Vigésimo Sexta Viñeta para 30Vicios.

Personaje: Percy Weasley.

Tema: Pistola

Palabras: 846

Pistola

Era bien sabido por todos que Arthur Weasley adoraba a los muggles y todo lo que tuviera que ver con ellos. La pobre Molly había sufrido esa extraña pasión de su marido durante años y, después de numerosas discusiones y de largas noches durmiendo en el sofá de La Madriguera, Arthur había decidido llevar todas sus cosas a un cobertizo, fuera de la casa, sí, pero lo suficientemente cerca como para ir a contemplar sus tesoros cuando lo deseara.

Arthur tenía muchas cosas guardadas allí. Abundaban los enchufes y los patitos de goma, pero poseía cientos de objetos muggles. Desde tostadoras hasta abrelatas. Desde sacacorchos hasta televisiones. Todo. Su cobertizo deparaba muchas sorpresas y Percy, a pesar de que solía pasar casi todo su tiempo estudiando, gustaba de ir a curiosear por ahí. Sobre todo después de alguna pelea con los gemelos.

Aquella tarde, por ejemplo, habían tenido una bronca monumental. Percy había expresado su deseo de volver a Hogwarts cuanto antes, y todos parecían haber encontrado un tanto melodramática su actitud. Incluso su madre, que no reprimió una sonrisa cuando los gemelos convirtieron la espesa mata de cabello rojo de Percy, en una marea de pelo verde Slytherin. El tercero de los Weasley se había sentido humillado y había dejado la casa dando un portazo, mientras su madre le pedía que se quedara, afirmando que ella personalmente le arreglaría el cabello.

Percy no había querido escucharla y se había encerrado en el cobertizo. Realmente hacía tiempo que no iba por ahí, pero era mejor ese lugar que estar fuera. Había tormenta y llovía con fuerza, así que el chico se sentó en un desvencijado taburete de metal y rumió su rabia a la espera de templar sus nervios, mientras buscaba mentalmente un encantamiento para volver a ser pelirrojo. Al parecer, a los gemelos siempre les había parecido gracioso cambiar el color del cabello de los demás. Percy reconocía que, algunas veces, era divertido, pero no cuando a él le tocaba ser la víctima. Es decir, la mayoría de las veces.

Al cabo de un rato, se sintió un poco más tranquilo, pero estaba seguro de que no había castigado lo suficiente a su ingrata familia, así que decidió curiosear entre las cosas de su padre. Enchufes nuevos, una curiosa colección de muñecas chinas, un patito de goma de color naranja y tamaño casi descomunal... Y ese chisme muggle, metálico y plateado, con un agujero en un extremo. Percy había leído algo sobre eso. Era una pistola. Los muggles las utilizaban para matarse entre ellos. Sus efectos eran parecidos a los que tenía un Avada Kedavra, aunque el niño sabía que se podía sobrevivir a un... ¿Cómo se llamaba? ¡Oh, sí! Un disparo. Dependía de la zona en que te dieran con esos chismes que se metían dentro. Balas.

Percy examinó con detenimiento el arma. Realmente no parecía muy peligrosa. Ni siquiera sabía por dónde se metían esas cosas, las balas. Miró el interior del cañón, descubriéndolo negro, y lo apartó de su cara, examinando esa palanquita que se movía. ¿Serviría para disparar? Percy bajó la pistola y manipuló el gatillo y...

¡BANG!

Al principio, no dolió. No hasta que no vio la sangre manando de su pie. ¡Maldición! ¡Se había disparado! ¡Él mismo! ¡Demonios! ¿Se podía ser más imbécil? Cuando su madre lo supiera, lo mataría. Había sobrevivido a la pistola, sí, pero no tendría tanta suerte con Molly Weasley. No podía saberlo. Tenía que encontrar una forma de curarse y...

-¡Oh, demonios!

Ahora sí dolía. Tanto, que tenía la sensación de que su pie estaba completamente destrozado. Lentamente, se arrastró hasta el taburete y se sentó, agradeciendo que sus padres no hubieran ido a verle. Debieron confundir el horrendo ruido de la pistola con un trueno, así que estaba de suerte. O tal vez no tanto, porque cuando se quitó el zapato y vio toda aquella sangre que no dejaba de gotear al suelo, supo que no iba a poder arreglar aquel tremendo lío él solo. Y menos aún sin su varita. ¡Demonios! ¿Por qué la habría dejado en la cocina?

Intentó ponerse en pie de nuevo. Debía poder llegar a la casa, aunque siguiera lloviendo y le doliera el pie, pero no sería tan fácil. Afortunadamente, la puerta del cobertizo se abrió y Arthur Weasley apareció ante él. Sonriente y conciliador. Percy supuso que no estaría allí por el disparo. De ser así, hubiera parecido al menos alarmado. Seguramente quería convencerle de que volviera con los demás y dejara de comportarse como un crío, pero cuando lo miró detenidamente y vio su pie ensangrentado y la pistola, aún caliente en el suelo, supo que tendría una mala noche.

Efectivamente, Molly Weasley no se cansó de gritar hasta el amanecer. Tuvieron que llevar a Percy al hospital, eso sí, pero cuando volvieron... ¡Oh! Cuando volvieron, Arthur Weasley tomó la decisión de no llevar más objetos peligrosos a casa. Por el bien de sus hijos y, ante todo, por el de sus pobres tímpanos. ¡Merlín! Seguramente no volvería a oír nada con el oído izquierdo.