~ Atonement

Idea original: J Inicua

Capítulo 25: Un rápido partido de Qudditch II

Voy a besarla, eso es lo que haré. Un regalo que no podrá tirar, así como mi tía Andrómeda me sugirió.

Se decía a sí mismo, Draco Malfoy con convencimiento.

Severus buscaba un par de libros que Minerva le había encargado para su próxima clase y que Irma le había permitido tomar de la biblioteca, cuando escuchó la voz de Hermione. Evangeline cargaba un par de libros y Hermione caminaba reflexionando.

- He estado pensando en responder la carta de mis padres, esa que me trajo un regalo. ¡Hay tantas cosas que quisiera decirles! A veces me pregunto cómo será mamá. Por favor no se lo digas a nadie, ¡confío en ti!

- Por supuesto que no se lo diré a nadie. ¡Pero creo que podría ser peligroso! ¿Y si es una trampa?

- Estoy segura de que se trata de ellos. Quizá pueda preguntar alguna cosa que sólo mis padres sepan. No creo que alguien esté dentro del colegio y me esté espiando. Me pregunto si mi verdadero padre se parece a mí. Quizá mamá.

Caminó rápidamente hasta su despacho y con una gran idea en mente. ¿Por qué no lo había pensado? Al cerrar la puerta tras de sí y colocar los libros sobre el escritorio de su despacho, se inclinó hasta estar de cuclillas y miró a la pequeña elfa bajo la mesa, leyendo otro de sus libros favoritos.

- Tabby, necesito un favor. - dijo y la elfina alzó rápidamente la cabeza de su lectura, mientras Snape se ponía en pie y ella colocaba el libro en el suelo, poniéndose a la vista de su amo.

- ¿En qué puede Tabby servirle, amo?

- Necesito que le escribas una carta, a diario, a Hermione Granger. Coméntale la idea a la profesora McGonagall pero cada cosa que ella te dicte, me dejarás leerla primero. La profesora McGonagall no deberá revelar información importante. Y con eso me refiero a nuestra identidad.

- Sí amo, Tabby obedece. Pero Tabby tiene una duda amo, ¿cómo Tabby enviará la carta sin que la niña Hermione sospeche de dónde proviene?

- Ponla en algún lugar secreto, en el que sólo ella tenga acceso y lugar en el que ella pueda dejar su respuesta. No lo sé, en alguna parte de la biblioteca. En cuanto a Minerva se le ocurra un buen lugar, allí deja la carta.

La elfina asintió de inmediato y mientras Severus le abría la puerta para que se dirigiera al despacho de la subdirectora y le contara su idea, se encontró con Rolanda Hooch y un a expresión de pocos amigos.

- ¿Quieres pasar? - dijo con una expresión de sarcasmo, a sabiendas de que la mujer entraría de todos modos. Rolanda se cruzó de brazos y entrecerró los ojos con un gesto acusador.

- Qué amable de tu parte. Como también es amable de tu parte, dejar que Minerva sufra de tristeza y culpa por no decirle la verdad a Hermione, mientras tú no haces nada. ¡Puede enfermarse gravemente y podría ser ya muy tarde!

Cerró la puerta con mucho cuidado y se dio la vuelta para mirar a la mujer tras él. De pronto había comenzado a retener el aire, dando un gran suspiro al final.

- ¿Haz pensado en tus palabras por un momento siquiera? No sé si recuerdas el incidente con el troll en las mazmorras o si recuerdas que hace unos días, un mes más o menos, Potter casi cae de su escoba y muere...

Antes de que pudiera continuar, los ojos de Rolanda se ensancharon a más no poder. Severus empalideció notablemente mientras la mujer trataba de controlar su agitada respiración.

- No estás queriendo decirme que todo eso fue obra del oscuro.

- No puedo decirle la verdad a Hermione. - dijo, mientras sacudía la cabeza. - piensa en sus padres y en el riesgo que correrían, si el señor tenebroso llegara a saber que tengo una hija y que de paso, es la mejor amiga de Harry Potter. Hija de Minerva McGonagall también. ¿Crees que estarían seguros? ¿Crees que ella estaría segura? No creo que valga la pena, por mucho que Minerva la extrañe y quiera estar con ella.

- Desde que acepté ayudarla con todo este asunto y encubrirlos, no acepté que sufriera de alguna forma posible. Y en verdad no me importa cuánto te ame pero ni tú ni nadie, lastimará a la mejor amiga que he tenido durante años.

- Qué enternecedor, pero ya es muy tarde para sentimentalismos. ¿O tal vez piensas que disfruto verla sufrir de esa forma? Yo la amo. - admitió sin temor alguno, aún sin apartar la vista de Rolanda. - y por ese amor que le tengo, es que trato de evitar una catástrofe.

Tabby llamó un par de veces a su despacho y Minerva se puso en pie de la cama, con una expresión de cansancio. Los estudiantes se reincorporaban lentamente a sus actividades diarias y necesitaba toda la energía que pudiera reunir para sus clases y sesiones de estudio.

- ¿Tabby? ¿Sucedió alguna cosa? ¿Severus tiene algún mensaje para mí? En verdad me siento mucho mejor, no tienes que preocuparte tanto. Y él tampoco.

- Tabby lamenta mucho perturbarla, pero el amo Snape quería que le contara una idea que tuvo. - dijo mientras Minerva asentía y cerraba la puerta tras la elfa, invitándola a sentarse sobre un pequeño taburete junto a su mesa en el salón de sus habitaciones privadas. Así lo hizo la pequeña criatura, mientras la subdirectora le ofrecía un par de galletas.

- Come las que quieras. - le sonrió mientras Tabby parecía maravillada con la bandeja. - son de jengibre. Espero que te guste el jengibre.

- A Tabby le gustan mucho las galletas. - dijo mientras tomaba una. - el amo Snape le sugiere a la profesora McGonagall, enviarle una carta a la niña Hermione, a diario, donde usted pueda decirle todo lo que quiera y Tabby escribirá para usted. El amo Snape le pide que no revele su identidad o la del amo, en ninguna de las cartas y que encuentre un lugar secreto donde sólo la niña Hermione pueda recibir y dejar las cartas.

- ¡Esa me parece una espléndida idea! - sonrió Minerva mientras Tabby comía galletas. - y creo saber el lugar exacto para las cartas. Pero tendremos que dejar una en el desayuno, haciéndole la sugerencia a Hermione. ¿Qué te parece?

La elfina asintió mientras se levantaba de inmediato y colocaba la bandeja de galletas sobre el mismo taburete en el que había estado sentada. Minerva había caminado alrededor de su despacho por un trozo de pergamino, tinta y una pluma. Jamás se había sentido tan emocionada como en aquel momento y prácticamente había olvidado su enfermedad.

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En el desayuno, Harry estaba más ansioso que nunca. Que Snape fuese el árbitro del partido, no lo beneficiaba en ningún sentido. Trataba de comer pero sentía que tenía un gran hoyo en el estómago y podía escucharlo rugir, nervioso. Desistió de tocar la avena en el plato y miró a su amigo Ron, con una expresión de nerviosismo.

- Todo va a salir bien, ya vas a ver. Ganarás como les ganaste a Slytherin. - dijo el pelirrojo mientras atrapaban el correo.

Harry tenía dos cartas en la mano. Una de ellas era de sus tíos con una libra como regalo de navidad y fin de año. Y aunque se lo explicara a Ron varias veces, que una libra no tenía mucho valor, el pelirrojo parecía sorprendido de poder ver dinero muggle. También había recibido una carta de la señora Weasley.

Hermione también tomaba su correo usual. Una carta de sus padres y hasta que un pequeño sobre que parecía diferente de lo que estaba normalmente acostumbrada a ver, muy artesanal y sólo con su nombre escrito en él, llamó poderosamente su atención. Lo abrió cuidadosamente, bajo la mirada atenta de Evangeline y se preguntó si Draco Malfoy ahora le escribía cartitas de amor.

"Querida Hermione.

He estado pensando que no habrá algo de malo en que tu padre y yo, te escribamos una carta. No sabes lo mucho que te extrañamos y lo mucho que pensamos en ti todo el tiempo. Creo que estará bien si al menos mantenemos el contacto de ésta forma. Puedes escribir cualquier cosa que desees, tu padre y yo leeremos tú carta y a diario, de ser posible, te dejaremos una contestación. ¿Qué te parece si hacemos de esta idea, nuestro secreto? Puedes dejar tu carta todas las noches junto a tu ventana y tu lechuza sabrá cómo encontrarnos. Por la mañana tendrás una carta esperándote.

Por ahora es lo único que podemos hacer, por favor considéralo.

Con mucho amor...

Mamá"

Minerva no tardó en sonreír, mirando la expresión de emoción en el rostro de Hermione, poniéndose en pie y corriendo en dirección a Harry y a Ron, diciéndoles que los vería antes de comenzar el partido y dejando el comedor, en vías hacia su sala común.

Cómo deseaba poder compartir esa alegría con Severus, pero sabía que estaba muy ocupado y preparándose para el encuentro de Quidditch.

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Oliver Wood caminaba supervisando al equipo y mirando que todo estuviera en orden. Incluso los uniformes, aunque nadie jamás se preocupaba por un asunto así.

"Buenas tardes a todos los presentes. Bienvenidos a otro juego de Quidditch. Jordan al habla y ésta vez, el árbitro será el profesor Snape. Niños y niñas, cuídense."

- Jordan... - advirtió Minerva de inmediato aunque no pudo evitar sonreír por lo bajo.

"Yo sólo decía, profesora McGonagall. En fin, el encuentro de ésta tarde será disputado por Hufflepuff y Gryffindor. Gryffindor lleva la ventaja, tras haber derrotado a Slytherin y en un espléndido juego. Si me permiten decirlo, claro."

Severus soltó un suave gruñido, al escuchar los comentarios. Miraba a su alrededor, pero parecía que no había nada fuera de lo normal. Quirrell no se arriesgaría, mientras él fuese el árbitro. Sonó el silbato de inmediato.

"El profesor Snape hace sonar el silbato y ambos equipos comienzan su recorrido por el campo. Se detienen frente al profesor mientras les recuerda las reglas a ambos capitanes."

Harry sentía la pesada mirada de Snape sobre él y trataba de simplemente ignorarlo y concentrarse en su juego.

"El profesor Snape deja libre a la Snitch, a las Bludgers y arroja la Quaffle al aire. ¡El juego comienza y Katie Bell ya va tras su objetivo, mientras el profesor la sigue de cerca! Miren a Potter, vuela como un rayo y parece que va a chocar con el profesor Snape!"

Severus pudo sentir un pequeño aleteo y el resplandor de algo dorado que pasaba junto a él, al igual que Harry en su escoba. Apenas y pudo darse la vuelta en la escoba, cuando Harry ya tenía la Snitch en sus manos.

"¡Increíble! Potter ha sorprendido al profesor Snape y a todo el público presente, capturando la Snitch y otorgándole la victoria a Gryffindor. ¡Viva Potter! ¡Enhorabuena!"

Antes de que Harry pudiera restregarle la victoria a Snape en la cara, se dio cuenta de que el hombre había aterrizado y prácticamente corría fuera del campo, cubriéndose con su larga túnica negra. Parecía dirigirse al bosque prohibido y tenía mucha prisa.

Snape lo sabía, Quirrell trataba de escapar y no le dejaría ir tan fácil.

- ¿A dónde va Harry? - preguntó Hermione, corriendo junto a Ron. El niño que vivió no había descendido de su escoba y parecía volar en dirección del bosque prohibido.

- No lo sé pero será mejor que lo sigamos. Creo que él sigue a otra persona y podría necesitar ayuda. ¿Y si Snape intenta matarlo en el bosque?

Antes de que pudiera decirle que quizá Hagrid tenía razón y Snape realmente no quería matar a Harry, Ron había comenzado a correr fuera del estadio y sin dejar de mirar al cielo, tratando de seguir a Harry. Snape caminaba tan aprisa como podía y a Harry se le dificultaba seguirlo entre tantos árboles y sus ramas.

Por un momento le perdió de vista entre tantas hojas y oscuridad. El profesor vestía de negro y eso representaba un obvio camuflaje contra el que no podía competir. Su vista no era tan buena y aún con sus gafas, en medio de aquella oscuridad, no mejoraba en lo absoluto. Continuó sobrevolando el bosque, hasta que escuchó su voz bajo un par de árboles y aterrizó sobre uno de ellos.

Claramente distinguía la figura del profesor de pociones, pero no estaba solo. Quirrell estaba ahí también. Volvía a sostenerlo de las solapas de su túnica, pero ésta vez parecía más molesto que antes.

- No te conviene tenerme como tu enemigo, Quirrell. Si según tú no haces nada malo, qué haces deambulando por el bosque prohibido y luego del partido de Quidditch. ¿Acaso quieres hacerte con la piedra filosofal? ¡Contesta!

- No no sé... no no sé nada de de lo que que hablas. - dijo con una voz temblorosa, más de lo normal y Snape sonrió en respuesta.

- ¿Ah sí? ¿Estás seguro? Podemos hacerlo a la buena o también a la mala...

Antes de que Quirrell pudiera contestar, la voz de Hermione retumbó en medio del bosque prohibido.

- ¡Harry! ¿¡Dónde estás, Harry!?

- Ya te lo advertí, Quirrell. No te conviene tenerme como tú enemigo. - dijo Severus mientras volvía a cubrirse con su túnica negra y desaparecía en dirección contraria a la voz de Hermione.

Hermione trataba de seguirle el paso a Ron, pero sin darse cuenta se habían separado y se encontró en medio de la nada, bajo inmensos árboles y oscuridad. Comenzó a temblar, aterrada ante los pequeños ruidos del bosque y de las criaturas que de seguro ahí habitaban.

- ¡Harry!, ¡Ron! - exclamó, pero sólo podía escuchar el aterrador silencio. - ¡Chicos... dónde están! ¡Por favor!

Comenzó a retroceder mientras trataba de pensar de forma sensata. Ella era la bruja más lista de su clase y posiblemente de su casa. Tenía que pensar en alguna solución y no dejarse llevar por tontos miedos. Ella era Hermione Granger y tanto su madre biológica como su madre adoptiva, habían dicho que ella era realmente especial.

Y mientras retrocedía, chocó con algo o alguien. Se dio la vuelta de inmediato y se dio cuenta de que se trataba de una figura deforme, algo que se arrastraba bajo una túnica negra y cuyas manos pálidas y huesudas, no tardaron en tratar de atraparla. Soltó un grito que retumbó en los confines del bosque y trató de apartarse lo más que podía. Jamás había visto algo así. Tenía rostro humano, pero su cuerpo parecía ya no serlo o como si hubiese sufrido un terrible accidente que lo hubiese desfigurado por completo.

No tardó en insistir y caminar en su dirección, tratando de atraparla. Ya no podía retroceder, estaba atrapada por árboles y baches en su camino. No tenía donde ocultarse. Se apegó a uno de los árboles en el bosque y cerró los ojos al darse cuenta de que aquella figura encapuchada se acercaba cada vez más. Trataba de alcanzar su varita en los bolsillos de su túnica, pero no podía dejar de temblar. Podía sentir su frío aliento y quizá un par de fríos dedos también.

- ¡Déjala en paz! - abrió los ojos de golpe, para darse cuenta de que Draco Malfoy mantenía su varita en alto y arrojaba cuanto hechizo pudiera, para alejar a aquella criatura.

No tardó en huir, perdiéndose entre los árboles y la oscuridad. Y no lo pudo evitar pero corrió hasta sus brazos, sollozando de miedo.