FT es de Mashima-sensei

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Capítulo 25

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Encuentro inesperado

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Sui esperó junto al resto de su grupo a que el cañón diera la señal de inicio del ataque. El corazón le palpitaba con fuerza a causa de la emoción. Solo participarían en el abordaje la mitad de los piratas. El barco enemigo, al que se acercaban con rapidez, era más pequeño que el Lighting, así que se asignó la tarea a sesenta hombres y mujeres.

Había tres grupos de veinte piratas, cada uno dividido en grupos más pequeños de cuatro, ocho y ocho miembros. Esa era la formación 4-8-8 de la que había hablado Cana. Sui conocía bien los deportes de equipo, por lo que comprendió la táctica sin problema alguno. Era muy simple. El de cuatro era el grupo armado con espadas anchas e iría primero para sembrar el pánico entre la tripulación rival, blandiendo sus enormes espadas y causando todo el daño posible a los cabos y la cubierta del otro barco. Solo a la cubierta. El barco no debía sufrir ningún daño serio, pues existía la remota posibilidad de que el capitán Makarov decidiera quedarse con él para uso personal.

Cuando el grupo armado con espadas anchas hubiera sembrado el pánico y la destrucción en el puente rival, entraría el primer grupo de ocho hombres, estos equipados con armas más pequeñas y letales, como: estoques, floretes y dagas. Los miembros del grupo harían frente a los adversarios de la tripulación rival. Como Cana había recordado en la sesión de preparación, el propósito era conseguir que la tripulación rival se rindiera y entregara el cargamento sin oponer resistencia, no matar sin orden ni necesidad.

La misión del segundo grupo de ocho piratas, entre los que se incluía Sui, era apoyar al primero. Los ocho primeros piratas tenían más categoría, de manera que podían darles órdenes y solicitar su ayuda. Cada uno de ellos tenía asignado un miembro del segundo grupo. Sui tenía el honor de ser el pirata asignado a Cana.

—Es la posición más segura del grupo —le dijo Elfman—. Cana vale por tres hombres. Pero verás la acción de cerca, de eso no tengas duda. Y escúchala, hombre. Haz todo lo que te pida y todos volveremos a casa a tiempo para la fiesta.

Elfman se puso sus guantes de cuero y le estrechó la mano a Sui.

—Que tenga usted mucha suerte, señor Heartfilia.

—Lo mismo digo —respondió Sui.

Igual de sonriente que siempre, pero tomándose las cosas muy en serio, Elfman se unió a los otros tres fuertes piratas que formaban el primer grupo.

Sui volvió con su grupo, cuyos miembros se estaban preparando para el combate como lo harían los equipos en los que Sui había jugado desde que era niño. Algunos piratas hacían ejercicios de calentamiento antes del abordaje, estirando las piernas o girando el torso de un lado a otro para asegurarse de que no les fuera a faltar movilidad en combate. Otros practicaban ataques con sus armas, cortando el aire. Al pensar en la batalla, Sui se estremeció y sintió una leve náusea.

Acarició con los dedos la empuñadura del estoque que llevaba colgado en la cintura. Cana había repasado el papel que jugaría Sui durante el abordaje y le había dicho que no era probable que tuviera que usar el estoque para nada que no fuera intimidar a los enemigos. Pero aquello no era un juego. No había garantías de que los pronósticos de Cana se cumplieran. Sui sintió el peso del estoque. Era pesado, pero todavía le pesaba más el miedo, cada vez más grande, que le daba utilizarlo. Pero ya era tarde para echarse atrás, los demás dependían de él.

De pronto, a su lado apareció Erza. Sui creía que pertenecía al primer grupo de ocho. Aunque tal vez solo quisiera desearle suerte.

—Me uniré a este grupo —anunció Erza—. Mabangis, ocupa mi lugar entre los ocho primeros. Te he ascendido. Yo me quedaré atrás para vigilar al joven Heartfilia.

La otra pirata, Mabangis, no disimuló su alegría. Saludó a Erza y luego fue corriendo a unirse a su nuevo grupo. Sui miró a Erza. De verdad había decidido quedarse atrás, o tal vez la habían degradado? Sus ojos oscuros le advertían que ni siquiera pensara en ello.

De pronto se oyó un estruendo sobre la cabeza de Sui. Al mirar, vio que una pesada reja de metal caía hacia él. Casi por instinto, se apartó de un salto. Justo después, la reja se detuvo formando un ángulo de cuarenta y cinco grados con el suelo. Dos estructuras similares aparecieron a intervalos a lo largo del puente. Sobresalían amenazadoras, como puentes levadizos izados a medias.

—Qué son esas cosas? —le preguntó Sui a Erza, sospechando lo peor.

—Cómo crees que vas a saltar desde nuestro barco al suyo? —respondió ella.

Sui miró la reja que se balanceaba ligeramente sobre su cabeza mientras el barco se mecía sobre las olas. No parecía nada segura.

—Cuando suene el cañón —le dijo Erza—, las bajarán hasta que queden planas, formando un puente.

A Sui no acababa de convencerle el sistema.

El pirata que tenía a su lado le dio un leve codazo.

—Las llamamos los Deseos —dijo—, porque lo único que puedes desear es llegar al otro barco y volver vivo.

—Gracias —dijo Erza, irritada—. Has sido de mucha ayuda.

Sui se sintió enfermo.

Sonó el cañón.

El barco pirata se había colocado paralelamente a su objetivo, acercándosele a toda velocidad, como un tiburón haría con un delfín.

Los dos barcos entraron en combate.

El estruendo de los cañones ensordeció a Sui cuando volvieron a sonar. En ese mismo momento, los Deseos bajaron hasta un ángulo de noventa grados para formar un puente entre el Lighting y el otro barco.

Cuando las rejas metálicas se apoyaron en el barco enemigo, los tres grupos armados con espadas anchas comenzaron a avanzar por las frágiles estructuras, situadas muchos metros por encima del furioso mar. Sui vio que cada puente tenía una fina barandilla a ambos lados, pero aun así no parecían nada seguros. Subían y bajaban mientras los dos barcos flotaban sobre el hirviente mar, las burbujas producidas por la velocidad y la resistencia del agua casi soltaban vapor.

—No puedo hacerlo —dijo Sui, sintiendo que el pánico se apoderaba de su cuerpo como si fuera hielo.

—Por supuesto que puedes —dijo Erza—. La clave es correr tan rápido como puedas. Cuanto más lento vayas, más inestable te sentirás. Y hagas lo que hagas, Sui... no mires abajo!

Pero Sui no pudo evitar mirar abajo en ese mismo instante. Allí, bajo las rejas de metal, estaban las aguas revueltas, aguardando con las fauces abiertas para volver a envolverlo en su frío agarre.

Tembló. Nunca le habían gustado las alturas, ni siquiera después de llevar tanto tiempo viviendo en un faro. Sintió un desagradable mareo y un brusco aumento de adrenalina en las venas. Un segundo antes, su cuerpo parecía tan pesado como el plomo, entonces ahora parecía tan frágil y vulnerable como una pluma. No pondría el pie en el puente. Un desliz o un paso en falso y se precipitaría a las gélidas profundidades marinas. Quería marcharse de allí a rastras, esconderse. Por qué lo había elegido el capitán Makarov como miembro del grupo? No podía hacerlo.

'Sí, puedes'.

Era otra vez la voz de su padre. En su cabeza.

'Puedes hacerlo, Sui.'

La calma y seguridad de su voz le reconfortaron. El flujo de adrenalina se redujo y por un momento se sintió tranquilo.

—Adelante los primeros ocho! —gritó Cana, apartándose de pronto de su grupo y avanzando a toda velocidad por uno de los Deseos.

Tres grupos de ocho piratas cruzaron los puentes metálicos como manadas de lobos, saltando de un barco a otro tras el suculento botín.

Sui y los demás miembros del segundo grupo se adelantaron formando una línea a un lado del barco. Él era el penúltimo. Solo Erza permanecía tras él.

Había llegado el momento. No sabía cómo iba la batalla, era imposible ver lo que ocurría al otro lado del puente.

Delante de él, el Deseo se bamboleaba de arriba abajo. Aunque había visto cómo los doce piratas lo cruzaban sin problemas, seguía temiéndose lo peor. Pero, qué otra opción le quedaba? Formaba parte de un equipo, y Sui Heartfilia nunca defraudaba a su equipo.

—El segundo grupo! —oyó gritar.

Los piratas que había delante atravesaron el Deseo sin necesidad siquiera de apoyarse en la baranda. De pronto, Sui se encontró delante de la estructura. Vaciló un instante, pero entonces Erza le dio un fuerte empujón.

—Hazlo, novato. Demuéstrame que no rescaté a un cobarde.

Respirando hondo, Sui saltó al Deseo y, sin mirar abajo, sin apartar las manos del cuerpo, echó a correr. Tras unos pocos pasos saltó a los tablones de madera del otro barco. Lo había logrado.

—Excelente! —gritó Erza mientras saltaba a su lado. No hubo más tiempo para seguir conversando. Sui se separó de la pelirroja. Su misión era buscar a Cana y seguir sus órdenes.

A su alrededor, los primeros grupos de ocho habían entrado en combate cuerpo a cuerpo. Tenía tanta adrenalina corriéndole por las venas que se vio tentado de unirse a ellos, pero las órdenes de Cana eran más claras que cristal recién pulido. Había que seguir una táctica y él debía apegarse a ella. Vio a Cana algo más adelante, haciéndole una señal. Corrió a su lado. Ella apuntaba con el estoque a dos hombres en cuya cara se podía leer la derrota aunque sus cuerpos no temblaran como ramitas en un temporal.

—Vigila a estos dos, yo seguiré avanzando —le ordenó Cana.

Sui desenvainó su estoque y apuntó con él a los hombres, esperando que no notaran su inexperiencia. A juzgar por sus lloriqueos, no lo hicieron.

—No jueguen con Heartfilia —les dijo Cana—. Es uno de nuestros hombres más sanguinarios. —Y, guiñándole un ojo sin que la vieran, se marchó.

Tal vez ser un pirata tampoco fuera tan duro. Sui soltó un suspiro y sonrió a sus prisioneros, lo cual pareció alterarlos mucho.

—Solo trataba de ser amable —dijo él, encogiéndose de hombros y acercando algo más la punta de su estoque a la pareja de cautivos.

Sintió que alguien le tocaba el hombro. Dio media vuelta. Uno de los miembros de la tripulación enemiga se había liberado y lo amenazaba con un estoque en la mano. Debía de habérselo quitado a alguien del Lighting. No llevaba ninguna protección, pero en sus ojos brillaba el odio más absoluto.

—Malditos piratas! —exclamó—. Creen que somos una presa fácil, verdad? Pues se equivocan...

Atacó a Sui con el estoque, pero el joven intuyó su movimiento y se apartó.

El hombre volvió a atacarlo, y en esta ocasión el estoque le rozó el hombro. Sui sintió un dolor agudo. Pero le hizo bien... le hizo más que bien. El dolor lo despertó. Lo obligó a prestar atención. Estaban el uno frente al otro, calibrando a su oponente. Sui se concentró y recordó las lecciones que había aprendido de Cana y Elfman.

—Eres solo un mocoso —dijo su oponente—. Es que ya no hay piratas hechos y derechos y ahora solo usan novatos?

No debía morder el anzuelo. El hombre intentaba desconcentrarlo. Sui centró su mirada en sus ojos. Funcionó. Cuando el hombre volvió a atacarle, Sui predijo el movimiento de su estoque y paró la hoja con el suyo. Luego usó toda su fuerza para bajar el arma del enemigo. Al hacerlo, sintió una punzada de dolor en el hombro. El esfuerzo había sido demasiado. Sentía cómo le sangraba la herida, pero no podía distraerse. Tenía que atacar él primero, y así lo hizo. Apartó su estoque y se lanzó contra su oponente, embravecido. Con los ojos clavados en el hombre, apuntó el estoque a su pecho. Pero el puente estaba mojado de sangre y suciedad y Sui resbaló. El estoque no alcanzó el pecho del hombre, pero el ataque le hizo retroceder y él se golpeó la cabeza contra el mástil. Se desplomó en el suelo, con la cara y la cabeza cubiertas de la sangre que manaba de la herida como si fuera un río.

El corazón de Sui latía a toda prisa cuando se agachó para arrebatarle el estoque de su mano inerte. Al hacerlo, vio que se había manchado la mano de sangre. Se limpió en los pantalones.

No quería que el hombre muriera. Quería protegerse, pero no quería que su rival muriera. Miró a su alrededor. La batalla estaba dando sus últimos coletazos. Los piratas del Lighting habían ganado. Pero Sui no se sentía un ganador.

Fue hasta los dos prisioneros que Cana le había pedido que vigilara. Habían visto el duelo y al verle regresar se acurrucaron, asustados.

—Piedad! —dijo uno de ellos.

—Quítate ese pañuelo del cuello — Sui sentía la boca seca—. Quítatelo... ahora!

Con las manos temblando, el hombre se desató el pañuelo.

—Ven conmigo! —le ordenó Sui.

—Por favor... ten piedad!

—Tú, ven conmigo. —A Sui prácticamente ya no le quedaba voz.

Tomó al hombre por las muñecas y lo arrastró hasta el mástil, donde su anterior adversario ya estaba cubierto de sangre a causa de la herida en la cabeza.

—Ven, aprieta aquí —le dijo, colocando la mano del otro hombre sobre el pañuelo manchado de sangre—. Aprieta fuerte. Es una herida grave, pero no parece mortal.

—Me perdonas la vida! Gracias! —dijo el hombre del pañuelo, sonriendo a pesar de que le castañeteaban los dientes.

Sui se quedó allí, respirando acelerado. Sintió una mano en el hombro. Ya no podía luchar más. No le quedaban fuerzas.

Se volvió.

—Buen trabajo, novato —dijo Erza—. Tal vez tengamos que mejorar tu instinto asesino, pero, aun así, buen trabajo.

Cana llegó corriendo.

—Sui, me dijeron lo que ocurrió. Bien hecho! Brillante. Y, Erza...

—Sí?

Se miraron la una a la otra, ambas con la espada aún desenvainada.

—Un trabajo fantástico, señorita Scarlet! Como siempre. Gracias por cuidar de Sui, pero la próxima vez quiero que vuelvas con el grupo principal. Tus golpes son hermosos y precisos. Algún día tienes que enseñarme algunos movimientos con las katanas.

—Si quieres... —dijo Erza con indiferencia, pero Sui pudo ver que se sentía complacida.

Cana se marchó a comunicar que el barco se había rendido oficialmente. El Lighting disparó dos cañonazos para anunciar la victoria y el barco derrotado lanzó uno solo, señalando su rendición. Y así terminó todo, tan rápido como había comenzado.

No había costado mucho convencer al capitán del otro barco. Sabía que los superaban en número. Cuando Cana lo sacó del camarote, solo se quejaba de lo que diría su señor cuando se enterara de que le habían robado su valioso cargamento.

—Le puede decir que el capitán Makarov Dreyar del Lighting le manda saludos —dijo una voz familiar.

El capitán Makarov salió de entre el humo de los cañones con un aspecto inmaculado, con las espadas envainadas en sus respectivas fundas plateadas.

—Muchas gracias por su cargamento —continuó—. Ahora, si nos ayudan a subirlo aquí, no molestaremos más.

A orden de Cana, Sui se llevó a un par de prisioneros hasta la bodega para que lo ayudaran. No dejó de apuntarlos en ningún momento con el estoque en los cuatro viajes que hicieron para sacar los tesoros que habían almacenados abajo. Ellos estaban demasiado aterrorizados como para rehusarse.

Por último, el botín fue amontonado en la cubierta, como una hoguera de tesoros. Los piratas volvieron a dividirse en grupos. Los primeros grupos de ocho mantuvieron a la tripulación rival reunida en un círculo mientras los segundos grupos de ocho y los piratas armados con espadas anchas recogían todo el botín y lo llevaban por los Deseos a la cubierta del Lighting. Con un par de viajes más, Sui ya casi había perdido todo el miedo.

—Me echas una mano, hombre? —dijo Elfman.

Con una gran sonrisa, Sui sujetó el otro extremo del último cofre y juntos cruzaron con él el Deseo.

El resto de los grupos de ataque regresaron dando saltos triunfales por los Deseos. Luego, las tres rejas fueron levantadas como si fueran puentes levadizos y recogidas para el próximo abordaje.

Al volver, los atacantes fueron recibidos por vítores y una interminable ronda de abrazos, palmadas y saludos.

—Bien hecho, amigo! Fue de hombres! —le dijo Elfman a Sui, golpeándolo con afecto en la espalda.

—Sí, bien hecho! —exclamó el capitán Makarov—. Ha sido un magnífico abordaje, muchachos. Magnífico. —Se acercó a Cana y le estrechó la mano con fuerza—. Has hecho un gran trabajo, Cana.

Cana se ruborizó.

—Lo hemos logrado —le dijo Sui a Elfman—. Lo logramos!

—Ahora sí que eres un pirata —respondió Elfman—. Que Dios te ayude, ya eres un pirata de verdad.

Sui miró hacia el océano y vio cómo el barco derrotado se alejaba a toda velocidad hacia el horizonte. Se alejó del resto del grupo hasta el pretil.

'Te dije que podías hacerlo', dijo una voz familiar en su cabeza.

—Papá! —dijo él en voz alta.

'Hoy luchaste bien, Sui'.

—Dónde está Lucy?! —preguntó él—. Está viva?! Dónde está?!

Esperó, pero solo le respondió el silencio. Tras él escuchó la alegría de la tripulación. Por qué había ignorado su padre las preguntas? Ya no hubieron más cañonazos. Aun así, Sui se quedó junto al pretil, con los ojos fijos en el horizonte, esperando.

Al fin, volvió a oír la voz pausada en su cabeza.

'Aún no, Sui. Aún no. Pronto'.