CAPÍTULO 25 - "PROBLEMAS EN LA MANSIÓN MALFOY"

"Imposible..." Pensó Astoria con la cara contraída por el dolor que sentía en el brazo y la muñeca. "Esa maldita, hizo lo mismo que aquella zorra hija de Muggle... ¿pero cómo...? ¿cómo pueden hacer eso? ¿Por qué yo no puedo?" Se recriminó intentando levitar un florero, que estaba en una mesita de adorno. Frustrada por su fracaso, salió de la casa hecha un furia, cosa que iría a calmarse mientras hacía un por de compras con sus amigas.

Quince días después de la ecografía, Hermione ya había parado de vomitar sangre, una cosa que agradecía, pero ahora la atacaban los antojos.
Antojos desde las cosas más deliciosas hasta las que una persona común y corriente ni siquiera se le pasaría por la cabeza probar.
Draco la miraba fascinado. Con ella había descubierto la verdadera belleza que rodeaba a la mujer. El placer de despertarse a su lado, de compartir aquellas pequeñas cosas, sin la necesidad de un porque... de ver aquel vientre crecer día a día... era genial, todo ella era genial.
Si bien nunca, en todo ese tiempo que estuvieron juntos, nunca habían tenido relaciones sexuales, pero aun así, eso no lo necesitaban. Sabían lo que sentían el uno por el otro, y eso les vasta para ser felices. Tampoco era que se profesaban amor todo el tiempo del mundo, no, eran sus miradas los que le delataban, sus caricias al besarse...

Una semana después, Draco había tomado la decisión de ir a ver a su madre. Tenía que hablar con ella, quería escuchar su vos y quería saber como se encontraba.
Se levantó temprano, y al ver que Hermione dormía plácidamente, le dio un beso en la frente y se fue para la Mansión Malfoy.
Al llegar, se detuvo en la puerta de metal, que protegían la Mansión, la miró por un momento, y con la varita hizo que se abriera y así poder entrar.
Golpeó la puerta de roble y golpeó la puerta. Un elfo doméstico abrió la puerta y le dijo que quería ver a su madre, el elfo lo miró y le dijo que lo sentía, pero tenía la entrada prohibida y mucho menos, podía ver a su madre. Draco, enojado hizo a un lado al elfo y entró dentro de la casa.
– Draco, querido –. Le llamó alguien que bajaba de las escaleras, con un tono de vos empalagoso y odioso.
– Astoria –. Saludo él, con la más pura frialdad, que no había usado en todo el tiempo que estuvo con Hermione.
– Draquito, ¿acaso no te alegras de verme? –. Quiso saber ella, acercándose a él, y agarrándose de su cuello con sus abrazos.
– No –. Le contestó soltando con brusquedad su agarre.
– Ya veo... y es una pena... –. Dijo ella con fingida tristeza. – Bueno... ¿a qué se debe el gusto de esta hermosa visita? –.
– Quiero ver a mi madre... –.
– Lo siento Draquito, pero tu padre no quiere que la veas, no claro, hasta que... bueno, ya sabes... –.
Draco la miró de arriba a bajo con asco y repulsión.
– No estoy de ánimos para tus juegos de niña tonta –. Le cortó él.
– Dale Draquito, cásate conmigo. Sabes que sería la... –.
– ¿La mujer ideal? Ja, ya quisieras. En serio Astoria, ¿ya te has cansado de ser el juguete de mi padre que ahora quieres ser el mío? Porque eso es lo que vas a ser para mí, un juguete ya usado por otros, y por lo visto, ya muy pero que muy usado –. Le dijo con verdadera malicia y frialdad.
– ¿Qué tiene esa maldita zorra, que no tenga yo? ¿Eh? Dímelo. Dudo que sea tan buena en la cama como LO SOY YO, dudo que la muy insulsa insufrible tenga sangre caliente como YO... dudo y dudo, de seguro que estás con ella por lástima, claro, como la muy maldita es tan fea, le tendrás lástima, ¿quién podría querer a esa bicha? Y ¿qué hay de ese bastardo? Apuesto que la muy puta se acostó con todo el mundo, y no sabe de quién es ese estúpido bastardo... Draquito, ¿acaso no te das cuenta de que Esa te está usando, que no te quiere y que... yo a vos realmente te amo y que...? –. Le empezó a gritar, mientras intentaba acercase a él, pero sin éxito.
– ¿Por qué no cierras tu estúpida boca? ¿Qué te piensas que eres? No eres nada para mí, y créeme, ella es más mujer que vos. Ella vale todo y tú, no vales nada. Dime, ¿quién te podría querer? ¿acaso hay algún hombre que realmente te respete, o acaso todos te dejan sangrando como siempre? ¿cuánto te pagan todos? Mucho, no? En cuanto al bastardo del que tanto hablas, Ese bastardo, ES MÍO, y te prohíbo que hables de él o de MÍ futura Mujer... –. Le contestó él, con desprecio y con la mayor ira, que se apoderó de él.
– ¿Piensas casarte con una sangre-sucia? Me das... –.
– ¿Asco? Créeme Astoria, tú me das más asco que nada. Tu sola presencia es una molestia para el aire que respiramos todos, ¿por qué no le haces un favor a la humanidad, y te hechas un hechizo imperdonable tú misma? –. Escupió él. Astoria no había podido contenerse, y comenzó a llorar. – Ahí va, llora tranquila. Trata de lavar tus pecados –. Dijo por último él, y subiendo las escaleras hasta la habitación de su madre.
Cuando llegó, cerró los ojos, y trató de calmar su respiración y el enojo que aun llevaba encima. Al calmarse, golpeó la puerta. Una elfina le abrió la puerta, y abriendo los ojos por la sorpresa, le dijo que esperara que le iba a avisar a su ama. Después de un momento, la puerta se volvió abrir, pero esta vez, había sido su madre, quien le recibió. Ella con los ojos brillosos, por la emoción, extendió los brazos, y lo recibió con aquel cariño, que Draco, hasta ese momento, no se había dado cuenta de cuanto lo había extrañado.
– Draco, hijo mío –. Le dijo ella, una vez que se separaron. Ella se alejó un poco, y lo miró de arriba a bajo, evaluando su aspecto. – Veo que el tiempo te ha tratado muy bien –.
– Lo mismo te digo, madre –. Entraron dentro, y se sentaron en unos sillones que estaban en el cuarto. – Se que no debería estar aquí, que podría traerte problemas... –.
– No te preocupes por ello –. Le cortó Narcissa. – Después me arreglo yo con tu padre. Me alegra verte, hijo... y, me has llegado ciertas noticias... –.
– Ha, sobre eso... –.
– No te preocupes, hijo, ya te he dicho una vez, si tú eres feliz yo también lo soy –. Se miraron y Draco comprendió que su madre, aceptaba aquella relación, y al saberlo, se relajó por completo, porque tenía la aprobación de ella. – ¿La amas? –. Quiso saber ella.
– Sí –. Contentó él decidido y sin dudar.
– Ya veo –. Dijo ella largando una pequeña risa. – ¿Quién lo diría? Mi hijo enamorado... y también me ha llegado la noticia, de que ella está embarazada –.
– Madre, no te lo voy a ocultar, no, pero ese hijo no es mío... bueno si en mío, no como quisiera, pero es mío –. Narcissa pestañeó sin entender bien. – Es complicado eso... pero, él es mío, tan mío como de ella –. Narcissa comprendió lo que su hijo quería decir, y se sintió más que feliz por ello, y en silencio, le dio gracias a Hermione, por permitirle sentir y vivir aquellos hermosos sentimientos a su hijo...
Pasaron toda la mañana hablando sobre lo que había sido sus vidas en todo el tiempo en el cual, estuvieron separados.
– Ya no me hablo con tu madre, ni siquiera comemos en la misma mesa. Él no existe para mí, como yo para él –. Le dijo Narcissa a su hijo. – Esto de la familia, se rompió hace mucho, y dudo que vuelva a ser como antes y más si en el medio se encuentra metida, Astoria –. Draco la escuchaba atentamente.
– ¿Desde hace cuanto Astoria anda detrás de él? –. Quiso saber Draco.
– Ni bien te has ido tú. Créeme, esa niña, dejá a tu padre en la calle si nada. Lo único que saber hacer, es salir por la puerta principal y entrar por ella cargada de cosas, que ni siquiera se las pone –.
– ¿No puedes salir de la cas? –. Quiso saber él.
– Oh, sí. Tu padre no tiene la valentía suficiente como para tenerme como su prisionera. Puedo salir, pero como bien sabes, soy una mujer criada para estar en su casa. Pero ahora que sé, que has conocido a la mujer de tu vida, creo que saldré de esta mansión... por unos días –. Le dijo, con una hermosa sonrisa, maternal.

Hermione se levantó con una radiante sonrisa. Se desperezo, pero pronto cuando hubo palpado el lugar que tendría que estar ocupado por Draco, no estaba. Pero en su lugar, había un rosa y una nota.
Con una sonrisa boba en su cara la abrió y comenzó a leela. Su sonrisa se desvaneció al instante. Él había ido a ver a su madre, sabía que le estaba prohibido, él le había contado todo, podía tener problemas... y a demás, estaba su padre, quién ella lo había enfrentado y no le había dicho nada a Draco.
Respiró hondo, y dejó aun lado las preocupaciones. Si bien hizo mal en ocultar eso, ya se excusaría con algo, pensando cosas positivas, se levantó de la cama y bajó las escaleras casi corriendo, ya que en ese momento tenia un antojo enorme de comer pepinillos mojados en café amor con unas gotas de limón.

Cuando Draco se fue de la Mansión, Narcissa se dio cuenta de que él no sabía nada de los dotes de Hermione, y mucho menos que ella se había enfrentado a su padre y al engendro de Astoria. No sabía sus motivos los motivos por el cual Hermione no le había dicho nada, pero aun así, no sería ella quien le diera la noticia a su hijo.
Se sintió aliviada y realmente feliz, por lo que estaba viviendo, pero tenía una, bueno varias, dudas. Según lo que le dijo su hijo, él no era el padre, cosa que le extraño, que Draco le dijera que eso sólo lo saben Hermione, pues claro es la madre, Vincet, él y ahora ella, pero ¿quién sería el padre de aquella criatura?. Tenía la otra duda, que si ella era hija de Muggle, ¿cómo era posible aquel extraño dote?
Se sentó en su sillón preferido, pensativa. Llamó a su elfina, y le pidió que le traiga una hoja y un lápiz. Cuando terminó de escribir la carta, se la dio a la elfina diciéndole que se la entregue a Rupert Carlont enseguida. Si bien no tenía derecho para meterse en su vida, no podía evitar investigar sobre ella...

– ¿Cómo que él vino? –. Gritó el Señor Malfoy.
– Sí... sí... créeme hice de todo para echarlo, pero no pude. Él me golpeó y me dijo muchas barbaridades, me hechizó... por poco me mata... y... oh, Lucius... casi me mata... –. Lloraba Astoria, arrodillada, cubriéndose la cara con las manos, mientras le contaba SU versión de la historia. – Se encerraron en el cuarto de ella. Estuvieron por horas ahí dentro... sino... sino fuera por mi elfina, no sé que hubiese pasado... –.
Narcissa miraba la escena casi sin poder contener las risas. "Que patética. De seguro que el idiota este, le cree..." Pensó Narcissa.
– ¿QUÉ TE HE DICHO? –. Volvió a gritar el Señor Malfoy.
– La verdad, no sé. Me has dicho tantas cosas, que ya ni recuerdo lo último que me has dicho –. Le contestó Narcissa, calmada y con una mirada inocente.
– TE HE PROHIBIDO VER A TÚ HIJO... –.
– Y yo te dije, que no puedes prohibirme ver a mi hijo –. Le cortó ella, aun con la misma postura, cosa que le estaba empezando a molestar al señor Malfoy y a Astoria.
– Te dije lo que pasaría si lo volvías a ver... –.
– ¿Acaso insinúas que tienes el coraje de hacerle algo a Draco? Por favor Lucius, despierta de tu sueño. Ambos sabemos, que no eres capaz de no siquiera pronunciar un cruciatus –. Le dijo Narcissa levantándose del sillón, y dirigiéndose a la salida.
– ¿La dejarás que te hable así? Por favor Lucius, demuéstrale que te debe respeto... –.
Lucius lleno de ira sacó su varita de la túnica y le lanzó un hechizo a Narcissa por la espalda, pero que esta, paró con su mano, y se la volvió a lanzar a él.
– No te metas en donde no te incumbe Lucius –. Le dijo ella, mirándolo con odio. – No te acerques a mi hijo porque te juro por él, que sufrirás y lo harás sin pociones que puedan curar tus heridas –. Y dicho esto, Narcissa salió de la casa y desapareció.