Capítulo veintiséis: historias antes de mundo de ensueño
Esa noche, de regreso en la mansión de los Doppler, el único tema de conversación fue la visita al puerto. Delbert y Helen casi podían imaginar claramente cómo fue el paseo por lo detallado que era el relato de los niños. Continuamente le agradecían a su madre por haberlos llevado ya que en muchos sentidos el viaje había resultado mejor de lo que habían imaginado. Quizás la que más disfrutó fue Rose porque desde que salieron del teatro, no dejaba de practicar sus giros y piruetas; tratando de imitar lo que había visto. Todos estaban impresionados por la danza que ejecutaba con gracia y delicadeza. Eso hizo que ella sintiera mucha gratitud hacia su familia. Sin su apoyo, no habría podido conocer a su bailarina favorita y no estaría lo suficientemente inspirada para efectuar bien los pasos de ballet que le resultaban difíciles.
Pero si los niños creyeron que la diversión había terminado, lo mejor estaba por venir. Amelia anunció durante la cena su intención de llevarlos a conocer su planeta de origen y el de Delbert en las próximas vacaciones. Al parecer, Derek había acertado con su deducción. Ella ciertamente había pasado algún tiempo considerando esa idea y ahora que sus hijos estaban familiarizados con los viajes espaciales, supuso que ya era el momento adecuado para ese viaje. Y como si no hubiese sido suficiente emoción para los niños, su padre les informó de la fiesta de bienvenida de su tío Jim. Ellos no podían creer cuantas cosas buenas les estaban ocurriendo en un solo día.
"Debe ser por obra de la sagrada Britana y de Galviani." Mencionó Amelia.
La hora de dormir por fin llegó, y con ella el final de un fabuloso día para los niños. Helen ayudó a cada uno de ellos a asearse, los acompañó a sus respectivas habitaciones y los vistió para ir a la cama. Después, se dirigió a la habitación de Amelia y Delbert y tocó la puerta. "La tripulación está lista para abordar el RLS Tierra de Ensueño." Anunció ella alegremente cuando la dejaron entrar. La Capitana y el Doctor le agradecieron muy cordialmente por su asistencia y le desearon buenas noches antes de que se retirara.
"¿Estás segura de que quieres hacer esto, querida?" le preguntó Delbert preocupado. "Luces algo cansada. Tal vez sea mejor que me lo dejes todo a mí y tú sólo les das el beso de despedida."
"No es necesario, cariño, pero si eso es lo que deseas hacer, no tengo ninguna objeción." Respondió ella sonriendo. "Adelántate y diles que enseguida estaré con ellos." Delbert le frotó cariñosamente la espalda y salió de la habitación.
Puede decirse que en la familia Doppler tenían varias tradiciones que cumplían a cabalidad. Una de ellas, la que más les encantaba a los niños, era la que se llevaba a cabo en la noche de los sábados. Sólo en ese momento podían pedirles a sus padres que les contasen historias antes de ir a dormir. Relatos de aventuras, poemas, canciones, leyendas Cánidas ó Felínidas, en fin, toda una gama de cuentos que por lo general eran bastante largos. Pero a Amelia no le gustaba que sus hijos estuviesen despiertos hasta tarde, por lo que sólo permitía esto una vez a la semana. Sin embargo, a ella también le gustaba esa tradición porque sus padres (y su hermana) solían hacer lo mismo cuando ella era pequeña. Así que, en cierto sentido, ella creía que estaba continuando con un legado familiar.
Cuando la Capitana terminó de ponerse su ropa de dormir, se dirigió a la habitación de Rose. Se paró detrás de la puerta que estaba entreabierta al escuchar la voz de su esposo.
"…y ahí estábamos; apunto de ser absorbidos por el agujero negro. Yo estaba convencido de que nuestras probabilidades de supervivencia eran irremediablemente cercanas a cero. Pero tu madre, demostrando increíble valentía y astucia, pudo idear un plan para sacarnos de allí…"
Amelia oyó a su hija exclamar de emoción y pensó que sería mejor volver después para no interrumpir la parte interesante de la historia. Bajó hasta la cocina, se sirvió un vaso con agua y se tomó un par de calmantes. "Esta noche no, por favor," susurró apretando los párpados y con una expresión angustiada. "no ese horrible sueño. Ya tengo suficientes cosas en la cabeza que no me dejarán dormir…" ella había pasado toda la noche tratando infructuosamente de olvidar los incidentes del puerto. Para evitar que le diera jaqueca trató de ocupar su mente en otra cosa. Abrió una gaveta, agarró un libro de recetas y comenzó a revisarlo.
Ella rara vez tenía que cocinar porque a Helen le encantaba hacerlo y además sus platillos eran exquisitos. Cuando La Capitana era soltera acostumbraba comer sólo en restaurantes y lógicamente como resultado (al igual que su habilidad para elegir vestidos) su destreza para preparar comida era limitada. Su paladar tampoco era demasiado exigente porque una vez, cuando se perdió explorando la luna Agnoto, tuvo que comer cosas que prefería no recordar. Curiosamente, en ella despertó el deseo de cocinar para su familia (no estaba segura por qué pero ella suponía que tenía algo que ver con lo que la gente llama instinto maternal). Cada semana intentaba preparar algo nuevo esperando encontrar un plato que le quedara delicioso… o al menos comestible.
"Ésta se ve bien." se dijo a sí misma. "No es muy complicada." marcó la página del recetario y lo guardó de nuevo en el estante. Subió las escaleras y fue hacia la habitación de Rose. En el camino escuchó la voz de Delbert pero proveniente de la habitación de Victoria.
"…los amotinados estaban tras nosotros pisándonos los talones. Subimos a uno de los botes mientras tu madre nos cubría disparándoles a esos rufianes. Francamente, no sé cómo hizo para mantenerse controlada en esa situación, pero gracias a eso tuvimos la oportunidad de escapar…"
Amelia llegó a su destino. La luz estaba apagada y vio que Rose parecía dormir tranquilamente en su cama. Ella se aproximó, le quitó suavemente el cabello de la frente y le dio un beso. "Que duermas bien, mi bailarina."
Rose abrió los ojos y cuando su madre estaba a punto de salir, la llamó. "Espera, mamá, tengo algo que mostrarte ¿Podrías, por favor, abrir las cortinas?"
Amelia así lo hizo y en el momento en que la luz de Crescentia entró como un raudal en la obscura habitación, todo se iluminó con puntos de colores. La Capitana se sorprendió y se dio cuenta que la fuente de tal espectáculo era el estante lleno de cristales opuesto a la ventana. A Rose le llamaban mucho la atención las cosas brillantes y por eso empezó a coleccionar cristales raros que reflejaban luz con intensidad.
"¿Te gusta?" inquirió la pequeña.
"¡Es hermoso, querida!" respondió sinceramente su madre.
"Le dije a Derek que mi colección era más que sólo piedras de 'interesante composición' porque ellas ilustran exactamente lo que siento; todo lo que en apariencia parece mundano, oculta una belleza interior."
"Tienes toda la razón." estuvo de acuerdo Amelia, todavía admirando la obra de su hija. "Y tú eres toda una artista."
"Gracias." Rose sonrió de nuevo y acurrucó la cabeza en la almohada para volver a dormir.
La Capitana cerró las cortinas y antes de hacer lo mismo con la puerta, se despidió. "Hasta mañana, mi cielo."
"Hasta mañana."
A Amelia no dejaba de impresionarla la creatividad de su hija. Mientras recorría el pasillo de pronto sintió la voz del Doctor. Se detuvo un momento y notó que venía de la habitación de Catherine.
"…oh, noble príncipe, tu espíritu es inquieto. La Aventura es tu barco y la emoción la llama que lo impulsa. Nada ha de sosegar tu deseo de explorar, como jamás han sido domados los corazones de los que navegan en busca de su destino. Pero, oh, destino cruel. Tú que nos pones a prueba y nos haces añorar el calor de nuestro hogar, le has traído desgracia a Jonathan en forma de cometa…"
La Capitana prosiguió a la habitación de Victoria y cuando llegó, la encontró sentada en la cama, al parecer esperando por ella. Su madre se acercó y comenzó a acomodarle la almohada. "Fue demasiado interesante la historia de tu padre como para dormir ¿eh?"
"De hecho, demasiado larga como para contarla completa." respondió su hija. "Esperaba que tú la continuaras."
"Lo siento, sólo una historia por persona." replicó Amelia mientras la ayudaba a recostarse.
Victoria cruzó los brazos. "Pero eso no cuenta si es la misma."
"Buen intento, pero esta noche sólo tu padre contará historias." intervino rápidamente su madre.
"No perdía nada con intentarlo." dijo la pequeña encogiendo los hombros.
La Capitana entornó los ojos y sacudió la cabeza. Luego miró a su alrededor y empezó a poner en su lugar algunas cosas que por lo visto habían sido movidas después que Helen las había ordenado.
"Mamá" dijo de pronto Victoria.
"¿Sí, cariño?"
"Yo…" su hija estaba un poco dudosa y parecía estar pensando las palabras adecuadas para expresarse. No obstante, decidió que no era algo tan importante y apartó la mirada "…nada, es una tontería. Mejor olvídalo."
A Amelia le pareció extraña la indecisión de Victoria. Ella casi nunca necesitaba ayuda para compartir sus sentimientos, a menos que se tratara de un asunto verdaderamente delicado. Su madre se sentó a su lado y le puso una mano en la mejilla. "Linda, sabes que puedes confiar en mí. No importa lo que sea, yo haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarte."
La pequeña asió la mano de su madre y la apretó suavemente. "Bueno, si realmente quieres saber, estoy algo nerviosa por las finales de natación."
"¿No te sientes preparada?" inquirió la Capitana.
Su hija entrelazó las manos sobre el estomago y miró al techo. "No, no es eso. Tengo mucha confianza porque mi tiempo de nado es el mejor que ha habido en la escuela. Es sólo…" hizo una pausa y luego volteó a verla. "¿Qué tal si ocurre lo mismo que el año pasado?"
"Ah, ya entiendo. No te angusties por eso, mi amor," la confortó Amelia dándole unas ligeras palmadas en la pierna. "sólo fue un accidente. Lo único que debes hacer es tener más cuidado y no volverá a suceder."
"Eso es justamente lo que me preocupa ¿Qué tal si no soy lo suficientemente cuidadosa y me vuelvo a lastimar el tobillo justo antes de la competencia? Entonces todo el esfuerzo que he hecho hasta ahora habrá sido en vano y todos mis compañeros de equipo se sentirán desilusionados." Victoria tenía una legítima razón para estar nerviosa y aunque sabía que algo así era improbable que volviese a pasar, ni siquiera su madre podía asegurar que ningún percance sucedería antes de la competencia.
Amelia permaneció en silencio haciendo trabajar su mente a máxima capacidad para encontrar una solución al dilema. Pero con cada segundo que pasaba su hija sólo parecía tener más dudas. De pronto, tomó el calendario que estaba en la mesa de noche junto a la cama y luego de ojearlo, se le ocurrió una manera de animarla. "Las finales son dentro de tres semanas ¿no es así? Pues te alegrará saber que la fecha coincide con la Semana del Renacimiento de Britana. Estoy absolutamente segura de que ella te concederá su bendición y no permitirá que nada malo te pase."
Victoria arqueó una ceja. "¿De verdad crees que ella me va a ayudar?"
La Capitana se sorprendió por su tono notablemente escéptico. Ella podía esperar eso de un adulto pero no de una niña pequeña, especialmente de alguien con una mente tan abierta como la de Victoria. Quizás algo había provocado que ella sintiese lo mismo que experimentan los niños humanos cuando descubren la verdad sobre aquel que les trae regalos en navidad. Pero de ninguna manera Amelia iba a permitir que su hija perdiera la fe siendo tan joven. "Hija, sabes que soy una persona honesta y sincera. No te estaría diciendo esto si no lo pudiese comprobar."
"¿Qué quieres decir?" preguntó la pequeña con creciente interés.
"Ya conoces lo que dice la tradición. En los días previos al Renacimiento de Britana, todos los Felínidos son bendecidos. Cosas buenas le pasan a los que creen de corazón. No sé si esto ayude a convencerte, pero el día que me promovieron a capitana y día que me enamoré de tu padre ambos sucedieron durante el Renacimiento."
Victoria estaba desconcertada y sin saber qué pensar. Pero al menos parecía estar más tranquila y además había cierto brillo en sus ojos que algunos podrían llamar esperanza. Amelia le colocó la sábana encima y le dio un beso antes de irse.
Podrían pensar que se sentía bien consigo misma después de reconfortar a su hija, pero mientras caminaba en dirección a la habitación de Catherine, su rostro lucía como el de alguien que había hecho algo indebido. No era por lo que había dicho, sino por lo que había olvidado mencionar. La bendición de Britana solía ser una forma de aliviar un profundo dolor. Puede ser que su ascenso a capitana y enamorarse de su esposo hayan sido ocasiones memorables pero ocurrieron luego de perder a su querida hermana y a su gran amigo y mentor; Alexander Arrow.
Una vez más la Capitana escuchó una voz que ya han de imaginar a quién pertenecía, pero esta vez desde la habitación de Derek.
"…así es, hijo mío, ¡400 años! Nadie se explica cómo fue posible que un Cánido viviera tanto tiempo pero es un hecho histórico confirmado. Los Torley son los únicos que tienen un promedio de vida tan largo y sólo viven hasta 300 años. Algunos consideran esto como prueba de que él era la encarnación de Galviani el Piadoso, pero yo personalmente creo que lo más importante fueron sus increíbles hazañas. El capitán Antonio Lotario viajaba a dondequiera que había guerra y él casi siempre le ponía fin a los conflictos sin recurrir a la violencia. De ahí su otro nombre: Eirinio Presbisu; el enviado de la paz…"
Catherine estaba acostada cuando su madre se apareció en la puerta. Amelia se paró a su lado y ella levantó la vista. "Señor Abrazos, por favor." pidió la pequeña.
La Capitana se aproximó al estante donde había por lo menos media decena de peluches, tomó uno que parecía un pulpo, regresó con ella y se lo entregó. Luego, cuando terminó de arroparla, se sentó en el borde de la cama y la besó en la mejilla. "Buenas noches, mi amor, que tengas dulces sueños."
"Buenas noches, mamá." respondió Catherine abrazando su peluche. "Y gracias otra vez por llevarnos al puerto, hoy me divertí como nunca."
"Yo también me divertí mucho con ustedes, cariño." mencionó Amelia. "Lo único que me entristece es que no hayas tenido oportunidad de ver a las orcas como querías."
"No importa," la despreocupó su hija. "no podíamos saber que su temporada de migración está retrasada este año. Pero lo importante es que todos disfrutamos de un momento agradable. Además, papá dice que hay otra manera en que puedo observarlas."
"¿En serio?, ¿cómo?" inquirió su madre con cierta curiosidad.
"¿Recuerdas que él me susurró algo cuando creí que no podría ir a la Fundación Baker? Bueno, me dijo que a veces las orcas pasan tan cerca de Montressor, que es posible verlas con un gran telescopio, así que cuando ellas vengan me va a permitir utilizar el que tiene en su observatorio."
La Capitana esbozó una sonrisa. "Eso es muy considerado de su parte. Me alegro por ti, corazón, tienes suerte de tener un padre tan maravilloso."
"También tengo una madre maravillosa." agregó la pequeña.
Amelia le acarició la cabeza, se levantó, apagó la luz y antes de marcharse se volteó hacia ella. "Te quiero."
"Y yo te quiero a ti, mamá."
El optimismo de su hija era algo que la llenaba de orgullo. Aún si no obtenía lo que deseaba, Catherine siempre se las ingeniaba para mantener el ánimo en alto y nunca dejaba de pensar en los demás. Quizás con un poco de suerte, sus buenas acciones serían recompensadas y se cruzarían con un grupo de orcas durante su viaje de vacaciones.
Derek fue el último que recibió la visita de su madre y como de costumbre, estaba leyendo un libro cuando ella entró en su habitación. Él rápidamente lo cerró y lo colocó en la mesa de noche. Al aproximarse, la Capitana vio en la portada a un Cánido vistiendo un uniforme de espacial y con una venda en los ojos. El título decía: Los Enigmas del Capitán Lotario. El pequeño sentía mucha admiración por este personaje (la mayoría de los Cánidos lo consideraban el más grande héroe de la historia) y la fascinación por su leyenda siempre había inspirado a muchos niños a seguir sus pasos uniéndose a la Armada. Él sabía muy bien que a su madre no le agradaban ese tipo de lecturas, sin embargo, Amelia respetaba su derecho a leer lo que él quisiera. Prefirió no hacer ningún comentario y simplemente se dedicó a prepararlo para dormir.
"Mamá, ¿te puedo hacer una pregunta?" dijo de pronto su hijo. "Bueno, técnicamente acabo de hacerlo pero lo que quiero decir es… me refiero a… hmm… ya sabes… yo quería…"
"Sí, sí, te entiendo." respondió ella arreglando la almohada. "Pregunta lo que quieras."
"Hoy, cuando estaba en tu oficina esperando a Rose, vi tu colección de espadas." Él se quedó callado esperando ver cómo reaccionaba su madre.
"Difícilmente puede llamarse colección." replicó Amelia sin darle demasiada importancia al asunto y cubriéndolo con la sábana. "sólo tengo tres."
"Eso es exactamente lo que quería saber ¿por qué tienes tan pocas?" inquirió el pequeño, intrigado. "Según entiendo, es costumbre que un capitán vencido en combate entregue su espada al vencedor ¿acaso no ganaste muchas batallas cuando estabas en la Armada?"
La Capitana suspiró, se sentó a su lado y lo miró con seriedad. "Muy bien, en primer lugar, debes saber que esa costumbre sólo se aplica cuando se captura una nave, lo cual es muy difícil de hacer en pleno apogeo de una batalla estelar entre flotas. En segundo lugar, yo nunca aprobé esa práctica. Me parece de muy mal gusto exhibir un trofeo obtenido por la humillación de otro capitán. Y para que quede claro, una de esas espadas perteneció a mi hermana y la otra a un viejo amigo mío. Sólo una de ellas la gané en batalla y la conservo únicamente para recordarme lo importante que es vivir en paz con nuestros semejantes."
Derek engulló y se arropó hasta la nariz con la sábana. "De acuerdo, ya entendí. Lamento haber preguntado."
Amelia se dio cuenta que había usado un tono más severo de lo necesario. Cerró los ojos y arrugó la frente. "¡Ya basta! Tengo que dejar de actuar así cada vez que mencionan la Armada." se reprendió a sí misma. Luego, levantó a su hijo y le dio un abrazo. "Perdóname, no estoy enojada contigo. No quise hablarte de esa forma."
"Sí, lo sé." contestó él dándole unas suaves palmadas en la espalda. Ella le dio un beso en la frente, le deseó buenas noches y lo acostó de nuevo. El pequeño notó algo de vergüenza en los ojos de su madre, por eso trató de hacer que olvidara el asunto cambiando de tema. "También vi a la tía Victoria."
La Capitana se quedó mirándolo. "¿Qué?"
"Quise decir su retrato." aclaró él. "¿quieres saber cómo supe que era ella?"
Su madre sonrió y entornando los ojos, suspiró. "Está bien. Cuéntame ¿cómo lo adivinaste?"
"El retrato está colgado en la pared frente a tu escritorio, así que debes verlo cada vez que te sientas allí, por lo tanto debía tratarse de alguien muy especial. Deduje que era parte de la familia porque su parecido con mi hermana Victoria es increíble. La única diferencia era su cabello rizado. Tenía puesto un uniforme de oficial, y ya que tú y la tía Victoria son las únicas mujeres de la familia que han prestado servicio en la Armada, no me fue difícil llegar a la conclusión que ella era la que estaba pintada en ese retrato."
"Nunca dejas de asombrarme, mi pequeño," mencionó ella acariciándole la mejilla. "pero llegó la hora de que este detective se vaya a dormir."
"Sí, mamá."
Ella cerró la puerta al salir. Una vez que se aseguró que todos sus hijos descansaban tranquilamente, se retiró a su propia habitación. Delbert aguardaba sentado apoyándose en la cabecera de la cama. Estaba escribiendo con lápiz en una libreta. Probablemente preparaba sus notas para el seminario de la próxima semana, como lo había estado haciendo las últimas noches. Cuando sus miradas se cruzaron, intercambiaron sonrisas. Amelia se sentó frente a su peinadora y empezó a sujetarse el cabello con horquillas. Normalmente, sólo tardaba unos segundos para colocárselas todas, pero esa noche la tarea pareció más complicada de lo usual ya que ponerse dos le llevó un par de minutos. No era debido a que su cabello estuviese rebelde, sino porque las palabras de la reina aún resonaban en su cabeza. Y si cerraba los ojos, veía vívidamente la amenazante imagen del Coronel. Encima de eso, debatía consigo misma si debía comentarle lo ocurrido a su esposo, pues al fin y al cabo en eso se basaba su matrimonio; confianza mutua para resolver problemas juntos. Sin embargo, no quería darle motivos para preocuparse porque si ella ya lo estaba, él de verdad podría tener un ataque de nervios.
Delbert se encontraba en una situación similar concerniente a lo que había escuchado en la librería. Repasaba mentalmente todo lo que podía recordar del incidente, preguntándose si era el mejor momento para hablar con su esposa al respecto como le había aconsejado Sarah. No obstante, cada vez que se miraban, sólo volvían a sonreír y de inmediato desviaban la vista. Uno de los dos tendría que hablar eventualmente porque el silencio comenzaba a ser incómodo. Ellos estaban acostumbrados a conversar en las noches porque sus ocupadas agendas sólo les concedían esos momentos para hacerlo. Si continuaban así, alguno comenzaría a sospechar que algo no estaba bien.
"¿Cómo está tu amigo, el señor Jones?" preguntó de pronto Delbert, dejando de escribir.
A Amelia se le resbaló la caja con horquillas, la cual cayó haciendo ruido y su contenido se regó sobre la peinadora. "¿Cómo supiste que él está aquí?"
El Doctor se extrañó y respondió cuidadosamente: "Derek me dijo que lo conoció en la academia."
"¡Oh! Cierto…" dijo ella arreglando el pequeño desastre. "…casualmente nos encontramos con él y con mi antiguo profesor; el señor Hooks."
"¿El que fue tu maestro de artes marciales?" intervino su esposo.
"De autodefensa. Sí, ése mismo." confirmó ella. "Les presenté a los niños y le pedí al profesor que les diera un tour por la academia. Yo me quedé con Frederick hablando de… nimiedades."
"Hmm… que bien." comentó él. "Hacía años que no sabía nada del señor Jones. Lo último que escuché fue que lo promovieron."
La Capitana terminó de poner todas las horquillas en la caja y la guardó en una gaveta. "Así es, ahora todos lo llaman almirante Jones."
"¿Qué te parece?, ¡almirante!" exclamó Delbert. "Deberías invitarlo a cenar uno de estos días para celebrar su ascenso."
"Eso no será posible, querido," replicó su esposa. "Frederick sólo vino aquí temporalmente y al parecer estará muy ocupado durante su estadía."
El Doctor arqueó una ceja. "¿Asuntos oficiales?"
Amelia se limitó a asentir sin dar detalles.
Él continuó escribiendo en su libreta. "Entonces es una afortunada coincidencia que hayas ido hoy con los niños a la academia. Tuviste la oportunidad de saludar a un amigo y ellos… bueno, demás está decir que se divirtieron. Te dije que pasar tiempo con nuestros hijos sería beneficioso para todos."
La Capitana bajó la mirada y se puso a reflexionar. Si pensaba sólo en los momentos agradables que había pasado con los niños, los inconvenientes del paseo resultaban efímeros e irrelevantes. Entonces, sus preocupaciones parecieron disminuir y se sintió con más energía. "¿Sabes qué, Delbert? Tienes razón, en mi vida nunca había disfrutado tanto al ir al puerto espacial. De ahora en adelante, siempre voy a escuchar todo lo que me digas."
"Que bueno escuchar eso." pensó su esposo, mostrando una media sonrisa. Era la primera vez que la veía más contenta desde su regreso y no quería arruinar su buen humor, así que decidió guardar sus propias inquietudes para comentarlas en otra ocasión.
Amelia finalmente se sentó en la cama, apoyando sus manos y su barbilla sobre el hombro de Delbert. "Y hablando de pasar el tiempo, Helen me dijo que estuviste casi toda la tarde en la posada Benbow."
El Doctor de repente afincó demasiado el lápiz y le rompió la punta. "Sí… yo… yo… creí que… era la ocasión más… propicia para visitar a Sarah."
Su esposa cerró los ojos, ahora descansando sólo la mejilla en su hombro. "¿De qué platicaron además de la fiesta para James?" inquirió ella algo somnolienta.
Él hizo a un lado la libreta junto con el lápiz y recostó su cabeza sobre la de ella. "Ya sabes, sólo… recordando eventos del pasado."
La Capitana se cubrió la boca al bostezar. "¿Cuáles eventos?" respondió medio dormida, creyendo que él le había preguntado.
"Nuestra boda, por ejemplo." contestó Delbert.
"Sí, quiero casarme contigo, Delbert." Amelia de inmediato abrió los ojos al darse cuenta de la tontería que acababa de decir y miró a su esposo. "Lo siento, mi amor, estaba en las nubes, ¿me decías algo de nuestra boda?"
"Dije que estuve hablando de ella con Sarah." repitió el doctor.
"Oh sí, la recuerdo como si hubiese sido ayer." comentó ella acostándose boca arriba sobre la almohada. "Debiste ver lo emocionada que se puso mi madre cuando le dije que me iba a casar con un doctor."
Delbert se recostó de su propia almohada, con una mano detrás de la cabeza y con la otra sosteniendo la mano de su esposa. "Imagina su decepción cuando descubrió qué clase de doctor soy."
"Oh, cariño, no estaba decepcionada." lo consoló la Capitana, dándole unas palmadas en el hombro. "Yo más bien diría que ella estaba aliviada. Siempre pensó que si alguna vez decidía casarme, lo haría con un capitán. Creo que estaba muy contenta porque tú encajabas con el tipo de pretendiente que ella quería para mí."
"¿Ah, sí?, ¿De qué tipo?" quiso saber él.
Amelia se acostó de lado, apoyando su cabeza sobre su mano y acariciándole el brazo a Delbert con un dedo. "Del tipo amable… educado… inteligente…"
"¿Buen mozo, tal vez?" agregó el Doctor, peinándose el cabello con la mano y posando de perfil.
"Todo un Adonis." respondió su esposa, sonriendo.
"Pues si eso es lo que ella piensa, tienes suerte que me hayas visto primero." bromeó él.
"¿Quién dice que ella es la que piensa todo eso de ti?" dijo retóricamente la Capitana justo antes de empezar a besarse con él. Cuando terminaron, ella descansó la cabeza sobre el pecho de su esposo mientras él le acariciaba gentilmente una oreja.
El Doctor de pronto se detuvo y frunció el entrecejo. "Al menos su reacción fue más comprensible que la de mi madre."
"Esa sí que fue toda una experiencia para recordar." mencionó Amelia riendo.
"No para mí." dijo él seriamente.
"Por favor, querido, fue muy gracioso. Hasta me parece que eso ayudó a que ella se encariñara mucho conmigo."
Delbert se veía molesto. "Todavía no entiendo cómo pudo pensar algo así de mí."
Su esposa alzó la vista. "No puedes culparla completamente por lo ocurrido. Debes aceptar que tú fuiste en parte responsable. No debiste ser tan ambiguo al decirle con quién te ibas a casar."
"Mi intención fue darle una sorpresa." se defendió él.
"¡Y vaya que lo lograste!" exclamó ella. "Supongo que en ese aspecto tu madre es, perdona la expresión, un tanto anticuada."
"Tienes razón, ambos nos equivocamos, pero no tenía por qué hacer lo que hizo." replicó su esposo. "Fue humillante oírla hablar sobre lo que es natural y de su deseo de tener nietos consanguíneos."
La Capitana lo abrazó afectuosamente para calmarlo. "No te enojes así, ella sólo estaba preocupada por tu bienestar."
"Ya lo sé, ¿Pero traer a toda la familia para convencerme? Eso fue demasiado exagerado."
"Tú heredaste ese rasgo familiar, querido," dijo Amelia conteniendo la risa. "pero velo de este modo, nos ahorramos el viaje para conocer a todos tus parientes." ella no pudo aguantar más y comenzó a reírse.
Delbert entornó los ojos y cuando consideró que ella ya se había divertido bastante a sus expensas, la interrumpió. "A propósito de anécdotas graciosas, Rose me contó una muy interesante." eso hizo que su esposa lentamente dejara de reír. "No me dio muchos detalles, así que me gustaría oírlo directamente de la protagonista."
"Yo misma me lo busqué." pensó ella. Volvió a poner la cabeza en su almohada y mirando al techo, dijo: "Estás hablando del recital ¿cierto?" su esposo asintió. "Bien, ya que los niños conocen la historia, tarde o temprano la vas a saber, así que es mejor que yo te la diga para que no haya malentendidos. Participé en un recital de ballet con mi hermana Victoria en nuestro primer año en la Academia Interestelar. Todo a causa de una absurda apuesta que hizo con sus compañeros de clase. Los muchachos decían que las muchachas de la academia no eran nada femeninas y que jamás se atreverían a unirse a ese recital. Eso nos ofendía pero mi hermana fue la única que quiso hacer algo al respecto. El problema fue que me arrastró a mí también. Tuvo suerte que las ganancias de la obra serían destinadas a la beneficencia o de lo contrario no le habría permitido convencerme."
"¿Por qué no? Rose dijo que el recital fue un éxito rotundo." intervino él. "Ustedes debieron haber bailado muy bien."
"No fue el baile, Delbert, fue por el vestido que tuve que usar." Amelia se sonrojó un poco. "Yo… siempre fui muy delgada, ese disfraz sólo hacía resaltar mis piernas huesudas."
El Doctor mostró una sonrisa. "Yo pienso que fuiste muy valiente, cariño, hiciste algo que no querías para contribuir con una buena causa. Tus padres debieron estar orgullosos."
"Mi madre no dejaba de decir lo tierna que me veía con ese tonto tutú rosado." se comentó a sí misma torciendo la boca y suspirando con fastidio. "Espero que ella jamás encuentre el lugar donde escondí las fotos del recital…"
Su esposo asió su mano. "Además, pese a tus piernas huesudas, seguramente siempre fuiste una muchacha muy bonita."
Ella volteó a verlo. "Tenga cuidado Doctor Doppler, podría pensar que está coqueteando conmigo."
Los enamorados se quedaron viendo el uno al otro mientras la distancia entre sus labios parecía disminuir lentamente. Pero cuando estaban a pocos centímetros de tocarse, La Capitana se levantó y Delbert chocó la nariz con la almohada. Ella rápidamente se dirigió al armario y sacó una bolsa que tenía la marca de una tienda de ropa en el costado.
"¿Qué estás haciendo?" preguntó él, confundido.
"¡Quédate allí, no te muevas!" le pidió ella. Luego, apagó la luz y se encerró en el baño.
El Doctor se frotó la nariz todavía sin entender lo que sucedía. Minutos más tarde, la puerta se abrió de par en par y un camino de luz se extendió desde el baño hasta la cama. En el umbral apareció lentamente una pierna. Después, surgió un brazo que comenzó a acariciar suavemente la pared. Amelia asomó la cabeza y le envió un beso por el aire. Entonces, entró en la habitación y posó como una modelo de un desfile de modas. Su esposo engulló al ver lo que traía puesto y en cierta forma se alegró de que ella no lo haya dejado acompañarla a la tienda.
Ella se quitó las horquillas del cabello y lo hizo ondular. "¿Cómo luzco?"
A Delbert se le cortó la respiración y como sabía que no podría pronunciar una oración completa, sólo respondió: "¡Magnifica!"
Su esposa sonrió mientras caminaba despacio hacía la cama. Cuando llegó a la orilla, se subió y avanzó gateando hacia él.
El Doctor retrocedió hasta la cabecera sosteniendo su almohada con ambas manos. "S-s-sé que voy a sonar como un idiota, pero… ¿estás pensando lo que creo que estás pensando?"
La Capitana le quitó la almohada y la lanzó. "Esta mañana te hice una promesa ¿recuerdas? Y yo siempre cumplo mis promesas…"
Ella ya se disponía a abalanzarse sobre él cuando Delbert la sujetó de los hombros. "Tal vez voy a lamentar mucho esto, pero temo que esta noche no podrá ser."
Su esposa se sorprendió y arqueó una ceja. "¡¿Qué, por qué no?!"
Al Doctor más le valía tener una buena explicación porque claramente ella estaba ofendida. "Querida, estuviste toda la tarde recorriendo el puerto espacial. Debes estar exhausta. Además, llevas varias noches sin poder dormir bien. Y una… actividad extenuante en este momento, podría hacerte mucho daño. Necesitas descansar."
Amelia estaba a punto de replicar pero cuando abrió la boca, en vez de palabras lo que salió fue un bostezo. Él la miró por encima de sus lentes. La Capitana volteó hacia otro lado, se sentó, arrugó la frente y cruzó los brazos.
Su esposo se acercó a ella con cuidado y le puso una mano en la espalda. "Yo aprecio lo que quieres hacer por mí, en serio. No puedes ni imaginar lo feliz me haces sentir, pero lo que en realidad me importa es que tú estés bien."
Ella suspiró. Delbert usó nuevamente esa tierna voz que siempre lograba persuadirla. "Está bien, haré lo que me diga el doctor."
Ellos se abrazaron y se dieron un último beso de despedida. Luego, él le colocó la almohada y la arropó con la sábana. Después, se levantó para recoger la otra almohada, apagó la luz y regresó a la cama.
El Doctor ciertamente a veces se preocupaba demasiado, pero con los años había aprendido a percibir cuándo su esposa de verdad necesitaba su ayuda. Amelia sentía que en cualquier momento caería rendida por el cansancio y se alegró de que él le hubiese aconsejado acostarse a dormir. "Gracias, cariño." dijo ella sonriendo.
"De nada, mi amor." contestó Delbert.
