CAPITULO VEINTISEIS:

¨ El verdadero amor no tiene la necesidad de vocablos..."

Azorada e incrédula, sin poder comprender lo que estaba viendo, la reencarnación de la diosa blanca llevó lentamente su mano hasta su pecho, tratando por medio de aquel gesto tranquilizar el errático latido de su corazón. Sin poder apartar sus pupilas de aquellos ferales ojos que la observan, los cuales mostraban un denotación de ternura y gentileza.

- ¿Link? -

Levantando sus orejas y moviendo suavemente su cola, el enorme lobo bajó aun más su cabeza sin separar sus miradas, intentado responder de manera afirmativa a su pregunta, solo con el uso de su lenguaje corporal. Sintiendo una fuerte opresión en su pecho, la cual se alimentaba de la ansiedad que llenaba su alma en aquel momento. El cambio había sido tan súbito y repentino, que lo había tomado por sorpresa, sin siquiera para poder alentar a su protegida, haciéndolo temer al rechazo que esta pudiera mostrarle.

Atenta a los movimientos del animal, apreciando el cambio de su postura en reacción a su cuestionamiento, aún anonadada, sin saber que hacer, la joven solo miraba con expectativa y reserva al enorme depredador que yacía frente a ella. No podía creerlo, su mente no concebía aquella idea, que el héroe legendario, el eterno guerrero, su protector, estuviera frente a ella ahora transformado en aquella majestuosa y temible bestia.

- Por favor diosas díganme que no he perdido la razón, ¿realmente eres tu? - musitó la princesa, aturdida.

Apreciando la angustia y el temor que se escuchaba en cada una de las sílabas, así como la adrenalina que emanaba. No deseando asustar a la doncella, acongojado, volvió a mover su cola, mientras se echaba frente a ella, intentado tratando de mostrar una postura más sumisa, al mismo tiempo que obliga a sus cuerdas vocales a funcionar, produciendo un profundo y corto gimoteo.

Sorprendida ante el sonido y comportamiento del canido, aceptando en aquel momento la realidad que estaba viviendo. Conmovida por aquella mirada, sin poder detener sus acciones, Zelda llevó sus manos hasta la cabeza de lobo, acariciándolo lentamente, sorprendiéndose de la fina y suave textura de su pelaje sobre sus dígitos. Mientras el aludido can, solo cerraba sus ojos, rompiendo por primera vez el contacto visual entre ellos, aumentando el movimiento de su rabo, dejando que su protegida lo tocara de aquella manera, disfrutando del gesto, olvidando por un breve momento su situación.

- ¿Pero que sucedió, ¿estas bien? -

Sacado de su ensoñación por las palabras de la futura regente, confuso ante las emociones que lo embargaban, haciendo a un lado aquella tormenta, apartándose lentamente, se incorporó, girando su cabeza observándola con atención, intentado mostrar con su gestos su respuesta. Confundida la doncella detuvo por un momento, sus actos temiendo haber molestado a su guardián, mas al ver aquella tierna expresión en su rostro y postura, sin poder evitarlo llevó su mano hasta sus labios, tratando ineficazmente de detener la sonrisa y la risa que salían de ellos.

Indignado al sentirse la burla de la aristócrata, molesto Link aventó hacia atrás sus orejas, deteniendo el movimiento de su extremidad, esponjando ligeramente su pelaje, erizando la cresta de su lomo, mientras subía sutilmente sus belfos, enseñando sus colmillos, produciendo un profundo gruñido. No podía creerlo, no había pasado ni una hora que estaba en compañía de la joven y esta ya lo trataba como un simple perro.

- Lo siento, no te enojes… Es solo que deberías ver tu expresión, lo lamento- explicó la princesa tratando de apaciguar al enojado canido. Olvidando su completo temor a este, al volver acariciarlo sin reserva.

Deteniendo sus acciones y dando un fuerte bufido, el convertido caballero, se levantó rápidamente, tomando nuevamente sus ropajes entre sus fauces acercándose hasta su yegua. Vacilante ante la presencia del depredador, Epona resopló por sus ollares, golpeando uno de su cascos contra la húmeda tierra. Ligeramente intimidado por la postura de la Silver Bay, no desenado ser lastimado por una de sus patas, dejó sobre el suelo su paquete, acercándose lentamente a ella en una pose sumisa.

- Epona, soy yo – intentó pronunciar el guerrero, logrado solo crear un serie de gemidos.

Atenta ante los movimientos del lobo, articulando sus pabellones auriculares, la noble potra no apartaba su vigilancia. Entendiendo el lenguaje físico del animal, se acercó hasta este, olfateándolo lentamente. Reconociendo el único y especial aroma de su amo, el cual se percibía entre aquella extraña mezcla. Haciendo un lado su instinto y tratando de mostrar su lealtad y entendimiento, comenzó a dar pequeño mordiscos con sus labios, jalando el pelaje del canido. Reconfortado por sus acciones, agradecido por la inteligencia y la devoción de su potranca, intentando nuevamente comunicarse con ella, como lo había hecho con una de sus predecesoras en el pasado, abrió sus mandíbulas, dejando salir un agudo pero corto aullido.

Sorprendida por el sonido, Zelda se apartó bruscamente observando atenta la reacción de la Silver Bay. Alertada por el agudo llamado, la noble yegua sacudió su cuerpo, mientras dejaba salir un fuerte relinchido, golpeando con una de sus patas el suelo. Largos segundos pasaron entre lobuno y la equina, hasta que inquieta la potra volvió, a repetir sus acciones, resollando y resoplado de manera casi desesperada. Mientras que el gris canido, solo bajaba sus orejas y metía su cola, mostrando un abatido gesto. Acongojado Link alzó su vista apreciando la abierta y profunda mirada de su fiel compañera, quien entendiendo sin necesidad de vocablos su sentir bajo su cabeza frotándola contra su cuello.

Sintiendo como la tristeza y el dolor crecían en su interior, mas sin poder hacer nada, el caballero cerró sus ojos, dejándose consolar por los actos de su potra. Como había deseado poder hablar con ella, el escuchar su voz, el comunicarse con alguien. Agradecido Link, restregó su cuerpo contra el de la Silver Bay, pasando rápida y delicadamente su lengua por uno de sus carillos, intentado imitar el gesto de aprecio que siempre le hacia con sus manos. Ante aquella tierna escena, Zelda solo podía sentir su corazón estremecer al notar la aflicción que reflejaban su protector, no entendía que había pasado entre ellos, pero había sido algo importante para ambos.

Cansado y un poco asediado, sabiendo el peligro en el que se encontraban y mas en la situación que se hallaban. Ya que en esa forma animal, su capacidad para proteger a la doncella, el procurar por ella se había reducido considerablemente, dejándola a merced del enemigo. No deseando profundizar en aquellos temas, sabiendo que debía actuar rápido y resolver la causa por la cual había perdido su forma humana, el paladín, volvió a tomar sus ropas en sus fauces. Acercándose al flanco de su potra, donde parándose sobre sus patas traseras alcanzó su alforja. Recordando que no podría abrirla sin pulgares, comenzó a rascar la piel con sus uñas intentado de alguna manera acceder a ella.

Intrigada por el actuar del caballero, Zelda se incorporó raudamente, avanzando hasta donde estaba, deteniéndose a su lado, tratando de interpretar sus acciones. Ante la insistente y penetrante mirada de su protector, con una ágil movimiento, abrió la alforja. Contento y gratificado por la ayuda, sin poder evitarlo, el lobo gris comenzó nuevamente a menar en ligeros movimientos su rabo, mientras traba de meter en el bolsillo de cuero sus pertenecías. Comprendido por completo las intenciones de su guardián, la joven tomó el paquete en sus manos pidiéndole con suave voz que se las entregara, él cual las soltó inmediatamente. Tratando de ocultar las emociones que cruzaban por su rostro, la princesa guardo las ropas con cuidado, asegurando con precaución la espada maestra en la montura.

Desconfiado y azorado ante lo que estaba viendo, Saki solo miraba con recelo y miedo la figura del aquel terrible depredador. Sintiendo como la aprehensión crecía centímetro a centímetro dentro de su cuerpo, llegando a su limite al observar como este se paraba en el flanco de su líder, cerca del rostro de su propietaria. Despertando sus instintos de protección, perdiendo toda la concia de sus actos, arremetió contra el canido, separándolo bruscamente de sus compañeras, impactándolo con uno de sus cascos. Atolondrado y adolorido, Link sacudió su cabeza y cuerpo, intentando entender lo que le había sucedido. Incorporándose al ser alertado por el bramido del gris corcel, que trataba de aplastarlo con sus herrajes. Enojado y guiado por su naturaleza animal, el transformado caballero abrió sus fauces mostrando su afilada dentadura, dejando salir un serie de gruñidos. Soltando un par de mordidas deteniendo con su postura el asedio del garañón.

Con sus respiraciones agitadas, sin apartar su miradas, resoplando con fuerza por sus ollares se hallaba el fuerte potro, confrontando de frente al temible depredador. Guiado por la adrenalina golpeo con sus patas el suelo, aventando sus orejas atrás de su cabeza, mientras sus músculos temblaban ante la energía contenida en ellos. Desafiante ante la presencia del equino con la cola erguida, su pelaje esponjado y pabellones auriculares alzados, gruñendo, elevando con pausados y repetidos movimientos sus belfos, mostrando sus encías y su feral dentadura, el enorme lobo gris avanzo un pequeño paso, retando a su enemigo a confrontarlo.

- ¡Link! -

Distraído por el grito de su protegida, el canido movió su cabeza rompiendo el contacto visual con su atacante, una acción que no paso desapercibida para el gris corcel que aprovecho para arremeter contra el depredador. Mas antes de poder acercarse a él sus acciones fueron frenadas por la presencia de la Silver Bay, quien embistiéndolo un par de veces lo contuvo. Incrédulo y confundido, el porto relinchó un par de veces, mientras brincaba sobre sus manos. Balanceando su cuerpo de lado a lado, mas la robusta e impávida yegua no se inmuto ante sus acciones, chasqueando sus dientes, interponiendo todo su cuerpo, resoplando.

Preocupada por el bienestar del caballero, temiendo que este estuviera herido, ignorando su actitud o agresividad, Zelda lo abrazo repentinamente contra ella, rodeando con sus brazos su cuello, mientras se hundía su rostro en el pelaje, dejando al guerrero en un incomoda postura.

- ¿Estas bien?- cuestionó completamente acongojada la doncella, separándose un poco mientras subía sus manos colocándolas alrededor de la mandíbula del canido, uniendo sus miradas.

Confundido y sorprendido el guerrero permaneció estático sin saber que hacer en aquel momento, aún sin poder concentrar concretos pensamientos, al apreciar aquella aflicción en las opalinas pupilas de la aristócrata, sintiendo como una extraña calidez se extendía por todo su cuerpo, por medio los erráticos latidos de su corazón, sin poder evitarlo, sin ser consiente de sus actos, ladeo suavemente su cabeza, restregándola contra su mejilla. Reconfortada por las acciones de su guardián, dejando a un lado el temor y la preocupación, lentamente Zelda se aparto de este, permitiendo que en sus labios se posara un tierna y tímida sonrisa. Satisfecho y orgulloso de haber disipado aquel velo, el caballero se liberó del agarre de la doncella, agitando su cola, acercándose hasta donde estaba su fiel yegua, quien seguía intentado razonar con el frutado y garañón.

Notando la presencia de su transformado amo, Epona se apartó, permitiendo que este se acercara al gris equino, el cual se tensó mirando con miedo e incertidumbre al gran depredador, el cual con tranquila y confiada postura se acercó intentado expresar sus intenciones. Eternos segundos pasaron entre ellos, sabiendo que no tenía otra opción, aceptando la presencia y la dominancia del canino, Saki, bajo su cabeza, moviendo su cola, mostrando su sumisión, dando un fuerte y largo resoplido. Contento de haber terminado la enemistad que se había formado entre ellos, involuntario a sus deseos comenzó a mover su rabo, más raudamente lo detuvo al tiempo que sus finos tímpanos captaban un agudo sonido. Recordando en donde se encontraban y lo peligroso que era aquel lugar para todos, pero en especial la princesa. Sin perder tiempo, el caballero se acercó hasta la aristócrata comenzando a empujarla con su cuerpo en dirección de su yegua.

Desconcertada por las acciones de su guardián Zelda trataba de cuestionarlo, olvidando por completo que este no podía responderle de manera verbal, frustrando al paladín con su serie de preguntas. Ansioso y temeroso ante el inminente peligro que se encontraban, buscando la ayuda de su fiel potra, el canido produjo con sus cuerdas vocales un suave y ligero aullido, llamando la atención de la Silver Bay, quien estaba acicalando al joven garañón. Atraída por la canción, rápidamente abandono al garañón acercándose hasta donde estaba la doncella. Notando las despedradas acciones de su amo, y la forma de alerta que movía sus orejas, leyendo perfectamente sus intenciones. Epona dobló sus manos delanteras contra su vientre, bajando sobre sus traseras hasta quedar echada frente a la joven, invitándola a montarse.

Aturdida, la reencarnación de la diosa miró con cuidado a la noble potra, mientras era guiada por el caballero, quien con insistentes y repetitivos movimientos se subía a la grupa de la equina y retornaba a su lado. Confundida, pero confiada en las acciones de ambos, con un poco de reserva la doncella subió a la montura, sosteniéndose fuertemente el cuerno de la silla. Al momento que la potra se levanto enérgicamente, lista para seguir la sobria figura de su propietario. Sintiendo la amenaza en el ambiente, buscando la protección de su manada, Saki se pegó a su líder, al momento que esta emprendió su fuerte trote, no deseando quedar solo.

Usando la punta de su rabo como estandarte de guía entre los tupidos pastos del pantano, Link guiaba con premura ambos caballos, sorteando las profundas lagunas, y los lodosas trampas donde podrían quedar estos atrapados, volteando continuamente para asegurar que seguía siendo seguido. Mientras luchaba contra el aquel melodioso y oscuro sonido que llenaba sus oídos, que lo llamaba, que lo incitaba a internase en la Ciénega. Sintiendo un reconfortante alivio al avispar la estructura del refugio que yacía cerca de la orilla del pantano, aumentó sus paso corriendo hasta este, deteniéndose por un instante hasta llegar borde, contemplando para su terror como la pequeña y abandonada estructura había sido destruida. Quedando en su lugar solo medio armazón de pie.

Esperando hasta que el par de caballos se detuvieran de tras de él, comandándoles con su mirada que aguardan, al tiempo que con mucho cuidado y reserva se acercó hasta la caída choza, caminando entre sus vestigios, probando su resistencia. Satisfecho con su investigación, apreciando con el resto de sus sentidos el cambio en la presión del ambiente, el caballero se sentó sobre una de las vigas expectante. Desconcertada, sin entender lo que estaba sucediendo la futura regente con cuidado desmonto con lentitud, intentado descifrar las intenciones del paladín.

- No entiendo -

Decepcionado al escuchar aquellas palabras, bajando sus orejas y creando una expresión de tristeza, Link abandonó su percha avanzando hasta la localización de la doncella, mientras en su mente buscaba la manera de expresar lo que deseaba decir y no podía. Deteniendo su avance al momento en que una idea llegó a su mente, haciéndolo correr presuroso al lado de su yegua, donde con cuidado de no lastimarla, se paró sobre su grupa, tomando la frazada que estaba atada a su montura con incisivos, halándola hasta zafarla. Satisfecho y moviendo su rabo, teniendo cuidado de pisar la tela y caerse, camino con esta hasta el centro de lugar colocándola en suelo, estirándola lo más posible con sus patas, procurando no dañarla con sus uñas, para echarse sobre ella en posición esfinge.

Colocando una manos sobre sus labios, intentando detener la risa que trataba de liberarse por ellos al ver las acciones del guerrero, quien con brillantes ojos y atenta mirada la observa, con su cabeza ligeramente inclinada, agitando su cola. No deseando ofenderlo, la princesa, trató por todos los medios posibles no mostrar la hilaridad que provocaba en ella, el ver al orgulloso y fuerte héroe en aquella forma, comportándose como un can de casa. Mas sin poder aguantarlo, dominada por el jubilo, comenzó a reírse abiertamente. Ofendido, e indignado, el caballero pego sus orejas hacia su cabeza mientras endurecía su mirada y levantando levemente sus belfos, frunciendo su hocico, gruñendo.

- Lo siento… no puedo evitarlo -

Sintiendo su ego completamente herido, aunque también reconfortado de escuchar la alegre risa de la aristócrata, apreciando como su corazón comenzaba aumentar sus latidos, despertando en él una extraña pero conocida emoción, una que no quería aceptar, así como no deseaba volver a percibir. Atormentado internamente por aquellos sentires, sin poder permanecer un momento más frente a la regente sabiendo que lo mejor era alejarse, así como buscar algo de comida para doncella. se incorporó de manera rauda, bajando con un par de acelerados brincos al otro lado del destruido refugio, y obligándose a no voltear, se perdió entre la espesura del follaje.

Parando inmediatamente sus acciones, sintiendo como una opresión de apoderaba de su pecho al ver como la figura del lobo desaprecia entre los altos pastos, aprensiva, Zelda gritó el nombre de su protector, quien había ignorado sus llamados, dejándola sola. Sintiéndose confundida, pero sobre todo dolida, recriminándose por sus acciones, por haberse burlado del guerrero, quien seguramente estaba haciendo un enorme esfuerzo por resguardarla aún en aquella forma, a pesar de lo incomodo que debía ser para él. Abatida y sin saber que hacer, se sentó sobre uno de los vestigios de las vigas de madera del desecho techo, mientras posaba su mirada sobre sus manos, observando la marca de la diosas que había en su dorso.

-Nayru, dame sabiduría, Din fuerza y Farore valor-

Murmuró en voz baja, sin saber realmente que era lo que estaba pidiendo, o si era correcto hacer aquella petición a las deidades. Se sentía tan confundida en aquel momento, tan sola. Suspirando, cerró sus parpados intentado buscar aquella paz interna que la eludía por completo. Ya no sabía que era lo correcto, o que se suponía que debía hacer. Su mente y su corazón se hallaban en polos opuestos. Recordaba perfectamente cada una de las palabras del paladín, su advertencia, la conversación que había tenido con cada uno de los seres de luz, incluso con la misma deidad del valor. Mas su corazón había hecho su propia elección, una que la atormentaba, que temía que no fuera propia de ella, sino un vestigio de los sentimientos de la Diosa hacia el caballero.

Empática ante las emociones de la joven Hyliana, Epona sé cuestionaba cómo era posible que aquellas bípedas criaturas crearan tantos conflictos internos, cuando todo era tan sencillo, si tan solo aceptaran sus verdaderas emociones y se sincerar a sí mismos, en vez de estar dando vueltas al mismo asunto una y otra vez. Cansada de cargar con su montura y deseosa de descansar se acercó a hasta la noble dama, restregando su frente contra su hombro intentado confortarla y llamar su atención. Avispada por las acciones de la Silver Bay, la aristócrata abrió sus parpados, encontrándose con aquellas profundas y oscuras pupilas que parecían reflejar su propia alma. Rompiendo el embrujo de su mirada, deseosa de ser libre, la potra giró su cabeza intentado alcanzar con labios el cincho de su silla. Entendiendo el mensaje, deseando ser de apoyo para la regia potranca, la joven se incorporó, acercándose hasta su flanco, buscando la manera de liberarla.

Confundida al apreciar aquella montura, la cual era completamente diferente a la suya y las que utilizaban en el palacio, con cuidado comenzó a explorar con sus manos, el cincho que pasaba sobre las costillas, encontrado rápidamente su hebilla, la cual estaba bien ajustada y atorada. No deseando molestar a la yegua empezó a jalarla, la cual no se liberaba a pesar de su fuerzo, haciéndola dar un brusco tirón, que movió a la potra y lastimó su mano, sacando la aguja del ojal de piel. Adolorida, instintivamente llevó su dígitos contra su pecho mientras que Epona solo dejaba salir un fuerte suspiro, agradecida. Consiente de que no podía detenerse en aquel momento y que falta aun por hacer, removió con mas cuidado y seguridad la cincha trasera y el y el amarre de la pechera, permitiéndole de esa manera retirar la montura del dorso de la equina, quien intentado hacerle el trabajo más fácil a la doncella, estiró más que podía sus patas alargando su cuerpo y bajando su estatura. Luchando contra el peso de la sudadera, la montura y sus alforjas, colocándolas en una de las vigas de madera. Donde posteriormente, desabrocho la ahogadera y con cuidado retiró la el cabezal, el freno y las bridas. Acomodándolas sobre el cuerno.

Agotada, por el esfuerzo físico, la reencarnación de la diosa, miró con aprecio como la robusta potra que se sacudía, alejándose de ella, a una prudente distancia, tirándose al suelo y restregando su cuerpo contra la tierra. Mas su pequeño descanso fue interrumpido al momento que, Saki se acercó a esta, expresando en su mirada y actuar la ansiedad que lo inundaba por estar sin sus sujeciones. Resignada, sabiendo que en aquel momento no contaba con la ayuda del caballero, empezó con la tarea de retirar los arreglos de su caballo, mientras en su mente no podía dejar de pensar en él. ¿Acaso seguiría enojado con ella, cómo es que se había transformado, podrían revertirlo o quedaría atrapado en aquella forma para siempre? Y si así fuera, que pasaría entre ellos. Sintiendo como el rubor se apoderaba de sus mejillas con aquel pensamiento, el cual la había tomado por sorpresa, llenándola de vergüenza y tristeza.

- ¿Cuál nosotros?, si él esta enamorado de Hylia… y yo… solo soy una tonta- musitó con absoluto desconsuelo, mientras situaba el arzón y sus arreos a lado de la otra montura.

Sintiendo como aquella opresión crecía en su pecho, abatida, sin deseos de permanecer en pie, la joven se sentó donde su protector había colocado la frazada, envolviéndose en ella, cerrando sus ojos y apreciando el aroma que había en la tela. Distraída y abstracta en sus pensamientos, la joven asustada abrió sus ojos de improvisto al sentir una presencia cerca de ella, encontrándose con la serias y cristalinas pupilas de su protector, quien la había estado observado desde la orilla de tierra. Abochornada, sin saber que decir o si debía hacerlo, cubrió con la manta la mitad de su rostro no, deseando que en aquel momento caballero la mirase, pues temía que se diera cuenta de lo que estaba sintiendo.

Habiendo regresado de su cacería y de su exploración, preocupado Link miró con angustia a su protegida, sintiendo una enorme dolor al verla de aquella manera, tan sola, tan afligida. Despertando dentro de él, sus instintos de protección, pero sobre todo aquel sentir que había intentado retener y que solamente crecía día a día con cada instante, con cada momento que pasaba a su lado. Uno que lo llenaba de odio contra si mismo y de absoluta aprehensión, pues sabía que si este seguía desarrollándose, solo aumentaría su calvario. Mas debilitado ante aquella imagen, completamente apresado de sus emociones, dejó la presa que tenía en su hocico, en el suelo, al tiempo que dejaba salir un profundo quejido.

Ante el llamado de su guardián y su afligida mirada, reconfortada por aquel gesto, la joven se acercó a este notando para su sorpresa y repulsión la criatura que se hallaba en el suelo. Confundido por el repentino cambio del semblante de la joven, el lobo posó rápidamente su mirada a sobre su rapiña, la cual seguía inmóvil donde la había dejado. Asqueada ante la presencia de aquel enorme y gris roedor que yacía inerte frente a ella, Zelda se cuestionaba la razón por la cual el guerrero lao habría traído, pasando un par de minutos hasta que un extraño y horripilante pensamiento, llenó su mente.

- No, me rehusó… eso es una rata! - Exclamó con vehemencia la aristócrata mostrando aquel lado de alcurnia que habitaba en ella.

-Claro, que era una rata. ¿Qué esperaba?, estaban en un pantano- Pensó con pesadez el héroe, sacudiendo su cabeza, sintiéndose altamente ofendido e insultado. Tanto trabajo que le había costado traer una captura limpia. Bueno tal vez no era la mejor opción, pero sinceramente había creído que era lo mas adecuado si lo comparaba con los reptiles y anfibios, dudaba que la joven apreciara un sapo, un víbora o un pequeño lagarto. También sabia que no era la mejor presentación, pues si hubiera estado en su forma humana, podría haberla destazado y limpiado, haciéndola pasar por un pequeño conejo.

Aprovechando la oportunidad de la distracción de su captor, saliendo de su parálisis, el pequeño roedor rápidamente se incorporó pegando una ágil carrera en dirección del follaje. Asustada por la repentina acción de la rata, la doncella dejó salir un agudo grito, mientras se alejaba de esta, llamando la atención de los tranquilos corceles que estaban descansando. Ante las osadas acciones de su victima, guiado por su naturaleza de cazador, comenzó a perseguir el roedor dejando salir una fuerte serie de gruñidos, decidido a captúralo. No deseando estorbar y aun reservado ante el comportamiento del lobo, Saki se apartó, mientas que la Silver Bay al ver las dificultades que estaba pasando su amo, inmediatamente se lanzó a su ayuda tratando de aplastar al pequeño mamífero con sus cascos, deteniendo también su huida. Absorbido en sus acciones el paladín triunfantemente abrió sus fauces, listo para captúralo, cuando la ágil rata, se es escabullo tras una de las patas trasera de la robusta yegua. Apresando sin querer a esta con sus dientes. Reaccionado de manera impronta, Epona coceo aventando al canido, el cual por fortuna no había sido lastimado.

Adolorido, el paladín se incorporó, agitando todo su cuerpo y esponjando su pelaje. Ante la ausencia de su trofeo, no deseando ser la burla de la joven y abochornado por sus acciones, ya que otra vez se había dejado llevar por sus instintos animales. Sin perder tiempo, se escabulló entre los pastos, buscando un momento de soledad. Confundida sin saber como interpretar aquellas acciones, la princesa, no podía olvidar la angustia que había llenado los ojos de su guardián. Recriminándose por actuar, al final el guerrero aún en aquella apariencia había ido a buscarle una fuente de alimento, mostrando que continuaba procurando por su bienestar y ella lo había rechazo de aquella manera, enseñando lo peor de si misma, esa imagen de niña mimada que tanto odiaba y que no deseaba tener, de la que se avergonzaba y de la que huía.

Largos minutos pasaron hasta convertirse en un par de horas, ya con el sol cerca de ocultarse en el horizonte, comenzando a sentir fió, Refugiada bajo la cobija e la frazada la joven miraba con pena el firmamento, apreciando las rojizas tonalidades que comenzaban anunciar el ocaso. Escuchando el sonido que prevenía de la espesura, dispuesta a disculparse y aceptar cualquier ofrenda del caballero, la futura regente se acercó hasta el lugar, sintiendo su alma descansar al ver la figura del lobo emerger nuevamente.

Completamente agotado, exhausto emocional y mentalmente, ignorando el dolor de sus músculos y articulaciones, con pesados pasos, se acercó hasta el centro del lugar dejando su nueva captura en el suelo. Indecisa, con cuidado la aristócrata se acercó hasta sonde estaba el inerte cuerpo de una cría de un jabalí. Tratando de discernir la situación, Zelda abrió sus labios, para expresar sus dudas deteniéndose al observar como con diligencia y un poco de dificultad, el gris Lobo ignorando su presencia, comenzaba arrear un pequeño grupo de vestigios de madera seca en un hoyo que había cavado, para después de ir hasta donde estaba su alforja metiendo su cabeza entre ella, rebuscando en la profundidad de esta, hasta sacar un pedernal.

Maravillada, pero sobre todo enternecida por las acciones de su guardia, la princesa no puedo evitar estremecerse, ya que en aquel momento, no estaba viendo al enorme canido, sino a su amado protector, el cual como siempre, desde el primer día que lo había conocido seguía viendo por ella, asegurándose de proporcionales todas las necesidades y comodidades que podía, Así fuera en los lugares mas inhóspitos o apartados. Reconfortándola con sus presencia, cuidando de ella en todo sentido y palabra.

Irritado ante su falta de coordinación, Link dejo salir un leve gruñido mientras miraba con odio aquella piezas de piedra. Mas antes de poder continuar con sus acciones, una cálida y gentil caricia subió desde su cuello hasta su cabeza, haciéndolo olvidar toda la frustración que le embargaba. Confundido ante aquel tacto, volteo su cabeza encontrados con las opalinos y puros iris de la doncella.

- Déjame ayudarte, debes estar cansado -

Fue la única explicación que dio la dama, mientras con un poco de torpeza por la falta de practica, raspaba las rocas, hasta que logro crear la chispa suficiente para encender la madera. Apreciando las acciones de la aristócrata, sabiendo que su trabajo aún no había terminado, el héroe volvió hasta donde estaba su presa. No deseando que la su protegida viera la grotesca imagen que parecería para ella, si veía lo que estaba planeando hacer, asegurándose de estar lejos de ella, abrió sus fauces rompiendo con ella el vientre del cerdo lavaje comenzando a limpiar el canal, despojándolo de todo sus contenidos viscerales. Avergonzado y tratando de mantener a raya su naturaleza de depredador, peleando contra aquella sensación que expandía por sus venas, al tener el contacto con la sangre fresca, temiendo a la reacción de la joven ante su imagen, sin perder tiempo limpio su hocico con sus patas, y la humedad de los pastos, satisfecho de restirar todos los vestigios de sus actos, llevando el vacío cuerpo hasta la hoguera.

Desconcertada y dolida al sentir la distancia que ponía el paladín con ella, En silencio, tomó el animal sorprendiéndose al darse cuenta de que este había sido haber sido limpiado, algo para lo que se había estado preparado mentalmente. Colocándolo sobre un par de piedras, dejándolo cocinar tras haberlo engazado en sobre una flecha, imitando las acciones del paladín.

Unidos bajo el sonido del crujir de las llamas, comenzando a resentir la baja de la temperatura en el ambiente, Zelda cubría su cuerpo con la manta, buscando la manera de romper aquella abismal distancia que la separaba del héroe, el cual se encontraba echado frente a ella, con sus ojos cerrados, respirando profundamente. Sin poder apartar su mirada, comenzó a recorrer con ella cada una de las facciones del lobo. Admitiéndose en aquel momento lo hermoso y magnifico que era, su oscuro pelaje brillaba contra las llamas, haciendo que las sombras de estas enmarcaran más sus características, en especial acentuando su rostro. El cual aunque era completamente diferente al de su forma natural, contenía las mismas expresiones. Ese fruncido seño que siempre estaba presente, su fuerte y pronunciada caña nasal, la cual contrastaba por la fuerte coloración que tenía, aquel oscuro tono que se sobre ponía al claro, enmarcando sus ojos al subir por su depresión nasal, hasta el cráneo, donde sé hallaba aquella extraña marca. Sus tupidas y puntiagudas orejas, que aún contaba con la presencia de los sus índigos zarcillos. No importaba que forma tuviera, animal o humana, el paladín seguía robándole el aliento.

Experimentado como el color aumentaba en su rostro al momento que se admitía aquella verdad, sintiendo como aumentaba los latidos de su corazón. No sabía bien, ni el como o el cuando, pero se había enamorado del guerrero, de su amabilidad, su sinceridad, de esa fortaleza interna y su valor. Pero lo que realmente la había prendado, era la pureza de su alma. Aquella que había sido dañada, tan lastimada a través del tiempo, la que sufría día a día, mientras intentaba ocultar bajo aquel serio y frió semblante el calvario que la consumía, el anheló de aquella felicidad que le había sido arrebatada, bajo el suplicio de la perpetuidad.

Sin poder detener las cristalinas gotas llenaban sus ojos, las cuales corría libremente por sus mejillas, la joven princesa, llevó sus manos hasta sus labios al momento que estos expresaron un quedo sollozo. Uno que no podía contener, ya que no solo expresaba su dolor, sino también su furia, su frustración y enojo ante las deidades, ante la Diosa blanca. Quienes se había atrevido a seguir hiriéndolo de aquella, atormentándolo, haciéndola desear, por un momento, por ínfimo instante, tener la fuerza y la capacidad de ayudarlo, de liberarlo de aquellas cadenas de tormento, de protegerlo, de salvarlo, como él lo estaba haciendo con ella, de regresarle esa felicidad, aunque eso implicara su propia destrucción, si tan solo… ella fuera Hylia.

Despertado por el sonido de aquel suspirar, abriendo sus pesados ojos, moviendo lentamente sus orejas, el caballero despabiló con cuidado el velo del sueño que lo había invadido, alertándose inmediatamente al oír aquel sonido de nuevo. Preocupado posó sus mirada sobre la figura de su protegida, sintiendo como una terrible punzada se apodaba de su alma al verla en aquel estado. Sin poder soportar el dolor que lo inundaba y la necesidad de consolarla, de hacerla sentir mejor, con cuidado y sigilo se levantó de su lecho de descanso acercándose pasudamente hasta ella. Acongojado al notar como la princesa ignoraba su presencia sumida en sus pensamientos, sin poder seguir soportando el calvario que lo consumía, como cada lágrima se volvía una daga que atravesaba su corazón. Haciendo a un lado todo coherente pensamiento, acercó lentamente su hocico hasta su mejilla, recolectando con la mayor suavidad posible que podía aquellas salinos rocíos.

Sacada de su estupor ante el húmedo contacto de aquel suave apéndice contra su piel, azorada se apartó por un instante mirando incrédula, aquel semblante que había estado observando momentos antes. Atrapados en la profundidad de las ventas de sus almas, ópalo y zafiro se contemplaron, tratando de transmitir aquello que tanto ocultaban, lo que tanto temían ambos de admitir, de aceptar. Rompiendo el hechizo que había caído sobre ellos, el caballero volvió a repetir sus acciones, limpiando los pómulos de la joven, la cual conmovida sin darle tiempo de continuar su tarea se abrazo a su cuello, liberando parte de la terrible carga emocional que sentía, sin decir nada, solo embriagándose en su presencia, llorando abiertamente. Intentado abrazarla aún aquella forma apretándola con su cabeza contra su cuerpo, hundiéndola en su pelaje, deseando por un momento, por un instante estar en su forma natural. Al tiempo que aquella fría, e inmutable barrera que había colocado alrededor de su corazón era destrozada con cada gemido.

- No llores, por favor… Aquí estoy… -

Trató de expresar de manera verbal el héroe, creando solo con sus cuerdas vocales un ahogado y lastimero sonido, logrando solo que la princesa se abrazara aún más a él, como si entendiera lo que trataba de decirle, aumentado el la afluencia de su llanto, lastimándolo internamente. Odiando a las diosas y a su suerte por estar atrapado en aquel aspecto, y no poder hacer nada para consolar a dulce dama que yacía abrazada contra su cuerpo. Lo que daría por rodearla con sus brazos, alzar su rostro con sus manos, fundir sus labios con los de ella. Robarla de cualquier aliento, sacarla de aquel suplicio que la consumía, y mostrarle que él estaba ahí para ella. Cubriéndola con aquel extenso sentir que lo embarga, uno que superaba al que había sentido por cualquiera de sus predecesoras, incluso el de su diosa.

Desconociendo por completo que al momento de aceptar aquella verdad, el etéreo lazo rojo que los unía sus almas, terminaba enlazar sus fibras, restableciéndose por completo.


Notas de autor:

Hola a todos, como siempre quiero agradecerles a quienes me han dejado sus maravillosos comentarios, así com me dispculpo por adelantado, pero con este inicio de año,han venido cosas nuevas, que han ocupado mi tiempo y no me han dado oportunidad de retomar mi itinerario nomal. Bueno creo que con este capitulo ya puedo decir que oficlamente entramos al romance entre Link y Zelda, y de la manera más extraña, cuando nuestro héroe no puede expresarse como desearía...

Así mismo, para mi amiga Klyvan, como habras leido en este capítulo, Epona no es inmortal, digamos que medio rencarna, pero en si, Link se ha encargao de criar el linaje de su yegua desde el inicio de todos los tiempos, esto explicaria, las diferentes apariencias en la yegua, pues no es la misma.

Bueno sin mas que aclarar los dejo por ahora y nos vemos pronto, Bye...