–Tengo otro ¿puedes?

–Trae.

John ya estaba sujetando tres viales que no tenían pie porque otras quince muestras ya estaban ocupando todo el espacio. Sherlock se paseaba de arriba abajo vigilando los líquidos para tener algo que hacer. Técnicamente, ahora solo podían esperar a que las fórmulas se asentasen antes de empezar a probarlas en las placas de petri que esperaban ordenadamente en la otra mesa; unos con una cantidad mínima de la sustancia negra de los leviatanes y otros con restos orgánicos con los que la conciencia de John seguía sin estar contenta.

Había muchas cosas con las que su conciencia estaba en desacuerdo. La primera seguía siendo trabar amistad con un criminal y dejarle continuar sus actividades delictivas sin apenas discutir. Aunque al menos Sebastian era o bastante considerado como para no mencionarlo. Nunca pedía a John que hiciese la vista gorda con nada de lo que hacía; ni pedía perdón, ni permiso. John sabía que había gente en peligro, o sufriendo, o algo peor; sabía que si Sebastian desapareciese el mundo sería un lugar mejor. Dejarle vivir era egoísta por su parte ¿no? ¿Por qué entonces no podía más que suspirar y mirar hacia otro lado cuando encontraba sangre menos que negra las veces que le tocaba hacer la colada?

Otra de esas pequeñas irregularidades que algunas noches no le dejaban dormir era la rapidez y vehemencia con la que había rechazado cualquier cosa relacionada con Sherlock. Alguien le había dicho que era peor que una pataleta infantil, quizá el propio Sebastian una de esas noches con demasiados cascos de botellas por el suelo, quizá Lestrade, quizá Hudson. Él no lo consideraba infantil en absoluto, tenía sus razones, perfectamente válidas, perfectamente sensatas y absolutamente adultas.

Pero sí podía conceder que negarle a Sherlock hasta la oportunidad de explicarse era bastante infantil.

Después de todo, no había nada que pudiese decir para cambiar su opinión.

Y tendría la conciencia tranquila por una vez.

–Deberías aprovechar que tengo las manos ocupadas y que no puedo tirarte los viales a la cara.

Sherlock parecía vagamente perdido y fingiendo estar profundamente distraído. Falso, por supuesto, John había aprendido a distinguir ciertas cosas y a predecir ciertas otras. Sherlock nunca esperaba a que sus muestras estuviesen listas, pasaba a hacer otra cosa. Los únicos períodos de inactividad que soportaba eran los que dedicaba a meditar, e incluso entonces se le podía ver tenso, como un hilo de acero por el que corriese la electricidad a alto voltaje.

–¿Hm?

–Digo que tienes hasta que la primera muestra reaccione para explicarte.

Por supuesto que le había oído la primera vez, pero no estaba seguro de lo que quería decir. Seguía teniendo el equivalente a un terremoto emocional grado 8 en la escala Richter en su palacio mental. Aún no tenía las causas para esa situación, ¿Cómo podía esperar alguien que supiese ya las consecuencias? ¿Cómo hablar o actuar sin saber a qué se expone uno? Las emociones nunca habían sido su fuerte; las reacciones emocionales sí, por supuesto. Pero había una razón lógica para esas.

Esto era más bien como el gato de Schrödinger, veía la caja, pero ¿Qué había dentro? Ni siquiera estaba seguro de que fuese un gato. No podía descartar ninguna posibilidad. Cruzar un campo de minas con los ojos vendados sería menos peligroso. Lo único que sabía que tenía que evitar era el tema de la confianza, pero nada más. La opción más segura era la verdad, pero eso tampoco era garantía de éxito.

–No sé qué quieres que diga.

–Mejor. Porque quiero que me des una explicación, no que me digas lo que quiero oír.

–Ni siquiera sé qué es lo que quieres que te explique.

Sherlock dejó de ir y venir por la sala, se sentó en el taburete más alejado de John y le miró a los ojos. Ambos podían ser muchas cosas dependiendo de la situación, incluso precavidos a pesar de las apariencias, pero nunca habían sido dados a esconderse de una situación cuando se les presentaba delante.

–Empieza por el motivo por el que me dejaste al margen y sigue desde ahí.

–No voy a pedirte perdón por lo de st. Barts. No me arrepiento, quizá sea un sociópata, pero prefiero verte dolido o furioso antes que muerto. Moriarty tenía…

–…ya, tenía tiradores. No hablo de eso, hablo de que me excluiste del plan. Porque tenías un plan, pero no me dejaste estar ahí. Teníamos reglas, Sherlock, desde el incidente de la piscina. Dijimos que si había un tiroteo me avisarías, dijiste que no volverías a quedar con un psicópata peligroso sin al menos informarme mí o a Lestrade, a Mycroft, a la red de vagabundos…

Sherlock tenía un par de respuestas preparadas, pero no le dio tiempo a decidir nada.

–Por cierto, saludos de tu ex red de vagabundos. No les hizo gracia saber por mí que estabas muerto, tenían la impresión de que les hubieses pedido ayuda si hubieses estado en peligro. Tampoco les hizo gracia enterarse por mí de que estabas vivo cuando empecé a investigar. ¿Sabes? Tenías razón en que son útiles, no tenías tanta razón en sobornarlos, al parecer son mucho más propensos a ayudar a alguien que en lugar de dinero les ofrece ayuda.

–¿Sigue habiendo una red? ¿después de tanto tiempo?

–Por supuesto, céntrate en lo que te interesa. Estoy diciéndote que nos dejaste de lado a todos. Quizá de otros lo entiendo, ¿Pero tenías que dejarme a mí atrás? Nunca bajaste el ritmo por mí; siempre era yo el que tenía que seguirte, y funcionaba. ¿Creías que sería demasiado para mí? ¿O es que me estoy equivocando? Pretendías ¿qué? ¿protegerme? Porque, déjame decirte, era obvio que yo iba a ser un objetivo con o sin ti.

–¡No iba a arrastrarte y hacer que te escondieses conmigo durante quién sabe cuánto! Y siendo un soldado, no ibas a ser un objetivo fácil. Sabrías estar atento, no estabas indefenso. Nunca bajé el ritmo contigo porque siempre has estado a la altura. – John intuía que por algún motivo su propia frase era como una revelación para Sherlock– De hecho, me lo estás demostrando.

–No me dijiste nada, ni me consultaste. No me diste la opción. ¿Recuerdas que quedamos en que tú conducirías y yo haría de copiloto para tener las manos libres en caso de que necesitásemos un arma? Eso era trabajo en equipo. Pero te fuiste y me dejaste con la mitad de todos nuestros acuerdos, nadie en quien confiar y toda la prensa, que por cierto no fue pan comido precisamente.

Sherlock casi sonreía y a John estaba a punto de hervirle la sangre en las venas ¿qué demonios le parecía tan divertido?

–Sebastian se equivoca. – Dijo a media voz y mirando al vacío. Como cuando resolvía la pieza final de un caso y alguien tenía que forzarle a explicar lo que había averiguado; porque, a partir de ese momento de clarividencia, los crímenes eran aburridos hasta el punto de que se le podía olvidar comentarle a la policía que lo había resuelto y Por qué seguía John acordándose de esas cosas? –No es que estés roto, no he destrozado a nadie. John Watson es virtualmente indestructible.

John no tenía ni idea de cómo reaccionar a eso, y Sherlock no parecía dispuesto a hacerse entender voluntariamente, así que John se negó a pedir explicaciones y continuó como si no hubiese oído casi nada.

– No tienes derecho a hablar mal de Sebastian. Incluso accedió a quitarle el precio a tu cabeza y a hacerte llegar un mensaje que ignoraste. Desde el día que estuvo a punto de ejecutarme en la morgue no ha hecho sino cubrirme las espaldas constantemente.

–No me llegó ningún mensaje. Aún iban detrás de mi cabeza cuando los agentes contaminados de Mycroft me obligaron a retirarme del juego. Pero lo que de verdad importa aquí es ¿La… morgue? ¿Qué hacías allí? ¿Te has hecho forense o…?– A Sherlock le costaba leer cualquier rastro de una profesión común tras las señales obvias (pero poco estudiadas) relativas a los leviatanes. Cualquier corte, mancha o callo de la profesión quedaba oculto bajo las señales que indicaban manejo de armas y químicos con frecuencia.

–Lestrade me llamó por un asesino en serie. – John respondió por acto reflejo, pero no ignoraba el brusco cambio de tema.

–¿Por qué? ¿Trabajas con la policía…? ¿No creo que te hicieras detective no? – Sherlock no estaba acostumbrado a un grado de incertidumbre tan elevado. Era más sencillo y menos incómodo callar y observar hasta que las respuestas se hacían obvias por sí mismas. Aquí las repuestas insistían en escapársele entre los dedos.

–No seas tan vanidoso. Las cinco víctimas eran hombres rubios, médicos y que respondían al nombre de John ¿Cómo puedes no saberlo? – Una de las razones que John había tenido para ir aquella noche a la morgue habían sido los "viejos tiempos". Saber que Sherlock ni siquiera se había enterado era… decepcionante.

–Trabajaba sin recursos, desde cero. Me enteré de la noticia tras el quinto asesinato mientras resolvía un asunto en Nápoles, pero en las noticias no había información sobre las víctimas. Ni un solo nombre. Así que fui a ver los cadáveres por mí mismo, me desvié por culpa de un grito. En el aulario C vi algo prácticamente disolviéndose en el suelo y al leviatán que había todavía en pie, que me siguió, por supuesto. Tuve que dejar el caso y esconderme sin llegar a ver siquiera los cuerpos. Después empezó la debacle de los leviatanes.

La primera muestra se había vuelto de un negro carbón en cuestión de treinta segundos. Probablemente eso significaba que estaba lista. Sherlock se volvió hacia la sustancia para hacer la primera prueba, lo que dio tiempo a John para contenerse sin decir algo como "¿me estás diciendo que estabas allí mismo…?" o "Te das cuenta de que por un miserable minuto de diferencia…". Y consideraba que hacía bien no diciéndolas en alto, simplemente porque no sabía cómo terminarlas. Todo podía haber sido distinto… En realidad, todo podía haber acabado mucho peor si hubiese habido un solo segundo de diferencia.

–Estábamos los tres en el mismo edificio en el mismo momento. Fuimos nosotros los que dejamos al bicho disolviéndose en el suelo.

Sherlock no hizo nada tan incompetente como derramar la fórmula, aunque sí se detuvo a medio gesto y suspiró con una mueca prácticamente imperceptible.

–Eso empezaba a pensar.

John dejó uno de los viales en el espacio que acababa de quedar libre. Ninguno de los dos miraba al otro a la cara. Quizá hubiese media disculpa colgando en el aire por todas las cosas que podían haber funcionado de otra manera, pero para pedir disculpas hace falta arrepentirse. No había ni un picogramo de arrepentimiento sincero en toda la habitación.

También es cierto que entre amigos las disculpas se dan por supuestas.

–Mira, Sherlock, en cuanto acabemos con esto no vas a tener asuntos pendientes, así que espero que dejes de ser una de esas pesadillas tóxicas recurrentes de las que hablaba mi psicóloga.

–¿Qué quieres decir exactamente?

–Ya sabes, darnos la mano, enterrar el hacha de guerra y seguir cada uno por nuestro lado.

Sherlock se mantuvo en silencio mientras preparaba tres muestras más, suficientes para dejarle a John las manos libres. Tenía mucho en lo que pensar, el ala de su palacio mental en la que almacenaba datos de John había dejado de sacudirse como un terremoto escala 8 y se había reducido a un 2. Eso tampoco era estable, pero tenía que valer.

Sherlock no quería enterrar el hacha de guerra, esa que había blandido inintencionadamente. No quería volver a enterrar nada nunca. Llevaba años virtualmente solo, a pesar de sus breves aliados. Llevaba años enterrado; no quería seguir enterrando la oportunidad de hablar con John ahora que había regresado.

–Sé que no podrías confiar en mí ni aunque quisieras, es una respuesta lógica. Es lógico que no quieras volver a verme. Tiene sentido que quieras dejarlo atrás, pero, John, no lo entiendo.

–¿Qué hay que entender?

–Tú… tú no eres lógico ni tienes sentido casi nunca. Contigo siempre me equivoco, consigues… sorprenderme. Por eso no lo entiendo, siempre has dejado la lógica a un lado en favor de sentimentalismos, por eso no entiendo que ahora seas lógico. Eso me lleva a pensar que en realidad actúas movido por el sentimiento aunque lo presentes como lógica. Pero eso también significaría que me odias más allá de todo perdón. Por eso me ofreces una reconciliación, para no tener que volver a verme y que yo no me sienta inclinado a acercarme a tu vida ni siquiera para pedirte perdón, y si es eso lo que me ofreces no lo quiero… ¿Por qué haces eso?

John se estaba tapando los ojos con la mano que le había quedado libre, como aquella vez que Sherlock había dicho que la monogamia no era un estado natural del ser humano y había cerrado fuera a un cliente que iba por un caso de cuernos.

–Siguen sin ser tu fuerte, eso de las emociones. No quiero volver a verte porque me recuerdas a cada vez que me han traicionado, no quiero odiarte porque en tu cabeza todo lo que has hecho está justificado y no sabías la mitad de las cosas por las que te guardaba resentimiento. Cansa mucho vivir odiando a alguien y preferiría no tener que seguir cargando con ello.

–Si acabamos con los leviatanes…–Sherlock no estaba seguro de qué decir para que no pareciera que estaba mendigando atención– Me acuerdo perfectamente de cómo era vivir antes del 221B…

Sherlock no estaba seguro de si habían sido las palabras correctas, estaba rememorando brevemente uno de los pisos del que lo habían echado por las explosiones, o los olores, o porque era la quinta vez que los servicios de emergencia aparecían por allí en menos de un mes.

Para cuando volvió a la realidad, John no le estaba prestando atención ni le había dado ninguna respuesta.

–Creo que esto va a funcionar, es rápido. Aún hay que ver cómo se comportan las otras fórmulas, pero parece que son varias las que responden bien.

Sherlock se acercó al microscopio en el que John ya estaba anotando el progreso de la primera placa de petri y echó un vistazo. Efectivamente, las células reaccionaban en dos fases consecutivas rápidas tal y como esperaban. La primera fase mataba el parásito y lo desligaba de la célula, la segunda fase se llevaba los restos del parásito sin dejar tiempo a que liberase la toxina.

–Tenemos un problema todavía. – Puntualizó Sherlock.

–¿Hmm?

–La fórmula no es autoreplicante.

–Lo sé, hubiese sido una gran ventaja poder usar la fórmula como un virus entre los leviatanes. Pero si la información que tenemos es correcta, matando a la cabeza, se acabó el nido entero.

–No me refiero a eso, vamos a tener que cubrir al sujeto por completo para que la formula surta efecto.

–Hasta el punto de saturación.

–No va a bastar una botella.

–En forma de espuma tendría un efecto mejor enfocado, menos cantidad.

–Aún así, necesitamos un contenedor grande y fácil de manejar.

Sherlock miraba el microscopio con expresión vacía, llevaba a la vez dos conversaciones consigo mismo; lo cual no era positivo para ninguna de las dos conversaciones. John desde fuera solo veía la expresión de frustración y para él eso significaba que seguían teniendo un problema y que hasta de que todo acabase estaban juntos en el proyecto.

No podía quitarse de la cabeza la mirada de Sherlock al decir que se acordaba de cómo era todo antes de Baker street. Tampoco quería aceptarle como si nada, y cabía la posibilidad de que no sobreviviesen, así que no iba a molestarse en pensar soluciones para problemas a los que quizá no iba a llegar.

John miró alrededor en busca de inspiración. Los aerosoles eran todos demasiado pequeños, las pistolas de agua también, la formula no era autoreplicante, así que una gota o una cantidad insuficiente serían totalmente inútiles. Eran parásitos, incluso si se dejaban una sola célula infectada corrían el riesgo de que el parásito se multiplicase. Maldición, ¿quién había soltado esos bichos? tendrían que estar todos ardiendo en el… el purgatorio, aparentemente, en el infierno tampoco los recibían bien. Ardiendo en el…

–¿Tú tienes idea de cómo funciona un extintor?

Sherlock se volvió hacia él con las cejas alzadas, pero una sonrisa interesada.

–No nos van a dejar pasar un extintor con nosotros.

John miró hacia las escaleras.

–Van a tener que contar con ello cuando monten el plan, a menos que se les ocurra otra cosa.

–Dudo que se les ocurra algo mejor.

–Un extintor. – repitió Sebastian

–¿Por qué no os sentáis y nos explicáis por qué tiene que ser un extintor? –Dijo Sam

John no perdió el tiempo y se lanzó a explicar los problemas logísticos de un aerosol y una fórmula no autoreplicante. Mientras tanto Sherlock permaneció de pie lanzando dagas por los ojos si a alguien se le ocurría interrumpir a John.

–¿No se podrían usar varios aerosoles? – Propuso Dean

–Teniendo en cuenta la estatura y el peso de una persona adulta, necesitamos un mínimo de siete litros de fórmula…

–Es Mycroft, en función del peso necesitaremos unos doce litros. – Murmuró Sherlock.

John lo había oído, por la sonrisa bien disimulada, pero Sebastian también. Si Sherlock estaba haciendo chistes significaba que tenían una oportunidad bastante sólida.

–…en un aerosol caben unos 100 o 200 mililitros. No podemos cargar con tantos aerosoles ni accionarlos todos casi a la vez, que es lo que necesitamos.

–¡un extintor! ¡En serio, Watson! Teníamos un plan maravilloso que ya tenía agujeros sin tener que adaptar un extintor en la mezcla. ¿Por qué no nos escucháis ahora a nosotros y me cuentas tú cómo lo arreglamos?

Sherlock se sentó por fin y los otros tres hombres se lo tomaron como la señal para explicar el plan en el que habían estado trabajando. De paso, les informaron del papel que iban a tener en dicho plan.

–Tal y como yo lo veo – dijo una voz al final de la mesa, cansada de ser ignorada. –Lo único que le falta al plan es una sexta persona de la que Mycroft no sospeche y que os lleve el extintor y os haga de chofer al salir.

El resto se volvieron hacia la señora Hudson con distintos grados de sorpresa.

–John, creo que tenemos muestras pendientes en el laboratorio, aquí no nos necesitan.


He tenido Problemas con mayúscula incluida para escribir este capítulo, así que espero que os guste.

El resto no debería de darme tantos quebraderos de cabeza, pero no me voy a arriesgar a decir una fecha. Por si acaso.