XVII. Lazos

Parte II

Light había fingido estar dormido cuando su madre y Misa habían entrado en la habitación tras la marcha de Elle, aún embriagado por la presencia de este. Eventualmente, no sin embargo, el cansancio había consumido las pocas fuerzas que le quedaban sumiéndolo en un sueño profundo. Fue una sorpresa, al entreabrir los párpados aquella mañana, encontrar a su padre sentado a un lado en lugar de las dos mujeres.

Soichiro se encontraba con la vista perdida en un manojo de hojas de periódico, pero levantó la mirada al sentir movimiento a su lado. Light no estaba preparado para la velada preocupación que cayó sobre él desde los ojos de su padre. Honda, infinita, como un lago cubierto de escarcha.

Light sintió un nudo en su garganta extenderse en el silencio opaco que aconteció en la habitación; sus ojos fijos en los de su padre. Después de un momento en el que nadie dijo nada, Light notó como el nudo en su cuello se aflojaba al tragar saliva.

Su padre habló por fin.

—¿Cómo te sientes?

Light ignoró las muchas contestaciones que podría tener esa pregunta.

—Cansado… —exhaló cerrando los ojos; pero los abrió de inmediato con un blando aleteo—. ¿Misa y mamá?

—Han ido a casa a descansar, las dos han pasado la noche aquí, así que tu hermana y yo hemos venido a hacer el relevo. —Hizo una pausa, dubitativo—. Ella ha ido a buscar algo para almorzar.

Light hizo un ruido de comprensión sin despegar los labios. Notaba la boca reseca. Trató de levantarse con un codo mientras se frotaba los labios entre ellos.

—Toma, agua —le indicó su padre, tendiéndole una pequeña botella que Light cogió en cuanto se hubo apoyado medio sentado contra el respaldo de aquella inhóspita cama de hospital.

Bebió agua, cerrando de nuevo los ojos en un intento por camuflar el esfuerzo que le había requerido el rutinario acto de erguirse. Cuando los volvió a abrir, el rostro de su padre estaba fruncido con la misma preocupación de antes. Light se sintió irritado y vulnerable. Irritado por esa vulnerabilidad, casi furioso por ello.

—¿No tienes que ir a trabajar? Hay un caso que resolver y yo no necesito que nadie esté aquí por mí —espetó, con menos tacto del intencionado.

Previsiblemente, la arruga en la frente de su padre se acentuó.

—Mi hijo acaba de tener un ataque al corazón. Por supuesto que tengo el día libre.

—Estoy bien, no hay necesidad de esto.

—Una persona sana y joven como tú no tiene un ataque cardiaco así porque sí. Si tanto estrés estás cargando es porque no estás tan bien —dijo, rotundo.

Light no podía decir que le sorprendiera la actitud de su padre, pero desde luego que le resultaba una molestia. No se encontraba con ganas de pensar, mucho menos de planear la mejor forma de contener las preguntas de su progenitor; en su estado actual, no tenía toda su astucia consigo como para poder batallar mentalmente contra la intuición policiaca de este. Un suspiro pesado escapó de su boca entretanto notaba unos aguijonazos empezando a apuntalar su cabeza con más ímpetu.

—Bien —murmuró bajo la mirada afilada de su padre—. No voy a mentir y decir que estoy en mi mejor momento.

El ex-policía pareció sopesar sus palabras.

—Light, yo… Siento el haber reaccionado de esa forma en la comida de Navidad. No tendría que haberte echado de casa, sé que hay algo que te está haciendo comportarte así…

—No hay nada —cortó Light bruscamente; algo retorciéndose en su estómago ante lo dicho por el otro—. No hay nada, papá. No me encontraba bien ese día, realmente lamento haberle hablado así a Sayu.

—Light…

Su mirada se alargó en el tiempo, como un reloj de arena que no teminara jamás. Daba la impresión de que quería decir algo, y Light, pese a su densidad, podía suponer de que se trataba. No obstante, al final decidió dejarlo pasar con un suave meneó de cabeza. En lugar de eso, mencionó:

—Nunca llegaste a disculparte con ella. Sabes que si lo hubieras hecho las puertas se hubieran abierto para ti enseguida.

«Realmente no quiero hablar ahora.»

—Lo sé.

No sabía qué más decir. Su padre tampoco parecía ansioso por prolongar aquel tema de conversación, si es que su expresión era algún tipo de indicación al respecto. Light permitió que su mirada vagara hacia la pared del frente, donde un carro con diferentes utensilios se alzaba impasible a la tirantez en el ambiente, justo como antes lo habían hecho las murallas de su consciencia, unas que ahora parecían tambalearse temblorosas amenazando con romperse en pedazos. Un amargo sentimiento de rabia, burbujeante en un lugar muy profundo de su pecho, le hizo tensarse imperceptiblemente. Sus ojos, bañados en una capa de escarcha helada, eran dos cuencas opacas. A penas sintió a su padre removerse a su lado antes de que este perturbara el prolongado silencio.

—Light, háblame. Esto no puede seguir así.

El susurro, firme a pesar del palpable dolor, crispó algo dentro del universitario. Su máscara, sin embargo, que empezaba a tomar forma por sobre toda emoción, permaneció inmutable.

—Me disculparé con Sayu —dijo, casi masticando las palabras. Un vahído nauseabundo giraba en su cabeza, reflejando una espiral de colores que no podía ser real. Light parpadeó tratando de aferrarse a la consciencia mientras el cansancio y la oscuridad le succionaban con el ímpetu de un animal famélico. Las siguientes palabras brotaron de su boca sin realmente pensarlas—: No tienes que preocuparte más… por ello.

Su padre frunció el entrecejo.

—No es eso a lo que me refiero.

Light se forzó a recuperar la compostura, el control que el desmayo intentaban arrebatarle, y echó una mirada sesgada a su progenitor.

—No hay nada más a lo que puedas referirte.

—Ryuuzaki…

El pecho de Light se contrajo con una sacudida y sus ojos se agrandaron con rechazo.

—Cállate, papá.

Su padre lo contempló con una velada curiosidad que hizo que los intestinos de Light se retorcieran horrorizados, resquebrajando una fisura en la protección de calma distante en la que se había envuelto desde que había despertado en la camilla de aquel hospital, la noche anterior.

«No lo nombres… no lo menciones…»

Algo se atoró en la zona del pecho en la que parecía haberse desatado un infierno, una bola ígnea que podría haber formado un nuevo sistema solar en el interior de su cuerpo, un sistema solar de cuyos planetas Light no quería reconocer existencia.

«Si finjo que no existe… dejará de existir.»

—Light… —musitó su padre, pero Light no le estaba escuchando.

«Este calor abrasador… tengo que suprimirlo. La rabia, el odio, todo. No existe.»

Sus manos temblaron y las pequeñas grietas que habían resquebrajado por un momento los témpanos de bronce de sus ojos, desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí. La voz de su padre le llegó de nuevo, con más fuerza.

—¡Light!

El aludido ladeó la cabeza unos centímetros para mirarlo y algo en sus ojos hizo que Soichiro retrocediera en la silla, casi atemorizado. Light solo parpadeó, viendo a su padre recuperarse de lo que fuera que le había sorprendido después de un instante.

—Sé que no he sido cercano… —empezó, apenas una ondulación de incertidumbre reflejándose en su timbre.

—Entonces no empieces a intentar serlo ahora. —Las palabras abofetearon a Soichiro, diezmando su resolución y triplicando su culpa. Pero no había reproche, mucho menos agresión, en la voz de Light. No había nada. Solo un frío infinito—. Nunca he necesitado un padre cercano que se metiera en mis asuntos.

—Tus asuntos son los asuntos de la familia en el momento en el que ponen en peligro tu vida —cortó Soichiro entre dientes, no recibiendo reacción ninguna por parte del joven—. No voy a quedarme de brazos cruzados cuando sé que algo te está destruyendo. Me hice policía para ayudar a proteger las vidas de la gente, pero en el momento en el que me convertí en padre también quedé ligado a la promesa de protegeros a ti y a tu hermana a costa de cualquier otra cosa.

Las palabras se derramaron por la boca del hombre como bolas de impotencia, furia y determinación, cayeron en el aire colmadas de perniciosa pólvora compacta que rebotó entre las paredes de la habitación con un eco de finalidad. La angustia de su padre rebotó y se reflejó en las finas líneas que arrugaron su semblante, pero dicha angustia no caló a través de las murallas que Light había construido a su alrededor, no llegaron y en su lugar siguieron rebotando sin más, incapaces de alcanzar su destino.

El silencio que aconteció fue roto por el mismo Light poco después.

—¿Destruyendo?

Solo un murmullo medio absorto. Soichiro frunció el entrecejo.

—¿Qué es lo que ha pasado con Ryuuzaki?

Para su sorpresa, eso hizo reaccionar a su hijo.

—¡No lo menciones!

—¿Qué os ha distanciado? —insistió—. Sé que había un lazo entre vosotros dos.

Las cuencas de los ojos de Light se agrandaron de forma casi dolorosa, los continentes sanguíneos de sus globos oculares se tensaron, palpitantes y enrojecidos, como alambres, y sus pupilas empequeñecieron hasta ser prácticamente indiscernibles.

—No lo menciones… —repitió en un aliento—. Deja de mencionarlo. No lo menciones, no lo menciones…

—Light… ¿pero qué… ?

No fue capaz de terminar de ponerle sonido al batiburrillo de inconexos pensamientos que se agolparon en su pecho y tráquea al ver el deplorable estado de su hijo, la reacción descomunal e irracional que le provocaba el simple hecho de nombrar al detective. Una cascada de miedo le heló el cuerpo y la sangre. La reacción de su hijo no era normal, de ninguna forma. «Por Dios, ¿que me estoy dejando? ¿cual es la pieza…?». Temía que si no la encontraba pronto iba a perder a su hijo en un abismo de locura. Y esa certeza instalaba tal nudo en su esternón que apenas podía manejarlo sin derrumbarse.

La llegada de Sayu unos minutos más tarde desinfló afortunadamente la condensación que se había instalado en la atmósfera a raíz de la vorágine crítica que había acaecido entre padre e hijo. Los bocadillos y la ración de comida que le habían confiado a la chica para entregar al paciente arrancaron de cuajo las cuerdas de tensión enredadas como culebras maliciosas en la habitación de hospital. Soichiro había respirado de nuevo, dejando a un lado su hilo fúnebre de reflexión. Los ojos de Sayu habían brillado al ver a Light despierto, un leve esbozo de sonrisa tímida e incierta espolvoreando sano color en sus mejillas mientras le tendía la bandeja del almuerzo a su hermano. Este, tras un breve instante para recuperar la entereza, aceptó el gesto de la adolescente, apenas sonriendo un poco en su dirección.

—Hola —dijo Sayu, escueta.

Light parpadeó.

—Hola.

—¿Cómo estás?

—Estoy bien, Sayu —respondió arrugando la nariz con disgusto al ver el yogurt de kiwi y el sandwich que componían su desayuno.

—Tendrás que comer la comida del hospital por unos días —dijo la chica, que se había sentado junto a la cama en el lado contrario al de su padre, con simpatía—. Lo siento.

Light se aseguró de echarle una mirada de reojo a su padre, quien fingía eficientemente estar interesado en el periódico abierto entre sus manos, antes de voltear hacia su hermana.

—Soy yo el que lo siente, Sayu. La forma en la que te hablé el día de Navidad… lamentó haber perdido los estribos de ese modo.

El impacto de su disculpa se reflejó de forma rejuvenecedora en el rostro de Sayu. Un rostro que no dejaba lugar a malos entendidos o mentiras, exento de velos o medio verdades que eclipsaran la pureza y la honradez de unos sentimientos y unas emociones que parpadeaban con una sencillez abrumadora y rebosante de confianza. Un rostro que se abría en canal para cualquiera que quisiera leerlo, también para cualquiera que quisiera aprovecharse de ello.

Tan diferente a su propio rostro…

Los ojos de Sayu se volvieron vidriosos cuando la chica infló las mejillas tratando infructuosamente de contener el torrente de lágrimas. Light sintió un leve pinchazo y, aunque lo achacó al cansancio y a la constante lucha que estaba sobrellevando para no dejarse arrastrar por la inconsciencia nada más haber despertado, lo cierto era que una pequeña parte de él no encontró tan duro el disculparse con la estúpida de su hermana. Una livianez incorpórea le hizo sonreír un poco en contra de su voluntad.

Dos lagrimones, acaso tres o cuatro, surcaron las mejillas de Sayu, que sacudió la cabeza y se pasó la manga del jersey por la cara.

—Eso da igual ahora. No tienes que… —oteó en dirección a su progenitor un segundo. Luego volvió a sacudir la cabeza y sus ojos pronunciaron las palabras que su boca no pudo articular en presencia de Soichiro—. Fue culpa mía también. Pero ya no importa, Light. Me alegro de que estés bien.

Su hermana… había cambiado. De alguna extraña forma, Light sentía como si la adolescente cargara con un peso mayor de lo que era habitual en ella, ¿un peso que era suyo en realidad, y no de su hermana? Parecía menos dispersa, más centrada y más… Madura, advirtió, sintiéndose ligeramente aturdido por la realización. Pero de nuevo, aquello no era tan extraño.

—Las clases de matemáticas —dijo Light con un brusco cambio de tema—. ¿Sigues teniendo dificultades con ellas?

Apenas fue una milésima de segundo. Una milésima de segundo en la que la boca de Sayu se entreabrió, temblorosa, antes de soltar un resoplido hastiado. Un resoplido bañado en adolescencia y hormonas rebeldes.

—¡Es un coñazo!

—Sayu —reprendió Soichiro, frunciendo el entrecejo a la par que alzaba la vista—. No hables así.

El rostro de Light no se inmutó. Empero por dentro, en algún lugar, una llama menos fría prendió una luz anaranjada en el mar de cenizas en el que estaba sumido.

Aquella masa de refunfuños y gritos simpáticos, de socarronería y repelencia adolescente, de buenas intenciones, se parecía un poco más a su hermana.

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Ese mismo día, Light volvió a caer rendido cerca del mediodía y, poco después de despertar otra vez, el cuarto se vio inundado por un concierto de personas. Más o menos. Realmente no le apetecía tener a tanta gente molestándole, sobre todo por la parte que les tocaba a su tío y a Misa, y cada uno por motivos diferentes. Tampoco daba saltos de alegría por la presencia de Sacha, cuyo ánimo no difería en demasía del de Light. Pero de alguna forma, con este tenía un extraño entendimiento basado en la premisa «no te acerques, no me acerco» con la que Light se encontraba perfectamente conforme y que le permitía sumirse en el estado de distanciamiento que su cuerpo había adoptado de forma natural ; su primo lo ignoraba a él y él ignoraba a su primo.

Conforme la tarde transcurrió, las acuarelas del cielo se inflamaron en los colores cálidos del crepúsculo y las nubes que habían encapotado la cúpula celeste durante el día se vieron arrastradas por una brisa meridional. Con las nubes, también su familia se marchó, dejándolo solo con Misa.

Esta no parecía tener intenciones de irse. Y Light, pese al estado de calma zen e incorpórea en el que se hallaba desde que había despertado, no tuvo reparos en hacerle saber a la chica que su presencia sobraba en aquella habitación. En fin, como la de todos.

La reacción no se hizo esperar.

—¡Pero, Light…! ¿Cómo voy a dejarte solo? —dijo levantándose del asiento, como queriendo con el gesto enfatizar su determinación de quedarse—. ¡No hace ni un día que tuviste el ataque al corazón!

No había esperado menos de la modelo. Insistente, insufrible. Si Light no se hubiera encontrado ahogado por la quietud invernal de su alma, habría puesto los ojos en blanco. Pero los nervios no se le crisparon y su rostro permaneció sereno bajo la mirada herida y preocupada de la chica.

—Necesito el descanso más que la compañía. Desde luego, no necesito una niñera.

Los ojos azules de Misa se oscurecieron y casi pareció tambalearse; una mano se apretó con fuerza contra su pecho.

—¿Una niñera? Soy tu novia.

Light alzó la vista ante eso y la miró. La frialdad de su mirada, no cortante ni severa ni con intención de hacer daño, sino cargada con pura y simple indiferencia, se hundió en el pecho de la frágil modelo como si le estuvieran clavando tornillos en la frescura de la carne. Los tornillos rasparon sus huesos, los horadaron y atravesaron en un desgarro crudo e impío. Dio una paso hacia atrás, tragó saliva y masticó una bola de reproches justo en la punta de la lengua. Sin embargo, justo cuando Light pensó que iba a ponerse a llorar, las facciones de la chica se volvieron de mármol duro y frío, y en sus ojos el desconsuelo no derramado se cristalizó en una capa de escarcha.

—Entonces, me iré a casa —musitó. Luego, cabizbaja, con el bolso colgando de un hombro y encarada hacia la puerta, añadió—: He ordenado tu apartamento un poco. Había cacharros sucios y ropa por lavar.

Una chispa de entendimiento centelleó en los ojos amielados de Light al escuchar la carcajada divertida de Ryuk, en quien apenas había reparado hasta el momento. Sin embargo, no dijo nada. Misa asintió para sí y salió por la puerta cerrándola con suavidad a su espalda.

Un ruido sordo hendió el sosiego que la modelo dejó tras su salida cuando Light tiró la cabeza hacia atrás y golpeó la cabecera del cutre camastro. Sus párpados revolotearon cerrados y, a diferencia de lo ocurrido con el mundo exterior, no hubo nada que rompiera el sosiego de su alma. La insensibilidad era inabarcable y sus amplias extremidades protegían las emociones negativas que le habían conducido al colapso del día anterior. Empero también las positivas.

No había ropa pendiente de lavar en su piso y el único cacharro sucio que había quedado había sido una taza largamente olvidada. Kira hubiera sonreído ante un consabido triunfo; el antiguo Light hubiera abierto los ojos con horror y tratado de aniquilar a la masa asesina que residía en él. Este Light, no obstante, permaneció inmune y ajeno a cualquier tipo de emoción, resignado a las pesadillas que le encontrarían en el mundo dominado por una luna violeta y Morfeo.

Porque era preferible no sentir absolutamente nada antes que enfrentar la disyuntiva del propio ser. Por primera vez en su existencia, Light no solo no quería pensar, sino que ni siquiera quería entrever los festones de unos lejanos pensamientos.

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Misa avanzó por los corredores del hospital sintiendo como si flotara. En efecto, flotaba. En una ciénaga completamente negra, una que la arrastraba sin voluntad ni propósito hacia los recovecos más oscuros de su mente.

No supo cuánto tiempo permaneció en una búsqueda de la salida del colosal edificio. Era una búsqueda vana y carente de implicación real de todas formas, y Misa sospechaba que no era esa salida la que en realidad su alma ansiaba. El problema era que no tenía idea de dónde salía la puerta que tanto buscaba, ni a dónde dirigía.

—Eh, Misa, estamos dando vueltas sin sentido. ¿Te pasa algo? —preguntó Ryuk.

Misa no le escuchó. Sentía profundos agujeros en los lugares en los que las palabras de Light se habían clavado, el vacío era demasiado hondo esta vez, más que las muchas veces que se había sentido sola y deprimida pero en las que su optimismo imperecedero le habían hecho levantarse con una sonrisa de oreja a oreja. Ella siempre había sonreído. Incluso de pequeña, cuando se había caído y hecho daño, y los ojos se le habían aguado con gemas resplandecientes, había sonreído. Incluso cuando los lagrimones le manchaban la cara llena de polvo, había sonreído.

—Oye, Misa, no tienes que tomarte a Light tan en serio —volvió a hablar el ignorado Shinigami.

«Nunca dejes de sonreír, Misa».

La remembranza de las palabras de su madre detuvieron su paso un instante.

—¿Misa? No me gusta que me ignoren. Eooo. —Le pasó las manos por enfrente como si fuera un espíritu invisible—. Tierra llamando a Misa o como se diga.

Algunas personas de la planta baja se la quedaron mirando y una enfermera se le acercó preguntándole si se encontraba bien, mas ella no se percató, igual que no se percató de la presencia incorpórea de Ryuk. Después de unos segundos, continuó caminando sin más. De algún modo encontró la salida hacia un mundo que empezaba a nublarse con los colores violáceos y oscuros de la noche. Le temblaba la garganta como si hubiera capturado un roedor tembloroso en su interior, su mundo se tambaleaba.

Solo una vez Misa había dejado de sonreír: tras el asesinato de sus padres. No había sonreído durante un tiempo hasta que el recuerdo amargo de sus padres empezó a volverse demasiado amargo como para soportarlo en aquel agujero de oscuridad. Entonces comenzó a sonreír de nuevo. «Estoy sonriendo» había pensado, aunque hubiera mil mentiras en aquellas sonrisas. Había sonreído y con aquella sonrisa había llegado la promesa de no volver a dejar de hacerlo nunca. La promesa empezaba a ser difícil de sobrellevar, no obstante. Y saber que estaba ayudando a crear un mundo mejor no hacía más llevadera la impotencia de llegar a Light.

«¿Cómo puedo cambiar el mundo si ni siquiera puedo hacer que me ames? Cómo, solo dime cómo llegar a ti. Cómo acompañarte en tu meta, cómo ayudarte a cumplir tus sueños, cómo ser un apoyo para ti, solo dime cómo y lo haré aunque pierda la vida en ello.»

No había podido acompañar a sus padres. Los había dejado solos para siempre. No podía soportar la idea de ser incapaz de acompañar a la única otra persona que significaba para ella tanto como sus padres. Las manos le temblaron y una tensión engarrotó su cuerpo. Había caminado hacia un plazoleta ubicada frente al hospital y la brisa afilada de enero mecía las ramas desnudas de los árboles. Tan desprotegidas como su alma.

«Dios, Light, necesito… ser de utilidad».

Un líquido caliente encharcó sus mejillas, se deslizó por su mandíbula y goteó sobrevolando la curva de su cuello. Tardíamente, Misa se dio cuenta de que estaba llorando.

—¿Estás llorando? Mierda, pero no llores, Misa.

La presión en su pecho aumentó mientras trataba de arrancarse las lágrimas con las mangas de su abrigo, con furia y rechazo. Empero la compuerta se había abierto y no parecía dispuesta a parar. Misa sorbió por la nariz. Ahogó un sollozo contra su mano, contra la que soltó una exhalación que se dibujó en la frialdad del aire como una pequeña voluta de humo.

Fue entonces cuando la vio. La figura de su madre acercándose por el otro extremo de la desértica plazoleta. A Misa se le cortó la respiración.

«No… no puede ser. ¿Estoy soñando?»

Pero la silueta de su madre se veía tan real, muy real. Su rostro en forma de corazón, tan semejante al propio, sonrió con afabilidad y cariño.

—Misa, no llores —susurró su madre. Y el susurro tuvo la cadencia del mar, suave y efímero—. No debes llorar.

—Mamá… ¿cómo? —La voz se le estranguló, enronquecida—. No puedo… no puedo dejar de llorar.

—Sí puedes, Misa. —Misa sacudió la cabeza en una negativa. Las lágrimas seguían corriendo. Su madre se detuvo junto a la fuente central, donde el agua también corría, cual metáfora de su angustia—. Misa, mírame. Tu padre y yo estamos bien. —A Misa se le escapó un sollozo histérico—. Shh, estamos bien. Siempre lo hemos estado, ¿sabes por qué?

Misa negó con la cabeza al mismo tiempo que intentaba aclarar el velo de lágrimas que enturbiaba su mirada y que volvía borrosa la presencia de su madre. Una voz le llegó desde algún lugar de la realidad o la consciencia, pero Misa solo tenía ojos para las palabras de su madre y la calidez de sus ojos almendrados.

—Porque tú sonreías. Siempre hemos estado en paz sabiendo que nuestra Misa aún era capaz de sonreír.

El corazón de la chica se apretujó en un nudo confuso.

—Por eso nunca dejes de sonreír, Misa —continuó su madre; su voz cada vez más lejana despertó un pavor agudo que provocó un vahído en la modelo—. Tú no debes dejar de sonreír. Tu sonrisa puede inspirar a mucha gente a seguir sonriendo.

—Mamá… no, no te vayas… —suplicó con la voz tomada—. Quédate conmigo.

Pero no importaba cuantas veces suplicara. Justo como había pasado hacía años, su madre no iba a quedarse con ella. La silueta de su madre comenzó a emborronarse, sus facciones se volvieron más rectas y el largo de su melena se recortó, fundiéndose en la brisa, aclarándose con una luz matinal imposible a esas horas de la noche.

—Mamá… Dios, por favor…

—¿Mamá? —inquirió la voz de su madre con suavidad; su silueta apenas reconocible no parecía más la de una mujer—. Aún no me he convertido en una mujer, mucho menos en madre.

Las palabras, pronunciadas en una voz suave pero ciertamente masculina, la despertaron de sopetón como si un cubo de agua helada le hubiera sido derramado encima. Misa parpadeó, conmocionada, hasta que su aturdida mente pudo enfocar de forma correcta a la persona que se alzaba frente a ella con una mirada igual o más confusa y la cabeza ladeada en un ademán inseguro.

Sus ojos se abrieron de la impresión y un calor bochornoso encendió sus mejillas mientras terminaba de borrar los rastros de lágrimas.

El primo de Light estaba justo enfrente suyo. «¡Dios mío, cómo lo he podido confundir con mi madre!»

Ryuk, a su lado, pareció dueño de un nuevo poder al adivinar sus pensamientos de cabo a rabo.

—Je, te lo he estado intentando decir, que no era tu madre. Pero estabas alucinando, ¿sabes?

Misa sintió como la vergüenza aumentaba en su cuerpo así como una insoportable opresión en el torso. Deseó que Sascha simplemente siguiera su camino y la ignorara, pero por desgracia eso no fue lo que pasó.

—¿Estás bien, Misa? Parecías un poco…

—¡Estoy bien! ¡Claro que estoy bien! —interrumpió esta, soltando una risita que casi le resquebrajó los labios de lo forzada que se sintió—. ¿Pero qué haces tú aquí otra vez? ¿por fin te has decidido a pedirme un autógrafo?

Sascha le miró, perplejo y en silencio por unos segundos. Luego alzó un brazo del que llevaba una bolsa colgando.

—A mi tía se le olvidó traerle esto a Light.

—Oh… —Misa le echó un vistazo a la bolsa en un intento por averiguar de qué se trataba. Luego viró su vista hacia aquel ángel de ojos grises, que parecía aburrido por estar ahí, pero, más allá de esa irritación, la miraba con una intensidad inusual. Una que Misa se quiso sacudir de encima cuanto antes—. Si quieres puedo dárselo yo mañana a primera hora, así te ahorras el tener que hablar con Light. Se ve a leguas que no os lleváis bien.

—¿Intentas tener una excusa para venir a verlo mañana? ¿te ha echado, verdad? No es que me sorprenda.

Misa casi se tambaleó hacia atrás debido al impacto de esas palabras. Porque eran verdad, después de todo. Su sonrisa flaqueó un poco cuando frunció el ceño y soltó un bufido despectivo.

—No necesito ninguna excusa para venir a verlo. Es mi novio —recalcó—. A ver si te queda claro.

Las cuencas de cristal que eran los ojos de Sascha la miraron con un aura fantasmal bajo la luz plateada de la inminente luna. La brisa hizo revolotear los mechones algo más largos que enmarcaban su rostro, como cortinas de hebras casi blanquecinas. Como si todo él estuviera hecho de la misma sustancia de la luna. Misterioso y etéreo.

Misa se sintió incómoda de repente y dicha incomodidad le hizo impacientarse.

—¿Qué? ¿Me vas a dar la bolsa o no? Sino me largo.

Tras un breve espacio de tiempo en que el cuchicheo de las pocas hojas de los árboles fueron la única conversación, Sascha estiró un brazo y le tendió la carga, que Misa arrancó de su mano con brusquedad.

—Bien, entonces…

—Creí que un novio debía querer a su pareja, como mínimo respetarla.

Las palabras de Sascha la detuvieron en seco cuando ya había empezado a pasarlo de largo. Fueron como nieve polar sumadas al glacial que había empezado a formarse en su interior; fue doloroso de la forma en la que solo las cosas frías podían serlo. Maldito Sascha, ¿por qué? ¿por qué siempre tenía que molestarle? Meterse donde no era bienvenido y… apretar el dedo contra la llaga que Misa tenía en carne viva ahora más que nunca. Cerró las manos en dos puños y volteó con fuerza, clavando los zapatos contra el pavimento, refugiándose en el poco orgullo que le quedaba.

—Light me ama, Light me…

Una ceja finísima se arqueó en el rostro níveo de Sascha, una sombra de sonrisa curvaba sus labios con cinismo.

—¿Cómo se puede amar… ? —murmuró casi en un suspiro, su voz fundiéndose con la noche mientras extendía el brazo con la pretensión de tocar el rostro de Misa. Esta quiso apartarse mas no lo hizo. La mano, cubierta de anillos, nunca le tocó, sino que se deslizó a pocos centímetros de su rostro, sobrevolando sus ojos y mejillas y cayendo muerta como si Misa no estuviera ahí. Las siguientes palabras de Sascha vinieron mecidas por una ventisca muerta e inánime—: ¿Cómo se puede amar algo que no existe?

Los ojos de Misa se agrandaron tanto que casi se cayeron de sus cavidades. Los ojos de Sascha, etéreos como todo él, eran gélidos como el cristal.

—¿Alguna vez has existido, Misa? Porque ahora mismo no eres más que la sombra de una existencia.

Y algo dentro de Misa se hizo pedazos.

El silencio absoluto. El vacío abismal.

«Yo… ¿no existo?»

Un roce fantasmal le acarició la mejilla. Cuando Misa quiso darse cuenta, Sascha ya se había marchado de la plazoleta.

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Sus pisadas eran mullidas incluso en la quietud estática en la que la cortina nocturna había sumido el barrio de sus tíos. Sascha pasó una pequeña casa que aún tenía las luces encendidas, recuadros de luz en la oscuridad, y una de las pocas farolas diseminadas a través del laberinto de calles adoquinadas titiló, trémula, captando la atención del chico.

«¿Qué hora será?»

Tarde, eso seguro.

Tras el encuentro con la novia de su primo su mente había divagado en una ruta a la deriva que bien conocía; era un fenómeno que tenía lugar dentro de su espíritu solitario y como reacción de su sangre artística. Había querido contemplar el mundo. Cualquier cosa, bella o con aquel algo que aclaraba los sentidos de quien sabe y quiere mirar. Esta vez, el purificador de su alma había tomado la forma de unos pequeños pájaros azules y negros que había encontrado piando cerca de un parque enorme. El azul limpio de sus plumas le habían recordado a Sascha al azul de las lágrimas de Misa.

Sacudió la cabeza de forma apenas perceptible mientras daba la vuelta en un recoveco, las manos embutidas en los bolsillos en un ademán despreocupado. No entendía la desesperanza de la chica para arrastrarse de aquella forma ante nadie, mucho menos ante alguien como su primo. No le entendía, pero tampoco le importaba.

Entrecerró los ojos y soltó un suspiro.

«Menos mal que en una semana volvemos a casa…»

Hizo un mohín interno al recordar la fotografía que guardaba en su mochila de trabajo.

«Va a ser imposible descubrir a los intérpretes de ese momento».

Seguía lamentando su error.

—Sascha, ¿qué haces aquí?

El aludido se detuvo en seco con un pequeño sobresalto para encontrarse con su padre acercándose por la bifurcación contraria a la que él acababa de cruzar. Un pliegue creaba dos líneas verticales en su frente, inclinando sus gruesas cejas hacia el centro.

Sascha endureció las facciones de inmediato y sus párpados se entornaron en una expresión indolente más que estudiada.

—He ido a hacer un recado para la tía Sachiko. Había olvidado llevarle unas cosas a su hijo —contestó cuando el otro hombre le hubo alcanzado.

—Tu primo —corrigió este, escueto.

Sascha solo se encogió de hombros y continuó su camino hacia la casa de los Yagami. Esta vez, sin embargo, toda calma se había esfumado en una niebla de tensión y rencores nunca jamás pronunciados. El humo del puro de su padre creaba una columna ascendente hacia el cielo.

«Si eso te mata algún día, viejo, no quiero saber nada.»

Recorrieron el resto del trayecto en un silencio compacto y espeso, tanto o más que el humo del tabaco que apelmazaba los pulmones del mayor. Cuando no quedaban más de unos metros para llegar a su destino y el letrero que rezaba el nombre de la vivienda de los Yagami se encontraba ya a la vista, la voz de su padre le llegó en una ondulación del ambiente.

—Espero que hayas aclarado tu mente respecto al porvenir.

Sascha ladeó la cabeza. Una sonrisa amarga torció sus gruesos labios, herencia de su padre.

—¿Porvenir?

—No juegues conmigo a hacernos los tontos, no es un juego del que disfrute ni del que un hombre hecho y derecho vaya a conseguir nada.

Sascha detuvo su andar a medio paso al notar la mirada fija de su padre en la nuca. Este también había dejado de caminar. Con un hilo de entumecimiento en sus huesos, Sascha depositó el pie elevado en el suelo y se dio la vuelta para enfrentar a su padre.

«Pues parece que tienes ganas de jugar» pensó al divisar aquel resquicio de seriedad que le indicaban que su padre quería abordar el famoso y problemático asunto acerca de cómo o en qué sentido encaminar su vida. «Una pena, porque yo no estoy de humor para seguirte el rollo».

Antes de que Sascha se aventurara a decir nada, su padre retomó la palabra.

—En estos días, debes haber aprendido algo que te sirva para centrarte. —Sus ojos vagaron hacia su oreja y se arrugaron con desagrado. Sascha supo que estaba estudiando el aro que colgaba del lóbulo de su oreja—. De esta forma, estas vacaciones no habrán sido en vano —continuó, volviendo a centrar su mirada sus ojos.

Sascha arqueó una ceja.

—No se me ocurre qué podría haber aprendido.

Hiroaki soltó una carcajada ronca y le dio una calada al puro, que se balanceó precariamente entre sus labios.

—Sabes a qué me refiero.

—Oh, ¿quieres que aprenda cómo contestar apropiadamente en casa? He tomado sabias lecciones respecto a eso de Light —dijo suavemente, una sonrisa curvando su boca, pero sin alcanzar sus orbes de hielo turbio—. Espero cumplir tus expectativas.

Hiroaki chasqueó la lengua y Sascha sintió, triunfante, que lo había molestado. No tenía que esforzarse mucho de todas formas, su mera existencia irritaba a su padre.

—Deja de comportarte como un chiquillo, Sascha. Ya no eres un niño que pueda ir diciendo lo que quiere ni hacer lo que sus caprichos infantiles de piden en todo momento —dijo, tirando la colilla apagada en una basura cercana. Luego, con un aire socarrón, añadió—: Aunque a estas alturas no debería sorprenderme que solo tengas ojos para fijarte en lo malo.

—Al menos —pronunció Sascha—, en eso nos parecemos.

No vio venir el bofetón que le cruzó la cara de lado a lado.

—¡Es suficiente! —El gruñido de su padre retumbó menos en su cabeza que el dolor que aquel golpe caló en la impermeabilidad que tanto esmero le había costado construir—. Tu primo es una figura ejemplar, tanto como otros que deberías imitar. No te consiento que me hables así, Sascha, ni que continúes con tus tonterías artísticas e infantiles. No eres una nenaza ni un cualquiera. Eres mi hijo —dictaminó, rotundo—. Mi hijo no va a ser alguien así.

La marca de la mano de su padre ardía como ascuas en la mejilla aún volteada del rubio. Su boca entreabierta tembló de forma apenas perceptible.

«Light me ama, Light me… »

«Es mi novio»

«Estar bajo el mando directo del mejor detective del mundo no está al alcance de cualquiera. Light es un chico impresionante, Soichiro. Debes sentirte orgulloso de él.»

Claro, así era. Misa, y su padre también.

Todos querían a Light.

Su padre hubiera preferido tener un hijo como Light… Hubiera sido más feliz, hubiera…

«Debería parecerme un poco más a Light y un poco menos a mí mismo, ¿no es verdad?»

—Quizá —musitó apático tras un instante en el que la tensión se pudo haber cortado con un toque de dedos—. Quizá deberías cambiarte de hijo, ya que el que tienes no te complace, padre.

Un frío de un mundo sin estrella asoló la calle de los Yagami tras aquellas palabras. Sascha se dio la vuelta y entró en la casa, demasiado confuso por el vahído que revolvió una espiral de emociones dentro de él, junto al estómago, retorciéndose con saña maliciosa. Algo por lo que había jurado no volverse a dejar dominar.

Nunca más…

… hacía mucho tiempo.

Sascha no se quedó y por eso no pudo divisar la estupefacción que se abrió paso en las facciones duras y los ojos estrictos del que se hacía llamar su padre.

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El líquido oscuro humeaba desde la mesa central de la cocina creando una columna de humo que se fundía con la luz amarilla del aplique del techo. Soichiro se calentó las manos con el calor de la taza antes de darle un pequeño sorbo, apenas manchándose los labios.

Su mujer fregó el último cacharro y se acercó a él, limpiándose las manos en el delantal.

—Es tarde, ¿no te vas a dormir?

Soichiro levantó la mirada por encima del borde de la taza. Una leve sonrisa curvó las comisuras de su boca.

—Puedo esperar por mi mujer para ir a la cama, ¿no? —preguntó, causando una pequeña sonrisa complacida en Sachiko.

—No puedes culpar a una por sorprenderse por cosas tan inusuales.

—¿Qué?

—Pero —cortó ella mientras le apretaba el antebrazo con cariño, sus ojos cansados tenían una chispa juguetona rara vez vista en los últimos años—, entiendo lo derrotado que acabas con tu trabajo, no me importa que no me esperes.

Las palabras de Sachiko, dichas en un tono que solo Sachiko sabía cómo y cuándo utilizar, aliviaron la tensión en sus facciones y en el ancho de sus hombros. Había sido así desde el momento en el que se habían conocido hacía tantos años y Soichiro no podía estar más que agradecido por tener a su mujer a su lado. Tal vez la pasión inicial había desaparecido, pero en su lugar había una comodidad, una conexión y un entendimiento que Soichiro sabía que no podría encontrar con nadie más. Ciertamente, tampoco lo quería.

Sachiko inclinó la cabeza desde arriba para nivelar sus miradas y achicó los ojos en un gesto de curiosidad.

Soichiro sacudió la cabeza sintiendo como arrugaba la frente de forma automática, acto que tiñó los ojos de su mujer con una preocupación transparente.

—¿Cómo has visto a Light? Parece estar más tranquilo… espero que sea un síntoma de que esta locura se va a solucionar pronto.

En la base de la garganta, el nudo que llevaba creciendo durante todo el día, creció un poco más.

—No está bien, Sachiko.

Ahí estaba. La verdad. Compartida con su mujer pese a que se había prometido no preocuparla en vano..

—Q-qué… ¿qué es lo que le pasa?

Un largo silencio se prolongó tras la pregunta. Esa era la pregunta en mayúsculas. El quid de la cuestión. Si sólo conociera la esencia de los demonios que atormentaban a su hijo habría una posibilidad de ayudarlo; cómo mínimo, habría más posibilidades que en este estado de penumbra absoluta. Una marea glacial se derramó por sus huesos y tendones al recordar la vacuidad en los ojos de su hijo aquella mañana, ojos de plástico como los de un muñeco, sin la llama de la humanidad palpitando en su interior.

Había sido una mirada que no había visto nunca en su hijo…

Una mirada espeluznante que no había querido ver jamás…

… y que le había aterrorizado.

Por primera vez, el riesgo de que su hijo se estuviera volviendo loco había hecho mella en él, desgarrándole el cuerpo y las pocas fuerzas que tenía. La impotencia de saber el daño que algo le estaba haciendo a su hijo, de que lo podían perder en vida, era insoportable.

—¿Cariño?

La voz de su mujer le retrajo de sus pensamientos de una sacudida y arrancó un suspiro plomizo de su boca.

—No lo sé, no sé qué le pasa, si lo supiera… —Apretó los puños y entonces lo dijo—: Creo que tiene algo que ver con una chica.

Compartir. Confiar. No podía pedirle a su hijo que se apoyara en él si él mismo no era capaz seguir su consejo y hacer lo mismo con su esposa.

Su esposa… que se había quedado muy quieta, tanto que hasta el brillo de sus ojos pareció cristalizarse.

Soichiro se puso en pie entonces y esa acción pareció desencadenar un proceso en la mujer que tantas alegrías le había dado, porque esta movió los labios.

Sus charcos de oro fundido le observaron.

—¿Una chica? —musitó como si fuera un secreto—. ¿Misa?

Soichiro negó con un cabeceo; sus manos gruesas tomándola por los hombros en una friega reconfortante.

—No, Misa no. —Vio cómo su mujer frunció levemente el entrecejo—. Creo que Sayu sabe algo. Y Matsuda, mi compañero de trabajo —agregó finalmente.

—¿Quieres decir que…?

—Tiene que haber algo más, Sachiko. No me entra en la cabeza que solo por una chica… Light nunca ha sido de esa clase de persona que lo dan todo por otra.

—Si se ha enamorado… —El hilo de voz en el que Sachiko pronunció aquellas palabras, con una mezcla de pesar y dulzura, fue como un suspiro estancado—. Soichiro.

«Pero está Ryuuzaki también» se dijo, furioso consigo mismo por no dar con la incógnita de la ecuación.

—Ryuuzaki también estaba muy afectado. Ha estado afectado desde hace tiempo, incluso le gritó a Matsuda cuando…

Sus ojos se abrieron de par en par. Eso era. Ryuuzaki ya había empezado a actuar extraño para entonces, cuando Light se había acostado con Misa sin ningún miramiento en el lugar de trabajo. Había pensado que se debía a esta falta de respeto la repentina salida del detective, aunque parecía excesiva, pero ahora ya no estaba tan seguro de que aquel hubiera sido el motivo.

Pero entonces, ¿qué?

¿Qué demonios estaba pasando?

Light. Misa. Ryuuzaki. Y la chica misteriosa. ¿Cuál era el misterio que los envolvía a todos?

Se mordisqueó el labio con los dientes en un rictus pensativo y frenético. Los dedos de su mujer le rozaron la zona del entrecejo, deshaciendo el nudo que se había instalado ahí. Oyó el chasquido de la puerta de entrada al cerrarse, pero ni él ni Sachiko le hicieron caso.

—¿Qué tiene que ver Ryuuzaki en todo esto, cariño? ¿Por qué gritó a Matsuda?

La arruga volvió a instalarse entre sus cejas pese a los esmeros de Sachiko. Los ojos de Soichiro relucieron con un fuego abrasador.

—No lo sé. Pero lo averiguaré —prometió.

Y un intercambio de miradas remotamente olvidado bajo escombros de otros mil recuerdos y pensamientos resurgió como un géiser entre capas de nieve. Una mirada que su hijo y Ryuuzaki habían compartido, que se había entrelazado con aplastante facilidad la noche en la que habían sido secuestrados y rescatados. Soichiro la había contemplado del mismo modo que aquel que contempla algo hermoso pero prohibido, un poema en un idioma desconocido, los ideogramas que, pese a no ser capaz de descifrar, derramaban un aura de cosquilleo que le había recorrido toda la espina dorsal.

La mirada entre su hijo y Ryuuzaki aquella madrugada, más incluso que el inesperado abrazo, habían tenido ese efecto en Soichiro. Incapaz de comprenderlo, mas sintiendo como si estuviera invadiendo algo incómodo, íntimo y profundo.

Tragó saliva con fuerza. Empezaba a asustarse.

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La puerta se abrió con un sonido chirriante desde el recibidor justo en el momento en el que Soichiro giraba la vuelta de las escaleras que ascendían a la segunda planta. Su cuñado entró de forma parsimoniosa y lo saludó con un grave cabeceo que activó de inmediato la curiosidad detectivesca de Soichiro.

—Hiroaki, ¿qué te ha llevado tanto rato?

El hombre levantó una caja de puros a modo de respuesta. Soichiro apretó la mandíbula ante el abuso de los malos hábitos de su cuñado.

—Eso te terminará pasando factura —dijo blandamente.

Un bufido ronco e hirsuto brotó de la boca del otro mientras se quitaba los zapatos para depositarlos en el genkan; el grueso abrigo no tardó en sumarse al otro par que colgaba de la percha.

—Otros percances me arrancaran la vida antes que este pequeño vicio —rezongó, ganándose una ceja alzada por parte de Soichiro, al que miró antes de sacudir la cabeza en un ademán disoluto—. Tú eres el que tiene que dormir más, no te atrevas a dejar sola a mi hermana a estas alturas.

Ceñudo, Soichiro dejó pasar el consejo en pos de estudiar la apagada expresión de su cuñado. Por un momento, le había parecido detectar sombras en los ojos nublados del otro hombre.

—Sascha —dijo, de pronto, casi espontáneamente—. ¿Ha vuelto ya?

La vagueza del gesto con el que su cuñado señaló escaleras arriba por poco ejerce su función encubridora con portentoso éxito; por poco, pero no del todo. El mínimo resquicio de brecha bastó para hacerle saber que algo no andaba bien.

—Este maldito frío… Esto parece un infierno congelado en esta época. Diría que no hemos salido de Rusia si no fuera porque me veo forzado a reinventar mi léxico natal…

Soichiro lo vio alejarse murmurando por lo bajo hacia la cocina y frunció un poco más el ceño. Su ojos se desviaron hacia el fondo de la escalera, donde la oscuridad era espesa en la planta superior; tamborileó los dedos sobre la baranda en un acto mecánico mientras evaluaba la mejor forma de proceder, o si debía proceder en absoluto.

No tuvo que meditar demasiado porque, en menos de lo que dura un relámpago, las hebras invisibles de su personalidad le arrastraron escaleras arriba sin tener en cuenta su voluntad hasta que estuvo frente a la puerta de la habitación de su hijo, la que Sascha estaba ocupando durante esos días.

Titubeó un parpadeo, la mano en el aire. Luego golpeó con suavidad la puerta con el lateral de su puño cerrado.

Esperó, pero la respuesta no llegó de inmediato. Cuando empezaba a plantearse la posibilidad de tener que llamar una segunda vez, la puerta se deslizó hacia dentro en un agudo chasquido. La silueta del rubio se perfiló contra la apacible luz blanquecina que flotaba en la habitación, sumiéndola en una neblina ilusoria. Los ojos del chico lo encontraron un momento, abriéndose ligeramente en un tic de sorpresa al reparar en el intruso. Solo un instante, antes de que Soichiro perdiera de rango la expresión de Sascha cuando este desvió la mirada hacia el suelo.

—¿Puedo pasar? —preguntó sin alzar la voz.

Como toda respuesta, Sascha se limitó a encogerse de hombros antes de apartarse de la puerta de vuelta al interior de la estancia.

Soichiro entró.

La habitación permanecía prácticamente idéntica al tiempo en que Light había vivido allí. No había rastros de Sascha que pudieran delatar un cambio de ocupante; claro, eso si no tenías en cuenta las distintas fotografías amontonadas pulcramente sobre el escritorio, o el lienzo en blanco que reposaba sobre un caballete de madera en una esquina, junto al armario. Soichiro dejó a su mirada divagar por cada pertenencia del chico, cada huella dibujada sobre el polvo de una ausencia en aquella habitación. Después de un momento, su atención se enfocó de nuevo en el caballete, donde Sascha se encontraba mezclando unas pinturas como si allí no hubiera nadie más que él y la soledad.

Soichiro se aclaró la garganta.

—No tenía ni idea de que también pudieras pintar —observó.

Sascha detuvo un instante sus movimientos, luego siguió removiendo el líquido espeso en el que estaba trabajando, su voz brotó en una línea neutra y delgada.

—Es solo un pasatiempos, me gusta pero supongo que no he nacido para ello.

—Al contrario que la fotografía —puntualizó Soichiro, ganándose una mirada inescrutable por parte del chico—. Mi hija está encantada con tu trabajo.

Pero ni esas palabras parecieron calar en Sascha, que volvió a girar su cabeza hacia el lienzo abandonado sobre el caballete.

Una sensación amarga, a bilis, se retorció en el pecho de Soichiro, inseguro acerca de la mejor forma de acercarse al chico. De romper aquella pared de distanciamiento. Ya se había dado cuenta una vez de que la fragilidad de Sascha, aquella aparente delicadeza un tanto afeminada, guardaba una fuerza desorbitante bajo piel, huesos y tendones, una determinación fiera que le hacía perseguir sus objetivos pese a la desaprobación de su padre.

Soichiro no podía imaginarse a un padre no sintiéndose orgulloso de tal despliegue de fortaleza personal. «Aunque puedo entender… hasta cierto punto puedo entender… lo que le molesta tanto de su hijo.»

Algo que no tenía ni por qué ser verdad, dicho fuera de paso.

—Sascha, si ha habido algún problema con tu padre… —empezó, decidiendo ir al grano tras percatarse de la tensión que el silencio hueco estaba creando. Pero un sonido extraño, difuminado entre lo que podía ser una carcajada y un bufido estrangulado, cortó su frase a medias.

—Hablar de él es hablar de problemas.

—Tú padre te entenderá algún día —insistió Soichiro, obstinadamente, viendo impotente cómo el cuerpo del rubio era sometido por una rigidez palpable a simple vista—. Nadie es perfecto.

Sascha hizo un ruido indescifrable mientras se giraba a depositar la paleta de colores sobre el escritorio; había una sonrisa ladeada en el esbozo de sus labios.

—Mi primo es perfecto.

Soichiro frunció el entrecejo.

—Light no es perfecto. —Algo se apretujó en su pecho cortándole el aliento—. Ni mucho menos.

Si no se hubiera distraído momentáneamente por la imagen de su hijo en aquella extraña burbuja de misterios en la que se hallaba, tal vez hubiera distinguido las ondulaciones que ensombrecieron por un instante los irises claros de Sascha.

—Pero le quieres —musitó este, sacudiendo a Soichiro con sus palabras—. Quieres a tu hijo a pesar de todo.

—Es mi hijo —contestó.

No hacía falta otro motivo. O eso creía.

Empero la mueca amarga que retorció los labios de Sascha, en una parodia de sonrisa, hizo ceniza dicha convicción.

—Como si un padre tuviera que querer a su hijo obligadamente…

Un meteorito despedazándose contra su caja torácica hubiera sido menos doloroso que las espinas que se clavaron en su corazón al escuchar eso.

«¿Obligadamente? Por el amor de Dios, Hiroaki, ¿qué demonios estás haciendo?» pensó, sintiéndose tambaleante al ver que Sascha, que le había dado la espalda de nuevo, estaba tiritando levemente.

Sochiro cerró las manos en dos puños y avanzó dos zancadas. Enarboló un brazo apenas tocando el hombro del chico.

—Sascha, escúchame —dijo, apretándole el hombro con firmeza—. Date la vuelta.

Sascha lo hizo, pero no le miró a los ojos, sino que mantuvo la mirada gacha, oculta tras los mechones de cabello platino más largos por delante. Soichiro sintió un frío que poco tenía que ver con la temperatura colándose a través de los poros de su piel.

—Sascha —insistió.

Y cuando Sascha por fin levantó unos centímetros la mirada y aquellos lagos de escarcha lo miraron, vidriosos, derretidos, sin una pizca de aquella lámina de hielo que los caracterizaba, Soichiro deseó no haber tenido que contemplar la vulnerabilidad ahogándose en aquellos ojos. Ese dolor crudo le sacudió con la fuerza de un titán y el sentimiento de desorientación, transparente en las facciones cinceladas de Sascha, casi le hizo perderse a él también.

Si solo pudiera acercarse… hacerle ver que podía confiar en él… conseguir que dejara de sufrir en silencio y soledad…

—Hace mucho tiempo que acepté que tendría que ser distinto para que mi padre me quisiera —gruñó, su voz desgarrándose ligera y ásperamente—. ¿Pero acaso es eso lo que realmente debería hacer? ¿cambiar lo que soy? ¿vivir una mentira?

Soichiro echó una mirada preocupada hacia la puerta ante el volumen de voz del chico. Luego lo volvió a enfocar y sacudió la cabeza.

—Es imposible cambiar lo que uno es, Sascha. El agua seguirá siendo agua por mucho que la disfraces con colorantes.

Sascha sonrió amargamente.

—Pero el agua puede convertirse en hielo si la enfrías lo suficiente.

—Entonces congelarás tu corazón también.

Un estremecimiento sacudió a Sascha. Soichiro lo vio morderse el labio y no pudo evitar sentir un ramalazo de odio hacia su cuñado. Sascha, a diferencia de lo que demostraba de cara al exterior, con su sonrisa cínica y sus ademanes desinteresados, era tan sensible… muy sensible. Y cargaba un fantasma inmerecido sobre sus hombros, uno cuya culpa residía en aquel que se suponía debía protegerlo de los peligros.

—Sascha, yo…

—¡Tú tienes un hijo! —interrumpió, cortante—. No trates de usarme como reemplazo solo porque estás decepcionado por su conducta.

Las palabras dolieron más de lo que uno habría de esperar. De repente, el cansancio que tan largamente había tratado de sobrellevar se sintió plomo sobre su conciencia, inabarcable e insoportable.

—Nunca intentaría reemplazar a mi hijo, no importa en qué medida ni cuantas veces me decepcione —aclaró, su voz rotunda pero no falta de amabilidad—. Pero quiero que tú confíes en mí.

Sascha sacudió la cabeza.

—No, quieres que tu hijo confíe en ti.

«Nunca he necesitado un padre cercano que se metiera en mis asuntos.»

La tono gélido de Light se infiltró en los entresijos de su mente, sorteando cada una de las compuertas que Soichiro había intentado fijar entre esas palabras y sus sentimientos. Apretó el agarre sobre el hombro de Sascha, provocando que el chico se encogiera un poco, y lo sacudió con brusquedad.

—Puedo lidiar con dos jóvenes confiando en mí —gruñó, enfadado—. No necesito escoger uno solo.

Los ojos de Sascha relucieron como el agua bajo la luz del sol.

—¿Pero por qué querrías…? —musitó en un trémulo hilo de voz.

—Porque no eres mi hijo, pero eres mi sobrino —contestó, rotundo—. Ese es un lazo que no voy a permitirte ignorar. Si necesitas un sitio donde poder continuar con tu sueño, esta casa siempre tendrá las puertas abiertas para ti. E incluso si necesitas dinero para estudios de fotografía o lo que sea que tengas que hacer, también lo encontrarás aquí.

Una promesa. Un apoyo incondicional que Soichiro no había imaginado nunca dando a nadie más que a su esposa y sus hijos acababa de ser ofrecido. La habitación pareció congelarse, estática y tan sorprendida como el propio Sascha, cuyas perlas de hielo se habían abierto en muda sorpresa. Sus pestañas parpadearon y un rubor bochornoso encendió sus blancas mejillas.

Soichiro suavizó la mirada con un sentimiento similar al cariño y Sascha desvió la vista con rapidez. La lágrima que se escapó furtiva del lagrimal de uno de los ojos del rubio, y surcó su mejilla invisible, sería un secreto entre ellos dos.

Soichiro no pudo evitar sentirse aliviado. Parecía que al menos sí podía hacer algo bien con alguien.

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«¿S puede saber x que demonios t has ido, Matsuda?»

«X tu culpa me he tenid k ir con ellos. Pnsaba que lo habiamos pasad bien sta tarde»

«…... ¿no vas a contestr? Dios, estas siendo tan infantil»

El vaho de luz fría de la pantalla de su teléfono móvil apenas despejaba la oscuridad en la que se hallaba sumida su pequeña habitación. Hecho un ovillo en la cama, enredado en un lío de mantas y sudor y con el cuero cabelludo desgarrado de tanto pasarse las uñas entre los gruesos mechones de su pelo, Matsuda leía una y otra vez los whatsapps que habían hecho vibrar su móvil durante los últimos días.

Su móvil y algo escondido en su pecho también.

«Buenos días... Siento habr dicho eso ayer, staba enfadad porque m habías dejado plntada. No tienes q tomart enserio lo k dicn esa panda de bobos, sn unos bocazas. Podriamos quedr y lo hablamos en persona?»

«O si estas my ocupado, llámame»

Se mordió el labio intensamente. Un hilillo cálido surcó descendente por su barbilla.

—Mierda —masculló con voz ronca, limpiándose la sangre con el antebrazo. Sus ojos, vidriosos, continuaron leyendo la retahíla de mensajes—. Santa mierda.

«Estas siendo injusto, Matsuda»

Y entonces, tras ese mensaje el día anterior, destacaba el que acababa de recibir no hacía más de una hora, tambaleando su mundo como si estuviera columpiándose sobre un trampolín.

«He hablado con Light hoy, parece que nos hemos arreglado y todo vuelve a ser como siempre. Sé que seguramente ya no te importa, pero… necesitaba decírtelo. Soy una tonta, lo sé. En fin… gracias por todo de todas formas».

Las faltas de ortografía habían desaparecido en algún punto.

Matsuda soltó una exclamación de angustia y hundió la cabeza entre las rodillas levantadas, pasándose las manos por detrás de la cabeza con flojedad. Los mensajes de Sayu le estaban matando, casi tanto o más que el estar ignorándola, o el haberla visto llorando en el hospital el día anterior mientras se culpaba por lo que le había sucedido a su hermano.

Apretó los ojos cerrados con fuerza desmesurada, tratando de erradicar de su mente la espiral de celos que le había fluctuado en el estómago al ver al primo de la chica consolándola mientras que él era incapaz de hacer lo mismo.

Pero no podía… él no podía continuar con aquello, ¿o sí? Sayu no podía querer lo mismo que él, Sayu no…

El móvil, que en algún momento se había resbalado de entre sus dedos para acabar tendido sobre el revuelo de sábanas, vibró con la llegado de un nuevo mensaje. Matsuda levantó la vista de forma renuente. Había sombras en su mirada y unas profundas ojeras producto de los sueños que le habían impedido dormir desde la tarde en el cine. Sueños que le hacían sentirse miserable.

Aún sin fiarse del todo, alargó un brazo, le dio la vuelta al aparato y lo desbloqueó para echarle un vistazo.

Un nudo de piedra se le atascó en la garganta.

—Madilta sea, ¿por qué? —masculló de forma entrecortada—. ¿Por qué tienes que torturarme así, Sayu?

El recuadro luminoso de la pantalla de su móvil titiló con una luz fría. Las letras del último mensaje recibido, tóxicas como la vileza que corroía cada uno de sus pensamientos.

«Te echo de menos» rezaba.


Bueno chic s, hasta aquí la segunda parte de "Lazos". Voy a necesitar un buen plato de pasta para compensar lo que he perdido escribiendo esto. Aun vendrá una tercera parte correspondiente, en teoría, o así será en la versión PDF, a este capítulo. Si queréis Matsuda y Sayu, el próximo será vuestro capítulo. Decididamente también L, que no ha aparecido en esta segunda parte. Y luego, la Masía, sí. Agarraros fuerte para eso, yo me prepararé varias tazas de té para ello 3

Como siempre, a todos los que se han tomado el tiempo de comentar, ¡muchísimas e infinitas gracias! Sin vuestro apoyo esta historia no habría llegado hasta aquí, eso os lo aseguro. Hace mucho saber que lo que estás escribiendo llega a la gente :)

Un beso a todos y espero que hayáis disfrutado esto a pesar de haberse centrado bastante en Sascha, Misa y Soichiro ;) No olvidéis darme vuestras opiniones :P

Masha: Jesús, ¡te has leído todo en un solo día! No hay mejor elogio que ese XD La situación es complicada entre ellos, por varios motivos, veremos cómo solventan todo o si son capaces de hacerlo :S ¡Gracias por comentar! ^^