- No entenderé jamás qué le ve la gente a las historias de Nicholas Sparks. – Rose se acurrucó un poco más con Scorpius y suspiró mientras el protagonista hacía lo que en su opinión era la quinta estupidez del día. – Menuda pérdida de tiempo, podríamos estar viendo algo más interesante.

- ¿No eras tú quien quería verla? – Le preguntó él, mientras cogía un puñado de palomitas.

- Quería comprobar si había cambiado de opinión o si de verdad estas historias mejoraban al verlas en pareja, pero no.

- ¿Ponemos otra?

- No, no me gusta dejar las películas a medias. – Bostezó y sonrió levemente mientras cerraba los ojos. – Además, no puede ponerse peor.

- Rose, no te atrevas a quedarte dormida. – Le dijo al darse cuenta de sus intenciones.

- Oh, qué miedo. – Sonrió un poco y bostezó. – Ya me contarás el final.

- ¿En serio vas a hacerme esto?

- Buenas noches, cariño. – Le dio un beso en el cuello y se acurrucó un poco más.

Scorpius puso los ojos en blanco y comenzó a acariciarle el pelo, centrado su atención en la película que, en su opinión, tampoco estaba tan mal. La pelirroja no tardó en quedarse profundamente dormida y él siguió con sus caricias mientras comía palomitas. La miró y sonrió. Rose era adorable cuando dormía. Le gustaban esas pequeñas sonrisas que se dibujaban en sus labios, esos ronquidos tan adorables y la forma de abrazarlo con firmeza, pero de forma relajada. Las cosas iban viento en popa desde su pequeña charla tras volver a San Francisco –ella había empezado a tomarse las cosas con más calmas y no habían vuelto a pasar por ninguna situación incómoda– y aquellas últimas semanas estaban siendo maravillosas. Cada día estaba más seguro de que había tomado la decisión correcta al decidir empezar algo con la pelirroja.

- No esperes que crea que me subes a tu habitación sin intenciones deshonestas.

Aquella voz lo puso en alerta. Se incorporó un poco en la cama, con cuidado de no despertar a la chica, y acomodó un poco su ropa, intentando no delatarse.

- Piensa lo que quieras, solo venimos a por el libro que se suponía que tú ibas a traer.

- Excusas, excusas.

- Imbécil.

Lizzy abrió la puerta de su dormitorio y entró, aunque frenó bruscamente al ver la habitación prácticamente a oscuras y los dos cuerpos entrelazados en la cama. James, que iba detrás de ella, se chocó con su espalda y frunció el ceño.

- ¿Qué pasa?

- Lo siento, no sabíamos que estabais aquí. – La chica se mordió el labio. – Rose siempre se olvida de poner la corbata.

- No pasa nada, pero baja la voz que está dormida.

- Lo siento, otra vez. – Los miró con dulzura y pasó, seguida de James que miraba hacia los dos chicos con desconfianza. ¿Se había perdido algo? – Hemos venido solo a por el libro para el trabajo de literatura, en seguida nos vamos.

- Es tu cuarto, Lizzy. No tienes que darme explicaciones.

La chica sonrió y se acercó al escritorio. James miró la tele y bufó.

- ¿En serio estabais viendo El diario de Noah? Normal que Rose se haya quedado dormida, menudo tostón de película.

- A mí me parece bonita. – Replicó Lizzy. – No sé qué tenéis todos en tu familia contra las películas románticas.

- Que son aburridas, predecibles y poco realistas, solo por nombrar algunas cosas.

- ¿En serio? Pues yo las considero bastante entretenidas y una buena muestra de lo que el amor romántico podría llegar a ser.

- ¿Me estás diciendo que te gustaría una historia como las de esas películas?

- Claro que no, esa gente lo único que hace es pasarlo mal. – Lizzy negó con la cabeza. – Pero sí que me encantan los grandes gestos románticos, los amores verdaderos y todo eso.

- Creía que ya no quedaba gente que creyera en esas cosas.

- Pues te has encontrado con una.

- Ya, no sé de qué me extraño… - Puso los ojos en blanco.

- ¿Disculpa?

- Nada, nada, no tienes que disculparte.

- Dios, qué imbécil eres. ¿Por qué me acuesto contigo?

- Te lo recuerdo luego si quieres. No es que te quejes precisamente de lo imbécil que soy cuando estás gimiendo en mi cama.

- Esto… Sois conscientes de que sigo aquí, ¿verdad?

La pareja giró la cabeza hacia Scorpius, que los miraba visiblemente incómodo, y se disculpó rápidamente. Lizzy cogió el libro pero, justo cuando se disponían a salir, Rose comenzó a removerse.

- ¿Ha terminado ya la peli, Scorp? – Preguntó con un murmullo, aferrándose a él con más fuerza.

- No, aún no.

- Joder, menudo rollo. – Abrió los ojos lentamente y no pudo evitar dar un pequeño salto al ver a los otros dos en el dormitorio. – Chicos, ¿qué hacéis aquí?

Se sentó en la cama y se peinó con los dedos de forma nerviosa, intentando aparentar normalidad. Su amiga ya sabía lo que pasaba entre Scorpius y ella, pero prefería que su primo no supiera nada. Al menos de momento.

- Hemos venido a por mi libro de Cumbres borrascosas porque cierta persona dijo que él lo traería y, sorpresa, se le ha olvidado.

- No es para tanto. – James le quitó importancia con un gesto. – Todavía tenemos tiempo para terminar ese trabajo.

- No tanto como tú crees.

- Por favor, dime que no has puesto nada relacionado con esa frase tan famosa sobre las almas en el título. – Rose, que conocía perfectamente a su amiga, sonrió y esta se puso roja.

- Claro que no.

- ¿No era…?

- Eso era solo un título provisional, James. – Lo cortó, fulminándolo con la mirada. – Y lo mejor será que nos vayamos. Tenemos mucho que hacer y aquí solo molestamos. – Miró hacia la tele y suspiró. – Además, esta es una de las mejores partes.

- Qué cursi puedes llegar a ser a veces con lo poco que crees en el amor. – Rose puso los ojos en blanco y lanzó una carcajada. Cogió una palomita y se la tiró. – Anda, idos ya.

- Hasta luego, chicos.

- Adiós.

James y Lizzy salieron y cerraron, aunque la pareja pudo escuchar cómo el pelinegro le preguntaba a la chica qué se había perdido y ella estallaba en carcajadas y, tras unos instantes de silencio en los que supusieron lo había besado, la oyeron también decir que sus labios estaban sellados.

- Por que poco… - Scorpius suspiró. – Creo que tu primo se ha dado cuenta de que esa forma de dormir no era muy de amigos.

- Tendría que acostumbrarme a poner la corbata.

Rose lanzó una carcajada y lo besó, primero con dulzura, después con un poco más de pasión. Él la atrajo hacia él y la tumbó sobre su cuerpo, volviendo a enredar sus piernas sin dejar de besarse. Cuando se separaron, la pelirroja sonrió y escondió el rostro en el cuello del chico.

- Te quiero. – Murmuró.

Scorpius se incorporó un poco y ella se alejó levemente para poder mirarlo a los ojos. Siempre se habían dicho lo mucho que se querían, pero todavía no lo habían hecho desde que empezaron a salir. La chica se sentó sobre su regazo y se colocó un mechón detrás de la oreja, de forma nerviosa.

- Creo que se supone que tú tienes que decir que también me quieres, pero no quiero volver a parecer una impaciente.

Lo miró con una sonrisa nerviosa y él estalló en carcajadas y la besó.

- Yo también te quiero, Rosie.

- Vale, menos mal, por un momento creí que no lo dirías. – Se besaron de nuevo y ella volvió a enterrar la cabeza en su cuello mientras él acariciaba su pelo y repartía besos por su mejilla. – Te habría odiado.

- No te lo crees ni tú.

Unieron sus labios otra vez antes de dejarse caer hacia atrás. Cuando miraron hacia la tele vieron que ya estaban saliendo los créditos y ambos suspiraron. Al final no habían visto la película.

- ¿Quieres poner otra? – Sugirió el rubio.

- La verdad es que debería estudiar un poco, pero me da tanta pereza. – Lo abrazó con más fuerza. – ¿Y si pasamos de la universidad y nos fugamos lejos?

- ¿Fugarnos? – Le dio un beso en la cabeza. – Podría estar bien.

- Genial, ¿y dónde vamos?

- Me iría al fin del mundo contigo así que donde tú quieras.

- No lo sé. ¿Qué tal Europa? – Sugirió, apoyándose en su pecho.

- ¿Qué parte? ¿Francia, Italia, Grecia?

- Había pensado en Austria. – Él enarcó una ceja al escuchar aquello y ella se encogió de hombros. – Podríamos irnos al Tirol.

- ¿Al Tirol?

- Sí, ya sabes. – Insistió. – Los paisajes son preciosos. ¿Nunca has visto las películas de Sissi?

- Creo que eso es Baviera y está en Alemania.

- Bueno, pero seguro que se parecen. – Rose puso los ojos en blanco. – Imagínate lo genial que sería estar en una casa allí perdida, alejados del mundo. Solos tú y yo.

- Podría estar bien. – La besó y sonrió. – ¿Voy comprando ya los billetes y los libros de alemán?

- Sí, iré haciendo las maletas. – Ambos estallaron en carcajadas y se besaron de nuevo. – Ahora, fuera bromas, ¿y si nos vamos a algún sitio este verano solo los dos?

- Podría estar bien aunque no sé si mis padres me dejarán irme a Europa contigo así como así.

- ¿Y a Florida? A la playa de allí.

- O a Chicago. ¿Sabes que nunca he ido?

- ¿En serio? – Enarcó una ceja, sorprendida. – Pues es una ciudad genial. Deberíamos ir entonces y hacer un poco de turismo.

- Si compramos los billetes pronto nos saldrán baratos, ¿no?

- ¿Eso quiere decir que nos vamos?

- No creo que ni tus padres ni los míos tengan inconvenientes, ni que no hubiéramos dormido antes en casa del otro. – Scorpius se encogió de hombros. – Aunque, claro, en esos momentos no estábamos saliendo. Pero, aún así, no creo que tengan nada que decir contra esto.

- Me encanta. – Le dio un beso rápido sobre los labios y se levantó de un salto. – Con estas perspectivas de futuro, me han entrado hasta ganas de estudiar, oye.

- ¿En serio? – Él, todavía tumbado, se cubrió la cara con las manos y negó.

- Sí, vamos. – Le tendió la mano y, al ver que él la miraba con un ojo a través de sus dedos ligeramente separados, hizo un puchero. – ¿No vas a hacerme compañía en esta cruel tortura, Scorp?

- Preferiría no hacerlo, Rosie, – Tras remolonear unos instantes más, finalmente se incorporó y suspiró. – pero supongo que no me queda más remedio. Tengo un examen que es pura teoría en un par de semanas y creo que debería ponerme a estudiar.

Aceptó la mano de la chica y se puso de pie. La besó de nuevo antes de empezar a preparar los libros y ponerse a estudiar, con la cabeza todavía en sus planes para aquel verano.


- Venga ya, Albus, ¿qué te cuesta hacerme el favor?

Lily se cruzó de brazos y le dedicó a su hermano una mirada enfadada.

- Lily, no pienso darte dinero para que te hagas un tatuaje a espaldas de papá y mamá. – Replicó, cruzando los brazos también. – Lo siento, pero no.

- Te juro que te lo devolveré, además, solo necesito la mitad del dinero. La otra ya la tengo ahorrada.

- Pues sigue ahorrando.

- Albus, venga ya.

- ¿Por qué no vas a darle la lata a James? – Sonrió de medio lado.

- Sabes que no me va a dar el dinero ni de broma. Tú eres más accesible que él para algunas cosas, Al.

- Pues lo siento, pero te quedas sin tatuaje.

- Me parece increíble. ¡No tengo cinco años! – Le gritó antes de señalarlo de forma acusadora y fulminarlo con la mirada. – Tenéis que dejar de sobreprotegerme de una puta vez. Voy a hacerme ese tatuaje lo queráis o no.

- Pero no con mi dinero.

- ¿Qué pasa?

Leo, que acababa de entrar al apartamento, miró a los dos hermanos con el ceño fruncido. Soltó sus libros sobre la mesa y les hizo un gesto con la mano, invitándolos a contestar. Lily se mordió el labio por dentro y trató de controlar un sonrojo al recordar lo que había pasado entre ellos en aquel mismo lugar (en la mesa, el sofá, la encimera –le había picado la curiosidad de hacerlo ahí después de su conversación con Lizzy–). Habían hablado alguna que otra vez después de aquel día, pero no había pasado nada más entre ellos. Al menos de momento porque Lily estaba decidida a repetir y Leo no pensaba resistirse a los encantos de la pelirroja.

- Pues resulta que mi hermano parece salido de la Edad de Piedra y no quiere darme un pequeño préstamo para que pueda hacerme un tatuaje.

- Oh, ¿y qué quieres tatuarte? – Sonrió a la chica con picardía y el mediano de los Potter frunció el ceño.

- Un hada sentada en una media luna en el hombro. – Contestó, apoyando una mano en el lugar.

- ¡Pero si es que encima te vas a arrepentir! – Albus bufó. ¿Acaso su hermana no se daba cuenta de lo tonto que era ese tatuaje?

- Bueno, pues si me arrepiento es mi problema, no el tuyo, Albus.

- Ya, bueno, pero no pienso colaborar en ello. – Negó con la cabeza. – Si quieres dinero para tonterías como esa, búscate un trabajo.

- Bien, pues lo haré.

- Oye, pues si quieres trabajar, mi padre estaba buscando una modelo para que fuera la nueva imagen de su empresa y creo que tú - La miró de arriba abajo y sonrió. – das el perfil a la perfección.

- Leo, no. – Albus dio un bote, sobresaltado, y lo miró de forma amenazadora, pero él lo ignoró y centró toda su atención en Lily.

- Vale, dos cosas. – Ella sonrió con chulería a su hermano antes de volverse hacia Leo. – Lo primero, ¿por qué mi hermano parece estar a punto de sufrir un infarto? Lo segundo, ¿de qué es la empresa de tu padre y cuánto me pagaría?

- Es una empresa de lencería. – Contestó su hermano. – No puedes ser modelo de ropa interior.

- ¿Y por qué no? – Se echó el pelo hacia atrás. – Suena interesante y si no está mal pagado…

- ¿Quieres que a papá y mamá les dé un ataque?

- No debería darles, tendrían una hija modelo. – Lily puso los ojos en blanco. – ¿Qué pasa que no puedo hacerlo porque sois todos unos cerrados de mente?

- Perdóname por no ponerme a saltar emocionado al pensar que todo el país va a ver a mi hermana pequeña en bragas y sujetador.

- ¿Tanta repercusión tiene la empresa de tu padre, Leo? – Lo miró sorprendida.

- Es una cadena nacional bastante conocida.

- Qué guay.

- ¿Sabes qué? – Albus sacó su cartera. – Te daré el dinero que quieras. – Miró dentro y suspiró. – Bueno, ahora no que no tengo ni un dólar, pero cuando vaya al cajero te lo daré.

- ¿De verdad? ¿Cómo sé que no estás mintiéndome para que no acepte la oferta?

- Iré ahora mismo a por el dinero, espérame aquí.

Albus salió rápidamente del apartamento y la chica estalló en carcajadas. Leo, a su lado, también esbozó una amplia sonrisa y finalmente se unió a sus carcajadas. Su amigo podía llegar a ser tan evidente.

- Oye, muchas gracias. – Le dijo Lily cuando por fin se calmó.

- De nada, sabía que Albus no podría seguir diciendo que no si te ofrecía eso. – Contestó. Se acercó a ella y posó una mano en su barbilla para poder alzarla levemente. – Has tenido suerte de que haya llegado en el momento justo.

- Mucha. – Dijo, sosteniéndole la mirada. Se mordió el labio levemente y él no pudo evitar desviar la mirada hacia estos.

- Pero la oferta es real, Lily. Mi padre está buscando una modelo y tú eres guapísima y tienes un cuerpazo. – Se acercó un poco más a ella y la besó levemente. Lily profundizó el beso antes de separarse de él con una sonrisa. – Piénsalo.

- Lo haré. Puede estar bien, seguro que es algo digno de contar a mis nietos en el futuro.

- Desde luego. Además, me encantaría verte con toda esa lencería…

- No mientas, te gusta más verme sin nada. – Enredó sus manos detrás de su cuello y lo besó otra vez. – ¿Qué haces mañana por la noche?

- Nada, creo. ¿Quieres venir?

- Ajam. – Asintió. – Pero tengo que colarme sin que Albus se dé cuenta.

- Es jueves, seguramente saldrá con tu prima y Scorpius. – La besó con pasión. – Si quieres renunciar a una noche de fiesta…

- Me gusta considerar esto como una fiesta privada.

- Suena muy bien.

Volvieron a besarse y Leo acabó apoyándola contra la pared, con sus piernas enredadas alrededor de su cintura y sus cuerpos completamente pegados. Lily gimió al notar sus labios en su cuello.

- Quiero hacerlo contra la pared. – Él la miró de forma interrogante y ella se encogió de hombros. – Curiosidad.

- Por mí bien, pero mañana, ¿vale?

- Ahora sería jugársela demasiado…

Se besaron de nuevo hasta que escucharon la puerta y se separaron rápidamente, listos para disimular. Albus entró en la habitación y miró a los dos chicos que veían un capítulo de Modern Family sentados en el sofá.

- Aquí tienes, Lils. – Le dijo a su hermana, tendiéndole el dinero.

- Gracias, Al. – Se levantó y le dio un beso en la mejilla. – El tatuaje quedará genial.

- Y no posarás medio desnuda.

- Bueno, ya veremos, la oferta parece bastante buena.

- ¿Qué?

- Me voy, hermanito. – Le dio otro beso y se dirigió hacia la puerta. – ¡Chao, chicos!

Cerró la puerta con un leve portazo y, por fin, Albus fue capaz de reaccionar. Se giró hacia su amigo y lo fulminó con la mirada. Leo lanzó una carcajada y se encogió de hombros.

- Lo siento, amigo. Las cosas como son: tu hermana nos haría vender mucho.

- Te odio. Te juro que como acabe encontrándome con una valla publicitaria con una foto de mi hermana pequeña en ropa interior sexy…

- Te aguantarás y punto.

- A ti esto te está encantando, ¿verdad? – Volvió a fulminarlo. – ¿Es porque os la prohibí? Porque te aseguro que no vas a ver nada más de mi hermana por mucho que pose.

- Bueno, pero algo es algo.

El pelinegro negó con la cabeza y se fue hacia su habitación sin tener ni idea de todo lo que Leo había visto de su hermanita.