Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Gracias a Isa por revisar y corregir este capítulo.


Diosa Oscura

Por Lissa Bryan

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Capítulo 26

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Edward pausó y olió el aire, buscando el aroma de Bella en la miríada de esencias que la brisa llevaba. Saltó del edificio y cayó ligeramente en el piso, luego se dirigió hacia un callejón, sus ojos barrían la oscuridad. El depredador que había en él se deleitaba con esas "cazas".

¡Ahí! Captó un ligero aroma especiado y buscó su fuente. Una suave risa lo hizo alzar la vista y encontró a Bella en la escalera de incendios que había arriba. Se agachó y saltó, pero lo hizo con demasiado impulso, todavía no se acostumbraba a su fuerza. Tuvo que agarrar la barandilla de la escalera para evitar irse más allá. Saltó ligeramente sobre la plataforma y caminó hacia Bella.

Al apartarse, la mirada de ella reflejó pasión. Su espalda chocó contra la escalera que llevaba a la salida de emergencia del piso superior. Edward sonrió al cargarla y sentarla en el cuarto peldaño, la altura perfecta para lo que él pretendía hacer. Ella apoyó las manos en sus hombros en busca de equilibro mientras Edward le subía la falda, sus labios seguían el ascenso del dobladillo. Ella gimió cuando él abrió la boca y trazó con la punta de un colmillo su piel hasta el vértice de sus muslos. Él dejó un beso sobre su arteria femoral antes de morder la piel con la punta de su colmillo y lamer la pequeña gota de sangre que había salido. Bella le soltó los hombros y enterró las manos en su suave cabello color ámbar quemado.

Un sonido hizo que ambos se congelaran. En el callejón de abajo, una puerta se abrió de golpe y un hombre empujó a una mujer hacia afuera. Con una mano le agarraba la nuca mientras que con la otra le apretaba la garganta. La respiración de la mujer salía en jadeos entrecortados de terror. Ella era alta y delgada, con piel color caoba y cabello oscuro rizado. El hombre que iba le pasó el antebrazo por el cuello, aplastándole la cara contra la pared de ladrillos que tenía enfrente. Sobre sus mejillas manchadas de lágrimas, sus ojos estaban bien abiertos a causa del miedo. Edward vio el brillo plateado letal de la navaja que estaba contra su garganta. El hombre que la sostenía era chaparro y rechoncho, y en su rostro se estiraba una sonrisa de regocijo, disfrutado del terror de la mujer mientras le tironeaba la ropa.

Edward ni siquiera pausó para pensarlo. Se dio la vuelta, bajó por la escalera de incendios cayendo detrás del hombre y agarró la mano que sostenía la navaja, apartándola de la garganta de la mujer. Olvidó de nuevo su fuerza y la muñeca del hombre se destrozó con un chasquido, pero Edward no sintió el más mínimo remordimiento. El atacante soltó un profundo grito de agonía y cayó de rodillas. La mujer se apartó a trompicones, tenía la mano aferrada al cuello, debajo de ésta un pequeño chorro de sangre goteaba entre sus dedos.

—Déjame ver —dijo Edward gentilmente. Le apartó la mano y la mujer lo permitió. Estaba temblando. El aroma de la sangre lo golpeó como un puño, pero fue capaz de combatir a la bestia que había dentro de él. Se lamió el dedo y tocó ligeramente a herida para cerrarla—. Es sólo un rasguño —le dijo Edward. Odiaba el miedo y la vulnerabilidad que había en sus ojos. Atrapó su mente y un conjunto de imágenes se reprodujeron en sus pensamientos. Esta mujer tenía confianza y era fuerte, y le partía el corazón ver que ese audaz espíritu había sido acabado por su atacante. Le dijo con firmeza—: Estarás bien. Eres más fuerte que esto. Él no puede derrumbarte.

La mujer parpadeó y cuadró los hombros. Miró a su atacante y le dio una fuerte patada en el costado, su labio se curvo con disgusto.

—Ve a casa ahora. —Edward miró cómo la mujer se iba del callejón con la cabeza en alto.

Bella se había bajado de la escalera de incendios mientras él hablaba con la mujer. Sus ojos se veían fríos y duros cuando agarró al hombre del cuello y lo miró directo a sus aterrorizados ojos.

—Mátalo —dijo Bella y lo dejó caer de nuevo al pavimento—. ¿Has visto lo que hay en su mente? ¿Lo que ha hecho? ¿Lo que pretendía hacerle a esa mujer cuando terminara con ella? Merece morir.

Edward estaba agradecido por no haber visto. Podía suponer lo que había y se alegraba de no tener esas horrendas imágenes en su mente. Lo consideró por un momento.

—Tengo una mejor idea.


Nessa batallaba para subir las escaleras del avión así que Jacob la cargó en brazos y entró a la cabina con ella. Asintió hacia unos sorprendidos Rose y Emmett al pasar, dirigiéndose directo a la habitación que había en la parte trasera. Acomodó a Nessa en un brazo y usó su mano libre para quitar la cobija y las sábanas antes de depositarla en la cama.

La habitación no era grande, sólo lo suficiente para una cama tamaño king y un buró a cada lado. Habían tapado las ventanas con gruesas cortinas, las orillas fueron pegadas a la pared con cinta hasta encontrar una mejor solución para asegurarse de que ni siquiera un poco de luz solar pudiera filtrarse.

Jacob encendió una de las lámparas que estaban pegadas en los burós. Lanzó un cálido resplandor dorado que atrapó los ardientes destellos en el cabello de Nessa. Jacob estuvo momentáneamente hipnotizado por ellos, pero se sacudió para salir del trance.

—Ahora vuelvo —dijo, y se dirigió a la despensa de la asistente de vuelo. No había nadie ahí, así que él mismo agarró una toalla y un montón de hielo que metió en una bolsa de plástico.

Emmett lo siguió y se recargó contra el angosto pasillo.

—¿Está bien? —preguntó.

—Eso creo —respondió Jacob. Usó un vaso para romper el hielo en pedazos más pequeños—. Sólo un poco amoratada y lastimada, creo.

—¿Edward y Bella?

Jacob bufó.

—Probablemente se están satisfaciendo con sexo salvaje post comida para vampiros, imagino. Dijeron que llegarían en una hora. —Envolvió la bolsa de hielo aplastado en una toalla y esperó a que su hermano se hiciera a un lado para poder pasar.

Emmett vaciló.

—Escucha, Jake…

—¿Sí?

—Te importa Nessa.

—Sí. —Probablemente eso era obvio.

—Igual que a mí me importa Rose —agregó Emmett—. Lo supe al ver lo alterado que estabas cuando desapareció. Porque me sentiría de igual manera si alguien se llevara a mi Rose.

A Jacob casi se le cayó la bolsa de hielo. Sabía que no era el hombre más reflexivo, pero ¿podría ser posible que sintiera algo tan profundo y simplemente no lo reconociera como lo que era?

Parecía que Emmett iba a decir algo más, pero lo pensó mejor. Le palmeó el hombro a Jacob y se fue, reasumiendo su lugar junto a Rose. Jacob no pudo ver a su hermano a los ojos al pasar. Su mente era un torbellino de pensamientos. El miedo y la rabia impotente que sintió cuando se llevaron a Nessa, el dolor que sintió al pensar que estaba herida, la alegría y emoción que experimentó cuando la encontró… podría ser eso una indicación de… Jacob sacudió la cabeza. Probablemente ni siquiera era capaz de amar a alguien.

Abrió la puerta de la habitación y dejó gentilmente el paquete de hielo envuelto en una toalla en la cara amoratada de Nessa.

—Gracias —dijo ella.

—De nada. —Jacob estiró la mano para apartarle el cabello de los ojos, pero lo pensó mejor y dejó caer la mano a su costado—. Yo… uh… te dejaré descansar. —Se dirigió a la puerta.

—¿Jake? Por favor, no te vayas. —La voz de Nessa sonaba suave, y sus ojos le suplicaban—. Por favor, ¿te quedas?

Jacob vaciló sólo un momento antes de asentir. De todas formas prefería estar aquí con ella, pero pensó que ella querría tiempo a solas para procesar lo que le había pasado.

Palmeó la cama junto a ella y Jacob se subió, acomodó una almohada contra la cabecera y se recargó ahí, con cuidado de no rozarse con ella. Nessa no tuvo tantos reparos. Se dio la vuelta y recargó su mejilla sana en el hombro de él. Él vaciló un momento antes de envolverá con sus brazos. Cerró los ojos, absorbiendo la sensación de su cuerpo suave y cálido acurrucado contra el suyo. Se sentía bien. Se sentía correcto.

Pasaron unos momentos antes de que ella hablara, como si también estuviera disfrutando de la sensación.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por ir a rescatarme. No estaba segura…

—¿Pensaste que te dejaría ahí? —Jacob sabía que él no era merecedor de ella, pero dolió un poco que la opinión que tenía de él fuera aparentemente tan baja que pensó que la abandonaría.

Nessa se mordió el labio inferior.

—Sé que… sé que ustedes no me querían aquí desde el principio y he estado imponiéndome contigo. —Dijo las últimas palabras tan apurada que Jacob tuvo que analizarlas mentalmente antes de poder responder. El rostro de ella estaba escarlata, pero lo vio directo a los ojos.

—Nessa, no, no has estado "imponiéndote" en mí. —Pausó por un momento considerando cómo proceder—. Me siento atraído por ti, Nessa. Y me gustas. Me gustas lo suficiente como para no querer ver que desperdicias tu vida en un hombre como yo.

—Siempre dices eso. —La voz de Nessa sonaba irritada—. No hay nada malo en ti, Jake. Nada que no puedas cambiar si quieres.

—No lo entiendes. Intento decirte que no soy material para una relación y tú no eres el tipo de chica que tiene una aventura meramente física. En realidad nunca antes he tenido una relación. Ya sabes, una relación con… sentimientos y esas cosas. —Las últimas palabras sonaron tan patéticas que Jacob sintió como se sonrojaba.

—Y yo nunca antes he tenido una relación física —dijo Nessa—. Así que ambos estamos entrando en territorio desconocido. Jesús, Jake; que no hayas hecho algo antes no significa que no puedas.

—Tengo miedo de lastimarte —confesó—. Soy un cabrón, Ness, egoísta y desconsiderado. Lo sé, pero no estoy muy seguro de cómo cambiarlo. Mereces un buen chico, alguien que te trate bien. No un bastardo egoísta que puede que sea un… —se detuvo de golpe y respiró profundamente—. Creo que soy alcohólico.

Nessa asintió.

—Eso pensé.

—Entonces, ¿por qué demonios querrías estar conmigo? —Él se preguntó si ella era una de esas chicas que estaban acostumbradas a ser tratadas tan mal y que inconscientemente buscaban hombres que siguieran con ese patrón.

—Porque no estoy buscando a alguien perfecto, Jake. Si lo estuviera haciendo, me quedaría sola el resto de mis días porque nunca encontraré a alguien que no tenga defectos. Todo lo que busco es alguien a quien pueda amar, con defectos y todo.

—¿Puedes amarme? —La idea era asombrosa.

—Yo… um… estoy bastante segura de que ya lo hago.

—¿Puedes… detenerlo?

Ella se rió entre dientes.

—No, no creo que pueda.

Dejando de lado sus otros defectos, Jacob nunca había sido deshonesto.

—Yo también siento algo por ti, Ness —confesó—. No estoy seguro de lo que es, pero sé que nunca antes me había sentido de esta manera.

Ella estiró la mano y tomó la de él.

—Lo descubriremos juntos.


El detective Eric Yorkie odiaba teclear, pero su departamento no tenía secretaria. Todos ellos eran responsables de teclear sus propios reportes y, para él, era un proceso largo y laborioso. Buscó la siguiente carta y la abrió, luego miró la pantalla entrecerrando los ojos para determinar cuál era la otra que necesitaba. La misma carta, pero ya la había perdido y tuvo que buscarla de nuevo. Suspiró y se frotó sus ojos secos y cansados. Es por esto que siempre entregaba tarde sus reportes, siempre con la cantidad mínima de detalles y usualmente le faltaba la puntuación adecuada. Sus superiores siempre renegaban de eso, pero él decidió que si querían algo mejor, podrían hacerlo ellos mismos.

—¿Detective Yorkie?

Alzó la vista. Un hombre chaparro y gordo estaba de pie frente a su escritorio, mirándolo con expectación.

—Sí, soy Yorkie. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Estoy aquí para confesar.

Yorkie parpadeó. Esto era algo con lo que no se había topado antes.

—¿Confesar qué?

—El secuestro, violación y asesinato de once mujeres —dijo el hombre con la misma serenidad con que alguien confesaría haber olvidado ponerle dinero al parquímetro.

Yorkie lo miró boquiabierto por un largo momento infinito. Ignorando las películas de Hollywood, era muy raro encontrarse con asesinos seriales y nunca había escuchado de alguno que anduviera por la calle confesándolo. De repente, Yorkie agradeció no estar casado o estaría preocupado de recibir una caja de UPS con una cabeza dentro en ese momento. Yorkie abrió de golpe el cajón de su escritorio y toqueteó hasta encontrar su grabadora. La puso sobre el escritorio y la encendió. Recitó su nombre y la fecha.

—¿Ha venido aquí voluntariamente para confesar? —se apresuró en preguntar—. ¿Está seguro de que no quiere hablar con un abogado?

—Muy seguro. —El hombre se sentó en la silla de plástico frente al escritorio de Yorkie y sacó un papel de su bolsillo—. Tuve que escribirlo —dijo, su tono sonaba ligeramente apenado—. Veamos… comenzando en diciembre de 1988… —Comenzó a enumerar la serie de víctimas, a veces con nombres, otras sólo con la locación y una descripción general.

Yorkie tomó notas, en parte para no tener que ver al hombre. El asco le hizo nudo el estómago al escuchar lo que este monstruo le había hecho a mujeres a lo largo de todo el país durante los últimos treinta años. No estaba seguro de poder mantener impasible su expresión. Sus nudillos estaban blancos y se aferraba fuertemente a su pluma, tanto que tenía miedo de que ésta fuera a romperse bajo la presión de sus dedos. Y también estaba un poco decepcionado. Le encantaría ayudar a enjuiciar a este hombre, pero ninguno de los crímenes había ocurrido bajo la jurisdicción de Yorkie. El destino del asesino estaría en manos del FBI y de los estados donde había cometido los crímenes. La única tarea de Yorkie sería informar que tenía una confesión y extraditar al hombre a las autoridades correspondientes.

El asesino finalmente consultó la lista una última vez y asintió satisfecho antes de entregarla.

—¡Oh! —dijo, recordando de repente—. Un último nombre. Tanya Denali.


Edward y Bella corrieron hacia el aeropuerto tomados de la mano. Si no se apuraban iban a llegar tarde. Se habían… distraído un poco entre ellos luego de encontrar y compartir una comida. Edward descubrió que era increíblemente erótico ver a Bella beber y no había podido resistirse de llevársela a un lugar escondido. Se preguntó cómo sería posible que cada vez fuera mejor, pero tenía una eternidad para descubrirlo.

Los olió antes de verlos. Él y Bella se giraron para ver a una línea de vampiros salir de las sombras detrás de ellos, y luego se giraron para encarar a los que estaban enfrente, en sus costados, mientras eran rodeados lentamente por un circulo creciente. Edward puso sus brazos alrededor de Bella y maldijo su estupidez por haber mandado de regreso las armas con Jacob. Pero no habían esperado esto. Aunque incluso si hubieran estado armados, simplemente eran demasiados. Bella era una magnifica guerrera, pero ni siquiera ella podría con más de doce vampiros a la vez.

Una chica rubia, tan pequeña y delicada como una niña, se adelantó y le hizo una breve reverencia a Bella.

—Saludos, Diosa Oscura —dijo en inglés.

Bella no respondió, sus ojos se movían por el grupo, buscando debilidades, buscando una salida. Una fuerte brisa se alzó a su alrededor. Edward no estaba seguro si ella lo hacía intencionadamente o si era resultado de su ansiedad.

—¿Quién eres? —exigió saber Edward.

—Soy Jane, jefa de seguridad de la Reina Victoria. Y ellos… —agitó una mano hacia los vampiros que evaluaban en silencio a Edward y Bella—… son los Volturi.


Espero que les haya gustado, ¡gracias por sus comentarios!