CAPÍTULO 24

CANDICE

Terry me estudia con detenimiento, dejo que vea cuánto lo amo, y aunque trato de descubrir en sus ojos si él siente lo mismo, estoy tan nerviosa que no soy capaz de ver nada. Terry me pone las manos en mis mejillas y me acaricia. Tiemblo por su contacto. Me pierdo en sus bellos ojos azules y percibo cómo poco a poco la seriedad de su mirada se aleja de su iris y solo veo felicidad, una dicha que no he visto nunca reflejada en ellos.

—Mi dulce Candy...

El posesivo me conmueve y sonrío feliz, pues sé que aunque no me haya dicho que me quiere, debe de sentir algo parecido, lo siento así.

Terry me acaricia los labios y se acerca para besarme. Esta vez sin que la furia, el miedo o la rabia nos impulsen hacia un beso deseado y que nada tiene que ver con un regalo de cumpleaños. Esta vez es un beso de amor, y no pienso esconder lo que siento.

Cuando los labios de Terry se acercan a los míos, siento como si todo a mi alrededor hubiera dejado de girar. Como si la música hubiera dejado de colarse por la puerta entreabierta del gimnasio. Como si las voces que tratan de ser escuchadas sobre esta se hubieran silenciado. No escucho nada salvo el sonido de mi corazón latiendo acelerado. No siento nada salvo sus manos en mi mejilla dando un mejor acceso a mis labios. Solo soy consciente de él. Temo tanto que se aleje de mí tras este beso, que alzo las manos hacia su chaqueta y lo agarro con fuerza para impedirle la partida. Terry trata de ser tierno, su ternura me conmueve, pero poco a poco el deseo se abre paso entre los dos. Ese deseo que siempre ha estado latente desde que lo vi. Un deseo que he conocido a su lado. Nunca creí que fuera así. Tan intenso, tan potente, tan demoledor y capaz de convertirme en mantequilla derretida entre sus brazos.

Terry profundiza el beso y su lengua busca la mía. Me abraza y me acerca hacia él. Yo hago lo mismo. Lo acaricio sin miedo, como siempre he deseado.

—Terry —digo entre sus labios.

Terry me muerde el labio con ternura y tras besarme se aparta.

—No quiero que me llames así. —Me quedo mirándolo seria sin comprender—Una vez te dije que mi nombre me recordaba al dolor..., quiero que tú alejes esas pesadillas de mi mente. Creo que ya es hora de que mi verdadero nombre no venga precedido de un grito de horror.

—Pero no quiero llamarte de una forma que te pueda hacer daño. Podemos buscar otro...

—Odio mi nombre tanto como lo quiero. Es mi nombre, y aunque está unido a mis pesadillas, también me recuerda que quien me gritaba me quería lo suficiente como para trasmitirme con ese alarido angustioso lo que le suponía perderme.

Terry se acerca a mi oído; sé que es porque prefiere susurrarme su nombre a decirlo en alto. Ese nombre lo atormenta, y quiere que quien lo pronuncie en alto sea yo, que mi voz se lleve lejos los fantasmas de su pasado.

—James. James es mi nombre.

Cuando lo escucho, me quedo en estado de shock y luego un grito de dolor surca mi mente. Me voy hacia delante y Terry me sujeta. Pierdo el conocimiento momentáneamente. Me desubico. La negrura se abre paso en mí y solo puedo escuchar a alguien llamarlo con dolor y desesperación. Es como si su pesadilla me hubiera sido trasmitida de alguna forma para darle luz.

Al volver en mí, lo hago encogida por el dolor. Terry me tiene abrazada. Me aferro a él con fuerza, mientras siento lo que creo que es una premonición del pasado de Terry.

—Candy, me estás asustando.

Alzo los ojos hacia él, unos ojos cargados de lágrimas por el sufrimiento del que he sido consciente, y decidida a alejar ese dolor, digo en alto su nombre con una sonrisa que contrasta con mi cara surcada de lágrimas.

—James. Mi James.

Y es en ese instante cuando el dolor desaparece y solo quedamos James y yo.

TERRY

Cierro los ojos y siento cómo la voz de Candy se lleva, como ya presentía, mis pesadillas. Ahora solo puedo escuchar su dulce voz llamarme. La miro y la acerco a mí para besarla de nuevo, pero enseguida me doy cuenta de que este no es el lugar apropiado para lo que tengo en mente. Aunque no tengo prisa y en este siglo se vea de todo, no quiero testigos de lo que siento por ella.

—¿Quieres quedarte más tiempo en este baile?

—La verdad es que no. —Candy me sonríe con picardía— Podríamos ir a otro sitio.

—Podríamos.

Tiro de Candy y vamos hacia la entrada del instituto para salir de aquí. De las sombras, aparece Anthony. Por su cara sé que ha presenciado la escena.

—¿Acaso eres un mirón?

—Me preocupo por Candy, así que salí a ver cómo estaba y os vi besándoos. Solo quería decirte que no creo que ahora sea un buen momento para vosotros.

—Me da igual lo que pienses.

Anthony me aguanta la mirada, luego me tiende la mano.

—Cuida de ella, porque como no lo hagas, te las verás conmigo.

Miro la mano de Anthony, no muy dispuesto a firmar la paz.

—James... —me recrimina Candy.

Al final acepto estrechar su mano. En cuanto nuestras palmas se unen, siento una descarga. Observo a Anthony por si él también lo ha notado, pero me temo que ambos estamos ocultando esto tan extraño que ha sucedido. Aparto la mano y la pongo en la cintura de Candy para irnos.

Anthony mira a Candy.

—Recuerda que mañana hemos quedado para ir a la playa para el primer baño del verano.

—Sí. Nos vemos —le responde.

Pasamos por la puerta de gimnasio y Candy se detiene. Veo que mira hacia dentro. Se muerde el labio.

—Candy, no me provoques. —Se da cuenta de lo que hace y sonríe. Tira de mí hacia el gimnasio.

—Siempre he querido bailar una lenta contigo saltándome todas las normas sociales. Y aquí nadie nos dirá nada.

Me fijo en que Eliza no está muy lejos de la puerta.

—¿Es eso, o hay algo más? —le señalo a Eliza, y Candy se hace la tonta.

—Ni la había visto, pero odio verte con ella —responde, pero sé que miente.

—Nunca ha habido nada entre ella y yo. Aunque ella insistiera.

Candy mira a Eliza con la barbilla alzada y esta se da cuenta de que vamos cogidos de la mano. La dejo hacer, pues yo he hecho lo mismo ante Anthon, está marcando su territorio.

La gente mira a Candy con asombro primero por vernos juntos y luego como lo hacen siempre: con resentimiento y miedo.

No soporto cómo la miran. Lo peor es que sus recelos y el que ambos hayamos viajado en el tiempo me hace pensar si tendrán parte de razón y hay algo oculto en todo esto. Esta semana he estado buscando información sobre los brujos, pero hay aún menos de la que había en mi siglo, y tengo la sensación que solo sabemos lo que quisieron que sepamos. Que la verdad es solo conocida por unos pocos que la guardan con recelo. Espero estar equivocado, que todo sea simple y lo que nos ha pasado, un hecho aislado sin consecuencias. Quiero creer que ya nada empañará esta felicidad.

Llegamos a la pista de baile. Candy se alza y me pasa las manos por el cuello. Pongo las mías en su cintura.

—¿Podrías dejar de mirar a todos como si quisieras matarlos?

—Te aseguro que es lo que quiero.

—Sí, ya... Eres un fanfarrón. Seguro que no.

—No, cierto, pero odio cómo te miran.

—Pues no los mires. —Me coge la cara—. Mírame solo a mí. Te acostumbrarás. Debes acostumbrarte, porque has elegido estar... Porque estamos juntos, ¿no? ¿O tú solo quieres liarte conmigo y...?

La callo con un beso.

—Eres mía, Candice, desde el instante en el que te vi por primera vez, siendo un niño. El problema es que el destino quería jugar un poco con nosotros.

Candy sonríe, sus ojos brillan. Me encanta que me mire así. Feliz.

—Ya lo sabía, al final has caído rendido a mis encantos. —Se ríe por su ocurrencia y se acerca más a mí—. Déjate llevar por la música.

Meto la mano en el bolsillo de mi chaqueta y cojo la suya para ponerle la pulsera de rubís y diamantes.

—Hace tiempo que la compré para ti, pero hasta ahora no he encontrado el mejor momento para dártela y que supieras con ella que pensaba en ti, aun cuando no debería haberlo hecho.

Candy la toca con sus dedos.

—Es preciosa. Gracias.

Se alza y me besa al tiempo que una balada suena por los altavoces. Candy se pega a mí y yo hago otro tanto. Atrás quedan las normas de etiqueta.

—No sé bailar esto y me cuesta creer que esta forma de bailar sea decente.

—Tal vez no lo sea..., pero me da igual.

Candy se acerca más a mí. Me olvido de la música y de todos y la beso acariciando su espalda desnuda. Cuando me doy cuenta de lo cerca que estoy de perder el control, me aparto y le susurro al oído:

—Candy, ¿quieres que sigamos aquí o ya te has cansado de poner a prueba mi fuerza de voluntad para evitar un escándalo público? Te aseguro que me falta muy poco para romper todas las reglas sociales habidas y por haber.

Candy se separa y me mira sonrojada, haciéndome recordar lo inocente que es y que el hecho de que viva en este siglo donde la gran mayoría de sus amigas hace tiempo que dejaron de ser vírgenes y que ella sepa de estos temas no evita que sea una joven que está siendo seducida por primera vez.

—Lo siento, Candy, me cuesta ser un caballero cuando te deseo tanto, pero quiero que sepas que nunca haré nada que tú no quieras.

—Nunca es mucho tiempo.

—Y yo parezco nuevo en esto..., aunque lo cierto es que lo soy. Nunca he estado con nadie más allá de unas noches de pasión robadas.

—Me alegra ser la primera para ti en algo, pero no me gusta imaginarte con otras. —Candy tira de mí fuera de la pista—. ¿Nos vamos? Me apetece estar contigo a solas.

Salimos del instituto. Hace algo de frío, de modo que pongo mi chaqueta sobre los hombros desnudos de Candy.

—¿No se te ha ocurrido llevar algo más de ropa?

—No cuando lo que quiero es que se luzca mi espalda. ¿Me has puesto la chaqueta por si tengo frío o para que nadie vea que no llevo sujetador?

—No pienso confesarte mis motivos.

Caminamos hacia mi casa.

—Me gusta mucho tu nombre. James. Me he imaginado muchas veces cuál podría ser, pero nunca pensé que sería ese, aunque te confiezo que tambien me gusta Terry.

—Nadie lo sabe, pero me temo que al darte permiso para usarlo, ahora todos lo conocerán.

—¿En tu carné falso no lo has puesto?

—No, hoy ha sido la primera vez que lo he dicho en alto desde que tengo recuerdos.

—Gracias por hacerme este regalo. Quería saber cómo te llamabas.

—Gracias a ti, Candy.

Se detiene y me mira. La beso acercándola a mí. Cuando Candy gime entre mis labios, me separo y seguimos el camino en silencio. Llegamos a la que era mi casa y estoy rehabilitando. He disfrutado mucho viendo de primera mano lo rápido que se trabaja en este siglo. Nunca imaginé que algo que en mi época costaba meses o años terminar, aquí con dinero, medios y mucha gente, pueda lograrse en tan poco tiempo.

Abro la puerta de la casa nueva y marco el código de seguridad.

—Vaya, veo que te has adaptado pronto.

—Lo más importante es la seguridad.

Candy contempla lo que la rodea cuando enciendo las luces. Una lámpara antigua adaptada a nuestro tiempo nos alumbra con sus diversas bombillas. La escalera tiene polvo por las obras, pero ya han arreglado las maderas rotas y la han reforzado. Algunos muebles ya esperan ser exhibidos, ocultos bajo las sábanas. Candy observa el alrededor con una sonrisa bailando en su rostro. Le gusta lo que ve, y lo que significa que yo haga esto: que estoy aquí para quedarme.

Candy entra al salón y observa el color que he elegido para las pareces y cómo han restaurado la escayola del techo. Entra en otra, y noto cómo se da cuenta de lo que sucede. Va hacia la cocina y luego se vuelve y me mira con desconcierto.

—Yo diseñé esto..., es decir, por si algún día podía hacerme con la casa, hice unos bocetos de cómo quería pintar y decorar las habitaciones. Está tal como lo diseñé. Ha sido Any, ¿verdad?

—Le pregunté cómo te gustaría y ella me dio los bocetos. Fue mucho más sencillo así.

—¿Por qué? Esta es tu casa.

—Espero que no por mucho tiempo —digo acercándome a ella.

Candy recela hasta que entiende el doble significado de mis palabras y me sonríe feliz.

—Ven, vayamos a un lugar más cálido.

Candy me sigue hacia mi cuarto. Cuando entramos, cierro la puerta y voy hacia la chimenea. Aún no han instalado la calefacción, por lo que hay que calentar la estancia como se hacía antiguamente. La leña no tarda en prender. Luego me giro hacia Candy y la veo observando la habitación con detenimiento. Aquí ya está acabada la restauración. Las paredes están pintadas de un suave color gris y las molduras, en blanco. También puse un papel pintado que me aconsejó uno de los diseñadores a los que he contratado para dar vida a los bocetos de Candy. Este cuarto no estaba entre sus diseños. La cama la hemos restaurado y reforzado, y he encargado un colchón a medida. Hay un escritorio donde tengo un ordenador

—Jon me ha estado enseñando a usarlo.

—Me encanta, y veo que está equipado con todo tipo de modernidades.—Candy pasa la mano por el televisor.

—Sí, he de admitir que me ha atrapado la tecnología.

—Lo esperaba; tienes una mente muy despierta.

Candy se quita la chaqueta y la deja sobre el respaldo del sofá. Se vuelve y me mira sonriente. Está preciosa con ese vestido de seda perlada. Se acerca con pasos tímidos; la dejo hacer curioso por saber qué es lo que pretende. Cuando llega hasta mí, levanta las manos y me quita la pajarita.

—Me la guardo de recuerdo —dice metiéndola en el minúsculo bolso que lleva colgado. Se lo quita y lo deja sobre el sofá.

—¿Y yo qué me quedo de recuerdo? —La observo a la espera de su reacción.

Candy me mira y se muerde el labio. Aprieto los puños para no lanzarme a besarla. Quiero ver qué hace. Noto cómo su mirada se ilumina y pasa a ser pícara. Candy se quita los zapatos y apoya un pie en el asiento del sofá. Cuando se alza el bajo del vestido, se me seca la garganta. Sus manos tiemblan ante su descaro, pero no menos que yo, que veo su cremosa pierna expuesta a mis ojos. Cuando llega al final de la media, tira de ella hacia abajo y se la quita. Me la tiende a continuación, pero se queda con ella en el aire cuando ve mi cara contrariada.

—¿Ha sido muy atrevido?... Lo he visto en películas y yo... pensé...

Mi determinación se desploma.

Me acerco a ella y la beso como llevo deseando besarla desde que la vi. Sin que la razón me diga que no es prudente, que hay mil motivos para mantener las distancias, sin nada que me aparte de mi objetivo de decirle con mis besos lo mucho que significa para mí. Lo mucho que la deseo. La acerco a mí y muevo su cabeza con una de mis manos para tener mejor acceso a sus labios. Introduzco mi mano en su pelo y poco a poco deshago su recogido haciendo que sus ondas doradas caigan libres como seda sobre su espalda. Candy pasa sus manos por mi pecho; su contacto me hace temblar y odiar la camisa que llevo puesta. Candy acaricia los botones de esta y duda si desabrocharla o no. No le dejo que dude más. Me separo de ella lo justo para quitármela ante sus atentos ojos. No quiero asustarla, no quiero que piense que haría algo que no desea, pero me muero por sentir el contacto de sus manos sin nada que nos prive de este placer.

Candy sube sus manos por mi pecho y acaricia el corto vello. Cierro los ojos para disfrutar de su contacto y dejarla explorar sin asustarla. Acaricia mis cicatrices y cuando la miro a los ojos, veo el dolor que le produce saber que cada una de ellas podía haberme costado la vida. Candy me mira y se alza para besarme de nuevo. La beso saboreando con mi lengua el suave néctar de sus labios. Subo mis manos por su espalda y llego al cierre del vestido. Dudo y al final lo dejo estar. Pero cuando bajo un reguero de besos por su cuello, la gruesa tela donde están cosidas las piedras plateadas me molesta. Candy se ríe por mi queja emitida en forma de gruñido.

Alza sus manos para desabrocharse el vestido, pero la detengo.

—No, no quiero acelerar las cosas. No puedo negar que te deseo..., pero no quiero obligarte a hacer algo para lo que no estás preparada.

—Solo voy a quitarme el vestido... No he dicho que con este gesto acepte acostarme esta noche contigo. —Sonríe y empieza a quitarse el vestido. Aunque quiere ser atrevida, veo cómo tiembla y lo mucho que le cuesta dar este paso.

Decido ayudarla y aparto sus manos para ser yo quien siga con la tarea de descubrir su cuerpo. El vestido se desliza entre mis manos y, libre de su agarre, cae por el cuerpo de Candy con vida propia, haciéndose un manojo de tela a sus pies. Candy duda y alza sus brazos hacia sus pechos, ahora desnudos a mis ojos. Bajo la cabeza y beso el hueco de su cuello, allí donde se concentra su perfume y donde empiezo a perder la cordura cuando el dulce olor a rosas y a ella embriaga mis sentidos. Beso sus hombros y venero su cuello. Bajo mis labios al tiempo que Candy baja sus brazos y se muestra ante mí solo con una fina ropa interior y una media. Su gesto me conmueve y me llena de ternura. Tal vez ahora mismo no encuentre palabras para decirle lo que siento y nunca he dicho a nadie, pero sé que nunca he amado ni amaré a nadie como la amo a ella.

Candy es mi vida entera, y mi mundo empieza y termina donde ella esté.

CANDICE

Me siento enfebrecida por los besos de James en mi escote y por cómo sus labios se acercan poco a poco a la cima de mis pechos. Cuando acoge uno de ellos entre sus labios y lo acaricia con ellos, haciendo que se ericen entre sus hábiles manos, tiemblo ante este placer desconocido. Noto lo mucho que el se está controlando para no asustarme. Me siento como si estuviera sumida en un delirio de placer y deseo. No sé hacer más que sentir. Gimo ante su atrevido beso en la cima de mi pecho y observo su morena cabeza besarlos con veneración. Su mano sube por mis piernas. Piernas que ya no me sostienen y que si sigo de pie es solo porque James me sujeta con firmeza. Cuando llega al centro de mi ser y me acaricia sobre la ropa interior siento un intenso placer. Un placer desconocido. Quiero que siga, quiero que pare... ¡No sé qué quiero! El me abraza y me acaricia la espalda. Me relajo entre sus brazos, agradecida por que me conozca tan bien y haya entendido mejor que yo misma que esto va demasiado rápido y no estoy preparada.

—Tranquila, mi dulce Candy, no hay prisa.

—No, no la hay..., pero yo creí que estaba preparada.

—Y yo me olvidé de que esto es nuevo para ti.

—No tanto. He leído sobre ello en libros, lo he visto en las películas..., pero no es lo mismo.

James me besa en la frente. Me separo para mirarlo. Sus ojos azules me sonríen con calidez. Está relajado, feliz. Nunca lo he visto tan dichoso, sus ojos tienen un brillo especial y sé que es por mí. Confío plenamente en él.

—Quiero dormir contigo..., no de esa forma..., es decir...

—Te he entendido, Candy.

Lo abrazo con fuerza, feliz por poder estar así con él. Cuando el se separa, me tapo con el vestido, que recojo del suelo. El va hacia uno de los cajones y me saca un pijama suyo.

—Te vendrá algo grande. —Lo acepto y entro al servicio con el vestido arrugado para que no se vea nada, lo cual, si lo pienso, es bastante ridículo después de lo que ha sucedido.

Me cambio y me aseo. Cuando he terminado, salgo al borde del llanto. No sé por qué, pero a la vez que estoy feliz por lo que hemos hecho, siento miedo ante lo desconocido. Ante el placer que he sentido. Tengo las emociones a flor de piel. No sé cómo lidiar con todo esto.

El no está. Me he puesto solo la parte de arriba del pijama, guardo el pantalón en el cajón de donde lo ha cogido y me quedo mirando la noche a través de la ventana. Escucho y lo siento entrar en el cuarto y dejar algo en la mesa. Llega hacia mí y me abraza por detrás; me dejo hacer, encantada con su contacto.

—He traído algo de comer.

—¿Chocolate? Dicen que es bueno para el deseo insatisfecho —le digo ya más repuesta con algo de guasa.

—¿Eso dicen? Vaya, no sé si he traído suficiente —bromea conmigo relajado.

Me giro entre sus brazos y me alzo para besarlo. Al hacerlo, recuerdo dónde han estado sus labios y me sonrojo. Me aparto roja como un tomate y voy hacia lo que ha traído. Veo galletas, chocolatinas y algo para beber. Lo cojo con cuidado y lo llevo hacia la cama.

—¿Pretendes que durmamos encima de las migajas? —protesta, aunque termina de poner sobre la cama el resto de las cosas.

—Te aguantas.

Acomodamos los cojines. El se apoya en el cabecero y yo, en su pecho. Cojo una galleta.

—He soñado muchas veces con estar así contigo. Nunca creí que se fuera a hacer realidad. No sabes cómo odiaba verte con lady Susana. —Esto último lo digo con voz molesta.

—Ahora que estoy aquí, quiero que me cuentes qué sabes de ella que te callaste para no influir en mi decisión.

—Solía entrar en su casa, pues tenían muy buenos profesores. Ante la gente parecían una familia buena, pero en la intimidad... Lady Susana es como su madre, se porta muy mal con el servicio y aprovecha la mínima ocasión para despreciarlos y demostrarles que ella es mejor que ellos. No lo soportaba; aunque reconozco que no habría soportado a ninguna de tus prometidas. Para mí habría sido horrible estar en tu mundo viéndote vivir tu vida con otra...

El me levanta la cara y me acaricia la mejilla.

—Yo tampoco lo podría soportar.

—No me había dado cuenta. —Sonrío y alzo mi mano para acariciar su sonrisa—. Me gusta mucho verte así, relajado, feliz... Tus ojos brillan con más intensidad y eres mucho más guapo, aunque esto último prefiero ser la única en verlo.

—Celosa.

—Sí, lo admito. ¿Pasa algo?

—No mientras confíes en mí.

—Si en ti confío, pero en ellas no. Hay muchas lagartas —le digo en tono de broma, aunque en el fondo es lo que pienso.

—Te entiendo. ¿Has tenido algo con Anthony?

Me levanto para mirarlo a la cara y pienso en si picarlo o no.

—No lo intentes, Candy, veo en tus ojos que no.

—Me parece que no me gusta esto de ser un libro abierto.

—Es mejor ser así. Yo tuve que dejar de serlo para protegerme.

—A veces eres un poco ogro —le digo sonriente.

—Si quería protegerte, no me quedaba otra, y contigo no podía evitarlo. Tenía que luchar contra lo que sentía y no podía tener. Lamento todo lo que te dije. Te besé siempre porque te deseaba. No habría besado a otra.

—Pues te aseguro que cuando te portabas así, conseguías que te odiara.

—Era la idea, Candy. Si me odiabas, no podías ver nada bueno en mí que te pudiera gustar.

—Vaya, y pese a todo, me he enamorado de ti. —El me sonríe y me alzo para besarlo.

El beso se hace cada vez más intenso. Me pierdo en lo que siento con menos miedo que antes, pues ya sé lo que puedo esperar y si me detengo, el lo hará. Me gusta tener la seguridad de que no pasará nada que yo no esté dispuesta a dar esta noche. Eso me hace ser más atrevida.

El profundiza más el beso y se pone sobre mí en la cama. Lo abrazo y lo acerco a mí con las piernas. Se ha puesto una camiseta de tirantes gris y un pantalón ancho de pijama, y está muy bueno así vestido. Creo que aún no he asimilado que estemos juntos, que esto sea real. Lo acerco más a mí y lo abrazo con fuerza mientras enredo mis pies en su cintura. El me devuelve el abrazo al tiempo que me deja sin respiración por sus intensos besos. Quiero más, necesito más. No sé el tiempo que pasamos así, pero sí sé que cuando el sueño me atrapa, mis labios, rojos por los besos, tienen una sonrisa de felicidad pintada en ellos.

La molesta música de mi móvil me despierta. Poco a poco, me va despejando la penetrante melodía.

—Apágate, móvil del demonio.

—Vaya, tienes mal despertar.

Me despierto de golpe y me levanto del pecho de James. Él sonríe al ver mi cara de asombro. Los acontecimientos de anoche regresan a mi mente y me sonrojo hasta la raíz. El se ríe, lo golpeo. El móvil deja de sonar y al poco regresa la molesta melodía. Me levanto a por él y, medio atontada, lo busco en mi bolso. Lo saco y veo que es Any. Son las nueve de la mañana.

—Candy, ya era hora de que me cogieras el móvil. ¿Acaso estabas ocupada?

Miro a James, que se ha levantado y me observa mientras busca algo en su escritorio.

—No... Estaba durmiendo.

—¿Sola? No, claro que sola no. ¡Qué fuerte, Candy! Yo sabía lo que Terry sentía, pero era mejor que esperara un tiempo antes de dar un paso del que salieras lastimada.

—Ya decía yo que me ocultabas algo.

—No sé fingir, lo he intentado. Luego me lo cuentas todo. ¿Estáis en su casa?

—Sí...

—Lo imaginé. —Suena el timbre de la entrada—. Ábrenos. Te recuerdo que hemos quedado para ir a la playa.

—Son solo las nueve.

—Ya, pero hemos traído el desayuno.

Cuelgo.

—Son ellos. Voy abrir. —Paso al lado de James y me coge de la mano.

—Candy, vas medio desnuda y Any está con Jon.

Me miro su camisa de pijama: está medio abierta, pero no voy medio desnuda.

—Sabes que vamos a la playa, ¿no? — digo con una ceja levantada.

—Sí, ¿por?

Sonrío.

—No, por nada, por nada. Ya lo verás.

James abre la boca para decir algo pero el timbre lo interrumpe. Se va y pienso en la cara que pondrá cuando me vea en bañador. Sé que no le gustará ni un pelo, y estoy deseando saber cuál será su reacción. No debería picarlo, pero me gusta cuando se pone en plan celoso protector y le sale esa vena antigua que tiene sobre lo decoroso. Recuerdo sus palabras cuando dijo que soy suya y me quedo boba pensando en lo vivido ayer. Es así como me encuentra Any cuando entra en el cuarto y se tira sobre mí.

—¡Qué fuerte! ¿Lo has hecho? ¡Sería tan genial que hubiéramos perdido la virginidad el mismo día...!

—Espera, espera. —Me aparto de Any y la miro. Está muy sonriente. Corrijo, está pletórica.

—¿Qué pasa?

—¿Te has acostado con Jon?

—¡Sí! Él no quería, pero al final no pudo resistirse a mis encantos.

—Me parece que lo que ha pasado es que no le has dejado muchas opciones.

—Pues no. Y ha sido... un poco raro, la verdad. Y luego me rayé mucho y me puse a llorar.

—¿Por qué?

—No sé. Me dio por pensar en lo que pensarían mis padres de mí si me quedara embarazada..., y después, que había perdido la inocencia... Y todo esto se lo tragó Jon. Se mostró muy dulce y atento conmigo. Lo quiero tanto, Candy... Admito que lo he forzado todo para borrar la imagen de Eliza..., pero fue tan atento después que mereció la pena. Aunque ahora mismo prefiero esperar un poco, no me veo yo siendo madre a mi edad.

—Any, existen medios, y he leído que no es tan fácil quedarse en estado como todo el mundo piensa. Pero que sí, que hay que tener cuidado.

—¿Y tú lo has tenido? —Me da un golpecito en el brazo.

—No hemos hecho nada.

—Vaya. Yo que quería saber si Terry es tan buen amante como parece...

—¡No te pienso contar algo así!

—Y ¿cómo besa? Esa boca es un pecado.

—Como te oiga Jon...

—Jon sabe que lo amo a él, pero eso no significa que esté ciega, Candy, y tu chico tiene los labios tan carnosos y besables ... Venga, va, ¿cómo besa? Me perdí veros en el instituto, pero me dijo Carlota que tras vuestra partida la gente no hablaba de otra cosa.

—Besa muy bien. Y ahora me cambio y bajamos a desayunar, tengo hambre. Ah, por cierto, se llama James.

Any me mira sin comprender, pero no tarda en saber a quién me refiero.

—Mmmm, me gusta, me gusta mucho, pero me gusta mas Terry. Bueno, bajemos, que Jon y Terry nos esperan y hemos quedado para ir a la playa.

—Hablando de playa, ¿has traído mi bañador?

—Claro.

Por la mirada de Any, sé que trama algo. Me tiende la mochila que lleva colgada a la espalda.

—¿Qué bañador has cogido?

—Uno muy bonito y que seguro que no le va a gustar nada a tu chico. ¡Estoy deseando ver su cara cuando descubra la cantidad de piel que se expone a la vista de todos en este siglo!

—Any... —la recrimino.

—Tiene que ser curioso. Las mujeres de su siglo casi ni enseñaban sus manos y ahora va a ir a la playa... Sí, va a ser muy divertido. Y ahora cámbiate y bajemos.

Vamos andando a la playa. James me ha dicho que solo les ha dado la mañana libre a los trabajadores, pero que esta tarde vendrán obreros y electricistas a seguir con las reformas en la casa. Al entrar en la playa, miro de reojo a James, quien, a pesar de que iba prevenido porque yo le había hablado de ello, tensa la mandíbula al ver cómo la gente se exhibe. Por suerte, lleva puestas las gafas de sol que le compré y seguramente nadie se dé cuenta de lo nuevo que es todo esto para él.

—Cómo se nota que ha llegado el buen tiempo de golpe, la semana pasada no había nadie aquí —dice Any.

—Y que casi han acabado las clases —apunta Jon.

Carlota y Anthony nos llaman y nos acercamos a donde han dejado las toallas, cerca de la orilla.

—¡Menuda liasteis anoche! —dice Carlota nada más vernos— El pueblo sigue existiendo, por lo que una de dos: o no os habéis acostado, o era otro bulo inventado por algún aburrido que piensa que lo destruirás todo cuando pierdas la virginidad.

—No te importa, y seguro que era un bulo —le responde James bastante molesto.

—No te pongas así. La gente de aquí inventa historias sobre el fin del pueblo desde que Candy era pequeña. Yo no, claro. Ni me las creo.

Carlota me mira seria, y luego sonríe.

—No sé qué ves en esta. —Eliza, en topless , se acerca a nosotros. No puedo ver la cara de James, pero seguro que está alucinando con sus tetas de silicona, que parecen pegadas a su cuerpo— No sabes lo que te pierdes.

—Creo que puedo hacerme una idea bastante aproximada, y no me gusta lo que veo —replica este.

Eliza lo mira dolida; luego sonríe, se va a su toalla y empieza a ponerse crema de manera sugerente.

Any golpea a Jon.

—¿¡Qué pudiste ver en esa!? ¡Y encima sus tetas son operadas!

Este se defiende y va tras ella para colocar sus toallas lo más lejos posible de Eliza.

—Mal operadas —rectifica Carlota mirando a su prima antes de ir a colocarse

al lado de ella.

Anthony no ha dicho nada todavía, pero no ha dejado de observarlos.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—Nada.

Lo miro seria.

—Y ¿por qué me da la impresión de que mientes?

—En serio, no pasa nada.

Sigo pensando que me oculta algo. Me dispongo a hablar cuando siento como si fuera a viajar en el tiempo. Me agarro a James, que, asustado, me coge la mano con fuerza.

—¿Candy?

Al final pasa, pero la sensación de que algo tiraba de mí era muy intensa. Qué extraño. Tal vez sea una de las consecuencias de que todo haya acabado.

—Estoy bien..., una bajada de tensión.

James me mira preocupado, le sonrío.

Anthony me estudia serio.

—Estoy bien. Y tengo calor. —Coloco la toalla al lado de la de Any y James hace lo mismo. Sigue serio, y eso que todavía no me ha visto en biquini. Decido quitarme el vestido de una vez; Any no pierde detalle de la cara de James. Yo evito mirarlo cuando dejo al descubierto mi biquini de tirantes negro. No es tan descarado como el que llevan algunas, pero dudo que alguien que se ha criado en pleno siglo XIX lo vea apropiado.

—¿¡Qué diablos es eso!? —La furia velada en la voz de James es apenas contenida.

Any se ríe.

—Un biquini. Mira a tu alrededor, es lo que se lleva.

—Pero ¡vas desnuda, Candy!

—No, voy con biquini. —Me miro como si supiera que se me ve demasiado y sonrío — Es muy recatado —lo pico.

Y al final pasa lo que tenía que pasar: que James me tiende el vestido para que me lo ponga. Lo cojo y lo tiro al suelo. Me acerco a su oído.

—En mi siglo, tu actitud está tachada de machista. Ya sabes, la libertad de la mujer...

Lo provoco adrede, disfrutando con la situación. James me pone las manos en la cintura y se acerca a mi oído.

—En mi siglo, no sería raro ver a alguien que coge a su pareja y la encierra en casa. Estoy muy pero que muy tentado de cargarte al hombro y encerrarte en mi cuarto.

—¿Contigo dentro? —James se tensa— James, no seas celoso, puedes quedarte todo el rato pegado a mí para que no me mire nadie.

—¿Era ese tu plan, Candy?

—Puede.

—Sigue sin gustarme ni un pelo. Pero si vamos a jugar, juguemos los dos.—James se separa y se despoja de la camiseta.

Eliza no le quita los ojos de encima. Ni ella ni media playa. Y, sobre todo, cuando se baja los vaqueros y muestra un bañador corto en color negro, como un pantalón de deporte, pero más ceñido y que le marca el culo. Le queda de fábula y, aunque es imposible, creo que ha dejado sin habla a toda mujer en esta playa. Incluida a mí, que pese a todo lo que hicimos anoche, no llegué a verlo con tan poca ropa encima.

Me observa con una sonrisa cuando se queda solo con el bañador, pues sabe que ha acabado ganando esta partida. Sus ojos azules me observan divertidos ahora sin las gafas de sol.

—¡¿Qué se supone que llevas puesto?!

—¿Acaso no lo sabes? —Se acerca y me susurra—. No eres la única que se adapta a lo que la rodea.

James se mete en el agua y cuando le cubre por la cintura, se zambulle de cabeza. Cuando emerge de nuevo, me quedo muda. El agua resbala por su cuerpo, acariciando su bronceada piel en rincones que yo he acariciado. No es la primera vez que lo veo así, pero antes me empeñaba en ocultar lo mucho que me gusta, lo mucho que lo deseo, y ahora soy libre de comérmelo con la mirada... como está haciendo todo el mundo. Miro de reojo y veo a algunas atrevidas hacerle fotos con el móvil. ¡Lo que faltaba! Cojo una toalla y voy derecha hacia él. Se la tiro cuando está casi fuera del agua.

—¡Vas a coger frío!

—¿Yo? —James tira de mí y acabo dentro del agua.

Agarro su mano y tiro también de él. Se deja caer y me rodea con sus brazos. Me besa. Sigo con el ceño fruncido. Me lo acaricia.

—¿Qué te molesta más, que sea mejor jugando a esto o que acabe de demostrarte que no importa el tiempo que pase, que a nadie le gusta que devoren con la mirada a la persona que le gusta?

—Ninguna de las dos cosas —miento. James me besa.

Nos adentramos en el agua y nadamos juntos. Lo abrazo feliz, dichosa, sin querer hacer caso a esta inquietud que está anidada en mí y me quiere avisar de que esta felicidad es pasajera. Quiero convencerme de que es miedo, miedo a ser feliz y perderlo. No puede ser otra cosa.

Dejo caer la cabeza sobre el libro. Mañana es lunes, tengo un examen importante, pero no logro concentrarme. Mi cabeza está en otra parte, más concretamente, en James.

Ayer, tras el baño en la playa, James recibió una llamada del jefe de obras y después de secarse se fue a seguir con los trabajos en la casa. Me dijo que podía ir cuando quisiera y que me llamaría cuando tuviera ocasión. Me pasé la tarde estudiando. Hablé con James un poco por la noche y escuché de fondo los golpes de los obreros. Está decidido a terminar cuanto antes la obra para no tener a gente merodeando por allí.

Tocan a la puerta y me levanto para abrir. Any ha salido con Jon. Desde lo del viernes están más unidos. Anoche tampoco durmió en casa y eso que me dijo que pensaba tomárselo con calma, aunque la entiendo. Vuelven a tocar al timbre.

Bajo las escaleras corriendo por si fuera James; pero cuando abro la puerta, descubro que no es él, sino un joven con un bonito ramo de rosas rojas. Sé que no es de floristería porque están cogidas por un cordel, pero me conmueve igualmente. Nunca me han regalado un ramo de rosas.

—Son para Candice.

—Soy yo.

Me tiende una tarjeta junto al ramo y se va sin más.

Cierro la puerta y voy a la cocina a por un jarrón con agua. Cuando las tengo colocadas sobre la mesa, abro la nota. La letra alargada y perfecta de James me recibe y la sonrisa que no ha dejado de asomar en mi cara desde que vi el ramo se intensifica al leer:

Tuyo siempre, esté donde esté.

JAMES

Leo la escueta nota una y otra vez, sabiendo todo lo que se encierra tras estas breves palabras. No hemos hablado de amor. No le he dicho que lo quiero, ni él a mí, pero lo que sentimos el uno por el otro no puede ser otra cosa. Al menos, por mi parte, sé que lo amo. Tal vez sea una ilusa por pensar que él puede sentir lo mismo, pero no lo creo.

Subo a mi cuarto y me pongo un vaquero y una camiseta. Luego cojo mi moto y conduzco hasta la finca de James. Cuando llego, lo busco entre la gente que está fuera arreglando el jardín, hasta que lo encuentro no muy lejos de donde están instalando una fuente nueva. James se vuelve al escuchar el ruido de mi moto y veo el asombro en su mirada cuando aparco y me quito el casco. Lo dejo en la moto y corro hacia donde está para lanzarme a sus brazos y besarlo. James me devuelve el beso.

—¿Qué haces aquí? —Me tenso hasta que leo en sus ojos que está bromeando—. Vas a provocar un escándalo.

—Sí, claro, seguro que voy a escandalizar a este pueblo que nunca ha visto a una pareja besarse a la luz del día —le digo con ironía.

—Entonces démosles algo más de lo que hablar.

James me alza usando sus manos para tener mejor acceso a mis labios. Me besa con pasión dejándome jadeante y sin aliento. Cuando se separa, el muy bribón sonríe.

—¿Tienes que seguir estudiando?

—Debería, pero creo que cuanto más estudie, más me liaré.

—Bien, pues me gustaría sacar tus cuadros de tu estudio y arreglarlo. No quería entrar en él sin tu permiso.

—Puedes entrar cuando quieras, pero me gustaría que la primera visita fuera conmigo.

James asiente y se aleja para dar unas instrucciones a uno de los trabajadores que hay en la fuente. Supongo que será el encargado de la obra. James se acerca a mí y me coge de la mano para ir hacia mi estudio. Una vez en la puerta, dudo.

—¿Va todo bien?

—Sí..., es solo que no sé si eres consciente de lo importante que eres para mí, pero tras esta visita, no te quedará duda alguna. Este estudio es algo más que un cuarto. Es una entrada a una parte de mi alma.

—Por eso no quería entrar si no era contigo.

Abro la puerta y me adentro en el estudio. Últimamente no he estado mucho en él; debido a mi accidente, hace meses que no pinto. Cuando James y yo volvimos a conectar y hablamos a través del tiempo en mi lienzo, era el primer día que me animaba a comenzar un cuadro nuevo. Aunque también hay pinturas de paisajes, James observa los retratos, todos suyos, en los que se lo ve trabajando, mirando por la ventana ausente, en una fiesta con sus ropas de duque, montando a caballo imperioso y majestuoso a lomos de Furia ...

—Me gustaría encontrar un caballo tan magnífico como Furia .

—¿Y no echas de menos ser un duque?

James sonríe de medio lado y se acerca al retrato donde aparece en una fiesta, observando serio el baile.

—¿Y si te digo que sigo siéndolo?

—No lo entiendo.

—Donde guardaba el dinero y las joyas, conservaba también los papeles de mi ducado.

—Veo que no te fiabas de que no te lo quitaran.

—Me conoces lo suficiente como para saber que el título no es importante para mí.

—Lo sé, pero ahora soy la amante de un duque —le digo con guasa.

—Que yo sepa, no somos amantes. Pero eso se tiene fácil solución.

James me agarra y me besa en el cuello, produciéndome escalofríos al tiempo que baja sus manos por mi cintura en dirección a mis glúteos. Tiemblo, me aparto roja como un tomate, y James se ríe. Me estaba probando.

—Tal vez más tarde —le digo de forma sugerente paseando un dedo por su pecho en dirección a su cintura. El detiene mi avance.

—No juegues con fuego, Candy.

Me besa la mano y se aparta cuando escucha que lo llaman.

—Tengo que irme. Si quieres, ve bajando los cuadros al que era tu cuarto. ¿Te importa si te mando a alguien para que te ayude?

—No me importa que sepan lo que significas para mí. Y que te vean con otras ropas no creo que sea importante. Los artistas pintan lo que les nace y hacen lo que quieren en sus lienzos. Nadie sospechará nada.

James me besa antes de irse y me pongo manos a la obra. Al poco, aparecen varios jóvenes y me ayudan a trasladarlo todo al cuarto donde dormía en el pasado. James ha debido de ordenarles que no me dejen coger nada de peso, porque cuando lo he intentado, me lo han quitado enseguida de las manos y mis protestas no han hecho mella alguna en ellos.

Cuando termino de ordenarlo todo, voy al cuarto de James a esperarlo, me ha mandado un mensaje diciéndome que cenaríamos en su habitación. Al llegar, me siento en el sofá, pongo la tele y me recuesto. Me acabo quedando dormida. Me veo arrastrada por una horrible pesadilla. En ella, corro en busca de James, pues tengo la certeza de que lo he perdido para siempre. Me invade la angustia, el dolor por la pérdida, el miedo y la desesperación. Grito su nombre, lo busco..., pero se ha ido.

—¡Candy!

Abro los ojos de golpe y me encuentro con los preocupados ojos de James. Está arrodillado al lado del sofá. Me tiro a sus brazos y lo abrazo con fuerza.

—No me dejes nunca, nunca... No dejes que mi sueño sea una premonición de lo que está por venir.

—¿Qué has soñado?

—Que te perdía para siempre. James, prométemelo.

Pero James calla, y cuando trato de separarme me abraza con más fuerza.

—Prométemelo, prométemelo —le pido con rabia golpeando sin fuerza su espalda—. Prométemelo.

Pesadas lágrimas caen por mis mejillas y empapan su camiseta, y sé por qué James calla: porque no tiene claro que el destino no nos vuelva a separar. Y lo cierto es que yo tampoco.

Continuara...