Renuncia de derechos: Miren, Harry Potter y todo su universo son propiedad de J. K. Rowling, todos lo sabemos, así que lo que no reconozcan es mío y como tal, lo deben respetar.


Futuro.

¿Cómo es posible amarte tanto… y no sufrir del corazón…?

(Pequeños momentos, La Oreja de Van Gogh)

Ha sido terrible enfrentar la muerte de esta manera, creyendo que va a llegar dentro de muchos años y de pronto, descubrir que no es así.

El funeral de un niño es terrible. Ni siquiera el ver a tantos amigos de Jonathan despidiéndolo me anima. Es espantoso decir adiós a una persona que apenas ha comenzado a vivir en el mundo real, que sabes que ha tenido sueños maravillosos y que ahora no va a realizarlos. Me resulta desgarrador contemplar a Judy tan silenciosa y pálida, que solo para de llorar cuando los ojos se le quedan secos, intentando ser animada por el resto de sus hermanos pero sin resultado alguno.

Ha sido difícil, pero he conseguido unos días libres en el Ministerio, lo mismo que mi padre y Theodore, para ayudar a tía Elinor y a tío Cyril con lo que sea que necesiten. No es mucho lo que mis padres pueden hacer, así que debo ser yo quien colabore con preparativos, con formalidades y detalles semejantes, pues soy la que ha llevado Estudios Muggles, después de todo.

Aunque apenas abre la boca, la presencia de Theodore a mi lado es reconfortante, en cierto modo. Nadie lo va a creer si lo digo en voz alta, pero sé que él también ha querido a Jonathan. De tantas visitas a casa de mis tíos, mis primos y mi esposo han logrado llevarse bien, sin importar los ideales que antes fueran el máximo credo de Theodore. No espero que sufra como yo por esta pérdida, pero sé que le duele y eso, por extraño que parezca, lo agradezco. No me siento sola.

Cuando todo termina, cuando el último deudo nos ha dejado solos con nuestro dolor, tía Elinor se preocupa por preguntar si alguien tiene hambre. Seguramente quiere ocuparse con algo, lo que sea, con tal de no ahogarse en la pena. Tío Cyril está a punto de reclamarle cuando Judy, por primera vez en días, abre la boca y pide por favor su postre favorito, ese que también era el que más ha comido Jonathan desde siempre. Tía Elinor, intentando no echarse a llorar, asiente e invita a su hija a que le ayude en la cocina, a lo que Judy asiente y la sigue.

Los demás nos quedamos en la sala de estar, sin saber qué decir. Es Theodore el que rompe el silencio, poniéndose de pie y preguntando al resto de mis primos si quieren acompañarlo a los jardines reales de Kew, a lo que todos se apuntan con menos energía de lo usual. Anne, la segunda en edad de mis primos, pregunta con voz débil si quiero ir yo también y asiento, pensando que en algo debo apoyarlos para recuperar algo de su alegría.

Así, salimos los cinco, prometiendo volver en un par de horas. Mis primos no tardan en ponerse delante de nosotros, tomados de la mano y haciendo comentarios esporádicos de lo que ven en la calle, sintiéndose un poco raros por no ir a clases. Por mi parte, lo único que puedo hacer es ir del brazo de Theodore con toda la firmeza que puedo, sin poder quitarme del todo la angustia por Jonathan, porque me ha hecho darme cuenta de una dolorosa verdad.

Los padres no han de enterrar a sus hijos y sin embargo, sucede. Mi caso puede ser ese. ¿Cómo puedo siquiera pensar en algo así? No puedo evitarlo, pero lo hago. Existe la posibilidad, por ese bebé que vamos a…

De improviso, me detengo. ¡He sido imprudente y despistada! Con todo aquello, he olvidado completamente que, sin menospreciar a mi querido primo fallecido, debo velar por alguien más. Theodore llama a los chicos antes de mirarme y preguntar qué me pasa. Por su expresión, deduzco que no luzco muy bien, pues parece preocupado. Es peor cuando Edmund y Anne traen a rastras a Sigmund, su hermano menor, y los tres dejan ver en sus caras que no quieren que esté mal.

Respiro profundamente, declarando que estoy bien, que podemos seguir, pero Theodore hace ademán de volver a casa de mis tíos, seguramente pensando que no debemos continuar nuestro paseo. Aseguro con firmeza que quiero visitar los jardines, así que los demás, de mala gana, siguen avanzando. Llegamos al lugar y caminamos un poco, lo que poco a poco anima a mis primos a corretear por allí, como antes, por lo que aprovecho y le pido a Theodore que busquemos dónde sentarnos a esperarlos. Él accede enseguida con una cabezada, ubica una banca y ambos la ocupamos, haciendo señas a mis primos para que sepan dónde estamos.

Entonces el silencio que nos envuelve a Theodore y a mí es un poco denso, aunque él no tiene la menor idea de lo que pueda ser. En cambio, yo he estado meditando por un rato lo que quiero decirle, pero sin hallar las palabras adecuadas. Busco con mi mano una de mi marido, aferrándola con ganas, antes de respirar profundo y soltar que no he tenido la oportunidad de comentarle lo que me han dicho en San Mungo. Él parece entender, puesto que su expresión hace notar que también lo ha olvidado debido a los últimos acontecimientos, antes de invitarme a hablar con un ademán. Se ve asustado, ¿quizá piensa que tengo algo mal?

Sonrío levemente, intentando calmarlo un poco, para finalmente decírselo.

La noticia de un bebé ha dejado a mi marido más que sorprendido. Primero se ha quedado congelado, claramente sin creerlo, para acto seguido preguntar en un susurro si aquello no es una broma. Le doy un golpe juguetón en un hombro, asegurando que jamás he de bromear con un asunto como ese, lo cual parece convencerlo y hacerlo sonreír. ¡Merlín, ha sonreído! No importa que otras personas no lo consideren agraciado, Theodore es apuesto cuando sonríe, esa idea nadie va a poder quitármela jamás de la cabeza.

Y de pronto, me abraza, susurrando en mi oído lo contento que se siente, lo mucho que va a amar a ese hijo y lo dispuesto que está a educarlo de tal forma que no cometa los mismos errores que su propio padre. Correspondo a su abrazo al responderle, también en susurros, que cualquier cosa que él no pueda enseñarle, voy a estar allí para ayudarle. Lo importante, aseguro, es que nuestro bebé sea amado, que nos tenga a ambos y a otros familiares que lo cuiden y lo quieran, y con eso estoy segura que nada ha de faltarle.

Cuando Theodore dice que, de ser niño, debemos usar el nombre de Jonathan para nuestro hijo, no puedo contener las lágrimas.

Lloro por el primo al que ya no he de ver nunca más, y al mismo tiempo, logro sonreír por el bebé que, de una forma u otra, va a honrar a Jonathan.

Este es otro momento en el cual creo que los tiempos que se vienen son prometedores, brillantes y dignos de ser vividos. Mientras siga con Theodore, nada va a derrumbarme.

Y por mucho tiempo, eso fue verdad. Pero esa es otra historia y no se trata precisamente de mí.

–&–

Los saludo desde lo que es, oficialmente, el final de EPF. ¿Qué, les ha sorprendido? Lo siento, quizá esperaban algo más, pero estaba decidida desde el capítulo anterior a acabar el fic, solo que la muerte de Jonathan no me pareció el mejor modo, así que escribí este capítulo.

Mo pasó por una gran angustia por la muerte de su primo, una tragedia que no le deseo a nadie. Soy de la idea de que las muertes de los niños son muy injustas y más si son como la de Jonathan, debidas a un accidente, así que imaginen cómo debieron pasarla los parientes sin magia de Mo. Ella, junto con sus padres y su marido, ayudan en lo que pueden, pero posiblemente Cyril, Elinor y el resto de sus hijos no se repongan en mucho tiempo.

Por otra parte, ¿creyeron que olvidaría al bebé de Mo? Pues no, ella finalmente le dijo a Theodore lo del embarazo, lo que lo hizo feliz (acordémonos que el hombre tiene sentimientos, por Merlín), demostrando a su vez que también quería al niño muerto, diciendo que van a nombrar así a su hijo, en caso de ser varón. Ahora, en la Saga HHP, se ha leído que sí, Theodore y Mo tuvieron un niño, cuyo nombre completo es Todd Jonathan Nott. ¿A que no se lo esperaban? (Bell rueda los ojos). Sinceramente, al crear a Todd Nott en mi saga apenas lo nombraba, pero últimamente el chico tuvo más apariciones, y como finalmente revelé quién era su madre (de lo cual se derivó este fic), pues nada, un segundo nombre no le hace daño. En cuanto al nombre de Todd… Ese tiene una historia también, al menos en mi cabeza, que dejaré archivada para sacarla en otro momento, quizá dentro de la saga antes mencionada (aunque es poco probable, la temática es muy seria para una anécdota así) o tal vez en uno de esos escritos que a veces saco por retos. Ya se verá.

La cita de esta ocasión, por si no se nota, es por todo ese amor que Mo le tiene a Theodore desde hace tiempo, pero que crece un poquito más cuando a él le nace ponerle Jonathan a su hijo, lo que por cierto, no sé si esté matando la perspectiva que varios tienen de Theodore, pero me da igual, él solo es así con Mo y es lo que cuenta.

Cuídense mucho, recuerden con cariño a Theodore y a Mo, y nos leemos en otra ocasión.