Capítulo 26: Miedo.
EDWARD POV
–¡Habla, Rose! – gruñí, apretando más mi mano contra su cuello. La rubia al fin crispó el rostro, mostrando ligeramente su dolor
–¿Cómo? No puedo hablar si me estás asfixiando – recordó. La solté de inmediato, con agresividad.
–¡Maldita seas, Rosalie! – bramé, fijando mis ojos fieros en los suyos, impávidos y gélidos. Sólo sus pensamientos me aseguraban de que sabía a qué se debía esta repentina furia, más no hallaba indicio alguno de arrepentimiento – ¿Cómo? – Pregunté, pasmado por su crueldad – ¿Por qué lo hiciste?
–Por que yo ya no quiero vivir como un animal, oculta para que la Realeza no nos cace.
–¿Y para esto era necesario que tú...?
–¡Si! – Interrumpió – Era demasiado necesario que olvidarás a esa princesa. Debí de haberla matado en ese preciso instante...
–Calla, Rosalie – advertí, empuñando mis manos para no cometer una estupidez
Ella me dedicó una sonrisa socarrona –No eres capaz de hacerme daño, Edward
Desgraciadamente, estaba en lo cierto.
–Deberías estarme agradecido. Deberías estar aquí pidiéndome que te de, nuevamente, la poción para que olvides a esa mujer que sólo sirve para volverte cobarde. Edward – se acercó y tomó mi rostro entre sus manos – piénsalo y verás que tengo razón. Date cuenta que al amarla, sufres. Yo puedo hacer que la olvides otra vez...
–No sabes lo que dices – susurré, deshaciéndome de su agarre
–Tú eres el que no sabe nada – acusó – ¡Tuviste la oportunidad de ser el señor de estas tierras y has renunciado a todo por esa simple muchachita!
–Bella es mi vida – le recordé, volviéndola a tomar por el cuello – y por ella daría hasta mi alma, si la tuviera. No te pido que lo comprendas – agregué – sé que jamás lo entenderías, pues en tu vida no ha habido nada más que rencor y amargura. Pedir que alguien como tú comprenda lo que hay entre Bella y yo es pedir lo imposible, puesto que tu no conoces el amor...
Pero estaba equivocado. Lo supe justo en el instante en que su mente se llenó, irremediablemente, de momentos vividos al lado de ese joven inmortal que no era vampiro, tampoco hechicero, mucho menos un licántropo...
Solté una carcajada, carente de humor y repleta de sarcasmo y furia.
–¿Quién lo diría, Rose? – Apreté más su cuello – la vida de verdad que es impredecible.
–Me estás lastimando, Edward...
–¡Tú, que tanto odias a la Realeza, te has enamorado de uno de ellos! – La ignoré
Una sonrisa, producto de su propia ironía, curvó sus labios.
–Si. Me he enamorado del primo de tu "adorada" Isabella – aceptó – Pero no por eso pienso olvidar todo lo que he pasado gracias a su familia. El amor y la sed de venganza, ambos, son sentimientos ardientes. Ni uno de los dos puede deshacer al otro. Deberías de saberlo bien. Así que, si en realidad quieres proteger a esa princesa, mátame. Ésta es tu oportunidad.
Mi mano ejerció más fuerza alrededor de su garganta, mientras emitía un gruñido amenazante. De verdad quería hacerlo. De verdad me hubiera gustado matarla, pero me era imposible. Así que la liberé, como ella ya sabía que lo haría.
–Te quiero demasiado, Rose – confesé, muy a mi pesar, y noté como, por un brevísimo instante, su expresión se mostraba atormentada – Matarte no tiene caso. Eso no me regresará el tiempo que estuve lejos de Bella y, por el contrario, me quitará a una hermana. No te perdono lo que hiciste – aclaré, acercándome para besar su mejilla – que el destino se encargue de cobrarte la factura.
Ella cerró los ojos y aceptó el gesto. Leí en su mente repetir, muy a lo lejos, "Yo también te quiero". Sonreí.
–No eres tan mala como crees – le dije, a modo de secreto – ¿Te doy un último consejo? Tienes todo para ser feliz con el Rey Emmett, aprovéchalo. Estoy seguro que pronto te darás cuenta que de todos los sentimientos habidos y por haber en la Tierra, ninguno es más fuerte que el amor. Adiós, Rose
–Cuídate mucho – sujetó mi mano, impidiéndome marchar y, cuando vi sus ojos, comprobé que éstos estaban llenos de lágrimas – Laurent hará todo por derrotarte...
–Muy bien dicho, preciosa – interfirió una tercera voz, haciéndonos brincar a ambos.
–Laurent – gruñí, cubriendo a Rose con mi cuerpo – ¿Qué haces aquí?
–Tranquilo – contestó – sólo vengo a hacer una breve visita a esta linda hechicera
–Largo de mi casa – siseó ésta, preguntándose mentalmente cómo es que había logrado penetrar la barrera mágica que impedía encontrarle. Y la respuesta vino de inmediato, cuando el vampiro, haciéndose a un lado, dejó ver a la rubia mujer que se encontraba tras él.
El corazón de Rosalie se detuvo por dos segundos.
–¡Pero qué carácter tan descortés para con alguien que solo viene a traerte buenas noticias! – replicó Laurent, con fingida indignación
–¡Rosalie! – Exclamó la hechicera, corriendo hacia ella y envolviéndola entre sus brazos – ¡Oh, mi pequeña sobrina! No sabes cuánto te he buscado
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ROSALIE POV
¿Cuánto tiempo había yo deseado que este momento llegara? Décadas enteras buscando a una sola persona que fuera de mi raza, sin encontrar nunca nada. Y ahora, estaba ahí: en brazos de una mujer que no solamente era de mi misma especie, si no que la misma sangre corría por nuestras venas, aterrada, estupefacta, sin saber qué hacer o decir.
–¿Me recuerdas? Soy Leila, la hermana de tu madre...
Si. Claro que la recordaba. Obviamente no había cambiado en nada desde la última vez. Seguía teniendo esos rasgos que tanto nos caracterizaba y volvía inmortalmente hermosas. Pero era poderosa, extremadamente poderosa.
Mi experiencia, inferior a los cien años, era nada en comparación con los trescientos que ella tenía. Y eso me aterraba. No por mí, si no por Emmett. Sabía que Leila odiaba a la Realeza tanto o más que yo. Y que había venido aquí sólo para acabar con ellos, sin perdonar a nadie.
–¡¿Qué hace este maldito vampiro contigo?! – explotó de repente. Me alejé de ella y salí, rápidamente, en defensa de Edward
–Es un amigo – dije
–¡Es un traidor! – Siseó – yo he visto cómo ha enfrentado a su propia raza con tal de proteger a esas asquerosas princesas. Deberíamos de acabar con él de una vez por todas
–Les recuerdo que están en mí cabaña – alcé la voz – y aquí, nadie le hará daño.
Laurent soltó una carcajada
–Claro que no – acordó – la muerte de nuestro "príncipe" llegará a su tiempo
–¡Eres un maldito cobarde! – Bramó Edward – ¿Por qué no peleas conmigo, frente a frente? ¿Tanto miedo tienes de perder?
–Cuida tus palabras, príncipe bastardo – advirtió el vampiro – mi paciencia tiene límites y créeme: Dudo que los últimos momentos de tu vida los quieras pasar viendo cómo le extraigo cada gota de sangre a tu adorada Isabella.
–Ni si quiera lo imagines
Ambos vampiros se agazaparon, listos para atacar, mostrando sus dientes y emitiendo guturales sonidos.
–¡Basta! – interrumpí.
No lo hubiera hecho si hubiera tenido aunque sea la más mínima esperanza de que Edward pudiera vencer, pero allá afuera estaba el resto de los hombres de Laurent y, además, estaba Leila. Por nada del mundo iba a permitir que mi mejor amigo muriera frente a mis ojos.
–Edward, vete –ordené.
Laurent fue el primero que abandonó su posición ofensiva. Su rostro moreno sólo expresaba suficiencia y arrogancia, mientras caminaba hacia la puerta y, con gesto de mofado respeto, la abrió para que Edward saliera.
–Nos veremos pronto, Majestad – se inclinó – más pronto de lo que se imagina.
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–Te has convertido en una mujer extraordinariamente hermosa – susurró Leila, mientras acariciaba mis cabellos – aún recuerdo cómo eras la última vez que te vi. Tan pequeña e inocente... Pero estás tan callada – señaló – pareciera como si no te alegraras de verme.
–Estoy demasiado sorprendida – justifiqué – todo este tiempo pensé que estaba...
–... Sola
Asentí.
Aunque, la verdad, mi silencio se debía al inconstante ruego interior que llenaba mi mente. Lo único que pedía era que Emmett no regresara del Castillo esa noche.
–Entiendo – la mujer besó mi frente – Seguramente fue muy duro para ti. Pero ahora estamos juntas otra vez.
–¿Por qué te uniste a Laurent? – Quise saber – es un bastardo.
Ella soltó una melodiosa risa.
–Si, lo es – acordó – pero también hay que reconocer que es astuto. Necesitamos a personas como él, para acabar con la Realeza de una vez por todas. Con esta alianza, verás que no quedará ni uno solo de ellos.
Solté un incontenible jadeó, al mismo tiempo en que se me formaba un hueco en el estomago.
–Rose, ¿Qué pasa?
–Tía, ¿por qué mejor no nos vamos de estas tierras? – ofrecí. Estaba dispuesta a dejar mi venganza de un lado, si la vida del hombre al que amaba corría peligro
–¿Pero qué tonterías dices...?
–Tú misma lo has dicho – insistí – Ya no estamos solas. Ahora nos tenemos la una a la otra. Podemos recorrer todas las tierras, ser libres...
–Sólo seremos libres hasta que esos inmortales desaparezcan del camino – tajo, con voz cargada de odio. Un odio que superaba diez veces más al mío. Un odio que no sólo recaería en el enemigo, si no también en él, en Emmett – ¿no me digas que ese vampiro te ha convencido de que puede existir la paz entre nosotros?
Negué con la cabeza.
–Él también morirá – añadió – Todos quienes no estén de nuestro lado, morirán.
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BELLA POV
–Dime que me quieres – insistía el joven vampiro, mientras rodeaba a la princesa con sus brazos y la atraía hacia sí.
–No
–¿Por qué no?
–Ya te lo he dicho muchas veces
–No las suficientes para mí
Ella sonrió, mientras él se inclinaba para besarla tiernamente
–Dilo... – pidió otra vez
–Te quiero
–Otra vez
–Te quiero
–Una vez más
–Te vas a aburrir de escucharlo tanto
–No seas tonta. Eso jamás pasará – prometió, mirándola a los ojos – aún así pasen siglos, milenios, no me cansaría de escucharte, ni de verte, ni de amarte... jamás.
–¿Estaremos juntos siempre? –quiso saber ella
–Siempre – acordó él, mientras besaba su frente – Nada podrá separarnos...
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Una lágrima recorrió mi mejilla, mientras los recuerdos se disipaban entre mi memoria. Suspiré con melancolía y limpié la gotita salada que casi se perdía por la entrada de mis labios. Lo extrañaba tanto. Estar lejos de él, ahora resultaba mucho más difícil, mucho más doloroso.
Aunque, en medio de todo esto, había algo que, se podría decir, suavizaba la situación: Emmett había regresado al castillo poco después de nosotras. Mi primo estaba bien, físicamente. La realidad es que todos ahí parecíamos almas en penas y él no era la excepción. Se veía notablemente cambiado, mortificado, tanto por la muerte de James, como por la desaparición de los hombres lobos.
Jacob...
Cerré mis ojos, forzándome a creer en la idea de que él tenía que estar bien.
Caminé hacia la ventana y miré hacia el bosque. ¿Qué estaría haciendo Edward? La pregunta me causó escalofríos. Con Laurent allá afuera, nada era seguro...
–¿Bella? – mi hermana se asomó por la puerta de la habitación
–¿Qué ocurre? – pregunté, al ver su rostro ensombrecido
–Victoria – contestó – está en el patio trasero...
–¿En el patio trasero?
–Acompáñame – pidió, tomándome de la mano y llevándome hacia el lugar antes mencionado.
Comprendí todo cuando al fin vislumbré a mi cuñada, con espada en mano y frente a un guardia. No se percató de nuestra llegada. Su expresión no denotaba más que dolor. La muerte de James había sido difícil para todos, pero para ella era como si el paso de los días, en lugar de curarla, la hiriera mucho más
–Otra vez – dijo, acomodando su cuerpo en posición de ataque.
–Pero, Alteza... – vaciló el guerrero al verla tan agitada.
–¡Otra vez! – alzó la voz.
Alice y yo nos miramos con preocupación. Victoria jamás se alteraba.
El guardia asintió de inmediato y, al segundo siguiente, se encontraba esquivando los ataques de la pelirroja. La espada se movió, ágil, rápida, llena de furia y rencor, por unos cuantos minutos. Después, el arma cayó al suelo, seguida de la mujer que anteriormente la manejaba.
Las rodillas de Victoria tocaron el suelo y sus uñas arrancaron la hierba que había debajo. Gotas cristalinas comenzaron a salir de sus ojos y, lo que comenzó con un acto de furia e impotencia, se transformó en el escenario más desconsolador que haya presenciado en toda mi vida.
Alice y yo nos acercamos y le ayudamos a ponerse de pie. Estaba tan frágil. Apenas y había comido últimamente.
–Victoria, vamos a descansar – dije, mientras ella negaba con la cabeza
–Tengo que seguir practicando...
–Será mañana – prometí – mira cómo estás...
–No. Necesito practicar – insistió – Ese vampiro va a pagar por lo que le hizo a James. Lo voy a matar, Bella. Yo seré quien lo mandé al infierno.
Traté de convencerme que estaba en todo su derecho de odiar tanto a Edward. Al final de cuentas, la mentira de Laurent había sido elaborada cuidadosamente. ¿Cómo iba a saber ella que todo había sido una trampa? No podía juzgarla ¿Cómo?
Sólo me quedaba esperar a que todo se aclarara. Sólo me quedaba confiar en las palabras que Edward me había dicho y creer que, tarde o temprano, estaríamos juntos para ya no separarnos jamás.
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EDWARD POV
–¡Hijo! – Mi madre se lanzó a mis brazos en cuanto me vio llegar – ¡Oh, gracias al Cielo que estás bien! Estaba tan preocupada ¿Dónde estabas?
–Lo siento – besé su frente y evadí su última pregunta. Hacía dos noches que Jasper había llegado a la guarida, sin dar noticias mías. Las mismas noches que yo había estado en la prado, meditando sobre qué era lo que tenía que hacer para mantener a salvo a mi gente y a Bella – han pasado muchas cosas, ¿Dónde está mi padre? Necesito hablar con él
–Aquí estoy – contestó Carlisle.
Lo miré. Él me hizo un gesto con la mano y, juntos, nos dirigimos hacia la profundidad del bosque.
–El príncipe James está muerto – informé, mientras caminábamos – lo ha matado Laurent.
–Si. Ya me había informado uno de los hombres que fue a vigilar los alrededores. Es una lástima. A pesar de nuestras diferencias, debo admitir que era un hombre grandioso.
Asentí. Mi padre acomodó una mano sobre mi hombro, para hacerme frenar y mirarme a los ojos
–¿Ocurre algo más? – Cuestionó – Desde que Jasper regresó, aquella noche, ha estado... muy extraño. Cuando le pregunté de ti, me dijo que no sabía de tu paradero; pero tuve la ligera intuición de que me estaba mintiendo.
Tardé dos segundos más de lo necesario para contestar. No hallaba las palabras para explicarme. Pero, esperar tampoco tenía caso. Tiempo era lo que, irónicamente, menos tenía. Además, la extrañaba, la necesitaba, su lejanía me estaba volviendo loco. El tiempo sin ella era como un río sin corriente, un cielo sin su luna, un hombre sin alma. El tiempo sin ella no era tiempo, si no el más cruel de los infiernos.
Tomé un poco de aire, para adquirir concentración. Luego, miré a Carlisle a los ojos. Él esperaba, con su rostro siempre sereno.
–Padre, ¿Qué tan poderoso crees que sea el amor?
– ¿El Amor? – En su mente había confusión, pero aún así respondió – el amor es muchísimo más fuerte que las raíces del más viejo de los sauces habitando en este bosque. Ni si quiera nuestras manos podrían arrancarlo, si realmente está bien sembrado en el corazón.
–Entonces, si el amor es tan intenso – dije, totalmente de acuerdo – ¿puede éste justificar lo que, probablemente, muchos tomarían como una traición?
–Hace mucho, mucho tiempo, me hiciste la misma pregunta – recordó y recordé.
Si. A mi mente vino esa tarde en la que la noche era fresca y estrellada. Yo apenas era un niño, demasiado pequeño, cobarde e indeciso; me había sentado a su lado y le había preguntado sobre lo mismo. Necesitaba respuestas, puesto que esa chiquilla inmortal, a la cual debía de ver como enemiga, se estaba adentrando en mi ser y en mis pensamientos con fuerza indomable.
Una sonrisa melancólica estiró mis labios. ¿Quién lo diría? Cerca de cien años habían pasado después de ello y había que verme ahí: como si el tiempo no hubiera pasado y siguiera siendo el mismo pequeño niño vampiro que no sabe qué hacer, ni qué pensar.
Volví a mirar a Carlisle. Su expresión era la misma: tranquila, paciente, al igual que sus pensamientos. Hablar con él siempre había sido fácil, ya que no había ni una voz retumbando como un eco, tratando de adivinar lo que está a punto de suceder.
–Estoy enamorado, padre – confesé al fin – estoy enamorado de la princesa Isabella.
Nada. En su subconsciente no había ni una sola imagen que me diera la más mínima anticipación de su reacción. Proseguí.
–La amo desde que soy un niño. Y ella me ama a mí. Sé que esto está mal. Sé que suena casi imposible y hasta un poco ilógico por el comportamiento que he tenido en las últimas dos décadas, pero si te contara todo lo que hemos pasado... No acabaría nunca... Perdóname – le pedí – Perdóname por que muchos de los problemas que han surgido y están por venir es gracias a ese amor; pero no me arrepiento. Llámame inconsciente, egoísta, como quieras, no me arrepiento de amar a Bella. Daría mi vida por ella. Lo daría todo. Es por eso que me atrevo a pedirte, aunque no lo merezca, tu apoyo. En el Castillo creen que he sido yo quien ha matado al príncipe James, más bien sabes tú que no es así. Lo que te quiero pedir son dos cosas. La primera, es que te lleves a mi madre y al resto de la familia lejos de estas tierras y que no regresen hasta que yo haya acabado con Laurent. Y la segunda, que cuando todo esto termine, me acompañes al Castillo para hablar con el Rey Charlie para pedir la mano de Bella. Es mucho, lo sé. Mucho para un hijo que te ha fallado innumerables veces, pero no puedo vivir sin Bella y ya no quiero estar lejos de ella.
Carlisle escuchó cada palabra con atención. Sus pensamientos no me permitían la menor entrada. Así que la espera por su respuesta se tornó en un segundo infinito. Me dio la espalda y caminó dos pasos hacia el frente. Luego, suspiró.
–Efectivamente, pides demasiado – acordó, mientras se giraba para verme de nuevo – me decepcionas, Edward.
Bajé el rostro, avergonzado. ¿Cuánto más iba a fallarle a mi gente?
–Yo...
–¿Cómo pides que un padre abandone a su hijo en plena guerra? – agregó. Mi expresión no pudo ocultar mi asombro.
Él sonrió y acomodó una mano sobre su hombro
–Si la amas tanto, lucha por ella – aconsejó – pero no quieras hacer a tu familia a un lado. Nosotros no te abandonaríamos nunca, mucho menos en este momento.
–Gracias – musité – pero no puedo dejar que se arriesguen. Créeme que podré estar más seguro si sé que ustedes no están corriendo ningún peligro. Laurent es traicionero y he leído sus pensamientos. Todos están en peligro: mamá, las mujeres, los niños... tú.
–Tenemos tropas fuertes, Edward – recordó – El hecho de que seamos pacifistas no significa que estemos indefensos. ¿Acaso dudas de los dotes de tu padre como luchador?
–Entre ellos hay una hechicera y sus poderes son mortales.
Pensé también en las altas probabilidades que habían de que Rose se uniera a ellos por Leila. Ese sería otro gran problema, pero no lo hice manifiesto.
–Qué hijo tan más obstinado tengo...
–Ve a la guarida – interrumpí, abruptamente, aguantando la respiración por el fuerte impacto que las ideas recién escuchadas me había causado
–¿Qué?
–Los hombres de Laurent se dirigen hacia allá. Tienes que ir y esconder a los niños en algún lugar más seguro, ¡Corre! Yo intentaré distraerlos
Mi padre asintió –Enviaré a Jasper y a Eleazar para tu ayuda. Cuídate mucho, hijo.
–Lo haré – prometí. Después partí hacia el grupo de vampiros que corrían, con la única intención de esclavizar a mi familia.
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–Esme – Carlisle penetró la guarida, con rostro y voz sosegada.
Su esposa se acercó a él. Los siglos que llevaban juntos bastaban para que fuera ella la única capaz de descifrar, en el brillo de sus ojos, que algo andaba mal
–¿Qué sucede? ¿Dónde está Edward?
El vampiro tomó sus manos y la condujo hacia un lugar un poco más apartado, para que nadie le lograra escuchar
–Nuestro hijo está bien...
– Carlisle, no me mientas – pidió Esme. Su instinto maternal le decía todo lo contrario– ¿dónde está Edward?
–Debes de llevarte a los niños fuera de estas tierras – pidió él – Edward ha escuchado los pensamientos de los hombres de Laurent. Vienen hacia acá.
–¿Edward? ¿Edward ha ido solo?
–Acabo de mandar a Jasper y a Eleazar en su ayuda. Estarán bien – prometió – Pero no tenemos mucho tiempo. Debes irte, ya, con los pequeños. Llévate a tres mujeres más para que te ayuden y por nada del mundo frenen, hasta que estés segura hayan encontrado un lugar seguro
–¿Cómo me pides eso? – susurró Esme, aterrorizada.
Carlisle se acercó y besó su frente. Comprendía la preocupación de su esposa. Sabía que era la primera vez que tomaban medidas tan drásticas, pero eran realmente necesarias.
–Es nuestro deber el protegerlos – recordó, con voz tierna – ellos son vulnerables aún. Podremos luchar con más libertad si sabemos que ninguno caerá en manos de Laurent. Y yo... yo me sentiré más tranquilo si sé que estás bien.
–Pero... Carlisle... Cuídate mucho – dijo al fin, con resignación.
–Te veré pronto – prometió él, sonriendo para infundirle confianza – Edward tiene una noticia que darte y sé que te alegrará. Ven – la jaló hacia la guarida y, con la misma calma, hizo conocer al resto del aquelarre la situación.
Los hombres gruñeron bestialmente, formando al instante una barrera protectora, y las hembras comenzaron a despedirse de sus crías: divinos niños de piel pálida y ojos dorados que, de manera organizada y envueltos en oscuras capas, comenzaron a correr por el bosque, custodiados por Esme y otras tres mujeres más.
–Es hora – anunció Carlisle.
Los vampiros asintieron, con los cuerpos tensos, listos para la batalla, listos para defender a su raza y acabar con las amenazas.
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–¡Dónde está! – Exigió saber Edward, azotando la cabeza de uno de los vampiros contra el suelo, agrietándolo por el impacto – ¡¿Dónde está Lauren?! ¡¿Por qué no ha venido él también?!
Alrededor de él, Jasper y Eleazar combatían contra el resto. Dándole a él tiempo para indagar sobre el principal enemigo.
El vampiro soltó una carcajada seca. Pareciera que el dolor originado por los golpes recibidos, sólo le producía gracia. Edward volvió a azotarlo. ¿Cómo era posible que sus mentes estuviera tan concentradas en no mostrar ese tipo de información?
El desdichado, al igual que los demás, pensaba en todo, menos en la ubicación de su líder. Pero, entonces, debido al cansancio, hubo un pequeño descuido. El paso de las imágenes fue rápido, pero nítido.
–¡Maldición! – bramó Edward, decapitando a su oponente, con un solo y rabioso movimiento de las manos.
–¿Qué sucede? – preguntó Jasper, sin dejar de evadir y propinar golpes.
Edward se unió a la batalla. La angustia que le invadía y le llevaba a pelear y matar, sin compasión alguna, no pasó desapercibida para el rubio.
–Edward, ¿Qué ocurre? – insistió
–Hemos caído otra vez en el juego de Laurent – siseó éste, sin cesar de arrancar cabezas – Necesitamos ir al Castillo. Bella y Alice pueden estar en grave peligro. Laurent y otro de sus hombres han tomado nuestras identidades y se presentaran, bajo nuestros nombres, ante el Rey Charlie.
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¡¡Hola gente!! ^^ ¡Si, si! Hoy vengo muy animada. ¿Se imaginan por qué? Ahh, pues ¡Ya vi Luna nueva! ¡Carajo! ¡Me encantó! (Digo, nada como mis adorados libros, pero la película es buena)
En fin xD. Necesitaba desahogarme, ya saben. Ahora bien, pasando a la historia, disculpen la tardanza. Ya saben que actualizo lo más pronto que me es posible. Muchas gracias por su paciencia y comprensión ^^, así como por dejarme sus comentarios, los cuales me motivan demasiado.
¡Gracias y bienvenidas a todas las lectoras nuevas! ^^ Me alegra que le hayan dado una oportunidad a esta historia. Espero no defraudarlas con el final (que ya está cerca T_T)
En fin. Gracias a todas por tomarse un tiempecito y hacerme saber su opinión. Créanme, ese texto que dejan, ya sea grande o pequeño, son la mejor paga que tengo por estar pegada al monitor horas y horas. Disfruto mucho escribir, pero de igual manera, disfruto leer lo que ustedes piensan al respecto ^^-
Bien, creo que ya me extendí. Pero casi nunca las saludo como debe de ser. ¡Cuídense! Hasta pronto
AnjuDark
