Esta historia contiene elementos del nazismo y del Holocausto Judío. Para nada apoya ningún tipo de movimiento ultra-derechista, neonazi ect… Si eres sensible a este tipo de fanfics, te aconsejo que no lo leas.


Se escuchaba a los soldados alemanes pasar marchando detrás del muro del gueto. Al menos, todo siempre nos sentíamos a salvo. Ellos estaban detrás del muro y nosotros dentro del gueto, así que, ellos no podían hacernos daño. Se les oía cantar aquella horrible canción nazi y antisemita.

Deutschland erwache aus deinem bösen Träum!

Gib fremden Juden in deinem Reich nicht Raum!

Wir wollen kämpfer für dein Auferstehn!

Arisches Blut soll nich untergehen!

Yo me estremecí cuando yo les oí y yo quise cerrar los ojos pero todo estaba oscuro, así que, yo pensé que yo ya los debía tener cerrados. Cuando la canción dejo de retumbarme en los oídos, yo volví a ver. Entonces, yo descubrí que ya no estaba más en el gueto. Yo estaba tumbada en medio de la nieve. La nieve blanca cubría todo el páramo donde yo estaba y no paraba de caer más del cielo. Las nubes eran negras, no se podía ver el sol y estaba todo muy oscuro. El viento soplaba fuerte y formaba ventisca. Era como una horrible tormenta.

Todo aquello era muy extraño porque, a pesar, del horrible clima, yo no sentía nada de frio.

"¿Dónde estoy?"- me pregunté a mi misma desesperada. "¿Cómo he venido a parar aquí? ¿Dónde está Rachel? ¿Por qué ya no estoy en el barracón?"

Yo puse mis manos en la espesa nieve para erguirme. Aquella nieve no estaba fría. Entonces, yo miré a mi alrededor. Al final del páramo, había un enorme y siniestro tren negro. El humo que echaba era tan oscuro como las nubes en el cielo. Entonces, yo me di cuenta que, mucha gente a mi alrededor, estaba corriendo. Todos llevaban la ropa de prisioneros de Plaszow y todos corrían hacia ese tren. Entonces, yo supe lo que significaba aquel tren.

"Ese tren significa la salvación," pensé yo por alguna razón.

Antes de yo darme cuenta, yo ya estaba corriendo hacia ese tren como todos los demás. Las puertas de carga del tren negro estaban abiertas de par en par y todos entraban. Yo corrí aun más rápido. Entonces, yo oí algo detrás de mí, un sonido como si una persona hubiese caído al suelo. Después, yo oí el sollozo de una mujer y la voz agresiva de un alemán.

Er ist einfacher für dich, Judensau! Viel einfacher! Du wirst sehen, er ist gleich vorbei!

Un disparo hizo eco y, aunque yo no lo veía, yo podía sentir la sangre manchando la nieve blanca.

Yo corría aun más y más deprisa pero mi corazón iba aun más rápido que mis pies. Por fin, las puertas de carga de acceso al tren estaban cerca, tan solo a unos metros. Enfrente de aquellas puertas, había una niña. Ella tenía el pelo negro y ella miraba, como todos los demás, subían al tren pero ella no se movía.

"Esa niña es estúpida,"- pensé yo durante un momento.- "¿Qué hace allí parada? ¿Por qué no se sube al tren? El tren es la salvación."

Las puertas de acceso estaban solo a un metro. Yo corrí el último sprint y, después, yo salté. Yo me apretujé en el vagón con todos los demás. Entonces, las puertas negras de carga se cerraron con un ruido sordo. Yo me sentí aliviada y satisfecha por haber podido llegar hasta allí. Aquel vagón de carga tenía en la puerta una ventana con rejas. Desde aquella ventana se podía ver el paisaje blanco. Yo me acerqué, súbitamente, a aquella ventana con un mal presentimiento en mi pecho. Todo el alivio ya había desaparecido.

Allí estaba la niña que no se había subido al tren y se había quedado paralizada. Ella era mi hermana. Ella era Rachel. Yo grité su nombre. El tren aulló y yo supe que iba a partir.

-¡No!- grite yo, de nuevo, mientras yo la miraba.

Entonces, alguien la cogió por detrás. Un hombre alto con una chaqueta militar negra. Sus ojos eran azules y llenos de crueldad. Su sonrisa era sarcástica. Yo, entonces, reconocí quien era. Al mirar a mi hermana, de nuevo, los ojos de ella estaban vacios como los de una muerta. Ella tenía el mismo aspecto que la hija de los Chilowicz, la niña que habían colgado en la Appellplatz.

Yo grité y grité con todas mis fuerzas. Después, yo sentí un dolor en mi pecho.

-Helen,- dijo una voz haciendo eco en mi cabeza.- ¡Despierta!-

Yo sentí, de nuevo, aquel dolor en mi pecho. Entonces, yo abrí los ojos y yo vi la cara de mi hermana. Yo sentí tanta felicidad que yo la agarré fuertemente. Ella parecía haber estado pegándome porque yo no despertaba y, varias mujeres, alrededor, me miraban asustadas. Al parecer, yo había estado gritando de verdad durante el sueño.

-¿Se estará ella volviendo loca?- preguntó una de ellas que me miraba fijamente con sus ojos pardos.

-Rachel,- susurré yo que no quería otra cosa que estar con ella.

Ella luchó por soltarse de mí pero yo la apreté más fuerte.

-Helen…- dijo ella abrumada. –Tú me estas ahogando. ¡Suéltame!-

Yo dejé de abrazarla tan fuerte pero no la solté.

-Quédate aquí,- yo le supliqué a ella.- Quédate conmigo.-

-No,- dijo ella forcejeando. – Solo ha sido un sueño. Tu estas alterada porque has tenido una pesadilla. Yo tengo que ir a trabajar.-

-No,- supliqué yo desesperada con voz débil. –No te vayas, por favor.-

Mi hermana era ágil y ella consiguió desembarazarme de mí. Ella saltó de la cama con un movimiento rápido y ahora estaba ya cerca de la puerta del barracón.

-Yo tengo que ir al trabajo. Si yo no voy, tendré problemas, Helen. Tú también deberías irte.-

-Espera…- musité yo que quería levantarme de la cama pero apenas tenía fuerzas.

-Ha sido solo un sueño, Helen,- dijo ella sin prestarme atención y ella desapareció junto a las demás mujeres del barracón por la puerta.

Yo me dejé caer en la cama. Yo ni siquiera me había dado cuenta pero yo estaba llorando. Había algo, dentro de mí, que no quería dejar marchar a mi hermana.

Yo me quedé en la cama intentando calmarme pero mi corazón estaba lleno de angustia y no dejaba de latir con alteración. Cuando yo me levanté de la cama, había pasado más de una hora desde que se levantaron las mujeres del barracón y aun seguía sintiendo amargura por haber dejado a mi hermana marchar.

"Ha sido solo un sueño." Aquello era lo que me repetía, una y otra vez, mientras yo me vestía.

Cuando yo salí al exterior, yo seguía estando nerviosa. Aquel día, era un día muy caluroso. Aquello era extraño en un día de otoño pero no infrecuente. Yo miré al cielo y no había ninguna nube y el sol de la mañana había empezado a brillar en el horizonte. Era precisamente lo opuesto a lo que yo había soñado.

Yo empecé a caminar entre los barracones. Yo iba totalmente abstraída pensando en lo que yo había soñado. Yo tenía un mal presentimiento dentro de mí. De vez en cuando, yo alzaba la vista. La última vez que yo la alcé, yo estaba muy cerca de las alambradas que dirigían a la enorme puerta de alambre y madera de Plaszow. Detrás del bosque, se podía ver como ascendía una columna de humo y yo pensé que los soldados estaban, de nuevo, quemando cadáveres. Yo estaba totalmente abstraída y no sé cuánto tiempo más paso hasta que oí esa voz grave. Por la distancia que yo recorrí, yo calculé que habían sido solo unos minutos.

-¡Te he hecho una pregunta, Judenschwein!-

Yo me volví y yo vi, a dos metros de mí, a una mujer muy fornida y alta. Ella se dirigía a mí y yo no recordaba que nadie me hubiese hecho ninguna pregunta o yo, al menos, no lo había oído. Aquella mujer debía de medir más de diez centímetros más que yo. Sus manos eran enormes y con uñas largas y cuidadas, que agarraban su cintura en forma de garras. Ella llevaba la chaqueta negra femenina de las SS y una falda gris por debajo de las rodillas. Del cinturón, le colgaba un largo y amenazante látigo. Ella llevaba un extravagante pero, a la vez, formal peinado y se había colocado el gorro femenino de las SS con horquillas. Yo la miré fijamente a la cara y yo me di cuenta, que aquella era la mujer de la que Rachel y yo habíamos huido cuando nosotras la habíamos visto. Rachel me había dicho que era una de las peores alemanas que te podías encontrar. Yo sentí un escalofrío y recordé su nombre, Alice Orlowski.

-¡¿Qué haces aquí, Judenschwein?!-

Aquella mujer siempre gritaba cuando ella daba una orden a algún prisionero. Ella nos trataba como si todos estuviésemos sordos. Yo recordé como ella le había pegado treinta latigazos a aquella pobre prisionera, en medio de la noche, y yo intenté mostrarme sumisa.

-Yo trabajo en la villa,- yo señalé la casa roja en lo alto. –Yo trabajo para el Herr Kommandant, Frau.-

Ella entrecerró los ojos con desprecio mientras ella me miraba.

-¡¿Para el Herr Kommandant?!...-

Ella me miró detalladamente de arriba a abajo y ella, después, rió como si ella hubiese recordado algo. La risa de ella era cruel, así que, yo sospeché que ella debería haberme recordado por mis marcas en la cara o por algún incidente desagradable en el que el Herr Kommandant me había hecho sufrir.

-¡Sí, es cierto!- corroboró ella. – ¡Tú trabajas para el Herr Kommandant! ¡Yo te he visto en la villa antes!

Yo me sentí bastante humillada pero aquello no era lo que, en ese momento, más me importaba.

-¡Mira allí!- gritó ella y ella señaló con el dedo el humo espeso que salía de detrás del bosque.- ¡Un avión aliado se ha estrellado cerca del campo!-

Yo miré hacia donde ella señalaba.

"Un avión aliado"- pensé yo. –"Eso significa que los aviones aliados están bombardeando cerca de aquí."

Yo recibí aquel pensamiento con esperanza y alegría pero yo no dejé que eso se me notase en la cara.

-¡El Herr Kommandant está en la estación de tren! ¡A él le hicieron levantarse pronto para cargar uno de los trenes de prisioneros! ¡Yo te ordeno que vayas allí y que le avises a él de lo que ha pasado!-

"No," pensé yo enseguida desesperada. "No al Herr Kommandant."

Las imágenes del sueño que yo había tenido vinieron a mi mente y yo me estremecí, pero no era el sueño solamente, también era el miedo natural que siempre yo sentía hacia él. Cuando yo dije las siguientes palabras, yo no sabía lo que decía. Del terror que yo sentía, casi no me daba tiempo a pensar.

-No, no puedo ir. Yo tengo que ir a la villa. Tengo mucho trabajo…-

Todo ocurrió muy rápido, súbitamente. Una luz violenta cruzó por los ojos de aquella mujer y, después, aquel dolor que hizo que yo, en seguida, me desplomase en el suelo. Yo, ni siquiera, vi como ella blandió el látigo. Yo solo oí el chasquido y, después, aquel dolor, aquel horrible dolor. Yo estaba en el suelo y todo me daba vueltas. La espalda me ardía y yo sentí como si me mojase. Sin duda, aquella mujer me había hecho sangre.

-¡Levántate, puta insolente!- gritó ella con su voz grave y autoritaria.

Yo me levanté. Yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano. Yo creo que hubiese sido mucho más facil quedarme en el suelo porque el dolor era insoportable pero yo no podía consentir que aquella mujer me matase. Yo no podía morir ahora. Yo me levanté, poco a poco, y yo me quedé encorvada. Mi espalda me abrasaba tanto que yo tenía dificultades para respirar. Aquella mujer alzó una de sus monstruosas manos y me abofeteó. Yo sentí también dolor pero no fue nada comparado con el que ya sentía. Aquel golpe terminó de erguirme.

Ella se enrolló aquel mortífero látigo en una mano y me miró con odio.

-¡Tú no vuelvas a desobedecerme! ¡¿Me has entendido, Judenschwein?!-

Yo asentí o ni siquiera supe si lo hice. En ese momento, yo estaba totalmente confundida.

-¡Ve a la estación de trenes, ahora mismo y avisa al Herr Kommandant, Judenschwein! ¡Si yo vuelvo a tener una reunión con él, tu no dudes que yo le informare de tu comportamiento desafiante, Judenschwein!-

Yo sentí miedo pero yo no me atrevía ni a replicarle. Se habían despertado en mí los instintos más básicos de conservación.

Yo di media vuelta y yo me encaminé, instintivamente, hacia donde se encontraba la estación de tren. Aquella mujer me observaba mientras yo andaba. Yo pensé que ella iba a golpearme con la mano o con el látigo de nuevo. Sin embargo, yo me libré de más sufrimiento.

Mis piernas avanzaban temblorosas por el dolor y el miedo. Mi espalda seguía ardiendo y yo me la notaba mojada. Yo tenía, sin duda, una herida y aquella herida me estaba sangrando. Yo sabía que no podía ser muy profunda pero yo, tampoco, sabía si yo tendría la oportunidad de curármela o cuánta sangre yo estaría perdiendo.

Yo tenía miedo y yo no quería seguir avanzando pero yo sabía muy bien que no había salida. Si yo volvía sobre mis pasos, aquella mujer o el Herr Kommandant me machacarían y yo no podía abandonarme a la muerte, no ahora que yo estaba tan cerca de la salvación y que mi hermana me necesitaba.

La estación de trenes estaba muy lejos de la entrada de Plaszow. Estaba lejos de donde terminaban los barracones y los campos de trabajos forzados. Yo tardé más de media hora en llegar allí. Yo podría haber tardado menos si yo hubiese ido corriendo pero era imposible correr. El dolor de la espalda se me extendía por la pierna izquierda y cada paso, que yo daba, me temblaban las piernas. Al final del trayecto, el dolor era menos intenso pero no desapareció. El día se fue haciendo más caluroso y yo tenía la espalda empapada de sudor. Yo no podía saber si yo había dejado de sangrar pero yo me sentía bastante mareada.

La estación de Plaszow era muy grande para ser solo la estación de un campo de trabajo pero estaba hecha de ladrillos rojos. Más que una estación parecía un edificio largo. Yo siempre que había tenido ocasión de ver la puerta de la estación, yo había encontrado a dos soldados de aspecto peligroso y con metralletas vigilándola. Pero, aquel día, las puertas de la estación estaban abiertas de par y par. Había algunos soldados, cerca de ellas, pero ellos charlaban amistosamente y no parecían vigilantes, aunque si de un rango más alto en las SS que soldado. Cuando yo pasé, cabizbaja, a través de las puertas, ninguno de ellos me hizo ninguna pregunta.

Yo me quedé, con la vista fija en mis zapatos, enfrente de las puertas de la estación unos minutos. Yo no me atrevía a levantar mi cabeza porque yo sabía que tendría que buscar al Herr Kommandant y eso me aterraba.

Yo me escondí en las sombras y examiné la situación. En las vías, había un tren de ganado. Se parecía mucho a al tren de mis sueños pero aquel tren era menos siniestro aunque empezó a serlo cuando yo vi como los kapos y algunos soldados cargaban los primeros vagones de prisioneros. Después, ellos cerraron las puertas y las golpearon con las porras para que ellos se mantuviesen callados. Yo miré, disimuladamente, a mí alrededor, buscando a alguien que yo conociese. Quizás, algún prisionero me hiciese el favor de darle aquel mensaje al Herr Kommandant por mí aunque yo consideraba que, teniendo en cuenta la fama del Herr Kommandant, ningún prisionero estaría dispuesto a hacerme ese favor. En ese momento, yo sentí que alguien me observaba. Grün, el guardaespaldas del Herr Kommandant, había descubierto mi escondite con sus ojos verdes insípidos. Yo recordé que mi hermana me había dicho que él era quien le había pegado a ella y yo estaba decidida a evitarle pero ya era demasiado tarde porque él empezó a dirigirse hacia mí.

-¿Qué haces tú aquí?- me preguntó con antipatía y enseñando sus dientes amarillentos.

Yo aproveché aquella ocasión de librarme de tener que dar aquel mensaje.

-Me mandaron aquí para dar un mensaje al Herr Kommandant. Cerca del campo, se ha estrellado un avión de guerra de los aliados.-

-Aliados,- repitió entre dientes Grün con burla y después añadí con decisión. – Yo le daré ese mensaje.-

Yo jamás me alegre tanto por algo que hubiese dicho ese bruto.

-Bien, Herr…-

Yo iba a darme media vuelta pero él me detuvo.

-Yo le daré el mensaje pero tú te quedas aquí,- dijo él amenazante.- Yo tengo que comprobar si es verdad y no me estas mintiendo.-

Yo me quede paralizada. Yo sabía que lo que yo había dicho era verdad pero, de las intenciones de alguien como Grün, yo no me podía fiar.

Grün desapareció con paso firme hacia una parte del andén de la estacion y yo me volví a esconder, ligeramente, entre las sombras.

La parte del tren que yo podía ver estaba muy activa. Varios kapos y soldados con metralletas se disponían a llenar los siguientes vagones de más prisioneros. Un ayudante de las SS, con una porra en la mano, les ordenó que se pusieran en fila con voz agresiva. Yo no me había preguntado, antes, a donde podía conducir aquel tren pero, ahora, yo ya lo sabía. Entonces, se me encogió el corazón.

Yo observé, a todos los prisioneros, cabizbajos y desmoralizados que caminaban voluntariamente a una muerte casi segura.

"¿Alguno se salvaría? ¿Alguien tendría piedad de ellos?"

Yo había visto muchas cosas horribles pero, aunque yo intentase ser realista, jamás dejaba yo de tener esperanza de que existiese en algún lugar de aquella maldita guerra alguien piadoso como Herr Schindler.

Los soldados querían subir al vagón de ganado primero a las mujeres. Muchas de ellas estaban tan delgadas que sus brazos parecían palillos y yo pensé que ellas habían venido de alguna Selektion. Yo observaba aquella escena tristemente cuando yo noté que una de aquellas mujeres me miraba. Yo se la devolví y, al principio, yo no la reconocí pero, después, su cara afilada y sus ojos vacios me recordaron a los de alguien.

Yo había buscado a Aleksandra Kenner desde mi vuelta al campo de trabajo de Plaszow. Sin embargo, yo era, incapaz, de encontrar alguna información sobre ella y yo desconocía en que barracón dormía porque Plaszow había cambiado mucho desde que yo lo abandonara. Yo tenía que reconocer que tampoco tuve mucho tiempo para ese cometido porque siempre yo había querido pasar el máximo tiempo posible con mi hermana.

Allí estaba ella, Aleksandra Kenner. Ella iba a montarse en un tren que, seguramente, le conduciría a la muerte. Sus ojos me miraban fijamente pero tenían una mirada débil y cansada. Casi parecía que ella no me reconocía. Cuando yo vi, como uno de los soldados, armado con una metralleta, la empujó bruscamente dentro del vagón, yo sentí tanta tristeza que el dolor de la espalda se me olvidó.

Las puertas de carga se cerraron con un sonido seco. Yo miraba aquellas puertas como si fuese a haber algún milagro que pudiese hacer que se abrieran de nuevo o que ese tren no partiera. Los ojos, se me llenaron de lagrimas y yo no podía evitar recordar todos los momentos en los que Aleksandra me había ayudado en el gueto.

Yo lloré pero mis lágrimas fueron en vano. No ocurrió nada, solo llegó otra fila de prisioneros y los mismos soldados con ayuda de algunas mujeres de las SS se encargaron de apiñarlos en el vagón. Uno de los hombres estaba tan débil que él no podía subir sin ayuda. Los soldados y las mujeres de las SS le insultaron y lo agarraron para subirlo a la fuerza. En ese momento de distracción, un pequeño y joven prisionero se escabulló de la fila y él consiguió desvincularse de los demás. Él corrió por el andén de la estación escondiéndose entre las sombras. Yo consideré casi imposible que nadie lo hubiese visto pero yo, aun así, lo seguí con la mirada deseando que, de verdad, él pudiese escapar. Sus piernas delgadas corrían muy rápido por el suelo gris de cemento de la estación. De repente, él dejó de correr. El ruido de un disparo lo detuvo a él y lo detuvo todo.

El hombre que le había disparado estaba solo a tres metros del cadáver. Su mano sujetaba una pistola negra firmemente. Él se acercó tres pasos al cuerpo, y le disparó, de nuevo, esta vez, en la cabeza. Toda la sangre le salpicó pero él no se inmutó.

Yo sentí un escalofrío. En aquel momento, yo ya lo había reconocido. Cuando él levantó la mirada, yo pude ver que sus ojos azules estaban ebrios pero ebrios de sangre.

Yo sentía un miedo que era incapaz de combatir y yo di un paso hacia atrás. Él podía haber mirado a tantos lugares en aquella estación pero sus ojos como si fueran atraídos por un imán, se fijaron en mí. Su mirada sanguinaria cambió en ese momento. Sus pupilas se le dilataron y su rostro se contrajo en una expresión de incredulidad, como si él no pudiese creer lo que él estaba viendo. Él tenía la cara de un color amarillento y chorros de sudor le caían de la frente. Toda la mejilla derecha la tenía salpicada de gotas de sangre.

Yo sentía miedo pero le devolví la mirada y no se la aparté. Yo, ni siquiera, estaba pensando en ser valiente. Aquellos ojos azules parecían casi estar llenos de una pasión irrefrenable. Yo sabía muy bien cual era la pasión de ese hombre era la crueldad. Su corazón era tan frío como sus ojos. Aquel era el hombre al que no le importaba bañarse en sangre humana y que colgaba de una cuerda en la Appellplatz a niñas inocentes y asesinadas brutalmente. Sin darme cuenta, yo le devolví aquella miraba con odio. Aquel odio no tenía ningún sentido. Yo lo único que iba a conseguir con aquello era ponerlo a él furioso, como yo ya había logrado días atrás, y conseguir que él me matase como él había matado a aquel hombre tan delgado o que me hiciese daño. Sin embargo, parecía que, debido a el dolor y la tristeza, yo me había vuelto completamente loca.

Grün se acercó a él y le dijo algo cerca de su oído. Seguramente, él le estaba contando la información que yo le había dicho. Él pestañeó varias veces como para salir de un trance y le hizo un gesto a Grün para que se fuese. Después, él volvió a mirarme. Sus ojos eran maniacos y obsesivos y él se humedeció los labios ligeramente con su lengua. Yo sentí una punzada de pánico. Él avanzaba hacia mí con la pistola negra en la mano derecha. Mi mente me gritaba que huyese pero yo pensé que, como siempre, iba a quedarme paralizada y que no iba a poder moverme. Sin embargo, mis piernas temblorosas reaccionaron. Yo, una vez, que me di la vuelta y empecé a correr, ya no pude parar.

Yo no miraba atrás, solo quería huir. Al principio, yo no sabía a dónde. El dolor de la espalda volvió y yo tenía pinchazos en las piernas pero yo no podía y no debía dejar de correr. Algo me decía que él me estaba persiguiendo. Por mi mente pasaron mil escondites pero si me escondía, él me mataría seguro.

"A la villa. Yo debería estar en la villa."

Yo no sé porque se me cruzó la disparatada idea de ir a su casa pero, realmente, yo no podía culparme a mí misma. En esos momentos, solo mis piernas funcionaban bien. Mi mente estaba fuera de juego.

Yo corrí tanto que solo tarde quince minutos en divisar las puertas de salida de Plaszow. Uno de los soldados vigilantes, al verme correr, me dio el alto pero yo lo pase de largo. Si él no me disparó, fue quizás porque él me conocía. Yo crucé la puerta de alambre y metal como un rayo y al llegar a la colina donde se alzaba la villa, yo subí los escalones de dos en dos. Al dejar atrás el patio trasero del Herr Kommandant, yo sentí que me flaqueaban las fuerzas y yo pensé que yo iba a caerme al suelo. Sin embargo, yo aguanté hasta llegar a la puerta de la cocina, abrirla, arrojarme dentro de la casa y cerrarla detrás de mí.

Las piernas y los brazos me temblaban. Mi pecho me dolía y mi corazón me seguía latiendo tan rápido que yo pensé que se me iba a salir fuera. Yo tenía pinchazos en la zona de la herida de la espalda. Todo alrededor de mí empezó a dar vueltas y yo sabía que había hecho un esfuerzo superior al que mi cuerpo podía hacer. Yo jamás pensé que yo pudiese correr tanto.

Los pinchazos en la herida se hicieron más intensos y yo me quité el abrigo. En la parte de atrás, el abrigo estaba destrozado donde aquella mujer me había propinado el latigazo y, también, había sangre. Yo me mareé aun más todavía al verla. Yo había visto más sangre aquel día de la que hubiese querido en toda mi vida pero todo aquello pronto se me olvidó.

Yo oí la puerta de la villa abrirse y cerrase. Unos pasos fuertes avanzaron por el pasillo. Yo sabía muy bien a quien pertenecían aquellos pasos. Correr tanto no había servido para nada.

"No, por favor," pensé yo. "No, por favor."

La manivela de la puerta giró bruscamente pero aquella puerta estaba cerrada y él no podía acceder. Él mismo había ordenado cerrarla con llave. Después, el retrocedió. Yo rezaba pero yo dudaba mucho que él fuese a dejarme en paz. Quizás, él le diese la vuelta a la casa para entrar. Yo dejé mi cuerpo caer sobre uno de los muebles de la cabeza rendida. Entonces, un ruido metálico y muy fuerte me hizo sobresaltarme. La cerradura de la puerta cayó al suelo. La puerta se abrió bruscamente y rebotó contra la pared. Delante de mí, se encontraba él. Sus ojos tenían la misma mirada maniaca y aterradora que en la estación. Yo me encogí y yo me cubrí con mis manos para protegerme.


A Xmas present for you!

I'm going to update before New Year Eve. I have a lot of free time now. Tomorrow, I will be in Spain. I think, next chapter, will be my favorite chapter. :)