De pie, en silencio, escuchando el leve zumbido de los drones revoloteando por el interior de la nave, cerraba los ojos concentrado en detectar la posición exacta de cada artilugio con el resto de sus sentidos.
Con un rápido movimiento, saltó hacia atrás y se impulsó, a pesar de estar bajo una fuerza de gravedad de 300 veces la de la Tierra, con la energía suficiente para pasar al lado de cada uno de los seis robots, rozar exactamente el botón de apagado en cada uno de ellos, que iban cayendo sobre las losas con un pequeño crujido, y volver al punto justo de partida posando sus pies con sutileza en el suelo.
Profirió un sonido de disgusto. No era suficiente, ya era capaz de dominar con precisión su energía dentro de la cámara de gravedad, y supuestamente también era dueño de sus emociones, puesto que siempre las mantuvo bajo un férreo control desde bien niño. No sabía a qué se refería el lagarto que invocó Bulma cuando expuso los requisitos para ser un súper saiyan.
No encontraba otra solución que no fuera probar su talento fuera de ese mugroso planeta. Aunque sólo había un pequeño problema para no hacerlo: ella. Nada se había vuelto a saber de la extraña panda de robots que la secuestraron hacía poco más de un mes. Sin embargo, el maldito instinto protector que desarrollaba, le decía lo contrario, le impedía abandonarla. Pudiera ser que ése fuera el obstáculo para desbloquear el estado súper saiyan, la debilidad que sentía hacia Bulma. En ese caso, sólo necesitaba tener una voluntad más fuerte aún para superar sus propios temores y partir de una vez sin mirar atrás, sin afectarle lo que le pasara a la terrícola.
Después de todo, parecía que el dragón no estaba tan equivocado y realmente no controlaba lo suficientemente bien sus sentimientos. Debería arriesgarse.
Alcanzó una toalla de uno de los soportes de la pared, desactivó la gravedad artificial y bajó a la nevera del piso inferior para beber agua fría. Dos litros. Sin respirar.
Cerró el frigorífico y se encaminó al baño para asearse antes de salir a comer con la familia que lo tenía acogido, siempre puntual en sus rutinas diarias, pero su vista se detuvo sobre las sábanas revueltas de la cama que había de paso.
Habían pasado la noche anterior juntos en ella, y esa misma mañana antes de sonar el despertador, Bulma se había desvelado. Llevaba unos días demasiado activa sexualmente, incluso para un saiyan de la élite como él, así que decidió que era demasiado pronto para levantarse a trabajar pero, como no tenía sueño, lo despertó a él de una forma curiosa y agradable.
Lo cierto es que, gracias a sus caricias, empezó a soñar con ella en el sentido más húmedo posible, y fue justo en el momento de eyacular cuando despertó sobresaltado, observando al bajar la vista a su entrepierna a Bulma con su falo dentro de la boca succionándolo con avidez.
—La tienes más dura por las mañanas —le dijo sonriendo esa mujer vulgar después de terminar su faena, trepando por sus piernas hasta sentarse a horcajadas cobre sus caderas.
Dormían desnudos y el roce rítmico de su pelvis sobre su miembro, así como el suave balanceo del pecho de ella en el aire, sus uñas clavándose en su vientre, o su sensual rostro alumbrado por las escasas luces de la estancia, surtieron efecto sobre él y su pene, endureciéndose en el momento.
Pocos despertares en su vida recordaba como aquél. El olor libidinoso de sus fluidos le embargó y anuló su temple, tomando con ambas manos sendos muslos femeninos con más fuerza de la esperada. Bulma profirió un quejido.
—Si no te gusta te aguantas. No me hubieras despertado —Y con esas izó el cuerpo de ella y se adentró entre sus piernas sin compasión.
Bulma sintió como tocaba fondo en sí, adueñándose de ella una sensación incómoda a la vez que morbosa y, qué decir, muy placentera. A Vegeta le gustaba escuchar como se quejaba cuando la embestía, y la mayoría de las veces lo conseguía, pero esa mañana parecía disfrutar especialmente de las acometidas de su guerrero. Así que se incorporó, le dio la vuelta y, sentado él sobre el borde de la cama, empezó a penetrarla desde atrás, alzándole una pierna desde la corva para tener mayor accesibilidad y adentrarse a todo lo que diera su cerviz, hasta que hizo tope allí y un lamento seco desde la garganta de ella le confirmó donde estaba su fin. La presión de las paredes vaginales de ella succionaban rítmicamente su miembro, movimientos involuntarios que lo llevaban cerca del delirio. Con la nuca de ella próxima a su boca, cuyo olor lo invitaba a probarla insistentemente, no se contuvo a la hora de lamerla, paseando los labios por el lateral de su cuello y terminando detrás de la oreja para susurrarle ahí:
—Grita mi nombre.
Al mismo tiempo hizo un movimiento más potente con sus caderas hacia arriba, y Bulma exclamó con deleite y rabia:
—¡Vegeta!
Él rio complacido, mordisqueando después la pálida carne cerca del hombro de ella. La mujer acariciaba los testículos de él con una mano y con la otra buscaba la cabeza de su compañero para enredar sus dedos en su pelo, y así atraerlo con más firmeza sobre su piel. Con el roce de la parte inferior, aprovechaba para masajear su clítoris con mas bolas en cada acometida, empapándolas con los fluidos rebosantes de su intimidad. Mientras, la otra mano de Vegeta pellizcaba sagazmente su pezón izquierdo. Bulma gritaba rítmicamente y no le hizo falta mucho tiempo más para llegar al cielo envuelta completamente por la piel de su compañero. Arqueó la espalda con violencia y tiró del pelo de él. Un fuerte espasmo contrajo su cavidad en torno al pene, y Vegeta gruñó sonoramente reprimiendo las ganas de correrse de nuevo, pero que con un par de incursiones más y con los labios de Bulma buscando, sedientos, los suyos, optó por no contenerse y dejar fluir su semilla en el interior de ella.
Después de ese magnífico despertar, ella continuó durmiendo, exhausta. Él desactivó el reloj cinco minutos antes de que sonara, y lo reprogramó para que la despertara una hora más tarde. Lo mismo que Bulma andaba más activa sexualmente, solía estar más somnolienta que de costumbre, por lo que la dejó descansar un tiempo prudente antes de que empezara su jornada, ya que también sabía que le ponía de mal humor entrar tarde en el laboratorio o sin desayunar.
"Es extraño —pensó mientras abría el grifo de la ducha—. Cuanto más deseo alejarme de aquí, más me atrapa ella". Y era cierto. Seguía rehusando de la importancia que tenía para él la humana, pero, por otro lado, eran tan sabedor de la forma de pensar, de actuar, las manías y costumbres, los gustos y fobias de Bulma… que parecía tener algún tipo de conexión con ella.
Las últimas semanas las había pasado canutas evadiendo las preguntas que le hacía en los momentos menos insospechados sobre su viaje de búsqueda de las Dragon Balls. Insistente, a cada rato le interrogaba con la astucia y la sensualidad propias de ella, poniéndolo en verdaderos aprietos en más de una vez, pero saliendo airoso con sus cortantes e hirientes expresiones: "¿Y a mi qué me cuentas?". "¡Pregúntale a tu amigo, el enano!". "¡Si fui a alguna parte no es asunto tuyo!". Y cuando intuía estar en serio problema, no había mejor manera de callarla que con un buen polvo.
Ella también notaba esa conexión, sabía cuando ocultaba algo, lo conocía demasiado bien la muy… zorra. Imposible. Nunca se escuchó que un saiyan de clase alta hubiera tenido vínculo sentimental con ninguna hembra, sólo eran leyendas de guerreros de clase baja. Nunca él, de linaje real, nunca con una terrícola.
Salió del baño pensando, cómo no, en su nueva decisión. Realmente le preocupaba dejarla sola, pero se autoconvencía de que no era su problema, de que, si le sucediera algo, podría vivir con la conciencia tranquila porque ella sabía cuidarse sola y que tenía a una buena panda de sabandijas que la mantendrían a salvo. Por otro lado, se vio a si mismo con el aura dorada del magnífico estado de súper saiyan, llegando triunfante a la Tierra, a casa de la (su) humana de nuevo, despertando la total admiración de ella y de cualquier otro personaje que apareciera ante sus narices. Lo tenía aun más claro que antes.
Se vistió con un traje de combate limpio, se ajustó las botas, la armadura y los guantes, y accionó el botón de la compuerta de la nave para bajar de ella. Era mediodía y la deliciosa comida que preparaba la loca de la casa llegó hasta sus fosas nasales desde el balcón de la casa. Se percató de una energía inusual allí y miró en esa dirección, pero un molesto insecto revoloteaba cerca de su cara y lo incomodó.
—¡Bah! ¿Es que no fumigan en este sitio? —pronunció al tiempo que atrapaba al vuelo el bicho y lo deshacía dentro de su puño.
Volvió su rostro hacia arriba, en dirección a la gran terraza de la Corporación Cápsula. Era una energía vital nueva para él, no muy fuerte, pero era extraña. Fue ascendiendo cauteloso hasta el lugar. Pensó que podría tratarse del gusano de Yamcha, que hubiera tenido la desvergüenza de aparecer por allí, pero sentados en la mesa circular sólo estaban los señores Brief… y Bulma. Nadie más. Sin quitarle la vista de encima, tomó asiento en la mesa junto a ella. Esa energía emanaba de su cuerpo, pero no era suya, era diferente, su propio e insignificante ki se mantenía inalterado. No tenía sentido. "A no ser…".
—Bulma, cariño, ten cuidado —le advirtió su madre—. Es bueno que tengas tanto apetito, pero vigila para que no te atragantes.
La mujer devoraba a diestro y siniestro, arrasando con la comida y amontonando platos de una forma que avergonzaría a un tercera clase. Últimamente, mostraba tener más hambre de la habitual, pero lo que estaba presenciando Vegeta ese día no podía creérselo aunque lo estuviera viendo con sus propios ojos como así lo hacía.
Vacilante, Vegeta fue apartándose comida en su plato a la vez que miraba los rostros de los padres de ella en busca de alguna pista que alejara a sus pensamientos del rumbo que estaban tomando. Pero ambos parecían igual de cándidos y felices que siempre. Volvió a fijarse en Bulma, que mascaba con los carrillos hinchados y las comisuras de los labios manchadas de salsa, y ésta le correspondió la mirada.
—¿Vas a comerte eso? —le preguntó ella sin haber tragado lo que masticaba aún, señalando el contenido del plato de Vegeta.
Anonadado, la observó a ella, bajó la vista a su plato y negó con la cabeza, acercándole su escudilla.
Apenas comió. Las señales que veía hablaban tan claro como si se lo estuvieran gritando. Pero no era posible. No podía ser posible.
—Qué sueño me ha entrado —soltó Bulma en medio de un bostezo, después de su pitanza—. Voy a echarme una siestecita antes de bajar al laboratorio. No te importa, ¿verdad, papá?
—Para nada, querida. Tómate la tarde libre si quieres —le respondió el Dr. Brief.
—Oh, qué generoso eres, papi. Lo cierto es que tengo mucho, mucho sueño —le dio un beso en la mejilla antes de despedirse canturreando y agitando su mano—. ¡Luego os veo!
Sus padres rieron y el Dr. Brief se despidió del resto, a su vez, para volver al trabajo en los laboratorios. Mirando la actitud de sus padres, nada parecía presagiar lo que Vegeta sentía… ¿O tal vez sí?
—Me alegro mucho por vosotros —se dirigió a él la Sra. Brief, más risueña que nunca—. Bulma es muy despistada, pero veo que tú sí te has dado cuenta.
—Está embarazada —afirmó él, seco, con una voz que no parecía la suya, dándose cuenta así de la realidad como con una bofetada.
—¿No es maravilloso? —La loca de la Sra. Brief no paró de parlotear desde ese instante, pero Vegeta le hizo caso omiso.
"Un bastardo". Aquella palabra, bastardo, resonaba en su cabeza una y otra vez, intentándola asociar a la imagen mental que tenía de un niño y esforzándose arduamente para ligarla al concepto que daba vueltas en su cabeza de un hijo propio, aunque sin obtener un resultado provechoso. Un heredero era un hijo nacido bajo un régimen saiyan, con la concubina más poderosa del harem, después de haberse enfrentado al resto de las mujeres que lo conformaban, todas guerreras de clase alta en época fértil. Sólo ella se ganaría el beneplácito por derecho propio de yacer con el rey para ser fecundada, y después debería convivir en palacio con el resto de sus rivales, las cuales pondrían todo de su parte para evitar la llegada de ese niño al mundo.
Si la madre y el bebé sobrevivían, y se trataba de un varón sano y fuerte, la continuidad de la estirpe guerrera de los saiyans, así como su corona, estaba asegurada. Si nacía una niña, o un varón débil o enfermizo, el rey decidiría el destino del vástago y su madre, ya fuera continuar viviendo en palacio bajo su amparo, o bien la muerte.
Nunca supo cuál de las mujeres que complacían a su padre, en la cama o en la arena de combate, fue su verdadera madre. Igual podría haber muerto en su alumbramiento, aunque tal vez también pudiera haber sido cualquiera de las mujeres que su padre se follaba cada vez que le apetecía. A él le gustaba pensar que fue una mujer ambiciosa, poderosa como ninguna otra hembra de su especie, y que sólo sedujo al rey para que descendiente ostentara el puesto del que él aún seguía haciendo gala, pese a la decadencia de su pueblo. Habría sido una guerrera fiera, y habría matado sin remordimientos a cualquier contrincante que hubiera osado acercarse siquiera a su vientre grávido, una luchadora que lo habría parido de una sola vez sin soltar el más mínimo quejido y que habría cortado el cordón que los unía con sus propias manos.
Engendrar un hijo de esa forma, era engendrar un heredero. Un hijo concebido sólo por la mala suerte de haber buscado placer en el vientre equivocado, era un bastardo. Bulma no era digna de llevar un hijo suyo en sus entrañas, pues éste sería débil, un mestizo enclenque que lo convertiría en la vergüenza de su raza. Para tener un hijo así, era preferible morir sin descendencia y que la raza guerrera de los saiyans languideciera con él en su lecho de muerte.
Eso si ella pudiera ser lo suficientemente fuerte como para soportar el embarazo y el parto, pues no lo parecía ni de lejos.
Cabizbajo, volvió a ocupar su lugar en la nave para entrenar hasta la noche, cuando empezaría a recopilar comida y algunos trajes de combate para su viaje espacial. Porque sí, efectivamente y sin el menor atisbo de duda, era la mejor decisión que podía tomar. La poca honra que le quedaba consistiría en adquirir el anhelado poder del súper saiyan y superar al inútil de Kakarot, porque por parte de su extraña relación con Bulma podría decirse que, de una vez por todas, había tocado fondo. Ya no podía hacer más el ridículo, y el hecho de saber que estaba embarazada de él fue una auténtica hostia que la verdad le propinó en la cara, para hacerle reaccionar y dejar de besar el suelo que pisaban los pequeños pies de esa humana indecente. Ojalá se hicieran realidad sus estúpidos temores y le pasara algo en su ausencia, para que ese ominoso híbrido no llegara a nacer nunca.
oOo
Cuando Bulma abrió los ojos ya era lo suficientemente tarde cómo para seguir durmiendo hasta la mañana siguiente. Se sentía pesada y lenta como una marmota. Estiró sus miembros mientras seguía acostada en la cama y miró al techo, sin saber qué hacer en ese momento, si seguir durmiendo, bajar al laboratorio para hacer al menos acto de presencia, o comer. Su estómago rugió con suficiente exigencia como para hacerla rodar hasta la cocina finalmente. Por Kami, si seguía durmiendo y comiendo de esa manera terminaría como una foca. Tenía que poner remedio.
En la cocina estaba su madre, atareada, preparando toneladas de comida a pesar de la hora que era y a la que ella solía estar durmiendo normalmente.
—Mamá, ¿qué haces cocinando tan tarde?
—Oh, ¡hola, cariño! Pensaba que dormirías hasta mañana —respondió la Sra. Brief.
—Y lo haría, pero me muero de hambre. ¿Todo esto es para mi?
—Puedes tomar lo que gustes, aunque en realidad lo preparaba para Vegeta —la madre de Bulma hizo una pausa para ver el rostro extrañado de su hija, que se apartaba medio pollo asado y un cuenco de fideos chinos para zampárselos—. Verás, lo noto un poco raro hoy y lo escuché murmurar algo sobre irse al espacio. ¿Tú sabes algo, querida? —Su hija paró de engullir un instante. Vegeta no le había dicho nada al respecto—. Por eso preparo tanta comida, para que se la lleve y no se quede con hambre durante el viaje, pobrecito.
Sorbiendo un fideo que sobresalía de sus labios, salió corriendo en busca del saiyan, tardando menos de medio minuto en llegar a la puerta de la nave, que estaba cerrada. Se limpió la boca con el dorso de la muñeca y la aporreó lo más fuerte que pudo contra la pared metálica, llamándolo a voz en grito.
Finalmente, empezó a abrirse la puerta y, antes de que tocara el suelo, Vegeta dio un pequeño salto para plantarse frente por frente a Bulma, con los brazos cruzados y el rostro frío como el hielo.
—¿Qué quieres? —le espetó de mala gana.
—¿Qué es ese rollo de que te vas? —exigió saber ella.
—¿Quién te ha dicho nada?
—¡No te importa! —gritó ella exasperada—. Tienes a mi madre esclavizada en la cocina preparando montañas de comida. Lo mínimo que pido es una explicación de a dónde, hasta cuándo… y un porqué.
—Si me voy o me quedo es asunto mío y de nadie más, no te creas que tienes derecho alguno sobre mi y menos cuando debería ser lo contrario —Vegeta estaba dispuesto a que ella le odiara, para así asegurarse su rechazo en caso de que por manos del demonio a él se le ocurriera flaquear.
—¿Qué quieres decir con eso? ¡Yo no tengo derecho sobre ti, pero tú menos aún, idiota pretencioso!
Él se giró para entrar nuevamente en la nave, dejándola con las dudas que ella le había planteado y sin tener la menor intención de resolverlas… porque ni él mismo podía a excepción de la última.
—Me voy para ponerme al límite —habló de espaldas a ella—. En este planetucho asqueroso nunca podré alcanzar mi objetivo —Bulma aguardó en silencio—. Volveré para el torneo de artes marciales. No esperes más de mi.
Petrificada, observó cómo la rampa de la nave se elevaba hasta cerrar la entrada por completo y, desde fuera, oyó el ruido de los motores entendiéndose. La nave iba a despegar.
—¡¡Como si no regresas nunca, imbécil!!
Se partió la garganta con aquél grito, alejándose caminando hacia atrás para no perder de vista lo que iba a suceder, contemplando con los ojos inundados de lágrimas, sin derramarlas, cómo el hombre más estúpido, petulante, grosero, y también el que más había amado en su vida, se marchaba al espacio para hacerse más fuerte y engrandecer su orgullo por enésima vez, por encima de ella.
Era triste, pero era real. Bulma entendió que Vegeta nunca sería capaz de amar a nadie que no fuera a sí mismo. En ese instante se odió por las veces que apostó por él, la confianza que le había dado y la mala manera con la que le pagaba. Era una idiota, una ingenua sin remedio.
Se volvió hacia la casa, sin mirar atrás, dejando que la nave esférica ascenderá primero lentamente para luego salir disparada al espacio exterior, con el pecho lleno de rabia y la garganta y los ojos congestionados a punto de explotar.
—¡Querida! —Su madre, que había observado desde la ventana de la cocina la partida del saiyan, la llamó cuando la vio pasar por delante de la puerta de la estancia de camino a las escaleras.
Se encerró en su cuarto y golpeó con furia el colchón, provocándose un leve dolor en el diafragma por el esfuerzo. Se puso en pie y anduvo errática de aquí para allá por la habitación, meditando en la estúpida razón por la que se iba Vegeta, en por qué de repente, sin mencionarle nada con anterioridad.
Pensativa, se sentó en el colchón, mirando por la ventana. Había estado muy raro desde que fue sola a buscar las Dragon Balls, sin terminar de aclararle qué pasó en realidad ni a dónde fue. ¿Habría ido a entrenar fuera de la Corporación o habría estado vigilándola? Por lo que acababa de comprobar, a Vegeta ella le importaba una mierda, por lo que su sospecha de que sentía algo más que amistad hacia ella era una mala jugada de su corazón ilusionado.
Recordó la llamada que hizo a Krilin para que le confirmara lo sucedido entonces, dándole la coartada perfecta a Vegeta al relatarle que estuvo en todo momento pendiente de ella por miedo a que le pasara algo. Le explico que fue él quien rompió la puerta de su casa portátil cuando la vio, sonámbula, empuñando un arma pues, al parecer, había estado teniendo una pesadilla muy vívida. Le mostró también sus disculpas por la mala maña que se dio para repararla, sin haberle ella pedido explicaciones en cuanto a eso. También le repitió, palabra por palabra, la versión de cómo la encontró desvanecida en mitad del desierto y la rescató para traerla daba y salva a su casa.
Contrariada, ese día había colgado el teléfono sin mucho convencimiento de lo que acababa de oír, creyendo que detrás había mucho más que no quería decirle y que en dicha historia estaba implicado Vegeta. Pero, en ese instante, no podía creer lo que su corazón le había estado diciendo. Era imposible. Él no le había demostrado últimamente nada más que desplantes y placer en la cama. Pensaba que sólo estaba molesto por haber pedido para el un deseo al dragón sagrado, que se le pasaría con el tiempo. Pero no era así. Lo suyo era obsesión, un empeño enfermizo con el súper saiyan que había terminado por destruirla a ella también.
—¡Ojalá te pudras! —gritó al techo de su habitación, cómo si su aguda voz pudiera traspasar el techo y los kilómetros de distancia que ya los separaban.
"Vendré para el torneo", le dijo. Se levantó a roda prisa y buscó, entre los trastos que acumulaba encima de su escritorio, su agenda personal para revisar el calendario, contando los meses para cerciorarse, ya que en ese instante ni sabía en el día que vivía. Aún faltaba más de un año, estaban a mediados de abril y el torneo se celebraba puntualmente cada 7 de mayo del año que tocara.
Más de un año. ¿Qué iba a hacer un año sin él? ¿Y a qué se refería con eso de "ponerse al límite"? ¿Es que estaba tan loco de exponerse a algún peligro real en el que arriesgara su vida? Lo amaba más de lo que deseaba hacerlo en esa ocasión, no se merecía lo que dejaba en la Tierra, y todo por perseguir un estúpido sueño que podría conseguirlo fácilmente allí con los medios que ella le proporcionaba. No. Ya era suficiente. Más le valía a ese malnacido no poner un solo pie en su propiedad, o iba a pagar caras las consecuencias.
Ya estaba harta de sufrir, pero no soportaba la soledad y menos por la ausencia de ese ingrato. Se sentía una completa subnormal por amarlo tanto y, a la vez, desear no volver a saber de él jamás. Iba a explotarle la cabeza.
Sin pensar en lo que hacía, pues su atención se centraba en sus ambiguas emociones, comenzó a hojear la agenda hacia el inicio del año, llegando a una página marcada que atrajo su interés de forma inmediata, pues una pe mayúscula rodeada de un círculo rojo presidía el día por el que tenía abierta la agenda ese instante. Siempre marcaba el primer día de su período de cada mes de esa manera y en esa agenda, independientemente de tomar tratamiento y de ser su cuerpo estrictamente puntual por ello. Sin embargo, conforme ojeaba cuidadosamente de vuelta al día actual cada página para verificar su sospecha, no recordaba haberlo hecho en las últimas semanas. A decir verdad, llevaba bastante tiempo sin menstruar aunque seguía siendo constante con sus anticonceptivos.
Se le heló la sangre. ¿Estaría embarazada? Si su cabeza era ya de por sí un hervidero de ideas y hasta hacía un momento la sentía a punto de explotar, estas suposición la tenía al borde del desmayo. Tenía que comprobarlo.
Bajó como un rayo a la planta de los laboratorios y buscó una herramienta en particular en el que almacenaban los artículos médicos. Los test hormonales, recordó, los guardaba su padre en un archivo a parte, en cajones independientes por orden alfabético, así que fue a la G y allí los encontró. Agarró varios, aunque uno sólo tuviera la fiabilidad suficiente para darle un resultado exacto, profirió asegurarse por si alguno estuviera defectuoso.
Siete test de embarazo en total fueron los que impregnó con la orina que recolectó en un vaso desechable de la máquina de café. Sentada al borde de su cama contaba los segundos que faltaban para revelar los resultados, aterrorizada por conocerlos, tanto si eran positivos como si no lo eran. Si eran negativos, su falta de menstruación posiblemente significara algún problema de salud, cosa que no quería ni pensar. En cambio, si salían positivos… ¿A quién quería engañar? No estaba preparada para ser madre, ninguna mujer a la que le sorprende un embarazo lo está. Estaba claro que era una mujer adulta, sana, inteligente, hermosa y rica, por lo que podía dar por supuesto que sacaría adelante a la criatura sin ningún problema. Para lo que no estaba dispuesta era para cambiar el nuevo rumbo de su vida, pues habría una nueva personita completamente indefensa y dependiente de ella, y esa criatura sería su principal prioridad vital por encima de cualquier necesidad personal suya.
Una personita indefensa. Podía imaginársela con sus rasgos, su inteligencia y también con la fortaleza de su padre… del idiota de su padre, quien seguramente haya podido presentir de alguna maldita manera que esa vida venía en camino y huyó como un cobarde. No sería propio de él, desde luego, aunque ¿qué otra cosa debería pensar, entonces?
Una personita, tierna y adorable. Sus abuelos se derretirían con ella. Esa personita, si es que venía, sería recibida con los brazos abiertos llenos de amor.
Decidida, se levantó para encaminarse al baño y comprobar el resultado de los test. Ahora, tocaría pensar en un nombre.
