Parte 26 - Sol
¡Ah, la cara de Roland! Buen trabajo, Lesus, has conseguido impactar a un señor de la muerte lo suficiente como para hacerlo ejercitar sus músculos faciales. ¡Seguro que muy pocos pueden jactarse de eso!
Roland se le quedó viendo por tanto tiempo que me impacienté y decidí mordisquear la rebanada de pay de mora azul que todavía tenía conmigo. No me juzguen, estoy seguro de que también les gusta botanear algo cuando hay un buen espectáculo que ver.
Al instante deseé no haber cedido a ese impulso. Le hice un gesto al pay de mora azul. ¡Todavía no sabía mejor que antes, lo que no tenía sentido! ¿Cómo podía el pay de mora azul no saber bien? Había algo seriamente mal en las papilas gustativas de Lesus.
Mientras tanto, Lesus por fin deslizó al Espada Divina del Sol de vuelta en su vaina. Moría de ganas de correr y arrebatar la espada de sus manos para poder inspeccionarla. Con la forma demente que había peleado con ella, seguro que había desgastado toda una capa de la hoja. Había escuchado el rechinido mientras pasaba, toda una capa de mis ganancias se había ido así nada más...
No, si la Espada Divina del Sol se rompe en un futuro, ¡definitivamente no será mi culpa! ¡Será culpa de Lesus, así que él deberá pagar por ello!
–¿Qué quieres decir? –preguntó Roland, titubeante. De mala gana aparté la vista de la Espada Divina del Sol.
–Lo que quiere decir –interrumpí, intentando dejar de pensar en la Espada Divina del Sol–, es que has dañado mucho la reputación del Caballero Sol, así que será mejor que nos ayudes a remediarlo.
Roland me vio, confundido. Casi diría que se veía estreñido, con esa cara, pero no creí que los señores de la muerte necesitaran ir al baño. ¿En serio no sabía que había causado toda clase de problemas para mi reputación?
–Dijiste que volverías por Sol. Ahora la gente cree que el Caballero Sol fue quien te torturó hasta la muerte –le expliqué de mal humor–. También hay rumores de que el rey no confía en el Caballero Sol.
Mi explicación no pareció ayudar en nada.
–No veo cómo atacar al rey ayudaría a resanar la reputación del Caballero Sol –comentó Roland, con las cejas fruncidas.
Ah, así que eso es lo que no capta. Bueno, simplifiquémoslo para que cualquiera lo entienda.
–El rey es atacado por el Señor de la Muerte. El Caballero Sol salva el día. La reputación del Caballero Sol se eleva. Se aclaran los malentendidos. El rey es lastimado durante el ataque. Ya no podrá gobernar. El príncipe heredero toma las riendas. ¿Eso es lo bastante simple de entender?
¡Je, parece que yo también he impactado a un señor de la muerte lo bastante como para que ejercite sus músculos faciales!
Sin darle tiempo a Roland para recuperarse, presioné.
–Prometiste que nos escucharías, así que escucha y ayúdanos a encargarnos del rey. Conviene a tus planes ayudarnos.
–... ¿así que saben que él...? –preguntó Roland, con voz ronca, mirándonos alternadamente a Lesus y a mí. Hizo una especie de gesto a sí mismo antes de que su mano acabara sobre su pecho. Parecía como si estuviera sujetándose el corazón, recordando su dolor.
Asentimos.
Lo sé, Roland. Sé que él fue quien te asesinó. Ahora sé que él es por quien volviste, también.
Sus siguientes palabras fueron muy quedas.
–... pero yo nunca mencioné... –hizo una pausa, su tono cambió de repente y su mirada se endureció–. No puedo dejar que salga libre. Quémenme en la hoguera si es lo que deben hacer, pero no puedo dejar que salga libre.
Ésa es tu obsesión persistente, ¿no es así? No es venganza, sino la necesidad de impedir que la misma tragedia pase otra vez. No puedo dejar que lo mates, pero puedo hacer esto por ti. Déjame ayudarte. Pensé que estabas perdido, pero no lo estás. Todavía eres Roland. No importa qué forma hayas adoptado, todavía eres el Roland que conocí. Preferirías sacrificarte a ti mismo si eso evitara que alguien más resultara dañado. Pero... no lo hagas. Ya te perdí una vez. No quiero perderte otra vez. No así.
No te manches las manos y te conviertas en un regicida. No eres así.
Me resultaba difícil hablar. Afortunadamente, Lesus, como siempre, me cubrió. Habló por ambos.
–Creo que nuestro plan para atacar al rey te beneficiaría.
Entonces explicó nuestros planes detalladamente, y cuando finalmente pude volver a hablar, también metí mi cuchara. Nuestro plan ya estaba en movimiento. Ahora sólo hacían falta los actores. Podríamos haberlo hecho sin Roland (de hecho, ése había sido el plan original, que alguien más fingiera ser nuestro Señor de la Muerte perdido, en lo que prometía ser una puesta en escena espectacular), pero ¿quién mejor para el papel que el mismo Señor de la Muerte?
Roland no discutió ni una vez por la semántica de "escuchar" mientras le detallamos nuestros planes. Parecía que había agotado su cuota de expresiones interesantes por el día, porque sólo mostró una cara inexpresiva.
¿Quizás lo impactamos tanto que ya no sabe cómo reaccionar?
Después de todo, si yo hubiera estado en su lugar, habría discutido hasta mi último aliento, o bueno, en el caso de Roland, hasta desintegrarme, que sólo había prometido "oír lo que tenía que decir" en el sentido de "escuchar", no "escuchar órdenes". Pero él no protestó en absoluto. No sabía si estaba siguiéndonos la corriente por la promesa que nos había hecho o porque estaba demasiado desconcertado para rehusarse.
Aun así, prefiero pensar que era porque teníamos objetivos en común.
Cuando terminamos de hablar, Roland por fin consiguió usar su boca.
–Esto... es un plan ridículo. ¿A quién se le ocurrió?
–Oye, me ofendes. No es un plan loco. Es sólido, ¿de acuerdo? Solucionará todos nuestros problemas de una vez –dije–. Si necesitas saberlo, fueron las mentes de... –deslicé los ojos hacia Lesus– Grisia y yo quienes tramaron este plan.
–No lo llamaría un plan muy sólido –dijo Lesus con firmeza–, pero es lo mejor que se nos ocurrió. Funcionará –Lesus se volvió hacia Roland–, siempre y cuando estés dispuesto a ayudar, Roland.
–Nunca supe que tanto el Caballero Sol como el Caballero Juicio fueran así de temerarios –comentó Roland–. De verdad me están pidiendo que coopere con ustedes. A mí. Un señor de la muerte.
Sonreí levemente.
–Te has perdido de mucho, Roland. Debiste mantenerte en contacto –dije con sorna.
Ah, ¿me estaré delatando?
Después de todo, no había intentando fingir que era Lesus en lo más mínimo. No desde que Roland se nos había acercado.
Roland inclinó la cabeza para estudiarme más detenidamente. Cambié de postura, apretando las manos antes de recordar que todavía tenía un pedazo de pay de mora azul en mi poder. ¿Qué debería hacer con esto?
Entonces habló.
–Te recuerdo. ¿No eres el que nos ayudó a Grisia y a mí a derrotar a esos bravucones que nos tenían rodeados afuera del campo de entrenamiento?
Una sombra de reconocimiento pareció pasar por los ojos azules cuando también ubicó a Roland. Los ojos de Roland se dirigieron a él brevemente antes de volver a enfocarse en mí.
Ahora que Roland lo mencionaba... Sí había pasado eso, ¿no? Casi lo había olvidado. Fue en aquella vez en que Roland y yo habíamos sido rodeados por diez personas más o menos, o debería decir... ¿que era yo el que estaba rodeado? Roland había venido en mi ayuda, y se había visto involucrado. Parece ser que en aquel entonces atraía a toda clase de bravucones. Bueno, todavía atraigo a toda clase de adversarios, pero hey, ahora devuelvo los golpes fuerte, aunque nunca sea con mis puños o espada.
Hablando en serio, diez personas habían sido mucho, hasta para Roland. Me las había arreglado para escabullirme y buscar a Lesus para que nos ayudara. Cuando escuchó que eran diez contra dos, no dudó un instante. Después de que Lesus se nos uniera... digamos que esos bravucones no tenían oportunidad.
Me habían golpeado tantas veces en el pasado que en realidad no había puesto atención a si mis salvadores se habían conocido. Estos dos esgrimidiotas... si tan sólo Roland hubiera decidido permanecer en el Templo Sagrado, quizá uniéndose a uno de los pelotones de los Doce Caballeros Sagrados (hasta podría haber llegado a vice-capitán) estoy seguro de que habrían llegado a ser grandes amigos.
Y podría haber evitado...
Si tan sólo...
Si tan sólo...
Asentí lentamente.
–Gracias –dijo, años después del suceso, a la persona equivocada. Bueno, estaba de frente a ambos, y parecía estar más inclinado hacia Lesus que hacia mí, pero tenía que estar agradeciéndome a mí. Al Caballero Juicio.
Supongo que, al final, no me delaté. Una parte de mi se sintió...¿decaído?
Soy Grisia, ¿o no?, quería decir. ¿No me reconoces? ¿Me... perdonarás algún día?
De repente, Roland sonrió con una de esas pequeñas sonrisas que apenas era una sonrisa, pasando la vista de Lesus a mí. Así que todavía no se le acaban las expresiones... entonces, me dijo, como si fuéramos los mejores amigos y nada más estuviéramos poniéndonos al día.
–Encontraste un buen amigo. Me alegro.
Bueno, gracias por el cumplido, Roland.
Sin embargo, la forma en que lo dijo se sintió... rara.
Roland no dijo más mientras nos acompañaba a casa de Pink. Había pensado que iba a desaparecer misteriosamente, pero tal vez ya no había necesidad, no cuando ya todos estábamos en el mismo barco, más o menos. Algo así. ¡Me frustraba que Roland todavía no me reconociera! Pero... ¿de quién había sido la culpa por perder el contacto con él?
Sorprendentemente, Pink estaba en casa. Casi había creído que no estaría, considerando cómo suceden las cosas en las historias. Cedí al anhelo de abrir su puerta de una patada. Se lo merecía en serio. Mi pie se estrelló en su linda puertecita. Salió volando, revelando el interior excesivamente rosado.
–¿Qué tenemos aquí? –dijo una voz de niña.
Ella era cualquier cosa, menos una inocente pequeña. Jamás me había engañado, y no me iba a engañar esta vez.
–Pink –gruñí, con la voz profunda de Juicio.
–Hola, Caballero Juicio~ –canturreó Pink. Nos vio desde donde estaba sentada, descansando en una silla rosa con sus zapatos rosas muy elevados frente a ella. Podía ver claramente sus calzones rosas con la forma tan escandalosa en que estaba sentada–. ¿O eres mi futuro aprendiz?
Le arrojé el pay de mora azul a la cara.
–¿Tú qué crees?
Continuará
N/A: ¡Nos acercamos al final! Bueno, casi. Todavía quedan unas cuantas partes más. Soy pésima para calcular un número exacto. ¡Gracias por seguir la historia, y bienvenidos, nuevos lectores! :)
