve que el alcohol te mató las neuronas.

— Hum… a diferencia tuya, para mí la mañana siguiente de haberme embriagado es fatal— bostezó — Se me pasará de aquí a… tal vez una hora u hora y media.

— Mejor, porque tenerte idiota todo el día sería insoportable— carcajeó "la" británica — Oye… ¿Dormiste haciendo topless?

— ¿Hay algo de malo en eso?

— ¡Ponte algo, indecente!

— ¿Es que acaso nunca habías visto unas así de grandes?— se jactó "ella", sonriéndose maliciosamente. Hizo un movimiento con el pecho, hacia arriba — Aprovecha.

— ¡Tápate! Es obsceno.

— Es sensual.

— No en tu caso.

— Te agradecería si me alcanzaras algo entonces…

— Toma. Es lo que usaste anoche— dijo, tendiéndole el atrevido vestido rojo, todo arrugado. Francis lo recibió, y en seguida se lo colocó. Acomodó la parte inferior, tapando la ropa interior y las ligas que afirmaban las largas pantimedias.

— Listo ¿Contento?

— ¿No usaste ropa interior arriba?

— Hum… sí. Pero cuando subí a bailar el caño en el bar, me la saqué y la lancé. Creo que alguno de los latinos se lo llevó.

— ¿Te… sacaste el sostén… en el bar?

— Y sin tener que removerme el vestido. Hago magia.

— Qué vulgar.

— ¿Lo del sostén o el caño?

— Ambas.

— Tú también bailaste el caño anoche ¿Te muestro la grabación?

— ¿Qué…?— Arthur palideció — ¿Bailé…?

— Abrazado al caño y colgándote de él.

— ¿Qué… otra locura hice?

— Aparte de bailar muy sensualmente en el caño junto a mí, que por cierto ¡Atrevido! Acariciaste mi trasero— acusó pícaramente "ella", haciendo palidecer aún más a "la" inglesa — Besaste a dos mujeres y un hombre… ¡Ah! Y también a Alfred y a mí… luego, saltaste hacia el público y por suerte que tus hermanos te atraparon, sino el golpe que te hubieses dado te mata…

— Dios… mío…

Mon amour, están poniéndote verde… ¿Quieres vomitar?

— Sí.

— Entonces corre al baño.

Arthur se impulsó hacia la puerta, abriéndola con desesperación. Luego, corrió en dirección al susodicho habitáculo, encerrándose, y comenzando a devolver todo lo que comió y bebió anteriormente.

Francis sonrió. Se levantó de la cama, y luego, caminó con cuidado hasta el lado donde estaba Alfred, comenzando a remecerlo con suavidad.

— Despierta, mon petit… ya es tarde.

— Hum…

— A~lfre~d, despie~rta~…

— No…

— Casi es hora de almuerzo.

— Hum… ah… no~…

— ¿No tiene hambre?

— Hum…

— ¡Anda! No puedes quedarte echado todo el día… ¡Arriba!— palmoteó las mejillas de "la" estadounidense — ¡Arriba, arriba!

— Hum… no molestes…— la "mujer" americana se volteó sobre el colchón, y luego de hacer un esfuerzo, se sentó sobre la cama. Refregó sus ojos, bostezó largamente, y se quedó viendo hacia adelante, con la mirada perdida en algún punto de la habitación.

— ¿Mareado?

— No tanto.

— ¿Sientes nauseas? ¿Dolor de cabeza?

— Sueño…

— Si sigues durmiendo, a la noche no podrás descansar nada. Y para mañana cuando viajemos de vuelta no tendrás energía. Es mejor que te canses durante la tarde y duermas ésta noche, que sino cuando llegues te costará mucho reacomodar tus horarios de sueño.

— Bien…— Alfred miró a su lado izquierdo — ¿Y Arthur?

— Vomitando en el baño.

— ¿Se sentía mal?

— Digamos que sí.

— Ayer estaba como loco.

— Lo sé, y lo sabe. Se lo conté todo.

— ¿Y el video?

— No sé si subirlo a Internet, pero puede que sí lo comparta con todos los otros. Está muy bueno— carcajeó. Se asomaron a la habitación todos los demás despiertos en casa — ¡Bonjour!

— ¡Hola!— saludó el seborghini.

— ¿Descansaron bien?— preguntó Antonio.

— Sí~— respondió Alfred.

— Falta alguien… ¿Dónde está…?

— ¿Arthur? ¿No lo vieron correr hacia el baño?

— No…

— Está allá. No se sintió muy bien— dijo "la" estadounidense, levantándose de la cama. Al pisar suelo firme, resbaló con la sábana, cayendo sentada y golpeando la espalda contra el madero de la cama — ¡Auch!

— ¡Con cuidado! Ésta habitación es toda una trampa— indicó el austriaco, entrando, para ayudar a Francis a levantar a "la" americana — ¿No se hizo daño?

— Creo que no…

— Busquemos sus zapatos, señorita. Y también aprovechemos de ordenar ésta inmundicia ¿Le parece?

— Casi toda la casa está así…— acotó la húngara — Yo ayudaré limpiando y ordenando la cocina.

— ¡Yo ya ordené la sala de estar!— dijo el representante de Seborga.

— Y la habitación donde dormí no está tan desordenada— señaló Lovino — Salvo las camas y algo de ropa regada por ahí.

En eso, apareció Arthur. Estaba ya más recuperado, aunque aún muy pálido y asqueado. Llevaba en su boca el cepillo de dientes.

— Buenos días, Kirkland— saludó el prusiano.

— Hum.

— ¿Salió todo?— preguntó "la" francesa.

— Sí— respondió dificultosamente "la" aludida — Ahora… me intento sacar el mal sabor de boca.

"La" inglesa caminó a lo largo de la sala de estar, y luego, dirigió nuevamente su rumbo añ baño para escupir la espuma de su boca. Accionó la llave de agua, enjuagó el lavabo y el cepillo, cerró la llave, y volvió a colocar más dentífrico en el cabezal limpiador. Nuevamente, cepilló sus dientes, la lengua, el paladar, formando espuma y llenando su boca del sabor a menta fresca. Repitió el mismo proceso de escupir y enjuagar, para después llenar su boca con enjuague bucal y comenzar a hacer gárgaras.

Tocaron a la puerta de en frente. Elizaveta, que rondaba por ahí cerca, se aproximó a permitir el paso a Ludwig y Feliciano. "la" alemana había puesto uno de los brazos de su "compañera" alrededor de los hombros, y puso su propio brazo alrededor de la cintura de "la" veneciana, para ayudarla a caminar.

— Ya llegamos.

— V-ve~…

— ¿Qué le sucedió a Feliciano?— preguntó la húngara.

— Salió a correr por la mañana, pero se agotó a… poco más de cinco kilómetros de aquí. Me lo encontré tirado en la arena.

— Me duelen mucho las piernas…— gimió "la" menor.

— Ay, Feliciano… ¿Quién te manda a correr tanto?— suspiró Elizaveta, moviendo la cabeza con desaprobación — Encima descalzo…

— Y en la arena, que es más cansador y peligroso… ¿Qué pasa si te cortas con un vidrio al pisarlo, o si de repente te metes al mar sin notarlo, y una ola vuelve a llevarte?

— Ve~… me desperté con energía… sentí que debía hacerlo.

— Por lo menos no estabas tan lejos— Ludwig le dejó sobre el sofá-cama, donde "ella" se dejó caer agotada. Rodó de un lado a otro en la colcha, y luego, se ovilló abrazando una almohada — No vayas a dormirte ahora.

— Estoy cansado…

— Si te duermes te gritaré— amenazó "la" alemana.

— Y yo te patearé, por idiota— añadió Lovino.

— ¿Por qué no mejor hacerle cosquillas?— sugirió Antonio.

— ¡O aplastarla!— dijo el más pequeño de los italianos.

— Todo servirá para mantenerlo despierto… ¡Feliciano, mantén los ojos abiertos!

— Ve~…


A pocos metros de allí, una de las cabañas era ocupada por los cinco nórdicos, el representante de Sealand, y muchos otros que en medio de confusos acuerdos y equivocaciones, habían llegado allí de todas partes.

Era por eso que el quinteto del Norte de Europa compartía la cama matrimonial, apretados como nunca, colgando del colchón, algunos a los pies, unos casi encima de los otros. Al principio, el acuerdo casi unánime había sido que Tino y Berwald compartirían dicha cama, que el delegado de Dinamarca dormiría solo, y los representantes de Noruega e Islandia dormirían en la pieza de dos camas. El sealandés, en vista de las primeras peticiones de compartir cabaña, había quedado con su nueva amiga australiana que dormirían en el sofá-cama junto a la papú neo guineana, y que Kyle y Oliver podían servirse de los otros sillones más pequeños para improvisar una cama. Sábanas no faltaban, y el espacio jamás había sido un problema.

El detalle estuvo cuando Llegaron también a pedir alojamiento (por percances en su cabaña) los representantes de Medio Oriente, entre ellos, los de Turquía, Israel, Líbano y Jordania (los últimos tres habían desbaratado varios muebles y ventanas en una pelea), y con ellos, el pequeño turcochipriota, Heracles y Gupta. Camas no iban a faltar: traían algunos colchones y sábanas con ellos, posiblemente de las ahora inutilizables camas. Como fuera, ya los primeros planes eran inválidos. Mandaron a Sadiq al cuarto individual junto a su hermano pequeño, a Heracles y Gupta al cuarto de dos, al israelí a dormir con los más pequeños y la delegada de Papú Nueva Guinea, y a los otros Medio Orientales a dormir en el suelo, sobre las colchas que habían traído.

No contaron con que se incorporarían, de forma inesperada, "la" japonesa y el búlgaro (de seguro, confundiéndose de cabaña). Sadiq no había pasado por alto la presencia de su "amada", y no dudó en invitarla con él al cuarto del fondo, a lo que ella aceptó (no sin algunas oposiciones), seguramente porque el mareo y el cansancio pudieron más con su voluntad. Para cuando Heracles se había dado cuenta de ello, era muy tarde como para interponerse. Pero no para sumarse a la incómoda compartición de la cama de plaza y media, con Kiku en medio de ambos.

El menor de los representantes Mediterráneos, no pretendiendo aplastar a ninguno de sus compañeros, trasladó sus pertenencias a la pieza que ahora compartiría con Gupta. Sorprendió al nuevo representante, europeo, ocupando la cama que Heracles había dejado libre, así que se deslizó bajo las sábanas de la cama ocupada por el egipcio, y allí, durmió con pesadillas. Y era que jamás en su vida había visto a alguien dormir tieso como momia, y menos con los ojos abiertos.

Era debido al hacinamiento en las habitaciones que los nórdicos, que eran los iniciales "poseedores" de la cabaña, tuvieron que acomodarse como pudieran en la más grande de las camas. Con el danés a los pies, los demás hubieron de ovillarse para caber bien. Y con Berwald abrazando estrechamente a Tino, el largo de la colcha fue suficiente para procurar que el noruego y el islandés pudieran entrar. Al inicio, el menor de los cinco se negó a pegarse a su hermano. Un poco por vergüenza. Pero si no quería caer y clavarse el canto de la mesilla de noche en la espalda, debería de hacerlo sin chistar. Era incómodo. No sabían quién de los cinco era el que roncaba, el que se quejaba, quién pateaba, quién hablaba dormido… pero fue el delegado de Dinamarca la principal víctima de los golpes con los pies, que no estaban precisamente descalzados.

Los delegados de Sealand y Wy, al parecer, se turnaban para patear y aplastar a los de Papúa Nueva Guinea e Israel. Oliver, el neo zelandés, varias veces tuvo que despertar a Kyle, el australiano, para que dejara de moverse tanto y separar los sillones que conformaban su cama. Y en cuanto a los dos de Medio Oriente… bueno, ellos dos durmieron tranquilos.

El segundo en despertar fue el búlgaro. Segundo, porque desde muy temprano en la mañana, y todavía muy asustado por Gupta, el turcochipriota se hallaba dándole la espalda a su compañero, mirando en dirección a la cama ocupada por el europeo.

— Eh… ¿Dónde estoy?— preguntó, no reconociendo al niño — ¿Y… cómo llegué aquí?

— Hola, señor…— saludó el menor con la voz quebrada.

— Hola, pequeño… ¿Te sucede algo? Parece que vas a llorar…

— Sí…— gimió él, temblando — El tío Gupta me da miedo…

— ¿Gupta? Es inofensivo…

— Y raro.

— Sólo un poco.

— Me dio pesadillas…

— ¿Y por qué no dormiste conmigo entonces?

— Porque… usted es un desconocido.

— Buen punto…— el europeo se levantó, y se desperezó. Miró a su alrededor — ¿Qué… ocurrió aquí?

— No sé. Estaba así cuando desperté.

— Oh. Ya veo… Niño, creo que mejor me devuelvo a mi cabaña ¿Y si mejor te cambias a ésta cama?— ofreció, levantándose del lecho. El turcochipriota abandonó su lugar junto al egipcio, y se cobijó bajo los lienzos del catre contiguo — ¿Mejor?

— Mucho mejor…

— Se me antojó un poco de yogurt. Si me ves por ahí en la tarde, recuérdame darte un poco. Me caíste bien.

— S-sí, señor…

— Y acéptalo también como una disculpa— carcajeó, antes de dar los primeros pasos en dirección a la salida. Se detuvo junto al egipcio, le miró largo rato, y tembló algo atemorizado — ¿Cómo alguien puede dormir con los ojos abiertos…?

— No sé…

— No me gusta que me miren así— dijo, dirigiendo su mano a los párpados del egipcio, para bajarlos cuidadosamente con los dedos. Apenas y estuvo a centímetros de tocarlo, el africano despertó, y bruscamente tomó la muñeca del europeo. El búlgaro gritó, y el menor de los mediterráneos no pudio evitar unírsele.

— ¿Qué intentabas?— preguntó Gupta con seriedad, aún sin soltar al "intruso".

— ¡I… iba a cerrarte los ojos!

— ¿Ah…?— el Egipcio ladeó la cabeza — No me digas que…

— Dormiste con los ojos abiertos. Otra vez.

— Creí que ya lo había superado. Bueno. Disculpe el susto que le di.

— D-descuide… ¡Y-yo me retiro!— dijo él, antes de echar a correr fuera de la pieza. Salió apresuradamente por la puerta del frente.

— ¿Dormiste bien?— preguntó el africano al turcochipriota. Él, en respuesta, gimió bajito y comenzó a temblar — ¿No se supone ibas a dormir con Sadiq?

— Iba… pero no quise molestarlo. Estaba con su novia.

— ¿Ah, sí?

— S-sí… y Heracles se fue con ellos… Creo… que le gusta la novia de mi hermano, y se la quiere quitar...

— Esos dos son todo un caso… ¿Quieres desayunar? Hay Eish Saraya*.

— Bueno…

En la sala de estar, el ruido del grito que dieron el búlgaro y el turcochipriota, sumado al de la puerta abriéndose, despertaron al neo zelandés. El oceánico se ovilló en su lado de la improvisada cama, para luego tocar las rodillas de su hermano.

— Kyle… despierta.

— Hum… ¿Ah…?— el australiano levantó la cabeza. Pestañeó un par de veces, y bostezó — Hola… ¿Qué hora es?

— Más de las dos de la tarde.

— Ah~… es tarde— dijo, estirándose. Le sorprendió ver su lado de la "cama" y las sábanas, llenas de sílice — Oye… ¿Por qué tengo tanta arena encima?— se destapó, viendo su ropa llena del susodicho polvillo — ¿Oliver…?

— Íbamos caminando y caíste en la arena. No pude levantarte, así que te tuve que traer arrastrando junto con nuestra compañera, por eso… te ensuciaste.

— Ah… bueno, ya sacudiré luego ¿Y nuestra hermana?

— Durmiendo en el sofá— indicó Oliver, mirando a donde estaba la menor de las oceánicas.

— Oh~ ¡Mírala! Es tan linda~.

—Sí, es verdad.

— Es como un koala…— suspiró el australiano, levantándose de su lado de la cama. Caminó hacia el pasillo que conectaba con el baño, cuando sin querer, pateó la colcha donde estaba el libanés.

— ¡Oh! Disculpe…

— Me acaba de despertar.

— Fue sin intención.

— Pero me despertó. Con lo que me costó dormirme…— bostezó el asiático, estirándose. La jordana, a su lado, comenzó a removerse bajo sus sábanas.

— Hum… ¡Qué bien dormí!— exclamó ella, estirándose — Ni siquiera pasé frío.

— Buenos días, señores— saludó Oliver, siendo correspondido por los recién despertados. El libanés se levantó. Tomó una almohada, y la arrojó hacia donde estaba el israelí. Le acertó en la cabeza, consiguiendo despertarlo.

— ¡Auch!

— ¡Headshot!

— ¡Bien hecho!— apremió su compañera de Medio Oriente.

— Salvajes…— gruñó el judío, sobándose la nuca.

En la habitación del fondo, saliendo del trance etílico y somnoliento de la madrugada, Kiku abrió los ojos encontrándose con la esperada panorámica del techo de la habitación. Asimiló su posición: la distribución de los muebles era la de la habitación individual que con su familia había acordado que ocuparía al pasar la noche… aunque… no exactamente la de la cabaña ocupada por los asiáticos… había algo raro. Aroma a hombre: loción, colonia… conocía ese aroma…

— (¿Heracles-san?)— pensó de inmediato, mirando por el rabillo del ojo hacia su izquierda. Allí, entre "ella" y la pared, el griego dormía profundamente. Era de esperarse que al menos una parte de él no se abstuviese de la tentación de tocarle. Y en efecto, uno de sus brazos yacía holgazanamente sobre su vientre, como en un abrazo en torno a su talle, pero sin cerrar… el otro brazo le servía como almohada, dado que éste cabezal estaba extraviado. Por otra parte, y en lugar del cojín, sintió la presencia de alguien más a su derecha. Un brazo fuerte y bien ejercitado le servía como soporte, mientras que el otro, imitando el gesto del europeo, estaba posado sobre "ella". Específicamente, sobre el vientre.

Kiku tembló.

Había reconocido primero la presencia de Heracles, pero… ¿Cuándo habíase acomodado en el lecho junto a él? ¿Cuándo había entrado a su habitación, o cuándo se había "ella" movido de la pieza asignada. "La" japonesa movió sus ojos en busca de su otro acompañante. Se sorprendió comprimido entre los dos eternos rivales, cosa que aumentó su confusión.

¿Cuándo se había dormido Sadiq junto a "ella"?

— (A… ay… no…)— tragó su espesa saliva — (¿Qué hago aquí? ¿Qué hacen ellos aquí…? ¿Cómo… cuándo…?)— gimió bajito, y trató de moverse. Era inútil. Ambos cuerpos lo tenían atrapado — (¡No, no puede ser…!)

Entró en pánico. Comenzó a sudar en frío y palidecer como nunca en su vida.

— (Kiku, cálmate. Deja de temblar y analiza la situación… ¡¿Cómo llegué aquí? ¡¿Qué hacen ellos dos aquí…?)— trató de girarse, pero en seguida, Heracles se acomodó en la cama, pegando su cabeza al hombro de "la" nipona — (¡No, no…! ¡Esto no está bien! Mi yukata está en su lugar, ninguno de los dos está despierto… ¡Pero… pero…!)— volvió a gemir, ésta vez angustiado — (¡Pasé la noche con dos hombres en la misma cama! ¡He manchado mi honra! ¡La de mi familia, y la de mis futuras generaciones! ¡¿Con qué cara miraré al mundo ahora? ¡Mi honor, mi honor…! ¡Ya no tengo honor…! ¡Ya no podré mirar a nadie a los ojos…! ¡¿En qué momento sucedió…? ¡¿Cómo…? ¡Dios mío, mi honra, mi honra…! ¡No seré el mismo de hoy en más! ¡Ya no soy digno de respeto, no ahora… que dormí con dos hombres…!)

Apretó los párpados, desesperado.

— (¡Sería perdonable y natural, casi normal, si estuviese en mi estado normal! ¡Pero… ahora no! ¡Pese a no serlo, debí comportarme como una "dama"! ¡¿Qué pensará ahora el mundo de mí? ¡Me señalarán con el dedo! ¡Murmurarán cosas de mí! ¡¿Qué hago, qué hago? Lo de mi honra ya no tiene solución, pero… ¿Qué ocurrirá cuando los dos se despierten, y se encuentren compartiendo el lecho con la mujer por la que ambos pelean? ¡Se matarán! ¡Y no tengo mi katana a mano! ¡¿Qué hago? ¡Será imposible separarlos en éstas condiciones…! ¡Por favor, dame una señal! ¡Juro que si logro salir de ésta, esto no se repetirá! ¡Consagraré el resto de mi vida al servicio de un templo shinto*, me haré "una" Miko*…! ¡Lo que quieras, pero…!)

En eso sintió que Sadiq movía el brazo con el que pretendía rodear a Kiku. La mano del hombre acarició cariñosamente su vientre, haciendo a "la" japonesa estremecerse.

— Buenos días, señorita Honda— saludó él, sonriéndole con galanura — ¿Despertó hace mucho…?

— S… Sadiq-san…— gimió "ella" al borde del horror. Todo estaba perdido.

— ¿Le sucede algo…?— en eso, su brazo tocó el de Heracles. Extrañado, el turco levantó la vista. Kiku prefirió cerrar los ojos — ¡MALDITO GATO SARNOSO!

— (Aquí arderá Troya…) — pensó la "mujer" nipona.

— ¿… Ah?— el griego salió del trance — Oye, bigotudo: no toques a Kiku.

— ¡¿Qué haces aquí?

— Reclamando a mi amada.

— ¡Sal de inmediato!

— Oblígame.

— ¡Te sacaré a patadas!

— Atrévete. Estoy listo para todo— amenazó Heracles, arrodillándose en la colcha y preparándose a golpear al euroasiático. Su rival, en igualdad de condiciones, gruñó algo en su idioma natal (de seguro nada bueno), antes de tomar a Heracles por la ropa y empezar a remecerlo. Kiku se levantó de la colcha, temiendo no sólo por la vida de ambos, sino también su propia seguridad. Con determinación y bastante coraje, tomó una de las muñecas de cada uno y se arrodilló entre ellos, obstaculizando el contacto y los intentos por seguir peleándose.

— ¡Caballeros! ¡Deténganse!

— ¿Ocurre algo, Kiku?

— ¿La hizo enojar éste insolente?

— ¡No, no…! ¡Es sólo que ya no lo soporto más!— vociferó con la garganta apretada, a la vez que miles de emociones y pensamientos "la" abatían internamente — ¡Esto ya se ha salido de control!

— ¿A qué te refieres?

— ¡Mírense! ¡No pueden estar a menos de un metro sin comenzar a golpearse como dos niños! ¡Ya sé que es habitual que discutan! ¡Ya sé que no se agradan mutuamente! ¡Pero desde que pasé por… éste extraño fenómeno, que esto se ha vuelto incontrolable e intolerable!

— ¡Es todo culpa de Heracles!— señaló el turco.

— ¡No caballeros…!— dijo, para luego suspirar pesadamente — La culpa es mía…

— ¿Qué?

— No diga eso, señorita. Usted aquí es la víctima, somos nosotros los que hemos estado molestándola, aún sin ser ésta nuestra intención.

— Admito mi culpa, Kiku… pero…

— Caballeros, hablo en serio… Desde el primer momento que ésta locura comenzó que debí tomar las riendas del asunto, y poner freno a sus peleas por mí… ¡N-no quiero sonar egocéntrico con todo esto…! Es sólo que…

— ¿Qué? ¿Qué ocurre?

— Díganos…

— Ambos son mis amigos. Y no me gusta ser la causa del incremento de sus enfrentamientos y discordancias. Me… me gusta llevarme bien con ambos, pero éste último tiempo me he sentido acorralado y perseguido, tal vez a causa de todas aquellas consideraciones de más que han tenido conmigo, sus ofertas, sus regalos… y he sido tan irresponsable de no poner un freno definitivo a ésta actitud que sin duda aprecio mucho, y les agradezco… creo… que jamás había tenido amigos tan considerados y gentiles… pero esto está saliéndose de control…

"La" japonesa respiró hondo, haciendo una breve pausa. La atmósfera se cargó de tensión.

— Me temo que jamás podré decidir por alguno de ustedes, caballeros. A ambos los estimo mucho, ambos son grandes amigos para mí…

— ¿A… amigos?

— ¿Sólo… amigos?

— Muy queridos amigos… se… sería incapaz de verlos de otra forma… ¡Debí decírselos antes…!— gimió, para luego, soltar a sus compañeros y ponerse de pie. Su semblante delataba aflicción, cierta severidad, y mucha determinación — ¡De haberlo hecho antes… hubiese evitado tantas discusiones y peleas entre ustedes! ¡Pero fui tan ingenuo y receloso que nunca caí en la cuenta del verdadero peso de sus intenciones y sentimientos! Por eso… por eso… por eso es ahora que me gustaría informarles, con todo el dolor y la culpa, a sabiendas de mi tardanza… que…

Tragó saliva, y tembló en silencio unos segundos. Tenía que decirlo. Seis palabras, y fin del asunto. Sólo seis palabras… ¡Seis palabras!

— ¡A-mí-me-gustan-las-mujeres!— declaró serio, firme, enrojeciendo súbitamente. Los rostros de Heracles y Sadiq eran un poema.

Kiku no lo soportó más. Se inclinó en una reverencia, y luego, salió de la habitación, cerrando desde fuera. Los rivales se quedaron allí, estáticos, boquiabiertos, anonadados…

— Me han roto el corazón— suspiró Sadiq, bajando la vista.

— Esto… es una tragedia griega…


Los últimos "turistas" que se encontraban en el local, debido al ruido que hacían sus empleados al limpiar y ordenar el lugar, despertaron al cabo de un rato. Poco después de que se fueran Hahn y Hugo. La ucraniana, bastante preocupada por hallarse en aquel lugar, se levantó sobresaltada y bastante avergonzada. Después de todo, seguramente le habría ocasionado más de algún problema a Matthew, que se había quedado también "cuidándola" (a petición de Iván, viendo que ya habían cerrado el local cuando fue a buscarla), y a las personas que trabajaban en el bar.

— Buenos días, Yekaterina— saludó el canadiense, a su lado.

— B… buenos días, Matthew.

— ¿Dormiste bien?

— S-sí…— dijo, acomodándose el vestido. Había pasado la noche recostada sobre la colcha, aunque con la cabeza apoyada en el regazo de su compañero. Ahora, su pregunta era si acaso él había dormido, y de ser así, si al menos había estado cómodo dentro de lo que su posición semi-sentada le permitía — ¿Y… tú?

— A saltos. Tengo el sueño ligero, y me despertaba cada vez que pasaban los autos por la calle de afuera.

— ¿No… no estuviste incómodo…? Digo… conmigo encima…

— ¿Qué? No, para nada— dijo él en una risita — Además eres bastante tranquila para dormir. Me sorprendió que casi no te movieras.

— Normalmente me destapo…

— A veces nada más apartabas un poco las frazadas… ¿No pasaste frío?

— No.

— Heló bastante anoche. De hecho, la mujer que acompañaba a mi camarada despertó tiritando en la madrugada— contó, señalando la improvisada cama a pocos metros de ellos, ahora vacía — Hace poco se fueron. Y antes, como a las… tres o tres y media, alguien salió. Creo que… si no me equivoco, fue alguien de Medio Oriente. Fue camino a su cabaña.

— Nosotros deberíamos hacer lo mismo. Nuestras familias deben estar preocupadas.

— Concuerdo ¿Vamos? Te llevaré con tus hermanos.

— ¿Con quién ibas a pasar la noche?

— Me había puesto de acuerdo con mi hermano para compartir una cabaña con Kirkland y Bonnefoy… pero… bueno, ellos se fueron, y una de tus hermanas comenzó a ayudar a los que no podían ponerse de pie. Le dije a mis compañeros que fueran sin mí, después de todo… no me iba a arriesgar a dejarte sola aquí mientras tus hermanos no te llevaran con ellos.

— Gracias… y disculpa la molestia.

— No te preocupes.

Se pusieron de pie, y comenzaron a doblar las sábanas y frazadas para entregarlas a los dueños del local. Fue en eso cuando por la puerta de en frente, entró el colombiano, mirando en todas direcciones, bajo las mesas y sillas. Caminó varios metros, hasta casi el final del recinto, y halló por fin lo que buscaba.

— ¡Mis pantalones! ¡Los encontré!— celebró, agitándolos con entusiasmo. Los alisó un poco con las manos, y se los colocó. Luego, se fue del lugar. La ucraniana y el canadiense compartieron una mirada cargada de extrañeza.

— Hagamos como que no vimos eso— propuso la europea, a punto de estallar en carcajadas.

— Mejor…

Mientras tanto, en la cabaña ocupada únicamente por la Seychellense, la pobre representante africana se levantó mareada y adolorida, y no precisamente a causa de los efectos del alcohol. Ella, así como todos los "menores", había bebido cantidades industriales de jugo, por lo que sus idas y vueltas al cuarto de baño habían sido innumerables durante la noche. El resto podía deberse a su casi infructífera e imposible misión por controlar a quienes, debido a la borrachera, comenzaron a hacer desmanes y locuras.

Para su suerte, la noche había sido relativamente corta. Sólo le quedaba rogar porque iniciado un nuevo día, las desgracias fueran pocas… ¡De ser posible, que no las hubiera!

Se desperezó, arregló su peinado, y se asomó a la ventana. Todo parecía bastante tranquilo. La playa estaba casi vacía, de no ser por algunos niños que recién levantados, fueron dejados en libertad de acción por los mayores, posiblemente para que no estorbaran en las labores de orden y reconstrucción de los muebles. Jugaban en la arena, corriendo de un lado a otro y huyendo de las olas.

— Bueno. Parece que éste día será más relajado…

— ¡Espera, Yong! ¡No huyas!— oyó gritar a la taiwanesa. La seychellense miró hacia abajo, y distinguió a la asiática tratando de alcanzar a su pariente surcoreano.

— ¡Hyung me dio diez segundos para correr, y no pienso desaprovecharlos!

— ¡No va a hacerte nada! ¡Vuelve aquí!— en eso, MeiMei se detuvo, y volvió la vista hacia la cabaña de donde había comenzado la persecución. Luego, vociferó: — ¡Yong… por nada del mundo dejes de correr!

— Oh… no…— suspiró la africana. Bajó las escaleras en dirección a la planta inferior de su cabaña, y salió. Allí, no sólo sorprendió a la taiwanesa luchando contra las fuerzas del norcoreano, tratando de retenerlo. También acababa de librarse una nueva carrera por la playa, ésta vez, un hombre persiguiendo a una mujer.

— ¡Maniaco pervertido! ¡Vuelve aquí!

— ¡Alcánzame si puedes, tortuga!

— ¡Pagarás lo que le hiciste a Liet!

— ¡Feliks, no me hizo nada…!— dijo un tercero, uniéndose a la corrida — ¡No pasó nada anoche! ¡Déjala en paz!

— ¡Vuelve aquí, ruso loco! ¡No huyas, cobarde! ¡Eres totalmente despreciable!

— ¡Feliks, ya déjala! ¡Feliks…!

— ¡Es definitivo! ¡Jamás, JAMÁS, volveré a invitar a nadie a mi casa!— gritó la seychellense, dando media vuelta para entrar nuevamente a su casa — ¡Todos están dementes y me estresan!


DOS SEMANAS DESPUÉS


Las vacaciones habían pasado, y la gran mayoría de las personas volvieron a sus vidas cotidianas, más relajados. Las vacaciones venían bien… bueno, cuando no se era el desafortunado anfitrión del lugar de recreación, como fue el caso de la representante de Seychelles.

Lo importante era que todo lo que hubiese sucedido allí, DEBERÍA de quedarse allí.

Salvo por ese chistosísimo video de quienes subieron a la barra del local a bailar en el caño. Se encontraba en casi todas las computadoras. Aunque Arthur les hizo prometer que jamás éste sería subido a la internet, bajo la amenaza de cortarles el cuello a todos aquellos que se atrevieran a poner aquella burla en las redes sociales y espacios públicos.

Y hablando de Arthur. Una vez de vuelta a la realidad, voluntariamente comenzó a hacer visitas de ayuda a Kiku, para proporcionarle apoyo y compañía mientras "la" japonesa trabajaba con esmero en el antídoto que de una vez por todas terminaría con aquel suplicio hace ya meses padecido.

— Arthur-san, por favor ¿Podría alcanzarme los tubos de ensayo marcados con el papel verde?

— Aquí tienes— "la" inglesa, con cuidado, pasó los tubos llenos de un contenido ambarino. Kiku vertió la totalidad de uno de ellos en un vaso de precipitado, y de inmediato se tornó a un color verduzco — ¿Qué tenía ese vaso?

— Algunas de esas extrañas partículas que logré salvar de los restos de la salsa que llevé ese día.

— ¡Ah! Esa salsa.

— No es mucho, pero… logra cubrir al menos la cantidad necesaria para una dosis y media…

— ¿Has logrado saber qué es?

— No, Arthur-san… he hecho de todo para saberlo, pero… es imposible— "la" japonesa suspiró. Abandonó por un momento la observación de la mezcla, que ahora variaba poco a poco, tomando un color púrpura. Kiku bebió un poco de té de la tacita que tenía apartada en una mesa, y suspiró. Se frotó los ojos.

— ¿Duelen?

— Cuando llevo mucho tiempo trabajando sí…

— Déjame cubrirte un momento. Tómate un descanso, termina de beber tu té, y ante cualquier cosa te llamaré.

— Pero…

— ¡Ve a dar un paseo! Confía en mí— dijo "la" británica, ajustando las gafas a su rostro — Toma aire, y déjamelo un momento a mí.

— ¿Está seguro, Arthur-san?

— Como nunca.

— Con su permiso— "la" nipona alcanzó su taza de té, y salió del laboratorio. Arthur una vez que quedó solo, ajustó la bata blanca a su cuerpo, y reemplazó los lentes ópticos por los anteojos protectores que solían usar las personas sometidas a riesgosos experimentos. Se acercó al microscopio, tomó una muestra del líquido (ahora azulino) y lo colocó en el visor.

— Bien… veamos…— mordió la punta de su lengua. Entrecerró los ojos. Las hadas que siempre le acompañaban comenzaron a sobrevolar sobre su cabeza.

— ¿Ha visto algo, su majestad?

— La mezcla que ha hecho Kiku es… neutra… y flotan sobre ella las partículas que tanto menciona…

— ¿Alguna hipótesis?— preguntó Black Fairy.

— Es extraño. Una mezcla con las características químicas de ésta debería de mantenerse homogénea, uniforme… pero cambia de color todo el tiempo. Lo único que no se altera en ellas, son éstas… cosas.

— ¿Serán las responsables de ese cambio de tonalidad?

— Es lo único que lo explicaría, porque sino…— Arthur suspiró — No se me ocurre pensar en otra cosa…

— ¡Ahora es transparente! ¡La mezcla se volvió transparente!— chilló Pink Fairy, asomándose al borde del vaso de precipitado. Fue entonces que resbaló y cayó a la sustancia. Las demás criaturas entraron en pánico.

— ¡Ay no, no, no, no!— Yellow Fairy se colgó del borde del recipiente, comenzando a tenderle su mano a la pequeña — ¡Pink Fairy, toma mi mano!

— ¡No la alcanzo~!— lloró ella.

— ¡No dejes que se ahogue!— sollozó Blue Fairy. Voló hasta su compañera, tomó su brazo, y la ayudó a descender por las paredes del recipiente — ¡Alcánzala ahora!

— ¡Baja un poco más!— indicó Red Fairy. Pronto, la manita del hada rosa logró asirse a la de la amarilla, e hizo el esfuerzo de volar una vez que se hubo asegurado de la extremidad de la mayor. Pudo salir del vaso de precipitado, sana, salva, y mojada.

— ¿Estás bien, pequeña? — preguntó Arthur, desatendiendo el microscopio.

— Sí~…— gimió ella.

— ¿Ahora ves por qué es tan peligroso que trates de meterte en sitios desconocidos.

— Juro que no volveré a hacerlo…

— ¡Pink Fairy…!— chilló Green Fairy, volando hasta ella — ¡Mira nada más! ¡Perdiste tono!

— ¿Eh?

— ¡Estás muy pálida ahora!

— Solté mucho polvillo de hada cuando me asusté… me siento… débil…— la más pequeña de las hadas se recostó sobre el madero de la mesa.

— ¡Debiste de arruinar el experimento de su majestad!— reprochó Red Fairy, aunque sabiendo que no era la intención de la pequeña. Acarició los ahora casi blancos cabellos de la criaturita — ¿Ahora qué va a hacer?

— ¡Lo siento, su majesta~d!— lloró Pink Fairy.

— ¡Esperen, esperen!— avisó White Fairy desde el visor del microscopio, haciendo señas con la mano — Chicas, quiero que miren esto.

— ¿Qué sucede, White Fairy?— preguntó Arthur, acercándose.

— ¿No ve lo que flota sobre la sustancia tornasol?

— Sí. Son esas raras partículas que nos ha estado mencionando Kiku…— dijo "la" inglesa.

— ¡Esas raras partículas son la explicación de todo! ¡La razón por la que éste líquido cambia de color, y por la cual su majestad ha cambiado el aspecto de su cuerpo!— indicó el hada blanca, agitando sus alas.

— ¡¿Qué es, qué es?— preguntaron las demás a coro.

— ¡Es "Magia"!

— ¿Magia?— Arthur arqueó una ceja — Siempre creí que la magia era algo espiritual y fantástico en lo que tan solo unos pocos creemos… pero… ¿Sugieres que es táctil y material?

— La magia es como comúnmente se le denomina a todas aquellas manifestaciones sobrenaturales que tiene la energía sobre los cuerpos materiales, como hacerlos cambiar de color, forma, aspecto, incluso de consistencia y composición— explicó el hada amarilla —Como dice su majestad, es meramente espiritual y fantástico, pocos creen en ella… pero no es descartable que al ojo humano, y con tantas especializaciones científicas estemos ante el descubrimiento de la forma física de la magia, que actúa a nivel molecular en los cuerpos sobre los que se encuentra…

— Pero ¿Cómo llegó hasta allí? Digo… — Arthur masajeó sus sienes, y comenzó a respirar profundo — ¿Cómo llegó a la salsa de Kiku? Porque ESO fue lo que nos convirtió en ESTO.

— No lo sé…— dijo Yellow Fairy — ¿Alguna idea, chicas?

— ¡Yo recuerdo algo!— dijo Blue Fairy — ¡Recuerdo esa salsa, y lo que sucedió con ella! ¡Sé por qué estaba encantada!

— Dinos, por favor— pidió "la" británica.

— Ese día que la persona que inventó la salsa la trajo para que todos la probaran, nosotras estábamos con su majestad, como siempre— comenzó a relatar la criatura. Todas las demás se colocaron alrededor de ella — Entonces, y llegado cierto momento, su majestad comenzó a recitar un conjuro dirigido a la comida, cosa que rara vez acostumbra a hacerse, por lo demás…

— ¿Y?

— ¿No recuerdan como todas nosotras hicimos la formación del conjuro sobre cada uno de los platos, y comenzamos a lanzar polvo de hadas sobre ellos? ¡Pues eso explica cómo es que llegó a sus comidas, y también a su interior!

— ¡E-entonces…!— Arthur retrocedió. Comenzó a palidecer — ¡La culpa de todo esto no la tiene Kiku…! ¡La tengo yo…!

— ¡No diga eso, su majestad!

— ¡Jamás debí lanzar esa maldición sobre la comida! ¡Recité un conjuro cualquiera, pero… jamás esperé que esto sucediera!

— ¡Su majestad!— Green Fairy voló hacia "ella" — ¡No se culpe! ¡Nosotras no debimos de hacer realidad la petición que todos hicieron en nuestro idioma…!

— Ustedes sólo estaban obedeciéndome…— suspiró "la" inglesa, bajando la vista — ¡De haberlo sabido antes, juro que hubiese puesto una solución inmediata…! ¡Pero no sólo tuve la culpa, sino que dejé transcurrir el tiempo hasta ahora, que recién vengo a saber la bendita solución a nuestro problema…!

— Su majestad…

— ¿Sí, Red Fairy?

— ¿No sería conveniente que en vez de estar inculpándose, pongamos manos a la obra? No se sacará nada lamentándose sobre lo que ya está hecho… pero sí puede solucionarlo ahora que ya ha encontrado la respuesta.

— Tienes razón…— dijo "la" inglesa, apretando los puños — ¡Está en mis manos salvarnos a todos de ésta desgracia! Pero para eso…necesitaré de su ayuda…

— ¡Lo que ordene, majestad!

— Pink Fairy… ¿Qué tal te sientes?

— ¡Mucho mejor, majestad!— dijo la pequeña, volviendo a levantar vuelo — ¡El polvo de hadas nace de nuestro interior! ¡Es como nuestra sangre!

— ¿Se regenera?

— ¡Sí~!

— Necesitaré de un favor, pequeñas…— dijo "la" británica, poniéndose seria — ¿Podrían ustedes proporcionarme suficiente polvo de hadas para generar suficientes antídotos para todos los afectados?

— ¡No hay problema!— respondieron todas a coro

— ¡Bien! Necesito que lo depositen en aquél recipiente de mezcla… ¿Turquesa…?

— ¿Cuánto?

— ¡Una pequeña dosis cada una! ¡Dejen suficiente en su interior como para poder seguir volando!

— ¡Ya oyeron, chicas! ¡Tiren polvo de hadas es el vaso de precipitado, pero sin agotarlo! ¡Manos a la obra!

Las criaturas de formaron en torno al vaso de precipitado, apuntaron sus manitas hacia el interior, y en seguida una lluvia dorada y flotante comenzó a descender hasta tocar la mezcla, combinándose con ella. De pronto, Kiku entró al laboratorio.

— ¿Cómo le fue, Arthur-san?

— ¿Eh? Ah…— comenzó a titubear — (Si le digo que lo que encontraron las hadas fue magia, no me creerá ni lo de las criaturas ni el encantamiento… además… revelar al mundo de la ciencia algo referido a la magia rompería con el tabú de la comunidad de magos y hechiceros… piensa.. piensa…)

— ¿Y bien?

— Mira por ti mismo, Kiku… he… he hecho un descubrimiento importante… podría servirte… — indicó, con nerviosismo.

— Pues… lo haré— "la" japonesa avanzó hasta el mesón, y miró en el microscopio — Veo lo de siempre…

— Toma un poco más de la mezcla… la que ahora es roja.

— De acuerdo…— Con ayuda de un gotario, la "mujer" nipona puso algo más de la sustancia sobre el visor. El resultado fue impactante — ¡S-sugoi (Genial)! ¿Cómo proliferaron tantos átomos en tan poco tiempo?

— C-cosas que suceden… cuando uno no mira…

— ¡Es impresionante! ¡Está lleno de ellos! ¿Y si toda la mezcla está así…?

— ¿Crees qué…?

— Veamos… si he tomado una muestra tan pequeña, y la densidad de soluto y solvente es homogénea en toda la sustancia del vaso de precipitado… ¡Hay de sobra para hacer los antídotos!

— ¡¿Lo dices en serio?

— ¡No bromeo!— señaló al borde del éxtasis. "La" japonesa, ahora sonriente, observó con curiosidad la mezcla que ahora se tornaba amarillo oscuro — ¡Trabajaré ahora mismo en la elaboración de cada una de las inyecciones!

— ¿En qué puedo ayudarte, entonces?

— Si no fuera mucha molestia, le pediría que fuese preparando los envases de cada una de las dosis. Ocho pequeños tubos de ensayo donde ir dejando las mezclas que haga ¿De acuerdo?

— ¡Entendido!— Arthur caminó hasta el cajón donde los implementos de laboratorio estaban guardados, y sacó varios tubos nuevos y sellados. Los puso todos en una pequeña estructura de madera, listos para ser rellenados. Dirigió una mirada cómplice a las hadas, y guiñó un ojo. Las criaturas correspondieron con risitas, y volaron a esconderse bajo las coletas de "la" inglesa.

— Por cierto, Arthur-san…

— Dime, Kiku.

— ¿Estaba hablando solo durante mi ausencia?

— ¿Quién, yo?— "la" inglesa carcajeó — ¡Cómo crees!

— No me sorprendería.

— Ni que estuviera loco.

— No hay que estar loco para hablar solo… aunque ayuda bastante.

— Para tu información, estaba hablando por teléfono…

— ¿Tiene amigos que comparten el gusto por la magia y la fantasía con usted?

— Eh… no en realidad… yo… hablaba en clave.

— Me imaginaba que sería algo así — dijo en una risita "la" japonesa — ¿Le gustaría que luego de terminar nuestro experimento bebiéramos algo de té?

— No es mala idea.


Mientras tanto, en la residencia china, Yao llevaba un largo tiempo al teléfono charlando con Iván. Habían empezado poniéndose de acuerdo para la reunión de la semana entrante, cuando el tema de conversación se desvió a las anécdotas y un casi ameno diálogo sobre la vida privada.

— ¿Y qué tal? ¿Aún nada con tu secretario-aru?

— Eh… la verdad, sí…— dijo "la" rusa del otro lado de la línea, soltando luego una risita — A menudo nos desvelamos charlando en el comedor, y últimamente me queda mirando un buen rato…

— ¿Y…?

— No se nos dan tantas instancias de privacidad, debido a que por ahí cerca siempre están Eduard, Raivis, y éste último tiempo Feliks ha estado viniendo muchas veces a casa.

— ¿Y tus hermanas?

— Yekaterina se lo ha tomado bastante bien. La verdad, anda más bien en las nubes, y es imposible quitarle la sonrisa que trae en su cara, a no ser que le recuerde su deuda por el gas conmigo…

— ¡Iván, qué cruel eres-aru!— reprendió "la" china, gritándole al micrófono.

— ¡Lo siento! Pero hay veces en que parece no atenderme cuando le hablo, y se me hace necesario…

— ¿Y la menor?

— Natasha ha estado recuperando el ánimo… hay veces en que se sienta a hablar conmigo acerca de cómo van las cosas con el antídoto, y cuándo volveré a mi forma normal para que pueda casarme con ella, pero… no sé… últimamente no está tan entusiasmada con la idea… al menos eso siento.

— ¿Ha perdido el interés-aru?

— El interés no, pero si ha disminuido mucho su insistencia y su convicción. Aunque me alivia verla no tan decaída como hace unas semanas atrás.

— Qué bien que esté recomponiéndose, y que hayan comenzado a agotársele las fuerzas para perseguirte-aru… porque bien recuerdo como hace algún tiempo solía ponerte en el cuello ese puñal que siempre trae… ¡Hasta a mí me daban escalofríos-aru!

— Sí… viejos tiempos…— en eso, oyó la voz de Iván lejos del auricular. Al parecer, estaba dirigiéndose a otra persona — ¡Ya te oí! ¡¿No puedes dejarme tranquilo al menos un momento? ¡Ya te pasaré el teléfono!

— ¿Qué sucede?

— Es Feliks… le preocupa que Toris haya salido hace tanto tiempo a hacer unas compras y todavía no vuelva— "la" rusa bajó el tono de voz — No sabe que ha ido a buscar un pedido personal un poco más lejos del mercado al que siempre va.

— ¿Pedido personal? ¿Tienen alguna clase de fiesta, o algo así-aru?

— Puede que luego te cuente, dependiendo de cómo salgan las cosas— respondió en una risita. Yao rodó los ojos — Tengo que dejarte. Alguien dejará morado mi hombro si lo sigue picando… ¡Ya, ya te pasaré el teléfono! ¡Deja de hacer eso, me duele!

— Bien… hasta pronto-aru.

Do svidaniya~ (Adió~s).

Colgó el teléfono.

Hace tan poco habían vuelto de Seychelles, y Yao comenzaba a extrañar el paradisiaco trópico africano, el mar, la brisa, la arena… ¡El descanso le había sentado de maravilla! Todo su cuerpo, pese a aquél percance con Yong Soo, se había revitalizado y aliviado en lo absoluto. También había estado más cálido y cordial con sus visitas, sonreía y se reía más, aunque le extrañó que de un momento a otro su apetito engrandeciera considerablemente. Podía ser que hubiese bajado de peso, y su cuerpo estuviese exigiéndole de vuelta lo que perdió.

Esa tarde tenía visitas. Siendo precisos, sus "hermanos chinos": Lee, MeiMei y el representante de Macao. Habían quedado de juntarse a conversar sobre algunos asuntos de importancia, sobre todo ahora que la economía estaba tan fluctuante. Fue casi finalizando su charla (extrañamente, con buenos resultados) que la llamada telefónica desde Rusia le había obligado a abandonar la mesa donde compartían algunas golosinas y platillos livianos.

Ante la tardanza, la taiwanesa se había asomado al pasillo donde "la" china había estado charlando largo tiempo. Allí, aguardó pacientemente, hasta que Yao colgó el auricular.

— ¿Quién era?

— Iván. Me llamaba por lo de la junta de la próxima semana-aru.

— ¿Será también por continentes?

— Hum… parecido. Nos dividirán por regiones de influencia ésta vez.

— Explícate.

— En una sala se juntarán todos los americanos, que están bajo la influencia de Estados Unidos-aru. Coincidencia. Por otra parte, estarán los de la Unión Europea, el mundo eslavo, en otra sala los de Máshreq y el Magreb*, en otra los de Asia Central, luego los del Sudeste asiático… en definitiva, nos dividiremos por regiones de influencia-aru.

— ¿Y con quién tengo que estar?

— Con nosotros, los de Extremo Oriente-aru. Considera a los países Japón, Corea del Sur, Corea del Norte, China, Mongolia, Taiwán, Macao, Hong Kong… pero se está discutiendo acerca de si asociarnos con la junta de países del Sur y Sudeste de Asia-aru.

— Entiendo. Bueno, al menos trataremos temas más cercanos a nuestra realidad. La junta anterior se nos fue en tratar de detener las algunas peleas que ni siquiera nos involucraban.

— Es cierto-aru.

— Volvamos al salón. Te estamos esperando.

— Antes de eso, Mei… me gustaría hablar algo en privado contigo-aru— dijo "la" china, avergonzándose un poco. La taiwanesa miró a todos lados, y luego, caminó rumbo a la habitación de Yao, con "ella" siguiéndole de cerca. Allí, cerraron la puerta, y se aseguraron de que no hubiera nadie en las cercanías.

— Entonces… dime.

— Es… es complicado para mí, pero… es serio. Es algo de… "mujer" a niña…

— ¿"Niña"?— MeiMei arqueó una ceja.

— Bueno. "Jovencita".

— ¿Qué sucede?

— Pues… llevo ya varios meses en éste cuerpo-aru… y a diferencia de todos mis desafortunados compañeros… yo… yo…

— ¿Tú?

— Yo no…— Yao bajó aún más la voz, y más rojo que nunca, confesó: — No he… tenido ni siquiera mi primer periodo-aru…

— Ha de ser porque a tu edad, y si hubieses sido mujer toda tu vida hipotéticamente hablando, ya habrías pasado por la menopausia.

— ¡Niñita insolente!— reprendió entre dientes — Aún soy joven. Pero eso no es lo único.

— ¿Qué más?

— Es algo muy… MUY raro-aru… éste último tiempo mi cuerpo ha estado pasando por cosas muy extrañas… y creo que tiene que ver con que… sea "mujer"-aru.

— Explícate ¿Qué clase de "cosas extrañas"?

— Últimamente he estado con muchas ganas de comer fresas…

— ¿Y?

— ¡P-pero no se trata de caprichos ni nada! Es raro… es como si quisiera comer muchas, muchísimas fresas. Heladas… pero ácidas. Casi con sabor a frambuesas… y cada vez que tengo oportunidad, o cada vez que siento su aroma, no puedo evitarlo. He gastado en kilos de ellas y no me duran casi nada. Lo mismo con los limones-aru…

— Yao, posiblemente has estado dejándote con tu alimentación, y por eso tu cuerpo está pidiéndote mucha comida. A lo mejor es un déficit de vitamina C, porque si quieres comer cosas ácidas…

— No entiendes, MeiMei… es algo incontrolable, repentino… y a mí NUNCA me han gustado las fresas…

Continuará…


*Tétris: Videojuego de puzle inventado en 1984 por el ruso Alekséi Páshitnov cuando trabajaba en la academia de ciencias de Moscú. Su nombre hace referencia a la palabra "cuatro" ("tetra"), que el número de cuadros que conforman a cada figura. Las figuras son siete, (En formas de "L", "J", "I", "O", "S", "Z" y "T"), descienden de la parte superior de la pantalla, y el jugador debe de elegir en qué posición deben de alinearse (pudiendo voltearlas en 0, 90, 180 o 270°), de modo que al completarse una fila de cuadros, ésta desaparece y las piezas restantes caen en la posición en que fueron acomodadas. Al avanzar los niveles, la caída de las piezas se acelera. El juego termina cuando la pila de piezas se sale de la pantalla de juego.

*Alcohol: Canción de "El Capitán Canalla", casi un himno. Normalmente la cantan los hinchas españoles cuando van a ver un partido de su equipo favorito. Alude a que pase lo que pase, pierdan o ganen, celebrarán u olvidarán el momento, bebiendo.

*Eish Saraya: Receta egipcia. Se prepara con azúcar, agua, jugo de limón y pan. Consiste en el pan untado en un almíbar hecho con el azúcar quemada y el jugo de limón. Se sirve frío, y adornado con nata de leche.

*Templo Shinto: (O Jinja) Es un santuario y su medio natural circundante. Su objetivo no es servir como una capilla, sino santificar un lugar y realizar cultos a los "Kami", deidades Shinto (aunque también el alma de un fallecido puede ser considerado "Kami"). Existen aproximadamente 100 mil Jijas en Japón (contando "combinados") aunque hay algunos muy pequeños o no administrados que no se han considerado al momento de registrarlos. Se autofinancias con donaciones, asociándose a las municipalidades.

*Miko: Sirvientes de los templos Shinto japoneses (Jinja) desde la Era Sengoku (un periodo muy largo en la Guerra Civil de Japón, comprendida entre los años 1467 y 1568 del calendario Occidental). Son de clase social alta, y muchas veces familiares de los sacerdotes. En un inicio eran las que tenían trances y comunicación con los "Kami", luego, eran "servidoras" asignadas a labores como hacer danzas ceremoniales (Miko-Mai) y asistir a los monjes en las ceremonias de matrimonio. Actualmente, también realizan rituales y adivinación (a menudo se les compara con las sacerdotisas del Oráculo, en Grecia). Supuestamente se mantenían vírgenes toda la vida, pero si optaban a casarse, abandonaban su labor en el templo para dedicarse a la vida familiar. Se visten con una chihaya, consistente en una hakama (falda dividida) rojo escarlata, blusa blanca holgada en los hombros y un tabi (calcetines blancos) con zapatos tradicionales.

*Máshreq y Magreb: Son regiones del mundo árabe. El Máshreq ("Lugar donde sale el Sol" o "Levante") es la parte más oriental, correspondiente al Medio Oriente (Jordania, Líbano, Palestina, Siria, Arabia Saudí, Sudán, Yemen, Irak, Qatar, Bahréin, Omán, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos) y Egipto. El Magreb ("Lugar donde el Sol se pone" o "Poniente") es la parte más occidental del mundo árabe, engloba a los países musulmanes del Norte de África (Marruecos (considerando también el territorio del Sahara Occidental) Túnez, Argelia, Mauritana y Libia (éste úktimo está considerado como "País de transición" entre las dos regiones árabes).


Respuestas


Ux:
Nya~! Yo también extrañaré escribir éste fic una vez que se cabae. Le tomé mucho cariño, pero bueno: nada puede ser eterno. Ahora que ya tengo el final casi listo, mi inspiración queda reservada para mis trabajos posteriores.

Creo que la decisión de Kiku está casi tomada. Luego de éste capítulo, es... no sé si "evidente", pero más o menos predecible con quién quedará. ¿Para School Days? Sucederá algo similar :3 Tengo grandes ideas en mente para ese fic *risa malévola*

¡Muchísimas gracias por comentar!


akasuna tsuki-yuue:

¡Nya! Imaginarme a Francis divulgando rumores amorosos por ahí fue tan divertido que sentí que tenía que ponerlo formando parte de éste capítulo. Le va bien eso de andar de chismoso cuando se trata del amour.

¡Pobrecito Alfred! Pero como lo tenía un poquito olvidado, tenía que seleccionar una víctima que sufriera lo del incómodo tema de la depilación. Mala suerte para "ella" XD. Y lo de las chicas eslavas tiene una rara explicación biológica, en donde los sucesos hormonales que afectan a una mujer que convive con otras, a veces, suele afectar a sus compañeras también XD.

¡Oiii~! Yo con éste fic (y con mis muchas investigaciones del país) aprendí a amar a Corea del Norte… ¡Y mira que hermano más alote tiene! Que lo anestesia para sacarlo de su casa ¿No se pasa de listo ese muchachito! XD

Wojojo~, desde su "transformación", MeiMei ha hecho de Kiku su muñequita vviente. Ha probado vestidos, kimonos, joyas, adornitos, maquillaje, y ahora un tiernísimo bañador de marinerita (en mi imaginación le sienta muy bien, jejeje~)

Síi~, FrUK la lleva *corazones*. Puede que éste fic al final deje un "gusto a poco" (de hecho, hsta a mí me deja esa sensación) pero no es nada que no pueda compensarse con mis otros trabajos :3.

Yo creo que para España y Prusia tener una "amiga" sexy como Francis en su versión femenina debe ser todo un martirio. Tan cerca de ella, tan confiados con ella… ¡Pero son amigos! ¡Y no tienen derecho a roce! Francis, eres malvado, jajaja.

Lamentablemente el final está muy cerca (De hecho, el próximo capítulo es el definitivo). A éste fic (novato, pero mi joyita a fin de cuentas) le he tomado tanto cariño, han pasado tantas cosas, tantos altibajos y situaciones divertidas y envolventes, que en serio no lo podré remover de mi corazoncito. Es como mi hijo XD. Por suerte, "Fem!Crisis" tendrá hermanitos menores, espero que igual de amorosos y lindos que él XD.

Jejeje, ahora que lo pienso, debí de haber hecho algunas aclaraciones de la jerga chilena Û lo siento. Se me pasaron por alto algunos detallitos.

A México no puedo olvidarlo. Es uno de los latinos más queridos y protagónicos, por tanto, donde vaya NO PUEDE pasar por alto.

¡Bye bee~! ¡Gracias por comentar!


Al principio me costó mucho hacer éste capítulo. Pensé en poner más detalles y cosas, pero al hacerlo me quedaría muy pesado y tedioso. Hubo cosas que no pudieron suceder (aunque e hubiesen encantado, por ejemplo, que Lituania hubiese sido uno con Fem!Rusia XD), pero para el final tendrán su compensación, su merecida escena de hollywood, al igual que aquellos que "quedaron en el aire". No teman, que esto aún no acaba.

Me cuesta creer que éste sea el penúltimo capítulo. Como a muhos les dije, le tomé mucho cariño á ésta historia. Extrañaré mucho escribirla, extrañaré su trama, sus particulares personajes, poner los datos al final de la lectura... pero bueno. Nada es eterno TT-TT.

Ahhh... pensar que ya tiene más de un añito *o* mi precioso hijito de más de trescientas mil palabras. Creció tan rápido. Hizo tantas maldades en mi cabecita, y ahora se me va de las manos. Espero no quedes como un simple recuerdo, "Fem!Crisis". Pero como madre deseosa de una gran familia (mejor dicho, una autora con muchas ganas de escribir), "Fem!Crisis" no es hijo único, sino que tiene hermanitos más pequeños. Casi todos aún duermen en cuna, pero aceptan visitas y cariñitos de quien desee verlos de cerca. Para eso, visiten el perfil, clickeen los títulos, y denles una leída. Prometen (creo). Espero sean igual de lindos y amorosos que éste, mi querido hijito.

También hay otro padre de mi lado artístico, y es el dibujo. Puede que mi galería de Deviatart esté un poco pobre de dibujos y contenido, pero recién estoy iniciándome con el arte digital XD espero también visiten algún día la página.

No me queda más que seguirles agradeciendo todo su apoyo y cariño a lo largo de toda la historia. Como lectores y críticos han sido fantásticos, me han ayudado cuando tengo bloqueos artísticos, me han llenado de ideas geniales, me han apoyado con sus comentarios, sus peticiones, sus críticas, con todo! inclusive (cada vez que veo mi correo) me sorprendo de ver como la gente que a veces no comenta, sí añade mi historia a sus favoritos. Eso también se agradece de todo corazón.

Recuerden que ante cualquier duda, petición (para el último capítulo de éste fic, o para los que le siguen) esperaré ansiosa sus comentarios. Todos los tomatazos que se han estado reservando, aprovechen, y láncenmelos ahora (XD), todas las bombas, ataques en masa, invasiones a las regiones vitales (?), cualquier cosa que se les ocurra: éste es el momento.

Queda sólo un capítulo, pero no por eso todas las dudas completamente resueltas: ¿Confesará Arthur que la culpa no sólo es de Kiku? ¿Cómo le irá a nuestras "señoritas" con el antídoto? ¿Seychelles va a demandar a esos maniacos para hacerse millonaria con las indemnizaciones por daños físicos y morales? A parte de Alfred y Francis ¿A quiénes besó Arthur mientras bailaba el caño en vacaciones? ¿Cuál es la sorpresa que prepara Iván en su casa? y lo más importante ¿Qué sucede con China, y su ahora repentina fascinación por las fresas y limones?

Recuerden: "Un fic con reviews, es un fic feliz" :)

Espero nos leamos pronto.

¡Sayo! Nya~.