Disclaimer: Los personajes fueron creados por Jane Austen. Yo sólo juego con ellos un rato.
Mil perdones por desaparecerme dos semanas sin previo aviso. Una visita a mi familia para Semana Santa y un trabajo para la universidad se cruzaron en mi camino. Iba a publicar esto ayer, pero en total creo que no estuve más de cuatro horas en mi casa, entre una cosa y otra. En otras noticias, este jueves fue mi cumpleaños. Ahora tengo veintitrés y yo todavía no lo creo.
Muchas gracias a Molita y Lou Darcy por sus reviews en el capítulo anterior. Me alegra mucho que les guste la historia, en serio.
En fin, los dejo con el capítulo.
Canción recomendada: "Fix You" de Coldplay.
Chocolate y café amargo
Capítulo 25
Una solución
Después de un largo día en el café —Charlotte le había pedido que la cubriera, sin dar más explicaciones—, lo único que Lizzie quería era llegar a casa y meterse en su cama. Eso y un chocolate caliente, que era algo que siempre le había encantado. Especialmente como lo preparaba su madre. A la joven nunca le había quedado igual, pero aún así era un buen esfuerzo.
Sí, ese plan sonaba bien.
Además, la ventaja de haber terminado con sus cosas tarde era que seguramente Darcy ya estaba en su trabajo. No había ninguna posibilidad de cruzárselo por error.
Subió las escaleras del edificio de dos en dos. Después de tanto tiempo ahí, se había acostumbrado a la falta de ascensores y subir hasta el último piso no le parecía tan tremendo como en un principio. Además, era un buen ejercicio. Lizzie había participado en algunos deportes cuando estaba en la universidad, pero nunca había sido constante en ellos y desde su graduación no hacía deporte.
Al abrir la puerta, le extrañó encontrarse con todas las luces apagadas. Por lo que recordaba, su hermana no iba a salir ese día. Había renunciado a la compañía, por supuesto. Lizzie aún pensaba que debían denunciarlo, pero Jane se mantuvo en sus trece.
—¿Jane? —preguntó al acercarse al estrecho pasillo donde estaban sus habitaciones—. ¿Estás?
En la cama de su hermana había un bulto cubierto de frazadas. Lizzie hubiera pensado que era ropa, pero un gemido adolorido la hizo darse cuenta de que se trataba de Jane. Inmediatamente, la chica se acercó y se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué pasó? —preguntó al ver el rostro de su hermana, pálido y con los ojos enrojecidos—. ¿Jane?
Parecía que las palabras le estaban fallando a su hermana, porque en lugar de contestarle, se limitó a emitir un nuevo gemido.
—¿Ese imbécil te llamó? ¿Vino? ¿Te dijo algo?
Jane negó con la cabeza. Lizzie frunció el ceño. No le gustaba nada lo que estaba viendo. ¿Qué podía haber dejado a su hermana en ese estado? Como si el idiota de Roger no hubiera sido suficiente.
—¿Qué pasó, entonces? No estás bien, Jane —murmuró al tiempo que le acariciaba la espalda. Un gesto de su madre, que siempre las hacía sentirse bien. Por mucho que Lizzie renegara de ello, era cierto que había heredado algunas cosas de su madre.
Jane le indicó su teléfono, que estaba sobre la mesita de noche. Su hermana había abierto twitter, justo en un comentario de Bingley, de esa misma mañana.
—¿Se fue a Londres? —preguntó después de leer. Jane volvió a gemir—. ¿No te había dicho nada de esto?
Ante esas palabras, Jane volvió a llorar. Lizzie siguió acariciándole la espalda por sobre las sábanas, sin saber qué hacer o decir. Odiaba ver a su hermana así. Y lo peor era que Charles al menos había parecido un buen tipo. Nunca le había caído bien Roger, pero Bingley sí. Ahora le había roto el corazón a Jane y Lizzie se veía obligada a recoger los pedazos.
—¿Quieres algo de comer?
Su hermana sacudió la cabeza.
—Jane… Necesitas comer algo. Voy a preparar chocolate caliente y te traeré un poco.
Seguramente Jane no se iba a negar a recibir algo así. Al igual que la chica junto a ella, tenía predilección por el chocolate en todas sus formas y tamaños. Así que Lizzie se levantó y fue a la cocina.
Pobre Jane. Estaban en uno de esos momentos en que parecía que todo lo malo le sucedía a ella. No era justo. Jane era la chica más genial y amable que Lizzie conocía. Si alguien se merecía ser feliz era ella.
Menos mal que Bingley se había ido lejos. Porque si hubiera estado al alcance de la chica, ella se habría encargado de dejarle claras unas cuantas cosas acerca de cómo tratar a su hermana. Nadie hacía llorar de esa forma a Jane y se salía con la suya.
Con dos tazas humeantes de chocolate, volvió a la habitación de Jane. Su hermana seguía hecha un ovillo sobre su cama, cubierta con una frazada de colores. Sin embargo, al sentir el aroma de la bebida, se incorporó.
—Lizzie, no tenías que haberte molestado —musitó con la voz ahogada. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto, y se veía terriblemente pálida. Lizzie tragó saliva. Odiaba verla así.
—Lo siento —murmuró la otra mientras le tendía una taza a Jane.
La joven bajó la cabeza.
—Es sólo… Yo pensaba que todo estaba bien entre nosotros. Iba a contarle lo de Roger y… —la voz de Jane volvió a quebrarse. Lizzie estaba sin palabras.
—Tiene que haber una explicación —fue lo único que logró decir después de unos minutos de incómodo silencio—. Bingley no haría algo así.
—Pero lo hizo.
El tono de Jane era amargo. En todos sus años de vida, Lizzie no recordaba nunca haber oído a su hermana hablar así. Era la chica más dulce del mundo, siempre dispuesta a ver el lado bueno de los demás y a ser amable.
—Jane…
—Lizzie, es verdad —dijo la joven con un suspiro—. A lo mejor nos equivocamos al juzgarlo y nunca… nunca me quiso.
Se notaba que había tenido que hacer un gran esfuerzo por pronunciar esas palabras. Y Lizzie no sabía qué hacer. Por una parte, quería ir a partirle el cuello al idiota de Bingley por hacer llorar a su hermana. Nadie podía hacer eso y salirse con la suya así como así.
—¿Sabes? —preguntó acariciando suavemente el cabello de Jane—. Creo que Darcy tiene algo que ver en esto. Seguro que pensaba que estabas por debajo de su nivel, el muy snob.
Su hermana se incorporó en la cama y la miró a los ojos.
—En ese caso, la situación tampoco habla bien de Charles. Si le hizo caso a su amigo ciegamente, a lo mejor no es alguien con quién me convenga estar.
Por supuesto, incluso con el corazón roto, Jane se las arreglaba para ser la más sensata en la habitación. Como siempre lo había sido.
-o-
Aunque era horriblemente frustrante, Jane sabía que no podía darse el lujo de regodearse en su tristeza. Después de todo, ni ella ni Lizzie estaban cerca de ser ricas y tenían que sobrevivir. Por supuesto que había tenido que dejar la compañía después de lo sucedido con Roger. Simplemente no podía volver a verlo a la cara. Ni a sus compañeros. Lo único que había hecho había sido llamar a Freddie y decirle que le dijera a Roger que ella no iría más. Según su amigo, a él no parecía haberlo afectado mucho y ya tenía a otra chica preparando el papel de Jane.
Con todo lo que le había costado llegar a ese lugar, sólo había hecho falta un estúpido monumental para echarlo todo a perder.
Al menos Freddie había sido amable —a pesar de que ella no hubiera querido darle sus razones para renunciar— y le había enviado un correo con un anuncio de audiciones para otra compañía local. No era tan exitosa ni famosa como la de Roger, pero Jane creía que podía ser un buen lugar.
Además, necesitaba trabajo pronto. No podía dejar todo el peso sobre los hombros de Lizzie. Y no quería dejar de bailar, mucho menos por alguien como Roger.
Se acomodó la chaqueta y revisó en el escaparate de una tienda que su peinado estuviese en orden. Por más que había intentado cubrirlas con maquillaje, sus ojeras delataban las malas noches que había pasado.
Por más que había intentado parecer calmada y razonable con Lizzie, Jane sentía un agujero en su pecho. Porque había pensado que Charles la quería y que de verdad estaba enamorado. Ella lo estaba. Él no se parecía a nadie que hubiese conocido en su vida, siempre con esa sonrisa amable en los labios y dispuesto a ayudar a cualquiera que necesitara de él. Y eso no encajaba con lo que había hecho: irse sin decir nada.
Suspiró y cuadró los hombros antes de cruzar el estrecho umbral que llevaba el nombre del estudio. Estaba en el segundo piso de una panadería y para llegar hasta él había que tomar unas escaleras muy estrechas. Jane tuvo que obligarse a dejar de hacer comparaciones mentales con su anterior estudio. Eso ya estaba atrás.
Una vez en el lugar, claramente las cosas se veían mejor. Se notaba que los dueños se habían preocupado y habían tratado de crear ahí un ambiente acogedor. Para empezar, estaba calefaccionado, lo que en esa época del año siempre era de agradecer.
—¿Tú eres Jane, no? —preguntó una chica joven que estaba junto a la puerta de vidrio opaco que debía llevar a la sala de ensayos.
—Sí.
—Estupendo, llegas muy a tiempo. Eso le gustará a Martin —dijo la otra chica, anotando algo en una libreta pequeña que llevaba en la mano—. A Sonia le encantará. Yo soy Natalie, la secretaria mujer multipropósito de aquí. Si necesitas cualquier cosa, por favor, pídela.
Jane asintió y se acomodó en un rincón para empezar a calentar. En la pequeña recepción había otros jóvenes de su edad. Todos parecían relajados y cómodos en el lugar. Era una compañía joven y que aún estaba intentando crearse un nombre en el escenario, pero eso era incluso más llamativo que una compañía establecida. Cualquiera querría tener la oportunidad de ser quien acaparara las portadas como la nueva estrella del baile alternativo.
—Jane Bennet, ¿estás aquí?
La que hablaba era una mujer de unos cuarenta años, delgada y con la cara ovalada, que era acentuada por el moño que llevaba en la coronilla.
—Sí —replicó la chica, a lo que la mujer le respondió con una sonrisa amable.
—Muy bien, yo soy Sonia Volkov. Puedes pasar —le indicó abriendo la puerta de par en par. Tenía un leve acento que se notaba en su fuerte pronunciación de la erre, pero aún así su voz era suave y calmada. Extendió una mano para que la joven le pasara el pendrive donde había puesto lo que había preparado.
En el interior del estudio de baile, estaban tres personas más. Todos parecían amables y sonreían. Ella no recordaba haber visto jamás a los coreógrafos de su anterior compañía tan relajados. Sonia se sentó en la mesa junto a ellos y le indicó con una mano que se pusiera frente a ellos.
—Jane Bennet, ¿no? —preguntó un hombre regordete, con el cabello en una cola de caballo baja. Tenía una carpeta azul en las manos, donde la chica imaginó que tenían los currículos de todos los que habían ido a postular—. Dice aquí que estudiaste en la Modern Dancing Academy de Londres. ¿Tuviste por casualidad clases con Edward Manning?
—Sí —respondió la chica. Recordaba al profesor Manning por lo riguroso que era. Si había que repetir un giro mil veces hasta dominarlo, él hacía que sus estudiantes lo hicieran. Pero al mismo tiempo, los felicitaba incluso por los progresos que pareciesen más pequeños. Otros profesores eran más duros con ellos y rara vez eran amables, por lo que los alumnos los estimaban menos que al señor Manning.
—Me alegro. Tiene una buena técnica y sabe cómo enseñarla, así que asumo que estarás bien en ese aspecto.
Jane asintió. Pudo ver que el hombre fruncía el ceño al leer algo más en el papel, pero no dijo nada. La señora Volkov le dijo que cuando se sintiera lista, empezara a bailar.
Jane no sabía si se sentía lista. No sabía si sería capaz de bailar de nuevo, ahora que tenía el corazón partido. En alguna parte había leído que para ser un gran artista en cualquier rama, había que tener el corazón partido al menos una vez. No estaba segura de si eso era verdad, pero al menos podía intentar. Le hizo un gesto con la cabeza a Sonia, que apretó uno de los botones de la radio.
Tenía que hacerlo.
Porque sus hermanas la querían, porque ansiaba con enorgullecer a sus padres, porque sus amigos deseaban que le fuera bien.
Sabía que no podía dejarse morir por un hombre. Y no lo iba a hacer. Dejó que la música le recorriera las venas, como siempre lo había hecho.
Ya había caído.
Ahora tenía que levantarse.
Mi Jane es una chica con fuerza (no del mismo tipo de Lizzie, pero fuerza igual). Y sabe que no existen los príncipes azules que solucionan la vida con un beso y que a veces tiene que pelear sola. Así que aquí la tenemos intentando rehacer su vida, después de llorar bastante. Porque a veces simplemente hay que atreverse a empezar de nuevo cuando parece imposible.
Saludos y (ahora sí) ¡hasta el sábado!
Muselina
