No es el sitio ideal, pero al final decidí cortar el capítulo para poder subir algo ya y no haceros esperar más aún. Falta algo menos de la mitad del capítulo original por subir e intentaré tenerlo lo antes posible para por fin acabar con esta historia (y gracias a todos los que habéis sido pacientes con lo lenta que soy)
CAPÍTULO 26
— Creo que por ahora a lo mejor deberíamos ponernos a cubierto.
Arturo se volvió hacia Rordan cuando los guardias empezaron a retroceder despacio hacia la línea de árboles. Tuvo que apartarse el pelo de la cara para poder ver con claridad con el viento que zumbaba a su alrededor.
— ¿Por qué? —preguntó. Solo era viento (bueno, viento mágico), nada de lo que tener miedo. Acabaría parando.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, el viento aumentó. Fue casi suficiente para tirarle al suelo, pero cambió su postura y aguantó. Sin embargo, el cambio de la intensidad de las ráfagas no fue lo único que le pilló desprevenido. En algún sitio sobre ellos, entre las copas de los bosques, se oyó un crujido afilado, e inmediatamente una enorme rama cayó hacia el suelo. Aterrizó solo a unos metros de distancia, y de su extremo roto y ennegrecido salía humo como si hubiera sido golpeada por un rayo. De hecho, el propio aire parecía estar cargado, como estaba muchas veces durante una tormenta. Se había visto atrapado por suficientes mientras cazaba como para poder reconocerlas.
La sugerencia de Rordan ya no parecía tan tonta.
— ¡Vamos! —gritó el guardia, haciéndole un gesto para que le siguiera. Arturo no perdió el tiempo y se dirigió hacia la línea de árboles, donde con suerte los árboles serían demasiado gruesos y antiguos como para caer. Cada uno de ellos escogió un sitio para escudarse, y aunque el viento solo parecía empeorar a cada momento eso no impidió que todos permanecieran mirando hacia el hechicero que estaba en el centro de todo.
Con los ojos cerrados y la cabeza entre las manos, el príncipe no podía evitar preguntarse si Merlín tendría alguna idea de lo que estaba pasando a su alrededor.
— Bien —escuchó decir a Owyn, que estaba rascándose la nuca incómodamente—, no parece que esto sea bueno.
El mayor eufemismo del siglo.
— ¡Merlín! —gritó Arturo, mirando por el borde del enorme árbol detrás del que estaba escondido. Se aseguró de estar al menos de cara al hechicero antes de continuar, con la esperanza de que su voz llegara hasta allí—. ¡Quítate el brazalete!
No le sorprendió mucho que Merlín no moviera un músculo, que no diera indicación alguna de haberle escuchado.
— No creo que te oiga.
— Sí, gracias por eso, Owyn —porque a él nunca se le habría ocurrido eso por sí solo. El guardia solo frunció un poco el ceño como respuesta, aunque esa ridícula diversión característica seguía presente (cómo alguien podía encontrarse divertido en una situación como esta se le escapaba, pero había decidido hacía tiempo que no valía la pena intentar comprender a ese hombre. Lo último que necesitaba ahora mismo era un dolor de cabeza).
Girándose hacia Rordan, el más responsable de los dos, hizo la única pregunta que se le ocurría, aunque fuera una a la que ninguno de ellos tenía una respuesta directa.
— ¿Qué se supone que vamos a hacer?
Para su sorpresa, Rordan sí que tenía una idea.
—Sí Merlín no puede hacerlo por sí mismo, alguien tiene que ir allí y quitarle el brazalete en su lugar.
Eso parecía plausible.
Cerca de ellos, otras dos ramas cayeron retumbando contra el suelo, con bordes chamuscados. En ese mismo momento, Arturo sitió una sacudida de algo cerca de su brazo, impulsándole a acercarlo de nuevo hacia su cuerpo y alejarlo del viento, donde estaba desprotegido por el cuerpo del árbol.
El plan de Rordan ya no parecía tan plausible.
— ¿Cómo? —preguntó, porque a menos que quisieran acabar siendo freídos, aplastados, o simplemente salir por los aires, no había manera de que ninguno de los tres pudiera llegar a Merlín. Había demasiada magia.
Por el rabillo del ojo detectó movimiento, y se giró para ver que era solo para encontrarse a Owyn intentando salir de detrás de su árbol. Se las arregló para deslizarse al espacio abierto antes de que algo golpeara su brazo, trayéndole de vuelta a cubierto.
— Maldita sea —murmuró con claro dolor, agarrándose el brazo donde le habían dado. Arturo ni siquiera había sido capaz de ver lo que le había dado el golpe. Estaba bastante seguro de que en ese sitio no había nada, pero al mismo tiempo se empezaba a dar cuenta de que en realidad no importaba. La magia no era siempre algo que se pudiera ver. Después de todo, la fuerza que les había lanzado a través del claro había sido invisible a pesar de doler como un muro de piedra. La magia no requería una forma visible para sentirse.
— ¿Estás bien? —gritó Rordan.
— Sí —respondió el otro hombre, intentando calmar su preocupación—. No ha sido tan malo.
Volviendo a mirar por el borde de su árbol, Arturo intentó echar un buen vistazo a Merlín. Se asomó todo lo que se atrevía solo para descubrir que el hechicero seguía exactamente en la misma posición que antes. El príncipe empezó a preguntarse si estaba consciente o si se habría desmayado mientras su magia se liberaba. Después de todo, si estuviera despierto y consciente, seguro que ya habría parado. Era imposible que Merlín permitiera a su magia hacer daño a sus amigos.
Por el motivo que fuera, o una pérdida de conciencia o una pérdida de control, el hechicero no era capaz de parar.
Necesitaba ayuda.
Mientras Arturo permanecía ahí intentando decidir qué podía hacer, se dio cuenta de algo. El viento que la magia había creado soplaba a una velocidad increíble, doblando casi del todo algunos de los árboles más pequeños hasta el punto de que era sorprendente que no se rompieran… y aún así por algún motivo la espada que colgaba de su costado estaba quieta. Mientras todo lo demás a su alrededor estaba siendo agitado, la espada y su funda seguían quietas.
Curioso, se movió un poco más hacia el borde para ponerlas directamente frente al viento, e incluso entonces solo temblaron un momento por culpa de su propio movimiento antes de quedarse inmóviles una vez más. Estaba seguro de que eso no debería pasar. Era imposible que esa pieza de metal fuera lo suficientemente pesada como para no ser movida por un viento tan potente. Lógicamente no tenía ningún sentido. Estaba seguro de que nunca había oído hablar de una espada que fuera inmune al viento.
…Pero suponía que era técnicamente posible que una espada fuera inmune a la magia. Era la única explicación que se le ocurría, y parecía tener más sentido aún después de considerar exactamente a quién se la había quitado: un traficante de armas especializado en magia.
Por supuesto. Tenía que ser aquel monstruo arrogante el que tenía una espada anormal.
Agarrando la empuñadura, Arturo la desenvainó despacio, y cualquier duda que pudiera haber tenido sobre la naturaleza del arma desapareció una vez que vio las runas gravadas en ella, brillando con un azul pálido. Definitivamente un arma mágica, o al menos una resistente a la magia considerando que no sentía resistencia ninguna al cogerla a pesar del viento ondeando a su alrededor. Quizás si la extendía frente a él, sería capaz de cortarle un camino hasta Merlín. No tenía ni idea de cuánto margen tenía, pero estaba dispuesto a intentarlo. No había nada más que pudiera hacer después de todo, aparte de sentarse y esperar a que terminara, y era imposible saber cuánto tiempo sería.
Tampoco había garantía de que Merlín pudiera escapar sin daños de una demostración de magia tan extrema. Si continuaba sin control hasta que se le agotara, ¿qué le pasaría? Sinceramente, no lo sabía, y no tenía intención de averiguarlo. Le quitarían ese brazalete antes; Rordan les había enseñado a todos cómo hacerlo, y estaba seguro de que recordaba la combinación correcta.
Era bastante arriesgado, cierto, pero descubrió que no le importaba. ¿Cuándo le había detenido algo así?
Respirando profundamente, sujetó la espada con ambas manos y la posicionó frente a él antes de salir de su cubierta. Solo hubo un breve momento de resistencia antes de que el área a su alrededor se calmara bastante. Claro que aún podía sentir el viento en algunas zonas, como a lo largo de sus hombros, y si giraba la hoja, la presión se crecía o decrecía dependiendo de cuánto la alejara de su cuerpo. Iba a tener que ser cuidadoso.
Respirando una vez más, se puso firme y empezó a andar hacia delante.
— ¡Arturo! —escuchó que Owyn gritaba, con su voz casi ahogándose con el rugido a su alrededor; la espada podía atravesar el viento sin problemas, pero no hacía nada para solucionar el ruido—. ¿Qué haces?
Ignorando los gritos frenéticos, siguió hacia delante. Era sorprendentemente sencillo avanzar a través del claro cuando no tenía que preocuparse por el viento empujándole o los rayos alcanzándole (aún no estaba del todo seguro de si eran rayos o no, pero no tenía interés en averiguarlo). Cuanto más se acercaba a Merlín, peor parecía ponerse todo a su alrededor, pero incluso cuando pudo sentir una gran fuerza presionando contra la espada, siguió yendo hacia delante.
Examinándolo más de cerca, descubrió que aún no podía determinar si Merlín estaba consciente o no. Seguía ahí sentado, sin moverse, los ojos cerrados, y agarrándose la cabeza como si le doliera mientras el brazalete seguía brillando. Solo esperaba que la luz no fuera suficiente como para impedir ver las runas. Si no podía ver cuáles tocaba, nunca podría quitarlo.
En el momento en que Arturo llegó a un par de metros de distancia del hechicero casi se cae de frente. En un instante toda la presión que había empujado a su alrededor desapareció, y la repentina pérdida de resistencia fue suficiente fue suficiente para casi mandarle directo al suelo. Por suerte se las arregló para equilibrarse, estaba seguro de que si se hubiera caído, ninguno de ellos le habría dejado olvidarlo nunca.
Agarrando la espada con una mano, el príncipe se arrodilló al lado de su amigo y cogió su brazo derecho buscando el brazalete. La luz que venía de él era muy brillante, pero afortunadamente no estaba caliente, por lo que no tendría problemas en tocarlo. Antes de presionar la primera runa, echó un vistazo a Merlín y decidió rápidamente que tenía que estar en algún tipo de trance inducido por la magia, porque claramente no estaba inconsciente, pero al mismo tiempo no parecía estar del todo ahí.
Tocando la primera runa que Rordan les había enseñado, rápidamente pasó por todas las demás, con cuidado de hacerlo en el orden correcto. Tan pronto como acabó con la última, el brazalete se abrió. La luz desapareció casi instantáneamente, y tan pronto como el metal estuvo lejos del hechicero, la magia fluyendo de él erupcionó en una última oleada de poder.
De no haber estado tan cerca de Merlín, y por tanto del "ojo de la tormenta" por así decirlo, estaba seguro de que le habría lanzado otra vez a la otra esquina del claro… o aplastado. Con su suerte, probablemente lo segundo.
Tan pronto como el estallido de magia desapareció del aire, Arturo observó cómo el hechicero a su lado por fin se empezaba a mover. Un escalofrío pareció recorrer todo su cuerpo antes de empezar a bajar sus brazos lentamente, una vez que sus manos soltaron el agarre que tenían sobre su cabeza. Dos ojos parpadearon cuidadosamente, con aspecto algo confuso al principio hasta que su visión se aclaró. El hechicero miró a sus alrededores con sorpresa antes de que su expresión se transformara en una de confusión. No duró mucho una vez que empezó a mirar alrededor, uniendo las piezas. Al parecer sí que había sido al menos algo consciente de lo que había pasado aunque no hubiera podido hacer nada por evitarlo.
— Merlín —llamó Arturo, sobresaltando a su criado—. ¿Estás bien?
Merlín alzó la vista hacia el príncipe primero y después miró a su brazo, donde los dos brazaletes solían estar. Arturo observó mientras él flexionaba los dedos, estremeciéndose un poco cuando los músculos de su brazo derecho se tensaron, pero el daño no parecía ser demasiado malo. Su piel estaba un poco roja alrededor del área donde habían estado los brazaletes, pero aparte de eso parecía estar bien. De hecho, tenía mejor aspecto que desde hacía tiempo.
Al parecer satisfecho con su examen, el hechicero se giró hacia él con una pequeña sonrisa.
— Creo que sí —su voz sonaba más fuerte aunque aún estaba algo ronca. Probablemente volvería a la normalidad al día siguiente si no la forzaba.
Ofreciendo una sonrisa en respuesta, Arturo se puso de pie para poder envainar su espada, solo para descubrir que la hoja no estaba en muy buen estado. De hecho, esa era una manera suave de decirlo. Secciones enteras habían desaparecido, áreas donde parecía haber sido erosionada. El metal que quedaba también había perdido gran parte de su brillo, y considerando que algunas de las runas también habían sido dañadas, estaba seguro de que probablemente no podría servir como barrera mágica otra vez. Incluso mientras la observaba, algunos pedazos se estaban cayendo.
Estaba algo decepcionado. Había tenido la intención de quedársela. Una hoja así podía resultar útil. Aunque si su padre la hubiera descubierto…
— Bueno —suspiró, mirando a la espada con pena mientras continuaba deshaciéndose—. Supongo que es lo mejor —soltó la empuñadura y permitió que cayera al suelo, observando cómo el metal continuaba rompiéndose y esparciéndose. Le habría gustado mucho quedársela, pero considerando las leyes de Camelot contra la magia, probablemente sería mejor así. Lo último que necesitaba al volver a Camelot era atraer más atención indeseada sobre sí mismo de lo que ya pretendía. Iba a estar ocultando a un hechicero, después de todo. Esconder una espada mágica probablemente fuera empujar su suerte, y ya no tenía mucha en primer lugar.
Sí, definitivamente era mejor así.
Paseando la vista por el suelo, un reflejo de luz le llamó la atención. Se movió el par de pasos necesarios para alcanzarlo antes de agacharse y recoger dos piezas de metal plateado: los restos del brazalete de orihalcon. Se tomó un momento para observarlo, girando las dos piezas en la mano. Parecía tan pequeño, tan ordinario, tan completamente insignificante, y a pesar de ello había sido capaz de provocar tanto dolor, sufrimiento y tristeza. Tanto daño había sido causado por una cosa tan pequeña.
A lo mejor era cierto que podía ser útil, que podían sacarle beneficios, que tenía bastante valor por lo que podía hacer, pero en ese momento todo lo que Arturo veía en él era el recuerdo de un hombre que había torturado a gente inocente, que les había tratado como objetos en vez de seres humanos. Era una representación de todo lo que Barragh había sido y todo lo que había hecho, su valor era lo último en su mente, y solo podía pensar en una cosa que hacer con él.
- ¿...Arturo? -susurró Merlín dubitativamente, con los ojos clavados en el príncipe, aunque desviándose un poco hacia los restos del brazalete que sostenía en las manos. Se esforzó en imaginar qué estaba pasando por la cabeza de su amigo, pero por una vez la expresión del príncipe permanecía estoica e ilegible, sin traicionar ninguno de sus pensamientos. Sus ojos estaban clavados en el metal que sujetaba, y Merlín hubiera dado casi cualquier cosa en ese momento por saber en qué estaa pensando, porque habría estado mintiendo si dijera que no tenía algo de miedo. Siendo sincero, estaba preocupado por lo que el príncipe pretendía hacer.
¿Y si Arturo decidía quedárselo? ¿Y si pensaba que podía ser útil? No estaba seguro de qué haría si esa resultaba ser la elección del príncipe. A pesar de que creía en su amigo y el reino que construiría un día, sabía que si Arturo escogía aferrarse a ese pedazo de orihalcon, parte de él siempre tendría miedo de que pudiera acabar volviendo a él. ¿Y si, un día, Arturo se daba cuenta de lo increíblemente poderoso que era de verdad y empezaba a temerle? ¿Y si decidía intentar controlarle como Barragh había hecho? Quería creer que el príncipe nunca le haría eso a él, pero si el príncipe sí que escogía quedárselo, en alguna parte de su mente siempre estaría preguntándose por qué.
Quería que Arturo confiara en él, porque su magia era y siempre sería para él y para Camelot.
No tendría que haberse preocupado. Según resultó, los dos se parecían más de lo que había pesnado.
Arturo apretó los dedos sobre el metal en su mano y su expresión cambió a una de determinación mientras echaba el brazo hacia atrás y arrojaba los restos del brazalete... directos al arroyo.
Merlín no pudo evitar reírse.
Sorprendido por el repentino arrebato del hechicero, el príncipe se giró hacia él. Su criado estaba prácticamente doblado de la risa donde permanecía sentado en el suelo. Su voz aún no estaba del todo recuperada, pero definitivamente sonaba más fuerte, aunque era obvio que estaba intentando reírse lo más bajo que pudiera para evitar forzarla innecesariamente. Pero por más que lo intentara, a Arturo no se le ocurría qué era tan gracioso.
Cuando el hechicero le miró, sonriendo como el idiota que era, el príncipe no pudo evitar preguntarse si Merlín se estaba riendo de él. La mirada en la cara del chico insinuaba que estaba disfrutando de alguna broma privada a costa de Arturo.
- ¿Qué? -preguntó con algo de escepticismo, pero la sonrisa de Merlín solo creció más.
- Nada -dijo el hechicero, al mismo tiempo sincero y divertido. Estaba seguro de que aunque preguntara más veces, no obtendría una respuesta. Lo que fuera que Merlín había encontrado tan divertido era evidentemente algo que pretendía guardarse para sí mismo (y eso hacía que Arturo se preguntara si realmente había acabado como el objeto de alguna broma personal). Rápidamente decidió que no importaba mucho, pero lo que sí importaba era el hecho de que su amigo aún fuera capaz de reírse así. Después de todo lo que había pasado, aún era capaz de mostrar ese tipo de expresión, y el príncipe estaba más que agradecido por ello. A pesar de todo por lo que había pasado, no se había quebrado.
Agachándose para observarle mejor, observó todo lo que pudo acerca de las mejoras en la condición del chico. A pesar de que aún parecía exhausto (y quién podía culparle después de semejante exhibición de magia) parecía mucho más sano y fuerte de lo que había estado en mucho tiempo.
- Parece que te encuentras mejor -dijo, con una pequeña sonrisa en la cara.
- Me encuentro mejor -respondió Merlín suavemente, encogiéndose de hombros-. No de maravilla, pero mejor.
Arturo le observó frotarse un poco el brazo, rozando con los dedos la piel enrojecida y dañada donde había estado el brazalete de orihalcon. También se fijó en el resto de heridas que aún se estaban curando, y de repente se dio cuenta de algo.
- Ahora que tienes tu magia de vuelta, ¿no puedes simplemente curarte?
- No.
Arturo parpadeó, sorprendido por la falta de duda y lo directa que fue su respuesta.
- ¿Por qué no? -preguntó porque, en serio, ¿por qué no? Después de todo eso, ¿cómo podía haber algo de lo que no fuera capaz?
Esta vez Merlín sí que dudó un momento antes de mirar al suelo con una sonrisa avergonzada.
- Se me da de pena -dijo.
Esta vez fue el turno de Arturo de reír. Miró al hechicero durante un par de segundos antes de estallar en un ataque de risa, porque en serio, solo... en serio. De todas las cosas que esperaba oír (todas las cosas que se había esperado aprender sobre la magia de Merlín) esa no había sido una. Su criado era un poderoso hechicero, capaz de cosas que la mayoría no podrían ni soñar, y aunque podía derribar un castillo con su magia, no podía curar un corte. Lo segundo sonaba mucho más fácil que lo primero, y aún así parecía tan típico de Merlín.
Aunque aún se estaba riendo un poco, sintió la necesidad de suspirar ante lo ridículo que era, porque todo el asunto era tan característico de él.
- Claro que se te da fatal.
Su criado obviamente no lo encontraba tan divertido como él, a juzgar por como estaba frunciendo el ceño.
- No es tan divertido...
Sí que lo era (el hecho de que estuviera haciendo pucheros más que frunciendo el ceño solo lo empeoraba).
- ...Merlín.
Controlando su risa, el príncipe se giró hacia la voz al mismo tiempo que Merlín, observando a Owyn y Rordan acercándose por fin. Ambos parecían aliviados de que todo hubiera acabado, aunque también había bastante diversión en sus caras. Arturo intentó recobrar una expresión algo más digna, pero tenía la sensación de que no estaba siendo capaz. Era probable que los dos hubieran visto y oído lo que acababa de pasar; y después de todo lo que había sucedido entre los cuatro, probablemente no importaba si le veían riéndose como un idiota o no, pero de todos modos era un príncipe. Aún había algo de dignidad que debía mantener.
Con su perpetua sonrisa en la cara, Owyn miró hacia el príncipe antes de dirigirse otra vez al hechicero.
- Me alegra ver que te encuentras mejor -dijo-. Tu voz también parece estar volviendo -extendió el brazo y le removió el pelo con cariño-. Realmente eres especial, ¿eh?
Merlín intentó deshacerse de la mano en su cabeza, aunque sin mucho esfuerzo, tratando de reunir la cantidad adecuada de molestia hacia su amigo, pero todo lo que consiguió hacer fue sonreír. Había aprendido hacía tiempo a aceptar estas cosas. Era una muestra de afecto, prueba de que significaba algo para esta gente. No era solo una herramienta, no era solo un hechicero, y nunca habían permitido que lo pensara. En un mundo por lo demás oscuro, confinado y atrapado y a merced de un loco, esos dos guardias habían estado a su lado y le habían ayudado cuando no tenían que hacerlo, a costa de gran riesgo para ellos mismos. Les debía tanto, y ahora que su magia era libre y su voz por fin volvía, podía decirles algo que había querido decir desde que había despertado en ese horrible castillo.
- Owyn, Rordan -les llamó, asegurándose de tener su atención-. Gracias.
Ambos hombres le sonrieron con calidez.
- No hace falta darlas -dijo Rordan-. Me alegra que pudiéramos ayudar.
Owyn claramente compartía el sentimiento, a juzgar por la sonrisa en su cara y la mano que seguía alborotando el pelo del hechicero.
- Bueno -dijo el alegre guardia indicando claramente un cambio de tema-, ¿y si descansamos hoy y salimos hacia Camelot por la mañana?
La sugerencia le ganó unas miradas confundidas por parte de Merlín y Arturo, fue este el que hizo la pregunta en voz alta.
- ¿Vais a venir con nosotros?
Merlín no era capaz de distinguir si el príncipe estaba solo confuso o algo esperanzado ante la idea. Era agradable saber que sus nuevos amigos habían conseguido hacer que Arturo les apreciara también. Suponía que situaciones desesperadas le podían hacer eso a la gente, pero prefería verlo como una expresión de las personalidades de los tres, especialmente la de Arturo. Poco a poco, el joven príncipe arrogante que había conocido durante sus primeros días en Camelot se estaba convirtiendo en un hombre que era más que merecedor de su título. Un día sería un rey sabio y compasivo.
- Claro que sí -le dijo Owyn, como si fuera lo más obvio del mundo. Cambiando de táctica (ya que era poco probable llegar a ningún sitio hablando con Owyn), Merlín vio al príncipe redirigir su confusión hacia Rordan.
- ¿Y tú no tienes una familia con la que volver?
Era algo razonable. Rordan tenía una familia: una mujer y una hija pequeña. Eran la única razón por la que había obedecido a Barragh durante tanto tiempo. Había corrido un gran riesgo al desafiarle, y ahora que todo había acabado, ya no tenía que preocuparse por ellos. Podía ir a casa y quedarse en vez de solo verles de vez en cuando. Seguro que eso era lo que quería.
Para su sorpresa, el guardia sonrió.
- Ya saben cuál es la situación -dijo, y no por primera vez, Merlín no pudo evitar maravillarse por lo preparado que estaba el hombre. Si de verdad se había tomado el tiempo de mandarle un mensaje a su familia en medio de todo lo demás que estaba pasando, era normal que le hubiera llevado tanto tiempo reunirse con ellos-. Aprecio la preocupación, pero no os preocupéis. Volveré una vez que estéis a salvo en casa.
- Gracias -dijo Merlín, viendo que Arturo seguía demasiado sorprendido como para responder apropiadamente. Mientras que el hechicero había tenido más de un mes para llegar a conocer al guardia, Arturo solo había conocido a Rordan hacía un par de días. Era comprensible que no estuviera acostumbrado a su amabilidad característica. Atrapado en el castillo, había descubierto que muchos de los guardias eran hombres honorables y nobles, aunque solo un puñado de ellos hubieran nacido con ese título.
- Bueno -dijo Owyn alegremente-, ahora que eso está decidido...
El guardia se movió hacia Merlín y se arrodilló a su lado, y sin más, cogió uno de los brazos del chico y se lo echó alrededor de los hombros.
- Venga, Merlín -dijo-. Vamos a meterte dentro. Tienes pinta de ir a desmayarte en cualquier momento.
Quería discutir que no, desde luego que no, pero cuando Owyn le levantó cuidadosamente, el mundo empezó a dar vueltas y una oleada de náusea y cansancio le recorrió. No pudo evitar gruñir ante la sensación antes de dirigir al guardia a su lado una mirada ceñuda.
- Gracias -murmuró sarcásticamente, lo cual solo pareció servir para hacer que su amigo sonriera más (juraba que algún día iba a descubrir qué permitía a Owyn estar en un estado de diversión constante, porque no era justo que pudiera encontrar algo entretenido en todo).
Mientras el guardia les giraba a ambos para poder dirigirse de vuelta a la cueva, el otro brazo de Merlín fue rápidamente recogido por Arturo, dándole dos personas en las que apoyarse. Quería decirles que estaba bien, que podía caminar por sí mismo, pero tenía la sensación de que no le escucharían. Además, no estaba del todo seguro de si era verdad. Aunque había estado bien sentado en el suelo, ponerse de pie había traído un nuevo lote de complicaciones. Todo su cuerpo dolía, sus piernas estaban temblando y su visión estaba borrosa. Estaba cansado, más de cuerpo que de mente, pero estaba seguro de que lo otro llegaría pronto. Probablemente iba a acabar gastando otro día casi entero durmiendo.
Una vez que llegaron a la cueva, sus dos amigos le llevaron hasta donde estaba la cama. Estaba a punto de decirles que aún no estaba cansado, pero no tuvo que molestarse. Los dos se limitaron a sentarle para que pudiera recostarse contra la pared en vez de intentar tumbarle sobre las mantas. Les estuvo agradecido, porque si le hubieran tumbado no tenía claro que hubiera sido capaz de sentarse por sí mismo. La escasa fuerza que había podido recuperar estaba gastándose rápidamente. Al parecer toda la magia que había liberado había costado un precio mayor de lo que había pensado.
Con un adiós rápido y la promesa de ver si estaba bien más tarde, Owyn se marchó, dejándole solo con Arturo. El príncipe se había sentado en el suelo junto a él, recostado casualmente contra la pared. Tenía una mirada pensativa en la cara, como si estuviera debatiendo algo. Había aprendido a temer esas miradas. Por lo general terminaban con ellos metidos en problemas o Merlín forzado a hacer algo que no quería hacer. Sin embargo, algo parecía distinto esta vez. Lo que el príncipe estaba considerando, se estaba tomando su tiempo por un vez, y no había ni un rastro de diversión en su cara. Estaba totalmente serio, y el hechicero se encontró preguntándose en qué podía estar pensando.
- ...Merlín -comenzó el príncipe de repente, rompiendo el silencio y sobresaltando al hechicero-. ¿Estás de humor para hablar un rato?
El hechicero tragó saliva con algo de dificultad, porque sabía lo que esa pregunta implicaba. Parte de él quería decir que no, porque aunque no quería admitirlo, aunque tenía algo de miedo de simplemente contárselo todo a Arturo. Había estado ocultando su magia durante la mayor parte de su vida. Se había convertido en un hábito, uno que no se rompería tan fácilmente. También sabía que si decía que no, Arturo no le presionaría. Probablemente le dejara tomarse todo el tiempo que le hiciera falta, y era por ese motivo que no podía hacerlo. Esta conversación iba a suceder en algún momento. No tenía sentido posponerla aún más.
- Claro.
Dudando por un momento, el príncipe por fin siguió con lo que llevaba días en su mente.
- Hay algunas cosas que quiero preguntarte sobre tu magia.
- De acuerdo -le decía a Arturo su vida. Lo menos que podía hacer era responder a sus preguntas. Claro que no iba a poder contárselo todo aún; probablemente se quedara dormido a medio camino si lo intentaba, pero al menos podía usar algo de tiempo para satisfacer la curiosidad de su amigo.
- ¿Cuándo empezaste a practicar magia?
Arturo, por su parte, había pensado largo y tendido sobre esto. Había pasado mucho tiempo decidiendo qué preguntar, especialmente qué preguntar primero, porque no estaría bien tener por fin la oportunidad de preguntar algo solo para arruinarlo con una pregunta poco apropiada. Al principio había pretendido preguntar algo en la línea de "cómo de poderoso eres", pero después de la gran exhibición de antes, estaba bastante seguro de que ya no le hacía falta. Nunca antes había visto magia así. Merlín sí que era tan poderoso como todos habían dicho (y estaba convencido de que si se decidía a preguntar, Merlín tomaría el camino modesto y menospreciaría sus habilidades, y eso era lo último que Arturo quería de él ahora mismo).
- Depende de a qué te refieras -dijo Merlín, centrando su atención en su regazo donde sus manos retorcían el borde de su camiseta-. No empecé a practicar hasta que vine a Camelot, pero he podido usar magia desde antes de poder hablar.
Le sorprendió un momento antes de decidir que de alguna manera tenía sentido. Owyn le había dicho que era posible. Raro, pero posible. Merlín ya había demostrado ser cualquier cosa menos ordinario, así que tenía sentido que su magia fuera igual.
- Asumo que eso no es habitual.
- No. Mi madre y Gaius decían que yo soy... especial.
Esa era una manera de decirlo. "Increíble" o "único en el mundo" era otra.
Mientras Arturo escuchaba, le llevó un momento comprender las implicaciones reales de esa frase. En retrospectiva, ya lo debería haber sabido, o al menos sospechado. Después de todo, Merlín no era tan bueno guardando secretos.
- Así que Gaius lo sabe. Supongo que eso tiene sentido -sí que lo tenía, y por eso no le molestaba. El médico era el protector de Merlín. Claro que el hechicero confiaría en él-. ¿Quién más sabe sobre tu magia?
Por algún motivo, esa pregunta pareció ponerle nervioso.
- Mi madre -dijo, pero eso Arturo ya lo sabía. Merlín se lo acababa de decir, después de todo. Además, era su madre. Era imposible que no lo supiera.
- Obviamente -contestó-. ¿Quién más?
El hechicero dudó, alzando la vista hacia el príncipe con algo de ansiedad. Arturo tuvo la sensación de que no le iba a gustar la respuesta.
- Lancelot.
Bueno, no hacía falta decir que no se había esperado eso. De hecho, estaba seguro de que estaba abriendo y cerrando la boca como un completo idiota.
- ¿Qué? -no sabía si su tono salió disgustado o solo incrédulo, pero Merlín se lanzó a una explicación.
- Fue un accidente. No pretendía que lo descubriera. Me escuchó mientras encantaba su lanza para matar al grifo -Merlín dejó de hablar bruscamente, abriendo mucho los ojos y mirando al príncipe como un cervatillo atrapado por un cazador.
- ¿...Qué? -fue la muy inteligente e indudablemente incrédula respuesta de Arturo. Merlín no dijo nada. Al parecer creía haber dicho más que suficiente.
En el silencio que siguió, el príncipe intentó organizar sus confusos pensamientos. Empezó con lo que su criado acababa de contarle. Al parecer Lancelot no había sido el que había matado al grifo, había sido Merlín... y sin su ayuda, probablemente hubieran muerto. Lancelot le había escuchado haciendo el hechizo y le había enfrentado por ello, y a pesar de las leyes de Camelot y a pesar del hecho de que solo había conocido al chico durante unos días, había escogido confiar en él y proteger su secreto. También se había negado a recibir el mérito por algo que el hechicero había hecho aunque obviamente Merlín le hubiera dejado.
¿Cuántas veces había pasado algo así? ¿Cuántas veces Merlín había salvado Camelot, o a él, sin recibir nada del crédito? ¿Cuántas veces había usado su magia para protegerles a todos cuando podía haber sido descubierto y sentenciado a muerte? No solo se había arriesgado al acompañar a Arturo a todas partes, incluyendo a la batalla, sino que había estado jugándose la vida simplemente por su método de lucha. Nunca había estado a salvo a pesar de que sí que había podido defenderse.
¿Cuántas veces había resultado herido solo para proteger su secreto? ¿Cuántos roces con la muerte podían haber sido evitados si no hubiera estado obligado a ocultar su magia? ¿Cuántas veces Camelot hubiera caído en la ruina de no ser por su criado? Les habían pasado tantas cosas, los dos habían pasado por mucho juntos. ¿Cuánto de la verdad no sabía? ¿Qué era real y qué fabricado? ¿En cuántas cosas había presenciado solo la mitad, o incluso menos que eso?
- Asumo que eso no es lo único de lo que no sé toda la historia.
El hechicero asintió con la cabeza, tembloroso, bajando una vez más los ojos hacia el suelo para evitar la mirada del príncipe. Parecía tan inseguro así, tan pequeño y vulnerable, ansioso, inquieto, culpable... el completo opuesto de todo lo que era en realidad, y Arturo lo odiaba. Era injusto. Desde el día que se habían conocido, Merlín siempre había estado a su lado, como su criado y su amigo, pero Arturo podía contar con una mano el número de veces que él había hecho lo mismo por Merlín.
Tenía que haberse sentido solo. Tenía que haberse sentido tan solo, siendo tan ignorado y dejado de lado cuando podía hacer tantas cosas increíbles, cuando había hecho tantas cosas increíbles. Lo había soportado todo él solo. Había cuidado de todos -Arturo, su gente, Camelot- desde las sombras, sin ayuda, solo.
¿Cuántas veces les había salvado a todos, por sí mismo, sin recibir ni una vez nada en recompensa por sus esfuerzos?
¿Cuántas veces Arturo no había estado ahí para el hechicero cuando esté no había faltado ni una sola vez para él?
- Lo siento -las palabras se le escaparon de los labios antes de tener tiempo a pensar en tragárselas. Pero estaba bien. Una vez dichas, descubrió que no quería retirarlas. Desde luego que no compensaban por nada, pero era un comienzo.
No estaba seguro de qué se esperaba de Merlín, pero no era la mirada confusa, inocente -casi estúpida- que estaba recibiendo ahora.
¿Podía alguien ser de verdad tan modesto e indulgente?
- ¿Por qué? -al parecer sí.
Todo. Sinceramente, ni siquiera sabía por dónde empezar. Nada era suficientemente adecuado. No había manera de expresar cómo se estaba sintiendo. Nunca había sido bueno al poner sentimientos en palabras para empezar, así que no era probable que fuera a hacerlo bien en algo tan complicado e importante como esto.
Su expresión debió delatarle, porque antes de poder pensar en una respuesta, Merlín estaba hablando otra vez.
- No tienes que disculparte -dijo el hechicero, completamente sincero-. No es tu culpa que no lo supieras. Crecí teniendo que ocultar mi magia. Llegado un punto se convirtió en un hábito.
Podía entender eso. La autoconservación era un instinto, aunque sí que ocasionalmente se preguntaba si Merlín lo tenía. Parecía mucho más preocupado por la conservación de vidas que no eran la suya. Sin embargo, tenía sentido que ocultar su magia hubiera acabado convirtiéndose en un hábito, un reflejo, una necesidad... pero aún así, no podía evitar preguntarse por qué exactamente Merlín nunca había dicho nada. Había todo tipo de motivos por los que podía ser, pero quería el real. No cambiaría nada, pero quería saber por qué. ¿Era realmente por confianza, o algo totalmente distinto?
- No es que importe -comenzó, intentando no sonar rechazado o, Dios no lo quiera, desesperado- pero puedo preguntar... ¿por qué no me lo contaste?
Para su sorpresa, Merlín no dudó al responder.
- Eres el príncipe de Camelot -dijo como si fuera obvio, como si fuera lo más evidente del mundo- y aunque no siempre estés de acuerdo, sé que quieres a tu padre. No quería ponerte en una situación así de difícil. No quería que tuvieras que escoger, y... bueno...
El hechicero volvió su atención al suelo otra vez, apretando las manos alrededor de la tela de su camisa, y con una voz que Arturo probablemente no hubiera oído de no estar tan silenciosa la cueva, dijo:
- Tenía miedo... de que me odiaras.
Eso no era lo que se esperaba, pero dolió oírlo de todos modos. Al parecer Merlín sí que se había esperado que se volviera en su contra, que le abandonara. Sinceramente, no estaba del todo seguro de qué habría hecho -seguro que las circunstancias hubieran tenido un papel importante en su reacción- pero sí que sabía una cosa con certeza. Nunca le habría entregado a Merlín a su padre. Estaba seguro de que nada que su criado pudiera hacer, mágico o no, le permitiría quedarse quieto y verle morir.
Obligándose a superar el nudo que crecía en su garganta, preguntó la única pregunta a la que casi no quería saber la respuesta.
- ¿Crees que te hubiera mandado ejecutar?
Esta vez Merlín sí que dudó. Durante un rato se limitó a quedarse sentado, con una expresión que indicaba que estaba pensando seriamente la respuesta. Quizás eso era mejor que una respuesta inmediata. Indicaba que se la estaba tomando en serio, que su duda no era porque ya sabía la respuesta pero temía decírsela, sino porque realmente necesitaba el tiempo para llegar a ella por sí mismo.
- ...No lo sé -dijo por fin con sinceridad, y Arturo sintió su corazón comprimirse por la respuesta antes de que Merlín continuara-. Al menos, pensé que me exiliarías, y no podía permitir que eso pasara.
Cuando el hechicero alzó la vista otra vez, todo rastro de duda e inquietud había desaparecido, dejando solo un par de ojos intensos y decididos.
- Mi magia es para ti, Arturo. Para protegerte, ayudarte, para que puedas convertirte en el rey que estás destinado a ser. Todo, todo lo que he hecho, ha sido para ti.
Cada palabra fue pronunciada con una fe absoluta y firme, y Arturo notó cómo el nudo de su garganta estaba ahora afianzándose en el centro de su pecho.
- ¿Por qué? -preguntó con voz débil, porque aún no entendía cómo alguien podía darle tanto cuando él había hecho tan poco para ganárselo.
- Porque un día serás el rey más grande que Camelot tendrá nunca. Sé que lo serás. Y bueno... -una pequeña sonrisa familiar se coló en la expresión del hechicero mientras miraba hacia el príncipe-. Aunque seas un idiota insufrible, también eres mi amigo. No se trata solo de destino o deber. Príncipe o no, daría mi vida por la tuya con gusto. Te juré mi lealtad hace mucho tiempo, y nada cambiará eso.
Mientras Merlín apartaba los ojos una vez más, sonriendo para sí mismo, Arturo se encontró una vez más con que le fallaban las palabras. No había nada que pudiera decir, no había manera de expresar todo lo que se estaba acumulando en su pecho. Sin embargo, sí que había algo que podía hacer. Por un momento, Arturo se permitió olvidar que era un príncipe, que se suponía que debía haber límites y reglas, porque sinceramente, no le importaba; y antes de que su orgullo pudiera reaparecer y arruinarlo todo, se acercó a su criado e hizo algo que no había hecho nunca antes.
Le abrazó.
Si no hubiera estado tan desconcertado y distraído por la extraña calidez en su pecho, probablemente se hubiera reído por el modo en que Merlín se tensó en lo que solo podía ser absoluta sorpresa. El hechicero debía estar bastante confundido. Sin embargo, Arturo no lamentaba sus acciones. No había nada que pudiera decir para compensar todo lo que había pasado, que pudiera expresar adecuadamente su gratitud, su deseo de que las cosas fueran diferentes.
Este era un buen comienzo.
- ¿...Arturo?
Merlín no sabía que hacer. No se había esperado eso. Parte de él había preguntado por un momento si se habría quedado dormido durante su conversación y todo lo que había pasado después era solo un sueño, pero estaba bastante seguro de que ese no era el caso. Aún podía sentir el dolor de su espalda y el cansancio que se había apoderado gradualmente de su cuerpo, lo cual quería decir que seguía muy despierto. Sin embargo, una vez aclarado eso, no tenía ni idea de qué hacer. Su mente aún tenía que comprender que el príncipe de Camelot le estuviera abrazando de verdad. Intentó girar la cabeza para mirar a Arturo a la cara, pero sus movimientos estaban bastante limitados por los brazos que le sujetaban.
Conocía a Arturo lo suficiente como para saber que no le gustaban las demostraciones de afecto, y mucho menos con él. ¿Qué podía haber provocado algo así?
- ¿Arturo? -le llamó otra vez, tan suave como antes. Los brazos a su alrededor se apretaron un poco, y esta vez fueron seguidos por una palabra que no habría escuchado de no haber estado tan cerca.
- Gracias.
Apenas más que un susurro, y aún así su peso cayó sobre él como la lluvia más pesada.
En ese momento comprendió, y mientras por fin levantaba sus propios brazos, se encontró pensando que quizás no había sido necesario decir las cosas en alto... pero eso no quería decir que no se pudieran decir de todos modos. Después de todo, eso nunca les había detenido antes.
- Gracias.
¿Por qué empezar ahora?
