Hola! He vuelto! pues bien, sé que quizás algunas deben odiarme, pero es injustificado ya que aunque me tardo, tampoco me tomo dos o tres meses, y les traigo capítulos de setenta páginas :) sí, este es un capítulo tan largo como los otros. Espero que lo disfruten. Pienso que es un capítulo bastante emocional, ya lo decidirán. Quiero agradecerles el apoyo constante, sus mensajes han sido y serán siempre el motor de la historia. Olvidé mencionar el capítulo pasado que he cambiado mi nick: ahora soy MonicaAlejandra55, es que quise poner mi nombre, va, un cambio pequeñito.
Otra cosa que les quería decir es que sí, la escena de Rose comiendo el corazón del caballo fue TOTALMENTE inspirada en game of thrones (por dios amo esa serie! me puede!), antes de ver la serie, había pensado el ritual de forma distinta: el caballo siempre había estado planeado, pero antes pensaba hacer que Rose bebiera toda la sangre de éste. Sin embargo, cuando vi game of thrones dije: esto del corazón me servirá más, por algo que tengo planeado en el futuro y que no diré ahora porque spoilearé la historia jeje.
Chicas y chicos entren al blog del fic www . rojoynegrofanfic . blogspot . com y vean el magnífico fan art que ha hecho Ayelen para el fic, y también los de fabiana! ha hecho de Roxanne&Lysander, Lucy&Alexander, Lily&Lorcan y Albus&Megara! comenten!
Y ahora sí las dejo leer con tranquilidad. Ojalá les guste el capítulo :)
Capítulo XXV
La historia más triste
1.-
Rose yacía al lado de Scorpius con los ojos cerrados, mas no dormía. Tenía la cabeza recostada sobre el pecho desnudo del rubio y escuchaba atentamente su respiración pausada, serena. El calor de la isla era intenso y húmedo; perlaba sus cuerpos con ligeras gotas de sudor que simulaban al rocío de las plantas por la mañana. Los dos eran jóvenes, quizás demasiado, y por eso nada les importaba en aquel momento, solo estar juntos. Ninguno lo decía, pero era innecesario. Tanto Scorpius como Rose podían sentirse mutuamente; podían sentir la plenitud del otro. Y aquello era más fuerte, poderoso y real que cualquier palabra pronunciada.
Rose, aún con los ojos cerrados, sintió los dedos de Scorpius hundiéndose en su cabello con suavidad y ternura, acariciando sus rizos como si fueran suaves pétalos rojos. La otra mano del slytherin resbaló lentamente por la espalda de la pelirroja. Rose se estremeció por la caricia.
Scorpius sonrió.
- Pensé que te habías quedado dormida.- le dijo.
Rose no dijo nada, pero se acurrucó gatunamente entre los brazos del rubio, restregando un par de veces la punta de su nariz contra su pecho desnudo. Sin abrir los ojos, dejó que sus manos corrieran por el torso desnudo del slytherin. Scorpius cerró los ojos, deleitado por la caricia. A su mente volvieron imágenes vívidas de Rose gimiendo tal y como lo había hecho minutos antes contra el roble, mientras él la penetraba como si no hubiese mañana. Era casi inverosímil como su deseo por Rose no se apagaba, todo lo contrario; con el tiempo y el contacto, éste solo parecía incrementar dentro de su sangre. No podía explicárselo, mucho menos comprenderlo. Sus experiencias con otras chicas habían sido distintas; después de tener sexo con ellas un par de veces, se había cansado, y ningún encuentro sexual resultó mejor que el primero, ese en el que había saciado todo su deseo contenido. Con Rose, por el contrario, era como si cada encuentro físico fuese mejor que el anterior, y su deseo no amainaba. Con el tiempo, la gryffindoriana se iba abriendo ante él como una rosa y le mostraba su verdadera identidad, aquello que estaba escondido tras el recato de su imagen impoluta, su rectitud y timidez; aquello al principio no había visto en ella. Solo ahora podía ver la intensidad que llevaba dentro, -era como si su espíritu fuese un ave en llamas-, y eso era una de las tantas cosas que lo seducían. Rose era tímida, pero en su interior había un océano de fuego; era inteligente y apasionada con todo aquello que se proponía. Admiraba esa pasión, especialmente porque él jamás la había tenido. A él siempre le había aburrido todo, encontraba el mundo sencillo y los placeres tediosos por estar al alcance de sus manos; solo con la llegada de la competencia descubrió lo que era realmente querer algo. Sus ansias por ganar se convirtieron en su pasión, en su primera pasión. La competencia de Merlín lo alejó de la banalidad de su vida e hizo que se fijara un propósito, una meta que iba mucho más allá de satisfacer sus propias necesidades. Por primera vez Scorpius encontró algo que realmente deseaba. Rose, en cambio, parecía tener pasión hacia todo en la vida. Desde que los anillos hicieron que pudieran sentirse mutuamente, percibía noche y día, sin ninguna dificultad, cómo la pelirroja experimentaba sensaciones intensas con cosas que a él no le movían un pelo; un olor delicioso, una buena comida, un comentario divertido…pequeñas cosas movían el corazón de Rose con la fuerza de un maremoto. Ya lo había pensado antes: ella sentía como una niña, con la ingenuidad y frescura de la primera vez.
Scorpius aspiró profundo. El olor del cuerpo de Rose flotaba en el aire y se había adherido a su propia piel. Todavía recordaba cómo ella había clavado las uñas en su espalda mientras él la penetraba con fuerza contra el roble. Estaba seguro –por el ardor que sentía en la piel- que le había dejado marcas. Nunca antes había estado tan desinhibida con él; aquello lo había enloquecido. Tuvo que luchar para no terminar rápidamente dentro de ella cuando Rose mordió su hombro y le pidió en el oído que siguiera, que no se detuviera. Aquello lo hizo perder el norte. Que Rose le diera órdenes jamás había sido tan estimulante.
La gryffindoriana detuvo su mano sobre el pecho del rubio y abrió los ojos, examinando la piel que hasta entonces solo había acariciado.
- ¿Y estas cicatrices?- le preguntó.
Scorpius miró su pecho y abdomen. Rose tenía razón: tenía tres cicatrices, una en el pecho y dos a la altura del ombligo. Seguramente eran secuelas de su encuentro con el Gran Triturador.
- Larga historia.- dijo el slytherin. – La tribu en la que estuve me ató a un árbol mágico. Escapé con vida. Es lo que importa.
Rose asintió. Scorpius también detuvo su mano en la espalda de la pelirroja.
- ¿Y las tuyas?- le preguntó. Había visto en su piel porcelánica varios hematomas y algunos raspones a lo largo de su espalda.
Rose suspiró.
- Larga historia.- le dijo. – Me arrastraron por la tierra. Nada del otro mundo.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
- Vaya prueba que nos tocó.- dijo. – Cuéntame. ¿Cómo te prepararon?
Rose se separó del rubio de inmediato y abruptamente se sentó en la tierra. Buscó con la mirada la parte de arriba de su traje y tras encontrarla la tomó. Scorpius notó que su rostro se había vuelto evasivo y algo frío.
- No quiero hablar de eso.- le dijo sin mirarlo, con una voz suave y algo apenada, pero él no lo notó.
Scorpius se mantuvo en silencio viendo cómo la gryffindoriana se ponía la parte de arriba de su traje, y a medida que pasaban los segundos, su humor fue ennegreciéndose. Al principio, cuando Rose le había dicho que no quería hablar de ello, la respuesta lo había dejado descolocado y confundido hasta que poco a poco una idea irritante fue ocupando su mente. Había solo una razón por la que Rose podía no querer contarle lo sucedido con su tribu, y esa razón era la competencia. Probablemente no quería revelarle nada antes de la prueba. Quizás, a pesar de todo, ella no confiara en él. Scorpius no pudo evitar sentirse algo estúpido por pretender que Rose le contase de su entrenamiento. Era evidente que seguían siendo rivales, y aquello no cambiaría hasta que uno de los dos ganara la competencia. El rubio se puso de pie y se abrochó el pantalón en silencio. Definitivamente se había equivocado con Rose cuando creyó que era descifrable y simple; cuanto más iba conociéndola, más se daba cuenta de que el camino hacia el interior de la pelirroja era como un túnel sin fondo. Sabía que había llegado más lejos de lo que cualquiera dentro de ella, pero no tenía idea de cuánto más faltaba para llegar al final. Cuando observaba todo lo que había descubierto de Rose, de su personalidad, de su carácter e ideas, se percataba de que esas cosas estaban llenas de una luminosidad suave y delicada; pero cuando miraba hacia al frente, hacia aquello que estaba escondido y que aún no acababa de descubrir en ella, todo lo que veía era oscuridad, un muro grande y misterioso que lo alejaba y le impedía continuar el camino.
Rose, por su parte, se mantuvo cabizbaja y silente. En su cabeza los recuerdos de lo vivido en la tribu le produjeron un mal sabor de boca. Aún recordaba los ojos inyectados de sangre del caballo mágico, y cómo éste había sido asesinado. Pero, ¿quién era ella para juzgar aquel crimen cuando se había comido el corazón del equino?. Había hecho lo que tenía que hacer, al menos así lo había sentido en ese momento. Sin embargo, ahora dudaba. El caballo, el fuego…todo lo que había vivido en aquella tribu había sido muy doloroso. Era como si toda la violencia inflingida en ella hubiera despertado su adrenalina durante aquellos tres días; como si se hubiese dejado llevar por unos instintos básicos de supervivencia, salvajes, barbáricos. Hasta ese momento no se había percatado de que recordar su estancia en la tribu no le resultaba grato. Mucho menos hablar de ello. Por eso había evitado la pregunta de Scorpius, porque no quería volver a hablar de lo que vivió en aquella selva nunca más. ¿Se habría equivocado dejando que mataran a aquel caballo? Pudo haberse negado, pudo haber huido de allí. De pronto, Rose sintió una presión fuerte en el centro de su pecho. ¿Es que acaso, crecer y aceptar su poder tenía un precio tan alto? Algo en su interior le provocaba un sentimiento de culpa que nunca antes había sentido. Levantó la mirada y meneó la cabeza, tratando de serenarse. Debía recordar las palabras de Albus: ella estaba creciendo y tenía derecho a equivocarse. Equivocarse era aprender. "No soy una mala persona", se dijo a sí misma, "Me gustan los animales, y odio el fuego. Es así como soy. Así soy yo.", se repitió, "Nunca más haré algo que vaya en contra de lo que soy, ni siquiera por esta competencia. Nunca más."
Rose suspiró y miró a Scorpius por primera vez desde que sus pensamientos la envolvieron. Se sorprendió al verlo de pie, como si hubiese esperado encontrarlo en la misma posición de antes, acostado sobre la tierra. Los rayos del sol iluminaban su cabello rubio y despeinado, mientras que tostaban ligeramente su piel. Su torso estaba humedecido por diminutas gotas de sudor tropical. El calor de la isla era intenso.
- ¿Cómo fue tu tribu?- preguntó Rose, obligándose a esbozar una pequeña sonrisa cordial. - ¿Te costó mucho el entrenamiento?
Scorpius, sin mirarla, le respondió:
- No quiero hablar de eso.- le dijo, imitándola.
Rose frunció el ceño y luego sonrió, comprendiendo de inmediato la reacción de Scorpius..
- No te lo tomes personal…- dijo la pelirroja. – Es solo que no quiero hablar de mi experiencia.
Scorpius soltó una risa algo pedante.
- ¿Personal?- preguntó. – No me lo tomo personal, Rose.- la miró con autosuficiencia. – En realidad, no me interesa.
Rose suspiró y se puso de pie, sacudiéndose la tierra que había quedado adherida a sus piernas.
- Si no te interesara, no entiendo me lo habrías preguntado en el primer lugar.- dijo la gryffindoriana en tono conciliador, como si le estuviera hablando a un niño pequeño.
Scorpius le dedicó una mirada indescifrable.
- Te lo pregunté de forma retórica.- le dijo. – No esperaba que me contestaras más allá de un "me fue bien". Estamos compitiendo, sería absurdo que me dieras detalles. Ciertamente, yo no te los daría.
Rose guardó silencio. Hablar de la competencia después de haber hecho el amor no era lo más apropiado. "Vaya forma de arruinar el momento", pensó, pero no dijo nada. Con Scorpius siempre era así. Parecía ser que no lograban comprenderse. Tal vez se debía a que ninguno era totalmente sincero el uno con el otro. Rose lo sabía, y estaba segura de que el slytherin también. Ambos podían sentirse y era fácil percibir cuando se reservaban cosas para sí mismos. Habían aprendido a leerse mutuamente, y cada gesto, por más pequeño que fuera, los delataba. Aún así, siempre les restaba algo de intimidad, y ese punto de privacidad lo protegían con uñas y dientes. Era ese punto oscuro, inaccesible en cada uno de ellos, el que provocaba gran parte de los roces que tenían.
- Ah.- dijo finalmente Rose. – Entonces, no te interesa saber…
- No.- dijo Scorpius.
Rose agudizó la mirada, no creyéndole en lo absoluto.
- Eres demasiado orgulloso, Scorpius.- le dijo.
El rubio la miró como si no comprendiera de lo que le hablaba.
- No sé a qué viene eso.- le dijo con autosuficiencia. – De cualquier forma, no necesito que me cuentes nada. Te siento. Sé muy bien que la tuviste difícil allá. No es necesario que me lo digas.
Rose pestañeó un par de veces seguidas. Ahora que lo pensaba, no recordaba haber sentido a Scorpius más que en unas efímeras, casi inexistentes ocasiones. ¿Habría estado tan agobiada por sus propias sensaciones que no había reparado en las del slytherin? Era la primera vez que le ocurría. Tenía que haber estado en un alto nivel de estrés emocional para haber ignorado completamente las sensaciones de Scorpius.
El rubio miró al cielo. El sol estaba en su apogeo. La tarde había recién empezado. Aún faltaban varias horas para que anocheciera y la competencia iniciara. Se preguntaba a qué clase de peligro se enfrentarían. De la bestia no había lograd recaudar mayor información. Tenía tan pocos datos en sus manos sobre su naturaleza como cuando había entrado a aquella selva.
Al bajar la cabeza soltó un quejido y se llevó una mano a la espalda. Los rasguños que Rose había dejado le ardían en la piel como quemaduras. La pelirroja se preocupó y caminó hacia él.
- ¿Te duele la espalda?- le preguntó con inocencia.
Scorpius clavó sus ojos grises en ella.
- Claro.- le dijo. – Me la has destrozado.
Rose se sonrojó intensamente y bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior. A Scorpius le regresaron a la mente imágenes vívidas de ella mordiéndose los labios para no gritar mientras él se movía impetuosamente en su interior. Tragó saliva. Se le secó la garganta. Su mirada no se despegó de ella ni por un instante.
- No te avergüences.- le dijo, y su voz bajó un tono. – Me gustó que lo hicieras.
Rose lo miró brevemente pero no pudo sostenerle la mirada. Su rostro se enrojeció notoriamente y un calor interno empezó a sofocarla. Los nervios la dominaron y prefirió guardar silencio por unos segundos. Scorpius empezó a verla sexualmente otra vez, y los dos contuvieron el aliento, sintiendo cómo el deseo los poseía de nuevo.
Rose, dispuesta a cortar la densidad del momento, se acercó a la espalda del rubio.
- Déjame ver.- le dijo, extendiendo la mano.
Scorpius la tajó cerrando sus dedos alrededor de su muñeca, impidiéndole alcanzarlo. Sus ojos grises se clavaron en los azules de la gryffindoriana, y una corriente eléctrica los invadió a ambos. Rose tragó saliva. La distancia entre los dos era tan corta que sus respiraciones se mezclaban con naturalidad. Scorpius recorrió, sin intención de ocultarlo, el cuerpo de Rose con su mirada. La pelirroja tembló. "Por Merlín", pensó, "Esto va a consumirme. "
La mano de Scorpius fue aflojando lentamente la presión sobre la muñeca de Rose, y luego, fue deslizándola por la mano de la pelirroja, acariciándola, envolviendo sus dedos con los de ella. Rose lo permitió hacerlo. Se sentía una muñeca entre sus manos; débil, manipulable. Él tenía el control.
De pronto, Scorpius volvió a ejercer presión y la haló bruscamente hacia él. Rose soltó un gemido cuando su cuerpo colisionó con el del slytherin. Rápidamente, el rubio envolvió su brazo alrededor de la cintura de la gryffindoriana. Sus narices se rozaban.
- Aún falta para que anochezca.- le murmuró mientras sus cuerpos empezaban a acoplarse. – Cuando el sol se oculte, volveremos a ser rivales. – la mano cálida del rubio se aferró a su espalda. – Y no dudes que haré todo lo que está en mis manos por quitarte del camino.
Rose, embriagada por el aliento del slytherin y la sensación de sus brazos envolviéndola, se dejaba tocar y abrazar como si no tuviera voluntad. Podía sentir el deseo del rubio por ella creciendo como una marea incontenible y mezclándose con el suyo. ¿Cómo podía un hombre desearla tanto? La sensación de provocar aquello era obnubilante, poderosa. Se entregó a esa sensación y hundió sus dedos en el cabello del slytherin. Con los ojos cerrados, y sintiendo los labios de Scorpius rozándole el cuello, respondió:
- Honestamente.- le dijo casi en un susurro.- No creo que me quieras fuera de tu camino.
Rose dejó que sus labios resbalaran por la oreja del slytherin y luego, pasó su lengua muy brevemente por ésta. Scorpius se estremeció de pies a cabeza y su erección chocó contra la pelvis de la gryffindoriana. Scorpius la apretó aún más contra él mientras sus manos seguían recorriendo su cuerpo.
- Vas a acabar conmigo, Rose.- murmuró, casi para sí mismo. – Vas a enloquecerme.
Y sin esperar más, la besó apasionadamente. Rose gimió dentro de la boca del slytherin cuando sintió la lengua del rubio acariciando la suya con maestría. Ambos se tambalearon y tropezaron con una rama, cayendo al suelo; pero poco les importó. Scorpius volvió a bajarse el pantalón con rapidez y elevó la falda de piel que cubría a Rose. Colocó las piernas de la pelirroja encima de sus hombros, abriéndolas más, y entró. La posición otorgó tal acceso que los dos gimieron al unísono. Scorpius empezó a moverse inmediatamente, con fuerza y ritmo. Rose arqueaba su espalda y gemía sin inhibirse. La selva, de repente, se transformó en el escenario perfecto.
Y así empezó a transcurrir la tarde en Avalon.
2.-
Megara se detuvo frente al campo de quidditch al ver a Albus subido en una escoba, jugando con otros gryffindorianos. Lo había estado buscando sin saber muy bien por dónde empezar. La idea de tener que disculparse le sabía amarga, pero se sentía obligada a hacerlo. Aún recordaba las palabras de Albus en la biblioteca, sereno, pasible como siempre pero firme en sus convicciones, tratándola como si ella fuera una niña inmadura.
Lo peor era que, al lado de él, sí lo era.
Albus era, sin duda alguna, muy maduro para su edad. De hecho, era hasta ahora el chico más maduro que hubiese conocido jamás. Además, era amable, gentil y respetuoso. Casi demasiado perfecto para ser real. Podía comprender por qué las chicas de todas las casas suspiraban por él. Era en realidad, difícil no fijarse en Albus Potter.
"Cada quien con sus gustos.", se dijo la morena, cruzándose de brazos. Por las escalinatas del campo se amontonaba un grupillo de chicas mirando a los gryffindors jugar. Apostaba toda su herencia a que la razón tenía cabello negro y ojos verdes. Entornó los ojos con hastío. Al menos, Albus no parecía ser como los otros chicos que se inflaban y pavoneaban cuando eran seguidos por chicas. Él, por el contrario, parecía ni siquiera reparar en ello.
Las chicas de las escalinatas la vieron con desagrado y parecieron murmurar entre ellas. Megara les devolvió una mirada ácida. gryffindorianas. Hasta ahora la única que le agradaba de aquella casa era Rose. Deseó que Albus dejara de jugar para poder acercársele, disculparse, e irse. Sin embargo, se preguntó si acercarse a él con tantos gryffindorianos alrededor sería apropiado. ¿Qué pensarían ellos si los vieran hablar civilizadamente? Tampoco quería que escucharan como ella se disculpaba ante él. Aquello sería humillante y no estaba dispuesta a permitirlo. Sin duda, si la vieran acercársele a Albus, pondrían toda su atención en ellos. Jamás creerían que llevaban una relación amistosa.
Megara detuvo sus pensamientos repentinamente: "relación amistosa", se repitió. ¿Eran en realidad, amigos? Megara sacudió la cabeza. Técnicamente, no lo eran. Solo habían compartido unas cuantas charlas y mantenían la cordialidad el uno con el otro. Era cierto que habían hablado de temas personales, pero, ¿eso significaba que eran amigos? Megara, hasta entonces, no se lo había planteado jamás. ¿Ella amiga de un gryffindor? No tenía sentido. Además, en realidad no sabía si Albus tenía algún interés de entablar una amistad con una slytherin. Era cierto que el moreno era amable, dulce y respetuoso con ella, pero también era cierto que lo era con el resto de la humanidad. Albus era así con absolutamente todos. Que hubiese conversado con ella unas cuantas veces y que le hubiese mostrado su apoyo no significaba gran cosa. Lo habría hecho por cualquiera.
Al entender esto, Megara se sintió repentinamente triste. No supo a qué se debía y por eso se sintió ridícula. Meneó la cabeza con la intención de sacudir sus pensamientos lejos de las ideas tontas que rondaban por su mente. Pocos segundos después, vio a los gryffindors bajar de sus escobas.
Albus caminaba con ellos, escoba en mano, sonriente y charlando.
Megara respiró hondo.
"Aquí voy", se dijo.
Megara emprendió el camino por el campo de quidditch a paso seguro. Cuando los ojos verdes de Albus se encontraron con ella tomó una expresión serena, pero algo sorprendida. Los gryffindors que lo acompañaba la miraron con displicencia.
- Potter, ¿podemos hablar?- preguntó la morena en tono seguro.
Albus asintió.
- Claro.- le dijo.
Los gryffindors lo miraron con incomprensión.
- ¿De qué puedes querer hablar con esta?- preguntó uno de los leones.
Megara clavó sus ojos en el gryffindoriano de forma amenazante.
- "Esta", tiene nombre. Tarado.- le dijo. – Que no soy una cosa.
- Lo siento, pero no me gusta hablar con víboras.- dijo el gryffindoriano. Los otros rieron.
Albus lo miró con severidad.
- Greg.- le dijo. Su voz se había vuelto grave. – Discúlpate.
Un silencio denso se levantó sobre las cabezas de los presentes. Megara frunció el ceño y miró a Albus con sorpresa y confusión. ¿La estaba defendiendo?
El gryffindoriano borró la sonrisa de su rostro y miró al moreno con incomprensión.
- Al, no estarás hablando en serio.- dijo el castaño. – No esperarás que…
La expresión de Albus era tranquila, como siempre; pero en sus ojos verdes estaba marcado el disgusto que sentía, y cualquiera que los viera podía saber que estaba molesto.
- Sí, espero de ti eso.- dijo el moreno. – Espero que te disculpes por haberle dicho lo que le dijiste.
Greg titubeó.
- Pero…
- Si no lo haces por el respeto que cualquier ser humano merece, al menos hazlo porque es una chica.- dijo Albus, esta vez mostrando su enojo en sus rasgos faciales también. – O porque te lo estoy pidiendo. Apelo a lo que quede de educación en ti.
Greg tragó saliva. Su rostro se había puesto rojo como un tomate. Sin mirar a Megara, pronunció las palabras requeridas:
- Me disculpo contigo, Zabini.- dijo.
Megara, aún sorprendida por la escena, no dijo nada. Albus clavó sus ojos en ella y con un ligero movimiento de cabeza le indicó que lo siguiera.
- Vamos.- le dijo mientras avanzaba por el campo de quidditch.
La morena se apresuró a seguirlo. Mientras caminaban los dos hacia el castillo, Megara fue recuperando la coherencia de sus ideas. Entonces, rió.
Albus la miró extrañado, sin detenerse.
- ¿Por qué te ríes?- le preguntó. – Creí que estarías molesta después de…
Megara continuó riendo.
- Es que…- dijo intentando calmar su risa.- Ha sido muy cómico cómo lo obligaste a disculparse. Perdona, pero me causa mucha gracia. ¿Viste su cara? Estaba completamente roja.
Albus sonrió levemente. Contrario a Megara, a él no parecía habérsele ido con rapidez el enojo por lo sucedido.
Entraron al castillo y caminaron un rato más hasta que el gryffindoriano se detuvo en un pasillo desierto. A la derecha había una ventana con cristales de colores que formaban mosaicos. Megara se pasó una mano por el cerquillo, peinándolo, y miró a Albus. El moreno estaba algo sudado por el juego, y su cabello negro estaba más despeinado que nunca. Extrañamente, eso lo hacía ver más atractivo de lo que ya era. Cuando Megara reparó en ello sacudió un poco la cabeza. "¿Desde cuándo me parece Albus Potter atractivo?", pensó, confusa. Por suerte, el moreno habló y la forzó a concentrarse en otra cosa.
- Bien.- le dijo. - ¿De qué querías hablar?
Megara se humedeció los labios y sintió cómo sus mejillas se sonrojaban levemente. "¿Desde cuándo me sonrojo como una tonta?", se preguntó a sí misma, y agradeció que su piel no fuera de un blanco pálido. Gracias al cielo, el color rosa en su rostro pasaba desapercibido.
Se aclaró la garganta.
- Este…sí. Yo…- empezó. - ¿Lindo clima no?
Albus se mantuvo calmado e inexpresivo. Miró por la ventana un rato y luego volvió a clavar sus ojos en la morena.
- No creo que quieras hablarme sobre el clima.- le dijo.
Megara suspiró.
- Por supuesto que no.- le dijo. - ¿Quién diablos habla sobre algo tan estúpido como el clima?
Albus sonrió.
- Entonces, dime.- la alentó. – Supongo que quieres disculparte.
Megara lo miró a los ojos, anonadada.
- ¿Cómo lo supiste?- le preguntó.
Albus se encogió de hombros.
- Estás hablándome, fuiste a buscarme al campo de quidditch; es lógico pensar que ya no estás enojada conmigo, por ende, terminaste de leer el artículo. Con todo eso, concluyo que debes sentirte avergonzada por cómo me trataste, de modo que es evidente que quieres disculparte.
Megara levantó una ceja.
- Bueno, ya que lo pones así. Está más claro que el agua.- dijo la morena. – En ese caso, nos vemos.
Megara se dispuso a dar media vuelta, pero Albus corrió y la interceptó del otro lado, impidiéndole el paso.
- Aún no te has disculpado.- le recordó.
La morena bufó y entornó los ojos.
- ¿En verdad necesitas oír algo que ya sabes que quiero decir?- le preguntó.
- No.- dijo el moreno. – No lo necesito.- se cruzó de brazos. – Eres tú quien lo necesita.
Megara frunció el ceño con incomprensión.
- No te sigo.- le dijo.
Albus sonrió.
- Que te haría bien darte cuenta de que pedir perdón no es algo de lo que hay que avergonzarse. Todo lo contrario: es algo digno.
Megara lo miró a los ojos y algo se estremeció en su interior. ¿Existían sobre la tierra ojos más hermosos que esos? Lo dudaba. No podían.
- Potter.- le dijo ella. – Tengo curiosidad por saber cómo me ves. Cómo crees que soy.
- No te conozco lo suficiente.- admitió el moreno.
- Claro que no.- dijo la slytherin. – No es eso lo que te pregunto. Ya debes tener una impresión. Y debes también conocer ciertas cosas de mí. Quiero saber cómo intuyes que soy.
Albus la miró en silencio por unos segundos. Se humedeció los labios.
- Impulsiva.- le dijo, y esbozó una ligera sonrisa. – Esa es la primera palabra que viene a mi mente si pienso en describir lo que conozco de ti. Eres astuta…fue así como me ganaste en el primer partido de quidditch.- hizo una pausa pequeña. – Tienes un carácter fuerte y temperamental, lo sé porque he sido víctima de él.- completó con humor. Megara esbozó una media sonrisa. Albus meditó y tomó una actitud seria. - Te defiendes sola y eres bastante autosuficiente. El problema es que a veces te engañas a ti misma. Te gusta demostrarle a todos que no necesitas de nadie y que nada te afecta. Pero no es así. – el tono de su voz se volvió más íntimo. – Yo sé que no poder jugar quidditch es lo más traumático que te ha pasado. Puedo verlo. Y sé que aunque finjas estar bien, no lo estás.
El rostro de Megara se ensombreció y la sonrisa se borró de su rostro. Rápidamente se aclaró la garganta y bajó la mirada. Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada, luego, ella habló:
- Lo siento.- le dijo, disculpándose.
- Yo también. – dijo Albus, clavando sus ojos verdes en ella. Megara supo al instante, sin necesidad de ninguna explicación, que se disculpaba por el accidente que había causado el daño permanente a su brazo.
La morena se arregló la corbata , incómoda por la situación. Fijó sus ojos oscuros en los de Albus.
- Potter,- le dijo. – te agradezco lo que has hecho. Hablar conmigo, estar ahí. Sé que sientes que me debes algo, pero en realidad no es así. Fue un accidente y no fue tu culpa.- se pasó una mano por el cerquillo.- Lo que quiero decir es que, te lo agradezco, pero ya no es necesario que sigas haciendo estas cosas por mí. Si te soy sincera, no me gusta que me hables o seas amable conmigo porque sientes que debes hacerlo. Me gusta que la gente que me rodea esté allí porque quiere, no por estas circunstancias.
Albus frunció el ceño.
- No te hablo ni soy amable contigo por el asunto del accidente.- le dijo.
- ¿A no?- le preguntó. – Seamos honestos, Potter. Tú y yo no nos hablábamos antes de eso. Fue el accidente lo que hizo que empezáramos a hablar. Y si no recuerdo mal, específicamente fue cuando escuchaste que no podría volver a jugar quidditch y te sentiste culpable. ¿O me vas a decir que no es cierto?
Albus meditó en silencio y no respondió. Megara tenía razón: el accidente había sido el motivo de su acercamiento en primer lugar. Él se había sentido responsable y había querido hacer algo al respecto.
Megara suspiró.
- Mira, no te lo tomes a mal. En serio estoy agradecida.- le dijo. – Y sé que no fingiste ser amable conmigo, sé que en verdad lo eres. Eres uno de esos extraños especímenes que por naturaleza son buenas personas. Sé también que si hablabas conmigo, era porque querías hacerlo y no porque nadie te forzara. Lo sé. Pero, todo eso es porque sientes que debes ayudarme desde lo del accidente. Y en verdad, si crees que necesito ayuda, te equivocas; de hecho, tengo demasiada y sus apellidos son Nott y Malfoy. No me dejan respirar.- Megara sonrió. – El caso es que…no me siento cómoda sintiendo que me hablas porque te sientes responsable cuando no lo eres.
Albus no dijo nada. Parecía esta digiriendo lentamente las palabras de Megara, como si en realidad, el eco de las oraciones pronunciadas aún no acabase de sonar en su cabeza. La morena hundió sus manos en los bolsillos de su túnica y suspiró.
- En fin, nos vemos Potter.- le dijo. – Que tengas un buen día.
Y con esto, Megara se encaminó por el pasillo.
"¿Que tengas un buen día?", pensó ella mientras se alejaba, "¿Qué clase de estupidez dije por Merlín!"
3.-
Roxanne salió de su alcoba con un libro grueso entre manos. Había estado buscándolo en la biblioteca para estudiar junto a Dominique para las próximas pruebas, pero no lo había encontrado. Después de varias horas de búsqueda infructuosa recordó que lo pidió prestado la semana pasada. "Qué tonta", se dijo, y regresó por él. En el camino pensó en lo contenta que estaba en ese periodo de su vida. Lysander, por supuesto, tenía mucho qué ver en esa felicidad. A veces, Roxanne no podía creer que estuvieran juntos. Jamás lo imaginó o aspiró a ello. Lysander era un año mayor a ella y era bastante atractivo, podía tener a la chica que le apeteciera. Nunca creyó que esa chica sería ella, no porque se considerara menos que él, sino porque en realidad, por extraño que pareciese, hasta hace pocos meses no lo había visto más que como un amigo algo irritante. Roxanne sonrió. ¿Quién se podría imaginar que fue él quien se fijó en ella primero, y quien la conquistó?
En realidad, seducirla no había sido gran reto para Lysander, y Roxanne lo sabía. A veces se sentía incómoda con ese hecho y quería volver en el tiempo para no dejarse tomar tan por sorpresa. Lysander nunca se sintió inseguro de tenerla; siempre supo que tendría a Roxanne en sus manos. Ella aún podía recordar sus flirteos –que ella tomaba como bromas de mal gusto- y declaraciones indecorosas frente a otros. Si hacía memoria, aquellas "bromas" habían empezado desde segundo curso. ¿Desde entonces Lysander había decidido que serían novios? En aquel momento, él estaba cursando tercer curso y salía con varias chicas. Durante los dos años siguientes tuvo algunas novias, pero no dejó de hacer esas bromas molestas. Solo ese año empezó con lo de "serás mi esposa", cosa que la había descolocado bastante. Seguramente, todo había en realidad empezado como una broma, y poco a poco, quizás cuando él estaba en cuarto o quinto curso, había comenzado a contemplar la idea de que tras las bromas hubiera algo de verdad. Porque lo que sí era seguro era que Lysander había entrado a sexto curso con una idea bien clara en la cabeza: convertir a Roxanne en su novia.
"Y como él siempre logra lo que quiere", pensó la morena, algo fastidiada. De repente, se sintió como una de esas chicas fáciles de seducir, y aquella sensación no le gustó. De haber podido regresar en el tiempo, se habría hecho más de rogar. Pero ahora era tarde. Lysander ya la había hecho su novia, y los dos estaban felices con ello. Roxanne se encogió de hombros. ¿Qué importaba lo rápido o no que se había dado todo entre ellos? Lo importante era que se querían. Ella era la primera novia oficial de Lysander. El rubio jamás había presentado a las chicas con las que salía como sus novias. Eso solo lo había hecho con ella.
Roxanne sonrió. "Debería pedirle que vayamos a pasear un rato antes de ir a estudiar con Dominique". No solía postergar sus estudios, pero probablemente pasaría todo el día sumergida en ellos, y ya Lysander se había quejado de que no le daba tiempo o espacio, así que un receso a las responsabilidades no parecía ser mala idea cuando se trataba de cuidar una relación.
Mientras cruzaba el pasillo de las habitaciones de mujeres de Ravenclaw, con la cabeza hundida en estos pensamientos, sin quererlo tropezó con el hombro de Emiliana Weiss, quien también iba también saliendo del sector. El libro de Roxanne se cayó al suelo haciendo eco en el pasillo. Las dos se miraron con sorpresa.
- ¡Disculpa!- exclamó Roxanne inclinándose para recoger su libro.- No te he visto. Estaba con la cabeza en otro lado y…
Pero se calló cuando Emiliana pateó deliberadamente el libro que ella estaba a punto de recoger del suelo, haciéndolo correr metros más allá. Roxanne se incorporó y miró a la castaña de ojos verdes, dos centímetros más alta que ella, con inusitado enojo. Emiliana mantuvo su rostro de finos y afilados rasgos inexpresivo, pero sus ojos eran como espejos reflejando el enojo de Roxanne.
- ¿Por qué demonios…?- comenzó la mulata, pero Emilia la interrumpió.
- Escucha, no tengo interés en pelear contigo.- dijo la castaña en un tono natural fingido. – Eso de mujeres peleando siempre me ha parecido vulgar. Así que no lo voy a hacer. Me rehúso. Al menos a pelear del modo que crees, no.
Roxanne frunció el ceño, confundida, y estuvo a punto de hablar pero la castaña volvió a tomar la palabra.
- No, no hables cuando no tienes nada qué decir. Aquí, la que tiene que decir cosas soy yo.- dijo Emiliana. – Tú y yo no tenemos nada en común, a excepción de una sola cosa: Lysander. Creo que no es ningún secreto, tampoco tengo la intención de que lo sea, que estoy enamorada de él.
Roxanne retrocedió un paso, entre aturdida y disgustada. No sabía cómo sentirse respecto a la brutal honestidad de aquella chica.
- Soy su mejor amiga desde hace años, desde que entramos a Hogwarts, para ser precisos. Y tú, ¿quién eres sino una chica con la que nunca habló demasiado? A pesar de pasar mucho tiempo con los de tu familia, contigo no fue especialmente cercano. Se podría decir que eres una recién llegada a su vida. Alguien inesperado; pero tu llegada no me asusta.- dijo Emiliana. – Seré directa contigo: quiero a Lysander, siempre lo he querido, y no voy a descansar hasta que esté conmigo. Podría haberme callado mis intenciones y no decirte nada de esto, pero no lo considero justo. Todos tienen derecho a luchar por la persona que quieren, y yo te estoy manifestando el mío para que sepas que tendrás que defenderte. Porque voy a pelear con todas mis armas. ¿Comprendes?
Emiliana caminó hacia el libro que estaba tirado en el suelo y lo recogió en un movimiento grácil. Volvió hacia Roxanne y se lo entregó en la mano.
- Y un consejo.- le dijo Emiliana. – No te molestes en contarle a Lysander que te he dicho todo esto. Lo negaré todo. Y créeme, no querrás saber a quién va a creerle.
Roxanne la miró desafiante.
- No te preocupes.- le dijo. – Lysander y yo no hablamos de cosas insignificantes.
Emiliana le dedicó una mirada vacía y giró sobre sus talones hacia la sala común. Roxanne se quedó en su lugar, quieta por varios segundos. Aún no podía creer lo que había acabado de suceder. Siempre creyó que esa clase de cosas solo sucedían en las novelas rosa, o en la imaginación dramática de alguien extremadamente cursi. Sentía ridículo el hecho de que una chica se le hubiese acercado a decirle que planeaba quitarle a su novio. Cuanto más pensaba en ello, más risible le parecía.
Suspiró y meneó la cabeza mientras se encaminaba hacia la sala común.
Allí encontró a Lysander, y cuando sus ojos celestes se clavaron en los de ella, todo lo demás desapareció. Roxanne sonrió ampliamente y caminó hacia él. El rubio también lo hizo y envolvió sus brazos alrededor de la cintura de la morena. Se besaron tibia y delicadamente, luego restregaron sus narices una contra la otra.
- Hueles bien, Chocolate.- dijo el rubio, aspirando el aroma de Roxanne.
- Tú también.- le dijo ella, despeinándolo. - ¿Quieres venir a dar un paseo? Luego tendré que ir a estudiar con Dominique.
Lysander hizo unos pucheros momentáneos que hicieron reír a Roxanne.
- No hay nada que quisiera más.- dijo el rubio.- Pero no puedo.
Roxanne frunció el ceño, resentida.
- ¿Por qué?- le preguntó.
Una voz femenina le dio la respuesta.
- Lysander, ¿vamos?- dijo Emiliana, levantándose de uno de los sillones de la sala común.
Roxanne la miró y luego dirigió sus ojos oscuros hacia el ravenclaw.
- Lo siento, Chocolate.- le dijo, pellizcándole la mejilla. – Pero Emiliana está teniendo problemas con unas fórmulas de pociones, y me ha pedido que la ayude con eso. Mañana tenemos prueba.
Roxanne guardó silencio por unos segundos e inmediatamente asintió, esforzándose por dibujar en su rostro una sonrisa. Finalmente lo consiguió.
- Está bien.- dijo ella. – Suerte.
La mulata dio la vuelta y se dispuso a salir de la sala común cuando sintió los brazos de Lysander envolviendo su cintura por atrás. El rubio depositó un beso en su cuello y le susurró en el oído:
- Esta noche.- le dijo. – Estaré en tu habitación.
Roxanne sonrió y le acarició la mejilla.
- Te espero.- le dijo.
Y con esto salió de la sala común. Una vez afuera pensó en que tal vez, solo tal vez, no debería subestimar a Emiliana después de todo.
4.-
- A veces, quisiera saber qué es lo que piensas.- dijo Scorpius.
Los dos estaban otra vez sobre la tierra, acostados uno al lado del otro, muy cerca y acariciándose de vez en cuando. El cabello rojo de Rose estaba esparcido sobre el suelo, como sangre. Después de haber hecho el amor otra vez, habían caído rendidos, y habían decidido no tocarse más. "A este paso, cuando llegue la noche, estaremos exhaustos", le había dicho a ella. Rose estuvo totalmente de acuerdo.
- ¿Lo que pienso?- preguntó Rose en un tono suave, con los ojos cerrados, somnolienta.
- Sí.- le dijo el rubio, meditando, en un ataque de honestidad. – Antes de conocerte creí que podía leerte con facilidad.
- Eso es lo que tu pedantería te hacía creer.- dijo la pelirroja. – No tienes idea cuántas veces me humillaste sin siquiera percatarte de ello.
- Puede ser.- admitió el slytherin.
Rose abrió los ojos y miró el perfil del rubio. Los rayos del sol iluminaban sus rasgos masculinos y los hacían parecer celestiales. Tragó saliva.
- De cualquier modo…- dijo ella, tratando de volver a concentrarse en la conversación. – Ahora puedes sentir todo lo que siento. Creo que con esto puedes leerme mejor que nadie.
Scorpius negó con la cabeza.
- Sentirte no es lo mismo que saber lo que piensas.- dijo el slytherin. – Antes creía que podía saber lo que pensabas, pero después me di cuenta de que en realidad no lo sé. No tengo idea de lo que hay en tu cabeza.
Rose guardó silencio por unos segundos.
- No soy tan profunda en realidad.- dijo la gryffindoriana. – En mi cabeza…no hay grandes misterios. Nada que sea interesante. – Rose lo miró con curiosidad. - ¿Por qué quieres saber lo que pienso?
Scorpius, aún sin mirarla, pareció pensar en la pregunta de la pelirroja.
- Supongo que cuando que empezamos a sentirnos mutuamente, aunque al principio lo odiaba, poco a poco fui acostumbrándome a ello y tomando interés.- dijo el rubio. – Es como si pudiera ser parte, literalmente, de otra persona. Esa persona eres tú, pero a veces siento que necesito más. Tal vez es cosa de los anillos, no lo sé. – el rubio la miró y sus ojos se desviaron hacia el cuerpo de la pelirroja. – Rose, vístete. O no podré contenerme y terminaremos haciéndolo otra vez.
Rose se sentó y se colocó las dos prendas que cubrían su cuerpo con algo de dificultad. Cuando terminó miró a Scorpius a los ojos y le preguntó:
- ¿Qué te gusta de mí?
Scorpius la miró con desconcierto.
- ¿Perdón?
Rose se colocó el cabello rojo atrás de las orejas y volvió a acostarse en la tierra.
- Asumo que te gusto.- dijo ella, sonrojándose intensamente.
- No creo que de eso quepa la menor duda.- dijo el slytherin.
- Bien.- dijo la pelirroja. – Quiero saber qué te gusta de mí.
- ¿Físicamente?- inquirió el rubio.
Rose guardó silencio unos segundos.
- ¿Te gusto solo físicamente?- le preguntó en un tono neutral fingido. Por dentro estaba nerviosa y susceptible a las respuestas de Scorpius, pero no quería demostrarlo. – No tienes que ser cortés. Solo sé sincero. Después de todo, no somos novios ni nada por el estilo.
Scorpius se humedeció los labios y dejó de mirarla para clavar sus ojos en el cielo.
- Tienes razón.- le dijo.- No somos novios. Ni nada por el estilo.
Los dos guardaron silencio por varios segundos, y a sus oídos solo llegaba el sonido de la selva. Scorpius se tomó su tiempo antes de responder, pero Rose no lo apresuró. Cuando él empezó a hablar, la pelirroja contuvo el aliento, preparándose para cualquier cosa.
- La primera vez que me fijé en ti, es decir, que noté que existías, fue…
- ¿La noche del accidente?- interrumpió ella, de repente. - ¿Cuándo casi me atropellaste con Alexander?
Scorpius negó con la cabeza.
- No.- le dijo. – Esa fue la segunda vez que noté que existías. Recuerdo las luces del auto cegándote…tus ojos azules, tu cabello rojo. Usabas ropa dos tallas más grande, y vestías como un chico. Cuando nos fuimos, Alexander dijo que le parecías hermosa y yo le dije que no lo había notado. Pero mentí.
Rose lo miró, sonrojada, pero él no le devolvió la mirada.
- ¿Alexander dijo….? ¿Tu me consideraste…?- soltó ella, confundida.
- Le dije a Alexander que no me parecías nada especial.- continuó Scorpius, como si no la hubiese escuchado. – Porque creía estar enamorado de Megara, y porque no quería admitir que una Weasley me pareciera medianamente atractiva. Pero soy hombre. Y tú eres bella. Me di cuenta. Por supuesto que me di cuenta.
El sonido de los insectos de la selva se volvió más fuerte, pero Rose no los escuchó. Estaba anclada en las palabras de Scorpius.
El slytherin continuó:
- No creas que no me doy cuenta de que te avergüenzas de serlo.- le dijo. – Es como si no te gustara que los demás lo vieran. Por eso recoges tu cabello, no te pones ni una gota de maquillaje y usas ropa una talla de más. Y aún así, nadie pasa por algo que eres bella.
Rose negó con la cabeza.
- Yo…
- Que me diera cuenta de tu belleza no significa que me gustaras.- aclaró el rubio. – En lo absoluto.
Rose se humedeció los labios.
- Entonces, ¿cuándo fue la primera vez que te diste cuenta de que existía?- le preguntó.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
- En primer año.- le dijo. – En el andén, cuando nos despedíamos de nuestros padres.
Rose recordó inmediatamente aquel día. Recordaba haber visto a Scorpius con Draco Malfoy, aquel hombre del que le habían hablado tanto, y luego, a su padre diciéndole claramente que lo venciera en todo. Recordaba haberlo visto, pero no que él le hubiese devuelto la mirada jamás. Scorpius Malfoy pasó de largo hacia el tren y abordó sin percatarse de su existencia.
O al menos, así lo había creído ella.
- Te vi llegar por el muro.- continuó Scorpius. – Y recuerdo que tu cabello rojo me pareció odioso y molesto. Tus ojos azules, en cambio, me parecieron los más hermosos que hubiese visto. Recuerdo que pensé "Quizás deba hablarle". Entonces, vi quiénes eran tus padres. – hizo una pausa, como si estuviera reviviendo el momento. – Y supe que eras una Weasley.
Rose continuaba mirando el perfil de Scorpius sin que él le devolviese la mirada.
- ¿Y?- preguntó ella.
- Y entonces, tus ojos azules también me parecieron odiosos.- completó el slytherin. – Antes que ser rechazado por ti, preferí ser yo quien lo hiciera.
Rose guardó silencio por unos instantes.
- ¿Rechazado?- preguntó, confundida.
- No es que me hubieses gustado, tenía solo 11 años.- aclaró Scorpius. – Solo, me llamaste la atención. Hablo del rechazo en general. De que me acercara a ti y tu voltearas el rostro…. de que me recordaras que soy un Malfoy, hijo de un ex mortífago.
Rose asintió, comprendiendo.
- Lo que quise decir con todo esto, es que aunque tu belleza no me pasó nunca desapercibida, no fue una que me quitara el sueño, o me impresionara demasiado.- dijo el rubio. – Así que, tu pregunta de si solo me gustas físicamente está fuera de lugar.
Rose no dijo nada. No sabía cómo sentirse respecto a lo que Scorpius le estaba diciendo.
El slytherin continuó.
- Supongo que lo primero que me gustó de ti fue tu ingenuidad en ciertas cosas.- dijo el rubio. – Me inspirabas ternura, a veces. Me gustaba ponerte nerviosa, o decir cosas que sabía te harían sonrojar. Me parecía extraño. Eras la primera chica que conocía que se sonrojaba con tanta facilidad. – hizo una pausa pequeña. – Después, me gustó también esa otra parte tuya.
Rose frunció el ceño, confundida.
- ¿Qué otra parte?- le preguntó.
- La que está lejos de ser ingenua.- dijo Scorpius. – La que toma decisiones con astucia, casi como una slytherin. ¿Recuerdas? Fue así como me ganaste la primera prueba y como casi haces que pierda en la segunda.
Rose bajó la mirada.
- Creí que odiabas eso.- le dijo.
- Sí, lo odio.- dijo Scorpius. – Me parecía que tenías dos caras. Me parecías falsa. Pero, a la vez, me atraía. Y ahora pienso diferente: sé que tienes dos caras, pero no significa que por ello seas falsa. Simplemente, así eres. Puedes ser ingenua e inocente, como también puedes ser astuta y ambiciosa. Eres esa dualidad. Eso también me gusta de ti, aunque a veces lo deteste.
- Ambiciosa…- repitió Rose en un tono suave.
- Lo eres.- dijo Scorpius. – Quieres ganar esta competencia tanto como yo. – cerró los ojos, pues el sol empezó a molestarlo.- Puedes ser dulce, y cuando compites, todo lo contrario. Nadie sabe eso de ti. Todos conocen solo una de tus caras, pero yo he visto las dos. Todos conocen a la Rose impoluta, estricta, apegada a las normas, correcta, rectilínea. Con esa imagen me engañaste al principio, y pensé que eras sencilla. Me equivoqué.
Rose frunció el ceño.
- Soy sencilla.
Scorpius rió con sarcasmo.
- Eso es lo que crees.
Una bandada de pájaros cruzó por el cielo encima de ellos. Rose suspiró.
- ¿Es todo?- le preguntó la pelirroja.
- ¿Te parece poco?- inquirió el rubio.
Rose guardó silencio. Scorpius sonrió. No era todo, pero no pensaba continuar. Su orgullo slytherin no se lo permitía. Ya se había abierto lo suficiente con ella. Ahora era su turno.
- ¿Y tú?- preguntó el rubio, esta vez fijando sus ojos en ella. - ¿Qué te gusta de mí?
"Todo" pensó la pelirroja.
Suspiró.
- Tu cuerpo. ¿Qué otra cosa podría gustarme?
Los dos rieron al unísono. La broma de Rose pareció relajar la seriedad del ambiente. Scorpius no le insistió, y ella respondió solo cuando quiso, minutos después.
- Me gusta que seas todo lo que quiero llegar a ser.- dijo la pelirroja repentinamente. Scorpius, quien había vuelto a cerrar los ojos, los abrió y la miró incrédulo. – Eres…valiente, arriesgado, seguro de ti mismo….Si le temes a algo, pareces ocultarlo muy bien. No dejas que nadie pase por encima de ti…- Rose tragó saliva. – Haces que quiera ser mejor de lo que soy.
Scorpius guardó silencio y vio cómo las mejillas de Rose se tornaban de un rosa intenso. Estaba seguro de que se había arrepentido de haber dicho lo que dijo, podía sentirlo. Sin embargo, él no podía estar más feliz de que lo hubiese hecho. Era la primera vez que Rose le decía algo de esa naturaleza, y aunque no lo había esperado, la sensación de escucharlo era cálida y dulce. Sonrió. No se lo diría, pero ella también hacía que él quisiera ser mejor. El perfeccionismo de Rose, su perseverancia, su inteligencia metódica, lógica, analítica…Pero no se lo diría.
Tampoco le diría, al menos no allí, no en ese momento, que estaba convencido ya de que los anillos no tenían nada que ver con lo que estaba pasando entre ellos. Quería asimilar lo que eso implicaba, y lo que pensaba hacer al respecto. No quería apresurarse, tampoco dar pasos en falso. Ya habría tiempo para decírselo.
En silencio, los dos, con el sol de la tarde, fueron quedándose dormidos uno al lado del otro.
Y un nuevo sueño empezó.
5.-
- Bien.- dijo Lily con pesadez cuando llegó al punto de encuentro con Lorcan. – Acabemos con esto.
El rubio sonrió, divertido.
- Pero si ni siquiera empieza, Lilith.- le dijo.
El slytherin le dio paso y los dos se internaron en el túnel que los llevaría directo a Hogsmade. En el camino no dijeron nada; los dos estaban sumergidos en sus propios pensamientos. Lily pensaba en lo tedioso que le resultaba cumplir con la cita que le debía al rubio, y en que haría lo posible por regresar temprano, pues tenía tareas acumuladas. Lorcan, por su parte, pensaba en que por fin había llegado el día de la cita, y que ahora quedaba todo en sus manos. Debía hacer las cosas correctamente. Una equivocación, por más pequeña que fuere, haría que Lily se le escapara de las manos.
Y eso no iba a permitirlo.
Al principio, Lily solo le había gustado. Pero ahora, era más que una obsesión. Tenía que conseguirla, costara lo que le costara. Tenía que derretir esa capa de hielo que todos en Hogwarts creían inquebrantable. Si no lo lograba, no podría vivir más consigo mismo.
Lily, hasta entonces, solo había estado jugando con él. Lorcan lo sabía. Lo tentaba, luego se escapaba. Hacía con él lo que seguramente hacía con todo aquel que insistía demasiado en salir con ella. Un coqueteo aquí, un coqueteo allá, y luego, cada quien por su camino y la pelirroja no volvía a gastar un solo segundo en pensar en su víctima. Lorcan lo sabía, y lo había permitido. Sabía que Lily lo miraba con superioridad, como a todos los que se fijaban en ella. Era consentida y vanidosa. Egocéntrica como ninguna chica que hubiese conocido antes.
Y le encantaba.
Tenía claro que si quería cambiar las cosas entre ellos, tendría que actuar con astucia en aquella cita.
De aquella cita dependía todo.
Cuando llegaron a Hogsmade los recibió una brisa fresca y algunas hojas de árboles caídas. Los dos miraron alrededor. El lugar estaba igual que antes; era difícil pensar que hacía pocos meses habían matado a varias personas en aquellas calles. Lily respiró hondo y suspiró, metiéndose las manos en los bolsillos de su túnica.
- Bien, vamos a embriagarnos.- dijo la pelirroja. Le apetecía unas buenas jarras de cerveza de mantequilla.
La gryffindoriana se encaminó hacia la taberna, pero la voz de Lorcan la detuvo.
- Hey, Lilith.- le dijo. – Si quieres, podemos hacer eso luego.
Lily se dio la vuelta y lo miró entre sorprendida e incrédula. No había esperado que Lorcan le negara lo que ella quería hacer. Después de todo, pretendía conquistarla, ¿no? Bufó.
- ¿Luego?- preguntó. – No me parece. ¿Es que acaso has planeado un paseo romántico o un almuerzo a la luz de las velas? Porque desde ya te digo que odio esas cursilerías.
Lorcan rió y se cruzó de brazos.
- No he planeado nada, Lilith.- le dijo, sonriente. – Yo no planeo mis citas.
- Citas.- repitió la pelirroja. – No vas a ganar puntos dándome a entender las muchas citas que tienes y cómo ésta es igual a todas.
- No tengo intención de ganar puntos.- la corrigió Lorcan. – No estamos en un partido de quidditch.
Lily abrió la boca para decir algo, pero no encontró nada qué decir. Cerró la boca y guardó silencio, disgustada. Lorcan continuaba sonriendo.
- Escucha, los dos estamos aquí porque debes cumplir tu penitencia.- dijo el rubio. – Ese simple hecho hace que esto deje de ser romántico, ¿no te parece?
Lily asintió.
- Qué bueno que al menos no tienes esas pretensiones.- le dijo.
Lorcan se pasó una mano por la nuca.
- Bien, Lilith. Si quieres, después vamos a embriagarnos.- le dijo. – Pero ahora, necesito hacer algo. ¿Me acompañas?
Lily levantó una ceja.
- Necesitas hacer algo.- repitió. – Quieres decir que, técnicamente, aún no empieza nuestra cita.
Lorcan sonrió.
- Si quieres verlo de ese modo, hazlo. Me da igual. – dijo el slytherin. – La verdad, no había pensado en ello.
Lily se sintió molesta pero hizo el intento de ocultarlo. Lorcan, sin embargo, lo notó, y trató de contener la risa que estallaba en su interior. Sí, lo sabía muy bien. Si quería que Lily estuviera en sus manos, primero debía bajarla de esa nube en la que ella misma se colocaba, muy por encima de los demás. Sabía que acababa de herir su ego y vanidad al no mostrarse tan concentrado en la cita. Sin duda, no era eso lo que Lily esperaba.
- Vamos.- dijo Lorcan, y se puso en camino sin esperarla.
Lily lo miró boquiabierta.
- Esta tiene que ser la peor cita del mundo.- murmuró para sí misma, y luego se apresuró a seguirlo, percatándose de que no tenía otra alternativa.
Caminaron por las calles de Hogsmade unos minutos. Lily observaba a Lorcan, despreocupado y de buen humor a su lado, quien no hacía el menor intento de entablar conversación con ella. Parecía, en realidad, no estar esforzándose en lo más mínimo. Lily había sido asediada por varios chicos en Hogwarts, y todos ellos llegaban al punto del ridículo con tan de complacerla y ganar su aprecio. Lorcan le había demostrado ya su interés, pero no parecía dispuesto a trabajar para conseguirlo. "Tal vez, no le gusto tanto como creí", pensó la pelirroja. "Genial, un peso menos encima de mis hombros".
Pronto, Lorcan se detuvo en una pequeña tienda de animales. Lily se extrañó al verla. Debía ser relativamente nueva, pues no se había percatado de ella antes y Lily conocía muy bien Hogsmade. Lorcan abrió la puerta y entró con la gryffindoriana. Un hombre alto, delgado, y de unos 50 años fijó sus ojos en el rubio con alegría.
- ¡Lorcan! ¡Vaya sorpresa!- dijo el tendero, caminando hacia él con los brazos abiertos.
Lorcan lo abrazó con palmadas en la espalda, mientras que Lily observaba todo a su alrededor con inusitada curiosidad. Había peceras por todo el lugar con peces mágicos de colores y de distintos tipos. También había aves de pelajes maravillosos, y roedores, gatos, reptiles. La tienda era enorme y espaciosa, y el sonido de los animales se mezclaba en un bullicio total del que el dependiente parecía estar acostumbrado.
- ¿Y quién es esta dulce jovencita? – preguntó el hombre. - ¿Tu novia?
Lorcan rió.
- No, no. Nada de eso. Es la hermana de unos amigos.- le dijo. – Su nombre es Lily.- la miró. – Lily, él es Ralph.
Lily lo miró con neutralidad, pero en su interior algo bullía. ¿La hermana de unos amigos? ¿Es que acaso no podía decir "una amiga" y punto? La había reducido al nivel de una conocida. Era cierto que no eran amigos, y ciertamente no eran novios, pero por cortesía al menos debió…
"No hay caso."pensó Lily. "Este salió tan raro como sus padres"
- Bueno, bueno. ¿no deberías estar en clases?- preguntó. - ¿Y Lysander?
- Él está en el colegio. Ya sabes, es el gemelo un aburrido.- dijo el rubio. – Vine a ver a Sam.
- ¡Ah! ¡Sí! – exclamó el hombre. – Ya lo verás, está más fuerte que nunca.
Lily interrumpió la charla.
- Estas aves…- dijo. - ¿No deberían estar libres?
El dependiente suspiró.
- Qué más quisiera yo.- le dijo.
- No parece.- le dijo Lily, en un tono no agresivo, pero firme. – Es decir, están acá atrapadas y usted se llena los bolsillos por ello. No creo que liberarlas sea lo que más quiera.
El hombre sonrió y meneó la cabeza.
- Esta no es una tienda, cariño.- le dijo. – Es una fundación. Tomamos animales que han sido heridos o maltratados por sus dueños y que debido a eso no pueden vivir sin los cuidados permanentes de medimagos. Ninguna de las aves que ves, puede volar. Los traficantes de aves exóticas suelen hacerles eso cuando quieren capturarlas y venderlas en el mercado. Es una historia triste.
Lily guardó silencio, avergonzada por su reciente ataque y a la vez, conmovida por la historia. Miró a su alrededor con una expresión de tristeza, y luego volvió a ver a Ralph.
- Discúlpeme, qué tonta.- dijo ella, dócil esta vez. – A veces hablo sin pensar.
- No, no, tranquila.- dijo Ralph, sonriente. – Me gustan las chicas como tú, que defienden a los animales. – luego miró a Lorcan. – Ya te traigo a Sam.
Ralph desapareció por una puerta, dejándolos solos.
- Vaya que eres agresiva.- dijo el rubio, sonriendo. – Pobre Ralph, por un momento pensé que sacarías tu varita y lo hechizarías.
Lily se llevó una mano a la frente, avergonzada.
- No me lo recuerdes.- le dijo. – Todo es tu culpa.
- ¿Mi culpa?- repitió Lorcan.
- Debiste decirme que no era una tienda antes de entrar.- dijo Lily, molesta.
Lorcan rió.
- Está bien, Lilth. – le dijo. – Solo que no pensé que enloquecerías.
Lily elevó el mentón y se acarició las puntas del cabello rojo y lacio.
- ¿Quién es Sam?- le preguntó.
- Ya lo sabrás.- dijo Lorcan. – Tenía que aprovechar que estaba en Hogsmade para verlo.
Ralph abrió la puerta y apareció con un pequeño lobo siberiano en sus brazos, cargándolo con dificultad. Los ojos celestes de Lorcan se iluminaron. Lily contuvo el aliento.
- Sam.- dijo Lorcan acercándose al cachorro. - ¿Me recuerdas?
El lobo lo miró misteriosamente, y cuando el slytherin fue acercando su mano, el animal empezó a rugir. Lily lo tomó del brazo.
- No seas estúpido, ¿quieres?- le susurró al oído.
Ralph rió.
- No te asustes pequeña, este lobo reconocerá a Lorcan. Los lobos tienen buena memoria.
Lorcan colocó su mano sobre la cabeza del lobo, y éste olfateó su muñeca. Inmediatamente, se dejó tocar; dócil como ninguna otra criatura a las caricias del slytherin.
- No lo puedo creer…- dijo Lily, asombrada.
Lorcan le sonreía al animal y lo acariciaba con profundo afecto.
- Lo rescaté en un viaje con mis padres y Lysander. Le habían disparado unos muggles. Su manada fue masacrada, solo quedó él. Lo llevamos con los medimagos, y le salvaron la vida. Pero quedó enfermo para siempre. No podrá correr grandes distancias, ni cazar. Así que mamá me presentó a Ralph, uno de los pocos protectores de animales que hay. Decidió adoptarlo.
Lily miró a Lorcan como si fuera la primera vez que en verdad lo estuviera viendo. El rubio, en ese momento, no tenía su atención puesta en ella, sino en aquel pequeño lobo siberiano, ese al que le había salvado la vida.
Lily se acarició una oreja.
- ¿Cómo lo salvaste?- le preguntó a Lorcan.
Ralph intervino, pues el slytherin parecía no haberla escuchado en lo absoluto.
- Estos lobos viven en zonas muy frías. Luna me lo contó todo: llevaban horas buscando a Lorcan. Se había perdido en el bosque y caía una nevada despiadada. Si anochecía, la cosa se pondría negra. Justo cuando el sol se estaba ocultando lo encontraron. Estaba escondido tras unas rocas, con el cachorro ensangrentado envuelto en sus propios abrigos. Luna casi muere al ver a su hijo con el torso desnudo en esa nevada. – Ralph sonrió. – Pero gracias a que Lorcan hizo eso, el lobo no perdió su calor corporal y logró sobrevivir a pesar de la herida.
- Sí, solo que mamá quería matarme.- dijo Lorcan, por fin regresando a la conversación, pero sin dejar de acariciar al cachorro. – Porque cuando me llevaron al hospital, el doctor descubrió que tenía hipotermia. De cualquier forma, nada malo me ocurrió.
Lily miró a Lorcan con gran asombro y algo de admiración, pero el slytherin no se dio cuenta de ello; tampoco había planeado que la historia de Sam la impresionara. Sin saberlo, Lily parecía, por primera vez, haberse bajado de su nube para verlo directamente, a la misma altura. La pelirroja lo miraba en silencio, profundamente, descubriendo que atrás de ese engreimiento que lo caracterizaba, también podía haber otras cosas no tan irritantes.
"Al menos no es un estúpido egoísta", pensó Lily.
Lorcan la miró repentinamente.
- ¿Quieres tocarlo?- le preguntó.
Lily abrió los ojos como platos y titubeó. Lorcan sonrió.
- Vamos, hazlo conmigo.- le dijo, tomando su mano y colocándola bajo la suya. – Ahora es una sola.
Lily contuvo la respiración cuando Lorcan llevó su mano hacia el pelaje blanco del lobo. Éste se dejó acariciar, seguramente porque sobre la mano de Lily estaba la de su salvador. La pelirroja pudo sentir la tibieza de aquel cuerpo, y la suavidad del pelaje; también la respiración pausada, cálida, viva. No pudo evitar reír, emocionada. La sensación de aquel pequeño animal salvaje bajo sus manos, y la seguridad de la mano de Lorcan sobre la suya, era indescriptible. Algo que jamás había experimentado antes.
Lorcan miró a Lily quien continuaba sonriente, acariciando a Sam.
- Vaya.- dijo el slytherin. – Es la primera vez que te veo reír, Lilith.
Lily lo miró sin dejar de sonreír.
- No arruines el momento, Scamander.- le advirtió.
Y fue así como oficialmente, comenzó la cita.
6.-
Megara entró a la biblioteca y se sentó en una de las mesas con su cuaderno, pluma y tintero. Odiaba las bibliotecas, pero tenía que admitir que eran de los pocos lugares en donde se podía escribir con relativa tranquilidad en Hogwarts. Quería hacer una crónica de quidditch, algo referente a cómo el deporte se vivía en los colegios de magia. Le parecía que se habían escrito muchas cosas sobre quidditch, pero nadie jamás había tocado el deporte fuera de las grandes ligas, vivido por los jóvenes magos en todos los colegios. Creía que era un abordaje interesante y que, si lo enviaba a La Snitch –revista profesional y famosa de quidditch- quizás aceptaran publicarlo.
"Si no puedo jugarlo, al menos puedo escribir sobre cómo otros lo juegan", pensó con algo de tristeza.
Lo cierto era que se había sentido decaída casi todo el día y no sabía por qué. En realidad, sí sabía por qué, pero no quería admitírselo a sí misma. Haberle dicho a Albus lo que le dijo le había costado porque, aunque lo liberaba del peso de sentirse responsable por ella, significaba que otra vez volvían a ser completos extraños y cada quien por su camino. Se verían en clases y trabajarían en parejas, sí, pero sería como antes y no intercambiarían más palabras que las necesarias. Megara no quería reconocerlo, pero le había empezado a gustar más de lo debido la presencia de Albus. No se conocían demasiado, pero ella sentía que sí. Albus era transparente y sincero. Era el chico más directo, seguro y maduro que hubiese conocido antes. No conforme con eso era gentil y auténtico.
"Oh, no..no, no no no", pensó la morena, meneando la cabeza de un lado a otro, "solo eso te faltaba, Megara Zabini: caer bajo el encanto Potter. ¿Qué sigue? ¿Uno de los Weasleys?
Humedeció la punta de la pluma en el tintero.
Entonces, sintió a alguien sentarse frente a ella al otro lado de la mesa. Levantó la mirada.
Los ojos verdes de Albus Potter estaban frente a ella.
Megara entornó los ojos.
- Por Merlín, Potter.- le dijo. – Te liberé de toda culpa. ¿En qué otro idioma te lo explico?
Albus, como si no la hubiese escuchado, le preguntó:
- ¿Qué escribes?
Megara lo miró con incredulidad.
- ¿Estás sordo?
- No.- dijo Albus, con naturalidad.
La morena entornó los ojos suspiró, peinándose el cerquillo.
- Algo.- se limitó a decirle.
Albus sonrió y se echó hacia atrás. Miró a ambos lados del pasillo, corroborando que no hubiese nadie cerca, y volvió a inclinarse sobre la mesa. Esta vez, miró con seriedad a Megara.
- No te hablo, y de hecho, nunca te he hablado porque haya sentido lástima por lo de tu accidente.- dijo el gryffindoriano.
Megara bufó.
- Ay no por favor, ¡no otra vez ese tema!- soltó con tedio. – Bien. No sentiste lástima. Pero eres de los que siente la necesidad de ayudar a quien parezca que lo necesita, y creíste que necesitaba alguien con quién hablar que no fuesen mis amigos. Y hablamos. Y me sentí mejor. Y te lo agradezco. Pero…
Albus frunció el ceño.
- Pero ya no quieres seguir teniendo tratos con un gryffindor, ¿es eso?- se aventuró a preguntarle, curioso.
- No se trata de eso Potter.- dijo Megara.
- Pero me sigues llamando por mi apellido.- le dijo el moreno.
- No tiene nada que ver con que seas gryffindor.- le dijo ella. – Tu nombre no me gusta y ya.
Albus sonrió.
- Bien. Explícame entonces por qué ya no quieres que hablemos.
Megara se rascó la cabeza.
- No es que no quiera que hablemos.- le dijo. – Solo te dije que si ya no quieres hablarme, no tienes por qué hacerlo porque ya estoy mejor de todo este asunto.
- De que no puedes volver a jugar quidditch.- dijo Albus, llamando las cosas por su nombre.
- Sí. De eso.- dijo Megara, dedicándole una mirada asesina.
Albus se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.
- Bien.- le dijo. – Quiero.
Megara lo miró confundida y de mal humor.
- ¿Quieres qué?- le preguntó.
- Quiero seguir hablándote.- le dijo Albus. Megara estuvo a punto de replicar pero el moreno la interrumpió. – Escucha Megara, no lo hago por solidaridad, ni compasión, ni lástima, ni siquiera por generosidad. Lo hago por mí placer. Me gusta hablar contigo.
Megara guardó silencio, sintiendo otra vez cómo sus mejillas se acaloraban. Nuevamente agradeció que su piel no fuera tan blanca y tragó saliva.
- ¿Te gusta….hablar conmigo?- le preguntó. Automáticamente se arrepintió. ¿Qué clase de pregunta estúpida era esa? ¿Por qué siempre con él todo lo que salía de su boca eran idioteces?
Albus asintió, aún de brazos cruzados.
- Al principio solo fue por lo del accidente.- le dijo con honestidad. – Quería ayudarte. Podía imaginar lo mal que te sentías. Era todo. Pero después…
- Después….- insistió Megara. – Acaba de una vez lo que comienzas, Potter.
Albus sonrió.
- Me diviertes.- le dijo.
- ¿Parezco un payaso?- le preguntó la morena, molesta.
El moreno rió.
- No, no es eso.- le dijo. – Tampoco me pidas que lo explique. Creo que congeniamos, y ya.
Megara sintió cómo los latidos de su corazón aumentaban de velocidad, pero lo ocultó muy bien.
- ¿Un gryffindor y una slytherin?- le preguntó. – ¿No te da miedo que te muerda?
Albus sonrió.
- Correré el riesgo.
Megara esbozó una sonrisa cálida, y toda la tristeza que había sentido sobre sus hombros aquella tarde desapareció de repente.
"Por Merlín", pensó. "Estoy en problemas".
7.-
Lorcan y Lily entraron al Caldero Chorreante y buscaron una mesa. Casualmente había una libre, justo frente a una ventana. Caminaron hacia ella y se sentaron. Lily miró a su alrededor, buscando a alguien que los atendiera. Cuando lo encontró, lo llamó con la mano. El mesero aceleró el paso hacia ellos.
- Una jarra de cerveza de mantequilla.- pidió la pelirroja.
- ¿Pequeña, mediana, grande o extra grande?- preguntó el mesero.
- Extra grande.- dijo la gryffindoriana. – Mejor que sean dos jarras extra grandes.
Lorcan elevó una ceja, mirando a Lily con desconcierto.
- Bebes mucho para ser una Potter, gryffindoriana de quinto curso.- le dijo.
Lily sesgó la mirada y esperó a que el mesero se fuera para responderle:
- No empieces, Scamander.- le dijo, provocadoramente. – No me conoces.
- Admito que este lado tuyo no lo conocía.- dijo Lorcan, divertido. – A las chicas suele no gustarles beber.
- No me digas. ¿Tan experto eres en lo que le gusta o no a una chica?- le dijo ella de forma incisiva.
Lorcan sonrió ampliamente.
- Algo.
Lily sonrió y meneó la cabeza de un lado a otro, clavando sus ojos oscuros en los del rubio.
- Ustedes los hombres son todos iguales, ¿no?- le dijo. – Creen que pueden ver a través de todas las chicas y saber sus más íntimos deseos y secretos.
- Solo los que somos observadores.- dijo Lorcan, cruzado de brazos y recostado en el espaldar de su silla. Sus ojos celestes estaban hundidos en los de ella.
Lily esbozó una media sonrisa escéptica.
- Pruébalo.- le dijo.
Lorcan meditó por unos instantes, acariciándose la barbilla, pero sin dejar de mirarla ni un solo instante.
- Bien. Te lo probaré.- le dijo, acercándose a la mesa y colocando los codos sobre ésta. – Te gustó tocar a Sam; la sensación poner tus manos encima de algo tierno y a la vez peligroso te produjo placer. ¿O me equivoco?
Lily lo miró con arrogancia.
- Eso lo sabría cualquier chico que hubiese estado allí. Empiezas a aburrirme.
Lorcan sonrió.
- Está bien, lo intentaré de nuevo.- le dijo, mirándola fijamente. – Odias salir con chicos.
- Qué perceptivo.- dijo Lily, con sarcasmo.
- Pero te encanta la atención que recibes si uno se te acerca.- le dijo el slytherin. – Le das piola, lo haces girar como un trompo a tu alrededor, y luego lo desechas, cuando te aburres.
Lily cruzó las piernas debajo de la mesa.
- ¿Hablas por experiencia propia?- le preguntó, de forma punzante.
Lorcan rió.
- No, Lilith.- le dijo. – Puede ser que esté girando a tu alrededor, pero aún no me has desechado.
Lily levantó el mentón y esbozó una media sonrisa.
- Aún.- le dijo.
El mesero llegó con las dos jarras extra grandes de cerveza de mantequilla y colocó dos vasos frente a ellos. Se retiró inmediatamente. Lorcan se inclinó aún más contra la mesa.
- ¿Puedo preguntarte algo sin que te enojes, Lilith?- le dijo.
Lily lo miró, quieta, durante algunos segundos.
- No lo sé.- le dijo. – Hazlo y veremos.
Lorcan sonrió pero luego, borró la sonrisa de su rostro. Sus ojos celestes, agudos, inteligentes, permanecieron clavados en los de la gryffindoriana.
- ¿De quién te enamoraste?- le preguntó.
Lily frunció el ceño, descolocada, y soltó una risa corta.
- ¿Qué?- soltó ella.
- Lo que oíste.- insistió Lorcan. – Me gustaría saber de quién estuviste enamorada y te hizo tanto daño que te dejó amargada y llena de rencor contra los hombres.
Lily dejó que sus labios se entreabrieran, asombrada por la osadía de Lorcan. Poco a poco su rostro se fue tensando y tornándose rojo por el enojo. Bruscamente se puso de pie, haciendo sonar la silla contra el suelo y miró furiosa al slytherin.
- Te pasaste, Scamander.- le dijo. – No voy a quedarme a escuchar tus idioteces. La cita terminó.
La pelirroja caminó como un tornado hacia la salida del Caldero Chorreante, pero la voz de Lorcan, elevándose por la taberna, la detuvo en seco.
- Vaya, vaya.- dijo el slytherin, poniéndose de pie. – Así que Lily Potter tiene miedo de terminar su cita conmigo.- Lily giró sobre sus talones y lo encontró de pie, con los brazos cruzados sobre su pecho. - ¿Es demasiado para ti? Puedo entenderlo. Nos vemos en Hogwarts.
Lily soltó una risa de incredulidad y caminó, furiosa, de regreso a la mesa.
- ¿Miedo a terminar esta cita?- repitió una vez que estuvo frente a él, mirándolo a los ojos. - ¡No seas ridículo!
Lorcan se encogió de hombros.
- Bueno, fue lo que me pareció.- dijo el rubio. – Es decir, te hice una pregunta y saliste corriendo como si me tuvieras miedo.
- ¿Miedo?- volvió a decir Lily, claramente ofendida. - ¡Por Merlín que deliras!- se dejó caer sobre su silla y tomó la jarra, sirviendo cerveza en su vaso. – Terminemos con esta bendita cita de una buena vez, ¿te parece?
Lorcan se sentó, sonriendo.
- Bien.- le dijo. – Pero entonces hagamos que sea divertido.
Lily lo miró, aún furiosa, con escepticismo. Lorcan se aflojó la corbata del uniforme.
- A menos que tengas miedo, claro.- agregó.
Lily hizo acopio de su autocontrol para no perder los estribos.
- Suéltalo de una buena vez Scamander.- le dijo.
Lorcan se sirvió cerveza en su vaso también.
- Juguemos.- le propuso. – Quien acabe su vaso más rápido tendrá derecho a una pregunta, y sucesivamente. Está totalmente prohibido no responder. Tampoco hay reglas para las preguntas. Como ves, no es un juego para cobardes o malos bebedores.
Lily lo asumió como un reto y se aflojó también la corbata de su uniforme.
- Bien, Scamander.- le dijo. – Pero prepárate, porque nadie bebe más rápido que yo.
Y antes de que pudiera preverlo, Lily se llevó el vaso a los labios colocándolo en posición vertical. La cerveza empezó a desaparecer de éste como por arte de magia.
- Mier…- soltó Lorcan, pero no acabó porque se llevó su vaso a la boca también.
Pocos segundos después, Lily golpeó la mesa con su vaso vacío. Lorcan aún no había terminado el suyo.
- Oh Lorcan, creo que seré yo quien pregunte primero.- dijo Lily en un tono dulce fingido, disfrutando de su victoria.
Lorcan dejó de beber y la miró, aún sorprendido e incrédulo.
"Por Merlín, ¿en qué me he metido?"
8.-
Sueño # 11
Rose y Scorpius aparecieron en Camelot, fuera del castillo. Estaban en un modesto campo de entrenamiento donde varias mujeres blandían sus espadas contra muñecos de madera. Morgana caminaba entre ellas, corrigiendo sus movimientos de muñeca y sus posturas. Parecía en verdad dedicada a enseñarles cómo usar una espada adecuadamente. Hacía mucho tiempo que no la veían concentrada en otro propósito que no fuera matar a Uther y destruir cuanto pudiera a su alrededor.
- Nos quedamos dormidos.- dijo Rose, con algo de preocupación.
- Solo espero que alguno de los dos despierte antes de que anochezca.- dijo Scorpius, preocupado también.
Morgana se acercó a una joven de no más de 20 años y la tomó por los hombros, echándoselos hacia atrás.
- Debes mantener una postura recta, pero relajada. Firme, pero flexible. Si pones tu espalda arqueada, pronto tu columna empezará a dolerte.- le dijo la morena. Tenía puesta una armadura masculina y unos pantalones que seguramente había tomado de Arturo. Su cabello largo y negro estaba peinado en una trenza. Aún bajo esa apariencia guerrera, seguía viéndose como una princesa.
"Su belleza es impresionante", pensó Rose.
- Escúchenme todas.- dijo la morena, elevando la voz. – Este entrenamiento no es un juego. Camelot puede ser atacado en el día menos esperado por cuestiones políticas, y entonces…
- Los caballeros están para defendernos.- intervino una mujer. – Nosotras no servimos para esto.
La mujer dejó caer la espada sobre el césped. Los ojos verdes de Morgana se clavaron en ella con notable enojo, mas su semblante permaneció frío.
- Bien.- dijo en un tono de voz neutro. – Váyanse las que quieran.- dijo caminando alrededor de las mujeres. – Váyan a casa a cuidar a sus hijos, a cocinar, a lavar y limpiar la casa. Dejen que sean sus esposos, sus hijos, sus nietos varones quienes derramen sangre en la guerra.
Las mujeres, de repente, parecieron avergonzarse por haber pensado en declinar del entrenamiento. Morgana continuó:
- No sean estúpidas.- les dijo con desprecio. - ¿Qué pasaría si un ejército de magos y brujas viene a Camelot con la intención de derrocar al rey? ¿Creen que nuestros caballeros tendrían oportunidad contra la magia? Una vez que ellos caigan, irán por ustedes y por sus hijas. ¿Saben lo que ocurre en una guerra? ¿Saben lo que han hecho los soldados de reinos como el nuestro cuando atacan comunidades mágicas? Violan y asesinan mujeres y niñas. ¿Qué les hace pensar que no lo harían con ustedes?
- ¿Ejército mágico?- repitió una de las mujeres, aterrada.
Morgana, dándose cuenta de que en el fervor de su arenga había hablado demasiado, se apresuró a desviar la conversación:
- Fue solo un ejemplo. Claro que eso jamás ha pasado.- dijo la morena. – A lo que me refiero es que, no siempre van a tener hombres que las protejan. Deben saber protegerse a sí mismas, y a los seres que aman. ¿Quién les ha dicho que los hombres son mejores con las espadas? Yo soy una mujer y puedo derrotar a su príncipe Arturo con los ojos cerrados.
Las mujeres rieron, encantadas con la perspectiva de poder femenino.
- Gracias Lady Morgana.- dijo una de las mujeres, haciendo una leve inclinación. – Gracias por dedicar su tiempo enseñándonos esto…
Morgana pestañeó varias veces y un gesto similar a los que tenía antes, cuando no estaba impelida por el rencor y el odio, se dibujó brevemente en su rostro. Luego, sus facciones se nublaron, como si algo parecido a la culpa la hubiese asaltado. Se aclaró la garganta.
- No es nada.- les dijo. – A veces, cosas malas pasan.- habló con sinceridad, Rose podía sentirlo. – Cosas que no se pueden evitar. Y es bueno que sepan defenderse, por si ocurre un ataque.
Scorpius soltó una risa corta de incredulidad.
- Claro que ocurrirá un ataque.- dijo el slytherin. – ¡El que ella está planeando junto a Morgause!
Rose se mordió el labio inferior.
- Morgana no se está burlando de ellas.- le dijo. – En verdad quiere que aprendan a defenderse. Creo que siente algo de culpa.
- Me imagino que eso no la detendrá.
Rose negó con la cabeza.
- Nada la detendrá.
Arturo llegó caminando al campo junto a Merlín. Le sonrió ampliamente a Morgana mientras avanzaba a paso seguro, casi pedante, por el campo.
- Dime que no me has hecho quedar mal.- dijo el rubio.
Morgana clavó sus ojos verdes en él, sonriendo de forma vacía, y luego miró a Merlín sin intención de ocultar su molestia ante su presencia.
- Merlín, pule mi espada, ¿quieres?- dijo la morena, lanzándosela repentinamente. Merlín se echó hacia atrás, pues no sabía agarrar un arma, mucho menos en el aire, y ésta cayó al suelo clavándose en la tierra.
Arturo entornó los ojos.
- Creo que deberías unirte a este entrenamiento femenino, Merlín.- dijo el rubio. – Aprenderías.
Merlín fingió una sonrisa a Arturo.
- Ja…ja…- rió falsamente. Luego miró a Morgana y su sonrisa se borró, adquiriendo una actitud algo orgullosa y desafiante. - ¿Algo más, mi Lady?
Morgana amplió aún más su sonrisa, pero ésta pareció más falsa que nunca.
- No, gracias. Es todo por ahora.- le dijo.
Merlín sacó la espada del suelo y caminó a zancadas hacia una tienda roja en donde pulían las armas. Arturo rió. Morgana entornó los ojos.
- Qué lacayo más inútil que te conseguiste, Arturo.- le dijo.
- ¿De qué hablas?- le preguntó. – Siempre ha sido así y lo sabes. Y aún así lo adorabas antes.- el príncipe reflexionó. – No creas que no me he dado cuenta de que desde que regresaste tú y él se han distanciado.
- Qué perceptivo.- dijo Morgana con ironía, pero él no pareció percatarse de ello. – Estuve fuera de Camelot un año, las cosas cambian. Cuando me raptaron de aquí era aún una niña en muchos aspectos. Crecí y…bueno, ya no tenemos cosas en común.
Arturo asintió, aceptando la mentira de Morgana. Inmediatamente cambió de tema, aburriéndose de la conversación:
- Vine a invitarte a una excursión que haremos.- dijo el rubio, entusiasmado. – Iremos por el bosque hasta el Valle de Excalibur. Guinevere quiere conocerlo.
- ¿El Valle de Excalibur?- preguntó la morena, riéndose. Rose notó que aquella risa era natural, y no fingida. - ¿A donde solíamos viajar de excursión cuando éramos niños y contábamos historias macabras?
- Sí.- dijo Arturo, sonriente. – Le conté a Guinevere de ese lugar y de cómo nos divertíamos cuando éramos niños. Quiere conocerlo.
Morgana enfrió su semblante.
- Ah, Guinevere.- dijo con lentitud.
Arturo asintió.
- Seremos solo Guinevere, Merlín, tú y yo.- le dijo. – Vamos, no te niegues.
Morgana esbozó una media sonrisa mientras que en sus ojos se reflejó el espectro de una idea peligrosa.
- Cuenta conmigo.- le dijo.
- Esto no va bien.- dijo Scorpius, inclinándose hacia Rose. - ¿Recuerdas el sueño anterior? Morgana le dijo a Morgause que le daría a Merlín donde más le doliera. Creo que enrolarse en este viaje tiene que ver con eso.
Rose lo miró con confusión.
- ¿Cómo?- le preguntó.
Scorpius botó aire.
- No lo sé.- le dijo. – No lo sé…
Merlín regresó con la espada en mano, sosteniéndola incómoda y erróneamente. Parecía que le pesara.
- Listo.- le dijo, enterrándola en la tierra frente a Morgana. Sus ojos azules se encontraron con los de ella brevemente, pero fue como un hierro chocando contra otro y echando chispas.
Arturo le dio una palmada en la espalda al moreno.
- Merlín, ¡nos iremos de viaje!- le dijo.
El moreno miró con confusión a su amigo.
- ¿Qué?- le soltó. - ¿A dónde?
- Al Valle de Excalibur.- le dijo Arturo. – Será un viaje de dos días, máximo. Camelot estará bien sin nosotros 48 horas.
Merlín clavó sus ojos en Morgana con seriedad mientras ella sonreía.
- Creo que debo quedarme.- dijo Merlín, sin quitarle los ojos de encima a Morgana. Era evidente que no le hacía ninguna gracia tener que salir del reino y dejarlo a merced de la morena. Al parecer, no sabía que Arturo la había invitado también.– Gaius dijo que necesitaba que lo ayudara en unas cosas los próximos días.
- ¡Vamos, Merlín!- dijo el rubio. - ¿Cómo podrías tú ayudar a Gaius si no sabes hacer nada?
Morgana contuvo una carcajada. Merlín mantuvo la seriedad.
- Ya déjalo Arturo.- dijo la morena. – Que se quede. Nosotros nos divertiremos a lo grande.
Los ojos de Merlín se abrieron por la sorpresa y contuvo el aliento. Si había algo que lo aterrara más que dejar Camelot en las manos de Morgana, era dejar que Arturo viajara con Morgana. Eso sí, ni hablar.
- Pensándolo bien…- dijo Merlín. – Tienes razón, soy un inútil. ¿En qué podría ayudar a Gaius? Probablemente, lo mejor sería que me hiciera a un lado. Trabajaría mejor.
Morgana sonrió venenosamente y a Rose se le estremeció la piel. Parecía que eso era exactamente lo que la bruja quería, que Merlín viajara con ellos. ¿Qué era lo que tenía entre manos?
De repente, el escenario cambió. Rose y Scorpius se sostuvieron de las manos, intentando mantener el equilibrio cuando se vieron en la habitación de Morgana. Era tarde por la noche, podían saberlo porque a través de los cristales la ciudad entera permanecía en tinieblas y solo la luz de la luna iluminaba las calles. Dentro de la alcoba estaba una sola vela encendida, iluminando tenuemente el lugar. Morgana estaba de pie frente a la ventana, con una bata blanca y larga de seda y su cabello ondulado cayendo por su espalda. Parecía esperar con ansiedad a alguien.
Un ruido tras la puerta hizo que Morgana saltara de su lugar y clavara sus ojos verdes en ésta con una expresión de temor casi infantil. El pomo de la cerradura giró.
Mordred entró, cubierto por un sobretodo negro.
- Llegaste.- soltó Morgana, esbozando una sonrisa cálida.
El adolescente se quitó la capucha y su cabello negro, despeinado y algo largo apareció. Sus ojos de un azul eléctrico, brillaban a pesar de la oscuridad. Rose notó que sus rasgos estaban empezando a adquirir cierta masculinidad temprana. El niño empezaba a desaparecer para dar paso a un próximo hombre. Su piel era pálida, y su nariz se perfilaba larga y sinuosa, sin que esto desentonara en lo absoluto con su rostro. Era, en realidad, un adolescente bastante atractivo. Había algo oscuro en él, misterioso, peligroso. Como si alguien milenario ocupara ese cuerpo joven. Como si, por dentro, existiera un anciano.
- Siempre vengo, si siento que me necesitas.- dijo Mordred. Su voz también se había masculinizado. – Morgause me lo contó todo.
Morgana desvió la mirada, dolida y atormentada. Mordred se mantuvo en su lugar.
- También me dijo que no te importa, que no lo reconoces como tu padre.- dijo, sonriendo. – Que sabes que nosotros somos tu familia.
- Por supuesto.- dijo Morgana, enfriando su semblante. – Yo reniego de Uther. No es mi padre. Ahora más que nunca lo quiero muerto.
Mordred caminó por la habitación por parsimonia, observando el lugar algo despectivamente. Su sobretodo acariciaba el suelo tras sus pasos.
- Morgause también me contó lo de Merlín.- le dijo. – Es extraño que no hubiese sentido nunca su poder.
- Pero me curó en cuestión de segundos cuando estaba a punto de morir.- dijo la morena. – Así que su magia no puede ser débil.
Mordred miró a Morgana con un semblante rígido.
- No digo que lo sea.- dijo el moreno. Su mirada se volvió profunda e hiriente. - ¿No me digas que porque te salvó esta vez, logró ablandarte?
Morgana endureció su rostro.
- ¿Por qué me preguntas eso?- le dijo. - ¿Crees que he olvidado que intentó matarme?
- Espero que no lo olvides.- dijo Mordred. – Que no olvides que fui yo quien te cuidó, y Morgause quien consiguió el antídoto.
Los ojos de Morgana se volvieron de piedra.
- Jamás podría olvidar lo que hicieron por mí. Tampoco podría olvidar lo que Merlín me hizo. Todo lo que me hizo. – la voz de Morgana se volvió oscura y densa. – No sé qué es peor: que me hubiese envenenado, o que durante años hubiese permitido que sufriera en agonía por culpa de mis poderes, los cuales yo desconocía. – tragó saliva, tenía los ojos húmedos. – La última vez me salvó porque Uther confesó que era su hija y le ordenó a Gaius que me salvara la vida costase lo que costase. Si yo moría, Gaius iba a sufrir las consecuencias. Merlín tuvo que hacerlo. No le quedó otra alternativa.
Mordred se mantuvo quieto, inexpresivo.
- He vigilado a Merlín, como se lo pediste a Morgause.- dijo el moreno. – Es difícil saber la magnitud de sus poderes. No los usa nunca.- la expresión de Mordred se volvió aún más despectiva. – Es como si se avergonzara de ser superior a los demás.
- Está contra los suyos. ¿Qué otra cosa esperas de él?- soltó Morgana.
Mordred tomó un cepillo del velador de la bruja y se lo llevó a la nariz, aspirando el aroma del cabello de Morgana. La morena lo vio y sonrió.
- No me has abrazado.- le dijo ella, con auténtica ternura. Rose se sorprendió: hacía mucho que no veía sentimientos puros en Morgana. No estaban muertos entonces. Después de todo, seguían allí.
Mordred dejó el cepillo con delicadeza en su exacto sitio.
- Ven tú, y hazlo.- le dijo el moreno.
Morgana caminó hacia él con los brazos extendidos, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, Mordred enlazó sus brazos en la cintura de la bruja y la besó en los labios. Rose se sorprendió, no solo por el beso, sino porque se dio cuenta de que en poco tiempo Mordred había ya alcanzado la altura de Morgana.
La morena empujó gentilmente pero con firmeza a Mordred y cortó el beso. El adolescente esbozó una media sonrisa, satisfecho.
- No hagas eso.- dijo Morgana, mirándolo con severidad. – Eres…
- ¿Un niño?- preguntó Mordred. Sus ojos azules eléctricos estaban clavados en los de ella, y eran hipnotizantes. - ¿Te parezco un niño?
Morgana lo miró y guardó silencio. En realidad, ya no era un niño, tenía que admitirlo, pero para ella, Mordred siempre sería eso. No podía dejar de verlo de ese modo, a pesar de que sabía que en unos meses seguramente él sería más alto que ella, y en pocos años, no quedaría nada del niño que una vez recogió y cuidó; jamás lo vería de otra forma.
Scorpius miró a Rose y notó que su expresión era la de alguien que hubiese visto algo escandaloso. Sonrió.
- Rose.- dijo el rubio. – Cuando empezamos a tener estos sueños, Morgana tenía 17 años. Han pasado casi dos años desde entonces. Tiene 19, y Mordred…debe estar por los 15. La diferencia no es tanta.
- Sí que lo es.- dijo Rose.
- En unos cuantos años, no se notará.- comentó el slytherin.
Morgana se aclaró la garganta.
- No vuelvas a hacerlo.- le repitió mirándolo a los ojos, con firmeza. – Hablo en serio.
Mordred sonrió y se colocó la capucha.
- Seguiré investigando sobre los poderes de Merlín.- le dijo, cambiando de tema. – Te haré saber cualquier cosa que descubra.
El moreno estuvo a punto de caminar hacia la puerta, pero Morgana lo detuvo.
- Espera.- le dijo. – Tengo que pedirte algo.
Mordred la miró con algo de curiosidad, pero su rostro permaneció imperturbable.
- Mañana iré de viaje con Arturo, Guinevere y Merlín.- dijo la bruja. – Merlín va a estar muy pendiente de mí porque, seguramente, piensa que puedo ser un peligro para Arturo. Dejaré que ponga toda su atención en mí...
Mordred se cruzó de brazos.
- Con Merlín respirándote sobre la nuca, jamás podrás hacer nada en Camelot para asesinar al rey.
Los ojos de Morgana se volvieron huecos y fríos.
- Es precisamente por eso, que te necesito.- Mordred se concentró en las palabras de la morena. – Necesito saldar cuentas con Merlín por todo lo que me ha hecho, y además, sacármelo de encima por un tiempo. Y creo que sé cómo conseguirlo…
Mordred esbozó una media sonrisa.
- ¿Qué es lo que quieres que haga?- le preguntó.
Morgana elevó el mentón. Su rostro era un témpano de hielo.
- Quiero que mates a Gaius.
Rose retrocedió dos pasos y se tapó la boca. No podía creer lo que estaba escuchando, simplemente le resultaba inverosímil. ¿Podía ser Morgana capaz de tal atrocidad? Hacía unos pocos meses le había prohibido a Morgause que tocara a Gauis, y ahora, estaba dispuesto a matarlo. ¿Por qué?
Entonces, lo recordó.
Morgana había llenado su corazón de odio y rencor hacia Gaius también, porque él había sido su médico personal durante años y, aún sabiendo que lo que tenía no era ninguna enfermedad sino manifestaciones de sus poderes, la había medicado día y noche con pociones para desequilibrados mentales, causándole dolores y afecciones tanto físicas como psicológicas. Morgana, quien había puesto toda su fe en él, había descubierto su traición y sufrido por ello. Rose comprendía –no justificaba- el odio de Morgana. Nadie sabía cuántos años, cuántas noches, Morgana había vivido atormentada y medicada sin necesitarlo. Desde su punto de vista, Gaius era el peor de los hombres y merecía, por tanto, el peor de los castigos.
Mordred sonrió.
- ¿Cómo quieres que lo haga?- le preguntó.
Morgana tragó saliva. Sus ojos estaban húmedos pero vacíos, como dos agujeros sin fondo.
- Por la noche provoca un incendio en su casa. No dejes que escape. Cierra todas las salidas primero y no dejes que nadie lo salve.- dijo la morena. – Quiero que parezca un accidente, pero asegúrate de que antes de morir, él sepa que fui yo quien se encargó de su muerte. Quiero que sepa por qué.
Mordred no dijo nada, pero en su rostro estaba tatuado una especie de placer retorcido.
Antes de que Rose y Scorpius pudieran terminar de asimilar la noticia de los planes de Morgana, el escenario cambió.
Era de día, y estaban en las afueras de Camelot. Arturo, Guinevere, Merlín y Morgana bajaban de sus caballos y los ataban a un roble. Parecían ya tener algunas horas de viaje encima. Merlín no despegaba los ojos de Morgana ni un solo segundo.
- Gaius no puede morir así.- dijo Scorpius, de repente. – No puede…- tragó saliva. – Ella va a destruir a Merlín. Él no lo va a soportar.
- ¿Recuerdas la biografía que leímos de Merlín?- dijo la gryffindoriana. – Sabemos que la historia oficial está más que incompleta y equivocada, pero, en el libro decía que Gaius moría en un incendio, y que fue un accidente que Merlín nunca logró superar.- Rose bajó la mirada. – Me temo que en eso parecen no haberse equivocado los historiadores.
Scorpius negó con la cabeza, incrédulo. Sus ojos metálicos se clavaron en Morgana con profundo desprecio.
- No tiene perdón.- dijo el slytherin. – Lo que está haciendo no tiene perdón ni justificación.
Rose se entristeció.
- No, no tiene perdón.- dijo la pelirroja. – Pero sí justificación. Sí puedo entender por qué lo hace.
Scorpius miró a Rose como si no la comprendiera en lo absoluto.
- No puedo creer que sigas poniéndote de su parte.- le dijo, molesto. – Y aún así pretendes ser miembro de la Orden.
Rose lo miró ofendida.
- ¡No me pongo de su parte!- le soltó. – Pero puedo sentir todo lo que ella siente, tu jamás podrías comprenderlo porque solo sientes el dolor de Merlín. Yo siento el de ella, y es un dolor tan fuerte que lo único que la mantiene viva es ese odio que se empeña en mantener. ¿Qué no lo entiendes? El dolor corrompe, Scorpius. – Rose fue levantando la voz. – Si le prendes fuego a una persona, no puedes esperar que si sobrevive, no lleve consigo las cicatrices. No puedes esperar que después de eso, esa persona quede como antes. No. Se asemejará más a un monstruo que a un ser humano. Pero no fue su culpa. No fue su culpa que el fuego la deformara. ¿Entiendes?
Scorpius miró a Rose con frialdad.
- No.- le dijo. – No lo entiendo. No te entiendo.
Rose no dejó de mirarlo ni por un instante.
- Trato de decirte que el mundo no se divide en buenas y malas personas.- le dijo la pelirroja. – Trato de decirte que las personas son mucho más complejas que eso. – hizo una pausa pequeña. – No puedes pedirme que no sienta compasión por ella. ¿Es que no ves que se está autodestruyendo con todo esto? ¿Crees que no sufre cada vez que avanza con su venganza?
Scorpius negó con la cabeza, disgustado.
- Mejor no hablemos más de esto. Es evidente que pensamos y sentimos diferente.
Rose bajó la mirada sintiéndose de repente muy mal. No sabía si era por el desacuerdo que acababa de tener con Scorpius, por lo que estaba presenciando del pasado, o por los sentimientos pesados y el dolor de Morgana. Tal vez, era por todas esas cosas juntas.
También, y aunque Scorpius no lo supiera, se sentía mal por Merlín. Rose no quería imaginar cuánto iba a dolerle perder a Gaius de esa manera. De solo pensarlo lo dieron unas inmensas ganas de llorar.
Pero como siempre, las lágrimas no salieron.
- Voy a recoger algunas ramas para encender una fogata.- dijo Morgana, y dándose media vuelta se adentró en el bosque. Parecía desconcentrada y descompuesta. Se veía más pálida que nunca. Rose supo que debía estar atormentada por lo que había ordenado a Mordred. Tenía que estarlo.
Merlín la vio alejarse mientras hacía un fuerte nudo a las riendas de su caballo. Le dio dos palmadas al pura sangre y se dirigió a Arturo.
- Voy a acompañarla.- le dijo. – Nunca es bueno que una chica ande sola por el bosque.
Arturo asintió.
- Estoy de acuerdo.- le dijo.- Ve.
Merlín se dio media vuelta y caminó tras el sendero por el que había desaparecido Morgana. Era evidente que se negaba a perderla de vista ni un solo segundo. No quería arriesgarse.
No confiaba más en ella.
Rose y Scorpius se apresuraron a seguirlo. Después de un par de minutos vieron a Morgana recogiendo ramas en silencio. Merlín se detuvo a unos metros y no se movió por varios segundos. Miró a Morgana no con rencor ni distancia, como últimamente solía hacerlo, sino con tristeza y nostalgia. Caminó hacia ella. La bruja estaba tan hundida en sus pensamientos que no se percató de su presencia.
- ¿Recuerdas cuando salíamos a cazar juntos?- dijo el moreno. – Salíamos con Arturo, pero tú y yo solíamos perdernos por este sector. – Merlín tocó un árbol mientras pesaba junto a éste. – Parece como si hubiese pasado mucho tiempo desde entonces.
Morgana lo miró de forma vacua.
- ¿Qué es lo que quieres?- le soltó con irritación.
- Saber por qué aceptaste venir a este viaje.- le dijo el moreno, clavando sus ojos azules en los de ella. – Dudo que haya sido para revivir viejas memorias.
Morgana levantó el mentón.
- Arturo me lo pidió.- le dijo.
Merlín rió con sarcasmo.
- No te importa el dolor que le causarás matando a su padre, ¿pero me dices que te importa satisfacer sus caprichos?- le preguntó, escéptico. – A Guinevere no la soportas, y a mí me odias. Tiene que haber una razón para que hayas decidido venir, y quiero saberla.
Morgana lo miró con desprecio.
- Por favor, Merlín.- le dijo, y su tono de voz se volvió enigmático. – Ya lo verás.
Merlín la miró amenazante.
- Si planeas hacerle daño a Arturo o a Guinevere, te advierto que…
Morgana, con varias ramas entre sus manos, caminó hacia él, desafiante.
- ¿Me adviertes qué?- le preguntó. - ¿Por qué pierdes tu tiempo diciéndome todo esto?
- Porque no entiendo cómo alguien puede querer herir a quienes fueron sus amigos.- dijo el moreno con firmeza y rencor en su voz.
Morgana esbozó una sonrisa dolorosa.
- No, por supuesto que no.- le dijo. – Tú solo los envenenas.
Merlín guardó silencio, tragó saliva, y bajó la mirada. No había más qué decir. Ella había acabado con todos sus argumentos.
- ¿Nunca vas a poder perdonarme, verdad?- preguntó Merlín, con profunda tristeza.
Morgana, mirándolo con frialdad, respondió:
- ¿Qué hubieses intentado matarme?- le preguntó. – Ojalá solo me hubieses hecho eso, Merlín. Porque eso es imperdonable, pero el resto….simplemente no tiene nombre.
Merlín levantó la mirada y sus ojos se chocaron con los de ella. Se sostuvieron la mirada por varios segundos, en silencio. Morgana sonrió.
- Sé sincero.- le dijo. - ¿Te arrepientes de algo de todas las cosas que me hiciste?
Merlín respiró y sus ojos se humedecieron, mas su rostro se mantuvo impoluto.
- No.- le dijo. – Hice lo que tenía que hacer.- hizo una pausa. – Hice lo que pude, lo mejor que pude, dadas las circunstancias.
Morgana no borró su sonrisa, pero sus ojos parecían los más tristes del mundo. Lentamente, se fueron llenando de odio.
- Entonces, sé hombre y no pidas perdón.- le dijo.
Merlín irguió su espalda ligeramente y endureció su mirada sobre la bruja.
- A Arturo y a Guinevere voy a defenderlos.- le dijo en tono de amenaza. – Haré lo que sea para protegerlos.
Morgana dio dos pasos más hacia Merlín, haciendo que la distancia entre ellos fuera mínima.
- No esperaba otra cosa de ti.- le susurró.
Y con esto, dejó caer el cúmulo de ramas pesadas a los pies del moreno.
- Recógelas.- le ordenó. – Para eso están los sirvientes, ¿no?
Morgana le dedicó una última mirada llena de odio y despecho, y regresó al sendero. Merlín se quedó quieto, inmóvil en su sitio durante varios minutos. Luego, recogió las ramas del suelo y se dispuso a volver.
Scorpius y Rose lo siguieron.
Caminaron unos pocos minutos y luego vieron a Merlín detenerse. Morgana estaba arrimada a un árbol, escondida de Arturo y Guinevere, con una expresión vacía y de incomodidad. Sus ojos verdes se clavaron en los del moreno.
- Están besándose.- le dijo la bruja, explicando por qué permanecía allí, cruzada de brazos.
Merlín la miró inexpresivamente.
- No entiendo tu condescendencia hacia Arturo.- dijo el mago. – No te importa matar a su padre, pero lo ayudas con Guinevere. ¿Es una especie de compensación por el daño que quieres hacerle?
Morgana rió silenciosamente. Sus ojos, igual que dos serpientes, nunca dejaron de mirar al moreno. De repente, la sonrisa se desdibujó de su rostro.
- No es a él a quien quiero hacerle daño.- le dijo.
Los dos se miraron en silencio, desafiándose.
La voz de Arturo los obligó a cortar el contacto visual.
¡Hey! – gritó el rubio. - ¿Qué hacen allí? ¡Necesitamos encender la fogata!
En cuestión de un pestañeo el escenario cambió.
Rose y Scorpius se vieron dentro de Camelot, en la entrada de la ciudad. Las puertas habían sido abiertas y Arturo, Guinevere, Merlín y Morgana entraban en sus corceles. Varias personas se aglomeraban sospechosamente en el lugar, y Scorpius notó que Arturo observaba con extrañeza el movimiento en la plaza central.
- ¿Por qué este recibimiento?- preguntó Guinevere a Arturo. – Solo te has ido dos días…
El rubio continuaba mirando al su alrededor con desconcierto.
Algo está pasando.- le dijo a la castaña en un tono serio.
Los corceles se detuvieron y Arturo y Merlín bajaron. El príncipe ayudó a Guinevere a bajar de su caballo. Morgana saltó con facilidad del suyo.
- ¿Lo notas?- preguntó Arturo a Merlín.
- Sí.- dijo el moreno. – Algo ha sucedido en nuestra ausencia.
Sir Leon y Lancelot, dos caballeros de Camelot, aparecieron de entre la multitud y se acercaron a Arturo y a Merlín.
- ¡Qué caras!- soltó Arturo. – Lo que sea no puede ser tan malo.
Sir Leon y Lancelot se miraron como si buscaran que el otro tuviera el valor de empezar el diálogo, pero ninguno parecía poder hacerlo. Lancelot bajó la mirada y se aclaró la garganta.
- Ha habido un accidente.- dijo de repente, levantando la mirada y mirando a Merlín. – Un incendio.
- Ya…- dijo Arturo, deseando obtener la información completa. Su rostro se había ensombrecido.
Merlín dio un paso adelante.
- ¿El rey está bien?- preguntó, preocupado.
Sir Leon titubeó.
- No es el rey quien ha sido afectado.- dijo con tristeza. Sus ojos almendrados estaban fijos en Merlín. – Fue en la noche cuando todos dormían. Nadie lo notó, ni siquiera la guardia nocturna…No pudo escapar….Lo siento.
Rose miró a Morgana. La bruja estaba aún al lado de su corcel, escuchando todo, con la mirada perdida y los ojos húmedos.
- No entiendo.- dijo el moreno, sonriendo; pero en sus ojos se adivinaba que había empezado a comprenderlo, pues éstos estaban llenos de lágrimas.
Arturo se volteó y miró a Merlín con una expresión inenarrable. Todos guardaron silencio. Guinevere se tapó los labios con ambas manos mientras que lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.
- No.- negó Merlín, retrocediendo.
Sir Leon y Lancelot guardaron silencio, incapaces de encontrar las palabras adecuadas a pronunciar en un momento como ese. Merlín cerró los ojos y tragó saliva. Durante varios segundos no se movió ni emitió un solo sonido. Luego, abrió los párpados. Sus ojos eran otros.
- ¡Gaius!- gritó, y corriendo se abrió paso entre los caballeros, empujándolos.
- ¡Merlín!- gritó Arturo, y corrió veloz tras de él.
Rose y Scorpius los siguieron de inmediato, sintiendo sus corazones sobresaltados por la pena. Mientras corrían por Camelot, Rose vio a Scorpius. El slytherin tenía la misma expresión que Merlín hacía unos segundos. Era evidente que estaba sintiendo cada gota del dolor del moreno.
Pronto llegaron a la que antes fue casa de Gaius y Merlín. Rose se llevó una mano a los labios cuando vio lo que quedó de ésta: ruinas y cenizas. El fuego lo había destruido todo. Aquel lugar desierto, muerto, había sido la tumba de Gaius. Del hogar acogedor, íntimo, que alguna vez compartió Merlín con el amable anciano no quedaba nada. Merlín estaba en el centro de los escombros, dándole la espalda a Arturo. El príncipe lo observaba con desolación. También sufría por el anciano que durante tantos años había sido médico de la familia, y más que eso, un amigo. "Pero más sufre por ver sufrir a Merlín", pensó Rose, adivinando los sentimientos del príncipe. Aún de espaldas resultaba claro que Merlín lloraba, pues sus extremidades temblaban ligeramente, como de quien solloza con amargura en el más profundo de los silencios.
Rose, aún sin poder respirar por la presión que sentía en el pecho, miró a Scorpius. El slytherin temblaba también, y sus ojos estaban humedecidos.
- Scorpius…- murmuró ella, extendiendo una mano hacia el rostro del rubio.
- No.- negó él, volteando el rostro a un lado y evadiendo la caricia de Rose. – No ahora, por favor.
Rose comprendió y bajó la mano. Volvió a mirar a Merlín. El mago cayó de rodillas sobre los escombros y una polvareda se elevó en el aire. Gritó con todas sus fuerzas, rabiosamente, con un ardor y un dolor que se extendió por todos los sitios. Arturo dio un paso hacia él.
- Merlín…- dijo, pero no supo cómo continuar.
El moreno se pasó la mano cubierta por el guante negro, limpiándose las lágrimas, y se puso de pie otra vez. Se dio la vuelta con dificultad, como si estuviera sedado o mareado. Miró a Arturo, pero sus ojos azules estaban en otro lugar muy distante. En su rostro se notaban con claridad las señales del llanto: nariz roja y párpados rosáceos. El moreno se humedeció los labios.
- No me sigas.- le ordenó.
Y con esto, Merlín salió de entre los escombros y caminó por uno de los callejones del centro de la ciudad.
Scorpius lo siguió de inmediato. Rose tuvo que correr para alcanzarlo.
Merlín caminaba como un autómata. Se iba golpeando contra barriles, y gente que avanzaba por el lugar. Las lágrimas seguían brotando de sus ojos como una llave abierta. Pronto llegaron a un sitio conocido: la entrada a la prisión subterránea donde estaba encerrado el dragón profeta, Vesporg.
"¿Por qué querrá venir a hablarle ahora?", pensó Rose. Se llevó una mano al pecho. Sentía una profunda pena, pesada, aguda. Una angustia inconmensurable. Mientras entraban con Merlín por la gran puerta de acero y bajaban por las escaleras de caracol, descendiendo por la tierra, pensó en Morgana. ¿Provendrían de ella esas sensaciones que experimentaba?
Cuando llegaron al final de las escaleras, Merlín caminó hasta el filo del abismo oscuro. Su respiración era agitada y pesada.
La voz ronca del dragón hizo eco por el lugar.
- Te esperaba, joven mago.- le dijo. – Aunque ciertamente, lamento las circunstancias.
El dragón se dejó ver, emergiendo del fondo de aquella oscuridad espesa. Merlín clavó sus ojos, dolidos y cansados, en la bestia.
- ¿Por qué no me lo dijiste?- le preguntó.
El dragón no se movió de su sitio y guardó silencio. Merlín perdió la paciencia.
- ¡¿Por qué no me lo dijiste!- le gritó. Todo su cuerpo temblaba.
- No soy dueño de las cosas que sé.- dijo el dragón. – La última vez que viniste, no sabía que esto iba a ocurrir. Luego, lo supe.- hizo una pausa. – Pero tú no has venido a verme en mucho tiempo, así que no tuve cómo decírtelo.
Merlín retrocedió, mareado, y dejó que su espalda se pegara contra la pared rocosa de la cueva.
- La realidad es que has estado evitando verme desde que la bruja regresó.- dijo el dragón. – No creas que no sé por qué.
- Cállate.- le exigió el moreno, sin mirarlo. – Gaius está muerto y tú quieres seguir hablando de Morgana.- Merlín cerró los ojos; más lágrimas corrieron por sus mejillas. – Está muerto…
Vesporg botó humo por sus fosas nasales.
- Tengo que hablar de ella.- dijo el dragón. – Especialmente ahora.
Merlín pareció no escucharlo, su mirada estaba perdida en el vacío.
- Si no hubiera ido con Arturo, habría podido salvar a Gaius…- dijo en voz alta. – Habría podido evitar ese accidente.
El dragón hizo sonar las cadenas que ataban su cuello.
- No habrías podido.- le dijo. – Porque no fue un accidente.
Rose contuvo la respiración y a su vez, Merlín también lo hizo. Sus ojos azules, húmedos, emergieron del vacío para clavarse en los del dragón con extrema confusión.
- ¿Qué?- soltó, casi en un murmullo.
El dragón extendió levemente sus alas y las volvió a acomodar junto a su cuerpo.
- He dicho que no fue un accidente, joven mago.- dijo el dragón. – El incendio en el que pereció Gaius fue provocado.
Scorpius sintió como si respirar le fuese difícil. El rostro de Merlín parecía el de un fantasma: todo el color, toda la vivacidad había desaparecido.
- No…- soltó el moreno. – No puede ser…
- Siempre te has rehusado a escucharme, y por ello estás viviendo lo que ahora vives. Todas las decisiones que tomas tienen sus consecuencias, y aunque no las veas de inmediato, tarde o temprano volverán para cobrar sus deudas.- dijo el dragón. – Una vez yo te dije que dejaras morir a un niño. Te advertí de él, te dije que era mejor que permitieras que Uther lo ejecutara pero no escuchaste. Lo ayudaste a escapar, y ahora, él no es más un niño; y con sus propias manos prendió fuego a tu casa.
Merlín se despegó de la pared, horrorizado, confuso, sintiendo algo ardiendo en su interior.
- Mordred.- pronunció.
- Todas tus decisiones tienen consecuencias, joven mago.- repitió el dragón. – El niño al que salvaste mató a tu protector, es cierto. Pero lo hizo bajo las órdenes de la mujer a la que no te atreviste a matar.- los ojos de Merlín miraron al dragón con espanto. – Lady Morgana.
Merlín se tambaleó. Sus ojos se nublaron y su rostro, antes pálido como el de un cadáver, se enrojeció. Sus manos se cerraron en puños y todo su cuerpo se tensó, adquiriendo un aspecto sólido, inverosímil.
Vesporg lanzó humo de sus fosas nasales nuevamente. El olor a azufre fue insoportable.
- Fue ella quien dio la orden.- dijo el dragón. – Fue ella quien decidió la muerte de tu protector. Mi profecía empieza a cumplirse: se ha convertido en una asesina. Y este…es solo el comienzo. – hizo una pausa. – Te sacó de Camelot de forma intencional. Sabía que jamás dejarías a Arturo solo, y aprovechó tu ausencia para enviar a uno de los suyos a matar a Gaius, todo con la intención de debilitarte. Debes entender una cosa de ella: su mente es como un diamante… fría, dura y brillante.
Pero Merlín pareció no escucharlo. Co n una velocidad increíble se volteó, poseído por algo atemorizante, y subió corriendo las escaleras.
A Rose no le quedó duda alguna de adónde se dirigía. Y temió.
"Va a matarla", pensó con desesperación.
Rápidamente, el escenario cambió y tanto Scorpius como Rose se vieron en la habitación de Morgana. Allí, la morena caminaba de un lado a otro sosteniéndose el abdomen mientras lloraba. Rose ya conocía ese gesto de ella: era como si colocándose la mano sobre el estómago intentase recogerse a sí misma. Nunca lo conseguía.
Ahora no le cabía duda alguna: lo que había estado sintiendo provenía de ella. Rose podía sentir con claridad el dolor en Morgana. Ver el crimen que ideó llevado a cabo era muy distinto a solo haberlo planeado. No se arrepentía, Rose estaba segura de que no; pero eso no significaba que no estuviera sufriendo. Gaius la había traicionado, y a final de cuentas, nunca la había querido. Pero ella sí lo había querido y apreciado en algún punto. Morgana, alguna vez, habría dado su vida por Gaius.
"Morgana quiso a muchos que en realidad nunca la quisieron", pensó Rose, con tristeza. Gaius era un ejemplo de esas personas. El anciano había sido un gran hombre, y había dado todo por proteger a Merlín, guiarlo, y ser como un padre para él. Y así como había amado a Merlín igual que a un hijo, así mismo, jamás había sentido gran afecto por Morgana. Era difícil de comprender, pero así era. La había cuidado desde niña por ser el médico personal de la familia, pero no se compadeció en lo absoluto cuando el dragón le dijo a Merlín que lo mejor era que la mataran. Gaius siempre le aconsejó al moreno que callara lo de sus poderes e insistió en mantener a Morgana medicada. Y cuando ella fue envenenada, quien sufrió fue Merlín, no él. Al final, Gaius era tan capaz de amar como de ser indiferente por el dolor de otros.
"Al final, Gaius era humano", pensó Rose, "Ni mejor ni peor que otros".
La realidad era que Morgana jamás había recibido el afecto completo y absoluto de nadie, ni siquiera de Merlín. Uther había preferido a Arturo, Arturo a Merlín y a Guinevere, Gaius a Merlín, y Merlín a Arturo. Nadie, a excepción de Morgause y Mordred, había puesto a Morgana por encima de todo. La habían dejado sola durante mucho tiempo.
"La soledad puede matar a una persona", se dijo Rose.
Morgana se apoyó en la pared y sollozó. Rose sintió un vacío enorme en la boca de su estómago. ¿Cuánto más sufriría Morgana? La profecía del dragón…¿acaso no hubiera podido detenerse si Merlín le hubiese tendido la mano desde un principio? Cuán diferentes hubiesen sido las cosas si Merlín le hubiese explicado que no estaba enferma, que nunca lo estuvo: que lo que tenía era magia, y nada más. Tal vez, entonces, Morgana no habría encontrado las únicas respuestas en manos de Morgause, y no hubiese intentado matar a Uther.
"Y si eso no hubiese pasado, Merlín no hubiera tenido que envenenarla en primer lugar" pensó Rose. "Y esta cadena de agresiones y odios no habría empezado nunca"
- Explícame por qué llora.- exigió Scorpius a Rose, de repente, sin mirarla. Sus ojos grises estaban clavados en la morena con inmenso repudio.
Rose tragó saliva y contuvo sus propias ganas de llorar.
- Scorpius…- le dijo, con la voz quebrada. – El amor hace que las personas sean mejores… las llena, y hace que al estarlo, esas personas quieran compartir con otros lo que sienten.- hizo una pausa. – La falta de amor hace lo contrario: seca a las personas por dentro, las hace sangrar y agonizar en vida…las deforma…las distorsiona. Finalmente, acaba con ellas.- Rose miró a Scorpius directamente a los ojos. – Dime si cuando ves a Morgana ves a un monstruo, o a una persona que jamás recibió una sola gota de afecto.
- Eso no justifica esto.- sentenció el rubio, aún sin mirar a Rose. – No lo justifica.
Morgana se despegó de la pared y se secó las lágrimas del rostro con su mano pequeña y blanca. Sus ojos se perdieron en un vacío duro, hueco, doloroso. Luego, caminó hacia la puerta de su habitación.
"¿A dónde irá?" se preguntó Rose.
Pero cuando la abrió y se dispuso a salir, los ojos azules de Merlín, muchos metros más allá en la punta del pasillo la detuvieron en seco. Rose contuvo la respiración. La expresión en el rostro del moreno era tan amenazadora, tan dolida, que a Morgana no le cupo duda de qué era lo que la motivaba. Scorpius miró el rostro de la morena. Parecía petrificada, asustada. Su expresión era la de una niña cuando ha sido descubierta tras haber roto un jarrón costoso.
Merlín comenzó a caminar a una velocidad impresionante hacia Morgana. La bruja, aterrada, cerró la puerta de su habitación con rapidez y le puso seguro. Retrocedió con el corazón en la boca dos pasos, y luego, cuando escuchó un golpe a puño cerrado contra la madera, saltó, atemorizada. Muchos más golpes siguieron a ese, y luego, Morgana vio el cerrojo de su puerta romperse en un estallido.
La puerta se abrió de par en par.
Merlín entró poseído por la furia y Morgana retrocedió, gritando, hasta golpearse de espaldas contra la pared. Merlín aprisionó su cuello con una de sus manos mientras que con la otra descargó un golpe contra la pared. Morgana saltó, presa de sus nervios. Sus ojos verdes lo miraban con verdadero terror. Merlín apretó el cuello de la morena.
Morgana comenzó a ahogarse.
- ¡Asesina!- le gritó, mientras seguía apretando el cuello de la morena. - ¡Maldita asesina! Debí haberte matado cuando pude…debí haberle hecho caso a todos y acabar con tu venenosa existencia….
El rostro de Morgana se había tornado rojo y soltaba pequeños quejidos de dolor. Algunas lágrimas corrían por las comisuras de sus ojos. Merlín había perdido el control de sí mismo.
- ¡Gaius te cuidó desde siempre! ¡veló por ti! ¡era un buen hombre!- gritó, mientras seguía apretando con más fuerza el cuello de la morena. - ¡Era mi única familia! ¡No merecía una muerte así!
Morgana enlazó sus manos en el brazo de Merlín, intentando sacárselo de encima infructuosamente. Rose, desesperada también, no comprendía por qué la morena no hacía uso de su magia. Ya antes lo había quemado para soltarse de él. Era como si Morgana no tuviese intención alguna de defenderse.
- ¡Lo destruiste!- gritó Merlín. La lágrimas volvieron a emerger de sus ojos azules. - ¡Me destruiste!
Entonces, el moreno fue aflojando la presión en el cuello de la bruja. Morgana volvió a respirar y tosió con fuerza. Los dedos de Merlín habían quedado marcados en su piel blanca. El moreno, desecho por el dolor, rompió en llanto y se fue resbalando por el cuerpo de la bruja hasta caer al suelo, sollozando intensa y desgarradoramente abrazado a las piernas de Morgana. Ella, pegada a la pared, lloraba también sin tregua.
- ¿Por qué?- dijo Merlín, sin dejar de llorar como un niño. - ¿Por qué me hiciste eso? ¡¿Por qué?- parecía que casi no podía respirar por el dolor. - ¿Quieres matarme? ¡Hazlo! ¡Acaba conmigo de una vez por todas! Ya no puedo más….no puedo….
Morgana bajó la mirada, llorando aún y temblando, para mirar a Merlín. El moreno no la miraba, tenía su cabeza pegada a sus rodillas y sollozaba incontrolablemente. Morgana extendió su mano hacia el cabello negro azulado del mago, pero se detuvo a unos pocos centímetros de acariciarlo. ¿De qué serviría que lo hiciera cuando le había hecho ya tanto daño? ¿De qué servía cualquier muestra de afecto cuando los dos se habían lastimado al máximo? ¿De qué? Morgana se contuvo. ¿Qué era la caricia de un enemigo sino la promesa de algo imposible? ¿En qué se diferenciaba una caricia a un golpe? ¿Qué podría sentir Merlín sino asco de ella después de todo lo que habían vivido? Qué lejos estaba aquel tiempo en el que unían sus manos como dos entrañables amigos. Qué lejos estaban aquellas noches en las que Morgana soñaba con los labios de Merlín sobre los de ella, con inocencia, con la pureza de la inexperiencia del primer amor. Ya nada quedaba de eso. Amor era una palabra que Morgana no había conocido jamás. Era algo que había sentido y que nunca fue ni sería correspondido.
"Pero sí lo fue…" pensó Rose, invadida por la tristeza del momento. "Merlín la amó…la amó mucho…"
Ya no sabía si eso seguía siendo así, pero estaba casi segura de que Merlín no había dejado de amarla hasta ese momento. La pregunta era si su amor podía sobrevivir tras lo que Morgana le había hecho. "¿Qué amor puede sobrevivir a esto?" se preguntó Rose.
Dos lágrimas corrieron por el rostro de la pelirroja sin que pudiera contenerlas. Era la historia más triste del mundo: la historia de Merlín y Morgana era la más triste y trágica de todas.
Lentamente, el llanto de Merlín se fue apaciguando. Tras unos minutos, el moreno soltó las piernas de Morgana y se puso de pie sin mirarla, como si hubiese olvidado que ella estaba allí. Retrocedió uno, dos, tres pasos, y luego dio la vuelta haciendo su camino hacia la puerta. En el umbral se detuvo y volteó ligeramente. Sus ojos azules se fijaron en Morgana con firmeza y vacuidad. La bruja tragó saliva. En los ojos de Merlín había determinación, dolor, amenaza…una mezcla de sentimientos indescifrable.
- No te atrevas a asistir al funeral.- le dijo en un tono ausente. – De ahora en adelante, Morgana, no viviré para otra cosa que no sea para acabarte. Cada paso que de, cada gota de sangre que derrame, será para sacarte de Camelot y no tener que ver tu rostro nunca más.- Merlín regresó la mirada al frente, dándole la espalda. – Esto solo acabará con tu muere o con la mía. O tal vez, y mejor sea así, con la de los dos.
Y con estas últimas palabras, Merlín salió de la habitación.
Morgana, aún pegada a la pared, se secó las lágrimas con el rostro vacío de cualquier tipo de sentimiento.
- Que así sea…- murmuró para sí misma. Y volvió a sollozar mientras se dejaba caer al suelo, derrotada aún en su propia victoria.
Y entonces, Rose despertó.
9.-
Lily golpeó la mesa con su vaso vacío y sonrió. Sus mejillas estaban arreboladas por el calor de la bebida. Lorcan dejó su vaso a punto de terminar junto a la jarra y bufó.
- ¡No puedo creerlo!- soltó, mareado por la bebida e indignado.
- Me toca preguntar otra vez, rubio.- dijo Lily, sonriendo tontamente.
Llevaban una hora y media bebiendo y jugando. En ese tiempo, Lily había prácticamente monopolizado las preguntas, pues casi siempre acababa su vaso primero que el slytherin. La última jarra estaba por terminar y Lorcan había tenido la oportunidad de hacer tan solo dos preguntas. La primera había sido tonta: le preguntó si lo encontraba atractivo. "No", había respondido ella, a secas, y con toda sinceridad. La segunda, fue más apropiada, pero Lily también se las había ingeniado para dar una respuesta lacónica. "¿Cuál es el recuerdo más feliz de tu vida?", le preguntó. "Cuando papá me enseñó a volar", respondió ella. Lily, por el contrario, llevaba más de cinco preguntas hechas. Había perdido ya la cuenta exacta. Y todas las cosas que había preguntado lograron sacar recuerdos vergonzosos y humillantes de la vida de Lorcan, justo como se lo había propuesto a sí misma.
- Mmmm…¿qué me apetece preguntarte ahora?- dijo Lily. Era evidente que disfrutaba de la perspectiva de continuar avasallándolo. - ¡Ya sé!- soltó, entusiasmada. - ¿Cuándo, cómo y por qué fue la última vez que lloraste?
Lorcan refunfuñó.
- Yo no lloro.
- Todos lloran.- replicó Lily. – Especialmente los hombres.
Lorcan bufó. Lily lo miró de forma burlona.
- ¿Así que no puedes con tu propio juego, Scamander?- le dijo, incisivamente. – Buu…¿vas a llorar?
El slytherin la miró a los ojos.
- ¡Bien!- exclamó. - ¡Voy a responderte!
Lorcan tomó lo que quedaba de su vaso, y se limpió la boca.
- Te escucho.- le insistió la pelirroja.
El slytherin miró por la ventana.
- Hace dos años.- le dijo en un tono bajo. – Cuando mi abuelo murió.
La sonrisa en el rostro de Lily se borró lentamente. Sus ojos oscuros se fijaron en Lorcan con interés. En las facciones del rubio había algo de melancólico y triste. Ahora podía recordarlo: cuando Xenophilius Lovegood había muerto, Luna y Rolf habían invitado al sepelio a Harry y a Ginny. Había sucedido durante unas vacaciones de verano, y recordaba que durante esos meses ni Lorcan ni Lysander fueron a la madriguera.
Lily se humedeció los labios.
- Lo siento.- le dijo, con suavidad.
- No importa.- dijo Lorcan, aún mirando por la ventana. – Pocos días antes de su muerte nos habló de los Snorckack de cuernos arrugados; una criatura que había inventado para mamá cuando era niña, y que ella buscó durante muchos años, inocentemente, creyendo en el abuelo.- Lorcan sonrió. – Nunca nos había hablado de él, lo reservaba para mamá, como si fuera algo especial entre ellos….una broma íntima. Cuando la compartió con nosotros, Lysander y yo supimos que era su forma de decirnos que nos quería tanto como a mamá. – Lorcan bajó la mirada. – Tuvieron que pasar dos años de su muerte para que Lysander y yo nos decidiéramos a tatuarnos el Snorckack en el antebrazo.
Lily lo miró, sorprendida.
- ¿Se lo tatuaron?- le preguntó, maravillada.
- ¿Quieres verlo?- preguntó Lorcan, mirándola a los ojos.
Lily asintió. El rubio se remangó la camisa blanca y, en su antebrazo, apareció la pequeña criatura feroz e híbrida. La gryffindoriana rió llevándose ambas manos a los labios. Luego, miró al slytherin con inusitada ternura.
- Queda un solo vaso en esa jarra.- dijo la pelirroja, mirándolo a los ojos.- Bébelo. Te lo cedo.
- No es necesario.- dijo Lorcan.
Lily rió.
- ¡Claro que es necesario! ¡Es la oportunidad de tu vida! Podrás hacerme una última pregunta.- le dijo. – Además, te lo debo, por haber sacado el tema de tu abuelo sin quererlo.
Lorcan la miró, dudoso, por unos segundos. Finalmente tomó la jarra y sirvió lo que quedaba de cerveza en su vaso.
- Salud.- le dijo, elevándolo ligeramente hacia ella. Y lo bebió.
Lorcan dejó el vaso sobre la mesa con los ojos cerrados. Estaba mareado. Respiró profundo y abrió los párpados. Lily estaba frente a él, con su cabello rojo y lacio cayendo por sus hombros y sus mejillas pecosas sonrojadas por la bebida. La imagen le pareció perfecta.
- Mi pregunta es sencilla.- le dijo, inclinándose sobre la mesa. – Y tienes que responderla.
Lily se encogió de hombros.
- Hazla. Y la responderé.
Lorcan esbozó una media sonrisa.
- Quiero saber si estuviste enamorada alguna vez.- le dijo. – Quiero que me digas si me equivoqué cuando te hice la pregunta que casi te hizo acabar con una cita que ni siquiera empezaba.
Lily guardó silencio y entornó los ojos. Lentamente se inclinó también sobre la mesa, acercándose más a Lorcan. Las puntas de sus narices se rozaban.
- Escucha…- le dijo. - ¿Ves a ese hombre grande y robusto que bebe con sus amigotes?
Lorcan, descolocado, asintió.
- Bien.- dijo Lily. – Si te le acercas y lo retas a una pelea de puños, independientemente de si ganas o pierdes, te responderé.
Lorcan sonrió.
- Lily,- le dijo. – Si hago eso, es probable que no puedas responderme por el simple hecho de que ese tipo va a matarme.
La pelirroja sonrió, restregando su nariz contra la del slytherin.
- Vamos, tú también tienes lo tuyo.- dijo la pelirroja.
- Pero ese tipo es un gigante.- dijo él.
- Es la única forma.- dijo Lily. – Si no, olvídalo.
Lorcan rió y se puso de pie, tambaleándose.
- Para mala suerte tuya, y quizás mía, estoy lo suficientemente ebrio como para arriesgar mi vida de la forma más estúpida posible.- dijo el slytherin.
Y con esto, caminó tropezándose con otras personas hacia el gigante.
Lily, divertida, no se movió de su asiento. Observó cómo Lorcan le hablaba al hombre con seguridad, y luego, vio al hombre ponerse de pie y superarlo en altura como por tres cabezas. Lorcan de por sí era alto, pero aquel hombre era una bestia. Lily se puso de pie abruptamente cuando el sujeto lanzó un golpe cerrado contra el rostro de Lorcan, haciendo que éste cayera contra unas sillas y mesas para luego, resbalar al suelo, inconsciente.
-¡Lorcan!- gritó la pelirroja, y corrió, tropezándose con gente que empezaba a acumularse alrededor, hacia el slytherin.
El hombre que había soltado el golpe fue tomado por varios meseros del Caldero Chorreante y exiliado del lugar. Lily se arrodilló al lado de Lorcan y lo zaranderó. El rubio, adolorido, abrió lentamente los ojos, pero inmediatamente los volvía a cerrar, entre mareado y afectado por el golpe.
- ¿Estás bien?- preguntó Lily. – Por Merlín…no creí que serías tan estúpido como para hacerlo.
Lorcan sonrió levemente, pero el dolor lo hizo borrar la sonrisa con rapidez.
- Soy muy estúpido.- dijo él. – Ahora responde.
Lily miró a su alrededor. Varias personas, a unos metros, los miraban. Ligeramente se inclinó hacia Lorcan y, casi en un susurro, le dijo:
- ¿Alguna vez has querido a alguien que no deberías?- le preguntó. Lorcan guardó silencio – Sé que crees que me quieres, así que en este caso lo sabes muy bien.- la pelirroja se humedeció los labios. – Duele, ¿no es cierto?- Lorcan, aún con los ojos cerrados, frunció el ceño ligeramente. – Pero es un dolor placentero.
Lorcan abrió los ojos vio a Lily ponerse de pie. La pelirroja caminó lentamente por entre las mesas, dirigiéndose a la salida. El slytherin, con gran esfuerzo, se sentó.
- ¡Lilith!- le gritó. Ella se detuvo.– Aún no me has respondido.
Lily giró la cabeza, dándole el perfil, y sonrió con parquedad.
- Lo acabo de hacer, Lorcan.- fue todo lo que le dijo.
Y con esto, salió.
10.-
Alexander caminaba por los pasillos de Hogwarts rumbo a su sala común. Había empezado a llover y el sol estaba a punto de ponerse. Las gotas golpeaban los cristales de la ventana y creaban una añoranza invernal. Deseó estar sentado en la sala común tomando un café, acompañado por Megara y Scorpius. Recordó que el último no estaba, y que Megara lo evadía más que nunca porque insistía en no ser consolada por su situación. De una forma y otra, estaba solo, al menos por el momento. "Vaya, qué pocos amigos tengo.", pensó el slytherin, sonriendo. La realidad era que se llevaba bien con casi toda su casa, especialmente con las chicas, pero jamás le apetecía demasiado compartir tiempo con otros que no fueran Scorpius y Megara. A menos que quisiera sexo. En ese caso, prefería otra clase de compañía.
Alexander suspiró. Recordó que no había tenido sexo en ya casi dos semanas. Primero, por el viaje de navidad a casa de Scorpius, luego, por lo de Megara, y después porque le habían encomendado la misión de vigilar a Lucy. Cuando había intentado retomar su actividad sexual, la hufflepuff había aparecido de la nada y todo había quedado arruinado. No es que la culpara; qué podía saber ella del desastre que había causado. Lucy era inocente en todo aquello. Probablemente, Lucy era de esas chicas que siempre era inocente en todo.
Además, tenía que admitir que no la pasaba mal cuando estaba con la pelinaranja. Claro, excluyendo los momentos en los que ella se refería en voz alta a sus supuestas tendencias sexuales. ¿Por qué Rose le habría dicho semejante barbaridad a su prima? ¿Él y Scorpius? La sola idea le parecía suficientemente perturbadora como para ponerlo de mal humor. Y eso que él era tolerante. No quería ni imaginar la reacción de Scorpius si se llegara a enterar lo que se había fraguado a sus espaldas.
Se detuvo de repente cuando, en uno de los pasillos colindantes, vio a Lucy bajando un tramo de escaleras. Quiso ir a saludarla, pero se frenó cuando vio que una chica colocó su pie deliberadamente para que la pelinaranja cayera. Lucy, al no preverlo, tropezó y cayó tres escalones, soltando un quejido de dolor prolongado. La chica rió y sus compañeras también. Eran de Hufflepuff.
- ¿!Cuál es tu problema!- soltó Lucy, en el suelo, sosteniéndose una pierna y dirigiendo sus grandes ojos avellana. Alexander se sorprendió: era la primera vez que veía a Lucy reaccionar ante una agresión. Casi la había considerado incapaz de ello.
La chica se volteó ligeramente mientras continuaba subiendo las escaleras con sus amigas.
- Los defensores de traidores son mi problema, Weasley.- dijo ella. Sus amigas rieron. Pronto desaparecieron de vista.
Lucy suspiró y con esfuerzo se puso de pie. Movió su pie en el aire, comprobando que estaba bien, y luego lo apoyó en el suelo. Pareció dolerle un poco, pero no excesivamente. Levantó la mirada.
Sus ojos se chocaron de frente con los de Alexander.
El slytherin tenía el ceño fruncido.
La hufflepuff dio media vuelta y corrió por el pasillo, avergonzada.
- ¡Lucy!- la llamó, pero ella solo aceleró.
Alexander corrió tras ella.
Lucy huía por el pasillo como si escapara de la muerte misma. No quería enfrentarse a Alexander después de aquel suceso. Él le había preguntado si seguían molestándola, y ella lo había negado todo. Ahora el slytherin había comprobado con sus propios ojos que ella le mintió. No tenía ganas de justificarse.
Cuando el pasillo acabó solo quedaron las grandes puertas que daban al exterior del castillo. Lucy se detuvo al ver la lluvia torrencial, pero al voltear y ver que Alexander avanzaba rápidamente hacia ella, salió.
Alexander frenó, casi resbalándose, en el umbral de las puertas.
- ¡Lucy!- volvió a gritar.
La pelinaranja corría por los campos abiertos en medio de la tormenta. Alexander recordó que no era la primera vez que la había buscado en aquellas condiciones. Antes, había sido junto a Scorpius. Ahora, tendría que hacerlo él solo. Era como si cada vez que Lucy quería huir del mundo el cielo decidiera ayudarla lanzando agua y entorpeciendo la visión de los otros. Alexander dio un respingo.
"Ah no, Lucy Weasley", pensó, "un poco de agua no me va a ahuyentar"
Y corrió tras ella.
El agua era helada y lo empapó en cuestión de segundos. Podía ver a Lucy corriendo no muy lejos de él. Aceleró. Algo de barro salpicó sobre sus pantalones. Como la túnica se le había vuelto pesada por la cantidad de agua que había absorbido se la quitó sin dejar de correr, lanzándola a la tierra. Pronto estuvo lo suficientemente cerca como para estirar su brazo y agarrarla. Así lo hizo: tomó el brazo de la pelinaranja y la forzó a detenerse y voltear. Lucy soltó un pequeño grito. Estaban al pie de la cabaña de Hagrid.
- ¿!Qué es lo que quieres!- gritó Lucy, no de forma agresiva sino confusa y ofuscada.
- ¿!Qué es lo que te obsesiona con correr en la lluvia como una desquiciada!- le gritó de vuelta el slytherin. Clavó sus ojos verdes en ella. - ¡Eres una mentirosa!
Lucy lo miró avergonzada. Todo su cabello estaba mojado y su trenza casi desecha. Varios mechones caían, empapados, sobre su frente y cuello.
- ¿Por qué me dices eso?- preguntó ella, esta vez sin levantar la voz, apenada.
Alexander suspiró y desvió la mirada. Lucy notó que estaba molesto. Era la primera vez que lo veía así. No parecía de los chicos que se enojaban fácilmente. El agua había hecho que su cabello castaño cayera sobre su frente y que toda su camisa blanca se hubiera adherido a su cuerpo. Gotas resbalaban por su rostro y barbilla.
El slytherin la volvió a mirar, esta vez, condescendientemente.
- ¿Por qué no me dijiste que siguen atacándote?- preguntó él, frustrado. – Y peor aún: que también lo hacen los de tu propia casa.
Lucy bajó la mirada. La lluvia seguía cayendo torrencialmente sobre ellos.
- Porque es un problema mío.- le dijo. – Soy yo quien tiene que aprender a defenderse. No siempre vas a estar ahí de casualidad para espantar a quien decida intimidarme.
- Eso es porque no quieres.- dijo Alexander, cruzándose de brazos. – Si le dijeras a tus primos, yo ni siquiera tendría que poner demasiada atención en el tema. Son un ejército. Nadie te tocaría.
Lucy clavó sus ojos en el slytherin, dolida.
- ¿Te parece que soy tan inútil que necesito de mi familia para todo?- le preguntó. – Yo sé que no tengo el talento de Rose, ni el carácter fuerte de Lily, ni la inteligencia y personalidad de Roxanne, ni la reputación impecable de Dominique. Sé que no soy popular como Albus, ni buena en los deportes ni el ajedrez como Hugo, ni graciosa cono Fred y Louis. Soy bastante plana. No tengo grandes virtudes. Soy una hufflepuff.
- Lucy…- dijo Alexander, intentando explicarle que no era eso lo que quería decir, pero ella no lo dejó avanzar.
- …pero, a pesar de que sé muy bien todo eso, que sé bien que dentro de mi familia llena de matices y colores intensos soy, probablemente, el más aburrido y opaco de todos, pienso y siento como todas las demás personas ¿sabes? – sus ojos se humedecieron, y él lo notó a pesar de las gotas de lluvia que mojaban su rostro. – Y no soy una discapacitada. Puedo manejar mi vida. Quizás no mejor que otros, porque no soy nada extraordinaria, pero puedo manejarla relativamente bien. Y sé lo que hago. Y no es que quiera hacerme la mártir, como dice Lily. No es que me encante sacrificarme por otros. Simplemente hago lo que siento que debo hacer, y no me lo cuestiono. Y quiero que respetes eso. Quisiera en verdad que lo respetaras y fueras mi amigo, no un guardaespaldas o cuidador, como mis primos y primas. Lo que quiero de ti es tu amistad y comprensión. Solo eso.
Lucy se detuvo y tomó aire, como si se hubiese quedado sin él por la explosión de sinceridad que había tenido. Alexander la observó en silencio durante algunos segundos, luego, sonrió. Asintió ligeramente.
- Está bien Lucy.- le dijo. – Trataré de respetarlo.- su expresión volvió a ser seria. – Pero tienes que entender que me resulta difícil no intervenir si veo que te están haciendo daño, ¿comprendes?
Lucy lo miró a los ojos.
- ¿Cómo es que hemos llegado a ser amigos tan pronto?- le preguntó.
Alexander guardó silencio. No lo había pensado. En realidad, hasta ese momento no se había planteado que la situación que tenía con Lucy podía llamársele amistad. Al principio había estado pendiente de ella porque Scorpius se lo había pedido, pero tras hablar con ella y compartir tiempo juntos, había nacido de él estar preocupado porque otros no la molestaran. El pedido de Scorpius no había sido para él una carga en lo absoluto. Encontraba los ratos que pasaba con Lucy como momentos apacibles e íntimos. No le disgustaba hablar con ella, y en verdad, para el poco tiempo que llevaban dirigiéndose la palabra (cuatro días), se sentía lo suficientemente cómodo a su lado como para hablarle del mismo modo que le hablaba a Megara. Al darse cuenta de ello no pudo evitar sorprenderse. ¿Qué otra cosa si no amistad podría llamársele a esa extraña conexión que tenía con Lucy?
Alexander notó que Lucy había empezado a temblar. Solo en ese momento sintió el frío también calando sus huesos. La lluvia estaba helada.
- Hay que regresar, o nos enfermaremos.- le dijo.
Pero cuando los dos se voltearon vieron, a lo lejos, la gran puerta de entrada al colegio cerrada. Notaron que ya había anochecido, y no sabían con exactitud hacía cuánto. Seguramente ya había dado el toque de queda para el exterior. Si alguien descubría que estaban afuera, probablemente acabarían sancionados.
Alexander maldijo por lo bajo. Lucy lo tomó de la mano y lo haló hacia la cabaña de Hagrid. El castaño puso resistencia.
- ¿Allí?- le preguntó, en un tono muy slytheriano.
- Sí, allí.- dijo Lucy, seria. – Es la única salida, si no quieres morir congelado y resfriado a la vez.
Alexander tuvo que admitirse a sí mismo que la hufflepuff tenía razón. No le agradaba la idea de entrar a la cabaña de Hagrid, pero no veía otra opción posible. Definitivamente, tocar salvajemente la puerta para que Filch les abriera y luego los acusara con los jefes de casa no era una alternativa tentadora.
"A casa del gigante, entonces", se dijo Alexander, y se dejó llevar por Lucy.
Primero tocaron la puerta con fuerza, pero nadie respondió. Después de unos minutos en los que ambos creían estar a punto de morir, Lucy se golpeó la frente con la palma de la mano.
- ¡Cierto!- exclamó. - ¡Hoy es viernes! ¡Hagrid parte los fines de semana a cuidar de su hermano!
- ¿Qué!- soltó Alexander. Ya se había hecho a la idea de entrar a la cabaña y calentarse.
- No te preocupes.- dijo Lucy. – Eso es algo bueno.
La pelinaranja empujó la puerta y ésta se abrió con facilidad. Los dos entraron rápidamente y la cerraron. Adentro, todo era mucho más cálido. Los dos frotaron sus manos una contra otra, dándose calor.
Alexander observó el lugar con interés. La cabaña era pequeña y rústica, algo desordenada y de un olor extraño, pero inusualmente acogedora. Los tapices de los muebles estaban despedazados, seguramente por el enorme perro que dormía pesadamente sobre una de las alfombras. En general, el lugar no le desagradó tanto, teniendo en cuenta que estaba acostumbrado a otra clase de entorno mucho más sofisticado.
- Encenderé la chimenea.- dijo Lucy, sacando su varita y dirigiéndose a hacia la pequeña chimenea de Hagrid.
- ¿Vamos a quedarnos aquí hasta mañana?- preguntó Alexander, pasando una mano por una estantería y encontrando polvo en ésta.
- A menos que quieras que Filch te atrape, yo diría que sí.- dijo Lucy tras encender el fuego. Lo miró con severidad. – Y no critiques el hogar de Hagrid, o te la verás conmigo.
Alexander levantó las manos en el aire, sonriendo.
- Jamás haría tal cosa.- le dijo.
Lucy apretó su trenza haciendo que un chorro de agua cayera al suelo de madera.
- Es acogedora, ¿no lo crees?- dijo la pelinaranja, observando el lugar con afecto.
- Lo es.- afirmó Alexander. - ¿Vienes aquí a menudo?
- A veces.- dijo Lucy, sacándose los zapatos y las medias, que también estaban empapadas. – Cuando quiero hablar con Hagrid. Es muy reconfortante.
Alexander la imitó y se sacó sus zapatos y medias también. Los dos las tendieron junto al fuego después de exprimirlas. Entonces, luego de colgar la última media, el Slytherin se detuvo en seco. Lucy había empezado a desabotonarse la blusa con una naturalidad impactante. Era como si él, en definitiva, no estuviera allí.
- Lucy.- la llamó el castaño con la voz algo ronca y sintiendo cómo sus mejillas empezaban a calentarse. - ¿Qué haces?
La pelinaranja iba por la mitad de los botones. Sin detenerse, lo miró.
- Pues….me saco la blusa.- le dijo, como si fuera lo más obvio del mundo. – Y deberías hacerlo tú también, si no quieres enfermarte.
Alexander tragó saliva y desvió la mirada cuando el hombro desnudo de Lucy, tan solo cubierto por la tira del sujetador, emergió a la vista.
- Lucy…- dijo el slytherin, nervioso. – No creo que sea una buena idea que hagas eso.
Lucy lo miró perpleja por unos segundos, y luego, estalló en una risa inocente y genuina. Alexander la miró a los ojos, confundido. No veía qué podía tener de cómico nada de lo que había dicho.
- Por favor, Alex.- dijo Lucy, sonriendo. – Si lo dices por mí, en verdad no me importa. No es como si te gustaran las mujeres o algo así.
Y con esto, Lucy se quitó la blusa. Alexander giró inmediatamente y clavó los ojos en una de las ventanas. Sus mejillas y, para ser exactos, todo su cuerpo estaba acalorado.
"Maldita sea", pensó. No quería voltear. Lucy hacía aquello porque creía que él no la vería como un hombre a una mujer. Se quitaba la blusa tal y como seguramente se la quitaba frente a sus compañeras de cuarto, sin pudor, con ingenuidad y confianza. Alexander sentía que si la miraba estaría traicionando esa confianza que ella había depositado en él; sentía que si la miraba, estaría incurriendo en un acto bajo y vil. Estaría aprovechándose de la mentira que no había desmentido y por lo tanto, de Lucy.
Sintió a la hufflepuff acercársele e instintivamente retrocedió, aún evitando mirarla. Lucy se detuvo a su lado, a penas a unos centímetros. Frunció el ceño.
- Alex, no tienes que preocuparte por mí.- le dijo. – Tengo muchos primos varones, los he visto a todos sin camisa. No es nada importante.
Alexander sintió las manos de la hufflepuff tomándolo por el cuello de la camisa y forzándolo a voltear hasta quedar frente a ella. El castaño no pudo evitar mirar más.
Perdió todo el aliento.
La piel blanca de Lucy era iluminada tan solo por la luz tenue de la chimenea y se veía tersa, húmeda, irreal. Sus hombros eran delicados y estilizados, y sus clavículas, ligeramente marcadas, le daban un aspecto aristocrático que hasta entonces no había notado en ella. Alexander se humedeció los labios de forma inconsciente. El sujetador de la hufflepuff era blanco y también estaba mojado, de modo que unos pezones color ámbar aparecían claramente a través de la fábrica. Sus senos eran redondos, erectos, del tamaño ideal; no demasiado grandes, ni tampoco demasiado pequeños. Al bajar, su abdomen se mostraba como el de una chica que no hacía ejercicio, pero que tampoco lo necesitaba en lo absoluto. Las curvas de su cintura eran deliciosas y llevaban a sus caderas vestidas como en una obra de arte. Lucy tenía el cuerpo de una diosa, pensó Alexander. Sin darse cuenta, durante aquel tiempo de estupefacción ante la belleza del torso semidesnudo de Lucy, la pelinaranja había estado desabotonándole la camisa maternalmente y ahora ésta estaba abierta. Ella la empujó hacia atrás, quitándosela, y sus senos rozaron ligeramente el pecho algo bronceado y atlético del slytherin. Alexander cerró los ojos, y cuando la sintió alejarse para colgar la camisa cerca de la chimenea aprovechó para sentarse sobre una alfombra y así ocultar la erección que empezaba a hacerse evidente en sus pantalones.
- La falda y el pantalón nos los quedaremos. – sentenció Lucy. – Puedo con torsos desnudos pero más allá sería muy extraño, ¿no crees?
Alexander asintió. Definitivamente sería extraño. Quiso decir algo pero su lengua no atinó a moverse, ni su cerebro a pensar en algo digno de decirse. Respiró hondo. Lucy empezó a deshacer su trenza. Con parsimonia caminó hacia la chimenea y se sentó frente a él en la alfombra.
- Auch…- soltó ella, tomándose el tobillo y parte de la pantorrilla.
- ¿Te duele?- le preguntó el slytherin.
- Un poco.- admitió.
Alexander se acercó un poco.
- Estira tu pierna.- le ordenó. – Te daré un masaje.
Lucy lo miró deleitada con la idea.
- ¿Sabes dar masajes?- le preguntó.
- Soy un experto.- dijo Alexander, sonriendo.
Lucy le sonrió infantilmente y le entregó su pierna con plena confianza. Alexander colocó sus manos sobre ésta: la piel de la hufflepuff estaba suave, húmeda y tibia. Con atención inusitada, deslizó sus dedos por la pantorrilla de Lucy hasta su pie. Era curioso, pues había estado con muchas chicas, pero era la primera vez que prestaba atención a las formas de un par de piernas femeninas. No es que no se fijara en ellas, era un hombre; pero era la primera vez que en verdad veía las piernas de una mujer, no solo desde el deseo sexual, sino desde uno netamente estético. Su erección de hacía unos segundos había cedido y ahora podía observar la belleza del cuerpo semidesnudo de Lucy con la mente despejada. ¿Era así como veía Klimt a las mujeres que pintaba? No desde su deseo masculino, sino desde la esencia misma, la belleza pura, impoluta, que había en un cuerpo femenino. ¿Era eso lo que inspiraba a los poetas y artistas? Lucy cerró los ojos disfrutando del masaje y sus labios se entreabrieron dejando escapar un suspiro. Esa sublimidad en la belleza de un cuerpo…¿Por qué nunca había notado aquello cuando tenía relaciones con una chica? "Porque me he dejado llevar únicamente por mis deseos", se respondió a sí mismo. Pero ahora que se había visto obligado a ver un cuerpo femenino sin lascivia ni lujuria, podía ver las formas perfectas, casi artísticas en el cuerpo de Lucy. Sintió algo cálido y conmovedor en el interior de su pecho.
- En verdad eres un experto.- dijo Lucy, aún con los ojos cerrados. – Lo haces muy bien.
Alexander sonrió levemente. Era la primera vez que le decían eso sin que tuviera ninguna connotación sexual.
- Danae.- dijo él, mientras continuaba masajeando lenta y firmemente la pierna de la pelinaranja.
Lucy abrió los ojos, casi somnolientos por el placer que experimentada ante el masaje del slytherin.
- ¿Danae?- repitió ella, desorientada.
- La pintura de Kilmt, "Danae".- dijo Alexander. – Eres tú.
Lucy sonrió y se dejó caer de espaldas sobre la alfombra.
- Ojalá fuera tan hermosa como ella.- deseó en voz alta. – Así podría vivir en un cuadro de Klimt por siempre.
Alexander sonrió y siguió masajeando, sintiendo cómo los músculos de la pierna de Lucy se relajaban.
- Alex.- dijo ella, de repente, en un tono meditativo. – Creo que nunca había tenido un amigo antes de ti.
Alexander clavó sus ojos verdes en Lucy. Ella continuó:
- A mi lado siempre había estado solo mi familia y Ben.- dijo la pelinaranja. – Ben no era mi amigo, sino mi novio; y mi familia era lo que era, mi sangre.
Lucy se sentó y su cabello largo, ondulado y naranja cayó espeso sobre sus hombros. Mirando al slytherin a los ojos, le dijo:
- Me alegra tenerte ahora.
Alexander sintió una extraña calidez en su interior, algo inexpresable que se extendía desde el centro de su pecho hacia todo su cuerpo. Sonrió.
Afuera, la lluvia caía con la misma intensidad con la que había empezado.
11.-
La tercera prueba
En Avalon no llovía y a pesar de que el sol ya se había puesto, el calor de la isla continuaba intacto.
Rose abrió los ojos bruscamente, despertando del sueño con un sabor amargo en los labios y el corazón latiéndole a mil. Se sentó inmediatamente y miró a su alrededor. La negrura nocturna era absoluta, pero la luna iluminaba todo lo necesario. A su lado vio a Scorpius, todavía dormido.
"Por Merlín", pensó ella, "!La prueba!"
Rose zarandeó a Scorpius, despertándolo, y se puso de pie. Ya había anochecido. La bestia debía estar deambulando por la selva y ellos estaban perdiendo el tiempo allí, quietos, sin mover un solo dedo para buscarla.
Scorpius se incorporó también y se sostuvo la cabeza con una mano. No parecía encontrarse bien.
- ¿Estás…?- comenzó ella, pero el slytherin la interrumpió.
- No.- le respondió con una dureza inesperada. – No estoy bien.
Rose lo miró preocupada. Tal vez aún estaba afectado por lo que habían vivido durante el sueño. Las emociones de Merlín debían ser pesadas dadas las circunstancias, y Scorpius era quien debía cargar con ellas. Sin embargo, por alguna razón, tenía la impresión de que había algo más; y ese algo tenía que ver con ella.
- Scorpius…- dijo ella en un tono suave. - ¿Sigues disgustado por la discusión que tuvimos sobre Morgana?
Scorpius no la miró. Sus ojos estaban perdidos en el vacío, confusos y llenos de frustración e incomprensión.
- Morgana mató una parte de Merlín.- le dijo. – Y él la sigue amando….No puedo entenderlo.
Rose lo miró aturdida y sorprendida a la vez. Scorpius parecía indignado y lleno de frustración. ¿Sería posible que él supiera los exactos sentimientos de Merlín? Entonces, ¿en verdad seguía amando a Morgana a pesar de lo que había hecho?
- Merlín…¿aún la ama?- preguntó Rose, incrédula.
Scorpius soltó una risa seca.
- Pude sentirlo todo y fue como si pudiera interpretar el interior de Merlín con la facilidad con la que leo un libro.- dijo el slytherin. – Soltó el cuello de Morgana porque se dio cuenta de que no podía hacerlo. No podía matarla. Sigue amándola igual que la primera vez.
Rose contuvo el aliento. ¿Cómo podía ser eso posible? ¿Existía, en verdad, un amor así, indestructible, que lo soportaba todo y lo sobrevivía todo?
Rose tragó saliva y negó con la cabeza.
- Ya intentó matarla antes.- dijo la pelirroja. – No entiendo por qué ahora dices que no puede.
Scorpius la miró a los ojos.
- No estás hablando de la farsa del envenenamiento, ¿verdad?- le soltó, intolerante. – Porque creo que es obvio que le dio el veneno a Morgause sabiendo que ella buscaría el antídoto que salvaría a Morgana. Por eso no vertió toda la botella en el agua de la cantimplora. Si en verdad hubiese querido matarla, se habría asegurado de que así fuera.
Rose lo miró con incomprensión.
- Hablas de Merlín como si fuera perfecto, y no lo es.- dijo la pelirroja. – Estás indignado porque él quiere a Morgana, alguien a quien desprecias, pero ella es el resultado de los errores de todos en Camelot: de los de Uther, de los de Arturo, de los de Gaius y de los de Merlín; especialmente los de él.
Scorpius miró a Rose como si ella le hubiese arrojado una piedra.
- No puedo creer que estés hablando en serio.- dijo el slytherin. - ¿Qué haces en esta competencia, ah?- caminó hacia ella desafiante. - ¿Qué haces aquí si no crees en Merlín?
- ¡Yo sí creo en Merlín!- exclamó ella, ofendida. – Creo en él y en todo lo que hizo. Creo que es un mago valiente que tuvo que luchar contra muchas cosas y renunciar a su propia vida para salvaguardar un futuro que ni siquiera iba a vivir.- Rose empezó a acalorarse. – Pero que crea en él no significa que lo coloque en un pedestal como tú y sea ciega a su humanidad. Estamos viendo con nuestros propios ojos lo que verdaderamente sucedió, y la historia va más allá de dividirse solo en héroes y villanos. Merlín cometió errores con Morgana, y contribuyó a hacerla lo que es ahora.
- ¡Merlín hizo lo que tenía que hacer!- soltó el rubio. – Su único error, y lo único que no logro entender de él, son sus sentimientos hacia Morgana. Ella permitió que Iselda muriera y dio la orden para que asesinaran a Gaius. Si Merlín la hubiera matado cuando debió haberlo hecho, nada de esto hubiera sucedido.
Rose miró a Scorpius anonadada. Estuvo boquiabierta durante algunos segundos, luego cerró los labios y adquirió una expresión de decepción.
- No puedo creer que pienses eso.- le dijo. – Tu conociste a la Morgana del inicio…era generosa e inocente…tan inocente e ingenua que tenía miedo de sí misma. Si Merlín la hubiese matado, no sería el Merlín que tanto admiras: sería un asesino.
- Tienes razón, Merlín no es un asesino.- dijo el rubio. – Tu Morgana sí.
Los ojos de Rose se humedecieron.
- Tú no sabes todo lo que sufrió y sufre Morgana.- le dijo. – Ella es el huracán que crearon Uther, Gaius y Merlín. Los tres juntos renegaron de ella y la hundieron, en lugar de darle la mano y salvarla. Tal vez las cosas hubieran sido distintas si alguien hubiese hecho algo por ella en el momento oportuno. No como Uther, que la negó como hija y la hizo crecer en temor por su naturaleza, o Gaius, que decía que su problema era psicológico y la medicaba como una loca, o Merlín, que jamás la ayudó a entender su magia y además optó por envenenarla y entregarla a Morgause como un paquete pesado con el que ya no quería seguir cargando.
Scorpius negó con la cabeza y se pasó una mano por el cabello rubio, respirando hondo. Había empezado a recuperar el control de sus emociones. Al despertar del sueño, su interior aún permaneció conectado con las sensaciones vividas en el pasado. Solo ahora empezaba a conectarse con el presente.
- El dragón tuvo razón desde el principio.- dijo el slytherin con firmeza. – Morgana es peligrosa. Los dos lo hemos visto. Hemos visto cómo lentamente se convierte en un arma que empieza a amenazar todo lo que Merlín está destinado a proteger.
Rose frunció el ceño y de devolvió una mirada de profundo desacuerdo.
- Morgana no es un arma. – le dijo con suavidad, como si la voz se le hubiese agotado. - Es una persona.
Pero la conversación se vio interrumpida cuando el ruido nocturno de la selva desapareció de forma abrupta. El silencio congeló a Rose y a Scorpius, quienes se miraron directamente a los ojos y no se atrevieron a mover un solo músculo.
No cabía duda: la bestia debía estar cerca.
Hasta ese momento ninguno de los dos había pensado nuevamente en la prueba con la seriedad que se merecía. El sueño del pasado los había hecho casi olvidar lo que acontecía en el presente. Pero ahora que estaban allí, quietos como dos estatuas, respirando lo más silenciosamente posible y sintiendo el peligro rondándolos, recordaron el verdadero motivo por el que estaban allí: ganar la tercera prueba.
El corazón del slytherin y la gryffindoriana latían de forma salvaje dentro de sus pechos. Sabían que debían ganar, dar todo de sí para domar a la bestia. Esa era la consigna. Pero se enfrentaban a un problema básico y complejo a la vez: no tenían la menor idea de a qué clase de bestia se enfrentarían. El desconocimiento de su enemigo era, precisamente, lo más turbador de la prueba. Estaban en un sector que les era ajeno y ni siquiera podían crear un plan de cómo batirse a duelo con aquella criatura porque no sabían qué era. En cambio, aquella bestia debía conocer cada rincón de aquella selva, y sin duda, debía ya haber sentido sus presencias invadiendo su espacio. Estaban en una posición de evidente desventaja.
Scorpius movió lentamente su dedo índice y lo depositó sobre sus labios, indicándole a Rose que guardara silencio. Con lentitud, fue extrayendo la varita del bolsillo de su jean. Rose lo imitó, empuñando su varita desde el bolsillo de su falda y sacándola. Los dos estaba frente a frente. Rose observaba el bosque atrás de Scorpius, y Scorpius el bosque atrás de Rose. Juntos, tenían una visión de 180 grados del lugar. Estaban listos para reaccionar ante un ataque desde cualquier sitio.
El problema fue que el primer ataque vino del cielo.
Un rugido ensordecedor los hizo levantar la mirada y, tras ver una mancha negra de dimensiones extraordinarias cubriendo el cielo y volando directo hacia sus cabezas, los dos se lanzaron al suelo. Escucharon cómo varios árboles caían, atropellados por la bestia que los había sobrevolado. Rose rodó por la tierra, esquivando troncos que caían a su alrededor. Scorpius se arrastraba también. ¿Qué clase de animal tan grande podía vivir en una selva como aquella? No tenía lógica. No podía siquiera moverse con facilidad.
"Eso será una ventaja para nosotros", pensaron Rose y Scorpius.
Cuando los troncos dejaron de caer, los dos competidores se pusieron de pie y contuvieron el aliento.
No podían creer lo que estaban viendo.
Frente a ellos estaba un rabioso dragón de escamas negras y rugosas, cresta de puntas a lo largo de su lomo y una cola en punta de flecha que se movía como un látigo por la tierra. Sus ojos eran de un color púrpura oscuro. Debía medir unos ocho metros.
- Imposible…-soltó Scorpius. Si esa era la tercera prueba, era entonces una prueba suicida. ¿Domar un dragón? ¿Cómo diablos lo conseguirían? Era incluso más probable que pudieran herirlo, hasta matarlo; pero ¿domarlo? ¿A ese gigante?
Rose se humedeció los labios, estupefacta ante la grandeza del animal.
- Scorpius…- murmuró, respirando agitadamente. – Esto tiene que ser una broma….
- Me temo que no lo es, Rose.- dijo Scorpius, sin quitarle los ojos de encima a la bestia que los miraba mientras espeso humo salía de sus ardientes fosas nasales.
- ¿Qué clase de dragón es?- preguntó Rose, atemorizada, también sin despegar sus ojos de su enemigo.
Scorpius lo examinó rápidamente por segunda vez. Una media sonrisa se dibujó en su rostro.
- Es un Hébrido negro.- dijo, en un tono de completa admiración. – De lo más peligrosos dragones que existen.
- Un Hébrido negro.- repitió Rose. Todo su cuerpo se tensó. No era buena reconociendo criaturas mágicas, odiaba la materia de Hagrid, pero sabía muy bien qué clase de bestia era un Hébrido negro. – Son carnívoros, ¿sabes?
Scorpius continuaba observando al dragón con inusitado interés y excitación. Rose podía sentir el entusiasmo del slytherin. Él disfrutaba el nuevo reto. Su competitividad había despertado, pero no contra ella: toda su atención estaba fija en el Hébrido negro. El dragón era su verdadero oponente. Casi había olvidado que Rose estaba allí.
Rose se sintió ligeramente ofendida por ello. Era como si Scorpius no considerara una posibilidad que ella pudiera ser quien acabara domando al dragón. Lo cierto era que ni ella mismo lo creía: no tenía idea de cómo empezar, y la bestia le ponía los pelos de punta. No le gustaban las criaturas salvajes ni peligrosas. Empezó a sentirse insegura y temerosa.
"No, no puedo permitir que mis nervios e inseguridades puedan conmigo", pensó, cerrando los puños. "He pasado por mucho estos tres días….esto no puede detenerme"
Trató de pensar: ¿había leído alguna vez sobre cómo domar un dragón? No, en realidad no. Tampoco sabía de magos o brujas que hubiesen podido hacerlo. Por supuesto que era posible, pues su tío Bill le había contado historias deslumbradoras sobre un par de dragones que logró domar. Sin embargo, esos eran casos excepcionales. Lo normal era que los humanos y los dragones mantuvieran una distancia sana entre ellos. Y si uno de los dos rompía el pacto, lo usual era que fuera el dragón el que tuviera todas las de ganar.
Rose hizo memoria. Hagrid tenía que haber hablado de aquello alguna vez. No, nunca había mencionado nada sobre dragones. Era extraño, pero no lo había hecho. Solo superficialmente.
"Pero tiene que haber dicho algo sobre domar animales salvajes", pensó, mordiéndose el labio inferior. Tanto ella como Scorpius retrocedieron cuando el dragón rugió y dio un pequeño salto que hizo temblar la tierra. Su cola era como una enorme serpiente zigzagueando en el aire.
Rose trató de concentrarse. Un animal estaba domado cuando permitía que alguien se subiera a su lomo. Era la único que sabía de las criaturas en general. Con el dragón no debía ser diferente. "Tiene que ser eso", se dijo la pelirroja, "debo lograr que me permita subir a su lomo".
Scorpius, por su parte, había llegado a la misma conclusión. El problema estaba en que aquel era un dragón grande y agresivo. No se dejaría montar, a menos que él le demostrase que era más poderoso que él. Los dragones solo rendían respeto a quienes consideraban sus superiores.
Debía demostrarle quién tenía las riendas de la situación.
Scorpius avanzó lenta pero firmamente hacia la bestia. El dragón agitó su cola y la dirigió ferozmente hacia el slytherin.
- ¡Expeliarmus!- soltó él, y la cola fue empujada hacia atrás, pero ésta regresó como un péndulo con más fuerza que nunca. Scorpius tuvo que lanzarse al suelo para esquivarla.
Rose asió su varita y apuntó a la bestia que se dirigía amenazantemente hacia el rubio.
- ¡Confundus!
El hechizo cayó sobre el dragón, pero no pareció surtir gran efecto. Se desorientó durante dos segundos, y luego volvió su rabiosa mirada hacia la pelirroja. Entonces Rose recordó lo que los de la Orden le habían dicho antes, que la magia con varitas no serviría de nada para domar a aquella bestia: podrían herirla, atarla, inmovilizarla….pero no lograrían domarla con ella. Para conseguir lo que querían, debían usar su magia natural. Para eso habían sido los tres días de intenso y doloroso entrenamiento.
El dragón rugió y lanzó una columna de fuego hacia Rose. La gryffindoriana gritó y corrió, esquivándola, pero ésta se extendió por el lugar, creando un camino de fuego que empezó a distenderse por la selva. Aquel no era fuego mágico, era fuego normal. Si la tocaba, la quemaría. El temor inhundó a Rose y la hizo marearse. El dragón estiró sus enormes alas y agitó su larga, pesada y violenta cola en el aire, dispuesto a clavar su punta filada sobre el cuerpo de Rose.
- ¡No!- gritó Scorpius lanzándose sobre la cola del dragón.
La bestia enfureció.
El dragón levantó su cola y la agitó con fuerza hasta desprender al rubio de ésta. Scorpius fue lanzado contra un tronco y luego cayó a la tierra.
- ¡Scorpius!- gritó Rose.
El dragón se dirigió hacia ella.
"Sí, vamos, persígueme", pensó Rose, mientras empezaba a correr. Quería llevar al dragón lo más lejos de Scorpius posible. Al menos así le daría tiempo a recuperarse.
El slytherin tosió sangre y la escupió sobre la tierra. Ignorando el dolor se incorporó y vio al dragón trotando hacia Rose y alcanzándola con facilidad. Su cola danzó velozmente sobre la tierra, levantando polvo, y haciendo tropezar a la gryffindoriana. Rose gritó.
Scorpius plantó con fuerza sus pies en la tierra.
Alrededor de sus pupilas brilló brevemente un destello amarillo.
Rose vio unas raíces salieron como estacas de la tierra y formando una pared entre ella y el dragón. La bestia pareció confundida, pero rápidamente lanzó fuego contra las raíces y éstas ardieron. Las ramas de unos árboles se inclinaron hacia abajo y se enredaron alrededor de las muñecas de Rose. La pelirroja gritó al verse elevada en el aire a una altura considerable y luego lanzada a metros de distancia del dragón. ¿Qué estaba sucediendo?, se preguntó. Levantó la mirada y vio a Scorpius. El rubio estaba quieto y concentrado, con sus manos orquestrando el movimiento de las raíces y ramas.
"!Por supuesto!", recordó ella, "!Ese es su poder!". Cuando habían estado en clase de Control mágico, él la había hecho caer manipulando algunas ramas y raíces. En ese entonces, lo había hecho torpemente y a duras penas había podido manipular unas cuantas.
Su evolución era notoria.
El dragón volteó hacia él con ferocidad, dándose cuenta de dónde provenían aquellos ataques. Su cola se dirigió como una flecha hacia él, y aunque Scorpius hizo que varias ramas se interpusieran en su camino, la cola del dragón las rompió con una facilidad alarmante. Scorpius optó por saltar y esquivar la punta de la cola que se clavó en el suelo, pero luego, cuando el dragón deslizó su cola por la tierra y luego la elevó contra él, no pudo escapar.
Scorpius fue golpeado brutalmente en la cabeza con todo el peso de la cola de aquella bestia.
- ¡Scorpius!- gritó Rose.
El slytherin cayó al suelo, inconsciente, con un hilo de sangre corriendo por una herida abierta a un lado de su frente.
El dragón elevó su cola y se dispuso a dar el golpe final.
Entonces, un infierno rojo se prendió bajo sus patas.
El dragón rugió, adolorido, y se elevó en el aire, retrocediendo, para luego volver a caer en la tierra, lejos del fulguroso fuego que se había prendido debajo de él. Rose, plantada a unos metros, lo miraba fijamente y con firmeza. El dragón rugió, arañando la tierra con sus patas. Humo espeso brotó de su hocico y nariz.
Rose caminó pausadamente hacia Scorpius, sin quitarle la mirada de encima a la bestia. El dragón la observaba, tal vez, más rabioso que antes. Rose no se detuvo hasta que estuvo frente al slytherin. Scorpius empezó a abrir los ojos con pesadez. Le dolía la cabeza con una intensidad indescriptible. Le costaba mantener los párpados abiertos por mucho tiempo. Había cometido un error fatal: permitió que el dragón lo hiriera.
"Tengo que levantarme…" pensó. "No puedo dejar a Rose sola…"
El dragón rugió ensordecedoramente y tomó una profunda bocanada de aire. Luego, lanzó una pared de fuego hacia Rose y Scorpius.
Un destello amarillo brilló alrededor de las pupilas de Rose.
Desde los pies de la gryffindoriana avanzó un muro de fuego rojo, veloz, que chocó contra el del dragón.
Los dos fuegos se encontraron y se elevaron por encima de las copas de los árboles en un remolino de llamas.
Scorpius contuvo la respiración.
Un viento brutal empezó a correr ensalzando el remolino de fuego. Rose dio un paso hacia delante. El fuego rojo creció, tragándose el del dragón. Rose sintió cómo su fuego tenía ganas de devorar lo que estuviera alrededor, y tuvo miedo; miedo de no poder controlarlo, como había pasado otras tantas veces. Era la primera vez que lograba crear tanto fuego, con llamas tan intensas y fuertes, no sabía si podría moldearlo a su antojo.
El dragón rugió y retrocedió, sintiéndose amenazado. Rose sintió la energía convirtiéndose en adrenalina en su interior. Trató de llevar esa energía que corría por todo su cuerpo hacia un centro, canalizándola. El remolino de fuego rojo retrocedió y se encogió, regresando a su punto de origen sin siquiera rozarla.
Cuando el fuego se apagó, Rose se dio cuenta de que estaba sudando y su cuerpo estaba tan cansado como si hubiese corrido kilómetros sin detenerse. Sin embargo, podía mantenerse de pie, y no estaba del todo exhausta. Antes, jamás habría podido crear tan intenso fuego, y si lo hubiese hecho, seguramente habría agotado todas y cada una de sus energías.
Sus ojos azules estaban fijos en los grandes ojos púrpura del dragón. La bestia estaba quieta, mirando a Rose mientras respiraba con serenidad. La pelirroja sintió un cosquilleo extraño. Podía verse reflejada en los ojos de aquel animal, y de algún modo, sintió que el dragón no planeaba atacarla más. Era difícil de explicar, pues no tenía lógica alguna; Rose solo lo sabía. Tenía la completa seguridad de que se había establecido una tregua de respeto entre ella y la criatura. Algo que había surgido mediante el encuentro cara a cara de sus fuegos. Una conexión.
Scorpius se apoyó en la tierra, sentándose con dificultad. Vio a Rose dar varios pasos hacia el dragón, y éste mantenerse estático, tranquilo, sereno. La pelirroja caminaba lento, pero firmemente hacia la bestia. El dragón no dejaba de mirarla.
- Rose…- la llamó el slytherin, preocupado.
La gryffindoriana pareció no escucharlo. Cuando quedó menos de un metro de distancia entre ella y la criatura, Rose respiró hondo, temblando de pies a cabeza; bastaba un solo movimiento de parte de aquel animal para que acabara con ella. Pocas veces en su vida Rose se había sentido tan vulnerable ante la grandeza del peligro. Ser parte de la Orden significaría muchos momentos como aquel, así que debía acostumbrarse.
Rose estiró su mano derecha, blanca, delicada, hacia la criatura. Ésta se mantuvo quieta y serena, sin hacer ademán de molestia ante la invasión de su espacio. Rose colocó lentamente su mano sobre las escamas del dragón. El dragón rugió inofensivamente.
La sensación le hizo perder el aliento.
Las escamas eran duras como hierro, pero cálidas, y a través de ellas podía sentir la sangre del dragón corriendo por numerosos canales, el sonido de su respiración y los latidos de su corazón. También podía sentir el ardor del fuego en su interior. La energía corrió entre ellos como si con aquel contacto se sintieran criaturas semejantes: las dos provenían del fuego y lo manipulaban. Eran especies de esencias gemelas.
El dragón, ante la estupefacción de Scorpius, se inclinó sobre la tierra y extendió sus alas para que Rose pudiera subir por ellas y montarlo. La pelirroja trepó, agarrándose de las escamas del dragón, primero por sus alas, y luego por su cresta hasta que se acomodó entre ellas, sobre el lomo de la bestia. El dragón se incorporó, magnífico, letal, de una belleza oscura, con Rose sobre su lomo.
La pelirroja miró a Scorpius desde la cima de la criatura, triunfante, gloriosa, sintiendo aún el calor y la adrenalina que le producía la conexión de sangre que tenía con el dragón. Scorpius, incrédulo, la miraba con los labios semiabiertos y la mente en blanco, como quien ve algo que va más allá de cualquier tipo de lógica. Creía estar inconsciente, delirando por el golpe: ¿era realmente Rose quien montaba al dragón, y no él? ¿Le había en verdad ganado Rose Weasley?
La tercera prueba había acabado.
