CAPÍTULO 26. TE AMO

Después de tanto tiempo finalmente volvían a estar juntos.

Había sido un martirio para ambos sobrellevar una separación tan abrupta. Y peor aún, sufrir la terrible impotencia que orilló a Saitama al borde del colapso cuando encontró a Genos hecho trizas. Fue precisamente esa experiencia tan dolorosa la que provocó que al contemplarlo cara a cara, nuevamente en su constitución cyborg-humana, le dejara en shock.

Cualquier persona esperaría encontrar a su ser amado en una camilla, con una sonda intravenosa y una máscara de oxígeno. Pero en este caso era un hecho que Saitama no lo hallaría convaleciente. Su cuerpo no era el de un humano. Por supuesto que lo sabía, y lo entendía a la perfección. Era lógico que las únicas opciones eran verlo incompleto y carente de motricidad; o por el contrario en un estado íntegro, saludable y perfecto, como era el caso. Pero lo cierto es que verlo sin un solo rasguño ni señal alguna de deterioro no hacía más que aturdirle. Como si contemplara una imagen artificial aislada de la realidad; o como si nada hubiera ocurrido y de alguna manera la vida escindiera su perpetuidad cíclica, deteniendo el tiempo en un pasado donde Genos siempre se mantuvo a su lado, donde nunca fue abducido ni despedazado. Esa era la ilusión momentánea por la que Saitama prefirió decantarse, al menos para afrontarlo.

—Genos… —pronunció en un suspiro ahogado, acortando la distancia en un par de zancadas hasta abrazarle con fuerza.

—Sensei —correspondió al abrazo con la misma efusividad, percibiendo los latidos del corazón ajeno a través de los sensores de su nueva piel—. Sabía que iría por mí. Sabía que no me dejaría morir bajo tierra.

Sería inútil y ridículo derramar una lágrima más, Genos estaba vivo, pero no podía evitar sentir un nudo en la garganta que le impedía hablar. Tenía tanto que decirle, tanto por lo que disculparse y a su vez tanto que prometerle. Sin embargo, la necedad con la que se aferró a él fue suficiente para darle a entender mucho más.

De nuevo fue el androide quien endulzó su oído con un suave murmullo:

—Ya no me iré de su lado —besó su mejilla; pero fue sorprendido con un roce directo en los labios.

—Nunca más, por favor, nunca —le sujetaba el rostro con ambas manos, heridas y vendadas. Aunque tan sólo había aventurado al primero de muchos besos consecutivos, disfrutando el sabor de sus labios.

Sin darse cuenta, sucumbieron a la pasión desbordante de un beso prolongado, acompañado de caricias en cada centímetro desprovisto de ropa. Genos jadeaba, maravillado por la sensibilidad en la yema de sus dedos. Le fascinaba sentir cómo la piel de Saitama se erizaba, emanando una calidez y aroma tan característico y delicioso. Ahora que extrañaba tanto ese contacto físico, agradecía infinitamente que no le fuese negado.

El mayor le acariciaba el torso, recorriendo cada mínimo detalle, desesperado por grabarlo en su memoria. Porque si tenía oportunidad de escapar del mundo, de ignorar al resto y perderse en la fatuidad de ese abrumador e incomprensible sentimiento, era la ocasión perfecta para mandar al diablo todo cuestionamiento. Qué mierda importaba si mantenía una relación amorosa con su aprendiz. A final de cuentas, ¿de qué demonios le había servido temerle al amor que incendiaba su pecho y nublaba su mente? Ya había comprobado lo tormentoso que era perder a Genos, y lo desbastador que sería despedirse para siempre.

—Te amo, Genos. Te amo tanto —ni siquiera meditó las palabras, éstas fluyeron con la misma vertiginosidad que sus caricias, descendiendo hasta la ingle del menor, provocándole un palpitar creciente en la entrepierna. Al mismo tiempo, sus besos se se abrían paso a lo largo del cuello, iniciando un cosquilleo que obligó al rubio a cerrar los ojos. Pronto ese roce sutil se volvió una brasa incandescente, con la ferviente obstinación de arrebatarle un gemido entre besos y mordiscos.

Todo había sucedido tan rápido. Y para Rider, sin el tiempo suficiente de por medio para procesar lo que estaba pasando. El Dr. Kuseno le había cogido del brazo al ver que no reaccionaba ni porque le llamara o carraspeara repetidas veces. El joven se mantenía absorto, contemplando la escena con las pupilas dilatadas y un sentimiento interno que le oprimía el pecho y golpeaba su estómago, tan fuerte, tan doloroso... Sabía que Saitama estaba enamorado de Genos, lo sabía. Siempre lo supo. Pero presenciar algo así con sus propios ojos, e incluso escuchar una confesión de amor directa de sus labios, era demasiado doloroso, irracionalmente mortificante.

"¿Por qué?" La pregunta se desintegró en el aire. Parecía que su propia confesión no había significado nada. Pero, ¿cómo pudo haber significado algo si Saitama ni siquiera le había escuchado? Había sucedido durante el vuelo, en lo más alto del cielo, cuando el único capaz de oírle había sido un gigantesco dragón de hielo.

Rider salió de la habitación siendo llevado por el científico. Éste no demoró en despedirse y marcharse, pues obviamente le embargaba cierta incomodidad, aunado a que para nada tenía pensado entrometerse en algo tan personal. Tampoco es que pudiera evitar especular al respecto, pero prefería guardarse su opinión.

—Cuando sea posible, te agradecería mucho si envías mi equipo a esta dirección. También escribí las especificaciones de embalaje —le entregó una nota—.… y suerte.

No estaba muy seguro de por qué le había deseado suerte, pero igual no iba a preguntárselo. Sólo tomó la nota y asintió, permaneciendo en el marco de la puerta hasta que tuvo el valor de volver a entrar a la casa. Aguardaría en una silla del comedor, en compañía del tigre dientes de sable que bostezaba con toda tranquilidad, meneando la cola a la par de las manecillas del reloj.


—Lo necesito dentro de mí, sensei…

Había empujado a Saitama contra la cama de la habitación. Era algo angosta, pero tenía un colchón y una almohada de plumas bastante suaves. La ventana los iluminaba parcialmente, gracias a la delgada cortina blanca que la cubría.

—En verdad lo necesito —ya había hecho a un lado todo cuanto le estorbaba: una mesa llena de cables, material, herramientas; y otras piezas distribuidas en cajas y bolsas, desperdigadas por el piso.

Saitama lo observó mientras se quitaba la ropa con la que el Dr. Kuseno acababa de vestirlo meticulosamente. También se desnudó aunque Genos no se lo pidiera. No obstante, un desagradable recuerdo volvió a su mente en ese preciso momento. El rubio se colocó encima, con las rodillas a ambos lados de su cadera, exactamente igual como en aquella pesadilla… Instintivamente empujó su abdomen para detenerlo.

—¿Sensei? —cuestionó entre jadeos, preocupado por esa nueva mirada, cargada de miedo—. ¿Qué ocurre?

Su maestro estuvo a punto de pronunciar un frívolo "quítate", pero antes de que lo hiciera, el rubio sujetó sus manos y las llevó hasta su boca para besarlas.

—¿Por qué están vendadas? ¿Usted… se lastimó?

—Sólo son unos raspones. Resulta que ya no soy invencible —intentó evadir su mirada mientras le explicaba—. Me lastimé golpeando una estúpida capa de hielo… Pero no importa. Ya lo solucionaré.

—Por supuesto que importa —acarició su mejilla—. Lo solucionaremos juntos.

Su preocupación rompía toda relación con aquel mal recuerdo. El Genos de su pesadilla fingía una falsa amabilidad pero denotaba agresividad y posesión a un grado enfermizo. Y además, recordaba muy bien que carecía de revestimiento cutáneo. No podía olvidar ese tacto metálico y gélido causándole escalofríos.

Finalmente dejó escapar un leve gemido involuntario, apenas y podía resistirse a la postura en que el androide le tenía acorralado.

Sin soltarle las manos ni apartar la mirada de su rostro, su discípulo comenzó a hacer presión hacia abajo, sintiendo la punta del miembro, tan húmeda como su propio glande. Le avergonzaba que su maestro mantuviera la vista en su hombría, pero a la vez le excitaba, y mucho.

"¿Por qué mi corazón no deja de latir así? Cada vez es más fuerte. Mis manos están temblando". Saitama creyó que era el único al que le costaba tanto controlar lo que sentía, pero el sonoro gemido de Genos al penetrarle resultó tan placentero que su pelvis se contrajo y su espalda se arqueó.

—Nhh… Genos… aprietas mucho —se mordió el antebrazo, pero no fue suficiente para calmar su respiración. Ignorando el dolor de sus heridas, atrajo a su aprendiz hacia sí y le abrazó del cuello, acariciándoselo, jadeando en su oído mientras movía la cadera. No hizo ningún movimiento brusco, más bien llevaba un ritmo acompasado y cariñoso, ensimismado en llenarle el cuerpo de besos.

Lo pensó un par de veces, pero no tenía caso intentar dejarle marcas en el cuello, seguramente su piel no formaría hematomas. Aunque fue como si el androide leyera su pensamiento, porque al sentir que su cuerpo no resistiría más, decidió separarse unos segundos. Recorrió el cuello del mayor con un suave roce hasta llegar a un punto por debajo de la quijada, presionando con su lengua y labios.

—Los haré muy tenues, ¿no importa? —musitó, procediendo a una cuidadosa succión, bajando a la altura de la clavícula para dejarle una segunda marca.

Esa clase de atenciones mantenían embriagado a Saitama, disfrutando a tal grado que se vio en la imperiosa necesidad de colocarse encima del rubio. Le sujetó las muñecas, empujándolo de espaldas contra la cama y alzó sus piernas para volver a penetrarle. Contuvo la respiración al sentir la presión del interior. Esta vez no tardó en acelerar el ritmo, no quería dejar de sentir esa fricción que le enloquecía.

—Está muy caliente, demasiado —respiró profundo. Su miembro se frotaba contra el abdomen de Saitama, incrementando la intensidad del estímulo—. Se siente tan bien…

—Me encantaría masturbarte —lamió los carnosos labios de su aprendiz—, pero las vendas me estorban.

—Está bien… —no pudo resistirse a robarle un beso y explorar el interior de su boca con la lengua antes de afirmar— …no son tan rasposas.

Saitama se dejó llevar por el cosquilleo que nunca se detenía cuando se besaban. Estaba seguro de que jamás se acostumbraría, ni a sus besos ni al contacto directo con su cuerpo. Además, casi era imposible recordar que fuese artificial. "No es por la piel… aun cuando es tan perfecta, tan real, sé que es por él… puedo sentir su alma".

Salió muy despacio, apartándose de Genos. Y cuando éste le miró extrañado, esbozó una sonrisa impregnada de picardía.

—Tengo una mejor idea.

Con una mano le acarició el abdomen, y colocó la otra en la base de su pene. Se acercó, apenas tocando la punta con sus labios. La piel era tersa, el aroma de su sexo exquisito y su sabor… con solo meterlo un poco en su boca aceleró todavía más su respiración, si es que eso era posible. Era todo un manjar a su paladar. Tuvo que sacarlo para respirar, pero entonces vio a Genos retorciéndose de placer, situando sus manos temblorosas sobre su cabeza, suplicándole entre jadeos que no se detuviera. ¿Cómo podía estar tan excitado si el contacto había sido mínimo? Peor aún, que al colocar las dos manos en el miembro erecto, se percató del líquido blanquecino que manaba de la entrepierna de Genos. Se había corrido dentro de él sin siquiera notarlo. ¿Y cómo hacerlo si estaba en llamas desde el inicio? Si parecía que la palabra "orgasmo" había renacido con un nuevo significado al entregarse, y encima su excitación iba en aumento.

"Eres muy peligroso, mi amor".

Bajó de nuevo. Esta vez haciendo que el miembro le recorriera la lengua hasta chocar con su garganta. Masajeó sus gemelos, únicamente con los dedos, evitando escocerle con el vendaje. Imposible no emitir sonidos guturales de placer con cada gemido de Genos, embelesado en un mar de sensaciones. Pronto se adentró a tientas entre sus glúteos para estimularle con movimientos pausados y circulares, aprovechando los residuos de semen. Lamió su extensión como poseso, y en breve notó que dejaba de ser saliva lo que escurría por sus comisuras…

Saboreó el néctar de su esperma, embriagándose, chupando aún más fuerte, provocando que el ardor exquisito que recorría a Genos de pies a cabeza se convirtiera en espasmos.

A su discípulo, la excitación le mareaba a tal grado que se vio obligado a aferrarse a las sábanas. Le invadía vértigo, pero disfrutaba como nunca esa vulnerabilidad bajo el yugo de su maestro. Cuando Saitama le alzó las piernas y las colocó sobre sus hombros, creyó que le penetraría de nuevo. Pero más bien le besó la rodilla, colocó su miembro junto al suyo y los frotó a la par… deslizando con suavidad la piel que los cubría y mezclando el líquido residual de ambos.

Genos se sujetó a su cuello, las piernas le temblaban tanto que estuvo a punto de pedirle que se detuviera, pero el mayor selló sus labios en un beso demandante que no cedería hasta quedarse sin aliento. Ambos se vinieron al unísono esta vez, esparciendo con deleitante brío hasta la última gota del líquido seminal acumulado.

Saitama dejó que su discípulo se recostara sobre su pecho y lo cubrió con las sábanas. Habían dejado la cama hecha un desastre, siendo que ninguno de los dos recordaba haberse movido tanto. Asimismo, era complicado medir el tiempo cuando el frenesí distorsionaba su noción.

—Me siento muy aturdido.

—¿Por qué? —alzó la cabeza, mirándole.

—¿Tú no? —le acarició con cariño y besó su frente.

—Yo me siento tan relajado que podría quedarme abrazándole así para siempre.

El aturdimiento de su maestro se debía a la pérdida de sus poderes y los efectos secundarios de los que todavía no era consciente. Aunque los experimentaba en sucesión cronológica: la disminución gradual de su fuerza física, su creciente irritabilidad, y también una descompensación notable en su organismo. Por eso se había desmayado y no paró de vomitar cuando recobró la consciencia.

Ya sólo se sentía aturdido y débil. Por desgracia, eran Stinger y Sónico quienes sabían que Saitama no era inmune al veneno del molusco marino, creado especialmente para él. Y ahora que su cuerpo estaba infectado, si no lo descubría a tiempo, el daño sería irreversible.

Cual ironía del destino, el mayor sentenció algo que le traía a la mente el ataque del horrendo pulpo:

—Me alegra ser tu primera vez —como Genos no respondió de inmediato, se apresuró en argumentar—: Sé que tal vez no con este nuevo cuerpo.

—No quiero recordar eso ahora —atajó, incómodo.

—Lo siento… —odiaba que algo así se mantuviera en sus recuerdos, y odiaba aún más el hecho de que no hubiera negado que ese pulpo había traspasado los límites. Ahora tenía la certeza de hasta qué punto trasgredió su intimidad.

Quizás lo peor era que no se atrevía a preguntar si el alienígena intentó siquiera… Quiso pedirle que se lo dijera todo, pero muy a su pesar se abstuvo de sucumbir a la parte de él que ansiaba saberlo. Porque realmente no quería saberlo.

—Amo escuchar sus latidos, sensei —sentenció con un tono de voz más calmado, aferrándose a su pecho y muy atento al sonido que le adormecía.

—Ojalá yo pudiera escuchar algo similar en tu pecho.

—Pero, sí puede hacerlo —Saitama lo miró sin comprender—. El Dr. Kuseno nunca escatima en el perfeccionamiento de este sistema.

—¿Ya tiene órganos? ¿No es peligroso?

—Todo sigue siendo artificial, y la aleación subcutánea reforzada se mantiene.

—No sé cómo funciona, pero… ¿se forman manchas en tu piel? Ya sabes —desvió la mirada, aunque Genos le entendió perfectamente.

—Sí, puede dejarme el cuello lleno de chupetones si lo desea.

¿Y cómo negarse a semejante invitación? Saitama lo sujetó de la nuca y aprovechó a saborear su cuello, besándole, pero esta vez succionando enérgicamente. El cyborg exhaló un suspiro de placer, aunque se cubrió la boca para evitar hacer tanto ruido.

—No te cubras —apartó sus manos.

—Vamos a terminar haciéndolo de nuevo…

—¿Y no quieres? —suspiró, acariciándole el cabello y luego la espalda.

—Sabe que sí… es sólo que —miró en torno suyo—. Recién me pongo a pensar en que no reconozco este sitio en absoluto.

—No te preocupes, estamos en la habitación de… Rider… —se quedó de piedra, procesándolo—. Lo hicimos en la habitación de Rider.

No se había detenido a pensar en ello.

—No puede ser —el rubio se incorporó de inmediato—, lavaré sus cobijas cuanto antes.

—Debemos bañarnos primero —exhaló con pesadez—, y el baño está en el pasillo.

—Supongo que hay toallas en el armario.

Curiosamente la preocupación de Genos era la falta de cortesía que presuponíadejar sucia la habitación, después de todo pertenecía al mejor amigo de su amado; mientras que Saitama, no quería verse atosigado con preguntas personales.

En cuanto encontraron un par de toallas, se las amarraron alrededor de la cintura y Genos se encargó de echar el amasijo de cobijas al lado de un pequeño cesto de ropa sucia, con tal de no olvidar lavarlas al volver.

—Bien, yo te guío.

Pasaron a un costado del comedor, más no se asomaron. Simplemente siguieron su camino hasta el baño.

—Los que me hiciste casi no se notan —se quejó al verse en el espejo, arqueando una ceja un tanto decepcionado.

—No quería lastimarlo, sensei. No podría dañarle de ningún modo cuando sé por lo que está pasando —obviamente se refería a la progresiva debilidad física que padecía.

—Demonios, ahora me siento mal por como te dejé —el rubio le abrazó por la espalda, juntando mucho su cuerpo.

—No se preocupe, lo disfruté bastante —observó su sonrojo en el espejo y besó su cuello dos veces, depositando un tercer beso en su oreja.

Saitama se estremeció, y enseguida Genos atrapó su lóbulo con los labios, dándole un par de lamidas para luego susurrarle en el oído:

—Por cierto… Yo también estoy enamorado de usted.

Con ello demostraba que no había pasado por alto su confesión previa. Saitama sonrió y ladeó su rostro para besarle.

—Por favor vuelve a tutearme… lo extraño.

—No creo que sea una buena idea. Desde que lo hice no ha dejado de ocurrir una tragedia tras otra. Llámeme supersticioso pero no quiero arriesgarme.

—Cierto, mejor dejémoslo así.

Mientras Genos regulaba el agua de la ducha, Saitama se encargó de cerrar la puerta. Al parecer la habían dejado entreabierta cuando llegaron.


Sentado junto a la mesa del comedor, el héroe Clase C sujetaba su cabeza con más fuerza de la necesaria. No lograba deshacerse de ese sentimiento de vacío en el estómago que le retorcía las entrañas. La frustración lo había hecho levantarse de su sitio sólo para escuchar a través de la puerta entreabierta al androide, correspondiendo a Saitama. ¿Acaso lo hicieron a propósito?, ¿con la intención deliberada de que le quedara claro a quién había elegido?

Por supuesto que no. Debía ser una coincidencia, nada más. Pero, ¿es que podía sentirse peor? Si no hubiera sucedido en su propia casa ya se habría ido. Daría cualquier pretexto después, pero no permanecería allí por nada del mundo. Huiría y gritaría hasta quedarse sin voz en un sitio donde nadie pudiera escucharlo.

"Ya estoy pensando tonterías", se rio de sí mismo. En ese momento no sabía de qué sería capaz o qué exageraba su mente. No podía pensar con claridad. Estaba muy dolido y tenía que tranquilizarse.

"Saitama, no quiero perderte". Ojalá la puerta del baño no se hubiera abierto en el hilo de ese último pensamiento. Instintivamente, fijó la vista al frente, con una expresión de espanto como si lo hubiera dicho en voz alta. Sus nervios estaban muy alterados y, en cuanto sus ojos se toparon con los orbes color marrón de Saitama, se levantó bruscamente.

—¿Por casualidad tendrás un jabón que podamos usar?

Le tomó desprevenido que Genos no le acompañara, y ver al héroe con tan sólo una toalla cubriéndole, lo había dejado sin habla. Además, tenía la piel húmeda y eso acentuaba el contorno de sus perfectos e irresistibles abdominales.

—¿Rider?

—Ah… C-Claro.

Lo llevó de regreso a la habitación, puesto que acostumbraba guardar los objetos de aseo personal en los cajones del armario.

Cuando vio la cama destendida y las cobijas junto al cesto de ropa sucia no pudo evitar pensar en lo que acababa de pasar, aunque hizo todo lo posible por concentrarse.

—Mientras se bañan le enviaré el equipo al doctor —rebuscaba en uno de los cajones, observando de soslayo a Saitama. Debía admitir que era muy tentador tenerlo semidesnudo tan de cerca—. Me dio una dirección e instrucciones, así que…

Y en eso notó la ligera marca violácea en su cuello. Su raciocinio se vino abajo en un abrir y cerrar de ojos. Le entregó el jabón por inercia pero no lo soltó cuando Saitama quiso tomarlo. Tampoco completó la frase, pero en su lugar exteriorizó algo de lo cual no dudaba que muy pronto se arrepentiría.

—No quiero que me abandones.

En ese segundo se dejó llevar por la urgencia. Sabía que si lo hubiera pensado demasiado, no se habría atrevido a jalar del brazo a Saitama y mucho menos habría acortado la distancia hasta besarle.

Por supuesto que se separó tan pronto como la razón fue capaz de hacerle reaccionar. Su cara ardía de lo rojo que estaba. Tenía toda la intención de disculparse, pero el estupor lo tenía paralizado.

Saitama pronunció un lacónico "gracias" y cogió el jabón. A juzgar por su expresión ecuánime, era evidente que ignoraría lo que había hecho. Por lo menos hasta estar seguro de cómo interpretarlo. Porque independientemente de sus sentimientos, confiaba demasiado en Rider como para adelantar conclusiones.