Aurora despertó mucho antes del alba. Como ya no valía la pena volver a dormirse, decidió empezar la jornada. Se incorporó con cuidado para no despertar a Philip, se levantó y fue derecha a su tocador. Una vez más, no pudo evitar sorprenderse porque los muebles de su cuarto de adolescente aún siguieran en su sitio de antaño, tal y como los había dejado una joven Aurora para marcharse a vivir su nueva vida de casada. La magia de las hadas a la hora de reconstruir el castillo tras el incendio había obrado un efecto más que deseado.
Le pareció que todo eso había sucedido hacía una eternidad. Recordó la primera vez que se había mirado en ese espejo, en su decimosexto cumpleaños. Entonces ella era joven y…una princesa. En vez de su habitual corona principesca que otrora le regalaran las hadas, ahora descansaba sobre el tocador la corona de su madre. Aurora evitó mirarla, pues ese objeto no dejaba de provocarle tristeza. Se peinó los rubios cabellos, sin sorprenderse demasiado cuando encontró una cana entre ellos. Tras esto, se vistió sin hacer ruido y volvió al tocador. Terminó de arreglarse y, cuando terminó, miró su reflejo con aprensión.
Había elegido un vestido blanco y añil, unos colores que no combinaban en absoluto con su estado de ánimo. De haber podido elegir, Aurora seguiría llevando los negros ropajes de luto por su padre. Para ella, el período de luto había pasado demasiado pronto. Nadie podía mostrarse triste en la coronación de los nuevos reyes, y la nueva monarca no iba a ser una excepción. Llevaba esos vestidos casi a regañadientes, sintiéndose culpable a todas horas.
Aurora dio un largo suspiro, cerró los ojos, cogió la corona y se la colocó en la cabeza. El peso del metal hizo que abriera los ojos de nuevo. No estaba preparada para esto. Se sentía…extraña. Extraña y culpable. Terriblemente culpable. ¿Qué derecho tenían ella y Philip para llevar las coronas de sus padres? ¿Qué estaba haciendo ella con aquella corona en la cabeza, la corona de su madre, que había llevado con ella desde que Aurora tenía memoria?
Río, cínica. Obviamente, si se atreviera a hacer tal pregunta en voz alta le respondería una multitud de voces, que se ocuparían de restregarle bien alto y claro sus obligaciones. El rey había muerto, ella era su única heredera y ahora Aurora y Philip eran los legítimos monarcas de Glenhaven. Fin de la historia. Pero Aurora no lo veía así, ni mucho menos. Sin poder evitarlo, le vino a la mente su ceremonia de coronación, tan salpicada por el dolor por la pérdida de su padre. Había sido en la catedral de Glenhaven y oficiada por el propio arzobispo. Para esa ocasión, los dos príncipes se despojaron de las prendas de luto y se vistieron con magníficos ropajes. Todo el mundo lo había hecho, incluso Fleur prescindió del luto por un día y trató de aparentar una inexistente felicidad. La catedral estaba a rebosar; habían colocado sendos tronos frente al altar. Aurora y Philip desfilaron hasta ellos, y se arrodillaron a los pies de la cruz de la cabecera. Rezaron, y acto seguido recitaron el juramento de todos los reyes de Glenhaven: gobernar sabiamente con justicia salomónica, protegiendo a todos sus siervos sin hacer distinción alguna. Tras esto se levantaron, se sentaron en los tronos y el arzobispo les colocó las coronas.
"¡Vivat, vivat!, gritaba la multitud, ¡Rex et regina! ¡Vivat!"
Todos los presentes formaron una fila y desfilaron ante los nuevos monarcas, jurándoles fidelidad. Aurora se esforzaba por sonreír con todas sus fuerzas, hastiada de toda aquella parafernalia. Tras el banquete posterior, se retiró a sus aposentos todo lo deprisa que pudo. Al día siguiente, lo primero que le comunicaron de que tanto Philip como ella deberían dormir en los aposentos reales, tal y como mandaba la tradición. Aurora se negó en rotundo; aquel era el cuarto de sus padres, no el suyo. Ocupar esa habitación era para ella un sacrilegio, un insulto a la memoria de su padre. Y, además, estaba su madre, que desde el entierro de Stefan se había atrincherado en sus aposentos, con un pequeño retrato del rey. Aurora no se había molestado siquiera en llamar a la puerta; sabía que todo lo que hiciera no serviría de nada y que cuando su madre la necesitara de veras acudiría a ella, no antes.
Y luego estaba todo ese asunto de Rose. Recordaba vivamente todo eso, en especial la larga charla sostenida entre ella, Philip y Neriah. Al principio, Philip se negó a creer las acusaciones contra su hija, pero acabó por ceder ante la evidencia. Aurora apenas podía creerse que Rose, su Rosie, hiciera todo aquello. Sin embargo, ahí estaba ella, recién coronada reina, con su padre muerto, su primogénita en la fortaleza enemiga y, para colmo, esperando un hijo del traidor. Era demasiado para asimilar en tan poco tiempo. Además…
"Apenas tenemos efectivos en el ejército. Nos recuperaremos durante el invierno y, en verano, atacaré Holvik", decía Philip, "Traeré a Rose de vuelta y mataré a ese perro con mis propias manos".
"Es un buen plan, supongo".
"Lo es, y no me lo discutas. Te necesitaré junto a mí. Si es cierto lo que dices y Rose está…convencida de atacarnos, me vendrá bien tu poder".
"Por supuesto".
"Neriah, por favor prométeme que pase lo que pase no le harás daño a Rose…".
Neriah carraspeó.
"Lo prometo".
Aurora contuvo un estornudo. Miró la ventana abierta, por donde entraba corriente. Ya empezaba a refrescar. Pronto caerían las hojas y llegarían las nieves. El hijo de Rose, su nieto, nacería a principios del año próximo. Y, en primavera, el ejército de Philip se pondría en marcha…
-No para de moverse. Tu hijo no puede estarse quieto más de diez minutos.
William le dedicó una sonrisa desde el escritorio. Tras esto, volvió a la escritura. Rose, curiosa, se acercó y ojeó por encima el montón de pergaminos apilados en un rincón del escritorio. Trataban de temas administrativos, amén de la contratación de nuevos soldados. William quería asegurarse de estar bien preparado cuando llegara el ejército real en la primavera.
-Oye, William…-dijo Rose, ahora en tono más serio-. ¿Es cierto lo que dicen?
-¿Dicen? ¿Sobre qué? –respondió él sin apartar la vista de la escritura.
-Mi abuelo ha muerto, ¿verdad?
William dejó de escribir. Dejó la pluma lejos del documento. Se levantó y fue hacia la joven.
-Lo apuñalaron por la espalda. Lo siento, no pude hacer nada.
Rose carraspeó y bajó la cabeza, apesadumbrada. William intuía que se sentía frustrada por no haber podido proteger a su familia. Intentó animarla cambiando de tema.
-¿Qué tal lo llevas, te da mucho trabajo?
Ella le miró, al principio algo extrañada, pero luego sonrió. Se llevó una mano al vientre. Se notaba el abultamiento bajo el vestido.
-Bueno, se mueve constantemente, y a veces ni me deja descansar por las patadas. Aparte de eso, todo va estupendamente.
-Me alegra oír eso. Cuando te traje de la batalla pensé que os perdería a los dos.
-Oh, no digas tonterías. No nos pasó nada, así que no tienes por qué preocuparte –Rose fue hasta él y le abrazó con ganas. Tras una pausa, añadió-. Es una pena lo de mi abuelo, ojalá yo hubiera estado más pendiente para evitar todo esto…
William le devolvió el abrazo, pero no contestó. Sus ojos, antes vivarachos y felices, se habían ensombrecido de repente.
