Día 17 (25/11)
Albino fue nuevamente a llevarle el desayuno a la Loba, pero por la tarde volvió al misterioso idilio de las Cavernas.
-Pensé bastante, en el mensaje que me dejaste. No sé exactamente lo que quisiste decir, pero algo parecido me pasó hace poco, cuando casi me enamoro de la Gata que viste con Collar de Piedras.
No hubo comentario ni pregunta alguna sobre lo que había confesado Albino; el Lobo siguió con sus confidencias.
-Creo que... aunque todavía no sé cómo sos, me gustaría conocerte y estar un rato con vos.
Con esta última confesión, tampoco dijeron nada los ojos brillantes. Sólo se sacudieron levemente y cobraron un tono amarillo pálido, de sequedad otoñal.
Entonces volvió al lugar donde había dejado a Lucero; la encontró rato después, caminando cerca del Terreno de caza.
Día 15 (23/11)
Luego de estar un día en el Bosque Cerrado, Turquesa y Collar pasaron cerca de la pedregosa Playa donde vivía él y cruzaron el puente que llevaba al Bosque Pequeño, el cual crecía al norte del pueblo de las Serpientes.
El Bosque era de poca extensión; en cambio era rico en cuanto a variedad de árboles: Cedros, Ceibos y Urundayes alternaban con Ibirá-pitáes, Lapachos, y Palmas que compartían con los Ceibos la orilla del río.
La Gata y la Anaconda llegaron a la entrada del pueblo de las Serpientes, también llamado Pueblo-Hogar. Tenía aquel poblado un número reducido de habitantes (382) y poco movimiento, por lo que su existencia era prácticamente ignorada en la Ciudad. El ocasional viaje de Collar -cuando acompañó a Albino en busca de Lucero- sólo había provocado algunos comentarios en voz baja, en el Sector Viejo.
Pueblo-Hogar era más que nada una aglomeración de casitas agrupadas de acuerdo con la necesidad que tenía del río cada habitante. A metros del poblado había un terreno cultivado, y también a poca distancia de las demás casas se levantaba la vivienda del Jefe del pueblo.
-Al otro lado de este río -señaló él-, hacia el oeste, se encuentra el Robledal, del cual debes cuidarte de entrar sin compañía de ninguna clase; y más aún, de entrar sola de noche.
-¿Por qué? ¿Cuál es el problema?
-El Robledal es territorio exclusivo de los Lobos, lo mismo que un terreno que usan como sitio de cacería y un claro por donde entran a su Bosque. Por otra parte, no todos los Lobos son como Albino.
-Ah, sí; de eso puedo estar segura. Apenas aparecí por el Bosque buscando a Rayo, dos de ellos trataron de conquistarme. Pero no pudieron: terminaron yendo a llamar a Albino, que tenía que ayudarme -según mi plan elaborado de antemano- a encontrar al Gato. -Y una sonrisita brilló en el rostro de la Siamesa por el recuerdo de la anécdota.
Cuando Turquesa y Collar cruzaron la entrada del poblado, ella paseó la mirada por las distintas viviendas, algunas de las cuales tenían empalizadas dispuestas como medianeras; estaban construidas con cañas fuertemente atadas.
De pronto alguien habló. La Gata se dio vuelta casi de un salto.
-¡Collar! ¡No te veo desde hace siete mudas!
-¿Qué tal, Río de Tierra? ¿Cómo va todo?
-Bien... Ayer por la tarde me encontré con Trebolaria. Desde que la dejaste sin su almuerzo en el Trebolar, no quiere ni oír hablar de vos.
-Ya se le pasará. De todos modos tiene que saber reconocer a mis amigos. Por cierto, mira, te presento a Turquesa.
-Turquesa, ¿Eh? -la estudió Río de Tierra. -Extraño nombre, para mí. Pero tus ojos son dos estrellas azules brillando en tu cuerpo, que es la noche.
-Dejala -intervino Collar. -Perdió a su Gato hace muy poco. Vamos, te presentaré ante los demás.
La Gata no se hizo rogar. Muy distinto era lo que acababa de oír respecto de lo que le habían dicho Cepillo y Pardo, y sin embargo las palabras de la Serpiente la dejaron tan indefensa como hoja en el viento. Con un escalofrío juró para sí misma no separarse un instante de la vigilancia de Collar, por si en un descuido propio Río de Tierra lograba hasta cierto punto hipnotizarla para que se casara con él. ¿Sería capaz de hacerlo? ...Ella no iba a comprobarlo en carne propia.
Luego del mediodía, Collar le presentó a Turquesa algunos de los demás habitantes del poblado, incluyendo -por supuesto- al Jefe Machahuai, una Anaconda que superaba largamente los diez metros de largo. Al anochecer del mismo día -unas horas después de la primera visita del Lobo a las Cavernas-, todos se juntaron a la orilla del río para cantar y bailar hasta después de la medianoche.
Las voces sonaban profundas pero alegres, en mitad del crepúsculo.
¡No le hagas caso,
Uturungo!
No le prestes atención
al Zorro, cuando te dice
que las estrellas
Peces en el agua son.
Cuídate de él,
Uturungo,
si dice que las colmenas
son frutas que dan la miel
con semillitas
que cantan...
Turquesa observaba fascinada al grupo de Serpientes que se mecía de un lado a otro como las Palmas de la orilla. Pronto las de menor edad se retiraron y les llegó el turno a las mayores.
En mis ojos te guardé
aquella vez que te vi...
Cuando por mi corazón
pasaste como un ladrón.
Lo que contigo viví
siempre lo recordaré.
Hoy, que nuestros pensamientos
nos unen al florecer,
puedo verte en este río
que no deja de correr,
pues sabe que en mi destierro
tu rostro quiero tener.
Mi piel en flor te entregué...
y todo lo que te di
para sembrar este amor
me hace olvidar el dolor
de un corazón que por ti
para siempre abandoné.
Hoy, que las flores del tiempo
nos separan al crecer,
podrás mirarme en el Sol
que sangra al amanecer,
y en ti, pensando estaré
de cara al atardecer.
Y de noche mandaré
una estrella para ti...
Que tu huella alumbrará,
y por mi boca hablará
de tu recuerdo, que aquí
dentro siempre guardaré...
La fiesta continuó hasta que la Luna cambió el color del río.
